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El caos y la anarquía, sin embargo, sobrevinieron antes que la idea de "nacionalidades" hispanoamericanas diferenciadas asomara siquiera a la mente de nuestros compatriotas. Como ya se sugirió, estas provincias no estaban preparadas para una Independencia que se produjo más como consecuencia de la guerra en Europa que como emergente de procesos políticos, económicos y sociales locales. Más aún, para el pensamiento rioplatense inmediatamente anterior a la crisis napoleónica, el interés local era equivalente al metropolitano. José Carlos Chiaramonte documenta con escritos de la época el error de pensar que la etapa final del período colonial fue una suerte de preparación para la Independencia (1). En verdad, Napoleón fue mucho más que el contexto en el que se gestó el movimiento independentista: en tanto él derrotó a España, fue él el Libertador. Sin él, San Martín no hubiera sido otra cosa que un buen oficial español, y los colores celeste y blanco serían sólo lo que fueron en su origen: los colores de los reyes borbónicos de España, los del bienamado Fernando VII, es decir, los de una familia extranjera, y no los de la bandera de varios países hispanoamericanos. En cambio, con Napoleón pero sin San Martín, alguien hubiera llenado su lugar y hecho algo similar, aunque seguramente no igual.
    En tal sentido, el contraste entre la independencia hispanoamericana y la angloamericana no podría ser más marcado, en tanto las "trece colonias" tenían un nivel de desarrollo económico que hacía casi natural y necesaria su independencia frente a Gran Bretaña. En el caso del Río de la Plata, dicho subdesarrollo era particularmente marcado.
    Elocuentes indicadores del carácter primitivo de nuestra organización económica y social antes de la Independencia se presentan en los ya clásicos libro de H. S. Ferns y Aldo Ferrer. Según Ferns, en la primera mitad del siglo XVIII la explotación ganadera estaba exclusivamente basada en la caza de ganado por parte de gauchos nómades e indígenas, que vendían los cueros, registrándose disputas entre los gauchos santafecinos, los indios y el Cabildo de Buenos Aires, por el derecho a sacrificar ganado en la Banda Oriental. En alguna ocasión el Cabildo se unió con los indígenas para excluir a los cordobeses de esta actividad. Hacia fines del XVIII se habían alcanzado algunos progresos en la organización económica, pero estaban limitados a la pequeña franja de territorio pampeano conquistado a los indígenas, que hacia el Sur apenas tocaba la bahía de Samboronbón, dónde había alrededor de tres centenares de explotaciones ganaderas de diversos tamaños. Y aun estos progresos eran bien modestos debido a la escasa población. En la formulación de Ferrer:

"A fines del siglo XVIII (...) un capataz y diez peones podían atender una estancia con 10.000 cabezas de ganado. La superficie de tal explotación no sería seguramente inferior a las 15 o 20.000 hectáreas. (...) La densidad de población en las zonas rurales ocupadas de la región pampeana debía ser de alrededor de un habitante cada 500 hectáreas. A la época del Censo Nacional de 1869 la población de las zonas rurales de la Provincia de Buenos Aires era todavía de sólo un habitante cada 100 hectáreas (2).

    Aunque la demanda internacional de cueros aumentara, una organización económica tan rudimentaria no podía satisfacerla. Además, las condiciones económicas se prestaban a un estilo de vida nómade que, para los desposeídos, era más atractivo que nada ofrecido por las sociedades europeas más avanzadas, cuya incipiente revolución industrial era bastante insalubre para el trabajador, y cuyas fuerzas armadas reducían la tropa a carne de cañón. Por lo tanto, incluso el europeo llegado a las pampas cambiaba de estilo y mentalidad. Observa Ferns:

"La abundancia de campos y el consiguiente efecto sobre la disciplina social a que los europeos estaban acostumbrados eran cosas que podían observarse en forma corriente en el siglo XIX. 'Se ha pintado de manera completamente errónea', declaraba el general Leveson Gower, 'a las gentes de este país. Son perezosos hasta el grado extremo y obtienen alimentos a tan bajo costo que no quieren trabajar'. Whitelocke observó el efecto disolvente del medio social en el ejército británico. 170 hombres del Regimiento 71 habían desertado y 'cuando más conocen los soldados la multitud de cosas que el país ofrece y los fáciles medios de adquirirlos, es mayor ... el mal'. (...) Ni el gaucho ni el inmigrante europeo trabajaban de acuerdo con los conceptos europeos del trabajo (3)."

    Esto significó que en un primer momento, aunque subsistieran las "castas", era difícil identificar clases sociales en el sentido moderno y/o marxista del concepto. El nómade no era un dependiente del que pudiera extraerse plusvalía, y por lo tanto era escasa la acumulación de capital posible, cosa que inhibía el desarrollo. A remediar este mal apuntaba el decreto del 30 de agosto de 1815, que dividía en propietarios y peones a todos los habitantes de las llanuras, imponiendo la obligación de portar una cédula de empleo a los peones. Pero estos y otros esfuerzos se vieron desbaratados una y otra vez por la necesidad de movilizar a los gauchos para la guerra. La paradoja consiste en que la jurisdicción que fue la vanguardia del proceso que condujo a la Independencia de estas provincias, Buenos Aires, era tan subdesarrollada que carecía de un verdadero mercado laboral.
    Esto se agravó porque las medidas tomadas para disciplinar esa fuerza de trabajo, que privaron a los gauchos de su primigenia libertad, los convirtieron en rebeldes reales o potenciales. Ganar el favor de los gauchos era casi un requisito de éxito político, y esa fue una de las causas del auge de los caudillos. El problema era tanto más grave porque la campaña no tenía representación en las instituciones políticas de entonces, y porque para aquella cultura política ni siquiera debía tenerla. Aunque hubo algún intento por cambiar este estado de cosas, la gente del campo no tuvo derecho al voto durante las primeras décadas posteriores a la crisis de la Independencia. El Estatuto Provisional de 1815 concedió el voto a la campaña, pero frente a las fuertes resistencias que produjo, este nunca ejercido derecho fue anulado por el Estatuto de 1816, lo que ocasionó la algarabía de San Martín, que pensaba que sólo debía votar "la parte principal del pueblo". Por otra parte, para el derecho hispanoamericano el habitante de la campaña no tenía participación política a no ser que fuera propietario de una casa en la ciudad, ya que sólo las ciudades formalmente fundadas tenían entidad política. No sorprende pues que los gauchos no fueran amigos del orden. Como escribiera Ferns, el gran desafío político-social del siglo XIX argentino fue el disciplinamiento de éstos, que tenían un interés creado en la guerra permanente, porque les daba no sólo mayor libertad sino también oportunidades de ascenso que no tenían cuando imperaba la paz.
    Halperin Donghi nos cuenta sobre fenómenos parecidos en otras regiones de la América española, donde las guerras de la Independencia posibilitaron el nombramiento de los primeros generales mestizos. Estas oportunidades estaban abiertas tanto entre los "patriotas" como entre los "realistas", y la plebe se encarnizaba tanto con unos como con otros cuando alguno de los bandos en pugna era derrotado. Los estratos populares no eran naturalmente patriotas ni realistas; estaban con el ganador, y se nutrían de la anarquía y la guerra. Los ejércitos realistas eran casi tan locales como los patriotas, y la guerra entre ambos, más que de liberación, era una guerra civil interminable que no hubiera durado tanto como duró de no ser por esta circunstancia: después de Napoleón, el poder propiamente peninsular en América era muy exiguo. Cuando la Independencia estuvo asegurada, la guerra continuó: guerra entre los Estados incipientes y guerra al interior de esos Estados.
    Como ya lo puntualizaran A. Cisneros y O. Oszlak, existe una dificultad esencial en tratar con temáticas que se encuentran en estado embrionario, y este es un problema metodológico que la historiografía frecuentemente deja de lado, especialmente si se trata de historiar las relaciones internacionales. El empleo de las categorías y conceptos que generalmente usamos para designar las dimensiones de una sociedad compleja, como el Estado, el mercado, las relaciones de producción, las clases sociales, etc., suele presuponer que estas dimensiones están desarrolladas por lo menos hasta el punto de tener un perfil reconocible. ¿Cuándo es que una nación se convierte en nación? ¿En qué momento de su desarrollo se convierte una estructura de dominación propiamente en un Estado? ¿Cuándo es que unas relaciones primitivas de intercambio se convierten en un mercado reconocible? ¿Cómo se lidia con estas realidades cuando aún se encuentran en un estado embrionario?
    Siguiendo a Oszlak (4), la existencia de un Estado presupone al menos tres condiciones:

1. La capacidad de proyectar poder, obteniendo reconocimiento en un sistema interestatal como unidad "soberana";
2. La capacidad de institucionalizar la autoridad y de monopolizar los medios de coacción dentro de un territorio, y
3. La creación de instituciones públicas diferenciadas y funcionales.

    Si agregamos el calificativo de "nacional" al concepto de "Estado", entonces su existencia también presupone, por lo menos, la generación de una identidad colectiva ("imaginada"), asociada a las instituciones y a la autoridad definitorias de ese Estado. La emergencia de este polifacético fenómeno es el producto de procesos largos y complejos. Cuando las colonias hispanoamericanas rompieron con España, no se convirtieron súbitamente en "países" diferenciados entre sí. La mayoría de los movimientos emancipadores tuvieron un carácter municipal y fueron originariamente limitados a la ciudad en donde la autoridad colonial tenía su residencia.
    Por ejemplo, en el caso de lo que más tarde se convertiría en Argentina, el Mapa 11 (5) ilustra la oposición encontrada en la mayor parte del país por la Primera Junta "patriótica" elegida en Buenos Aires en 1810. Este mapa es tan solo una buena ilustración del alcance del poder del embrionario Estado independiente en el momento fundacional de la futura república: legalmente, su alcance jurisdiccional era menor aún, limitado al del propio del Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires. En dicho mapa pueden identificarse no solamente los centros urbanos que tenían una posición contraria a la actitud independentista de Buenos Aires, sino que se puede apreciar el vasto territorio al norte y al sur que no se encontraba bajo el control de ningún Estado.
    Por otra parte, es importante aclarar que la pretensión de que el territorio que legítimamente le correspondía al Estado en formación era otra, mayor (típica de los manuales de la enseñanza argentina, y de los torpes intentos por historiar las relaciones exteriores del país), carece por completo de fundamento objetivo, y no es más que una justificación ideológica para su ulterior expansión. Ninguna ley natural o histórica establece que el territorio de la República Argentina debió alcanzar el actual, debió ser mayor o de algún modo diferente del actual: los Estados ocupan el territorio que las circunstancias les permiten, en la medida (variable) en que ocupar territorio sea el objetivo de sus dirigencias. Los Estados no tienen destino ni límites naturales.
    A su vez, considerando los territorios indígenas, el Mapa 12 (6) nos ilustra hasta qué punto cuando nos referimos a lo que más tarde denominaríamos Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Brasil, hablar de una "nacionalidad" significa legitimar un concepto extremadamente exclusionista, que elige cerrar los ojos ante la realidad de unas tribus que serían eliminadas lenta pero inexorablemente, una vez conquistados sus territorios.
    Por otra parte, limitando nuevamente el panorama a lo que eventualmente sería la Argentina, el Mapa 13 (7) presenta una visión más clara de la frontera indígena, que se encontraba muy cerca de la capital virreinal de Buenos Aires. Más del 80 por ciento del territorio de la futura provincia de Buenos Aires era territorio indígena en 1810. Y los Mapas 14 y 15 nos ilustran, respectivamente, la evolución de la línea de fronteras en la provincia de Buenos Aires desde 1774 hasta 1887, y la expansión de los límites oficiales de Santa Fe desde 1527 hasta 1886 (8), demostrando cuán adecuada es la metáfora de Halperín Donghi sobre el "archipiélago" hispanoamericano. Santa Fe, por ejemplo, se expandió hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur. Como puede observarse en el mapa, el límite establecido por Estanislao López en 1819 era mucho más modesto que el del gobernador Fraga en 1858, pero aun entonces quedaban por ganar extensísimos territorios, no sólo hacia el norte (dominado por indígenas) sino también hacia el sur. Lo que desde 1886 (durante la gestión del gobernador José Gálvez) es el Departamento General López, en el sur de Santa Fe, era antes de esa fecha una suerte de tierra de nadie entre Santa Fe y Buenos Aires. Hasta muy avanzado el siglo XIX aun el territorio abarcado por las provincias tradicionales de la República carecía de límites interprovinciales precisos: las provincias eran literalmente "islas", sin límites colindantes.
    Hacia el noreste y hacia el sur del país actual, la cuestión indígena tuvo una resolución muy tardía. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la frontera estuvo sobre el río Salado hasta que Martín Rodríguez y posteriormente Rauch tomaron posiciones al sur, en Dolores, Azul, Tandil y Bahía Blanca. Pero con la caída de Rosas y la desaparición de los subsidios a los indígenas aliados (que detenían los avances araucanos desde el lejano sur), se produjo un gran retroceso, de modo que en 1855 la frontera estaba muy atrás de la de 1826. En 1877 todavía no se había recuperado el límite de 1826. Se requeriría de la campaña de Roca para dominar todo el territorio actual de la provincia de Buenos Aires. Y como veremos más adelante, recién hacia 1917 todo el terrritorio que se reconoce inter-"nacionalmente" como argentino estaría bajo el control del Estado argentino. Los indios sojuzgados, por supuesto, no eran "indios argentinos", como cree la gente sencilla de la Patagonia (gracias a un estupidizante adoctrinamiento escolar). La construcción social de la "Argentina" fue muy posterior a la organización tribal de esos indígenas, y en su caso la conquista no fue obra de España, sino del novísimo Estado argentino.
    Está de más decir que lo dicho arriba no responde a un activismo de derechos indígenas. La cuestión que aquí nos concierne no es ética sino empírica y conceptual. La nacionalidad es un concepto muy problemático para muchos países latinoamericanos (y del mundo entero, como bien lo señaló Walker Connor) por diversas razones. Una de ellas es que algunos países, como los ejemplos ya presentados del Ecuador y el Perú, son claramente binacionales. Otro ejemplo del carácter problemático del concepto de nacionalidad es Brasil. No sólo muestra una tremenda diversidad regional, sino que incluye la cuenca del Amazonas, cuyos casi 5 millones de kilometros cuadrados tienen una densidad de población que hoy llega apenas a los 1,46 habitantes por kilómetro cuadrado. Las zonas más remotas de esta cuenca son apenas controladas por el Estado brasileño. Como es de conocimiento común, las tribus indígenas son todavía masacradas allí por delincuentes y/o elementos locales que el Estado no puede controlar. En la sede de las Naciones Unidas de Ginebra se presenta periódicamente un proyecto de "Declaración de Pueblos Indígenas" cuyo último borrador, tratado pero no aceptado en 1993, incluía una demanda por la independencia de pueblos como el Yanomani, del Amazonas, frente a los Estados que ejercen soberanía sobre ese territorio. Obviamente, nada hay más lejos de nuestra intención que apoyar a semejante proyecto: el único sentido de esta referencia es señalar que, si a fines del siglo XX aún es contrario a todo sentido común pensar que la tribu Yanomani es parte de la "nación" brasileña (y que los mayas de Chiapas son parte de la "nación" mexicana), con tanta más razón es válido afirmar que los países hispanoamericanos estaban lejos de constituir nacionalidades a principios del XIX. Estas tribus no sólo son "objetivamente" diferentes a los brasileños lusoparlantes y a los mexicanos hispanoparlantes: ni siquiera se "imaginan" a sí mismas como parte de la comunidad "imaginada" de México o Brasil.
    Por cierto, si las nacionalidades mexicana y brasileña actuales son tan problemáticas como se señala arriba, imagínese cómo sería la de los territorios que más adelante se convertirían en México, Brasil o Argentina en la época en que se rompieron los lazos coloniales con España y Portugal. En primer lugar considerese el clivaje entre el territorio hispanizado (o lusitanizado) y el territorio indígena. En segundo lugar considerense los diferentes clivajes dentro del mismo territorio hispanizado (o lusitanizado). Los intereses de los comerciantes de la ciudad de Buenos Aires y de los productores rurales de la región templada que tenían la posibilidad de integrarse en el mundo del mercado, se encontraban completamente en contraposición con los intereses de los productores de las regiones subtropicales, quienes tenían muchas menos oportunidades de competir en el mercado mundial y preferían un desarrollo hacia adentro. Los intereses de Buenos Aires eran también contrarios a los de los demás centros urbanos porque a través de su control del puerto de Buenos Aires, la capital del Virreinato del Río de la Plata controlaba la aduana, que era de lejos la principal fuente de divisas de todo el territorio que eventualmente conformaría la Argentina. Por ello, con la Independencia fue inevitable que la tendencia hacia la regionalización se acentuara. Esto llevó al conflicto y a la guerra civil.
    En este sentido, el contraste con la relativa homogeneidad del valle central de Chile es significativo. Un Estado -tal vez incluso un Estado-nación- se consolidó en Chile central mucho antes que en las provincias argentinas, simplemente porque este territorio comparativamente pequeño fue homogéneamente hispanizado y estaba bien protegido geográficamente por los Andes hacia el Este, el desierto de Atacama hacia el Norte y el océano Pacífico hacia el Oeste, mientras que hacia el Sur sólo había indígenas sin capacidad expansiva.
    En el caso brasileño, el aparato burocrático y militar de la Corona portuguesa, que fue heredado por el Imperio, fue el mecanismo a través del cual el orden se mantuvo dentro de los territorios que habían sido efectivamente lusitanizados. A pesar de los clivajes económicos y de los conflictos generados dentro del Brasil lusitanizado, la unidad política fue preservada gracias a las circunstancias por las que la monarquía fue transferida a Brasil. La monarquía, que sobrevivivió a la Independencia hasta 1889, fue por largo tiempo factor de estabilidad política para un Estado brasileño que a pesar de su fragilidad existió mucho antes que el argentino.
    Por cierto, las instituciones estatales, que en el caso del Virreinato del Rio de La Plata fueron destruidas por la crisis de la independencia, sobrevivieron en Brasil, ya que la crisis independentista se evitó gracias a la temporaria transferencia de la metrópoli del Imperio Portugués al Brasil. Para Buenos Aires, en cambio, la independencia de 1810 significó no sólo la guerra con España sino también con las jurisdicciones del Interior. Contrariamente, para Brasil la independencia de 1822 fue casi un arreglo familiar, sin ilusiones republicanas, y con una estructura imperial y esclavista que contrastaba fuertemente con la ideología de los revolucionarios de Buenos Aires, que en fecha tan temprana como 1813 declararon la libertad de vientres. Por cierto, la invención de la Argentina entrañó dificultades gigantescas.

  1. Chiaramonte, J.C., Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la nación argentina (1800-1846), Buenos Aires: Ariel, 1997, p. 61.

  2. Ferrer, Aldo, La economía argentina, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1963, p. 59.

  3. Ferns, H. S., Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires: Solar Hachette, 1966, pp.67-68.

  4. Oszlak, O. La formación del Estado argentino. Buenos Aires, editorial de Belgrano, 1982.

  5. Corresponde al "Anexo 1" de Menéndez, Rómulo Félix, Las conquistas territoriales argentinas Buenos Aires, Círculo Militar, 1982, p. 55.

  6. "Anexo 3" de ibid., p. 147.

  7. "Anexo 2" de ibid., p. 100.

  8. Reproducidos de Cortés Conde, Roberto, "Algunos rasgos de la expansión territorial en Argentina en la segunda mitad del siglo XIX", Desarrollo Económico. Número 29, abril-junio de 1968, y también citados en Escudé, Carlos, La Argentina, ¿paria internacional?, Buenos  Aires: Belgrano, 1984, pp. 79 y 81.

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