En algún sentido, el Brasil es el equivalente no de un Estado hispanoamericano sino de
la misma Hispanoamérica: es la totalidad del Imperio Portugués en América, sin
desmembramientos. Las raíces de la emergencia de una identidad "nacional"
brasileña son una cuestión opinable. Algunos expertos la ubican hacia 1654, cuando los
holandeses fueron expulsados del Noreste luego de 25 años de ocupación, o aún antes, en
las exploraciones del interior brasileño por los bandeirantes de Sao Paulo, y en los
tempranos conflictos con España en el Río de la Plata. De acuerdo a Leslie Bethell, sin
embargo, fue en la segunda mitad del siglo XVIII cuando emergió en Brasil (como también
en las colonias españolas e inglesas de América) un sentido de identidad más preciso y
generalizado entre algunos sectores de la oligarquía blanca nacida en América. Estos
brasileños, cuyos viajes a Europa se habían hecho más frecuentes, criticaban el sistema
mercantilista, la excesiva tributación y la limitada disponibilidad y alto precio de los
productos manufacturados extranjeros. Esto generó la percepción de un creciente
conflicto de intereses, tanto político como económico, con Portugal, como así también
conciencia del retraso y la debilidad de la metrópoli lusitana. La corona portuguesa
tenía pocas fuerzas y apenas unos 2000 militares en Brasil, muchos de cuyos oficiales (y
la mayoría de la tropa) eran nacidos allí. No obstante, los portugueses dominaban muchos
de los puertos, así como el comercio del Atlántico.
Sin embargo, y en la opinión de Bethell, estas diferencias entre los
portugueses y la oligarquía brasileña no deben exagerarse. Por muchas razones, Brasil
tenía lazos más cercanos con su metrópoli que Hispanoamérica. Entre los diversos
factores que explican las diferencias entre las circunstancias de las colonias luso e
hispano-parlantes pueden incluirse los siguientes:
Como consecuencia de estos factores, hubo sólo dos rebeliones
significativas contra los portugueses en la segunda mitad del siglo XVIII. El movimiento
de la inconfidencia mineira de 1788-89 fue sin duda el más serio, e involucró
algunos de los hombres más ricos y poderosos de la región de Minas Gerais. Comenzó como
una protesta contra la tributación arbitraria pero pronto se convirtió en
anticolonialista en sus objetivos. Sin embargo, el movimiento fracasó totalmente en
inspirar protestas similares en otras regiones.
Contrariamente a la inconfidencia mineira, la conspiración de
Bahía de 1798 fue un movimiento mucho más radical, que tuvo el objetivo de producir un
levantamiento armado de mulatos, negros libres y esclavos. En la ciudad de Salvador los
blancos eran superados 5 a 1, y la clase dominante aplastó la rebelión con la energía
que el miedo a veces inspira. Por lo demás, la oligarquía de Bahía estaba más apegada
al esclavismo y al sistema comercial prevaleciente, debido al auge del azúcar y a la
prosperidad general de la década de 1790.
No obstante, los blancos criticaban al sistema colonial y expresaban resentimiento por la
tributación abusiva y el mercantilismo. Pero las reformas de Sousa Coutinho consiguieron
moderar muchos de estos sentimientos.
Por otra parte, en fecha tan temprana como 1803, Don Rodrígo había
sugerido que si Portugal llegaba a entrar en una guerra europea, y muy especialmente, si
Napoleón invadía Portugal, antes que arriesgar la pérdida del Brasil (a raíz de una
posible rebelión interna o de la probable usurpación de algún rival europeo), el
príncipe regente Don Joao debería mudarse allí con su corte y establecer "un
grande y poderoso imperio" en América del Sur (1). Por razones estratégicas y
comerciales, el gobierno británico estaba a favor de una acción semejante en el caso de
una invasión francesa. Cuando en junio de 1807 Napoleón decidió invadir Portugal en su
intento por destruir el comercio británico con Europa, y dio un ultimátum al príncipe
regente exigiendo el cierre de sus puertos a los barcos ingleses, el canciller británico
George Canning formuló una contra-amenaza: si don Joao obedecía a Napoleón, Inglaterra
destruiría la armada portuguesa (como ya lo había hecho con la danesa) y tomaría
asimismo al Brasil. Pero si en cambio Don Joao no se rendía a Napoleón, Gran Bretaña
mantendría vigente su obligación de proteger a la casa de Braganza.
Más aún, en octubre de 1807 Canning ofreció en secreto la
protección británica si Don Joao decidía mudarse temporariamente al Brasil. Para los
portugueses la decisión era difícil, y por un tiempo Don Joao intentó complacer tanto a
Canning como a Napoleón. Pero cuando a fines de noviembre Francia invadió Portugal,
entre 10 y 15 mil miembros de la corte lusitana se embarcaron hacia Brasil con la
protección de la armada británica. Desde el punto de vista del interés británico,
ésta era una situación positiva: era factible esperar que los mercados brasileños se
abrieran a su comercio, y que a través del Brasil, los productos británicos llegasen a
Hispanoamérica, neutralizando las consecuencias del fracaso de las invasiones inglesas de
1806-07 en el Río de la Plata. Como recuerda Bethell (2), Lord Strangford escribió
entonces: "He conseguido que Inglaterra establezca con el Brasil una relación de
soberano a súbdito, y que pueda exigir obediencia como pago por su protección".
Si ésta era la situación, ¿qué cosa era el Brasil? ¿A quién
pertenecía? Al igual que Hispanoamérica, el Brasil se encontraba surcado por profundas
divisiones regionales, sociales, económicas y raciales. Estaban los portugueses y sus
protectores británicos, la oligarquía blanca criolla, los esclavos, los indígenas, los
mestizos cazadores de indios, etc. Coexistían el cinturón azucarero, el sertao,
los intereses mineros y los intereses de los ganaderos sureños; estaban también los
productores y los comerciantes, generalmente defendiendo intereses contrapuestos. Si en
una colonia como la Presidencia de Quito podemos simplificar la realidad diciendo que la
"nación quechua" estaba dominada por la minoría hispanizada, la sociedad
brasileña presentaba una complejidad mucho mayor. De sólo una cosa podemos estar
seguros: no era una "nación", aunque sí fue un Estado donde hubo una
continuidad institucional total entre la era colonial y la era independiente. En Brasil,
con la Independencia no hubo crisis severa ni ruptura institucional. No obstante, al igual
que los otros Estados que emergían en la América del Sur, se disfrazó de nación, ya
que esta era una forma de legitimar su estructura de poder. Hecho esto, el Brasil se
convirtió en el mayor actor del sistema interestatal que iba a desarrollarse en la
América meridional.
L. Bethell (comp.), Brazil: Empire and Republic, Cambridge: Cambridge University Press, 1993; pág. 13.
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