Con seguridad, en los muchos casos a lo ancho y largo de Hispanoamérica en que la
Independencia significó la guerra tanto civil como extranjera y, por añadidura, en el
marco de un inmenso territorio con importantes conflictos de intereses y divisiones
económicas, la caída del Estado colonial resultaba inevitable, y este colapso
retroalimentó la anarquía y el caos. Tal fue por cierto el caso de la Argentina.
En esa especie de caos primigenio que siguió a la crisis de la
Independencia en la región del Río de la Plata, la idea de conformar un Estado unificado
nunca fue totalmente abandonada por las clases dirigentes. Sin embargo, ninguna de las
provincias o regiones estaba dispuesta a renunciar a la opción de una independencia
provincial o regional, si es que no se conseguía estructurar una federación compatible
con sus intereses. La unión "nacional"es decir, la posibilidad de crear
un Estado con potestades supraprovinciales, fuera o no una auténtica
"nación"tenía un significado diferente para cada una de las regiones,
intereses y facciones en conflicto, y estos significados no eran fijos sino que estaban
sujetos a una continua sucesión de cambios, de acuerdo con el flujo de las realidades
económicas y políticas. Examinando este proceso, en el que no existía nada parecido a
una nación ni a un Estado "nacional", y donde hasta cierto punto ni siquiera
había un mercado, resulta incluso difícil definir el concepto de pertenencia a un Estado
determinado, por la falta de una definición de la jurisdicción territorial de
referencia. ¿Ciudadano de qué? Ni siquiera estaba claro el significado del vocablo
"argentino", que como lo revelaron las investigaciones de Angel Rosenblat (1),
hasta la década de 1820 estaba más cerca de significar "porteño" que de
designar una identidad más amplia. Y de acuerdo con José Carlos Chiaramonte, en aquellos
primeros tiempos el nombre de "Argentina" sólo era aplicado en referencia a una
jurisdicción mayor a la de Buenos Aires, cuando se daba por supuesto que ese territorio
se encontraba bajo la égida de dicha ciudad (2). Esa "Proto-Argentina" era una
especie de Buenos Aires-Plus, Buenos Aires más el territorio circundante que Buenos Aires
estuviera en condiciones de controlar. Chiaramonte recupera una deliciosa anécdota de
José María Paz, quien cuenta en sus memorias que una hija del general Ignacio Álvarez
Thomas (peruano de Arequipa, pero Director Supremo Interino de una Buenos Aires
independiente) le había dicho a su sirvienta: "Tú, Gertrudis, eres argentina y no
debes emplearte en servicio de una familia provinciana, pues eres mejor que ella"
(3). Los Álvarez se consideraban "argentinos" por haberse
"avecindado" en Buenos Aires. En cambio, un nativo de Córdoba que no viviera y
poseyera casa en Buenos Aires era cordobés (siempre que poseyera casa en Córdoba, es
decir, fuese "vecino"), y era asimismo "español americano", pero no
"argentino", concepto reservado para los vecinos de Buenos Aires y sus
inmediaciones.
Como se dijo anteriormente, el movimiento independentista estuvo
claramente asociado con los intereses de Buenos Aires, y este fue un obstáculo tanto para
la independencia como para la unificación. Las tendencias centrífugas que siguieron a
1810 degeneraron en conflictos armados crónicos entre ciudades que concentraban poder,
soberanía y un sentido de identidad. Las provincias emergieron como el ámbito
territorial propio de estas ciudades-estado. Los caudillos no fueron sino los hombres
fuertes de los múltiples mini-estados existentes. Y los conflictos con Buenos Aires eran
inevitables en tanto ésta (como otras capitales del desmembrado ex-Imperio) aspiraba a
heredar y monopolizar el antiguo poder español. Fracasado el Congreso Constituyente de
1824-27, quedó oficialmente establecido que las provincias eran Estados soberanos
independientes sujetas al Derecho de Gentes en sus relaciones entre sí (4).
Las verdaderas identidades vigentes siguieron siendo, pues, como en los
tiempos coloniales, la estrictamente local y la mayor, de Hispanoamérica, pero aún era
difícil hablar con propiedad de argentinos, peruanos y venezolanos en el sentido actual
de estos términos. Pero esta configuración identitaria y cultural era un obstáculo para
la consolidación de los Estados embrionarios, que emergiendo de una ciudad-estado exitosa
(como Buenos Aires, Lima o Caracas), abarcaban tanto territorio como les permitía su
fortuna política y militar. Era imperativo, por lo tanto, generar nuevas identidades,
ajustadas a las jurisdicciones territoriales de los Estados incipientes, y para lograr ese
objetivo era imprescindible destruir las identidades más antiguas.
A lo largo de dos siglos, pues, una identidad hispanoamericana común
que en cierta forma puede conceptuarse como una nacionalidad (limitada, por supuesto, a
los criollos, y no abarcativa de las tribus indígenas), fue sometida a un proceso de
destrucción intencional: el imperativo de política cultural era justificar la existencia
de los Estados independientes, separados entre sí a pesar de su artificialidad (o quizá
precisamente por ella). Para ello había que adoctrinar al ciudadano sobre las virtudes
propias y los vicios del Estado contiguo. Esto se realizó con considerable éxito.
Este éxito, sin embargo, se convirtió en indeseable cuando, en un
nuevo contexto interestatal (el actual), las dirigencias de los Estados de la América
latina comenzaron a percibir la necesidad de auspiciar integraciones regionales. Frente a
este proyecto, los enemigos de la cooperación e integración pero amigos de las
hipótesis de conflicto militar entre Estados vecinos podían apelar al exitosamente
generado nacionalismo artificial, para predicar sobre los peligros de dicha cooperación.
Y a esta problemática se relaciona, por cierto, el próximo desafío que enfrenta la
América latina en general, el Cono Sur en particular, y más específicamente nuestra
Argentina: reconstruir la identidad común previamente destruida, con la incorporación a
la misma del antiguo adversario lusoamericano, Brasil.
Este es el lazo histórico que estructurará la presente Historia
General de las Relaciones Exteriores Argentinas. El nuestro será un periplo que
partirá de la identidad común primigenia de Hispanoamérica; pasará por el proceso de
su destrucción; por las guerras y las hipótesis de conflicto con los vecinos; por
nuestra inserción en el mundo como Estado individual, a veces cooperando y otras
confrontando con grandes potencias ajenas a la región latinoamericana, pero siempre a
partir de un proyecto político limitado a los estrechos límites de la República
Argentina; hasta llegar finalmente a la percepción de la necesidad de recrear la
identidad común perdida, con la inclusión de Brasil, y generar un proyecto de
integración serio, el Mercosur. Comenzaremos esta historia con el estudio de las
circunstancias que dieron lugar a la Independencia de las repúblicas sudamericanas.
A. Rosenblat, El Nombre de la Argentina, Buenos Aires: Eudeba, 1964.
J. C. Chiaramonte, Ciudades, Provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires: Ariel, 1997, ps. 67-71.
Ibid., pág. 231.
Ibid., ps. 215-230.
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