Si nos dejamos guiar por los escritos de la mayoría de los historiadores (argentinos) de las relaciones internacionales argentinas, hubo una nación argentina desde el momento mismo de la proclamación de la Independencia. Isidoro Ruiz Moreno (h.), por ejemplo, apela simultáneamente al término "nación" y al mito de las pérdidas en términos típicos:
"La gran nación sucesora del Virreinato del Río de la Plata está ya mutilada; no es la misma que midió por el norte el paso marcial de Belgrano; no es la misma cuyas armas asentó al oriente el general Alvear y cuyas naves llevara al sur el intrépido Brown; no es ya la misma cuyos lindes trazara al occidente la espada fulgurante de San Martín (...). Una tras otra hemos visto desgajarse (...) las ramas del corpulento virreinato. Locura fuera tratar de recogerlas" (1).
Este segundo mito, el de una nación y una
nacionalidad que existieron por lo menos desde 1816 (y quizá desde siempre, como la
Francia eterna, en algún mundo platónico de las "patrias"), también es
susceptible de un análisis mannheimiano y también posee funciones políticas evidentes:
si el Estado argentino se plasmó recién en 1860 (como argüiremos más adelante), y la
"nación" emergió aún más tarde, no sólo podría surgir una angustiosa
crisis de identidad en muchos argentinos que están patrióticamente convencidos de las
grandes verdades de la argentinidad, sino que rápidamente se acuñaría una pregunta
inquietante: ¿a quién le fueron usurpadas la Islas Malvinas en 1833? La respuesta obvia
y correcta es que le fueron usurpadas al Estado de Buenos Ayres, del que la República
Argentina es el legítimo Estado sucesor, pero esta respuesta es demasiado compleja para
el adoctrinamiento cotidiano de las aulas escolares.
En realidad, desde algún punto de vista la nación es un mito incluso
en el presente. En un país como la Argentina, donde hay una gran heterogeneidad étnica y
cultural entre las distintas regiones geográficas, y donde gran parte de la población
posee orígenes inmigratorios diversos, todo concepto "objetivo" de nación,
como el utilizado en la definición provisional desarrollada por Cisneros en la
Introducción metodológica, resulta inaplicable. Si la "nación" es una
población humana con un sentido de identidad desarrollado, "relacionada con un
territorio y unida por un lenguaje y una cultura común" diferenciados de otras
naciones, reconociéndose que "una nación puede comprender parte de un Estado,
coincidir con el territorio de un Estado o extenderse más allá de las fronteras de un
Estado individual", como lo hacen todos aquellos que optan por un concepto
"objetivo" de nación, entonces (como veremos) la Argentina no puede y nunca
pudo considerarse tal cosa. Esta situación no es de manera alguna excepcional, ya que la
gran mayoría de los países están constituidos por mosaicos multiétnicos que no son,
propiamente hablando, naciones (2). Más aún, siguiendo a Benedict Anderson (3), todas
las naciones, aún las más homogéneas, son construcciones sociales o "comunidades
imaginadas".
Por cierto, la mitificación de la correspondencia entre
"nación" y "Estado" es no sólo universal sino que se encuentra
profundamente arraigada en la terminología de la disciplina científico-social de las
Relaciones Internacionales. La nación se identificó con el Estado porque a partir de
mediados del siglo XIX la ideología romántica del nacionalismo se convirtió en la
hegemónica en la mayor parte del mundo. A partir de entonces, presuponer que todos los
Estados son "naciones" se convirtió en una ficción funcional para la
legitimación de los Estados, su orden interno, y también el orden
inter-"nacional" (que en realidad es apenas un orden interestatal). Negar la
correspondencia entre Estado y nación se volvió subversivo durante mucho tiempo; un
tabú incluso para intelectuales "libres". ¿Adónde iría a parar un
intelectual ecuatoriano que difundiera el hecho obvio de que Ecuador es en todo caso un
Estado binacional, con un segmento de población hispanizada y otro segmento
quechua-parlante, y que durante la mayor parte de su vida independiente el Estado
ecuatoriano se ha dedicado a la tarea de adoctrinar a los indígenas quechua-parlantes de
la región de la sierra para hipnotizarlos con la idea de que tienen más en común con
los mestizos hispanizados de la región de la costa que con sus primos hermanos
quechua-parlantes del Cuzco peruano? ¿Y adónde iría a parar el intelectual peruano que
hiciera idéntico argumento respecto de la "nacionalidad" compartida por los
indígenas de Cuzco y Quito, y su diferenciación frente a la asimismo compartida
nacionalidad de los mestizos de Lima y Guayaquil?
El caso argentino es menos dramático, pero aun así, ¿no está claro
que, "objetivamente", un bonaerense tiene más en común con un uruguayo que con
un chaqueño? ¿Que un correntino tiene más en común con un paraguayo que con un
salteño? ¿Que un jujeño tiene más en común con un boliviano que con un mendocino?
¿Que (aunque no lo perciba) un mendocino tiene más en común con un chileno de Santiago
que con un correntino? La combinación de la heterogeneidad regional, con el continuado
parentesco étnico y cultural de varias provincias con las poblaciones de Estados vecinos,
hace extremadamente problemática la definición de la Argentina como una nación, si el
concepto se define en términos objetivos.
Estas palabras pueden sonar provocativas a un público argentino no
especializado, pero en realidad, hoy por hoy, distan de ser revolucionarias. Son varios
los teóricos del nacionalismo que, adoptando concepciones relativamente objetivistas de
la nación, llegan a conclusiones similares para enormes regiones del planeta. Ernest
Gellner, por ejemplo, nos dice:
"Las naciones, como los Estados, son una contingencia, no una necesidad universal. Ni las naciones ni los Estados existieron en todos los tiempos ni en todas las circunstancias. Más aún, las naciones y los Estados no representan a la misma contingencia. El nacionalismo sostiene que nacieron el uno para el otro, que el uno sin el otro es incompleto y constituye una tragedia. Pero antes de que fueran el uno para el otro, cada cual debió emerger, y la emergencia de cada cual fue contingente e independiente de la emergencia del otro. El Estado, ciertamente, emergió sin la ayuda de la nación. Algunas naciones han emergido sin las bendiciones de su propio Estado. Aunque es más debatible que la idea normativa de nación, en su sentido moderno, no presuponga la previa existencia del Estado" (I).
Para Gellner, el caso latinoamericano es en sí
mismo una clara violación del "principio nacional" que presupone que a cada
"nación" (definida en términos objetivos de etnia y cultura) le corresponde un
Estado (especialmente dada la contigüidad de estos Estados, que los hace diferentes al
caso de, por ejemplo, Gran Bretaña y Nueva Zelanda). Naturalmente que dicho autor (que es
un crítico de estas nociones simplistas con que gran parte de la población del planeta
ha sido adoctrinada desde mediados del siglo XIX) reconoce este "principio" como
parte de una normativa de la ideología del nacionalismo, que tiene todo que ver con la
historia de las ideas, pero que en el mundo real raramente se constata en forma clara.
No obstante, el paradójico problema consiste en el hecho de que,
aunque "objetivamente" una pretendida nación no sea tal cosa, su población a
menudo se comporta como si lo fuera. Si el nacionalismo es un objeto de estudio de
especial interés para varias disciplinas, lo es debido a su sorprendente capacidad para
movilizar enormes contingentes de población hacia la destrucción y la muerte, de una
manera sólo comparable a la forma en que en determinadas circunstancias históricas lo
puede el fanatismo religioso.
Incluso cuando no moviliza masas a la muerte, el nacionalismo
continuamente demuestra su vitalidad en circunstancias en que se puede afirmar que
"objetivamente" una supuesta nación no existe. Objetivamente la nación
argentina es puro cuento, pero son pocos los porteños que, frente a un afiche de la
Subsecretaría de Turismo de la Nación que porta una foto de las cataratas del Iguazú
junto con el lema "primero lo nuestro", se percatan del hecho de que en realidad
esas cataratas son mucho menos "suyas" (es decir de algún modo propias de los
porteños) que la bienamada Colonia del Sacramento, que queda del otro lado del río en
territorio uruguayo. El tipo de gente, la cultura, la misma musicalidad de la lengua, por
cierto que todo excepto un hecho jurídico que es antropológicamente irrelevante, hace de
Colonia parte de una misma "nación" objetiva que Buenos Aires, a la vez que
Puerto Iguazú es parte de otra nación (hispano-guaranítica) bastante diferente. ¿Qué
tienen de "nuestras" las cataratas del Iguazú? ¿Pagamos menos impuestos que un
paraguayo al visitarlas? ¿Nos sale más barato el pasaje? Obviamente no. Para un
porteño, están en una tierra lejana habitada por un pueblo exótico. Pero el afiche
surte efecto, porque los mecanismos de adoctrinamiento que permiten a porteños y
misioneros imaginar que son parte de una misma nación, que es diferente de las
naciones uruguaya y paraguaya, son sorprendentemente exitosos.
La primera persona del plural, uno de los mayores misterios del
predicamento humano, emerge muchas veces cuando objetivamente el "nosotros"
tiene poco fundamento, a la vez que otras muchas veces no llega a surgir aun cuando las
diferencias entre dos pueblos que se perciben mutuamente como enemigos son perceptibles
sólo para ellos mismos (téngase por caso el de servios y croatas).
Por cierto, tal como lo postuló Benedict Anderson, quizá mucho más
importante que intentar definir objetivamente a las naciones es comprender que,
subjetivamente, la nación se imagina, y que es éste el fenómeno de mayor relevancia
empírica. No importa qué factores unan a una población, si dos segmentos de la misma se
imaginan irremediablemente enajenados. No importa qué factores separen a una población,
si sus integrantes se imaginan parte de un mismo pueblo con un destino en común. Lo que
mueve al fanatismo y a veces a la muerte reside en la pertenencia que se imagina, no en la
etnicidad "verdadera"; en lo subjetivo, no en lo objetivo. Es así que, aunque
el típico porteño de clase media siente un desprecio racista por el correntino
guaraní-parlante, ambos estuvieron sometidos a los mismos mecanismos de adoctrinamiento,
en este caso efectivos, y ambos se imaginan como parte de un mismo "nosotros".
Por ello, cuando la selección argentina de fútbol se enfrenta a la paraguaya, el
correntino fanática y un poco patéticamente alienta al equipo argentino con fervor,
contra una selección paraguaya que "objetivamente" lo representa mucho mejor.
De modo análogo, el porteño gritará el gol marcado por el correntino contra un equipo
uruguayo, olvidando por un rato su desprecio racista, porque el valor simbólico de la
casaca argentina hace emerger en él toda la potencia del "nosotros" que fue
educado para imaginar. Y en este sentido la "nación argentina" existe, no
porque posea una realidad antropológica objetiva, sino porque gracias a los mecanismos de
adoctrinamiento que a lo largo de muchas décadas implantó el Estado argentino, todos los
habitantes de su territorio la imaginamos, de modo que llegó a ser lo que Anderson
llama una "comunidad imaginada" (II).
Ruiz Moreno, I. (h.), Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas (1810-1955), Buenos Aires: Perrot, 1961, pág. 16-17. En este párrafo, Ruiz Moreno hace suyas, en larguísima cita, palabras previamente escritas por Antonio Bermejo en La Cuestión Chilena.
Connor, W., Etnonationalism, Princeton, Princeton University Press, 1994, capítulo 2.
Anderson, B., Imagined Communities, Londres y
Nueva York: Verso, 1983.
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