La búsqueda de entendimientos
La
llegada del presidente general Agustín Pedro Justo (1932-1938), con Carlos
Saavedra Lamas al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, implicó la búsqueda
de relaciones estrechas con Gran Bretaña y de una política proteccionista
respecto de Estados Unidos. Según Tulchin, esta política proteccionista de
Justo respecto de las exportaciones norteamericanas procuró ser en realidad un
instrumento de presión para lograr negociaciones en torno de un tratado
comercial recíproco con Estados Unidos. (1)
Conviene
entonces situar estos intentos en el contexto de las relaciones bilaterales en
su conjunto, las cuales estuvieron teñidas, en el plano político, por la
rivalidad argentino-norteamericana en torno a las cuestiones interamericanas.
En efecto, durante la gestión de Agustín P. Justo, las posibilidades de
acercamiento bilateral se vieron obstaculizadas por la persistencia de
divergencias en temas sensibles de la agenda tales como el alcance de la
Doctrina Monroe y de la intervención norteamericana en la región, la política
comercial y la paz mundial.
Así, en septiembre de 1933, en ocasión de renovar su condición de
miembro de la Sociedad de las Naciones, la Argentina reiteró sus objeciones a
la Doctrina Monroe considerada como compromiso regional. (2)
Por
su parte, la polémica sobre intervención o no intervención volvió a estar
sobre el tapete con motivo del estallido de la revolución popular de agosto de
1933 en Cuba, que derrocó la dictadura de Gerardo Machado, quien estaba en el
poder desde 1925. Ante el temor de una posible intervención norteamericana en
la isla, el gobierno argentino dejó expresamente sentada su postura
antiintervencionista, aunque respondió con entusiasmo a la política de
Franklin Delano Roosevelt de consultar a los diplomáticos latinoamericanos y
respetar la soberanía cubana. (3)
En
el tema de la paz mundial, la Argentina intentó retomar la iniciativa en los
asuntos internacionales y un liderazgo a nivel regional a través del Pacto
Antibélico o Pacto de no Agresión y Conciliación gestionado por el canciller
del gobierno de Justo, Carlos Saavedra Lamas. El Pacto Antibélico estuvo
abierto a la adhesión universal de las naciones y era un mecanismo de paz
alternativo al esfuerzo norteamericano de panamericanizar los conflictos a través
de la Comisión de Neutrales -formada por Estados Unidos, Colombia, Cuba, México
y Uruguay- para solucionar la Guerra del Chaco desatada entre Bolivia y
Paraguay. (4)
El
Pacto Antibélico de Saavedra Lamas pretendió coordinar los engranajes
esenciales de la paz de cinco convenciones existentes: el Tratado Gondra de
Conciliación (Chile, 1923), el pacto Briand-Kellogg (París, 1928), los
Tratados Interamericanos de Conciliación y Arbitraje (Washington, 1929) y el
Pacto de la Liga Covenant. Este pacto presentado por Saavedra Lamas, que recibió
las adhesiones de los gobiernos de Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay,
condenaba las "guerras de agresión", negaba asimismo la
validez de las adquisiciones territoriales obtenidas por la fuerza y prohibía
el derecho de intervención. (5)
Saavedra
Lamas procuró incluir la consideración de su proyecto de fortalecimiento de
mecanismos pacíficos en la agenda de la Séptima Conferencia Internacional de
Montevideo a celebrarse en diciembre de 1933, asegurándose así una nueva
oportunidad para atacar la posición norteamericana sobre la intervención con
el respaldo de los países de la región. Además, el canciller argentino
gestionó contactos con personalidades chilenas y aseguró la firma del gobierno
de Brasil y de otras cinco naciones. Con este tratado concreto, Saavedra Lamas
se preparó para enfrentar en Montevideo al secretario de Estado norteamericano
Cordell Hull.
A
medida que se acercaba la inauguración de la Conferencia de Montevideo
(diciembre de 1933), Saavedra Lamas comenzó a considerar la real conveniencia
de celebrarla. En su opinión, las tensiones engendradas por los disturbios políticos
en Cuba y Uruguay y por las disputas fronterizas vinculadas a los territorios de
Leticia y Chaco, parecían recomendar la conveniencia de aplazar la reunión
panamericana. (6) De este modo, y cuando faltaban apenas cinco semanas para la
Conferencia, Saavedra Lamas procuró interesar a los gobiernos de Brasil, Chile
y Perú en un aplazamiento.
En
Washington también existieron serias reservas sobre la conveniencia de celebrar
la Conferencia de Montevideo. El gobierno de Roosevelt no deseaba sufrir un revés
en Montevideo. La aplicación de la “doctrina del buen vecino” en América
Latina debía hacer frente a numerosos obstáculos: el nacionalismo económico,
el rechazo al intervencionismo norteamericano y el generalizado resentimiento de
los países latinoamericanos contra los Estados Unidos. (7)
No
obstante estas reservas, el Secretario de Estado Cordell Hull resistió la
tendencia de altos funcionarios de Washington y del canciller argentino de
querer aplazar la Conferencia. Hull opinaba que a menos que la política del
buen vecino demostrara su eficacia en el hemisferio occidental, no tendría
ocasión de moderar tensiones en otras partes del mundo. El gobierno
norteamericano debía retomar el liderazgo regional, y demostrarle a los países
de la región que sus resentimientos hacia Estados Unidos podían ser superados.
(8) Finalmente, el deseo de Hull de celebrar la conferencia se impuso y entre el
3 y el 26 de diciembre de 1933 tuvo lugar la Séptima Conferencia Internacional
en Montevideo.
Comprendiendo
el sentido de la estrategia del canciller argentino y el resentimiento imperante
en la región por las políticas comerciales y de intervención norteamericanas,
Hull resolvió edificar su plan de acción en Montevideo en torno a dos
resoluciones amplias: una atacaría el problema de las elevadas tarifas
aduaneras y las restricciones al comercio; la otra recomendaría la ratificación
universal del Pacto Antibélico de Saavedra Lamas y de los restantes
instrumentos de paz. En lo concerniente a la política de intervención
norteamericana, Hull estaba dispuesto a aceptar el punto de vista
latinoamericano. (9)
En
torno de los sensibles problemas de la recuperación económica y los mecanismos
de paz, el secretario Hull persuadió al canciller Saavedra Lamas de patrocinar
en forma conjunta las resoluciones presentadas. La estrategia de Hull surtió
efecto, ya que ante la invitación del representante norteamericano, el Ministro
de Relaciones Exteriores argentino respondió con entusiasmo: "Seremos las
dos alas de la paloma de la paz, usted la económica y yo la política".
(10)
Saavedra
Lamas cumplió con su promesa de cooperar con Hull. El 12 de diciembre de 1933
apoyó en forma entusiasta la propuesta norteamericana de llevar un amplio
ataque contra las perjudiciales barreras comerciales y las elevadas tarifas
aduaneras por medio de acuerdos comerciales recíprocos. En retribución, Hull
respaldó el 15 la propuesta argentina de que cada delegación comprometiera a
su gobierno a suscribir los cinco instrumentos existentes para la organización
de la paz. Ambas resoluciones fueron aprobadas en forma unánime por los
delegados ante la Conferencia de Montevideo. (11)
En
los puntos críticos, susceptibles de acusar división, Saavedra Lamas mantuvo
la palabra empeñada a Hull. Por ejemplo, cuando se trató la espinosa cuestión
de la intervención, la delegación argentina dejó que fueran los
representantes de otros países los que dirigieran sus ataques a los
norteamericanos. Y cuando la delegación mexicana presentó un vasto programa
sobre deudas y problemas monetarios, Saavedra Lamas estuvo junto a Hull en la
posición de aplazar tal propuesta para una próxima conferencia. Asimismo, al
no obtener de los delegados de la Conferencia el respaldo a su proposición de
que los países limítrofes censuraran la Guerra del Chaco, el canciller
argentino respaldó la resolución de Hull que recordaba a los gobiernos de
Bolivia y Paraguay las obligaciones contraídas con el Pacto de la Sociedad de
las Naciones y les solicitaba que arreglaran sus divergencias por la vía jurídica.
(12)
La
Séptima Conferencia Internacional de Montevideo fue en consecuencia la más
exitosa de todas las conferencias panamericanas, en gran medida debido a la
mutua actitud adoptada por las delegaciones argentina y norteamericana. Saavedra
Lamas abandonó la tradicional actitud de oposición respecto de las propuestas
norteamericanas por la de agente catalizador de las mismas. A cambio, obtuvo la
receptividad de Washington a su Pacto Antibélico, la seguridad de Hull de que
no habría intervención norteamericana en la región y un prometedor programa
de reciprocidad bilateral. Además, el canciller argentino recibió el voto de
su colega norteamericano para recibir el Premio Nobel de la Paz. (13)
No
obstante, la imagen de cordialidad y mutuas concesiones que caracterizó la
gestión de las delegaciones argentina y norteamericana en la Conferencia de
Montevideo de 1933 resultó tan sólo una máscara que ocultó la esencial
rivalidad entre ambos países. Uno de los ámbitos donde se manifestó a las
claras la competencia argentino-norteamericana fue el de las negociaciones que
la diplomacia de una y otra nación llevaron a cabo para terminar la Guerra del
Chaco (1932-1935) entre los gobiernos de Bolivia y Paraguay. Finalmente, se
impuso el criterio argentino ya que la Conferencia de Paz se celebró en Buenos
Aires y no en Washington.
Otro
ámbito de competencia bilateral fue la Conferencia Interamericana de diciembre
de 1936 en Buenos Aires, donde tuvo lugar un verdadero duelo entre un Saavedra
Lamas en el pináculo de su prestigio internacional y el secretario de Estado
norteamericano Cordell Hull. En efecto, a principios de ese año, el presidente
Roosevelt escribió una carta personal a su colega Justo, proponiéndole la
reunión de una conferencia interamericana extraordinaria, con el objetivo de
tratar los problemas del hemisferio, y sugiriendo que Buenos Aires fuera la sede
de dicha reunión. Con esta iniciativa, el mandatario norteamericano procuró
convertir a América en un bloque cerrado, protegido de la agresiva Italia de
Mussolini y la recuperada Alemania nazi.
Roosevelt
estaba convencido, como muchos de sus colegas en la región, de que el evidente
fracaso operativo de la Sociedad de las Naciones daba lugar a la necesidad de
construir una liga americana, reeditando el viejo proyecto del Presidente
uruguayo Baltasar Brum. Roosevelt obraba inspirado por su Secretario de Estado
Cordell Hull, quien procuraba repetir la jugada de aparente acercamiento con la
Argentina efectuada en Montevideo, proponiendo que Buenos Aires fuese sede de la
conferencia panamericana. Alimentando el amor propio del gobierno argentino, las
autoridades de Washington procuraban extinguir la actitud de oposición
argentina a los proyectos norteamericanos. (14)
Pero
la aparente cooperación de la Conferencia de Montevideo entre los
representantes argentinos y norteamericanos no se repetiría en Buenos Aires. A
pesar de que la opinión pública y los medios de prensa porteños -excluyendo
los nacionalistas y los germanófilos- recibieron con bombos y platillos la
llegada del presidente Roosevelt a Buenos Aires para inaugurar la Conferencia,
Cordell Hull se encontró con que la actitud de Saavedra Lamas ya no era la
misma que la demostrada en la conferencia anterior. La actitud obstruccionista
que asumiría el gobierno argentino estuvo vinculada a algunos hechos
importantes ocurridos desde la reunión de Montevideo, tales como la firma del
Tratado Roca-Runciman, que fortaleció la conexión anglo-argentina, y la imagen
de prestigio internacional que poseía en ese momento Carlos Saavedra Lamas,
quien había obtenido el Premio Nobel de la Paz y había sido triunfalmente
recibido en la Sociedad de las Naciones. El canciller argentino, además, había
logrado obstaculizar la influencia norteamericana en las tratativas de paz entre
Bolivia y Paraguay. Era prácticamente imposible que la actitud de Saavedra
Lamas fuera otra que de oposición a Hull. Las dos primeras propuestas del
delegado norteamericano -compromiso obligatorio de asistencia recíproca en caso
de ataque por una potencia no americana y un nuevo mecanismo interamericano para
cumplir esa promesa- se oponían a la política exterior argentina de ese
momento, identificada por los vínculos con Europa. Por su parte, la tercera
propuesta de Hull (panamericanización de la legislación sobre neutralidad con
el objetivo de mantener la región fuera del alcance de la guerra europea)
consistía en una neutralidad aislacionista, que habría expuesto a la Argentina
a pérdidas económicas dada la enorme dependencia argentina del mercado
europeo. El gobierno argentino se pronunció por la neutralidad, pero no por la
clase de neutralidad aislacionista propuesta por las autoridades
norteamericanas, que implicaba para la Argentina una renuncia a sus
tradicionales lazos con Europa. (15)
Al
comienzo de las deliberaciones de la Conferencia, Hull introdujo un amplio plan
que aseguraría la solidaridad interamericana frente a la guerra europea o en
caso de amenaza a la seguridad continental. El plan del Secretario de Estado
norteamericano comprendía tres proposiciones específicas: 1) consulta
obligatoria entre los Estados americanos en caso de amenaza a la paz del
hemisferio; 2) comité de consulta permanente de todos los ministros de
relaciones exteriores para determinar la naturaleza de la acción común; 3)
extensión a América Latina de los principios de neutralidad vigentes en
Estados Unidos. (16)
Por
su parte, Saavedra Lamas redactó su propio proyecto para el mantenimiento de la
paz, que establecía: 1) estrecha cooperación interamericana con la Sociedad de
las Naciones; 2) consulta únicamente para la negociación directa a través de
los canales diplomáticos regulares; 3) no intervención absoluta, incluyendo la
"intervención diplomática excesiva". La posición de Saavedra Lamas
durante la Conferencia de Buenos Aires demostró la resistencia argentina a una
organización regional extensiva, que en su óptica era como "crear dentro
del mundo una gran isla de Robinson Crusoe”. Así pues, el canciller argentino
y Premio Nobel de la Paz sostuvo la universalización de la organización de la
paz frente a la idea norteamericana de un derecho internacional regional
americano. (17)
Una
vez que el proyecto de Hull se dio a conocer, Saavedra Lamas arremetió contra
él. Atacó el proyecto norteamericano de generar un organismo de consulta
permanente entre los estados americanos como una tentativa de crear una versión
panamericana de la Sociedad de las Naciones. El canciller argentino argumentó
que este organismo se opondría a la Sociedad, la presencia de este organismo le
otorgaría funciones políticas a la Unión Panamericana. Saavedra Lamas
bombardeó también las sugerencias de Hull de consulta y colaboración
obligatorias, argumentando que privarían a los estados americanos de su
libertad de acción. Asimismo, se opuso a la difusión continental de los
principios de neutralidad, que implicaban embargos de créditos y de armas. La
propuesta norteamericana, en la opinión del ministro argentino, estaba en
contradicción con la política de la Sociedad de las Naciones que permitía
exportar armas a las naciones víctimas de la agresión. (18)
En síntesis, el canciller argentino se opuso en la Conferencia de Buenos
Aires a toda propuesta de Hull. Sostuvo que sólo aceptaría principios de carácter
universal, no restringidos a América, y siempre que los organismos dependiesen
de la Sociedad de las Naciones, organismo que el gobierno de Estados Unidos
percibía como inoperante para resolver la amenaza de las fuerzas totalitarias
en Europa. (19)
Como
consecuencia de los ataques de Saavedra Lamas, la Conferencia Interamericana de
Consolidación de la Paz aprobó sólo una sombra de lo que era el proyecto
original de Hull. El Convenio de Coordinación, Extensión y Cumplimiento de los
Tratados Existentes entre los Estados Americanos firmado en la conferencia de
Buenos Aires no ordenó en concreto ninguna acción ni creó ningún organismo
permanente. Se limitó a hacer una referencia acerca de la política de
neutralidad común como un objetivo deseable para los países americanos. Además,
Saavedra Lamas le ganó la pulseada al representante norteamericano en otros dos
aspectos importantes.
En
primer lugar, en el Convenio para Mantener, Preservar y Restablecer la Paz,
Saavedra Lamas logró que sus colegas eliminaran toda mención a la agresión de
una potencia no americana, como puede apreciarse en el contenido de su parte
dispositiva, que dice lo siguiente:
“Art.
1º- En caso de verse amenazada la paz de las Repúblicas Americanas, y con el
objeto de coordinar los esfuerzos para prevenir dicha guerra, cualquiera de los
Gobiernos de las Repúblicas Americanas signatarias del Tratado de París de
1928, o del Tratado de No Agresión y de Conciliación de 1933, o de ambos,
miembros o no de otras instituciones de paz, consultará con los demás
Gobiernos de las Repúblicas Americanas y éstos, en tal caso, se consultarán
entre sí para los efectos de procurar y adoptar fórmulas de cooperación
pacifista.
Art. 2º- En caso de producirse una guerra, o un estado virtual de guerra entre
países americanos, los Gobiernos de las Repúblicas Americanas representadas en
esta Conferencia efectuarán, sin retardo, las consultas mutuas necesarias, a
fin de cambiar ideas y de buscar dentro de las obligaciones emanadas de los
Pactos ya citados y de las normas de la moral internacional, un procedimiento de
colaboración pacifista; y, en caso de una guerra internacional fuera de América,
que amenazare la paz de las Repúblicas Americanas, también procederán las
consultas mencionadas para determinar la oportunidad y la medida en que los países
signatarios, que así lo deseen, podrán
eventualmente cooperar a una acción tendiente al mantenimiento de la paz
continental”. (20)
De
acuerdo con Hull, la frase "que así lo deseen" fue una estratagema
argentina destinada a desvirtuar la resolución. (21)
En
el Protocolo Adicional Relativo a la No Intervención, nuevamente Saavedra Lamas
logró imponer el criterio argentino, favorable a la no intervención. Dicho
protocolo establecía:
“Art.1º-
Las Altas Partes Contratantes declaran inadmisible la intervención de
cualquiera de ellas, directa o indirectamente, y sea cual fuere el motivo, en
los asuntos interiores o exteriores de cualquiera otra de las partes.
La violación de las estipulaciones de este artículo dará lugar a una consulta
mutua, a fin de cambiar ideas y buscar procedimientos de avenimiento
pacifista”. (22)
No
obstante, el hecho de que los Estados Unidos aceptaran este artículo era
indicativo de que estaban de acuerdo con una interpretación más amplia del
principio de no intervención, sin las reservas que habían hecho en Montevideo,
aunque amparados por la expresión “cualquiera de ellas” que no excluía
ciertas acciones colectivas. (23)
También
en el debate en torno a la Declaración sobre Solidaridad y Cooperación
Interamericana la delegación argentina impuso sus criterios. El proyecto
original del Tratado sobre Solidaridad, redactado por las naciones
centroamericanas, incluía explícitamente un artículo previniendo el ataque
extracontinental a cualquier país del hemisferio a través de la común reacción
regional:
“Art.
2º- Todas las naciones americanas considerarán como agravio propio el que
fuera inferido por naciones extracontinentales a los derechos de cualesquiera de
ellas, debiendo originar aquel agravio una reacción uniforme y común. En ese
evento, las cancillerías de América procederán a un acuerdo inmediato para
determinar las medidas que la situación demande”. (24)
Ante
la oposición de la delegación argentina, a este artículo 2º se le extirpó
la alusión al ataque extracontinental y se agregó la referencia a los agravios
inferidos por países del hemisferio, en obvia alusión al intervencionismo
norteamericano en el área del Caribe. Tales cambios, impulsados por la
diplomacia argentina, se pueden apreciar en la versión remozada que se presentó
a la Primera Comisión, la cual decía:
“Art.
2º- Todas las naciones americanas considerarán como agravio propio el que
fuera inferido por cualquier nación a los derechos de otra, debiendo en cada
caso originarse un acuerdo o consulta entre las cancillerías a los efectos de
determinar la actitud a asumir o, en su caso, las reglas para una neutralidad
concertada”. (25)
A
su vez, este artículo 2º modificado no fue del agrado de la delegación
argentina. El asunto llevó a que debiera renunciarse al tratado y firmar sólo
una declaración. Los argentinos finalmente aceptaron una cuarta versión del
debatido artículo cuyo contenido y sentido desvirtuaban el espíritu del
proyecto original. Esta última versión decía:
“Art.
2º- Que todo acto susceptible de perturbar la paz de América las afecta a
todas y a cada una de ellas y justifica la iniciación de los procedimientos de
consulta previstos en la Convención para el Mantenimiento, Afianzamiento y
Restablecimiento de la Paz, suscripta en esta Conferencia”. (26)
Otros
párrafos de la declaración proclamaron como principios de la comunidad
americana la proscripción de la conquista territorial, la condena de la
intervención, la ilicitud del cobro compulsivo de las deudas y el sometimiento
a la conciliación y al arbitraje.
De
esta manera, las alternativas de la conferencia y el desempeño de Saavedra
Lamas convencieron al secretario Hull de que la Argentina no era un aliado
confiable, factor que perturbó las relaciones interamericanas en años
posteriores. Además, el gobierno norteamericano dio por supuesto un factor de
reciprocidad en los documentos firmados: había aceptado el principio de no
intervención en la creencia de que los latinoamericanos aceptaban el principio
de la responsabilidad colectiva. Sin embargo los últimos no reconocieron
ninguna obligación de reciprocidad. (27)
Como
resultado, la opinión en Estados Unidos respecto de la actitud opositora
argentina en la Conferencia de Buenos Aires tendió a polarizarse en dos tesis,
igualmente erróneas según la opinión de Whitaker, respecto de lo que se dio
en llamar “el problema argentino”. Una sostuvo que la actitud hostil del
gobierno argentino hacia el panamericanismo no era representativa del conjunto
de los argentinos. Si se les daba tiempo y oportunidad para expresarse, éstos
presionarían sobre el gobierno, obligándolo a modificar su actitud hostil
hacia Washington hasta convertirlo en un buen vecino. El tiempo demostró lo
errado de este punto de vista. La otra tesis norteamericana señaló que el
gobierno argentino respondía al nazifascismo. El autor citado sostiene que la
evidencia documental publicada años más tarde demuestra que esta actitud
oficial filonazifascista no comenzó en realidad hasta 1940 (incluso es polémica
a partir de esta fecha). En el ínterin, el gobierno de Buenos Aires siguió una
política tradicionalmente argentina, guiada por móviles enraizados en su
identificación política, económica y cultural con Europa y lo hizo con el
respaldo de la mayor parte del pueblo argentino.
Como
consecuencia de este criterio rector de la política exterior argentina, luego
de 1936 sus representantes continuaron participando en las conferencias
panamericanas, pero hacia 1943 el escaso compromiso de los mismos se reflejó en
el hecho de que la Argentina había ratificado sólo cuatro de las cincuenta y
seis convenciones y tratados adoptados hasta esa fecha, convirtiéndose en la
mayor nación no ratificadora de todos los tiempos. (28)
Paralelamente,
se realizaban gestiones comerciales que tendrían consecuencias sobre las
relaciones económicas bilaterales. No obstante la actitud del gobierno de Justo
de acercamiento a Londres -confirmada con la firma de los acuerdos Roca-Runciman
(1933) y su renovación, el acuerdo Malbrán-Eden (1936)-, dicha gestión no
cerró la puerta a la posibilidad de mejorar los vínculos comerciales con
Washington. En julio de 1932, el canciller Saavedra Lamas sugirió al embajador
norteamericano en Buenos Aires Robert W. Bliss que si Estados Unidos concedía
reducir sus derechos aduaneros para algunos productos argentinos en 50%, la
Argentina haría lo mismo con varios productos manufacturados norteamericanos.
Probablemente el canciller argentino buscaba con este ofrecimiento mejorar el
margen de maniobra de su país frente a la Conferencia de Ottawa, ya que no hubo
petición formal a través de canales diplomáticos. (29)
La
victoria electoral del demócrata Franklin Delano Roosevelt en 1932 hizo que las
autoridades argentinas tuvieran ciertas esperanzas. Pesaban en el gobierno
argentino los buenos recuerdos de las bajas tarifas Underwood-Simmons, aprobadas
en 1913 por otro líder demócrata, Woodrow Wilson, que habían colocado cerca
de 90% de los productos argentinos en la lista libre de derechos aduaneros,
incluyendo carne, lana y maíz, y reducido los de otros productos, como el caso
de la semilla de lino. (30)
Apenas
días después de la llegada de Roosevelt a la presidencia norteamericana
-y con la misión Roca
en Londres- el gobierno de Justo lanzó una iniciativa con el objeto de
mejorar los vínculos comerciales con Estados Unidos. Las autoridades de la Casa
Rosada estimaron, utilizando argumentos de la diplomacia norteamericana, que el
tratado de 1853 era obsoleto y no se adecuaba a la complicada realidad económica
de la década de 1930. (31) Durante
el resto del año 1932 y 1933 se dieron una serie de contactos entre el
canciller argentino Saavedra Lamas, el embajador argentino en Washington Felipe
A. Espil y los representantes del Departamento de Estado, con el fin de negociar
un acuerdo comercial recíproco. El 5 de octubre de 1933, Espil entregó un
memorándum que señalaba la disposición de las autoridades argentinas a
entablar negociaciones con sus pares norteamericanas a cambio de que el gobierno
de Washington se aviniera a restablecer los índices aduaneros de las tarifas
Underwood-Simmons de 1913, a modificar las restricciones sanitarias y de otro
tipo y a otorgar mayores seguridades contra futuras medidas discriminatorias.
El
encargado de negocios norteamericano en Buenos Aires tuvo sospechas de que el
canciller Saavedra Lamas intentaba atrapar a las autoridades norteamericanas con
el arma de la reciprocidad. Pero el presidente Roosevelt y el Secretario de
Estado Cordell Hull, abrumados por múltiples problemas internos y mundiales, no
estuvieron dispuestos a seguir el juego propuesto por el canciller argentino.
Deseaban proceder con mucha mayor lentitud y negociar con un contenido más
amplio que el propuesto en el memorándum del embajador Espil. Hull planteó al
embajador argentino la conveniencia de posponer los arreglos sobre reciprocidad
comercial hasta que la Conferencia Económica Mundial primero, y la Conferencia
Interamericana después, hubiesen liberado de trabas al comercio internacional.
Y a pesar de que en el mes de julio de 1933 el Presidente Roosevelt aseguró a
Espil que el gobierno norteamericano iniciaría conversaciones exploratorias con
su colega argentino, lo concreto fue que el Departamento de Estado postergó en
forma indefinida la propuesta del embajador Espil. (32)
En
el transcurso de las frustradas negociaciones por un acuerdo comercial
bilateral, Cordell Hull manifestó su antipatía por el lobby
de la carne en su país. A fines de 1936 Hull dijo a Saavedra Lamas que temía a
"ciertos intereses (que podrían) promover en el Congreso una legislación
en contra de nuestro propósito". (33) La causa del fracaso del gobierno de
Justo en obtener de las autoridades de Washington un tratado comercial residió
en la oposición de las fuerzas internas de las cuales dependía Roosevelt para
apoyar su programa de desarrollo, que no admitirían el ingreso de los productos
agropecuarios argentinos. Durante la década de 1930, los productores o farmers
norteamericanos atravesaron una crítica situación económica tanto en el
mercado interno como en el internacional. Su situación había empeorado
notoriamente respecto de la década anterior. En el momento que el presidente
Roosevelt asumió la presidencia norteamericana, los farmers
estaban en una situación cercana al colapso debido a fuertes deudas personales,
precios internos muy bajos, altos costos de producción, excedentes en algunas
mercaderías y merma de las exportaciones. La situación en la región del Medio
Oeste, productora de semillas de lino, maíz y ganado, fue particularmente crítica.
La respuesta inicial de Roosevelt a través de su política del New Deal fue la
de estabilizar los mercados internos para los productos agropecuarios a través
del organismo llamado Administración de Ajuste Agrícola (Agricultural
Adjustment Administration, AAA). (34)
Los
reclamos argentinos en favor de un tratado comercial con Estados Unidos hallaron
cierto eco en el presidente Roosevelt, en el secretario de Estado Cordell Hull y
en los funcionarios latinoamericanos del Departamento de Estado, encabezados por
Sumner Welles, partidarios de una política comercial liberal. Pero el lobby
de los farmers presionó en el
Congreso en contra de estos reclamos, y ni el Presidente Roosevelt ni las
autoridades del Departamento de Estado procuraron pagar el costo político de
enfrentar al Congreso.
Durante
las severas inundaciones de 1935 y 1936 que afectaron la producción agrícola
norteamericana, el embajador argentino en Washington Espil intentó la colocación
de maíz en Estados Unidos. Los miembros del Departamento de Comercio y de
Estado aceptaron la propuesta argentina, pero el Departamento de Agricultura,
sensible a los intereses de los farmers, se opuso tenazmente. Los constantes choques entre el
Congreso y el Departamento de Agricultura en torno a una flexibilización de la
política comercial norteamericana respecto de la Argentina hicieron que el
Departamento de Estado, aún receptivo a las demandas argentinas, optara por
esperar hasta el momento en que el gobierno norteamericano concluyera los
acuerdos comerciales con los países industriales, que demostrarían a los
agricultores estadounidenses las ventajas de una política comercial liberal.
Este momento, tan deseado por las autoridades y los productores agropecuarios
argentinos, en realidad nunca llegó. Las necesidades de los productores
argentinos sólo podrían haber sido satisfechas si el gobierno norteamericano
hubiera dado la espalda a las presiones de los farmers, afectando el programa de desarrollo granjero y
comprometiendo una fuerte presencia del Presidente Roosevelt en el Congreso y en
el proceso burocrático de formulación de políticas. Pero esta alternativa tenía
un costo político interno tan alto que la hacía imposible.
En
definitiva, entre 1934 y 1941 una serie de obstáculos en las relaciones
argentino-norteamericanas como la sanción de la Tarifa Hawley-Smoot, los
efectos del control de cambios en el intercambio bilateral, las dificultades
económicas norteamericanas y el poder político de los Estados granjeros
–principalmente, los ubicados en el Medio Oeste norteamericano- frustraron los
intentos por resolver los problemas comerciales. (35)
Asimismo,
los obstáculos existentes entre la Argentina y Estados Unidos para cerrar un
acuerdo comercial bilateral fueron muy bien aprovechados por los rivales
comerciales de Estados Unidos en el mercado argentino, principalmente, Gran
Bretaña y Alemania. Durante la década de 1930, mientras las exportaciones
norteamericanas declinaron hasta llegar a cifras anteriores a la Primera Guerra
Mundial, las naciones que habían firmado acuerdos comerciales bilaterales con
la Argentina recobraron rápidamente su posición comercial anterior a la
depresión. Este fue claramente el caso de Inglaterra, que en 1931 recobró su
posición de liderazgo en las importaciones argentinas y retuvo hasta el
estallido de la guerra dicha superioridad. Asimismo, cobraron importancia las
importaciones argentinas de productos manufacturados provenientes de Alemania,
particularmente maquinaria y vehículos, hierro y artículos de hierro
manufacturado, papel y cartón y productos químicos y farmacéuticos. (36)
Recién
en agosto de 1939, exactamente ocho días antes de la invasión de Polonia que
hizo estallar la Segunda Guerra Mundial, el Departamento de Estado
norteamericano hizo el anuncio formal de su intención de negociar su propio
acuerdo bilateral con el gobierno argentino. La propuesta de Washington incluyó
concesiones comerciales respecto de una variedad de productos argentinos pero
excluyó de las mismas a las carnes enfriadas. Las negociaciones para cerrar
este convenio propuesto por la Casa Blanca prosiguieron hasta enero de 1940,
pero sin éxito.
En
el comunicado conjunto referente a la suspensión de las negociaciones entre los
gobiernos de Washington y Buenos Aires, las autoridades norteamericanas
subrayaron la falta de disposición argentina para aceptar la proposición de
Estados Unidos de cupos aduaneros para productos tales como la semilla de lino y
las carnes envasadas. Los negociadores norteamericanos se sintieron impulsados a
proteger a sus productores, mientras que los argentinos objetaron esta limitación
pensando en la probable expansión de sus exportaciones. Pero detrás de las
razones oficiales del fracaso de las negociaciones se ocultaron las divergencias
existentes entre las filosofías comerciales básicas de la Argentina y Estados
Unidos y la incertidumbre financiera derivada de los desequilibrios generados
por la guerra. (37)
En
síntesis, los altibajos en el comportamiento del comercio
argentino-norteamericano evidenciaron la
insuficiencia del tratado de 1853. Los gobiernos de uno y otro país se
embarcaron en una lógica de competencia económica y mutua discriminación, que
impidió el logro de un intercambio comercial estable. La incompatibilidad económica
entre la Argentina y Estados Unidos, sumada a la creciente amenaza proveniente
de las potencias totalitarias durante la década de 1930, tuvo efectos que
fueron más allá de la arena económica: dificultó la búsqueda de bases políticas
para la seguridad hemisférica por parte de los líderes panamericanos. (38)
NOTAS
Joseph S. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza, Buenos Aires, Planeta, 1990, p. 143.
Alexander Weddell, embajador en la Argentina, al secretario de Estado, 28 de septiembre de 1933, National Archives, Department of State, 500.C001/817, cit. por H.F. Peterson, II, op. cit., p. 102.
Ministerio de Relaciones Exteriores argentino al Departamento de Estado, 8 de septiembre de 1933, FRUS, 1933, V, p. 409, cit. en ibid., II, p. 102.
Ver al respecto Alberto Conil Paz y Gustavo Ferrari, Política exterior argentina, 1930-1962, Buenos Aires, Huemul, 1964, pp. 39-45.
Ver texto del Pacto Antibélico o Pacto de No Agresión y Conciliación citado en La Nación, 10 de octubre de 1933, p. 1; en Carlos Alberto Silva, La política internacional de la Nación Argentina, Buenos Aires, Imprenta de la Cámara de Diputados, 1946, pp. 272-275; y en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores, Memoria presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al período 1933-1934, Primera parte: Relaciones Exteriores, Anexo A: Política internacional, Buenos Aires, Kraft, 1934, pp. 176-194.
Weddell a Hull, 28 de octubre de 1933, FRUS, 1933, IV, 34, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 104.
Cordell Hull, The Memoirs of Cordell Hull, Nueva York, 1948, volumen I, 308-309, cit. en ibid., II, p. 104.
C. Hull, op. cit., I, pp. 317-318, cit. en ibid., II, pp. 104-105.
C. Hull, op. cit., I, pp. 318-324, cit. en ibid., II, p. 105.
C. Hull, op. cit., I, pp. 327-329; memorándum de las conversaciones entre el secretario y miembros de diversas delegaciones, sin fecha, FRUS, 1933, IV, 178-182, cit. en ibid., II, p. 105.
Séptima Conferencia Internacional de los Estados Americanos, Minutes and Antecedentes with General Index, cap. I, 20-23; cap. IX, 90-92; C. Hull, op. cit., I, pp. 331-333; Departamento de Estado, Report of the Delegates of the United States of America to the Seventh International Conference of American States, pp. 7-10, 54-57, 195-198, cit. en ibid., II, p. 106.
Minutes and Antecedents, cap. II, 107-115, 121-122, C. Hull, op. cit, I, pp. 333-336, fuentes citadas en ibid., II, p. 106.
Ibid., II, pp. 106-107. Ver también Miguel Angel Scenna, ¿Cómo fueron las relaciones argentino-norteamericanas?, Buenos Aires, Plus Ultra, 1970, pp. 148-149.
M.A. Scenna, op. cit., pp. 153-154.
M.A. Scenna, op. cit., p. 154; Arthur P. Whitaker, La Argentina y los Estados Unidos, Buenos Aires, Proceso, 1956, p. 125.
El Departamento de Estado publicó el texto del plan. Ver Press Releases, XV, 12 de diciembre de 1936, Nº 375; C. Hull, op. cit., I, pp. 498-500, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 114.
Draft of a Convention for the Maintenance of Peace, pp. 1-16. El canciller Saavedra Lamas expuso en extenso su propuesta en su obra titulada La Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz (celebrada en Buenos Aires, del 1º al 23 de diciembre de 1936), Buenos Aires, 1938, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 114; A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 51.
C. Saavedra Lamas, La Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, op. cit., pp. 115, 135-136, 159-166, 199, 283-288, 327, 426, 734-736, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 115.
M.A. Scenna, op. cit., p. 156.
Texto de los artículos 1º y 2º de la parte dispositiva de la Convención sobre Mantenimiento, Afianzamiento y Restablecimiento de la Paz, cit. por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 53.
Ibid., p. 53.
Texto del artículo 1º del Protocolo Adicional Relativo a la No Intervención, citado en ibid., p. 54 y por M.A. Scenna, op. cit., p. 156.
Gordon Connell-Smith, Los Estados Unidos y la América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1977, p. 196.
Artículo 2º del proyecto original del Tratado sobre Solidaridad y Cooperación Interamericana, presentado por las naciones centroamericanas, citado por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 54.
Artículo 2º modificado, citado en ibid., p. 55.
Cuarta versión modificada del artículo 2º citado en las dos notas anteriores, aprobado por la delegación argentina, y citado en ibid., p. 56.
G. Connell-Smith, op. cit., pp. 196-197.
A.P. Whitaker, op. cit., pp. 126-127.
D.R. Sweet, op. cit., p. 203.
Los benéficos efectos de las tarifas Underwood-Simmons no tardaron en manifestarse en la balanza comercial argentino-norteamericana, ya que las exportaciones argentinas a Estados Unidos se duplicaron en el año fiscal de 1914 respecto de los niveles de 1913. El producto que registró un crecimiento espectacular en este sentido fue el de la carne congelada, cuyo volumen pasó de 7.161.000 libras en 1913 a 132.806.000 libras. Ver al respecto D.R. Sweet, op. cit., p. 19.
Bliss al Departamento de Estado, 20 de septiembre de 1927, FRUS, 1927, 1, 421-422, cit. por H.F. Peterson, II, op. cit., p. 79.
FRUS, 1933, IV, pp. 510-511, 642-643, 650, 661-681; Memorándum del Secretario de Estado interino, 12 de julio de 1933, FRUS, 1933, IV, p. 646, fuentes citadas en ibid., II, pp. 79-80.
FRUS, 1936, V, cit. por J.A. Tulchin, op. cit., p. 143.
Benedict, Can We Solve the Farm Problem? An Analysis of Federal Aid to Agriculture, New York, The Twentieth Century Fund, 1955, pp. 227-231; Theodore Saloutos and John D. Hicks, Agricultural Discontent in the Middle West, Madison, University of Winconsin Press, 1951, pp. 435-470; Theodore Saloutos, "The New Deal and Farm Policy in the Great Plains", Agricultural History, Vol. XLIII, Nº 3, July 1969, pp. 345-347; Leonard J. Arrington, “Western Agriculture and the New Deal”, Agricultural History, Vol. XLIV, Nº 4, October 1970, p. 352, fuentes citadas por D.R. Sweet, op. cit., pp. 195-196.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 144-148 y D.R. Sweet, op. cit., p. 216.
Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la República Argentina, Trade Relations between Argentina and the United States of America, pp. 40-41, 44-45, 80-81, cit. por H.F. Peterson, II, op. cit., p. 82.
Ibid., II, pp. 82-83. Peterson cita las siguientes fuentes: Departamento de Estado, Bulletin, II, 13 de enero de 1940, 42. Para las observaciones efectuadas por el embajador Armour, ver el despacho que éste envió al Secretario de Estado, 29 de enero de 1940, FRUS, 1939, V, 294-302. Para la declaración oficial argentina acerca de la terminación de las negociaciones, ver The New York Times, 14 de enero de 1940. Ibid., II, p. 82.
Ibid., II, p. 83.
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