Capítulo 1: La destrucción social de la protonacionalidad hispanoamericana
Si un extraterrestre estudioso pero desprevenido y algo ingenuo fuera a aterrizar en el
hemisferio occidental terráqueo, y emprendiera el estudio de los manuales escolares de
geografía de los países hispanoparlantes de la América del Sur, al llegar a los
capítulos generalmente nominados de "geografía histórica" comprobaría que
casi todos estos países registran enormes pérdidas territoriales a lo largo de su
historia. Si su curiosidad intelectual lo llevara a comparar y sumar las pérdidas de cada
uno de ellos, se enfrentaría al asombroso descubrimiento de que dicha suma es varias
veces mayor a la masa continental de la América meridional, segura señal de que un
agujero negro de la historia chupó territorios, o de que los terráqueos de esta parte
del planeta sufren de algún desconocido trastorno mental (1).
En efecto, uno de los datos más interesantes sobre la cultura
política de los Estados hispanoparlantes de la América del Sur es que la historia
oficial de todos ellos aduce haber perdido territorios. En la Argentina, todos están
familiarizados con las pérdidas territoriales supuestamente sufridas por el país a lo
largo del siglo XIX (Mapa 1), y casi todos tienen
noticias de que los pérfidos chilenos justifican sus aspiraciones expansionistas con un
falso mapa de pérdidas territoriales propias (Mapa 2)
(2), que inícuamente atribuyen a una presunta expansión argentina. También es conocido
el moderado lamento brasileño por la pérdida de la "provincia cisplatina",
queja que desde el Río de la Plata se explica en términos del maligno y bien documentado
expansionismo luso-brasileño, que forma parte del folklore local en medida no menor que
la perversión chilena.
Pocos argentinos, sin embargo, están familiarizados con las
fantásticas pérdidas territoriales paraguayas (país que según sus textos padeció diez
dolorosas desmembraciones a lo largo de su historia). El Paraguay original, según los
paraguayos, ocupaba la mayor parte del continente sudamericano, era conocido en España
como la "Provincia Gigante de Indias", y estaba bañado por un océano que se
llamaba indistintamente "Atlántico" o "Mar del Paraguay" (Mapa 3) (3). Como se verá en el mapa correspondiente, el
Paraguay original abarcaba las entrañas del Amazonas, gran parte de los litorales del
Pacífico y el Atlántico Sur, y toda la Argentina actual, incluida Tierra del Fuego.
Similar es el caso del Perú, que según los textos peruanos también
abarcó originalmente la mayor parte de la América meridional y la totalidad de su
litoral occidental, desde el istmo centroamericano hasta Tierra del Fuego, pasando por
todo el territorio actual de la Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Chile, Ecuador,
Colombia y gran parte del Brasil. Un desgraciado sino, no obstante, condujo a la pérdida
paulatina pero segura de la mayor parte del territorio de este glorioso Perú primigenio,
que (contradictoriamente con otros mitos de la peruanidad) no era creación de incas u
otros indígenas americanos sino de reyes y conquistadores españoles, Mapa 4 (4).
Los bolivianos, mucho más modestos, sólo presumen de haber perdido
las dos terceras partes de su territorio original, pasando de aproximadamente tres
millones de kilómetros cuadrados a tan sólo un millón, Mapa
5 (5), como consecuencia de la iniquidad de todos sus vecinos (incluída la
Argentina), cada uno de los cuales llevó a cabo una artera y sistemática tarea de
despojo, aunque ninguno tanto como Chile, blanco predilecto de las frustraciones
bolivianas. No obstante la relativa modestia de las pérdidas que lamentan los bolivianos,
sus reclamos son los más violentos de todos los de la América del Sur. Los textos
escolares del país del Altiplano virtualmente azuzan a sus ciudadanos a lanzarse al
ataque sobre Chile. El siguiente párrafo, extraído de un texto oficial de la enseñanza
secundaria que lleva el significativo título de El Mar Boliviano, ilustra la
virulencia de los sentimientos que el Estado intenta sembrar en el ciudadano de ese país:
"Este libro está destinado a los estudiantes y busca hacer comprender con facilidad toda la magnitud de nuestra tragedia, los recursos vedados que utilizó Chile para llevar adelante su guerra de despojo, y la incapacidad de nuestros gobernantes para frenar las maniobras del enemigo, la felonía de éste y el uso y abuso que hizo de la fuerza para extender su territorio aprovechándose del vecino, para usufructuar sus riquezas y crecer gracias a ellas (6)."
Posiblemente no sea coincidencia que el Estado que
más odio instila en sus habitantes contra los de Estados contiguos, sea uno donde más
del sesenta por ciento de la población cotidianamente habla quechua o aymará, y donde
aun otro segemento amazónico se relaciona en otras lenguas indígenas. Se requiere de un
cemento muy especial para mantener unidas a estas gentes con las poblaciones criollas de
Santa Cruz de la Sierra,Tarija, Sucre y Beni, en torno del mismo Estado hispanizado.
Están unidos no por el amor, sino por resentimientos compartidos aunque artificiales,
alimentados por un Estado que requiere del odio a Chile para subsistir.
Como se apreciará en el Mapa 6 (7),
las pérdidas territoriales venezolanas son aún más modestas que las bolivianas. Sus
textos sólo registran la amputación de Guyana, y usurpaciones relativamente pequeñas de
parte de Colombia y Brasil. Y todavía más modestos son los colombianos, quienes a pesar
de haber perdido Panamá, y de haber sido alguna vez el centro de la Gran Colombia (que
incluía a Ecuador y Venezuela), no introducen mapas de pérdidas territoriales
históricas en sus manuales escolares.
En cambio, el Ecuador presenta la peculiaridad de que no sólo lamenta
pérdidas territoriales gigantescas, sino que además posee un territorio imaginario. En
lo que se refiere a las pérdidas, y como se verá en el Mapa
7 (8), dicho país presume de haber sido una vez bioceánico: su territorio abarcaba
una suerte de ancho corredor que nacía en su actual litoral en el Pacífico y penetraba
en el corazón del continente, siguiendo el curso del río Amazonas hasta su desembocadura
en el Atlántico. Al igual que otros homo sapiens sudamericanos, los ecuatorianos
también lamentan pérdidas frente a todos sus vecinos, pero en su caso el blanco
preferido de sus frustraciones es el Perú, país con el que mantienen un litigio que
llegó a la violencia varias veces en este siglo.
Como consecuencia de dicha disputa, el único mapa de circulación
legal en el Ecuador es uno que incluye, como parte de ese país, un triángulo de
territorio que penetra en el Amazonas y que según la interpretación de todo el resto del
mundo es peruano, incluyendo el emplazamiento de la muy peruana ciudad de Iquitos (9).
Aquí ya ingresamos al reino del territorio imaginario. Debido a esta política, la imagen
mental que tiene el ecuatoriano del mapa actual de su país es diferente (y más
importante) que la que tiene todo el resto del mundo. Este peculiar fenómeno tiene
también correlatos en la Argentina y en Chile, por la inclusión del ficticio sector
antártico chileno en los mapas del Chile contemporáneo, y del llamado sector antártico
argentino, en el mapa argentino actual. Es así como sus respectivos Estados alientan a
ecuatorianos, argentinos y chilenos a vivir en un mundo de irrealidad, creyendo en
ficciones que nunca se concretarán. Los mapas 8 y 9 muestran los territorios imaginarios chileno y argentino,
que por agregación de la Antártida ubican a las sureñas ciudades de Punta Arenas y
Ushuaia como puntos centrales de Chile y la Argentina.
Finalmente, el caso uruguayo es interesante porque no sólo registra
pérdidas propiamente dichas (frente al Brasil), sino que además los textos escolares de
ese país intentan justificar el tamaño relativamente pequeño de su territorio
desarrollando una teoría respecto de lo que "debió ser" Uruguay: un Estado
basado en la Liga de Artigas cuando ésta alcanzó su máxima extensión, incluyendo las
actuales provincias argentinas de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba (Mapa 10) (10). Más aún: la marcada similitud cultural
entre el Uruguay y la región rioplatense de la Argentina impuso a los uruguayos la
necesidad política de esforzarse denodadamente por diferenciarse, lo que originó largos
párrafos en sus textos de historia dónde se enfatiza la vileza porteña, responsable de
instigar la invasión portuguesa de la Banda Oriental en 1816.
Hay muchos otros mitos sobre el origen del Estado y la nacionalidad,
que se incorporaron a las historias oficiales y a los textos escolares. En Ecuador, por
ejemplo, la fundación de la "nacionalidad" local se atribuye a la cultura
chorrera, que se extinguió hace alrededor de 2000 años. Fue ungida como tal porque
-debido a factores que nada tienen que ver con la configuración del Ecuador actual- su
extensión territorial correspondió aproximadamente a la de este Estado sudamericano, a
la vez que la cultura inca fue desechada porque se considera un imperialismo peruano, tan
vil como el posterior imperialismo español, que es el verdadero origen de este Estado
hispanoamericano. Que no haya coincidencia entre el territorio abarcado por los indios
chorrera hace dos milenios, y el inmenso territorio bioceánico supuestamente perdido por
el Ecuador de tiempos coloniales, no parece molestar a los constructores y difusores de
mitos ecuatorianos.
Tampoco les incomoda que entre los chorrera y los incas hayan medidado
varias culturas indígenas de características muy diversas y dominios territoriales muy
diferentes, de modo que no existe continuidad alguna entre aquel arcaico pasado y
estructuras de dominación más recientes: los mitos fundacionales pueden ser tan
arbitrarios y contradictorios como bajo sea el nivel de desarrollo intelectual de la
población que los consume.
Véase, por ejemplo, Gómez Ríos, Emiliano, El Paraguay y su historia, 1963; y Paiva, Armando, Geografía de la República del Paraguay, 1976. El mapa incluido en este capítulo proviene del primero de los textos citados.
Véase entre muchos otros Sivirichi, Atilio, Historia del Perú, 1939; Del Busto, Duthurburu, José Antonio, Historia del Perú, 1964; Pons Muzzo, Gustavo, Las fronteras del Perú, varias ediciones.
El mapa que se incluye en este capítulo corresponde a Ayala Z., Alfredo, Geografía política de Bolivia, 1941.
Sanabria G., Floren, El mar Boliviano, La Paz, Proinsa, 1988, p. 3. "Autorizada por el Ministerio de Educación y Cultura para la educación boliviana de acuerdo con los programas oficiales del sistema educativo de las ciencias sociales. Niveles primario y medio."
Marrero, Levi, Venezuela y sus recursos, 1963.
Mendoza García, Luis Aníbal, Derecho territorial ecuatoriano, c. 1982.
Los mapas de circulación legal en Ecuador (que son los únicos disponibles) agrandan el territorio del Ecuador actual porque no reconocen los límites fijados por el Protocolo de 1942, que son los que demarcan el territorio ecuatoriano en los mapas que circulan en todo el resto del mundo.
Schurmann Pacheco, Mauricio, Historia del Uruguay en los siglos XIX y XX, 1977 y ediciones posteriores. No siempre hay coherencia en el tratamiento que los diferentes textos de un mismo país dan a lo supuestos límites fronterizos históricos de los otrora grandiosos territorios. No obstate, kilómetros más, kilómetros menos, todos los países nombrados presentan, en sus textos escolares, mitos de pérdidas territoriales.
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