Habiendo desarrollado el análisis anterior, podemos ahora regresar de
la historia a lo que, como ya se dijo, es un problema contemporáneo encuadrable en el
campo de la sociología del conocimiento a la vez que una variable importante para la
comprensión del comportamiento interestatal de la Argentina con importantes consecuencias
políticas y económicas.
La percepción de enormes pérdidas territoriales hace a los argentinos
extremadamente sensibles a asuntos relativamente pequeños y originados en el pasado
remoto, como el litigio de las Malvinas, que en realidad representa una pequeña y muy
antigua pérdida en el contexto de enormes ganancias netas. Más aún, controversias
insignificantes como la del canal de Beagle y Hielos Continentales adquirieron una
importancia desproporcionada. Cuando se presentan argumentos jurídicos e históricos muy
simples que demuestran la relatividad de los derechos argentinos a esos territorios,
éstos son rechazados emotivamente por los sectores más nacionalistas, sobre la base de
que dichos argumentos son irrelevantes, porque después de todo la región entera
debió haber sido argentina, y Chile ya se ha expandido demasiado a costa de este país.
Aunque sectores menos intransigentes han hecho posible alcanzar acuerdos limítrofes con
Chile, comparten de todos modos la percepción generalizada de pérdidas territoriales
históricas, y una aguda sensibilidad hacia los asuntos territoriales es un rasgo cultural
que no es solamente la ingenua convicción de masas sin educación sino que por el
contrario prevalece en mayor medida entre gente mejor educada.
Que éste haya sido el caso no puede sorprendernos ya que tales mitos
se transmiten fundamentalmente a través del sistema educativo. Los gobernantes no son
menos víctimas del mismo que los gobernados, sino seguramente aún más. Se trata de una
convicción honesta de más de un siglo de antigüedad, que se entronca no sólo con el
debate argentino-chileno que acabamos de resumir, sino también con la problemática
identitaria desarrollada en el Capítulo 1. Como sabemos, en estas provincias, así como
en el resto de Hispanoamérica, la ruptura de los lazos con España y el consiguiente
desmembramiento del Imperio condujo a la necesidad de construir una identidad
específicamente argentina, que no existía. En un contexto donde lo que había en común
entre todos los hispanoamericanos alcanzaba para definir una nacionalidad en Europa, las
nacionalidades específicas sólo se podían engendrar por medio de la construcción de
diferencias: la vilificación del Estado contiguo y la generación de hipótesis de
conflicto. En realidad, este es el fenómeno que explica la funcionalidad del mito de las
pérdidas territoriales en general, mientras que el debate argentino-chileno ayuda a
explicar las formas específicas que éste adquirió en la Argentina y en Chile.
Es obvio que el argumento de la parte argentina en el debate del siglo
diecinueve se trasladó a los textos. La pregunta interesante al respecto es: ¿qué
consecuencias tuvo para la cultura política argentina, especialmente en nuestra opinión
pública? Para responderla, y a nuestro pedido, el Instituto Gallup de la Argentina
incluyó en uno de sus sondeos la pregunta: "En relación a los temas de límites con
otros países hay quienes sostienen que la Argentina a lo largo de la historia ha ganado
territorios para sí. Otros en cambio manifiestan que la Argentina ha perdido territorios.
De lo que usted sabe, ¿cuál es su opinión?" Se presentaron entonces dos opciones,
esto es, "ganado" o "perdido", en ese orden. La encuesta, llevada a
cabo en marzo de 1985, abarcó una muestra probabilística de 1021 casos en Capital
Federal, Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Bahía Blanca y Mar del
Plata. Como puede apreciarse en las tablas, la hipótesis quedó ampliamente confirmada,
con un 73,6 % de la muestra que opinó que la Argentina había perdido territorios y
apenas un 6,4 % que opinó que, por el contrario, los había ganado.
También quedó confirmada la hipótesis de que cuanto mayor es el
nivel educativo de la gente, mayor es la tendencia a pensar que se perdieron territorios:
un 86,1 % de la muestra con educación superior opinó que el país había perdido
territorios, contra sólo un 61,0 % de quienes tienen una educación primaria incompleta.
La percepción está generalizada en todos los sectores de la población,
independientemente de que se discrimine por edad, sexo, nivel socioeconómico, agrupación
ideológica, zona de residencia o voto en las elecciones previas al sondeo. La única
categoría que muestra una tendencia algo mayor a creer que la Argentina ganó territorios
dentro de la muestra es la de aquellos que se identifican con ideologías de
"centro-derecha", entre los cuales el 11,5 % cree que el país ganó
territorios, contra un 72,7 % que cree que los perdió: como se ve, aun en este caso la
amplia mayoría comparte la percepción de pérdidas territoriales. Un 20,1 % del total de
la muestra optó por no contestar o decir que no sabía. Entre los encuestados con
educación superior, este porcentaje disminuyó al 5,1 %.
Parece claro que el debate del siglo diecinueve, la transposición de
su contenido a textos de enseñanza y a publicaciones de la más diversa índole, la
propaganda del gobierno militar cuando casi nos lanzó a una guerra con Chile en 1978, y
la misma guerra de las Malvinas, dejaron una clara impronta en la opinión pública
argentina. Este proceso de difusión de la percepción de pérdidas territoriales merece
estudiarse más profundamente. Que a pesar de estos resultados, aproximadamente el 70 % de
la población haya votado a favor del Tratado de Paz y Amistad con Chile en 1984, es un
dato alentador que habla claramente de la sensatez y pragmatismo básicos de la población
general de la Argentina. La insensatez y fanatismo parecen concentradas en los elencos
dirigentes y en la población que habita cerca de los diminutos territorios litigiosos. La
necesidad de instrumentar medidas de política educativa para lentamente cambiar este
estado de cosas no podría ser más urgente. No es cosa fácil de hacer, sin embargo, si
consideramos que parte de la dirigencia que debería encargarse de tomar esas medidas no
cree que haya algo que cambiar, a la vez que las principales víctimas del adoctrinamiento
son los maestros, que creen a pie juntillas en los mitos que se encargan de propagar.
Por lo tanto, enfrentamos un proceso de adoctrinamiento
autoperpetuante. Los gobernantes son víctimas del mismo de manera doble: en general,
participan de las creencias falsas que les fueron inculcadas por el sistema educativo,
pero además son prisioneros de la opinión pública, de su percepción a veces
distorsionada de esa opinión pública, y del manipuleo de la misma que los partidos de
oposición pueden llevar a cabo. El General Galtieri demostró cuán fácil es llenar una
plaza explotando esta veta de la cultura política argentina. Mientras este estado de
cosas perdure, la toma de decisiones pragmáticas respecto de cuestiones territoriales se
verá gravemente obstaculizada, lo cual obviamente redunda en contra del verdadero
interés nacional (1).
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