Inserción norteamericana en el mercado argentino (1880-1914)
Una
de las claves para entender el paulatino involucramiento económico de Estados
Unidos en nuestro país antes mencionado, reside en la evolución de las
relaciones comerciales bilaterales.
En
el caso de las exportaciones argentinas, es manifiesta la brecha existente, al
comienzo del período, entre la importancia del mercado británico y la relativa
irrelevancia del norteamericano, tanto en términos de valor como de participación.
Estados Unidos estuvo relegado a un quinto lugar de importancia entre 1882 y
1913. En cambio, Gran Bretaña pasó de un tercer a un segundo lugar en la década
de 1880, y logró el primer lugar en 1893 y 1894 y desde 1900 hasta 1930. La
diferencia cuantitativa y cualitativa entre Gran Bretaña y Estados Unidos como
destinos de los productos agropecuarios argentinos estaba íntimamente vinculada
al carácter competitivo de las economías argentina y norteamericana, que
contrastaba con el carácter complementario de la vinculación comercial
argentino-británica.
Cabe
señalar al respecto que, durante las décadas de 1880 y 1890, el crecimiento de
las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos se vio trabado por una serie
de barreras tarifarias norteamericanas. A este obstáculo se sumó la falta de
un servicio regular de transporte marítimo entre Buenos Aires y Nueva York, que
hizo correr a Estados Unidos con desventaja frente a la competencia europea.
Dados estos inconvenientes, no sorprende que el ministro argentino en
Washington, Martín García Mérou, comentara al canciller Amancio Alcorta en
una nota de octubre de 1896, que mientras “a Europa mandamos de 82 á 85 por
ciento de nuestros productos exportables, (...) á los Estados Unidos no nos es
posible mandar sino el 5 por ciento de lo que exportemos”. (1)
Además,
las exportaciones agrícolas de Estados Unidos competían con las de la
Argentina en el mercado mundial y británico. Con todo, en la década de 1900
las exportaciones argentinas crecieron, mientras que las norteamericanas
tendieron a declinar, como consecuencia del desequilibrio existente entre un rápido
crecimiento demográfico y un decreciente ritmo de producción. Entre 1900 y
1910, Estados Unidos estuvo entre el primero y el segundo lugar en el comercio
mundial de trigo (en alternancia con Rusia), y la Argentina ocupó el tercero.
Incluso, en 1905 momentáneamente la Argentina llegó a desplazar del segundo
lugar a Estados Unidos. (2) Entre 1900 y 1913, los embarques anuales de maíz y
harina de maíz norteamericanos al Reino Unido cayeron de un promedio de
1.809.000 a 375.000 toneladas. En cambio, las exportaciones argentinas saltaron
de 412.000 a 1.188.000 toneladas en esos mismos años. La misma tendencia ocurrió
con las exportaciones de avena y harina de avena al Reino Unido. Mientras los
envíos norteamericanos cayeron de 322.896 a 74.707 toneladas, los provenientes
de la Argentina crecieron de prácticamente cero a 327.605 toneladas. Asimismo,
la Argentina y Estados Unidos compitieron por el abastecimiento de carne al
mercado británico. Las exportaciones norteamericanas de carne declinaron a
principios del siglo XX, hasta el punto de que la economía norteamericana se
convirtió en una neta importadora de carnes hacia 1913, factor que le permitió
a la Argentina constituirse en el principal abastecedor de carne del Reino
Unido. (3)
Como
consecuencia del mencionado carácter competitivo de las economías argentina y
norteamericana, las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos dependían
para su incremento de falencias coyunturales de la producción interna
norteamericana (como ocurrió en el caso de las carnes entre 1900 y 1913, o en
el del maíz en determinadas coyunturas de crisis), o de rubros que Estados
Unidos produjera de manera deficiente (tales como lana, cueros y pieles). (4)
A
partir de 1896, el extracto de quebracho comenzó a ser un rubro importante en
las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos, demandado por las industrias
del cuero norteamericanas debido a sus virtudes para el curtido. Las ventas de
este producto al mercado norteamericano tuvieron un aumento porcentual del
12.400% entre 1896 y 1911 en términos de valor. Este factor hizo a su vez que
también su volumen creciera de 105 toneladas en 1896, a 1765 toneladas en 1900
y 28.402 toneladas en 1913. (5) En 1911 y 1912, la Argentina desalojó a sus
competidores del mercado norteamericano debido al enorme rendimiento del
quebracho. En los años inmediatamente previos a la Primera Guerra Mundial, la
Argentina llegó a ocupar con los rollizos de quebracho el primer lugar en las
importaciones norteamericanas de productos brutos empleados en la tintorería o
el curtido. (6)
Sin
embargo, el rubro exportable que llegó a ser más valioso en las exportaciones
argentinas hacia el mercado norteamericano fue el cuero. Como en el caso del
extracto de quebracho, su importancia derivó de la demanda generada por el
crecimiento de la industria que lo manufacturaba. Por cierto, el crecimiento de
las exportaciones de cuero hacia Estados Unidos estuvo condicionado por las
tarifas aduaneras norteamericanas. La tarifa Dingley de 1897, sancionada para
proteger los intereses de los ganaderos norteamericanos, anuló el status libre
del que gozaba el cuero importado, generó irritación no sólo entre los
exportadores argentinos, sino también entre los fabricantes de cuero
norteamericanos, que necesitaban del cuero importado para bajar costos y
expandir su industria. Ante la presión de los sectores vinculados a la
industria del cuero norteamericana, el Congreso volvió a colocar a los cueros
en la lista libre de aranceles en agosto de 1909 por la tarifa Payne-Aldrich. La
nueva tarifa incidió en el crecimiento de las exportaciones argentinas de cuero
a Estados Unidos, que pasaron de un promedio anual de 64.900 toneladas en los
tres años anteriores a la anulación de la tarifa Dingley, a uno de 132.200
toneladas en los tres años posteriores. (7)
Ahora
bien, a diferencia de las exportaciones argentinas, donde la importancia británica
fue abrumadoramente superior a la norteamericana, el panorama de las
importaciones argentinas reveló la creciente presencia de Estados Unidos como
abastecedor de manufacturas, que contrastó con una declinación de la
productividad y de las exportaciones industriales británicas. Con el paso del
tiempo, la inicial ventaja británica respecto de la norteamericana de fines del
siglo pasado se fue desdibujando a tal punto que, ya en los años anteriores a
la Primera Guerra, muchos de los productos provenientes de Estados Unidos
ocupaban una posición de liderazgo en el comercio de importación argentino. En
las décadas de 1880 y 1890, el Reino Unido ocupó el primer lugar de
importancia. Estados Unidos estuvo entre el tercer y cuarto lugar en la década
de 1880. De acuerdo con el Anuario del Comercio Exterior, entre los años 1901 y
1914, fluctuó entre el segundo y tercer lugar de importancia en las
importaciones argentinas, o sea, tuvo una participación cercana al 15% del
total de las importaciones argentinas, porcentaje mayor que el alcanzado en las
décadas anteriores (entre el 7 y algo más del 10% en la de 1880 y alrededor de
un 11% en la de 1890). En los años inmediatamente previos a la Primera Guerra
y, como contrapartida del ascenso de la presencia norteamericana, se dio un
estancamiento de la presencia británica, cuya participación rondó entre 30 y
35% del total de las importaciones argentinas, porcentaje menor al registrado en
años anteriores (en 1885 había llegado a 38,4%; en 1890 a 40,6%; en 1895 a
41,6%; y en 1900 a 34,1%).
Un
claro indicio del crecimiento de la presencia norteamericana y del estancamiento
de la británica en el conjunto de las importaciones argentinas durante los años
inmediatamente previos al estallido de la Primera Guerra Mundial fueron los
cambios operados en las adquisiciones de material vinculado al sector
ferroviario, hasta ese momento controladas en forma prácticamente hegemónica
por Gran Bretaña. Los ferrocarriles argentinos comenzaron a adquirir rieles de
hierro de Estados Unidos, y los británicos recurrían a fabricantes
norteamericanos en caso de emergencia. Hacia 1913 fueron las mismas compañías
ferroviarias británicas las que reemplazaban sus vagones de carga hechos en
Inglaterra, de 10 a 18 toneladas de capacidad, por los fabricados en Estados
Unidos, de una capacidad de 30 a 40 toneladas. (8)
Entre
1900 y 1913 Estados Unidos era un serio competidor e incluso llegó a desplazar
a Gran Bretaña en el abastecimiento de una serie de rubros crecientemente
demandados por los consumidores argentinos. Entre ellos, los más importantes
fueron hierro y manufacturas derivadas (especialmente alambres, herramientas y
maquinaria eléctrica), maquinarias agrícolas (sembradoras, trilladoras,
segadoras y desgranadoras), madera y sus manufacturas derivadas, y aceites
lubricantes. Estos cuatro grupos de productos constituyeron aproximadamente 65%
de las exportaciones totales de Estados Unidos a la Argentina. (9) Por su parte,
ya en los años inmediatamente anteriores al inicio de la Primera Guerra,
sobresalieron las importaciones de automóviles y máquinas de escribir
norteamericanas. (10)
Las
importaciones de alambre de hierro galvanizado norteamericano prácticamente se
duplicaron entre 1900 y 1913, desplazando además a la variedad británica tanto
en términos de valor como de participación. Por su parte, las máquinas de
coser de origen norteamericano, que en 1900 habían llegado a las 13.669
unidades, para 1913 más que cuadruplicaron esa cantidad. También en este caso,
los modelos británicos se vieron ampliamente superados en cantidad y valor por
los norteamericanos. (11) Las máquinas de escribir norteamericanas
incrementaron casi ocho veces su cantidad y valor, de 700 unidades en 1900,
valuadas en 22.440 pesos oro en 1900, a 5378 unidades, con un valor de 187.186
pesos oro, alcanzando registros superiores a las máquinas de escribir británicas.
(12) Por su parte, la maquinaria agrícola fue un rubro donde Estados Unidos tenía
la ventaja de producir modelos que respondían satisfactoriamente a las
necesidades geográficas argentinas, notoriamente similares a las
norteamericanas. Además, la variedad norteamericana era más barata, eficiente
y duradera que las maquinarias agrícolas europeas y australianas. Por ejemplo,
en el caso de las máquinas desgranadoras de trigo, mientras la variedad británica
usaba a 32 hombres y extraía entre 300 y 350 bolsas de grano de trigo por día,
la norteamericana usaba sólo 20 hombres y extraía entre 500 y 600 bolsas. En
un país con escasez de mano de obra como el caso de la Argentina, el modelo
norteamericano era claramente preferible al británico. (13) Dentro de las
maquinarias agrícolas, se destacaron especialmente por su demanda en el mercado
argentino las sembradoras, trilladoras, segadoras y desgranadoras. La importación
de sembradoras se incrementó notablemente, tanto en cantidad -pasaron de 1531
unidades en 1900 a 14.535 unidades en 1913- como en valor -de 41.170 pesos oro a
351.912 pesos oro en esos mismos años-. Por su parte, las trilladoras saltaron
de 38 unidades en 1900 a 815 en 1913, pero su incremento en valor fue mucho más
significativo, pasando de 37.527 a 901.659 pesos oro. La importación de
segadoras también aumentó tanto en términos de cantidad como de valor entre
1900 y 1913. (14)
Como
resultado del mayor peso de las importaciones sobre las exportaciones, la
balanza comercial bilateral arrojó déficits para la Argentina en todo el período
1880-1914, salvo en los años 1880, 1891, 1895 y 1914. Pero el gobierno y los
agentes económicos argentinos nunca aceptaron esta situación como una condición
permanente, ya que confiaban en que tarde o temprano el mercado norteamericano
se abriría a los productos argentinos.
Mientras
tanto, la persistencia de desacuerdos comerciales entre la Argentina y Estados
Unidos, fruto del carácter competitivo de sus respectivas economías, fue uno
de los obstáculos de la agenda bilateral que ocupó la atención de los diplomáticos
en el período comprendido entre 1880 y el inicio de la Primera Guerra Mundial.
Uno de los desacuerdos comerciales bilaterales más importantes estaba vinculado
a las altas tarifas que desde 1867 pesaban sobre las exportaciones argentinas de
lana. (15) Aunque en las décadas de 1870 y 1880 el Congreso norteamericano bajó
ligeramente los derechos sobre este producto, los funcionarios argentinos
trataron de persuadir a sus colegas de Washington para que colocasen a la lana
en la lista de productos libres de impuestos aduaneros.
Estos intentos se vieron desbaratados por la presión
ejercida desde el Congreso por el lobby de
los productores laneros. En 1883, el ministro argentino en Washington Luis L.
Domínguez envió al secretario de Estado F. T. Frelinghuysen un informe donde
subrayaba los efectos negativos del arancel de 1867 en el intercambio bilateral.
En este informe, y en una nota enviada al sucesor de Frelinghuysen, Thomas F.
Bayard, en 1885, Domínguez se quejaba de la falta de reciprocidad comercial.
Mientras las autoridades de Buenos Aires admitían la madera, los materiales
ferroviarios y la maquinaria agrícola de procedencia norteamericana libres de
barreras o con aranceles muy bajos, las de Washington le cerraban la puerta a la
lana argentina. Las quejas de Domínguez reflejaban la realidad, ya que si bien
en 1883 la Tariff Commission,
encabezada por el secretario de la American
Wool Manufacturers Association, John L. Hayes, propuso una serie de reformas
en esta materia, las mismas no implicaron ninguna salida para los exportadores
argentinos. (16)
Por
su parte, el representante norteamericano en Buenos Aires, Bayless W. Hanna,
comentaba en noviembre de 1887 que la tarifa sobre la lana era discriminatoria,
pues la variedad argentina debía pagar una tarifa mayor que la proveniente de
Australia y Nueva Zelandia. El diplomático norteamericano exhortaba a una
mejora de las condiciones de intercambio entre la Argentina y Estados Unidos
sosteniendo que el restablecimiento de las antiguas relaciones comerciales entre
los dos países era de vital interés para ambos. (17)
No
sólo los sectores diplomáticos norteamericanos reclamaban a su gobierno un
cambio en la política comercial con la Argentina. También lo hicieron los
importadores, interesados en incrementar el intercambio bilateral a través de
la compra de cueros, lanas, semillas de lino y otros productos primarios
valiosos para el sector industrial norteamericano. (18)
Pero
a pesar de los intentos de distintos actores estatales y no estatales argentinos
y norteamericanos por mejorar la enojosa situación creada en torno a la tarifa
impuesta sobre la lana, del proyecto de unión aduanera americana impulsado por
el secretario de Estado James Gillespie Blaine en la Primera Conferencia
Panamericana de Washington en 1889, y de la cláusula de reciprocidad que
contemplaba la ley de tarifas McKinley en 1890, las relaciones bilaterales se
tornaron aún más tensas precisamente porque la lana estaba exceptuada de dicha
cláusula de reciprocidad.
Cabe
aclarar que la ley de tarifas aduaneras de McKinley, sancionada por el Congreso
norteamericano el 1º de octubre de 1890, contemplaba la libre entrada en el
mercado norteamericano “de todos los azúcares que no excedan los 16 grados
holandeses, como norma, en color; melazas, café, té, cueros, pieles”. El
secretario de Estado norteamericano, James Gillespie Blaine, buscaba aplicar
esta ley con el fin de eliminar las barreras comerciales mediante tratados
bilaterales de reciprocidad comercial y concretar por esta vía su proyecto de
unión aduanera panamericana, que había sido bombardeado por la tenaz oposición
de la delegación argentina en la Primera Conferencia Panamericana, celebrada en
Washington, en 1889.
La
ley McKinley resultó irritativa para los intereses exportadores argentinos, por
dos motivos. El primero, porque mantenía el gravamen sobre la lana, uno de los
dos principales productos argentinos de exportación hacia el mercado
norteamericano. Y los argentinos no estaban dispuestos a llegar a un acuerdo
comercial con Estados Unidos si la reciprocidad contemplada por la ley McKinley
no incluía en su alcance a la lana. El segundo motivo irritante era el carácter
condicional de la libre entrada de los mencionados productos. Si bien los
cueros, el otro producto de exportación clave hacia Estados Unidos, estaba
ubicado en la lista libre de arancel, el inciso 3º de la ley McKinley otorgaba
al presidente norteamericano el poder para reimplantar el gravamen “sobre
cualesquiera de los precitados artículos (o sea, sobre los artículos libres de
arancel), siempre que los países de origen no acuerden favores recíprocos á
productos de los Estados Unidos”. (19) En otras palabras, si el titular de la
Casa Blanca lo juzgaba conveniente, los cueros argentinos podían ser
eventualmente gravados con un impuesto de 6% ad valorem, o sea 1 ½ centavo por
libra.
A
principios de enero de 1890, antes de sancionarse la mencionada tarifa, el
secretario de Estado James Blaine había invitado al ministro argentino en
Washington, Vicente G. Quesada, a cerrar un acuerdo mutuo, ofreciéndole como
propuesta la libre admisión de los cueros en Estados Unidos a cambio de la
libre entrada en la Argentina del cuero curtido, zapatos y suelas
norteamericanos. No obstante, ambos demostraron escasa voluntad de hacer
concesiones mutuas y, por esta vía, llegar a un acuerdo. Quesada evitó
comprometerse con el ofrecimiento de Blaine, y argumentó como excusa la falta
de instrucciones del gobierno argentino respecto de la cuestión. A su vez, el
Secretario de Estado norteamericano hizo lo mismo respecto del pedido de Quesada
de flexibilizar el arancel sobre la lana.
Luego
de sancionada la ley McKinley y disgustado porque la anunciada reciprocidad
comercial del gobierno norteamericano se limitaba a un solo producto argentino
(los cueros) y en forma condicional, el diplomático argentino dejó deslizar
una velada amenaza: la de un eventual aumento tarifario sobre el pino blanco
norteamericano, en el caso de que las autoridades de Washington llegaran a
establecer el derecho de 1 ½ centavo por libra establecido por el inciso 3º de
la ley McKinley. (20) Ante el tenso tono al que habían llegado las
conversaciones entre Blaine y Quesada, el secretario de Estado norteamericano
optó por trasladar la espinosa cuestión de las tarifas sobre la lana a una
nueva ronda de negociaciones.
El
dilema de las autoridades argentinas quedaba claramente explicitado en la
siguiente nota del canciller Eduardo Costa, dirigida al Ministro de Hacienda
Vicente F. López en abril de 1891, como consecuencia de las conversaciones de
Quesada con Blaine:
“Por
la copia adjunta se instruirá V.E. de la conferencia que ha celebrado nuestro
Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Washington (Vicente G.
Quesada), relativa á la reciprocidad comercial, de que tanto se preocupa
actualmente el Gobierno de los Estados Unidos.
Considerando que es conveniente enviar las instrucciones que el mismo señor
Ministro pide para el caso en que fuera requerido nuevamente a abrir
negociaciones, ruego á V.E. se sirva indicarme la forma en que debo comunicar
á nuestro Representante el pensamiento del Gobierno. (...)
Debo ante todo hacer notar que, existiendo en todos nuestros tratados la cláusula
de que la Nación contratante será considerada á la par de la más favorecida,
la concesión de favores especiales, colocaría al Gobierno en una situación
difícil, por cuanto cada una los pretendería para sí. Podría observarse que
la Nación favorecida, habría a su vez acordado á la Argentina tal ó cual
concesión especial. Pero, en este mismo caso, las no favorecidas, podrían
solicitar colocarse en la situación de las que lo han sido.
Si se concediera a Estados Unidos, por ejemplo, la introducción libre de las
maderas, en cambio de igual libertad para los cueros ó las lanas, la Francia
pedirá con igual derecho se le permitiera introducir libres sus vinos, por la
exoneración que acuerda á nuestros cereales. La Italia haría valer igual
consideración en favor de sus pastas y aceites, y así las demás naciones.
De esta manera se encontraría ligada la República por convenciones, arreglos
ó compromisos internacionales; y habría comprometido su sistema rentístico de
que tanto necesita en la actualidad, á la vez que su libertad para fomentar las
industrias nacionales.
(...) la República permite la introducción libre de un número considerable de
artículos de producción americana: libros, materiales para ferro-carriles,
tramways, usinas de gas, luz eléctrica, arados, palas, etc. En el artículo de
mayor importancia, la madera, los derechos, 10%, no pueden ser más moderados. Sólo
son de alguna importancia para aquellos artículos manufacturados, que vienen á
hacer competencia á la producción nacional.
Podría así decirse, en vista de esta liberalidad de nuestras leyes fiscales,
que la República se ha colocado de antemano en el caso de ser acreedora á los
beneficios del artículo 3º de la ley Mac-Kinley, pues que la exoneración de
derechos sobre artículos americanos equipara, si no excede, á la introducción
libre de los cueros argentinos. Podría aun sostenerse que, sin mayores
concesiones de nuestra parte, estaríamos autorizados para solicitar la
introducción libre de nuestras lanas”. (21)
El
reemplazante de Bayless W. Hanna en la legación norteamericana en Buenos Aires
desde 1889 hasta 1893, John R.G. Pitkin, insinuó a las autoridades argentinas
la posibilidad del restablecimiento del arancel sobre los cueros en el caso de
que éstas no otorgaran concesiones a los productos norteamericanos. El
canciller argentino, Estanislao Zeballos, en una nota enviada a Pitkin a fines
de diciembre de 1891, protestó sosteniendo que la colocación de un derecho de
1 ½ centavo por libra contradecía lo estipulado en el artículo 3º del
Tratado del 27 de julio de 1853, firmado entre los gobiernos de la Confederación
Argentina y Estados Unidos, por el cual sus signatarios no podían adoptar
medidas mutuamente discriminatorias. Dadas las concesiones otorgadas a Brasil
por el convenio de reciprocidad Blaine-Mendonça firmado en 1891, el tratado de
1853 obligaba a las autoridades norteamericanas a permitir el ingreso de cueros
argentinos en forma libre de derechos al mercado estadounidense.
En esa misma nota, Zeballos, en nombre del gobierno
argentino, ofreció a Pitkin una propuesta de negociación, que contenía los
siguientes puntos: a) mantenimiento, por parte del gobierno argentino, de la
exención de derechos aduaneros a los productos importados provenientes de
Estados Unidos que ya gozaban de ese status; b) derogación del arancel a las
importaciones de maquinaria agrícola y kerosene; c) mantenimiento, por parte de
las autoridades norteamericanas, de la libre introducción de cueros argentinos;
y d) introducción de las lanas argentinas en la lista de productos libres de
derechos. Pero estas gestiones del ministro de relaciones exteriores argentino
cayeron en saco roto. Pitkin, en una nota dirigida al canciller Zeballos en mayo
de 1892, sostenía que la Ley de Tarifas de 1890 no incluía en su alcance la
lana. (22)
Por
cierto, la profundidad alcanzada por la crisis de 1890, la necesidad del
gobierno argentino de contar con ingresos aduaneros para enfrentarla (que hacía
prácticamente inviable cualquier reducción aún más amplia de las tarifas
comerciales), el doble deseo de las autoridades argentinas de no ofender los
intereses bancarios europeos (claves en la resolución de la crisis de Baring) y
no violar el principio de nación más favorecida vigente en los tratados
comerciales firmados con naciones europeas y, finalmente, la desconfianza del
gobierno argentino respecto de la durabilidad de una tarifa recíproca con el
gobierno norteamericano, fueron todos factores que conspiraron contra la
posibilidad de renovación de un acuerdo comercial entre Buenos Aires y
Washington. (23)
En
definitiva, durante los años de vigencia de la ley McKinley (entre 1890 y
1894), los exportadores argentinos de lana no lograron la ansiada reducción,
aunque los cueros siguieron ingresando a Estados Unidos libres de derechos. (24)
Además,
como ya se ha mencionado, otro obstáculo que entorpeció el crecimiento del
intercambio bilateral durante la década de 1890 fue la imposición de altas
tarifas a los navíos en dificultades que anclaban en los puertos de Buenos
Aires y Montevideo. Este inconveniente, ya presente en las décadas anteriores,
irritó a los comerciantes norteamericanos pues los colocó en una posición
desventajosa frente a sus competidores europeos, que contaban con fletes más
económicos y un
servicio marítimo más fluido. Ante los reclamos efectuados por el secretario
de la Junta Nacional de Aseguradores Marítimos (National
Board of Marine Underwriters), J. Raymond Smith, al Departamento de Estado
respecto de esta cuestión, el ministro norteamericano en Buenos Aires, John
R.G. Pitkin, pidió explicaciones a las autoridades argentinas. A su vez, éstas
respondieron detallando las disposiciones del Ministerio de Hacienda en materia
de política aduanera, por las que no existían cargas hacia los navíos
norteamericanos en especial, sino que éstas eran aplicables a todo barco que
ingresara al puerto de Buenos Aires para efectuar operaciones de carga y
descarga en las condiciones ordinarias. Estas disposiciones preveían que los
barcos que llegaran al puerto de Buenos Aires en condiciones extraordinarias -es
decir, por razones de fuerza mayor y no porque fuera su destino inicial-
estuvieran exentos de cargas. (25)
Ahora
bien, a fines de 1893 comenzó a avistarse alguna solución al conflicto
comercial argentino-norteamericano. El Congreso argentino aprobó en esa fecha
una lista de productos norteamericanos libres de tarifas aduaneras (petróleo
crudo y refinado, aceites lubricantes y madera). Por su parte, el gobierno de
Estados Unidos colocó a la lana en la lista libre de tarifas, a través de la
ley de tarifas aduaneras Wilson-Gorman, impulsada por los sectores demócratas
dentro del Congreso, que entró en vigor el 13 de agosto de 1894. (26) Los
efectos de estas concesiones mutuas se reflejaron rápidamente en las cifras de
intercambio comercial, ya que las exportaciones totales argentinas al mercado
norteamericano alcanzaron en 1895 el valor más alto de la década: 8,9 millones
de pesos oro. El Anuario del Comercio Exterior indica que este valor más que
duplicaba el alcanzado en 1881.
Particularmente, la tarifa Wilson-Gorman estimuló las
exportaciones argentinas de lana al liberarlas de derechos aduaneros, a tal
punto que, según el informe del Consulado argentino en Washington
correspondiente a 1900, los criadores de ganado norteamericanos consideraron al
año de 1896, época de las “lanas libres”, como el peor en los anales de
ese producto. El mencionado informe señalaba que “las fuertes cantidades que
por tal motivo entraron al país, ejercieron mucha presión sobre el valor del
artículo (...)”. Mencionaba además que los productores norteamericanos
“pasaron por un período de continua depresión y liquidación de las grandes
existencias á precios que arrojaban serias pérdidas”. (27) Las estadísticas
confirmaron el efecto positivo de la tarifa Wilson-Gorman para las exportaciones
argentinas, ya que las exportaciones de lana sucia pasaron de 4449 toneladas en
1893 a 6129 en 1894, y en 1895 casi se duplicaron, saltando a 12.187 toneladas.
En 1896 el volumen de lana sucia exportada cayó, pero aun así representaba
casi el doble del registro obtenido en 1893. (28)
No
obstante, la tregua comercial impuesta por la ley Wilson-Gorman de 1894 tuvo
corta vida. En 1897, el gobierno republicano de William McKinley (1897-1901)
impulsó mayores tarifas sobre la lana, e impuso una tasa sobre los cueros,
hasta entonces libres de arancel. McKinley respondió de este modo a las
presiones provenientes tanto de los criadores de lanar, perjudicados por las
“lanas libres” importadas de la Argentina, como de los elementos de su
propio partido, partidarios del proteccionismo comercial. Las nuevas tarifas
impuestas por la ley Dingley, establecida a partir del 24 de julio de 1897, eran
de 11 centavos por libra sobre la lana de primera clase (Merina, mestiza u otras
merinas o lana para ropa); 12 centavos por libra sobre la lana de segunda
(Lincoln o lana de peine) y sólo 4 centavos por libra la lana de tercera (lana
criolla o lana para alfombras). Por su parte, los cueros dejaron de figurar en
la lista de productos libres de arancel y fueron gravados 15% ad
valorem. (29)
El
impacto de la ley Dingley fue directo en el caso de las exportaciones de lanas
de clase superior (de primera y segunda),
que se habían incrementado en los primeros seis meses de 1897
aprovechando la cláusula libre de la antigua tarifa Wilson-Gorman. Estos envíos
de clases superiores de lana prácticamente cesaron cuando en agosto comenzaron
a aplicarse los gravámenes aprobados por la ley Dingley. En cambio, la nueva
ley tarifaria no afectó mayormente a las exportaciones de lana de tercera o
“lana criolla”, de menor calidad y utilizada para la fabricación de
alfombras en Estados Unidos. Por cierto, la tarifa diferencial se debía a que
las lanas norteamericanas de tercera -a diferencia de las de primera y segunda
clase- existían en una proporción insignificante en el consumo interno (5%),
razón por la cual no eran afectadas por las importaciones. (30)
El
informe del consulado argentino en Washington correspondiente a 1898 señaló
que el ingreso de lana argentina a Estados Unidos en ese año había sido mucho
menor que en 1897 y que su venta era lenta. (31) De acuerdo con las estadísticas
oficiales, el efecto de la tarifa Dingley sobre las exportaciones argentinas de
lana sucia a Estados Unidos no deja margen de duda: en 1898 éstas cayeron a una
tercera parte del volumen de 1897. Existió una leve recuperación en 1899 y
1900, pero sin alcanzar los registros de 1896 y 1897. (32) No obstante, los
informes consulares argentinos desde Washington mencionan, a partir de
1901-1902, un crecimiento de la demanda de las lanas más finas o mestizas (de
primera clase o también llamadas crossbreds) a pesar de la existencia de la tarifa Dingley, impulsado
por los comerciantes de Boston. Pero como la fuente se limita a reproducir los
desembarques de lanas argentinas sólo en ese puerto, hay que tomar con precaución
dicha afirmación. (33)
El
impacto de la ley Dingley sobre las exportaciones argentinas de cueros, al
derogar su status libre de derechos aduaneros, fue evidente. La nueva ley
tarifaria influyó negativamente sobre las exportaciones de cueros vacunos secos
hacia Estados Unidos que, tras incrementar su volumen de 9643 toneladas en 1896
a 12.808 toneladas en 1897, cayeron a 10.758 toneladas en 1898 y, tras una leve
recuperación en 1899, llegaron a 11.100 toneladas en 1900. (34) En cuanto a las
ventas de cueros vacunos salados, si bien las estadísticas oficiales no otorgan
registros de los años 1897 y 1898, se puede apreciar una fuerte caída en términos
de volumen y valor en los dos años siguientes. En 1899 la Argentina exportó a
Estados Unidos 358 toneladas de cueros vacunos salados, con un valor de 69.617
pesos oro. Para 1900, sólo vendió 22 toneladas de este producto, valuados en
5110 pesos oro. (35)
No
obstante, se registraron algunos matices. Por ejemplo, las ventas de cueros
lanares sucios parecen no haber sido afectados inmediatamente por el impacto de
la nueva tarifa, ya que prácticamente se duplicaron de 1897 a 1898, pasando de
7 toneladas con un valor de 780 pesos oro a 13 toneladas con un valor de 1949
pesos oro. Para 1899, las ventas de este rubro se habían triplicado en volumen
respecto del año anterior y más que sextuplicado respecto de 1897, al llegar a
45 toneladas, con un valor de 8103 pesos oro. Sin embargo, en 1900 no se
registra exportación de este rubro. (36)
Ante
la inminencia del tratamiento del proyecto de ley Dingley en 1897, el entonces
ministro argentino en Estados Unidos, Martín García Merou, argumentaba en su
informe que la lana que llegaba de la Argentina al mercado norteamericano era de
calidad inferior -para alfombras-, que precisamente no se producía en Estados
Unidos y, por lo tanto, no había necesidad de gravamen. Incluso García Merou
apostó a la posibilidad de que la tarifa Dingley generara protestas en los
importadores norteamericanos fabricantes de alfombras. (37)
Esta
apuesta no fue del todo infundada ya que, en el caso de los cueros, las
autoridades del Estado de Massachusetts combatieron su arancelamiento. Incluso
el representante de ese Estado en el Congreso norteamericano, Ernest W. Roberts,
presentó un proyecto de ley para anular el derecho del 15% ad
valorem sobre los cueros importados. En su opinión, esta tarifa era
desastrosa para el fabricante de calzado norteamericano que deseaba exportar sus
productos, pues “aumenta el costo de éstos en un 15%, mientras el curtidor de
cueros extranjero, por medio de la cláusula de la ley “Dingley”, que
concede un drawback al exportador de cueros curtidos, puede vender sus cueros
al fabricante de calzado extranjero con un 10 ó 12% de rebaja sobre el precio
á que los vende el fabricante norteamericano”. (38) Asimismo, la presión de
los importadores de cueros de Boston, entre ellos de la empresa Shoes
& Leather Manufacturers, para reducir el derecho del 15% ad
valorem que pesaba sobre las importaciones de cueros argentinos generó en
la legación argentina la esperanza de que los cueros volvieran al status de artículos
libres de arancel. (39)
Frente
a la sanción de la ley Dingley, el gobierno argentino amenazó con altas
tarifas sobre productos norteamericanos como maquinarias agrícolas y madera,
entre otros rubros. Aunque el Congreso rechazó la actitud del Ejecutivo, la
tarifa de 1898 gravó productos norteamericanos tales como prendas de algodón
para marineros (57%), cinturones de cuero (133%) y aceite lubricante (cerca de
un 164%). (40)
Estas
medidas de represalia generaron la reacción del lado norteamericano. Los
miembros de la Asociación de Madera de la Costa del Golfo (Gulf
Coast Lumber Association), integrada por los exportadores de pino amarillo
norteamericano, pronto hicieron oír su voz de protesta, pues sostenían que las
medidas adoptadas eran discriminatorias y favorecían a la madera canadiense. A
su vez, los miembros de la Compañía de Aceite de Algodón de Estados Unidos (American
Cotton Oil Company) protestaron ante el aumento de la tarifa sobre el aceite
de semilla de algodón. El Congreso argentino justificó la tarifa alegando que
la misma buscaba proteger a los productores de aceite de maní de las provincias
de Santa Fe y Corrientes, amenazados por la competencia del aceite de semilla de
algodón proveniente de Estados Unidos. Este argumento fue rechazado por el
representante norteamericano William Buchanan, quien sostuvo que el precio de la
semilla de algodón en Nueva York en ese momento era más alto que el precio del
aceite de maní en Buenos Aires, y por lo tanto los productores argentinos no
necesitaban una legislación protectora. (41)
Cabe
aclarar que, a pesar de los inconvenientes provocados por la ley Dingley,
el canciller argentino, Amancio Alcorta, y el ministro norteamericano en
Buenos Aires, William Buchanan, negociaron durante 1898 un acuerdo comercial que
establecía concesiones mutuas. La convención Alcorta-Buchanan, firmada el 10
de julio de 1899, establecía las siguientes cláusulas: a) rebaja del 20% de
los derechos a azúcares, cueros secos o salados, lana de primera, segunda y
tercera categoría, por parte de las autoridades de Estados Unidos; b) reducción
del 50% sobre los derechos a conservas, frutas y molinos de viento y limitación
del impuesto sobre maderas norteamericanas al 15% ad
valorem, por parte del gobierno argentino. (42) Pero esta convención nunca
llegó a ser ratificada por el gobierno norteamericano, pues la presión
de los criadores de lanares norteamericanos impidió su aprobación en el
Senado. (43)
Años más tarde, factores externos volvieron a influir sobre
la relación comercial bilateral. Las reducciones arancelarias dispuestas por
las nuevas tarifas Payne-Aldrich (1909) y Underwood-Simmons (1913), aprobadas
por el Congreso norteamericano en los años inmediatamente anteriores a la
Primera Guerra Mundial, estimularon las exportaciones argentinas a Estados
Unidos. De acuerdo con el Anuario del Comercio Exterior correspondiente, éstas
duplicaron su valor entre 1908 y 1909, pasando de 13 millones de pesos oro a
26,1 millones de pesos oro. Si bien en 1910 y 1911 mostraron una tendencia
levemente descendente con respecto a 1909, nunca volvieron a los bajos niveles
anteriores a dicho año, lo cual evidenciaba el efecto positivo de las rebajas
arancelarias. El examen de los porcentajes de participación de las
exportaciones argentinas a Estados Unidos sobre el total exportado de cada año
revela idéntica tendencia: de un 3,6% en 1908 saltan a un 6,6% en 1909 y, salvo
1913 (con un 4,4%), los porcentajes se mantuvieron por encima de los registrados
antes de 1909.
La
tarifa Payne-Aldrich, aprobada por el Congreso norteamericano el 5 de agosto de
1909, concedió a las exportaciones argentinas el beneficio de tarifa mínima, y
pasó a tener vigencia a partir del 31 de marzo de 1910. (44) Por su parte, la
tarifa Underwood-Simmons de 1913 colocó cerca de 90% de las exportaciones
argentinas en la lista libre de aranceles (incluyendo en esta categoría el maíz
y cereales en general, la carne, los cueros, la lana, y el extracto de
quebracho), mientras redujo los derechos sobre muchos otros rubros exportables
(entre ellos la semilla de lino). (45) Las ventas argentinas de maíz a Estados
Unidos casi se duplicaron entre 1913 y 1914, lo cual significó en valor un
aumento de 2.105.913 a 3.458.000 pesos oro. (46) Asimismo, la exportación de
bovinos y carneros congelados se incrementó en volumen, pero mucho más en
valor. Idéntica tendencia tuvieron las exportaciones de bovino enfriado, que
saltaron de 416 a 6802 toneladas entre 1913 y 1914, mientras su valor se
incrementó de 41.616 pesos oro a 680.132 pesos oro. (47) Las exportaciones de
lana sucia, al ser incluidas en la lista libre de aranceles, registraron un
crecimiento espectacular, duplicando su volumen y valor entre 1913 y 1914
(pasaron de 8.854 toneladas, con un valor de 3.338.056 pesos oro, a 17.100
toneladas, con un valor de 6.880.333 pesos oro). (48)
A
su vez, las exportaciones de cueros también se vieron estimuladas por su
colocación en la lista libre de aranceles. Rubros como cueros lanares salados y
cueros lanares sucios saltaron de 657 a 1424 toneladas y de 128 a 174 toneladas
y prácticamente duplicaron sus respectivos valores entre 1913 y 1914. Las
exportaciones de cueros vacunos salados pasaron de 10.918 a 36.391 toneladas en
esos mismos años, siendo sus valores 4.082.268 y 13.209.349. Las de los cueros
vacunos secos en cambio cayeron en mínima proporción. (49)
Curiosamente,
las exportaciones de extracto de quebracho, a pesar de su importancia para la
industria del cuero norteamericana y a pesar de estar en la lista de productos
exentos de arancel, cayeron de 28.402 toneladas con un valor de 1.772.039 pesos
oro en 1913, a 13.144 toneladas con un valor de 855.147 pesos oro en 1914. (50)
Pero si bien las reducciones arancelarias norteamericanas entre 1909 y 1913
produjeron efectos positivos para las exportaciones argentinas, el crecimiento
de éstas en esos años no se dio de manera uniforme en todos los rubros y además
estuvo atenuado por el incremento de las importaciones. Las rebajas arancelarias
norteamericanas entre 1909 y 1913 no fueron suficientes para revertir los déficits
en la balanza comercial argentina con respecto a Estados Unidos. Recién en 1914
la Argentina tuvo una balanza comercial favorable con Estados Unidos.
Por
otra parte, de modo similar a lo ocurrido con las exportaciones argentinas hacia
Estados Unidos, las de manufacturas norteamericanas hacia la Argentina tampoco
estuvieron exentas de barreras tarifarias en la década de 1900. Tal fue el caso
de los aranceles sobre las partes y los repuestos de las máquinas agrícolas,
que trabaron el ingreso de uno de los rubros más importantes de las
exportaciones norteamericanas hacia el mercado argentino.
Las autoridades argentinas alegaron, para defender la existencia de esta
tarifa protectora, que las partes no se consideraban como parte integral de la
maquinaria importada, y por ello debían pagar una tarifa ad
valorem del 25%. Las norteamericanas replicaron que estas partes constituían,
por su carácter elemental para el funcionamiento de la maquinaria, partes
integrales de la misma y, por lo tanto, juzgaron como injustas las medidas
aduaneras adoptadas. (51) Finalmente, el Comité de Presupuesto del Senado
argentino falló en 1905 parcialmente en favor de la postura norteamericana,
extendiendo a las partes de las máquinas agrícolas los beneficios acordados a
las máquinas enteras. (52)
Ahora
bien, el intercambio comercial bilateral también se vio afectado en este período
por cuestiones relativas a infraestructura y transporte. En efecto,
a las barreras arancelarias que obstaculizaban el intercambio comercial
entre la Argentina y Estados Unidos se sumaba la falta de transporte marítimo
regular entre los puertos de Buenos Aires y Nueva York. Por cierto, la presencia
de los navíos comerciales norteamericanos en Buenos Aires en este período fue
irrelevante en comparación con la de los barcos británicos.
En 1873 ningún barco de vapor norteamericano llegó al puerto de Buenos
Aires. En 1887, los barcos de vela de origen británico que arribaron a dicho
puerto sobrepasaron a los norteamericanos en una proporción de 662 contra 74.
En el caso de los barcos de vapor, la proporción fue de 363 contra 7. En 1889,
en el puerto de Buenos Aires se registró la entrada de un solo barco de bandera
norteamericana. (53)
A
lo largo de la década del 80 algunos hombres de empresa norteamericanos, como
el coronel W.P. Tisdel (agente de la United States and Brazil Mail Steamship Line), intentaron revertir
esta situación estableciendo una línea marítima directa de barcos de vapor
entre Buenos Aires y Nueva York. Tisdel encontró el respaldo del gobierno
argentino, pero ésta y otras iniciativas individuales no lograron concretarse
hasta mucho después de 1900. (54)
En
el informe anual del consulado argentino en los Estados Unidos correspondiente
al año 1894 se señalaba claramente que las tres firmas entonces encargadas de
la navegación de barcos a vapor entre Nueva York y Buenos Aires (Norton y Son,
Lamport y Holt y John C. Seager) no asignaban fechas fijas a los viajes de sus
barcos de vapor, despachándolos según el flete que ofrecía la plaza. Rara vez
estos barcos efectuaban el regreso de Buenos Aires directamente y cuando
llegaban a este puerto, lo hacían después de haber hecho escala en Brasil para
recoger cargas de café, azúcar y otros productos. (55) La falta de una línea
marítima directa entre Buenos Aires y Nueva York llevó a los exportadores
norteamericanos a enfrentar el dilema de aceptar la conocida travesía del Atlántico
hacia Europa y subordinarse al control de los comerciantes europeos o
aventurarse a los embarques irregulares y a las tarifas no competitivas de la
ruta Buenos Aires-Nueva York. (56)
A
este inconveniente se sumaba el de la lentitud de los barcos norteamericanos en
comparación con los europeos. (57) En 1906, los barcos de vapor provenientes de
New York tardaban 35 días para hacer el viaje hacia Buenos Aires, mientras los
de origen europeo completaban su viaje en 19 a 25 días. Por su parte, los
veleros norteamericanos, que todavía constituían el medio principal del
intercambio comercial, requerían alrededor de 90 días. Para 1910, el tiempo de
viaje para los barcos de vapor provenientes de Estados Unidos mejoró
sustancialmente, aunque mantenían la desventaja respecto de sus competidores
europeos. Mientras las primeros tardaban en promedio 26 días, los provenientes
de Europa lo hacían en sólo 15. En consecuencia, una orden de compra argentina
desde Estados Unidos podía demorar cerca de 90 días para ser concretada,
mientras los europeos lo hacían en la mitad de ese tiempo. (58)
Como
consecuencia de las demoras y la lentitud de los cargamentos de retorno, el
servicio entre Buenos Aires y Washington sufrió altas cargas, que fueron
particularmente notables en el caso del servicio de pasajeros. De hecho, un
viaje desde la Argentina hacia Estados Unidos vía Europa llegó a costar menos
que un pasaje directo entre Buenos Aires y Nueva York. Asimismo, no caben dudas
de que si los productores norteamericanos de hierro galvanizado hubieran tenido
los mismos económicos servicios navieros que sus contrapartes europeos,
aquellos habrían controlado en forma monopólica el mercado argentino. En
consecuencia, no sorprende que el cónsul general norteamericano en Buenos Aires
considerase el pobre sistema naviero como el principal obstáculo a un
incremento de las
relaciones comerciales bilaterales. (59) Evidentemente al no existir un
intercambio comercial fluido, producto de los aranceles proteccionistas, no había
aliciente para el establecimiento de un servicio de barcos de vapor directo y
regular entre ambos países. (60)
Otros
problemas que entorpecieron el intercambio comercial entre la Argentina y
Estados Unidos fueron la ineficiencia y demora del servicio de correo marítimo
norteamericano (sujeto
a demoras no menores de 90 días), la dependencia respecto del servicio de
correo europeo y los bajos fletes de los barcos europeos en comparación con los
norteamericanos. (61) Los exportadores norteamericanos tampoco pudieron hallar
una salida alternativa en los negocios por telégrafo, monopolizados por firmas
británicas en Brasil, Uruguay y la Argentina. Aunque la empresa norteamericana Centraland South American Telegraph Company logró en 1892 el acceso
directo a Buenos Aires a través de Valparaíso, la primera línea de cable atlántico
entre Estados Unidos y la Argentina no se abrió hasta 1919. (62)
La
lista de inconvenientes quedaría incompleta si se pasara por alto la escasa
inversión norteamericana en el mercado argentino durante la década de 1880
-escasa en comparación con la abrumadora presencia del capital británico y la
creciente importancia de las inversiones francesas y alemanas. Ante esta
realidad, los exportadores norteamericanos se encontraban desprotegidos frente a
los poderosos exportadores provenientes de países europeos. Si bien hubo
promotores norteamericanos individuales, éstos dependían de Europa para la
financiación de sus proyectos. (63)
Además
de no contar con un fuerte respaldo inversor, la estrategia adoptada por las
casas comerciales norteamericanas no era lo suficientemente agresiva como para
inquietar a sus colegas británicas, francesas y alemanas, con una presencia
mucho más antigua y enraizada. A diferencia de las británicas, las casas
comerciales norteamericanas no lograron establecer sucursales, o enviar
representantes. A diferencia de las alemanas, no estudiaron las necesidades de
la sociedad argentina y revelaron escaso interés en satisfacer sus gustos. Al
contrario de la mayoría de los comerciantes europeos, los norteamericanos se
negaron a otorgar crédito en términos liberales. Finalmente, la comunidad
mercantil norteamericana era pequeña (menos de 600 norteamericanos vivían en
Buenos Aires en 1887) y no logró tener la capacidad de presión e influencia en
la sociedad argentina que caracterizó a los residentes británicos, franceses,
alemanes o italianos. (64)
Un
claro testimonio de las falencias apuntadas fueron los informes del cónsul
norteamericano en Buenos Aires,
E. L. Baker, correspondientes a los años 1894-1895. Baker sostenía:
“...
La verdad es que, social y comercialmente hablando, somos gente extraña para el
pueblo de la Argentina. No hay aquí en todo el país cien ciudadanos de los
Estados Unidos; y de éstos, menos de 25 están ocupados en asuntos comerciales
con los Estados Unidos, y sólo uno ó dos en la importación de productos
manufacturados de nuestro país. Apenas si se puede decir que, en las clases
comunes de mercancías manufacturadas, haya ninguna casa de los Estados Unidos
en el Río de la Plata. El comercio de importación de los Estados Unidos está
todo en manos extranjeras -inglesas, francesas y alemanas. Bien puede inferirse
de esto que, en el curso ordinario del comercio, ninguna orden se envía á los
Estados Unidos, si iguales efectos pueden conseguirse en sus casas
corresponsales de Europa, y en iguales circunstancias, prefieren comprar á los
últimos, si les es posible, por la razón de que les es más conveniente y más
expedito. (...) Ellos (los manufactureros norteamericanos) no pueden
contentarse, como hasta aquí, en seguir esperando y admirándose de que el
comercio de la Argentina no sea dominado por ellos. Si lo desean, tendrán que
ganarlo; si lo pretenden, tendrán que hacer esfuerzos para conseguirlo. Tendrán
que buscarlo aquí, donde está. Las importaciones de la Argentina se hacen
principalmente por comerciantes ingleses, alemanes, belgas, y franceses, quienes
tienen sus establecimientos en el Río de la Plata, y quienes, estando aquí
mismo, no sólo saben la clase de efectos que el país requiere, sino también
saben donde pueden colocarse con la mayor ventaja al llegar aquí. Hasta que los
productos y manufactureros de los Estados Unidos tengan aquí en Buenos Aires,
casas de su país que los anuncien y busquen donde venderlos en los términos más
favorables, no debe esperarse que los productos de los Estados Unidos se
encuentren en situación satisfactoria. No debe esperarse que las casas
extranjeras se interesen en la venta de los efectos de los Estados Unidos en la
Argentina, excepto cuando ella no dificulte la venta de los productos de sus
propios países. Si ellos dan órdenes por efectos de los Estados Unidos, es tan
sólo en aquellas clases que no pueden conseguirse en sus propios países. (...)
Cuando tengamos aquí casas de los Estados Unidos que vendan los productos de
nuestro país, observaremos un cambio favorable en las relaciones comerciales de
ambas naciones, y no debemos esperar hasta entonces que este cambio se
realice”. (65)
Sin
embargo, cabe destacar que, frente a la actitud conservadora del capital británico,
el de origen norteamericano procuró aprovechar las escasas oportunidades que
ofreció el mercado argentino entre 1880 y 1914. Además de tener un gran interés
en los campos manufacturero y comercial, los financistas norteamericanos
hicieron una serie de intentos por desplazar la primacía europea
–particularmente, británica- en materia de préstamos al gobierno argentino.
Asimismo,
durante los años de la resolución de la crisis Baring se registraron algunos
intentos de las autoridades de Estados Unidos por atraer a la Argentina a su órbita
de influencia financiera. En marzo de 1892, el ministro norteamericano en Buenos
Aires, John R.G. Pitkin, ofreció al gobierno argentino la concesión de un préstamo
de 100 millones de pesos. Este empréstito finalmente no pudo concretarse porque
el gobierno de Washington exigía que se estableciera, mediante una legislación
especial, un banco de propiedad norteamericana. Esta exigencia norteamericana
ponía en un serio aprieto a las autoridades argentinas, que no deseaban adoptar
ningún paso que pudiera causar recelo en los banqueros europeos, en manos de
los cuales estaba la resolución de la crisis Baring. En consecuencia, el
gobierno argentino condicionó la aceptación de esta exigencia norteamericana a
que el futuro banco trabajara de acuerdo con la legislación en vigor para
las operaciones del Banco de Londres y Río de la Plata. (66)
Según
fuentes británicas, esta propuesta norteamericana iba más allá de la simple
concesión de un empréstito para desplazar el protagonismo financiero británico
en la resolución de la crisis de Baring. Revelaba también un deseo de la
administración norteamericana por desplazar al Foreign Office en términos de
influencia político-diplomática en el Cono Sur. En este sentido, las
autoridades norteamericanas procuraban consolidar el protagonismo político
insinuado en la mediación de sus embajadores en Buenos Aires y Santiago -los
Osborn- en las negociaciones que llevaron al tratado de límites
argentino-chileno de 1881. De acuerdo con esta intención, el gobierno de
Estados Unidos propuso al de la Argentina un acuerdo político que explicitaba
el compromiso de Washington de apoyar a las autoridades de Buenos Aires en
cualquier conflicto que pudiera estallar entre la Argentina y Chile, con el
objeto de “destruir la influencia británica en el Pacífico” e impedir
“toda intervención extranjera en el caso de que surjan dificultades por la
deuda externa argentina”. (67)
De
este modo, las autoridades norteamericanas procuraron desplazar la influencia
política y económica británica en la Argentina y países vecinos utilizando
un arma económica en un momento de angustia financiera. Otro indicador del
deseo del gobierno norteamericano de revertir la influencia británica en el
Cono Sur fueron los intentos, registrados entre abril y mayo de 1892, por
comprar una base naval en la Argentina o Uruguay. Esta movida norteamericana
generó resquemor en Londres, dado que la presencia naval en las costas
argentinas era una de las llaves del predominio británico.
En
particular, los miembros del Foreign Office se inquietaron con el rumor de una
alianza argentino-norteamericana, propuesta aparentemente por el almirante de
una flota naval norteamericana de visita en Buenos Aires. El titular de la
legación norteamericana en Buenos Aires intentó disipar estos rumores
aclarando al encargado de negocios británico que no había hecho otra cosa que
proponerse como árbitro en las disputas entre Estados sudamericanos. En su
informe al Foreign Office, el encargado de negocios británico Alfred Herbert
admitió dos posibilidades: o bien el Ministro de Relaciones Exteriores
argentino entendió más de lo que los norteamericanos realmente ofrecieron, o
bien el ministro norteamericano no propuso la polémica alianza, que en realidad
habría sido propuesta por el citado almirante norteamericano. (68)
Pero
los intentos de Washington por ligar un posible préstamo a la Argentina a una
eventual alianza argentino-norteamericana, fuera cual hubiere sido su real
alcance, pronto se desvanecieron. A la reticencia de las autoridades argentinas
por adoptar cualquier paso que obstaculizara sus negociaciones con los banqueros
europeos en el marco de la crisis de Baring, se sumó el problema de las tarifas
aduaneras (e.g., la ley McKinley de 1890, que colocaba derechos sobre la lana
que el gobierno argentino consideraba prohibitivos).
En
el plano de las relaciones financieras bilaterales, debe mencionarse el problema
generado con una de las dos compañías de seguros norteamericanas instaladas en
la Argentina debido a la decisión del Congreso argentino de aplicar a todas las
compañías de seguros extranjeras una serie de recargos impositivos. George B.
Williams, representante de la firma The Equitable Life Assurance Society de Nueva York, envió al
secretario de Estado James G. Blaine una carta a fines de 1890, en la cual se
quejaba de que el Congreso argentino había propuesto tarifas excesivas y a la
vez discriminatorias hacia las compañías de seguros extranjeras, dado que sus
pares argentinas no pagaban impuesto. Según la carta de Williams a Blaine, la
propuesta presentada ante el Parlamento argentino consistía en la imposición
de un derecho de licencia de $10.000 con un depósito de $100.000, un impuesto
del 7% sobre las primas, un 7% sobre dividendos o ganancias y, en ausencia de
dividendos, un 7% sobre el monto destinado al fondo de reserva. Williams sostenía
que esta medida intentaba dejar a las compañías extranjeras fuera del negocio.
(69)
Consecuentemente,
la legación norteamericana en Buenos Aires presentó dos notas de protesta al
gobierno argentino durante el mes de enero de 1891. En la segunda, el ministro
norteamericano en Buenos Aires, John R. G. Pitkin, sostenía que la disposición
contradecía el contenido del artículo 9º del tratado de julio de 1853,
firmado por los gobiernos de la Confederación Argentina y Estados Unidos, que
establecía que los ciudadanos de ambas partes contratantes no debían pagar
impuestos o contribuciones más altos que los ciudadanos nativos. (70)
Finalmente,
la compañía de seguros logró una resolución favorable: el 2 de mayo de 1891,
el gobierno argentino sacó a luz un decreto en el que declaraba que la firma The
Equitable Life Assurance Society podía continuar sus operaciones en las
mismas condiciones que las compañías de seguros argentinas, bajo la condición
de que estuvieran en la Argentina tanto su directorio como la radicación del
50% de su capital adeudado. Como el resto de las compañías extranjeras optara
por retirarse del mercado, la compañía norteamericana gozaría de menor
competencia y de una posición firme respecto de las compañías nativas. (71)
En
1909 la firma J.P. Morgan y Compañía ofreció al gobierno argentino un empréstito
de 50.000.000 de dólares, aprovechando la negativa de los financistas y del
gobierno francés a conceder un préstamo pedido por las autoridades de Buenos
Aires para financiar obras públicas. (72) La oferta de la casa financiera
norteamericana le permitió al gobierno argentino atraer intereses financieros
europeos y obtener un empréstito interno de 48.235.000 dólares de los
banqueros de Londres, París, Berlín y Nueva York. El consorcio de J.P. Morgan,
the First National Bank y the National
City Bank compraron un valor de 9.647.000 dólares. De acuerdo con los
informes del encargado de negocios norteamericano Robert W. Bliss en 1913, J.P.
Morgan estaba aparentemente comprando bonos argentinos de la Baring Brothers de
Londres. (73)
También
un grupo de banqueros particulares norteamericanos intentó financiar los
armamentos navales argentinos, entonces bajo construcción en Estados Unidos,
pero chocó con la negativa del gobierno argentino. A pesar de las reservas de
las autoridades de Buenos Aires, los financistas norteamericanos no se limitaron
a ofrecer préstamos: según una estimación, entre 1900 y 1913 se fundaron 34
corporaciones en las que fue invertido capital norteamericano, y cuyos rubros
fueron variados, como manufacturas de metal, empresas de electricidad y
operaciones de hacienda. (74) En 1907, por ejemplo, los norteamericanos
recibieron concesiones para instalar plantas de energía eléctrica en Córdoba
y Tucumán. Incluso los hombres de negocios argentinos y norteamericanos
combinaron sus fuerzas en un malogrado esfuerzo por explotar los depósitos de
oro en la costa de Tierra del Fuego. (75)
A
pesar de los mencionados intentos protagonizados por financistas y empresarios
norteamericanos, lo cierto es que hasta 1914, la presencia financiera
norteamericana en el mercado argentino no tuvo la relevancia suficiente como
para competir con la británica. Poco dinero norteamericano fue a parar a los títulos
públicos argentinos durante la década de 1880, y hasta después de 1900 ni los
bonos ni las industrias instaladas en la Argentina atrajeron mucho capital
norteamericano. El hecho estaba vinculado a la vigencia de una ley
norteamericana que prohibía el establecimiento de sucursales bancarias en el
exterior. Esta situación sufrió un vuelco clave en noviembre de 1914, cuando,
utilizando la Ley de Reserva Federal de 1913, el National City Bank of New York
estableció la primera sucursal de un banco norteamericano en Buenos Aires. (76)
Un
factor que indudablemente alivió los obstáculos presentes en los vínculos
comerciales entre Buenos Aires y Washington hacia 1913 fue la aprobación de la
Ley de Reserva Federal (Federal Reserve
Act), que reforzó la posición competitiva de Estados Unidos en el mercado
argentino. Antes de la sanción de esta ley, los exportadores norteamericanos
estaban obligados a recurrir a los bancos extranjeros para obtener la mayor
parte de su información sobre créditos de ultramar. Además, pocos bancos
estatales norteamericanos tuvieron antes de 1913 autorización para establecer
sucursales de ultramar, y ninguno lo había hecho en la Argentina. Incluso, los
bancos tenían prohibido por decisión judicial aceptar giros o letras de cambio
provenientes de transacciones comerciales.
Este inconveniente obligó a las casas comerciales
norteamericanas a relacionarse con bancos extranjeros para realizar las
transacciones, dándole a otras naciones la oportunidad de adquirir información
acerca de los negocios norteamericanos. Los hombres de negocios norteamericanos
llegaron a pagar en 1913 un promedio de ¼ del 1% a los bancos británicos por
utilizar letras de cambio de Londres. Pero una vez que estas letras de cambio
arribaban a Londres, los exportadores argentinos tendían a gastar sus fondos más
en Gran Bretaña que en Estados Unidos. La ley de Reserva Federal alteró
radicalmente esta situación. Autorizó a los bancos norteamericanos a
establecer sucursales en el exterior. Los bancos podrían aceptar letras de
cambio o giros provenientes del comercio exterior y la Reserva Federal podría
hacer redescuentos de esos mismos papeles. Esta flexibilización permitió el
incremento del monto de capital financiero norteamericano disponible para préstamos
en la Argentina. (77)
El
National City Bank of New York fue el
primero en utilizar las ventajas de la nueva legislación. El banco comenzó a
estudiar la situación bancaria argentina en 1908 y, estimulado por el ministro
Sherrill y el Departamento de Estado, logró un completo conocimiento del
mercado argentino hacia 1913. Tan pronto como fue aprobada la ley de Reserva
Federal, el banco anunció que su primera sucursal de ultramar sería abierta en
Buenos Aires al año siguiente.
En
consonancia con estos desarrollos y, contrastando con la escasa presencia
inversora y comercial de Estados Unidos en la Argentina en las décadas de 1880
y 1890, en el período 1900-1914 se registró un importante avance de las
inversiones norteamericanas. Si bien éstas no fueron aún tan importantes como
las británicas en cuanto a volumen, tuvieron un comportamiento más
diversificado. Las firmas norteamericanas instaladas en el mercado argentino
cubrieron un amplio espectro de actividades, desde frigoríficos (Swift, Armour,
Frigorífico Wilson), bancos (el National City Bank of New York, autorizado para radicarse en la
Argentina en 1914) o la construcción de cables submarinos (caso de la firma All
American Cables, autorizada en 1900), pasando por la fabricación de
maquinarias agrícolas (como la I.I. Case de Wisconsin, autorizada en 1902) y de
oficinas (la Remington Tapewriter de Nueva York, la National Cash Register de Ohio, autorizadas en 1911 y 1913,
respectivamente), de medios de transporte (Pullman
Standard Car Export Co. y Middletown
Car Co., ambas firmas de Pittsburgh y ambas autorizadas en 1913), de
productos químicos y farmacéuticos (Droguería americana, autorizada en 1909),
hasta la explotación de petróleo (Vacuum
Oil Co. y West India Oil, ambas de
Nueva York, autorizadas a instalarse en la Argentina en 1909 y 1911,
respectivamente). (78)
No
obstante, el intento por ingresar a los ferrocarriles de propiedad británica
fue indudablemente el más ambicioso de los proyectos de inversión del capital
norteamericano, dada la tradicional primacía del capital inglés en este rubro.
En 1912, un grupo de financistas norteamericanos fundó la firma the Argentine
Railway Corporation en Maine. La corporación negoció el control de cuatro
ferrocarriles menores y obtuvo la concesión para construir una línea adicional
de 25 millas. Obtuvo su éxito mayor en enero de 1913, cuando logró el control
sobre las operaciones del Ferrocarril Central Córdoba, una de las cinco grandes
compañías británicas. Sin embargo, dicha corporación ferroviaria
norteamericana entró en quiebra cuando no pudo obtener los fondos suficientes
para cubrir sus obligaciones con los propietarios de varios ferrocarriles. (79)
Sin
duda, las inversiones norteamericanas en la industria frigorífica fueron la
primera inversión importante de Estados Unidos en el mercado argentino en los
primeros años del siglo XX. La firma norteamericana Swift
and Company ingresó en el mercado argentino y compró en 1907 el control
del frigorífico La Plata Cold Storage Company en Berisso, de capital británico.
Esta fue la primera inversión norteamericana en este rubro. La
Plata Cold Storage pasó a ser Swift
and Co. La Plata. (80) En 1909, en un segundo paso, la
National Packing Company, una combinación de las firmas norteamericanas
Swift, Morris y Armour, compró La Blanca en Avellaneda, de capitales
argentinos, pagando un tentador precio de 144 pesos por acciones que valían 77.
(81)
La
clave de la fuerza de los capitales norteamericanos radicó en su enorme poder
financiero, capaz de hacer frente tanto a la débil presencia argentina como al
entonces hegemónico capital británico. Los norteamericanos demostraron un
enorme interés en invertir en este sector en la primera década del siglo XX, y
esta tendencia estuvo probablemente vinculada a la escasez de ganado en Estados
Unidos. Hacia 1910, los frigoríficos norteamericanos con sede en Chicago
estaban embarcando más de la mitad de la carne enfriada que se exportaba desde
la Argentina. En 1914, los grupos frigoríficos norteamericanos, liderados por
las empresas Armour y Swift, controlaban entre la mitad y las dos terceras
partes de la producción frigorífica en la Argentina. (82)
Por
su parte, alarmados por el avance norteamericano en la industria frigorífica,
los intereses británicos utilizaron todo tipo de recursos para frenarlo.
Exhortaron a los estancieros argentinos a establecer plantas cooperativas con
las británicas para prevenir los gigantescos monopolios norteamericanos. Pero
la mayoría de los ganaderos argentinos frustraron las expectativas británicas,
sosteniendo que la competencia entre las compañías frigoríficas inglesas y
norteamericanas era beneficiosa para el productor, al elevar los precios del
ganado en Buenos Aires a niveles hasta entonces desconocidos. Aun durante la
intensa matanza de ganado provocada por los años de sequía entre 1909 y 1912,
el precio de aquél se había mantenido excepcionalmente alto, estimulado por la
creciente competencia entre los frigoríficos británicos y los norteamericanos.
Mientras los precios del ganado se mantuvieran altos, los estancieros verían
con optimismo dicha competencia anglonorteamericana, y no tomarían partido en
ella, desairando los pedidos de auxilio de los frigoríficos británicos. (83)
El
gobierno argentino adoptó idéntica actitud ante los pedidos de intervención
de los frigoríficos británicos contra sus competidores norteamericanos. El
Ministro de Agricultura de Roque Sáenz Peña, ganadero él mismo, manifestó
que su departamento no tomaría ninguna acción contra los frigoríficos
norteamericanos, “salvo que se descubriera propósito de trust”.
(84) También señaló que “la acción de los frigoríficos norteamericanos,
lejos de perjudicar los intereses de nuestra industria ganadera, los ha
favorecido, desde que ha provocado una gran valorización en el precio de
nuestras vacas y novillos; valorización que, desde un punto de vista general,
es también benéfica a los intereses del país...”. (85)
La competencia entre las firmas frigoríficas británicas y
norteamericanas elevó los precios del ganado, desatando la “primera guerra de
las carnes”. Cuando los frigoríficos no pudieron soportar por más tiempo las
pérdidas económicas que generaba la suba del precio de la carne, formaron un pool
en noviembre de 1911 para acordar cuotas de los envíos totales. De acuerdo con
este convenio entre las firmas, los frigoríficos norteamericanos recibieron
41,35%, los británicos 40,15% y los argentinos 18,5%. (86) El primer pool
se disolvió a los dos años, en abril de 1913,
porque Armour se expandió y pretendió una participación mayor en el
mercado británico (un incremento del 50% como condición para mantenerse en el pool, exigencia que los frigoríficos británicos no aceptaron).
(87) Se desató así la “segunda guerra de las carnes”, que culminó en
junio de 1914, cuando los frigoríficos competidores acordaron un segundo pool en el cual las firmas norteamericanas incrementaron su
participación en las exportaciones, obteniendo 58,5%. Las firmas británicas y
argentinas redujeron la suya a 29,64% y 11,86% respectivamente. (88)
En
cuanto a las inversiones en el sector petrolero, cabe aclarar que entre 1900 y
1914 el petróleo resultaba aún un producto novedoso para los consumidores
argentinos y, por lo tanto, proporcionaba menos del 5 % del total de la energía
consumida en el país en vísperas de la Primera Guerra. En este contexto
caracterizado por la casi ausencia de la producción interna de petróleo, eran
las compañías de propiedad extranjera las que importaban los productos
derivados del mismo. La más importante de ellas fue la firma West
India Oil Company (WICO). Subsidiaria de la Standard
Oil de Nueva Yersey, la WICO, gran importadora de combustible, ingresó en
el negocio de la refinación en la Argentina en 1911 al conseguir el control de
una firma argentina, la Compañía Nacional de Petróleos Limitada (CNP). (89)
En 1917 la WICO llegó a proporcionar el 95% de las necesidades argentinas de
kerosene y el 80% de las de gasolina. Este factor, sumado a sus grandes
ganancias -del 21,2% sobre el capital invertido entre 1912 y 1915- hicieron de
la Standard Oil el blanco favorito de
los ataques del ingeniero Luis A. Huergo. Si bien la Standard Oil no comenzó a comprar abiertamente tierras petrolíferas
en la Argentina hasta 1920, Huergo estaba convencido de que los agentes de la
gigantesca corporación norteamericana intentaban someter a su control las
mejores reservas petrolíferas. La presión ejercida por Huergo en contra de la
política de concesiones petroleras del gobierno de Sáenz Peña ciertamente
influyó en el ánimo del Presidente, quien en mayo de 1913 emitió un decreto
que declaró nulas y vacantes todas las concesiones no puestas en actividad y
amplió la reserva estatal, unas 160.000 hectáreas en el territorio de Chubut.
(90)
Por
otra parte, el capital norteamericano también hizo su aporte en el rubro de
armamentos y transporte marítimo. Entre la celebración de la Tercera
Conferencia Internacional de Estados Americanos en Río de Janeiro (1906) y la
Cuarta Conferencia en Buenos Aires (1910), la competencia armamentista naval
desatada entre los gobiernos de la Argentina y Brasil, impulsada por sus
respectivos cancilleres, Estanislao Zeballos y el Barón de Río Branco, hacía
peligrar el espejismo de unidad panamericana que había surgido en la reunión
de Río. En estos años de carrera armamentista argentino-brasileña, los
fabricantes de armas norteamericanos procuraron asegurarse un lugar en las
compras argentinas de armas y barcos, aunque este esfuerzo implicara la
competencia con empresas y astilleros de diversas naciones europeas.
Sus
reclamos fueron escuchados recién con el reemplazo de Theodore Roosevelt y
Elihu Root por el Presidente William Taft (1909-1913) y su Secretario de Estado
Knox. La nueva administración norteamericana inauguró la “diplomacia de los
acorazados”, una política complementaria de la “diplomacia del dólar” y
congruente con los intereses de los fabricantes norteamericanos de armas y
barcos de guerra de ganar un espacio en el mercado argentino. Así, durante los
años 1909 y 1910 tuvo lugar un importante juego diplomático encabezado por el
presidente Taft, el Departamento de Estado y el ministro norteamericano en la
Argentina, Charles Sherrill, tendiente a lograr la firma de un contrato con
compañías norteamericanas para adquirir dos grandes barcos de guerra y más de
un millón de dólares en armamentos. Sherrill tenía el visto bueno de Taft
para tratar de persuadir a las autoridades argentinas recordándoles la
existencia de un empréstito de 10.000.000 de dólares, recientemente lanzado en
Estados Unidos. Incluso, en un momento crítico de las negociaciones, el
gobierno norteamericano levantó los derechos a los cueros argentinos. (91)
Por
cierto, la tarea de Sherrill no fue nada sencilla.
Aunque obtuvo el visto bueno del Canciller y del Presidente Figueroa
Alcorta, el Ministro de Marina argentino, evidenciando una clara y tradicional
preferencia por sellar contratos con empresas británicas, se opuso a la compra
de armas y barcos de guerra a las firmas estadounidenses. La oposición del
Ministro de Marina surgió como reacción a la tentativa del ministro
norteamericano en Buenos Aires de utilizar en su favor la ruptura de relaciones
entre la Argentina y Bolivia para concretar el convenio de armamentos con las
empresas norteamericanas. Por iniciativa propia, Sherrill sugirió que la
Argentina, en vista de las tensas relaciones con todos sus vecinos, debía
cultivar la amistad de Estados Unidos. Ante la reticencia del Ministro de Marina
a esta maniobra diplomática y la inminencia de la celebración en Buenos Aires
de la Conferencia Panamericana de 1910, el Presidente Taft optó por dejar en
suspenso esta cuestión, a pesar de la presión ejercida por los fabricantes
norteamericanos de armas y barcos de guerra. (92)
Las
autoridades de Washington temían que Bolivia no fuera invitada a la Conferencia
por el gobierno argentino, debido a la ruptura de las relaciones diplomáticas.
De acuerdo con esta percepción, el Departamento de Estado ordenó a Sherrill la
misión de asegurar la invitación de Bolivia a la Conferencia, prescindiendo de
toda consideración de los contratos navales. Incluso el Departamento de Estado
lo instruyó respecto de obtener una prórroga en el plazo de presentación de
la oferta de las empresas norteamericanas hasta fines de noviembre de 1909.
Sherrill objetó la última instrucción, argumentando que el gobierno argentino
ya estaba casi prácticamente decidido por la alternativa de comprar los
armamentos y barcos de guerra a las firmas norteamericanas, y que éstas ya
estaban preparadas para presentar a las autoridades argentinas los diseños de
los barcos. No obstante, el Departamento de Estado rechazó revocar su orden.
De
esta manera, el ministro Sherrill se expuso a recibir el rechazo del Ministro de
Relaciones Exteriores argentino, quien sostuvo que la Argentina había sido
frecuentemente criticada por su demora y por lo tanto no podía otorgar prórrogas.
Esta dificultad, añadida a la cuestión de Bolivia, disminuyó seriamente la
influencia del ministro Sherrill y atentó contra sus posibilidades de éxito.
(93) El gobierno argentino también tenía en cuenta en esos momentos que un
arreglo con las compañías norteamericanas podía anular los progresos
alcanzados en la relación con Chile -cuyo gobierno había sido protagonista de
una controversia diplomática con Washington-y los cuales eran funcionales a las
autoridades argentinas para compensar la hostilidad brasileña. (94)
No
obstante, tras siete meses de acción constante, los esfuerzos de Sherrill en
Buenos Aires dieron sus frutos. El 21 de enero de 1910, el gabinete argentino
otorgó un contrato de 23.000.000 de dólares a la firma norteamericana Fore
River Company para construir los barcos, con permiso para construir uno en
el depósito de la firma New York
Shipbuilding Company. Por su parte, la empresa Bethlehem
Steel Corporation recibió una orden adicional de artillería, por un valor
de 1.000.000 de dólares, para usar en barcos torpederos entonces en construcción
en Europa. (95) El factor determinante para que la negociación con el gobierno
argentino se destrabara parece haber sido la eliminación de los derechos
aduaneros sobre los cueros argentinos en los Estados Unidos. (96)
NOTAS
Anexo XXVI, Legación en los Estados Unidos de América, Legación de la República Argentina, M. García Mérou a Amancio Alcorta, ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Washington, octubre 10 de 1896, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1898, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma é hijo, 1898, p. 280.
Las exportaciones argentinas de trigo alcanzaron en ese año un volumen de 3.075.000 toneladas, casi el doble de las norteamericanas, que fueron de 1.625.000 toneladas. Vicente Vázquez Presedo, Estadísticas históricas argentinas (comparadas), primera parte 1875-1914, Buenos Aires, Macchi, 1971, Cuadro IV. 14, p. 84.
James Ferrer Jr., United States-Argentine Economic Relations, 1900-1930, Ph.D. dissertation, Berkeley, University of California, 1964, pp. 25-26.
Dana Royden Sweet, A History of United States-Argentine Commercial Relations, 1918-1933: A Study of Competitive Farm Economies, Ph.D. dissertation, Syracuse University, 1972, p. 11.
Ver exportaciones de extracto de quebracho en Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1896, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1897, pp. 177 y 201; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1900, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1901, pp. 224 y 299; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1913, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1914, pp. 462 y 710.
Ernesto Bosch, Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, a Rómulo S. Naón, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la República Argentina en los Estados Unidos, Buenos Aires, Febrero 21 de 1913, cit. en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1913-1914, Buenos Aires, Talleres Gráficos de Selin Suárez, 1915, Anexo R, Comercio, p. 443.
J. Ferrer Jr., op. cit., p. 52.
Ibid., p. 67.
Ibid., p. 19.
D.R. Sweet, op. cit., p. 19.
Mientras las importaciones norteamericanas de alambre de hierro galvanizado pasaron de 8.044.519 kilogramos, con un valor de 541.450 pesos oro en 1900 a 16.437.633 kilogramos, con un valor de 885.529 pesos oro en 1913, la variedad británica se incrementó, para los mismos años, de 2.451.506 kilogramos (valuados en 154.622 pesos oro) a 7.023.083 (con un valor de 413.097 pesos oro). Por su parte, mientras la variedad británica de máquinas de coser alcanzaba para 1900 una cantidad de 7391 unidades, la norteamericana llegó a 13.669 unidades. En 1913, la Argentina importó 20.538 máquinas de coser británicas y 59.329 norteamericanas. La brecha en términos de valor también fue evidente. Mientras las máquinas de coser británicas alcanzaron un valor de 87.562 pesos oro en 1900, el monto de las norteamericanas fue de 163.044 pesos oro. En 1913, las primeras saltaron a 235.982 pesos oro, mientras las segundas llegaron a 725.982 pesos oro. Anuario...1900, op. cit., pp. 134, 148-149, 296-297, 331-332; y Anuario...1913, op. cit., pp. 271-272, 296-297, 684 y 686, 698-699 y 702-703.
Anuario...1900, op. cit., pp. 148-149, 296, 332; y Anuario...1913, op. cit., pp. 296-297, 686, y 702-703.
J. Ferrer Jr., op. cit., p. 48, y D.R. Sweet, op. cit., p. 11.
Anuario...1900, op. cit., tomo I, p. 296; y Anuario...1913, op. cit., pp. 343 y 345.
Estados Unidos dependía del suministro externo de lana, pues la producción interna no alcanzaba para cubrir la demanda norteamericana. No obstante este factor que aparentemente abría inmejorables oportunidades para las expectativas exportadoras argentinas, el lobby lanero en el Congreso norteamericano, integrado por criadores de ovinos y fabricantes de lana, tuvo un rol muy activo en la adopción de medidas proteccionistas en materia comercial. Pero la capacidad de presión de estos sectores dependía de las prioridades y condicionamientos del gobierno de turno. Así, durante la Guerra Civil norteamericana, los productores laneros no pudieron frenar el importante crecimiento de las importaciones de lana provenientes de la Argentina, provocada por la escasez de algodón. De este modo, los exportadores argentinos habían logrado tomar ventaja de la creciente demanda de uniformes de lana para el Ejército de la Unión. Pero, en 1867, con el fin de la Guerra Civil, el lobby lanero logró obtener del Congreso norteamericano la sanción de una tarifa protectora que implicó una virtual exclusión de las exportaciones de lana cruda argentina a Estados Unidos. Esta pérdida, coincidente con una caída de los precios de la lana atribuida a una oferta excesiva de este producto a nivel mundial, deprimió la industria argentina. Ver al respecto D.R. Sweet, op. cit., pp. 6-7; David Rock, Argentina 1516-1987. Desde la colonización española hasta Alfonsín, Buenos Aires, Alianza, 1989, p. 185, y Harold Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, 2 vols., Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, vol. I, pp. 267-268.
En
la nota que el ministro argentino en Estados Unidos, Luis L. Domínguez,
envió al secretario de Estado Thomas F. Bayard en agosto de 1885, Domínguez
mencionaba claramente el impacto negativo de los
aranceles sobre la lana en el intercambio comercial entre la
Argentina y Estados Unidos:
“Sírvase
V.E. observar que en ninguna parte del mundo convendría más a los
fabricantes americanos comprar esta materia prima (la lana) que en la República
Argentina, porque siendo el término medio del precio de las lanas en este
país de 35 centavos por libra, en Buenos Aires podrían comprarla por la
mitad ¿Por qué no lo hacen? No puede ser sino porque la tarifa americana
impone sobre nuestras lanas derechos tan fuertes que aumentan su precio á
punto de no poder competir con las que vienen de otros países más
cercanos, de donde son transportadas á éste con menor recargo de gastos.
Por consiguiente, si en los Estados Unidos se suprimieran ó rebajaran los
derechos de importación sobre las lanas argentinas, el comercio exterior
aumentaría, porque tendríamos con qué pagar las producciones americanas
que recibiéramos en cambio.
Es inútil buscar medios de acrecentar el comercio entre dos países, si no
se remueven los obstáculos que el gobierno les opone por medio del
impuesto. Nosotros recibimos las maderas, los materiales para ferrocarriles,
las maquinarias para la agricultura y otros productos americanos, libres de
derechos de importación, o con impuestos muy moderados, y en este país se
recarga el más importante de los nuestros con un impuesto de importación
que lo excluye de este mercado. Inglaterra, Francia, Alemania, tienen con el
Río de la Plata un comercio mucho más considerable que los Estados Unidos,
por la sencilla razón de que, recibiendo libremente nuestros productos,
tenemos con que pagarles las manufacturas suyas que necesitamos para nuestro
consumo. Del mismo modo, nuestras comunicaciones marítimas, son
incomparablemente mayores con la Europa que con esta parte de América,
porque á Europa mandamos de 82 á 85 por ciento de nuestros productos
exportables, mientras que á los Estados Unidos no nos es posible mandar
sino el 5 por ciento de lo que exportamos.
Creo que es un error suponer que este estado de cosas cambiaría solamente
con acordar subvenciones á las compañías de navegación á vapor. No son
barcos que hagan el comercio entre los dos países lo que nos falta. Lo que
falta son productos que puedan cambiarse, y me parece indudable que los habrá,
si la tarifa no aumenta artificialmente sus precios (...)”.
Texto
de la nota del ministro argentino Luis L. Domínguez al secretario de Estado
norteamericano Thomas F. Bayard, New London, Connecticut, agosto 15 de 1885,
citada en Anexo XXVI, Legación en los Estados Unidos de América, Legación
de la República Argentina, M. García Mérou a Amancio Alcorta, ministro de
Relaciones Exteriores de la República Argentina, Washington, octubre 10 de
1896, República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898,
op. cit., pp. 279-280. Ver también D.R. Sweet, op. cit., p.
7, y H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 268, cuyas fuentes son Domínguez
a Frelinghuysen, 29 de setiembre de 1883, y a Bayard, 15 de agosto de 1885,
National Archives, Department of State, Notes from Argentine Legation, II,
III, impreso en Memoria, 1897, pp. 277-280; y Martín García
Merou, Estudios americanos, Buenos Aires, 1900, pp. 401-405.
Ver palabras de Bayless W. Hanna, titular de la legación norteamericana en Buenos Aires, en Foreign Relations of United States (FRUS), 1888, Volume I, Correspondence. Argentine Republic, Nº 1, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 93, Legation of the United States, Buenos Ayres, November 19, 1887, p. 2. Por su parte, en FRUS, 1887, Correspondence. Argentine Republic, Nº 9, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Nº 74, Legation of the United States, Buenos Aires, February 23, 1887, pp. 10-11, Bayless W. Hanna menciona a Bayard además del problema de las tarifas sobre la lana argentina, otras importantes dificultades del comercio bilateral, entre ellas la enorme demanda europea (y especialmente británica) de los productos argentinos, los derechos aduaneros norteamericanos sobre los cueros y la lana argentinos y la ausencia de una línea de navegación fluida entre Buenos Aires y Nueva York.
Para consultar declaraciones de George F. Brown, importador de Nueva York, acerca de la tarifa norteamericana sobre la lana argentina, ver FRUS, 1888, Volume I, Correspondence. Argentine Republic, Nº 1, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 93, op. cit., pp. 1-2.
Legación de los Estados Unidos, septiembre 17 de 1891, Estados Unidos. Negociaciones comerciales, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional, octubre de 1891 a agosto de 1892, Buenos Aires, Empresa “La Nueva Universidad”, 1892, p. 367. Ver también H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 269.
El pino blanco importado de Estados Unidos pagaba un derecho de importación de 10% el metro cuadrado en el caso del pino sin labrar, y de 25% en el caso del labrado y demás clases de pino. Ante la exclusión de las lanas argentinas de la cláusula de reciprocidad contemplada por la ley McKinley y la posibilidad de que fuera reimplantado algún derecho sobre los cueros, el ministro argentino en Estados Unidos, Vicente G. Quesada, amenazó: “(...) En mi país el pino blanco paga pocos derechos, y si ustedes impusieran derechos diferenciales sobre los cueros, quizá el Gobierno se vería obligado á imponerlos sobre el pino blanco, que recibimos también del Canadá y Norte de Europa (...)”. Ver Legación en Estados Unidos. Reciprocidad comercial, Informe del ministro argentino en Estados Unidos, Vicente G. Quesada al Ministerio de Relaciones Exteriores, cit. en Legación Argentina, Washington, Febrero 12 de 1891, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1891, Buenos Aires, Imprenta de Juan A. Alsina, 1891, pp. 210-211 y 213.
Legación en Estados Unidos. Reciprocidad comercial. Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, abril 22 de 1891, Eduardo Costa al ministro de hacienda Vicente López, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria... 1891, op. cit., pp. 215-216.
Nota del Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, Diciembre 24 de 1891, dirigida al ministro norteamericano en Buenos Aires, J.R. G. Pitkin; y Nota del ministro norteamericano en Buenos Aires, J.R.G. Pitkin, al canciller Zeballos, Buenos Aires, Mayo 30 de 1892, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1891-1892, op. cit., pp. 400-404 y 431-432.
H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 270.
Pitkin a John W. Foster, secretario de Estado, 11 de julio de 1892 y adjuntos, National Archives, Department of State, Desp. Arg., XXX, fuente citada por H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 271.
Ver, respecto del tema de las tarifas sobre los navíos norteamericanos, la siguiente correspondencia citada en FRUS, 1891: Correspondence. Argentine Republic. Mr. Blaine to Mr. Pitkin, Nº 96, Department of State, Washington, February 13, 1891, p. 4; Inclosure in Nº 96, Mr. Smith to the Bureau of American Republics, The National Board of Marine Underwriters, 25 William Street, New York, February 3, 1891, p. 4; Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 129, Legation of the United States, Buenos Ayres, May 27, 1891, pp. 10-11; Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 141, Legation of the United States, Buenos Ayres, July 7, 1891, p. 12; Inclosure in Nº 141 (Translation), The Minister of Foreign Affairs to Mr. Pitkin, Argentine Republic, Ministry of Foreign Affairs, Ministry of Hacienda, Buenos Ayres, June 25, 1891, pp. 12-13.
Anexo XXXIII, Consulado General en los Estados Unidos, Informe anual, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1895, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma, 1895, p. 286. Los efectos positivos de las mutuas exenciones tarifarias (la del Congreso argentino a fines de 1893 declarando libres de tarifas al petróleo crudo y refinado, los aceites lubricantes y la madera provenientes de Estados Unidos, y la del gobierno norteamericano colocando la lana y otros productos agrícolas en una lista libre de arancel en 1894) pueden rastrearse en FRUS, 1894, Correspondence. Argentine Republic. Proposed Tariff Legislation. Señor Zeballos to Mr. Gresham, Argentine Legation, Washington, January 30, 1894, pp.3-4 y Mr. Uhl to Señor Zeballos, Department of State, Washington, February 3, 1894, p. 4; Mr. Buchanan to Mr. Gresham, Nº 28, Legation of the United States, Buenos Ayres, June 20, 1894, pp. 4-5; Señor Zeballos to Mr. Gresham (Translation), Argentine Legation, Washington, July 30, 1894, pp. 5-6; Inclosure-Telegram, Señor Costa to Señor Zeballos, Buenos Ayres, June 18, 1894, p. 6; y Mr. Adee to Mr. Buchanan, Nº 23, Department of State, Washington, August 9, 1894, p. 6. Ver también J. Ferrer Jr., op. cit., p. 18.
Anexo XXX, Informe anual del Consulado General de la República en los Estados Unidos de América, Consulado General de la República Argentina, Nueva York, febrero 28 de 1900, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional en 1900, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1900, p. 216.
Los valores de las exportaciones de lana sucia crecieron de forma acorde al incremento de sus volúmenes: de 906.227 a 1.076.906 pesos oro entre 1893 y 1894, pasaron a 1.821.719 pesos oro en 1895. En 1896 alcanzaron un valor levemente menor que el año anterior, pero que era el doble del registrado en 1893. Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente á 1894, Buenos Aires, Compañía Sud- Americana de Billetes de Banco, 1895, pp. 141 y 180; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1895, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1896, pp. 152 y 195; y Anuario...1896, op. cit., tomo I, pp. 157 y 201.
Ver tarifas de los tres tipos de lana (Merino, cruza Lincoln y criolla) en Anexo XXIX, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual correspondiente al año de 1897, presentado al ministro de relaciones exteriores por el cónsul general argentino, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898, op. cit., pp. 226-227. Ver también Anexo XXIII, Consulado General en los Estados Unidos de América, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional en 1899, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1899, p. 298 y 313-314.
Anexo XXIX, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual...1897, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898, op. cit., p. 233. Ver también Anexo VIII, Informes consulares anuales, A, Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, Febrero 14 de 1903, IX: Lanas, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1902-1903, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1904, p. 297.
Anexo XXIII, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual del Consulado argentino en los Estados Unidos correspondiente a 1898, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1899, op. cit., p. 298.
La exportación de lana sucia cayó de 17.740 toneladas en 1897 a 5333 toneladas al año siguiente. Su valor descendió de 3.288.938 pesos oro en 1897 a 1.062.382 en 1898. Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1897, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1898, pp. 153 y 211; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1898, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1899, pp. 166 y 224; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1899, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1900, pp. 195 y 287; y Anuario...1900, op. cit., tomo I, pp. 200 y 298.
Según el informe del Consulado argentino, este tipo de lanas se incrementó de una cantidad de 1.215.947 libras en 1898 a 5.284.572 en 1899; 9.775.006 en 1900; 13.538.099 libras en 1901 y 17.118.416 libras en 1902. Ver Anexo VIII, Informes consulares anuales, A; Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, Febrero 14 de 1903, IX: Lanas, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., pp. 295-298.
La evolución de las exportaciones de cueros vacunos secos argentinos hacia Estados Unidos en términos de valor fue la siguiente: de 2.939.360 pesos oro en 1896, saltaron a 3.759.333 pesos oro en 1897, para caer a 3.195.664 pesos oro en 1898. Tras recuperarse levemente en 1899, alcanzando un valor de 4.136.997 pesos oro, volvieron a caer en 1900, registrando una cifra de 3.648.617 pesos oro. Anuario...1897, op. cit., tomo I, pp. 152 y 211; Anuario...1898, op. cit., tomo I, pp. 165 y 224; Anuario...1899, op. cit., tomo I, pp. 194 y 286; y Anuario...1900, op. cit., tomo I, pp. 199 y 298.
Anuario...1899, op. cit., pp. 194 y 286; Anuario...1900, op. cit., pp. 199 y 298.
Para exportaciones de cueros lanares sucios ver Anuario...1897, op. cit., pp. 151 y 211; Anuario...1898, op. cit., pp. 164 y 224; Anuario...1899, op. cit., pp. 193 y 286; y Anuario...1900, op. cit., p. 198 y 298.
Anexo
XII, Memoria de la Legación, Legación de la República Argentina,
Washington D.C., abril 21 de 1897, República Argentina, Ministerio de
Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores
presentada al Honorable Congreso Nacional en 1897, Buenos Aires, Taller
Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1897, pp. 111-113. García Merou
decía en su informe:
“Sin
exagerar los peligros que amenazan a nuestro comercio con este país por
medio de la elevación de derechos de la nueva tarifa, insisto en mi opinión
antes manifestada a V.E. de que ella es agresiva e injusta en lo que se
refiere a nosotros. Hemos dado al comercio importador americano, todas las
facilidades compatibles con nuestro sistema fiscal. Somos hoy el más fuerte
comprador de las máquinas agrícolas de este país. Los derechos sobre el
pino de diferentes clases fueron reformados en tal forma, á pedido del
ministro americano en Buenos Aires (...). Empezábamos a notar un progreso
evidente en las transacciones recíprocas de ambos pueblos y nuestro
intercambio se equilibraba casi (...) Es en estos momentos en que,
bruscamente, se proyecta una tarifa exagerada que grava fuertemente uno de
nuestros más importantes artículos de exportación. (...) Los Estados
Unidos (...) excluyendo los cereales, pueden introducir á la República
Argentina la mayor parte de sus más ricos productos naturales (carbón,
kerosene ó naphta cruda, madera, etc.,) y casi la totalidad de sus
productos industriales o manufacturados (géneros de lana y algodón,
tejidos de hilo y seda, máquinas, armas, instrumentos, herramientas, artículos
de hierro y acero; ferretería, etc., etc.,) que nosotros recibimos de todas
partes del mundo. ¿Qué podemos nosotros, bajo las provisiones de la nueva
ley, y suponiendo que ella sea aceptada sin modificación por las cámaras,
enviar á este país? (...)”. Ibid., pp. 112-113.
Anexo VII, Memorias de las Legaciones argentinas, F. Estados Unidos, Legación Argentina en Norte América, Washington, D.C., mayo 23 de 1903, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., pp. 183-184.
Anexo VIII, Informes consulares anuales, A, Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, febrero 14 de 1903, XI: Cueros, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., p. 299.
Cabe aclarar que la tarifa de 1898 no se limitó a una medida de represalia por la sanción de la Ley Dingley en 1897. Respondió también a importantes condicionantes internos. La crisis de 1890 y, particularmente, la devaluación del peso, había encarecido notoriamente las importaciones, estimulando la producción industrial local. La gradual apreciación del peso después de 1894 no logró revertir esta expansión. Finalmente, las tarifas de 1898 otorgaron la suficiente protección a los intereses industriales locales como para compensar la apreciación de la moneda argentina. La presencia de una alta barrera tarifaria era una condición necesaria para las ventas de los productos industriales argentinos -vino, azúcar, calzado y textiles-, que eran básicamente no competitivos. No obstante la tarifa de 1898, los argentinos se vieron obligados a importar muchos rubros que la industria local podía haber fabricado. Ver J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 12-13 y 18.
Ver respecto de la cuestión de la madera norteamericana FRUS, 1897, Correspondence. Argentine Republic. Discrimination against American Lumber, Mr. Olney to Mr. Buchanan, Nº 187, Department of State, Washington, December 31, 1896, p. 1; y Mr. Buchanan to Mr. Olney, Nº 304, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 1, 1897, pp. 1-2. Respecto de la cuestión del aceite de semilla de algodón consultar FRUS, 1897, Correspondence. Argentine Republic. Discriminating Duty on cotton-seed oil. Mr. Olney to Mr. Buchanan, Nº 186, Department of State, Washington, December 30, 1896, p. 2; y Mr. Buchanan to Mr. Olney, Nº 303, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 1, 1897, pp. 3-4.
Anexo IV, 2a Conferencia Pan Americana, Informe de la delegación argentina, V, Reciprocidad comercial, 3, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1901-1902, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1904, p. 94.
D.R. Sweet, op. cit., p. 8.
Así
lo hizo saber al gobierno argentino el propio Presidente norteamericano
William Howard Taft (1909-1913) a través del decreto del 9 de febrero de
1910, cuyo texto se reproduce a continuación:
“(...) Yo, William Howard Taft, Presidente de los Estados Unidos de América hago saber y decreto por las presentes, en virtud de la facultad conferídame por dicha Ley del Congreso, que desde y después del 31 de marzo de 1910 y durante todo el tiempo que esté en vigencia dich