Se dijo anteriormente que hasta bien comenzado el siglo XIX, el concepto de
"nacionalidad" tal como hoy lo entendemos no existía, y que éste fue un
producto de la ideología romántica del nacionalismo. Por cierto, hasta entonces el mismo
concepto de "nación" fue utilizado (por los ideólogos de la Revolución
Francesa, y por los patriotas argentinos de la Revolución de Mayo, entre otros), no en el
sentido antropológico utilizado más arriba (que aúna lengua, cultura, historia común y
territorio), sino en un sentido contractualista, que lo definía como la población
abarcada por un mismo pacto social, justificación liberal de la autoridad e instituciones
de un Estado legítimo. Tal como lo señaló Pierre Vilar, desde la perspectiva
revolucionaria y popular la "nación" no estaba basada en la lengua ni en la
etnicidad, sino en el interés común frente a los intereses particulares y el privilegio
(1). Y como lo puntualizó Eric J. Hobsbawm, desde este punto de vista las diferencias
étnicas eran tan poco importantes como lo serían posteriormente para los socialistas.
"Lo que distinguió a los colonos (norte)americanos del Rey Jorge y sus partidarios
no fue la lengua ni la etnicidad, a la vez que, inversamente, la República Francesa no
encontró objeciones a incorporar (al norteamericano) Thomas Paine a su Asamblea
Nacional" (2).
Por cierto, lejos tanto del contractualismo como de la posterior
concepción étnica de la nación, la Real Academia Española ni siquiera vinculó el
vocablo "nación" con los de "Estado" y "gobierno" hasta su
edición de 1884, y hasta esa fecha definía a "nación" simplemente como
"el agregado de habitantes de una provincia, un país o un reino" (I).
Nos cuenta Elie Kedourie que mucho antes de eso, en la Edad Media, las
"naciones" de la Universidad de Paris eran grupos de estudiantes pertenecientes
a diferentes grupos lingüísticos: por ejemplo, "la honorable nación de
Francia" incluía a franceses, españoles e italianos, pero se diferenciaba de la
"fiel nación de la Picardía", "la venerable nación de la
Normandía" y "la constante nación de la Germania" (que incluía a
ingleses). Aun antes, en tiempos romanos, "nación" significaba un grupo humano
de origen similar, mayor que una familia pero menor que un clan o un pueblo: por ello, se
hablaba del Populus Romanus, no de la natio romanorum.
En efecto, a lo largo de los siglos el término "nación"
cambió permanentemente de significado (3). Para el Derecho de Gentes consagrado por el
Congreso de Viena, "nación" y "Estado" eran equivalentes, como lo
eran en muchos textos rioplatenses de tiempos de las guerras de la Independencia y la
anarquía subsiguiente. Fue sólo con el romanticismo que cobró auge después de superado
el primer tercio del siglo XIX, que el vocablo "nación" comenzó a ser
utilizado en su sentido actual, y fue sólo entonces que emergió una ideología
revolucionaria que pronto se volvió hegemónica, el nacionalismo, que desafiaba el
derecho dinástico, presuponiendo que un gobierno era legítimo sólo si representaba a
una nación definida en términos étnicos y lingüísticos.
Pero ésta no es sólo una cuestión semántica. No sólo era diferente
el significado de "nación", sino que no existía ningún término para aludir
con precisión y claridad al concepto romántico de nación, y esto es producto del hecho,
mucho más significativo, de que a lo largo de la historia las identidades se han ido
conformando de maneras muy diferentes y fluctuantes. Por cierto, aunque los
Estados-naciones son una creación política moderna, y aunque aun las
"naciones" (definidas en términos étnicos) no eran fenómenos de tanta
relevancia política en en el pasado, la humanidad siempre se ha dividido en función
de identidades diferenciadas. Lo que ocurre es que el eje estructurante de la
identidad pasaba por otro lado, y ésta es la gran contribución a la reflexión sobre
estos temas introducida por Benedict Anderson, cuyo ensayo ya citado nos brinda una
fascinante aproximación a la comprensión del tránsito de un tipo previo de comunidad
imaginada, la comunidad pan-europea del cristianismo occidental, a un tipo nuevo, la
nación (con o sin su Estado propio).
Básicamente, Anderson argumenta que al caer el Imperio romano, el
latín se fue pervirtiendo en forma acelerada, dando lugar a lenguas vernáculas
diferenciadas a lo largo y ancho de toda Europa (de aquí en más, utilizaremos el vocablo
"vernáculo" como sustantivo sinónimo de "lengua vernácula"). La
quiebra de las instituciones imperiales y la anarquía propia de la temprana Edad Media
produjo una segmentación cada vez mayor de estos vernáculos, de modo que llegó un
momento en que prácticamente en cada valle se hablaba un dialecto diferente. Las lenguas
no eran propias de lo que hoy llamamos naciones, sino de comarcas a veces minúsculas, y
además estaban sometidas a un flujo permanente, de modo que el vernáculo de una comarca
en el siglo XIII resultaba casi incomprensible para los habitantes de la misma comarca en
el siglo XIV. No obstante, gracias a la hegemonía ideológica de la Iglesia romana, el
latín eclesiástico, que era la única lengua considerada digna de ser enseñada y
estudiada, continuó siendo el medio de comunicación común de una intelligentzia
paneuropea bilingüe, unida y desunida por vínculos de vasallaje y una lógica dinástica
de transmisión del poder.
No solamente era el latín un lazo de unión de esta intelligentzia
paneuropea bilingüe (que manejaba además algún vernáculo muy local), sino que era
además una suerte de "lengua-verdad", porque era la que se utilizaba en los
rituales de intermediación entre los hombres y la divinidad. En este contexto, más allá
de las identidades naturales de pequeñas comarcas en las que existía un contacto directo
entre los pobladores, emergió una identidad común a todos los que profesaban el mismo
culto católico: gentes que hablaban vernáculos muy distintos y que podían vivir a miles
de kilómetros de distancia, pero que se relacionaban con la divinidad en la misma lengua
antigua a través de la intermediación de sus sacerdotes, y cuyos gobernantes también se
comunicaban entre sí a través de esta "lengua-verdad".
Más aún, gracias a la vigencia del derecho dinástico, frecuentemente
la corona de un reino recaía sobre un heredero que era un total extranjero: un príncipe
de Aragón, por ejemplo, ciñendo la corona de Nápoles y Sicilia, como ocurrió durante
siglos. Pero esto poco importaba, porque aun dentro del mismo reino de Nápoles se
hablaban diferentes dialectos, y lo que importaba era la identidad cristiana del conjunto.
A su vez, esta identidad del conjunto, que daba origen a la
"comunidad imaginada de la cristiandad occidental", estaba reforzada por
peregrinajes a lugares sacros, donde se encontraban gentes de los más diversos rincones
de Europa, que hablaban vernáculos incomprensibles el uno para el otro. Frente a la
pregunta "¿qué tenemos en común?", sólo podían contestar: "tenemos las
mismas creencias, veneramos los mismos lugares, y nuestros sacerdotes dan la misa y se
comunican entre sí en la misma lengua latina". Debido al fuerte arraigo de la
religión, sin embargo, ésta era una respuesta muy convincente, capaz de estructurar una
identidad, una primera persona del plural, es decir, un "nosotros"; capaz
también de movilizar guerras y cruzadas (II). Aquel mundo, por lo tanto, era
simultáneamente muy segmentado y sorprendentemente universal: la comunidad imaginada de
la cristiandad occidental era mucho más incluyente que las posteriores comunidades
imaginadas nacionales, a la vez que el latín obraba como una suerte de cemento
lingüístico paneuropeo, restringido a las clases gobernantes y eclesiásticas.
Todo esto comenzó a cambiar dramáticamente cuando en 1450 Johann
Gutenberg exitosamente introdujo la imprenta de caracteres móviles en Europa. La
emergencia del libro impreso (primer producto industrial de la modernidad) representó una
revolución cultural de alcances inimaginables. En 1455 ya se intentaba una producción
estandarizada en Amberes. Hacia el año 1500 ya se habían publicado alrededor de veinte
millones de libros. En un principio, el producto estuvo dirigido a la intelligentzia
bilingüe paneuropea, y estuvo impreso en latín: la industria era tan
"universal" como el latín mismo (y el fenómeno nos recuerda analogías
actuales, de fines del siglo XX, cuando otros cambios en la tecnología de la
comunicación --sumados a otros procesos-- están produciendo una globalización
auténticamente planetaria). Pero en aproximadamente un siglo de actividad, el mercado
europeo para el libro en latín quedó saturado, ya que el público al que iba dirigido
era una minoría pequeña de la población. Esto llevó a la dinámica natural del nuevo
pero vigoroso capitalismo de prensa a buscar otros mercados, y esa búsqueda sólo pudo
desembocar en el desarrollo de una industria más local: la del libro impreso en
vernáculo.
A su vez, este fenómeno económico condujo a otro de orden
lingüístico y cultural, con enormes proyecciones políticas. Ya dijimos que los
vernáculos se diferenciaban de valle en valle, de comarca en comarca. La contingencia de
que en una ciudad emergiera una imprenta importante determinó que el vernáculo de esa
ciudad pasara a dominar la región circundante, con lenguas distintas pero muy afines:
unos vernáculos se convirtieron en "lenguas-de-imprenta", otros pasaron a ser
dialectos vulgares. Comenzó así un proceso inverso al que había tenido lugar con la
caída de Roma, que había generado una segmentación creciente de los romances derivados
del latín. Ahora los vernáculos (fueran o no romances) tendieron a aglutinarse en torno
a lenguas-de-imprenta, y entre las lenguas-de-imprenta afines también tendió a generarse
una estratificación, determinada por el hecho de que una lengua-de- prensa coincidiera o
no con la ubicación de un centro de poder político. Estos vernáculos, que de meras
lenguas vulgares ascendieron primero a lenguas-de-prensa y luego a
"lenguas-del-poder", cobraron prestigio, y es así que en 1539 un vernáculo
"francés", el de Paris, antes considerado apenas una forma corrupta del latín,
se convirtió en la lengua oficial de las cortes de justicia del reino de Francisco I. En
regiones menos romanizadas, como Inglaterra, cierto vernáculo había llegado a a ser la
lengua-del-poder con anterioridad al surgimiento de la imprenta de caracteres móviles (el
early English, mezcla del anglo-sajón con el francés normando, sustituyó al
latín en las cortes y el parlamento en 1362), pero de cualquier modo fue la imprenta lo
que aglutinó a los diversos vernáculos ingleses en torno de la versión utilizada como
lengua-del-poder.
En Castilla, que era parte de la antigua provincia romana de Hispania
(patria de Trajano y de Séneca, y una de las regiones más romanizadas del Imperio), la
Universidad de Salamanca editó en agosto de 1492 la primera gramática publicada de todas
las lenguas romances, la de Antonio de Nebrija, que comienza con este significativo
párrafo, demostrativo no sólo de la gestación de una identidad, un nuevo
"nosotros", sino de la cabal conciencia de ello de parte del autor:
"Quando bien comigo pienso mui esclarecida Reina: í pongo delante los ojos el antiguedad de todas las cosas: que para nuestra recordacion y memoria quedaron escriptas: una cosa hállo y sáco por coclusion mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio: y de tal manera lo siguió: que junta mente comencaron. crecieron. y florecieron. y despues junta fue la caida de entrambos (4)."
Estas palabras se imprimieron cuando las entonces
insignificantes carabelas de larga fama ya habían partido del Puerto de Palos, pero aún
no habían llegado a su destino en las Indias occidentales, ni mucho menos regresado a la
futura metrópoli para fundar el imperio de ultramar de Castilla y de León. No obstante,
el cabalístico párrafo del maestro Nebrija nos muestra que no sólo había un
"nosotros" incipiente: había más que eso; había un proyecto común acotado a
las Españas, y la conciencia de la individualidad de la lengua castellana, hecha posible
por la imprenta de caracteres móviles, estaba en el corazón mismo de ese proyecto (de
aquí en más, utilizaremos la expresión "imprenta móvil" como sinónimo de
"imprenta de caracteres móviles").
De esta manera, la aglutinación y el aumento de prestigio de los
vernáculos contribuyó a diluir la comunidad imaginada de la cristiandad occidental
(caracterizada por la hegemonía del latín), y a lentamente gestar nuevas comunidades
imaginadas, en torno de la región en que circulaban libros impresos en determinado
vernáculo. Como dijo Anderson:
"Las gentes que hablaban la enorme variedad de lenguas francesas, inglesas o españolas, a quienes les resultaría difícil o aun imposible entenderse entre sí a través de la conversación, adquirieron la capacidad de comprenderse mutuamente por medio de la impresión y el papel. A través de este proceso, eventualmente se volvieron conscientes de la existencia de cientos de miles y aun millones de personas en su campo lingüístico, y al mismo tiempo sintieron que sólo esos cientos de miles o millones pertenecían. Estos co-lectores, con quienes estaban vinculados a través de la palabra impresa, conformaban en su invisibilidad secular y particular el embrión de la comunidad imaginada nacional (5)".
Este proceso se vio reforzado por varios fenómenos complementarios:
1. La Reforma protestante, que tuvo éxito precisamente gracias a la imprenta móvil. Antes del advenimiento de esta innovación tecnológica el Vaticano había derrotado a todas las herejías con relativa facilidad, debido a la falta de capacidad de difusión de sus mentores. Pero cuando Lutero emitió su propuesta, ésta no sólo se imprimió masivamente, sino que además se tradujo al alemán y así fue difundida por todas las comarcas de la Europa germánica en quince días. El avance de la Reforma debilitó enormemente la comunidad imaginada de la cristiandad occidental.
2. Los descubrimientos, que aunque no infligieron heridas en la fe cristiana, contribuyeron a relativizar ligeramente la actitud hacia los dogmas, en tanto la gente tomó conciencia cabal de que la diversidad de creencias, de formas de organización social, y de maneras de vivir la vida humana era mucho mayor de lo que antes se creía. Los europeos siguieron siendo cristianos y los católicos siguieron obsesionados por convertir a los infieles, pero la comunidad imaginada de la cristiandad occidental, ya dividida por vernáculos prestigiados y por la Reforma protestante, era más difícil de imaginar, lo que significaba que la primera persona del plural, el "nosotros", ya no podía emerger en los mismos términos que antes, y tendería a hacerlo de manera mucho más segmentada, en suertes de "protonaciones" lingüísticas.
3. La consolidación en España, Francia, Inglaterra y Portugal de Estados modernos, y con ella, el surgimiento de las grandes burocracias imperiales, que tendió a engendrar nuevos itinerarios, generadores de nuevos sentidos de identidad y de otros "nosotros" entre los funcionarios que se movilizaban de una punta a otra de un imperio. Entre los europeos estos itinerarios en alguna medida reemplazaban a los antiguos peregrinajes religiosos, que antes habían permitido generar un "nosotros" mucho más inclusivo, que incluía a extremeños, bávaros, bretones y napolitanos que se encontraban, por ejemplo, en Compostela.
4. La segmentación adicional, en los grandes imperios coloniales, entre los europeos nacidos en la metrópoli, que gozaban de mayores derechos y privilegios, y los descendientes de europeos ya nacidos en ultramar, cuyas posibilidades de ascenso en la burocracia imperial estaba mucho más limitada, principalmente por el temor al mestizaje prevaleciente en las cortes europeas. Esta desigualdad fue el cimiento del sentido de identidad específica del "español americano", diferenciado del "español peninsular".
5. Finalmente, la emergencia más tardía de periódicos y diarios. Este acontecimiento tuvo una monumental importancia, especialmente en la gestación de identidades locales en América. Un periódico, que tenía el alcance geográfico permitido por los medios de transporte, llevaba noticias sobre la metrópoli y en medida menor, sobre otros Estados europeos, pero principalmente portaba noticias locales sobre el nombramiento de funcionarios y clérigos, la llegada de naves, la vida social de notables de la zona, el movimiento de tropas, el comercio, etc. A su vez, esto permitió a gentes que no se conocían entre sí, pero que todas las tardes o semanas leían un periódico local, ir construyendo una comunidad imaginada lugareña, restringida al ámbito de circulación de la publicación, que unía al obispo fulano con el comerciante mengano, con la hija de perengano que había contraído matrimonio con el coronel zutano, y con el último barco llegado al puerto portando cierta cantidad de esclavos y determinada diversidad de productos. De este modo, en la América española la identidad de español americano (o peninsular) estaba superpuesta a otra identidad local, circunscripta al ámbito de circulación de periódicos. Uno podía ser porteño, cordobés, limeño, caraqueño, y a la vez español americano o peninsular, pero todavía no se podía ser argentino, peruano o venezolano, a no ser que por "argentino" entendamos el sentido original del término, que no fue otro que vecino del Río de la Plata, o sea básicamente porteño (6).
Es así como regresamos a nuestro punto de partida: las circunstancias del Imperio español en América cuando las guerras napoleónicas produjeron el colapso de la metrópoli, generando la crisis de Independencia. En esta parte del mundo las identidades parroquiales podían engendrarse espontáneamente, y la identidad mayor, la del todo hispanoamericano, también podía surgir por sí misma. Pero la segmentación de esta identidad mayor en identidades "nacionales" tal como las concebimos hoy en día, mucho mayores que la de un centro urbano y su periferia, mucho menores que la de Hispanoamérica, e imaginada como claramente diferenciada de la del Estado contiguo, no podía surgir del proceso descripto, porque la cultura postcolombina de toda esta inmensa región nació con la conquista española, bajo el imperio de una sola lengua, y en tiempos en que la imprenta móvil ya existía para impedir que el idioma se segmentara en incontables dialectos vernáculos. En la América española, la emergencia de identidades "nacionales" diferenciadas sólo podía producirse como resultado de la acción intencional de los Estados embrionarios que inevitablemente irían surgiendo en torno de cada ciudad importante, a partir de la crisis de la Independencia.
(I) Garcia i Sevilla, Lluis, "Llengua, nació i estat al diccionario de la real academia espanyola", L'Avenc, 16 de mayo de 1979, pág. 50-55; cf. E.J. Hobsbawm, op.cit. pág. 14. En 1884, "nación" ya fue definida como un Estado o cuerpo político que reconoce un centro supremo de gobierno común, y también como el territorio constituido por el Estado y sus habitantes individuales considerados como un todo. Recién a partir de 1884 se vincula directamente el concepto de "gobierno" con el vocablo "nación". A su vez, según la primera edición (1726) del Diccionario, el vocablo "patria" (sinónimo de "tierra") significaba el distrito o señorío en que se había nacido. Recién en 1925 se le agregó la connotación emocional del patriotismo moderno, en el sentido de "nuestra propia nación, con la suma total de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras que gozan del leal amor de los patriotas". Y como señala Hobsbawm, aunque la España del siglo XIX no era precisamente la vanguardia del progreso ideológico, estamos hablando de la evolución de estos vocablos en el castellano, es decir la lengua de Castilla, que fue uno de los primeros reinos europeos a los que le pudo caber el concepto de Estado-nación (op.cit., pág. 16).
(II) En parte, el "nosotros" islámico sigue
engendrándose en torno de los peregrinajes a la Meca, donde se encuentran musulmanes de
Bosnia, Malasia, la India, el Medio Oriente y otras partes, que no se pueden comunicar
entre sí excepto a través de su propia lengua-verdad, el arábigo del Corán, y que
sólo comparten la poderosísima motivación que los ha conducido a su tierra santa. Esto
basta para generar una primera persona del plural que es quizá la más movilizadora de
fines del siglo XX.
Bilar, P., "Sobre los fundamentos de las estructuras nacionales", Historia 16/Extra v, Madrid, abril de 1978, p. 11.
Hobsbawm, E. J., Nations and Nationalism since 1780, Cambridge, R.U.: Cambridge University Press, 1990, P. 20.
Para la genealogía del concepto de "nación" y la ideología del nacionalismo, véase Kedourie, E., Nationalism, Oxford: Blackwell, 1993.
Página primera (sin numeración) de la "Gramática Castellana"de Antonio de Nebrija, edición facsimilar del incunable de la Biblioteca Serrano Morales del Ayuntamiento de Valencia (Valencia: Vincent García Editores, 1993), impresa por primera vez en Salamanca, el 18 de agosto de 1492.
Anderson, B., op. cit., p. 44. Aunque utilizó una metodología muy diferente, puede decirse que un antecesor de Anderson en la temática del papel de la comunicación social en la formación de "naciones" fue Deutsch, Karl W., "Nationalism and Social Communication. An Enquiry into the Foundations of Nationality, Nueva York: MIT Press, 1966.
Rosenblat, A., El nombre de la Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1964.
Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "Búsqueda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.
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