Visite nuestra página principal

Antes de comenzar con nuestra historia deben formalizarse algunas definiciones operacionales provisionales, que cobran relevancia en el contexto de lo expresado anteriormente respecto de la paradoja de historiar las relaciones internacionales de Estados que, en el momento en que comienza el relato, eran embrionarios y de ningún modo representaban auténticas nacionalidades diferenciadas. A medida que en los capítulos siguientes desarrollemos nuestra temática, perfeccionaremos estas definiciones.
    Definiremos provisoriamente a una "nación" como una población asentada en un territorio, casi siempre unida por un lenguaje y una cultura, con un sentido de identidad diferenciado de otras "naciones". A veces, una nación puede comprender sólo parte de un Estado, o puede extenderse más allá de las fronteras de un Estado individual (2). Si seguimos esta definición, que es la más tradicional y la presentada por todas las enciclopedias y diccionarios de relaciones internacionales, en los hechos la mayoría de los países no pueden considerarse "naciones" (3), y es por ello que en capítulos venideros de este primer tomo continuaremos reflexionando sobre este paradojal tema (insatisfactoriamente tratado por uno de nuestros coautores, Carlos Escudé, en su obra El realismo de los Estados débiles).
    Por "país" entenderemos una unidad territorial inter-"nacionalmente" reconocida que se gobierna a sí misma. No es lo mismo que "nación", al menos si nos ajustamos a la definición de "nación" de arriba. Sin embargo, la prosa de los mismos diccionarios de relaciones internacionales que definen "nación" en estos términos, emplea el vocablo "país" como sinónimo de "nación" contradiciendo sus propias definiciones en su discurso cotidiano. En realidad, si se exigiera coherencia la palabra "internacional" debería abolirse y sustituirse por "interestatal".
    Por "ciudadanía" o "pueblo" entenderemos a la población que reside legalmente en un país, independientemente de que el país dado coincida o no con una "nación". Ciudadanía es un concepto jurídico vinculado a la filosofía liberal del contrato social, mientras "nación" es un concepto antropológico.
    Por "Estado" entenderemos el conjunto de instituciones públicas que regulan la vida de un país, con el monopolio de la fuerza armada legítima y de la acuñación de moneda.
    Por "gobierno" entenderemos una administración transitoria del Estado. Por lo tanto, nación, Estado y gobierno no son la misma cosa, aunque la convención (y confusión) lingüística lleve a las mismas Naciones Unidas a utilizar los términos como sinónimos.
    Por "interés nacional" entenderemos los intereses de largo plazo de la ciudadanía de un país.
    Por "intereses del Estado" entenderemos los intereses de largo plazo del conjunto de instituciones que conforman al Estado.
    Por los "intereses del gobierno" entenderemos los intereses de corto plazo de una administración, que por momentos pueden coincidir, pero también pueden divergir sustancialmente de los intereses de la ciudadanía, o aún de los intereses del mismo Estado (que se miden en un plazo más largo). Y este concepto se distinguirá de otro aún más estrecho, el de "los intereses del estadista", que no siempre coinciden con los del pueblo, la ciudadanía, o el Estado.
    Puede pensarse que éste es un extraño modo de comenzar un estudio sobre la historia de las relaciones internacionales de la Argentina, pero en realidad es la única manera razonable de hacerlo, ya que al comienzo de nuestra historia la Argentina no era una nación ni existía aún una cosa tal como el Estado argentino. Comenzaremos con nuestra investigación histórica a principios del siglo XIX, cuando los países que eventualmente se convertirían en la Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay apenas si tenían un mercado, carecían de un Estado consolidado, y se encontraban muy lejos de configurar verdaderas "nacionalidades" diferenciadas, cualquiera sea el significado de esto último. No obstante ello, la mayoría de los autores que han tratado el tema escriben sobre "las nuevas naciones sudamericanas", dando por sentado que existían tales naciones. Al hacer esto, abandonan quizá sin quererlo el necesario rigor politológico, para plegarse a mitologías funcionales al Estado que fueron surgiendo en estos países a lo largo de su historia. En términos históricos, una mitología puede servir como dato, pero difícilmente como basamento para un desarrollo científico sostenible.
    Tomemos por caso a la Argentina. En 1810, cuando el primer gobierno autónomo se estableció en Buenos Aires (encabezado por Cornelio Saavedra, un boliviano), el actual territorio argentino no sólo estaba dividido en cuatro jurisdicciones (las Intendencias de Buenos Aires, Córdoba y Salta, más la Gobernación de Misiones), con grandes diferencias entre sí en términos de sus intereses políticos y económicos, sino que éstas pronto iban a participar de una continua lucha entre sí e incluso al interior de sí mismas. A lo largo de estas luchas que durarían media centuria, subdividiéndose en unas quince provincias que a partir de 1820 comenzaron a ser reconocidas legalmente. Como se verá en mayor detalle en nuestro Capítulo 1, el derecho hispanoamericano reconocía soberanía a la Corona y, de un modo subsidiario, a las ciudades con cabildo, formalmente fundadas (los "pueblos", en el lenguaje de los documentos de la época). Quebrado el poder de la Corona, las capitales de Intendencia rehusaron reconocer el derecho de Buenos Aires a liderarlas y, a su vez, las ciudades subordinadas a las capitales de Intendencia rechazaron el derecho de éstas a mandarlas.
    Surgió una verdadera crisis de legitimidad y de legalidad. Por ejemplo, en 1811 Jujuy y Tucumán se rebelaron contra Salta, y Mendoza se rebeló contra Córdoba; en 1824 Santiago del Estero se independizó de Salta, y en 1826 La Rioja hizo lo propio frente a Córdoba. El Estado y la Nación, tal como hoy los concebimos, claramente no existían. Pero para recordar esto, es preciso tener presente qué queremos decir con "Estado" y qué queremos decir con "nación".
    Por otra parte, como lo señalara el coronel Rómulo Félix Menéndez (4), de un total de 2,8 millones de kilómetros cuadrados que tiene hoy la Argentina, en 1810 por lo menos 1,8 millones eran dominados por tribus indígenas que no reconocían la autoridad de ningún Estado, federal ni provincial. Además, Formosa, Candelaria (Misiones) y Santo Tomé (Corrientes) eran parte de la jurisdicción del Paraguay, a la vez que todo el Sur más allá de la línea de fortines en la provincia de Buenos Aires, y más allá del río Bío-Bío en Chile, era territorio indígena, res nullius (es decir, abierto a la conquista) desde la perspectiva de los Estados europeos. Durante muchas décadas, pues, no sólo no existía un Estado supraprovincial que vinculara institucionalmente a las provincias, sino que la jurisdicción territorial del conjunto de las provincias estaba en duda y en un permanente flujo. La Argentina competiría con Chile por los territorios indígenas del Sur, y con Paraguay por territorios toba-guaraníticos del Noreste, a la vez que Chile competiría con Bolivia y Perú por territorios del litoral del Pacífico.
    Como veremos en el Capítulo 3, y también en posteriores tomos de esta obra, en la conquista de los territorios del Sur, Chile ganó una temprana ventaja sobre la Argentina, debido a su rápida organización nacional, que le permitió colonizar el Estrecho de Magallanes en 1843, en tiempos en que la desunión argentina impedía toda competencia, como así también una expansión hacia el Sur. Sin embargo, entre 1860 y 1880 esta ventaja fue descontada por la Argentina gracias al brillante doble gambito de Mitre y Roca. Requisito fundamental fue la unión de las provincias alcanzada después de Pavón. Luego, en su expansión y consolidación territorial hacia el Noreste, producto de la guerra de Mitre contra el Paraguay, la Argentina se adelantó a la expansión de Chile hacia el Norte, producto de la Guerra del Pacífico. Al producirse ésta, Roca aprovechó para lanzar su Conquista del Desierto cuando el grueso de las fuerzas chilenas estaban concentradas en el Norte. Resultado: un tratado de límites que repartió los territorios sureños de una manera que se aproximaba a la percepción de lo que debía ser su división natural cordillerana en la década de 1820, antes de que–con la fundación de Fuerte Bulnes (luego Punta Arenas) en la década de 1840–Chile se adelantara a la Argentina en su proceso de expansión hacia el Sur.
    El desenlace resuena a justicia salomónica, aunque fue el producto de la más fiera competencia, hecho inevitable en los asuntos de Estado. Recién entonces estuvo consolidado el Estado argentino tal como hoy lo concebimos. Recién a partir de entonces dejamos de tratar con una temática embrionaria, al estudiar las relaciones inter-"nacionales" del Estado argentino. El resultado, sin embargo, fue excepcional porque se evitó la guerra entra la Argentina y Chile, convirtiendo a estos países en los únicos en el mundo entero que, compartiendo una frontera tan extensa, nunca libraron una guerra entre sí.
    De este modo, en un lento proceso que culminó hacia 1881 con el tratado de límites, los territorios del Sur fueron colonizados exitosamente por la Argentina y Chile, en lo que fue la continuación del proceso de la Conquista comenzado por España, pero esta vez bajo la autoridad y el poder de estos dos nuevos Estados hispano-parlantes del continente americano. El Mapa A, extraído del atlas histórico Anchor (5), nos muestra con claridad los exitosos procesos de expansión territorial argentino, brasileño y chileno, a expensas de Estados contiguos y de los dominios indígenas. A su vez, el Mapa B, "Las Conquistas Territoriales de las Provincias Unidas del Río de la Plata hasta junio de 1816", nos retrotrae a los orígenes, para ilustrar la magnitud de la epopeya que condujo a la consolidación del Estado argentino que hoy conocemos. Este fue el punto de partida real, muy poco auspicioso y muy diferente a las mitologías grandilocuentes difundidas en nuestras aulas escolares.
    Porque nosotros abordamos nuestra temática en estado embrionario, cuando el Estado no era un Estado y la nación no era una nación, debemos manejar nuestro vocabulario con mucho cuidado si es que nuestro discurso va a tener un significado sustantivo. De ahí la importancia de comenzar con definiciones operacionales que encorsetan nuestro pensamiento dentro de la lógica propia de la ciencia social positivista. Este punto de partida metodológico, además, será un eje normativo que nos permitirá recordar siempre la diferencia entre una política exterior diseñada para servir al ciudadano, y una diseñada para servir a un Estado deshumanizado y hambriento de poder (casi siempre a expensas de la gente).
    La Argentina no siempre tuvo una política exterior ciudadano-céntrica. En realidad, no la tuvo casi nunca hasta 1989. Pero como hemos visto, esto no quiere decir que no se hayan cosechado grandes éxitos en períodos anteriores. La lucha por la consolidación del Estado, que como dije culminó hacia 1881 con la firma del tratado de límites con Chile y la conquista de la parte argentina de la Patagonia, fue muchas veces cruel y sacrificó vidas, bienes y también valores morales, pero fue exitosa en términos de los objetivos que se propuso, y además nos dio el punto de partida a partir del cual podemos pensarnos a nosotros mismos como comunidad. La derrota del indígena y el paraguayo no fue humanitaria ni loable, pero es irrevocable y es sólo a partir de ella que ser "argentino" puede significar lo que hoy significa. Sin esos sucesos no tendríamos identidad, de la misma manera en que nosotros, los argentinos actuales, no existiríamos siquiera sin la conquista española de América y los posteriores procesos inmigratorios que fueron forjando nuestra identidad actual.
    No podemos ni queremos condonar crímenes de lesa humanidad, ni mucho menos elevarlos al nivel de conductas deseables, pero tampoco podemos caer en la mitología pueril que niega la obvia y cruel verdad de que los norteamericanos, brasileños, chilenos y argentinos actuales existimos en parte, y somos como somos, gracias a luchas como ésas. Describiendo esta secuencia dialéctica, Charles Tilly elevó al nivel universal de la política y de la organización de las sociedades, un axioma brillante: la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra.
    Asumir estos hechos es propio de la madurez intelectual sin la cual no conseguiremos ser un pueblo grande y maduro. Finalmente, una nación.Y este pueblo grande y maduro, que como todos es hijo del pecado, está ahora en condiciones de contribuir a la paz del planeta, y lo ha hecho ya desnuclearizando un continente con la política exterior posmoderna adoptada a partir de 1989. Así son las paradojas propias de la condición humana. El pecado original no inhabilita para la virtud futura, pero a eso ya lo sabían Adán y Eva.

  1. En esta materia seguiremos a C. Escudé, El realismo de los Estados comerciales: bases teóricas de la política exterior argentina bajo el presidente Menem, Buenos Aires, GEL, 1995, cap. 1.

  2. Véase J.C. Piano y R. Olton, The International Relations Dictionary, New York, 1969.

  3. W. Connor, Ethnonationalism, Princeton: Princeton University Press, 1994, se presentan cifras que demuestran que menos de un 10% de los países del mundo actual se ajustan a la definición tradicional del concepto de nación.

  4. Rómulo Félix Menéndez, Las Conquistas Territoriales Argentina, Buenos Aires: Círculo Militar, 1982.

  5. The Anchor Atlas of World History, Vol. II, Nueva York: Anchor Press/Doubleday, 1978, pág. 92.

Ir a página anterior Home Ir a página siguiente

© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.