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Uno de los fenómenos constitutivos de la complicada situación del Noroeste en las primeras décadas del siglo XIX, que ilustra elocuentemente la artificialidad de la frontera entre la República de Bolivia y el Noroeste de la Confederación Argentina, era la amenaza de segregación del territorio de la Puna de Jujuy (1) y la posibilidad de su unión con Bolivia. Por cierto, en noviembre de 1834 Alejandro Heredia denunció ante los gobiernos de Buenos Aires y Santiago del Estero que, extorsionada por el gobernador salteño Pablo de la Torre y sin recursos para hacerle frente, la Puna había gestionado su agregación a la República de Bolivia, cuyo presidente la había aceptado(2). Estas intenciones de la Puna luego fueron extendidas a todo el territorio jujeño.
    Por otra parte, retrocediendo hacia principios de la década, constatamos que el gobierno boliviano de Santa Cruz apoyaba a los enemigos de Rosas en el interior de la Confederación Argentina, generando alianzas cruzadas entre bandos, cada uno de los cuales tenía su correlato en ambos lados de la artificial frontera, haciéndose difícil la distinción entre los asuntos internos de cada uno de los futuros Estados (Bolivia y la Argentina) y las relaciones entre ellos. Una vez planteada la lucha entre la Liga del Litoral y la del Interior, Santa Cruz apoyó a la última. Pero la derrota y posterior prisión del general Paz, jefe de la Liga del Interior, ocurrida el 10 de mayo de 1831, complicó la situación de este bando. Poco tiempo después, ante la inminencia del enfrentamiento con los federales y por la intermediación del salteño Facundo de Zuviría (3) (amigo tanto de Santa Cruz como del gobernador salteño Rudecindo Alvarado), el presidente boliviano ofrecía ayuda al gobierno de Salta en los siguientes términos:

"Consecuente a la devd. se han mandado entregar al Sor. Ugarriza 4000 Cartuchos a bala en Potosí, y dies quintales de Polvora en Oruro. Estos articulos nada cuestan, y quiero que los reciba esa Prova. (Salta) como una muestra de los sinceros sentimtos. de amistd. y de consideración que me merece. No tengo tercerolas y sables sobrantes; pero de mil ochocientos fusiles que vienen de Valparaiso, y que deven estar ya en camino he dado ordn. a Cobija que se pongan quinientos á disposición de ese Sor Gobor. Si V.V. ocurren por ellos al Puerto encontrarán ya prevenido deesto al Coronl Ibañez. La Provincia de Salta los pagará al mismo precio en que yo los tome. Será bueno que a esto no se le de un carácter de publicidad capaz de comprometer la sanidad de mis intenciones; por que aunque se procuran estos artículos por petición de un Gobno bien regularizado, pueden sin embargo mirarse a estos elementos de grra como una influencia de discordia en el estado de agitación a que se disponen esas provincias."(4)

    Por cierto, la anarquía reinante incluía una indefinición considerable respecto de qué provincia correspondería finalmente a la Argentina y a Bolivia. Por ejemplo, el conductor de las fuerzas derrotadas en Ciudadela, el general Gregorio Aráoz de La Madrid, decía: "nuestros provincianos que quedan serán libres a pesar de todo el infierno junto, y creo que en el último caso, debemos primero ser bolivianos, que pertenecer al bandalaje (...)". No obstante, la idea de La Madrid no parece implicar una opción definitiva, ya que a continuación afirmaba:

"Sin embargo yo haré todos los esfuerzos posibles para vencer á la fortuna, y si no me engaño, tendremos patria al fin de año 31... Al general Alvarado le digo que tendré mucho gusto en poner el ejército y mi persona á sus órdenes para salvar la patria, ó al menos las tres ó cuatro provincias que nos quedan pues es lo único á que aspiro" (5).

    Meses más tarde, desde Tucumán y ante el avance de los federales y su Liga del Litoral, Rudecindo Alvarado, gobernador de Salta y jefe militar de la Liga del Interior, pidió a Santa Cruz que ofreciera su mediación frente al Ejército Confederado encabezado por Facundo Quiroga. También advertía al mandatario boliviano sobre el propósito de algunos salteños de invadir Tarija. Esta noticia preocupaba a Santa Cruz, ya enfrentado con el presidente del Perú, pues una amenaza en la frontera sur significaría abrir un nuevo frente. El presidente boliviano envió a Hilarión Fernández a Salta para sofocar esos proyectos y para estudiar la posibilidad de acceder al pedido de Alvarado. La misión Fernández también tenía por finalidad conseguir la incorporación de las fuerzas salteñas al ejército boliviano en su enfrentamiento con Perú. Pero las disidencias entre ambos Estados andinos se disiparon temporariamente hacia fines de agosto, y la cláusula de paz firmada entre La Paz y Lima, al imponer la reducción de efectivos militares, imposibilitó la incorporación eventual de los efectivos salteños solicitados por Santa Cruz.(6)
    Desde Salta, Fernández informó a Santa Cruz acerca de la mediación solicitada por Alvarado a través de una carta del 6 de octubre de 1831, que resulta singularmente reveladora de la voluntad del gobernador salteño de estrechar vínculos con Bolivia:

"el temor de caer bajo la férula del vandalaje; y como igualmente persuadidos de las mayores ventajas que obtendrían en un Govo. regularizado, y de su incorporación a un País que es el mercado de todas sus producciones, ha resultado el sentimiento casi general en las Provincias de Salta y Tucumán de agregarse a nuestra República."(7).

    Otra carta igualmente reveladora de la voluntad del gobierno de la provincia de Salta es la dirigida por éste al presidente Santa Cruz con fecha del 25 de octubre de 1831:

"Es necesario descubrir al mundo que los vínculos q. han unido estos pueblos (Salta) a la Repca. Argentina están de dro. disueltos, quizás sea preciso se encargue V. de estos pupilos en obsequio a la humanidad y la civilización, está en la buena inteligencia de los sensatos, está también en la conveniencia de las masas" (8).

    Queda claro pues que tan frágiles eran las Provincias Unidas, que los enemigos internos de Rosas estaban dispuestos a segregar al Noroeste (precisamente el "pago" o patria chica de muchos de estos opositores) para unirlo a Bolivia. Por cierto, los jefes militares norteños de la Liga del Interior creada por José María Paz, previendo la derrota a manos del bando federal, nuevamente ofrecieron al presidente boliviano la incorporación de la provincia de Salta. El mismo Paz testimonió esta actitud frente al ministro Domingo Cullen de la provincia de Santa Fe, atribuyéndola al coronel Deheza, a Mariano de Acha y a Rudecindo Alvarado.(9) La unión del Norte con el Litoral era tan artificial que los caudillos unitarios del Norte no veían lastimada su identidad "nacional" al repensar un esquema territorial vinculando sus provincias a Bolivia. Asimismo, vale recordar que Bolivia -como también Chile y la Banda Oriental- fueron los ámbitos de refugio de los elementos antirrosistas. Así, luego de la derrota de Ciudadela, los generales unitarios Gregorio Aráoz de La Madrid y Javier López se refugiaron en Tupiza, Bolivia, desde donde organizaron sus correrías hacia las provincias norteñas.
    Por otra parte, y aún después de la derrota de los unitarios, a medida que se acercaba la guerra con la Confederación Peruano-Boliviana resultaba cada vez más claro que el peso del conflicto lo cargarían en primer lugar Chile, y en segundo lugar los caudillos norteños. El Noroeste continuaba siendo escenario de incursiones del gobierno boliviano, que se sucedieron durante gran parte de la década de 1830. En la Puna de Jujuy, virtualmente segregada, el caudillo y funcionario boliviano Mariano Vázquez se armaba para atacar territorio jujeño, plan que concretó el 26 de agosto de 1836 con fuerzas de Mojo, Talina y Tupiza. Los límites entre la Argentina y Bolivia estaban lejos de estar definidos, y el deslinde que finalmente se produjo fue más el resultado de configuraciones de fuerzas, que la consecuencia de límites "naturales" entre etnias, culturas, o sistemas de vínculos económicos

  1. No debe confundirse la Puna de Jujuy, que era parte de la jurisdicción jujeña (y por ende de Salta), con la Puna de Atacama que hasta la guerra del Pacífico era jurisdicción boliviana, luego fue tomada por los chilenos, y después pasó a la Argentina en su mayor parte como resultado combinado de un acuerdo argentino-boliviano y un laudo norteamericano.  La Puna de Jujuy es una gran meseta a través de la cual la jurisdicción de Jujuy se comunicaba directamente con los mercados bolivianos. Compuesta por cuatro departamentos -Yavi, Cochinoca, Santa Catalina y Rinconada- la región puneña contaba con importantes recursos: la cría de ovejas, los extensos salitrales de Casabindo (que proveían de sal a Jujuy, Salta y Tucumán y a la propia Bolivia) y oro no explotado proveniente de las serranías pero que se extraía de los ríos. El metálico de la Puna servía para pagar el trigo y el maíz que venían de Bolivia a los departamentos de la Puna, perjudicando la actividad agrícola del resto de la provincia de Jujuy y la de Salta.
        No obstante, los beneficios derivados de la explotación de estos recursos no llegaban a la población puneña, que vivía en permanente miseria. Esto se debía al menos parcialmente a que buena parte de la población de la Puna pagaba contribuciones en concepto de arriendos al titulado marqués de Yavi o de Tojo, Fernando Campero. Este era un coronel del ejército boliviano que, alegando su descendencia de los marqueses del Valle de Tojo y el carácter de perpetuidad de las encomiendas concedidas al beneficiario original, se autoadjudicaba derechos de propiedad sobre una considerable porción del territorio de la Puna (Casabindo, Cochinoca, Yavi y otros campos en jurisdicción de Salta).

  2. Alejandro Heredia al gobernador de Buenos Aires, Tucumán, 19 de noviembre de 1834, en Archivo General de la Nación, X-5-10-6; Alejandro Heredia al gobernador de Santiago del Estero, en Andrés A. Figueroa, Los papeles de Ibarra, Santiago del Estero, 1941, tomo II, pp. 26-27, citados en N.L. Pavoni, op. cit., p. 80.

  3. N. L. Pavoni, op. cit., p. 43, y Enrique M. Barba, Quiroga y Rosas, Buenos Aires, Pleamar, 1974, pp. 162-163.

  4. Archivo General de la Nación, 5. 20. 1. 6. Archivo de Carranza, Caja 20, citado en Enrique M. Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos", en Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. VII, 2ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1951, p. 214.

  5. Gregorio Aráoz de La Madrid al gobernador de Catamarca, Cuartel General en el Ojo del Agua, 29 de mayo de 1831, en Juan B. Terán, Tucumán y el Norte argentino (1820-1840), Buenos Aires, 1910, pp. 186-188, citado en N. L. Pavoni, op. cit., pp. 43-44.

  6. Ibid., pp. 45-46.

  7. Hilarión Fernández a Andrés Santa Cruz, Salta, 6 de octubre de 1831, en E. Barba, Quiroga y Rosas, op. cit., p. 182.

  8. Carta de Rudecindo Alvarado a Andrés Santa Cruz, 25 de octubre de 1831, citada en E. M. Barba, "Formación de la tiranía", Academia Nacional de la Historia, R. Levene (comp.), op. cit., vol. VII, 2ª secc., p. 122.

  9. Ver carta de José I. Calle citada en Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, tomo VIII, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1969, p. 396.

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