La historia que se acaba de narrar, así contada en toda su dimensión
comparativa, tiene ribetes caricaturescos capaces de hacer sonrojar hasta a un
nacionalista convencido de sus propios mitos fundacionales, ya que si se desnuda el
ridículo de los mitos de los otros, salta a la vista también que nuestros propios mitos
habrán de parecerles risibles a nuestros vecinos y al resto del mundo. La suma de las
presuntas pérdidas territoriales de estos países justifica el dicho de Gabriel García
Márquez, de que su realismo mágico no es literatura sino periodismo. La América del Sur
no tiene dimensiones tan colosales, y los agujeros negros históricos que chupan
territorios son un fenómeno natural hasta ahora no registrado. Si todas las historias
oficiales no pueden tener un fundamento empírico, si necesariamente alguien está
"equivocado", ¿no es posible y hasta probable que lo estemos todos? ¿Y a
quién sirven o sirvieron estos mitos? ¿Cuáles fueron sus funciones políticas, para
pensar el problema en términos mannheimianos, de sociología del conocimiento?(1)
Para comprender estos fenómenos, debemos remontarnos a la realidad
imperante en los tiempos en que todos los países hispanoparlantes de la América del Sur
formaban parte de una misma unidad política centrada en la Corona de España.
Ciertamente, cuando nuestra historia comienza a principios del siglo XIX estos países no
eran Estados diferenciados entre sí, ni mucho menos "naciones". Como lo
sugirió Andrés Cisneros en la Introducción metodológica, el Imperio español en
América era una suerte de archipiélago de islas de hispanización, en un océano
indígena de etnias y lenguas diversas. Las islas hispanizadas, desde México hasta Buenos
Aires, tenían en común todo lo que en Europa se requeriría para definir una
nacionalidad: lengua, religión, cultura, historia, y en medida variable (según el grado
de mestización) también raza.
Cuando gracias a Napoleón Bonaparte, la metrópoli sufrió un colapso
absoluto, el archipiélago hispanizado debió necesariamente desmembrarse en soberanías
varias, porque ningún centro hispanoamericano tenía el poder necesario para mantener
unido un territorio contiguo tan vasto. En tales circunstancias, la falta de
diferenciación entre las poblaciones de los diferentes Estados embrionarios representó
un grave problema, ya que el desmembramiento conduciría necesariamente a la competencia
por territorios, al conflicto y a la guerra, y para movilizar grandes contingentes de
hombres a una muerte probable, o para cobrar los tributos necesarios para costear tales
movilizaciones, cada centro de poder debía intentar generar una legitimidad que otorgara
cierto grado de obligatoriedad moral a los sacrificios impuestos por la nueva
"patria" local.
Dicha legitimidad requería la generación de una identidad propia y
diferenciada para la población bajo la jurisdicción de cada centro de poder. Y como
existía un exceso de elementos en común entre los elementos hispanizados de los
diferentes centros de poder, uno de los principales problemas que debieron enfrentar estos
Estados incipientes fue el de construir diferencias. La construcción de
identidades "nacionales" pasó, en la América española, por esta construcción
de diferencias en un universo cultural donde lo que sobresalía no era la diferencia sino
lo mucho que se compartía (2). Había que convencer a la gente local de que el habitante
de la jurisdicción contigua a la propia era diferente. ¿Pero como hacerlo si hablaba la
misma lengua, profesaba la misma religión y tenía la misma historia? La única
alternativa disponible era adoctrinar a la gente sobre el carácter naturalmente
codicioso, desleal, violento y expansionista de ese chileno, paraguayo o boliviano en
apariencias tan similar a uno, pero moralmente tan execrable (3).
No obstante, durante varias décadas después de 1810 lo que había en
común era tan poderoso que un venezolano en Chile podía ser un forastero, pero no un
extranjero. Es por ello que (como ya lo señaló A. Cisneros) ocurrió con frecuencia que
un prohombre nacido en el territorio de uno de los nuevos Estados hispanoamericanos
primero sirviera a ese Estado y luego terminara al servicio de otro. Esto fue posible
hasta un poco más allá de mediados del siglo XIX, cuando la protonacionalidad
panhispanoamericana aún no había sido totalmente quebrada, cuando la gente local
todavía no pensaba en términos de nacionalidades hispanoamericanas separadas entre sí,
cuando incluso el concepto mismo de "nacionalidad" era un invento romántico
reciente y "moderno".
Como antes arguyó Cisneros, un importante número de rasgos comunes
contribuyeron a la generación de una identidad hispanoamericana que se anclaba en una
experiencia que hasta cierto punto era común a toda la región, y cuyo origen último era
el hecho nada insignificante de compartir idioma, religión y origen histórico. Por
cierto, dentro de la América española, no había diferencias de identidad claras entre
las poblaciones de los Estados embrionarios que irían emergiendo en torno de los
diferentes centros urbanos importantes. En todos los Estados hispanoamericanos la construcción
de diferencias, que terminaría por convertir a los ciudadanos de los diversos nuevos
Estados en extranjeros entre sí, se consiguió a través de varios mecanismos de
adoctrinamiento, entre ellos el sistema educativo y el servicio militar obligatorio.
Existiendo tal exceso de cosas compartidas, la principal diferencia no podía ser sino la
virtud propia y la malevolencia ajena. Con esta imagen se destruyó aquella
protonacionalidad panhispanoamericana de los tiempos de la Independencia, y de este modo
emergieron nuevas identidades locales, inventadas desde un poder político que en forma
relativamente contingente (es decir, sin vínculos causales con fenómenos identitarios
previos) había logrado el dominio sobre determinada jurisdición territorial.
Lamentablemente, estas identidades no podían construirse a través de definiciones
positivas. Fue la construcción social del carácter vil del Estado y población de las
unidades políticas contiguas y autónomas lo que permitió la emergencia de los diversos
"nosotros", que hoy nos permiten hablar de las "nacionalidades"
argentina, uruguaya, paraguaya, chilena, boliviana, peruana, ecuatoriana, venezolana y
colombiana, como diferenciadas entre sí.
Y así emergieron los mitos de colosales pérdidas territoriales
descriptos en el acápite anterior, siempre inculpados a la ambición de los Estados
contiguos, y casi todos basados en alguna jurisdicción histórica con capital en la
ciudad que luego fue capital de un Estado "nacional". Dichas jurisdicciones
podían ser absolutamente teóricas (alguna cédula real que otorgaba a un conquistador un
gigantesco territorio que jamás llegó a dominar ni conocer siquiera), o podían tener
algún fundamento histórico más firme (el Virreinato del Río de la Plata, si exluimos
la Patagonia, que nunca figuró en los mapas españoles como parte del mismo). Los mitos
de pérdidas territoriales siempre están basados en la máxima extensión que alguna
jurisdicción teórica o real del pasado alguna vez alcanzó: de allí se resta el
territorio actual del Estado en cuestión, y se obtiene el cómputo de cuánto fue perdido
debido a la iniquidad de Estados contiguos. Y por otra parte, estos mitos de pérdidas
territoriales jamás se compadecen del hecho de que el Estado actual cuyas
"pérdidas" se computan, casi nunca es el Estado sucesor directo de la
jurisdicción histórica en la que está basado el mito: un caso evidente es el del
Virreinato del Río de la Plata, que antes de convertirse en los Estados de Argentina,
Uruguay, Paraguay y Bolivia, se disgregó en tantas soberanías como ciudades había en
él, para luego pasar por un proceso de aglutinación de soberanías urbanas en
soberanías provinciales, y finalmente, después de varias décadas, culminar con la
consolidación de Estados semejantes a los que hoy conocemos, que no son los
"herederos naturales" del Virreinato, sino emergentes soberanos nuevos,
estructurados en torno a instituciones nuevas, que no son la continuación histórica de
las instituciones coloniales.
Mannheim, Karl, Ideology and Utopia, Harcourt Brace, 1936.
Para una exploración de la identidad común de los pueblos iberoamericanos, véase de Imaz, José Luis, Sobre la identidad iberoamericana, Buenos Aires: Sudamericana, 1984. Para un tratamieno ensayístico de temas afines, véase García Hamilton, José Ignacio, Los orígenes de nuestra cultura autoritaria, Buenos Aires: Calbino y Asociados, 1990.
En los países desarrollados, estos temas se estudian desde hace varias décadas. Véase, por ejemplo, Jonathan French Scott, The Menace of Nationalism in Education, Londres: George Allen & Unwin, 1926 (que trata sobre los textos franceses, británicos, alemanes, norteamericanos, y las percepciones que proyectan sobre cada uno de estos países); Arthur Walworth, School Histories at War, Cambridge MA: Harvard University Press, 1938 (subtitulado "Un estudio del tratamiento de nuestras guerras en los textos de historia de la educación secundaria, y en los de nuestros enemigos del pasado"); William Buchanan y Hadley Cantril, How Nations See Each Other (A Study in Public Opinion), Urbana: University of Illinois Press, 1953; John Eppstein (comp.), National Stereotypes: An Educational Challenge, Informe del seminario internacional para docentes organizado en Elsinore, Dinamarca, por el Atlantic Information Centre for Tearchers, marzo de 1968.
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