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Como se sugirió en otra parte, en el caso de la Argentina la percepción de las pérdidas territoriales se agrava debido a la desafortunada circunstancia de que Buenos Aires, la capital del Estado argentino, fue antiguamente la capital del Estado colonial del Virreinato del Río de la Plata. Esto ha llevado a los argentinos a argüir que su país es o debió ser el legítimo heredero de todo el Virreinato y que todos aquellos territorios que fueron parte del Virreinato y que son ahora Estados independientes -esto es, Bolivia, Paraguay y Uruguay- deben computarse como pérdidas territoriales. Esta es una percepción hondamente arraigada en la cultura argentina que junto con la cuestión de los territorios del sur aumenta considerablemente la sensibilidad territorial.
    En nuestra opinión, esta percepción es tan poco justificada como la referente a los territorios del Sur, básicamente por cuatro motivos que están vinculados a las temáticas tratadas en los Capítulos 1 y 2:

1. El Virreinato fue una creación artificial de la Corona española, que tenía objetivos estratégicos claros respecto de su competencia inter-imperial con portugueses y británicos. Como tal, el Virreinato tenía una estructura que no se podía mantener sin la mediación de la autoridad y poder superiores del Imperio español. Como lo señaló Tulio Halperín Donghi en el contexto de una discusión muy diferente, a fin de proveer al Virreinato de los recursos financieros necesarios para funcionar como tal y llevar a cabo su misión, la Corona decidió incorporar al mismo la región del Alto Perú, es decir Bolivia, con su riqueza de plata. Más aún, un porcentaje significativo de la producción de la plata boliviana debía enviarse a Buenos Aires sin contraprestación alguna, lo que era una suerte de impuesto escandalosamente alto que el Alto Perú debía pagar, cuando en realidad su complementariedad económica natural era con el Perú. De esta manera, Bolivia se convirtió en una suerte de subcolonia del Virreinato del Río de la Plata por orden del rey (1) . Una estructura tal sólo podía imponerse a través del poder de la Corona. Nunca podría sobrevivir a la crisis de la Independencia, y tan pronto como la insurrección se produjo en Buenos Aires las provincias bolivianas buscaron la protección del virrey del Perú y fueron reincorporadas oficialmente a esa jurisdicción por el gobierno español.

2. Paraguay era, junto con Bolivia, la región más poblada y desarrollada del Virreinato y era en gran medida autónoma de Buenos Aires, por lo que era sumamente improbable que Asunción aceptara la autoridad porteña después de la insurrección. Respecto del Uruguay, sus primeros pobladores fueron portugueses y no españoles, y esa provincia pasó de manos portuguesas a españolas y viceversa más de una vez, al punto que debe considerarse un éxito español que ese país terminara siendo de habla hispana. Los nacionalistas argentinos arguyen ingenuamente que el hecho de que éste haya sido el caso sólo demuestra el expansionismo portugués y brasileño, que le permitió a los portugueses avanzar considerablemente más hacia occidente que cualquiera de los meridianos deducibles del Tratado de Tordesillas de 1494. Al razonar de este modo se ciegan al hecho de que España hizo lo mismo ocupando las Filipinas, territorio que según el Tratado y las bulas papales se encontraba en la parte portuguesa del mundo, como asimismo olvidan que el Tratado de Madrid de 1750 y el Tratado de San Ildefonso de 1777 declararon al Tratado de Tordesillas "nulo como si nunca se hubiera firmado". Por cierto, en el caso del Uruguay la competencia territorial argentino-brasileña culminó en un claro empate, en tiempos en que el poder brasileño era en realidad mucho mayor que el argentino, y la independencia uruguaya (frente al Brasil) representó un improbable éxito argentino.

3. Como fue señalado inteligentemente por el coronel Rómulo Félix Menéndez, la idea de que la Argentina debe ser heredera del Virreinato es tonta aunque más no sea porque el Virreinato fue el primer enemigo del Estado subversivo nacido en Buenos Aires en 1810. En efecto, el gobierno español transfirió la capital a Montevideo y nombró allí un nuevo virrey que estaba en guerra con Buenos Aires. Puede argüirse que este razonamiento se basa en un juridicismo hispanocéntrico y que es por ello falaz, pero el argumento contrario se basa en un juridicismo porteñocéntrico que es más falaz aún porque se fundamenta en acontecimientos subversivos (2) .

4. Finalmente, y ésta es tal vez la razón más importante, no hay continuidad entre el Estado colonial que existía antes de 1810 y el Estado argentino forjado dolorosamente a lo largo del siguiente medio siglo. Como lo señala Oscar Oszlak en el contexto de una discusión muy diferente, las instituciones nacionales habían desaparecido completamente hacia 1820. Como consecuencia de la guerra civil, ese año se extinguió la antigua Intendencia de Buenos Aires, que tenía una jurisdicción territorial muy grande e imprecisa, y surgió una nueva entidad, la provincia de Buenos Aires, con una jurisdicción territorial mucho más limitada, que interactuaría con las demás provincias básicamente como un par. Como se arguyó en el Capítulo 2, y al contrario de Brasil o Chile, en la Argentina las instituciones coloniales sobrevivieron sólo al nivel municipal. Entre 1820 y 1860 hubo una verdadera balcanización. Aunque hubiera continuidades de otro tipo (culturales y económicas), el Estado que surgió en 1860 fue una nueva entidad política sin continuidad con el viejo Estado colonial, y sin derechos sucesorios respecto del mismo porque su emergencia fue el producto de un largo y violento proceso de facto. Nuevas instituciones "nacionales" debieron ser creadas. Las viejas no habían sobrevivido (3) .

Por todos los motivos expuestos más arriba, vale decir que el Estado argentino no es heredero del Estado colonial sino algo completamente nuevo que fue producto de un muy afortunado conjunto de circunstancias, que incluyen ciertamente a la Guerra del Paraguay, la Guerra del Pacífico y la Conquista del Desierto. Por cierto, toda el área pudo haber terminado balcanizada en forma "permanente". Por ello, la percepción de que todo el territorio antiguamente incluido en el Virrreinato pero no incluido en el Estado argentino constituye una pérdida neta enorme es una grave equivocación que es en parte producto de la circunstancia de que Buenos Aires haya sido capital de ambos Estados. Por cierto, los paraguayos podrán percibir que perdieron a Formosa (como efectivamente fue el caso) pero no sienten que hayan perdido a la Argentina. En contraposición, los argentinos, que ganaron Formosa y bastante más a costa del Paraguay, sienten que han perdido lo que queda de ese país.
    Por consiguiente, una evaluación realista de la evolución territorial argentina no puede dejar de reconocer una expansión territorial enorme durante la segunda mitad del siglo diecinueve. Por otra parte, como lo muestra el Mapa 18 (que corresponde a la edición norteamericana de Hammond), los atlas históricos publicados en Europa y los Estados Unidos muestran esta realidad muy claramente. Sin embargo, la percepción generalizada en la Argentina se contrapone directamente a este hecho, resultando un fenómeno cultural de gran interés intelectual y relevancia política.
    Por cierto, la única pérdida territorial que se puede contabilizar en términos históricos realistas es muy pequeña: la de las islas Malvinas. Este es el único caso en que una potencia extranjera expulsó a los "argentinos" por la fuerza, de un territorio que ocupaban y administraban bajo la autoridad de uno de los varios Estados que configuraban la constelación argentina: Buenos Aires. Si los británicos se hubiesen asentado en Tierra del Fuego esto no podría argüirse honestamente porque Tierra del Fuego era res nullius en 1833. Pero los británicos conquistaron un territorio que no era res nullius, y que al contrario de Tierra del Fuego se encontraba bajo la posesión frágil pero real y legal de Buenos Aires, que ejercía soberanía en las islas por derecho de primera re-ocupación de un territorio vacío (4) . 

  1. T. Halperín Donghi, Guerra y Finanzas en los Orígenes del Estado Argentino, 1791-1850, Buenos Aires, 1982, cap.1.

  2. R. F. Menéndez, Las Conquistas Territoriales Argentinas, Buenos Aires, 1982, Introducción.

  3. O. Oszlak, La Formación del Estado argentino, Buenos Aires, 1982, págs. 21-25 y 156.

  4. Aunque Gran Bretaña tuvo un asentamiento en Puerto Egmont entre 1766 y 1770, y luego otra vez entre 1771 y 1774, y abandonó las islas en ese año sin renunciar a sus pretensiones de soberanía, perdió sus títulos cuando firmó la Convención de San Lorenzo (Nootka Sound Convention) con España en 1790. En ese acuerdo, a cambio de la renuncia española a sus pretensiones en la costa de Vancouver, Gran Bretaña reconoció que todas las islas de la costa patagónica eran españolas. Porque no hay continuidad política ni jurídica entre el Estado virreinal y el Estado de Buenos Aires o el posterior Estado argentino, es falaz argüir que dichos Estados ejercieron derechos sucesorios en Malvinas: se trata de Estados que emergieron de facto y que ganaron derechos a lo que pudieron dominar, y nada más. Más allá de abstrusos juridicismos, es por eso que la Argentina no posee derechos sucesorios sobre Bolivia (otro Estado que emergió por la fuerza y dominó lo que pudo dominar). Pero con la retirada española de 1811, las islas Malvinas quedaron de hecho sin dueño (y sin población humana), convirtiéndose en res nullius. Y fue el vecino Estado de Buenos Aires quien se apoderó legalmente de esa soberanía vacante (con un pintoresco conjunto de hombres, es necesario reconocer, que incluía a criollos, franceses, y algún pirata norteamericano, negro jamaiquino y desertor británico). Por lo tanto, lo de 1833 fue una usurpación británica, perpetrada no contra la Argentina (que no existía como Estado) sino contra Buenos Aires, cuyo ejercicio de soberanía era legal no en virtud de un derecho sucesorio, sino por haber llegado primero a la re-ocupación de un territorio que se había convertido en res nullius.

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