Capítulo II: Argentina 1820-1853: una constelación de mini-Estados
Como ya se señaló, uno de los mitos cruciales de la historiografía de las
relaciones exteriores argentinas es que este país era un Estado reconocible desde su
Independencia. Ya hemos argüido que en tanto un Estado se define por el monopolio de la
fuerza legítima y la acuñación de moneda, las provincias argentinas no constituyeron un
Estado hasta por lo menos la caída de Rosas. Más aún, lo que hoy llamamos República
Argentina, que emergió de la amalgama entre la Confederación y el Estado de Buenos
Aires, no nació hasta 1860, consolidándose sólo con la Guerra de la Triple Alianza,
entre 1865 y 1870. Excepto en el nivel municipal (los cabildos), no hubo continuidad entre
las instituciones virreinales y las del Estado argentino, que representan una entidad
política y jurídica nueva, casi tan ajena al virreinato de Río de la Plata como puede
serlo el Imperio Inca frente al Perú de hoy. Este hecho politológico genera algunas
dificultades políticas: por ejemplo, que la República Argentina no es el Estado sucesor
del virreinato (y por ende no posee derechos sucesorios en Uruguay, Bolivia, Paraguay, ni
en las Malvinas).
No obstante la claridad de estos conceptos, subsiste una suerte de
sub-mito que es necesario desarticular para terminar de demostrar que la Argentina no fue
un Estado hasta por lo menos 1852: el viejo cliché de que las relaciones exteriores de la
Confederación estaban en manos del gobernador de Buenos Aires. Este es el argumento que
con mayor fuerza intenta demostrar que, a pesar de la anarquía interna, existía un
Estado argentino, al menos frente a los demás Estados.
Esta es la leyenda con que historiadores mitómanos (pero políticamente
funcionales a los intereses de un Estado incipiente e inseguro de sí mismo), intentaron
demostrar que la República tenía un lugar inequívoco en el sistema interestatal de
principios y mediados del siglo XIX. Y esta es la leyenda que, con toda saña e intención
traviesa, intentaremos demoler en el presente capítulo. En él demostraremos cuán
frecuentes fueron las excepciones a esta norma, y documentaremos algunas de las muchas
instancias en que las provincias argentinas se comportaron como Estados auténticamente
soberanos no sólo frente a las otras provincias-estados, sino también frente a Estados
ajenos al ámbito "argentino". La delegación, por parte de las provincias
soberanas, de las relaciones exteriores en el gobierno de Buenos Aires, no sólo estaba
sujeta a una voluntaria renovación anual, sino que más allá de la retórica, tenía
vigencia cuando le convenía a una provincia, y perdía su vigencia en cuanto dejaba de
convenirle (siempre que su poder se lo permitiera). De hecho y de derecho, las provincias
tenían poder de veto sobre el ejercicio de las relaciones exteriores de parte de Buenos
Aires, y este poder de veto era en sí mismo una manifestación de las potestades
soberanas provinciales.
Por cierto, Córdoba tuvo incluso su propio ministro de Relaciones
Exteriores, lo que no es novedad para los historiadores provinciales. ¿Pero quién
subrayó jamás este hecho en el contexto de una discusión sobre las relaciones
exteriores argentinas? Nadie osó jamás vincular las dos discusiones, la de las historias
provinciales con la de la historia de las relaciones internacionales argentinas, porque
eso hubiera sido "poco patriótico". De tal modo, los intelectuales abdicaron de
su papel inquisidor y se convirtieron en serviles cultores del poder y de dogmas sin
fundamento. Y el país perdió estatura intelectual y se subdesarrolló mentalmente. No
obstante, que estos capítulos se escriban es señal de que no todo está perdido para la
inteligencia argentina.
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