Visite nuestra página principal

Nuestro punto de partida no puede ser otro que el del Virreinato del Río de la Plata, la unidad jurisdiccional del Imperio Español de la cual emergerían eventualmente cuatro Estados independientes, entre ellos, por supuesto, la República Argentina. Nuestro virreinato fue fundado en 1776 por la Corona Española debido a la necesidad de contrarrestar la competencia territorial portuguesa en los extremos sureños de los imperios español y portugués. La fundación del virreinato (que incluía a los actuales Estados de Bolivia, Paraguay, Uruguay, y llegaba hasta lo que es hoy la Argentina al norte de la Patagonia) contribuyó a una reorientación hacia el Atlántico (es decir, hacia Buenos Aires) de las economías del Tucumán, Cuyo, Bolivia y Chile, todas las cuales habían estado previamente relacionadas primariamente con el Perú, centro máximo de interés español (1).
    Como puede advertirse, la fundación del virreinato no obedeció a la importancia económica de Buenos Aires, sino a motivos estratégicos. Por cierto, la economía bonaerense no hubiera podido ser más primitiva. El territorio conquistado de lo que actualmente es la provincia de Buenos Aires se limitaba a una pequeña franja costera en su región noreste. Debido a la intensa resistencia indígena, esta situación no cambiaría mucho por varias décadas. Hacia 1816 sólo había unos 327 propietarios de tierras, y la mayor parte de la producción ganadera provenía de la caza de ganado silvestre por parte de indios y gauchos nómades, sin empleo formal. Según la hipótesis de H.S. Ferns, el gran desafío argentino del siglo XIX fue disciplinar esta mano de obra rural anárquica, que tendía a desaparecer como fuerza de trabajo organizada cada vez que fue necesario movilizarla para nutrir a los ejércitos en las guerras externas e internas, y que adquirió un interés creado en la guerra permanente, ya que ésta le devolvía su libertad primigenia y le abría posibilidades de ascenso social antes desconocidas (2).
   Mientras tanto, la ciudad de Buenos Aires, que era desde principios del siglo XVIII el centro de importación de esclavos para el extremo sur del Imperio Español, creció rápidamente como consecuencia del establecimiento del nuevo virreinato. Se desarrolló una clase comercial, alimentada por la nueva inmigración española. Esta clase comercial dominaba el comercio con lo que posteriormente sería Bolivia, que se conocía como el Alto Perú. Así los comerciantes de Buenos Aires pudieron desarrollar un beneficioso comercio de exportación al Alto Perú, a cambio de metálico de ese origen.
    Las provincias que estaban al norte de Buenos Aires en la ruta altoperuana también vendían sus mulas, lanas, cueros y vagones al Alto Perú, mientras que las provincias ubicadas al oeste vendían trigo, uvas y alfalfa a dicha región. Algo de este comercio (especialmente el trigo y el vino) sería desplazado después de 1778 por reformas económicas que favorecerían la competencia española.
    Las provincias ubicadas al este del virreinato (el llamado Litoral, incluyendo la Banda Oriental) también se desarrollaron considerablemente durante la segunda mitad del siglo XVIII. Se beneficiaron con la inmigración de trabajadores de las antiguas misiones jesuíticas, ubicadas hacia el norte de esa región. Los indígenas locales no eran guerreros como aquellos que se encontraban más al sur, y si bien ellos también se dedicaban al saqueo, eventualmente se convirtieron en los intermediarios del comercio clandestino de las colonias españolas con el Brasil portugués, que contribuyó a la expansión de la producción ganadera. Aunque Montevideo era la capital natural de estas provincias litoraleñas, encontró difícil la competencia con la mayor riqueza mercantil de Buenos Aires.
    Más hacia el norte encontramos una dura competencia entre las antiguas misiones jesuíticas y Paraguay. Luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, las misiones, que estaban organizadas como comunidades indígenas, se pusieron en contacto clandestino con colonizadores españoles, y su población decreció rápidamente, en su mayor parte debido a las migraciones de indígenas hacia el sur. Las Misiones continuaron con su producción de algodón, exportando textiles primitivos y yerba mate, cuyo uso los jesuitas habían difundido por una vasta región que llegaba hasta Quito. Pero su producción decreció, y esto benefició a la competencia paraguaya, que ganó antiguos mercados jesuitas y también salió gananciosa de la promoción de la producción de tabaco llevada a cabo por España.
    En Paraguay, el idioma dominante, usado tanto por los indios como por los mestizos, era el guaraní, a pesar del contexto de una cultura casi totalmente hispanizada. Este factor diferenciaba al Paraguay de otras subregiones del virreinato. Por otra parte, la mayoría india y mestiza estaba bajo la dominación de una élite criolla que se percibía a sí misma como étnicamente española. En contraste, en las Misiones existía una sociedad indígena que rápidamente sufría un catastrófico colapso.
    Gran parte del comercio del Litoral, sin embargo, estaba dominado por comerciantes de Buenos Aires, ya que a los comerciantes locales les faltaba capital y tenían deudas con los comerciantes porteños. La más importante exportación al exterior era el cuero, mientras que las carnes saladas eran en su mayor parte vendidas al Brasil para el consumo de esclavos.
    No obstante, el centro económico y poblacional más importante del Virreinato del Río de la Plata era el Alto Perú, el cual (al decir de Tulio Halperin Donghi) se había convertido en una suerte de subcolonia de Buenos Aires por orden de la Corona (3). El propósito de crear esta subcolonia era dotar al virreinato --que fuera establecido, como ya se dijo, por consideraciones estratégico-militares-- con recursos financieros propios para su sustento. La economía altoperuana estaba dominada por la minería, principalmente la de Potosí y Oruro. La agricultura local proveía a la demanda generada por esa minería. Los indígenas estaban sometidos al trabajo forzoso en las minas, bajo la institución de la mita.
    Los centros comerciales altoperuanos, de los cuales el más importante era La Paz, también se desarrollaron durante la segunda mitad del siglo XVIII. Con la llegada del siglo XIX esta economía comenzó a decaer rápidamente, debido en primer término a la imposibilidad de conseguir mercurio, un insumo de la minería importado desde España, y luego por el gradual agotamiento de las mismas minas. Y los indígenas, muchos de los cuales se habían organizado en comunidades propias, tenían que pagar con su trabajo por la manuntención de ambas élites: la española (dividida en "peninsular" y "americana") y la indígena. La élite indígena era usada por los españoles para mantener su sistema de dominación y generalmente era odiada más que los mismos españoles. Este era el caso en donde quiera que hubiese una alta densidad de población indígena. A veces, los jefes indígenas eran convocados por las autoridades coloniales a gobernar sus propias comunidades. Al igual que en Quito, los indígenas del Alto Perú utilizaban sus lenguajes nativos, quechua y aymará, y la mayor parte de ellos no entendía el castellano.
    Del otro lado de los Andes, en el valle central de Chile, que no era parte del Virreinato del Río de la Plata sino una capitanía que formalmente estaba bajo la jurisdicción de Lima aunque en la práctica era casi autónoma, se produjo un considerable crecimiento a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Creció la producción y exportación de metales preciosos. Esta era su principal riqueza, sin embargo. Lima era el mercado tradicional para el trigo chileno, y Perú sufría una crisis severa, debido en parte a que la creación del Virreinato del Río de la Plata había sacado de su domino al Alto Perú y su plata. Consecuentemente, la demanda de trigo chileno decayó, lo que impidió la expansión de la producción de ganado en Chile. El mismo problema se daba con la exportación de cebo chileno al Perú. Al mismo tiempo, los cueros chilenos perdieron en la competencia con los de Buenos Aires debido a la ventaja geográfica de estos últimos.
    Sin embargo, la población hispanizada de la capitanía chilena crecía, y el área que ésta dominaba crecía también, de manera lenta pero segura, a la vez que la frontera con los recalcitrantes araucanos cedía. La estructura de propiedad chilena se caracterizaba por el latifundio, y los campesinos trabajaban sus pequeñas parcelas individuales a la vez que simultáneamente cultivaban la propiedad del terrateniente.
    Como señala Halperín Donghi, tanto si tomamos como unidad de análisis al Cono Sur hispano-parlante como a la unidad mayor de la América española, el panorama completo de la región es paradójico en tanto había simultáneamente una cierta unidad y una enorme fragmentación en pequeñas regiones. La colonización se concentró en núcleos aislados que estaban separados entre si por desiertos, por obstáculos naturales, y por una falta de dominio efectivo sobre grandes territorios que no estaban auténticamente conquistados. Estas tierras indígenas eran como un mar que rodeaba a las muchas islas de hispanización. El transporte de un centro a otro implicaba un esfuerzo tan grande que a veces tanto como el 10 por ciento de los habitantes de una pequeña ciudad como Mendoza constituían una población flotante dedicada al transporte de carretas, reduciendo así enormemente la ya reducida fuerza de trabajo. En verdad, la producción relacionada con el transporte de carreta era un sector importante en algunas de las economías provinciales, como por ejemplo la del Tucumán. En parte gracias a estos esfuerzos, antes de producirse la crisis de la Independencia existía una integración limitada dentro del Imperio, que nos permite establecer un curioso paralelo con la Europa del siglo XV: encontramos una multitud de pequeñas economías situadas muy lejos unas de otras y conectadas por un costoso sistema de rutas comerciales. Estas unidades compartían no sólo su conexión con la metrópoli sino también su cultura y lenguaje.
    En el Capítulo 1, se describen significativos paralelos entre el orden medieval en Europa y la situación hispanoamericana anterior a la Independencia. Es por ello que no es arriesgado afirmar que con la ruptura de lazos con España, la emergencia de "Estados-naciones" en Hispanoamérica no era necesaria ni "natural". Los futuros Estados sudamericanos tenían más en común con la Europa cristiana del Medioevo, donde había prevalecido un sistema paneuropeo occidental que en algunos aspectos era más inclusivo que el sistema interestatal que ganó sanción legal con la Paz de Westfalia de 1648. Como afirma Robert N. Burr (4), en la América hispano-parlante se desarrolló un sistema interestatal similar al de la Europa post-Westfalia, en lugar de un sistema más integrado de encadenamientos de mando al estilo de la Europa feudal, no porque uno fuera mejor que el otro en esas circunstancias, sino porque formaba parte de la cultura de las élites locales, que nunca pudieron imaginar otra cosa. Y como también se dijo anteriormente, los Estados que emergieron como consecuencia no eran "naciones" (como tampoco lo eran los Estados de la Europa feudal), a pesar de que lucharon con fuerza (y con éxito) para disfrazarse de tales.
    Por estos motivos, pasó mucho tiempo antes de que un hispanoamericano nacido en Caracas fuera verdaderamente "extranjero" en Santiago de Chile. Por el contrario, un hombre nacido en Buenos Aires podía llegar a ejercer funciones públicas en Chile, y luego nuevamente en su ciudad natal, sin que se lo considerara una anomalía. Hay ejemplos muy ilustrativos de este fenómeno, como el de Andrés Bello, que habiendo nacido en Venezuela, representó primero al grupo revolucionario de su provincia en Londres; luego al gobierno independiente de Venezuela en Inglaterra; más tarde, también en Londres, a otros gobiernos hispanoamericanos además del suyo; y finalmente se mudó a Chile, dónde le tocó ser el arquitecto de la primera política exterior estable de ese Estado. Casos análogos (entre muchos) son el presidente de la Primera Junta revolucionaria de Buenos Aires, Cornelio Saavedra, que era boliviano; el director supremo interino de las Provincias Unidas del Río de la Plata, general Ignacio Álvarez Thomas, peruano de Arequipa; el primer embajador de Bolivia en Buenos Aires, nacido cordobés, el deán Gregorio Funes; y el fundador del Colegio Militar boliviano, que no fue sino el exiliado Bartolomé Mitre, allá por los mismos tiempos en que Domingo F. Sarmiento era funcionario chileno. Para comprender cabalmente por qué fenómenos como los mencionados, que hoy nos parecen tan anómalos, eran entonces moneda corriente, hay que enfatizar que cuando decimos que las diversas jurisdicciones y comarcas de la región tenían en común lengua, religión, costumbres y un pasado en gran medida compartido, estamos sintetizando una verdadera multitud de características comunes de orden cultural, económico y social, que ayudaban a cimentar una identidad a través de un contexto social y una experiencia histórica que eran en gran medida compartidas:

  1. Entre estos factores, la omnipresencia de la Iglesia y sus órdenes, que era común a la región entera, era uno de los más relevantes. Su poder no era sólo cultural, político y social, sino también económico.
  2. Además, (dejando de lado grupos radicalizados) en el ámbito cultural durante siglos fue preponderante la influencia de los pensadores españoles. La gente instruida leía lo mismo en toda Hispanoamérica (5). Esta situación generó un clima cultural de grandes similitudes en todo el mundo colonial, contribuyendo a conformar identidades comparables, a partir de raíces comunes. 
  3. Otra experiencia compartida fue el carácter y la evolución de los mercados de la región. Un elemento de dicha experiencia fue el monopolio comercial, que además de establecer una única vía de entrada, uniformó los productos con que toda Hispanoamérica se abastecía (exceptuado el contrabando). Las restricciones a la entrada de libros afectó a todo el Imperio americano. Además, la región compartió graves vicisitudes, no siendo la menor la catástrofe demográfica del siglo XVII, provocada por la sobrexplotación de la población indígena. Desde México a Tucumán, la agricultura debió ser reemplazada por la cría de ganado debido a la escasez de mano de obra. Las comunidades indígenas agrarias, de las cuales los españoles habían obtenido rentas y trabajo, fueron a veces sustituidas por las haciendas españolas, manejadas directamente por los peninsulares. Pero el mismo decrecimiento de la población limitaba la producción de las haciendas debido al insuficiente mercado de consumo. Y el trabajo no era libre sino forzado: aun donde había nominalmente trabajo libre, las deudas de los peones con sus terratenientes anulaban esta libertad. El verdadero trabajo asalariado requirió siglos para desarrollarse. En este plano, como veremos, la situación del Río de la Plata era particularmente primitiva, pero era tan sólo un caso extremo de un fenómeno que en menor medida y con variantes locales se había registrado en varios momentos y lugares de la historia de Hispanoámerica.
  4. Otro aspecto común a toda la América española era la diferenciación social en términos de casta, que creció en relevancia cuando el período colonial llegaba a su ocaso. En algunas regiones, como la andina, las diferencias de castas eran paralelas a las diferencias económicas, pero éste no fue siempre el caso. Por el contrario, allí donde la movilidad económica generó la posibilidad de suprimir las diferencias de casta, los derechos diferenciales de las castas fueron acentuados por las élites dominantes, con el propósito de estabilizar la sociedad. Así, hasta la crisis de la independencia, el acceso a la administración, el ejército y la Iglesia del estrato urbano más bajo fue vedado, a la vez que el ascenso económico conseguido a través de otros medios carecía de relevancia social en ese contexto cultural.
  5. Otra característica común a la América española luego de las reformas borbónicas de 1778 fue el resentimiento hacia los españoles nativos, quienes inmigraron en gran número como consecuencia de estas reformas, y tendieron a desplazar a los criollos blancos y a los mestizos de las posiciones más codiciadas, en un contexto en el cual la franja media de la población (la que se encontraba entre los muy ricos, que eran muy pocos, y la inmensa mayoría, que sobrevivía en condiciones de extrema pobreza) era verdaderamente muy pequeña.
  6. Finalmente, especialmente después de la separación de las dos coronas, gran parte de la región compartía un enemigo común en el lusoparlante, con quien las reiteradas guerras habían ayudado a plasmar una diferencia.

    Sin embargo, no debe olvidarse que existía en Hispanomérica una división esencial entre los territorios hispanizados y los que aún estaban bajo la hegemonía de la cultura indígena local. Este clivaje no tiene paralelos en la Europa medieval ni en la moderna. Este hecho torna tanto más artificiales los esfuerzos y pretensiones de separar y distinguir las nacionalidades hispanoamericanas entre sí al momento de la crisis de la Independencia. Existía una extrema diversidad en el grado de arraigo que la cultura española había adquirido en el vasto territorio sometido a la soberanía de España. Había también una extrema desigualdad en la densidad de la población. Hacia el final del siglo XVIII casi la mitad de los trece millones de habitantes oficialmente reconocidos vivían en México, e incluso allí se concentraban en Anahuac. Para ilustrar esto, uno podría recordar una anécdota contada por Halperín Donghi, de un obispo de la provincia de Córdoba, en el Virreinato del Río de La Plata, quien se preguntó a sí mismo si la extremadamente poco densa población de su diócesis no era demasiado exigua como para hacer posible la disciplina social, sin la cual no era posible la lealtad política al soberano ni la lealtad religiosa a la Iglesia. En otras palabras, el caos existía en potencia, y era el poder español lo que temporariamente impedía que se enseñoreara sobre aquellas tierras. Eso pronto cambiaría.

  1. Como veremos en el cuerpo central de este Tomo I de la obra, y contrariamente al mito generalizado en la enseñanza argentina, las cédulas reales de creación del Virreinato (1776 y 1777) no incluyeron a la Patagonia en su jurisdicción, ni la incluyen los mapas coloniales españoles que es posible consultar en el Archivo General de Indias de Sevilla. La Patagonia, tanto del lado Atlántico como Pacífico, fue una conquista argentina y chilena de la segunda mitad del siglo XIX, perpetrada contra las tribus indígenas que hasta entonces la dominaban.

  2. H.S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX, Buenos Aires: Solar Hachette, 1968.

  3. T. Halperin Donghi, Historia Contemporánea de América Latina, Madrid: Alianza 1969.

  4. R. N. Burr, By Reason or Force: Chile and the Balancing of Power in South America, 1830-1905, Berkeley: University of California Press, 1965.

  5. En 1538 se fundó la primera universidad americana, de Santo Tomás de Aquino, y en 1540 la de Santiago de La Paz, ambas en Santo Domingo. En 1551 se fundó en México la Universidad de San Paolo; en 1553 en Perú, la de San Marcos de Lima; en 1622 en Córdoba, la de San Ignacio de Loyola; en 1624 en Charcas, la de San Francisco Xavier. Entre 1538 y 1824 se fundaron 26 universidades en Hispanoamérica, aunque no todas coexistieron.
Ir a página anterior Home Ir a página siguiente

© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.