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Que el debate haya sido apasionado, erudito y deshonesto no es sorprendente: había demasiado en juego para que no lo fuera Lo que es sorprendente es no tanto el debate y sus características como el hecho de que en los cien años que siguieron al mismo nadie, al menos en la Argentina, haya demostrado interés por revisar sus términos. Los argumentos utilizados por ambas partes se sacralizaron en cada uno de los países involucrados, y mientras ambos países se expandieron hacia el sur ocupando tierras consideradas res nullius por todas las potencias europeas excepto España, el sentimiento que prevaleció en ambos países fue no que cada cual había ganado lo que había podido conquistar (a los indígenas, y en competencia con el Estado contiguo), sino que cada cual había perdido aquello que no había podido ganar. Mapas franceses, alemanes, norteamericanos y británicos de mediados del siglo diecinueve muestran los territorios del sur de ambos lados de los Andes como res nullius. Podrían haber sido ocupados por cualquier otra potencia y es sumamente dudoso que la Argentina o Chile hubiesen tenido el poder de hacer la guerra exitosamente contra Estados europeos. Esto no ocurrió, y ambos la Argentina y Chile lograron expandirse hacia el sur, a pesar de lo cual ambas culturas se impregnaron de la creencia de que no habían ganado sino perdido, generándose frustración y nacionalismo dañino.
    Aparentemente existía una necesidad cultural compartida de justificar las pretensiones de cada país, no en términos pragmáticos de realpolitik, sino en términos jurídicos y morales. Esta parece ser la razón por la cual el debate histórico y jurídico fue tan intenso. Y esto generó la necesidad de mentir, ya que los derechos en los que ambas partes intentaban afirmar sus pretensiones frente a la otra simplemente no existían, a la vez que la necesidad de tener éxito en esta competencia coexistía con la necesidad de justificar jurídicamente dichas pretensiones.
    Por ello, después de haberse resuelto la cuestión, el reconocimiento de las ganancias de cada una de las partes se tornó imposible. Admitir ganancias era admitir que uno había mentido, que uno no tenía derechos a sus apasionadas pretensiones a toda la región. Desde el punto de vista de la cultura vigente resultaba preferible lamentar una pérdida: al menos en la Argentina, un comportamiento crudamente orientado hacia el éxito parece haber coexistido con una ideología moralista que tornaba inadmisible el reconocimiento de dicho comportamiento. Por lo tanto, las ganancias debían ocultarse, y lamentar una pérdida era la única manera de lograrlo. La percepción de la pérdida se transformó en convicción profundamente arraigada. (1).
    Concomitantemente, nadie osó revisar los términos del debate. Sugerir apenas que el país de uno no tenía toda la razón se convirtió en un impensable acto de traición a la Patria. Intelectualmente, el hecho de que nadie haya intentado revisar los términos del debate es un hecho más interesante que la cuestión sustantiva respecto de cuál de las partes, si alguna, tenía razón (que sería el objeto de una tal revisión). La omisión misma se convierte en un objeto de estudio más importante que el contenido de lo omitido. Revela una cultura en la que el comportamiento y la ideología están en tal alto grado contrapuestas que se genera una incapacidad de aceptar la realidad. En otros ámbitos conduce, por ejemplo, a la imposibilidad de imponer legalmente la pena de muerte, y a la masacre paralela e ilegal de miles inspirada por el Estado. Esta digresión se justifica en tanto y en cuanto la existencia de paralelos sugiere que la contraposición entre la percepción de las pérdidas territoriales y la realidad de las ganancias territoriales que aquí analizamos, son parte de una compleja gestalt cultural. Específicamente, las percepciones de pérdidas territoriales han producido la sensibilidad territorial que tan gravemente afectó y dañó a ambos países en tiempos recientes. Generó carreras armamentistas innecesarias por cuestiones grotescamente triviales, obstaculizó una integración económica urgentemente requerida (y mutuamente provechosa por el carácter complementario de ambas economías), y contribuyó a empujar a la Argentina a la absurda y perdidosa guerra de 1982.

  1. La percepción argentina de pérdidas territoriales está tan generalizada que algunos académicos extranjeros han aceptado sin cuestionar la pretensión de que la Patagonia y todo el extremo sur estaba incluido en la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Tal es el caso de John Lynch, en su Spanish Colonial Administration 1782-1810 (Londres, Athlone Press, 1958), aunque debe decirse en su defensa que la problemática territorial es sólo un aspecto muy marginal de su obra y de ninguna manera el núcleo de sus investigaciones. Véanse los mapas de las pp. 321-322 de dicha obra. Véase también el prefacio, p. vii: "(...) en 1776, en los intereses de la defensa, la vasta tierra que se extendía desde Tierra del Fuego hasta el Alto Perú, del Atlántico hasta los Andes (...) fue erigida en un Virreinato independiente". Los mapas incluyen dentro del Virreinato a toda Tierra del Fuego y a algunas costas que formalmente pertenecen al Pacífico. Como consta en nuestro texto, este discurso no se justifica dada la totalidad de la evidencia disponible. Por otra parte, los especialistas extranjeros en geografía política histórica unánimemente muestran a la Argentina como un país que se expandió exitosamente durante el siglo XIX, y a la Patagonia como res nullius hasta que se repartió entre la Argentina y Chile. Véanse, por ejemplo, los atlas históricos de Anchor, Hammond y Penguin, como así también el de Georges Duby (Atlas Histórico Mundial, Barcelona: Debate, 1987, pp. 284-285), que está traducido al castellano y se vende en Buenos Aires. Estos mapas reflejan la realidad del dominio indígena en la Patagonia, y niegan la pretensión española a un territorio que España nunca llegó a conquistar y por ello no se reconoce como parte de su Imperio. En cambio –como también se señala en nuestro texto- los mapas propiamente españoles marcan a la Patagonia como parte del Imperio, y específicamente, como parte del "Reyno de Chile".
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