Las implicancias de la guerra para las relaciones bilaterales
Antes
de señalar las implicancias concretas de la Segunda Guerra Mundial sobre las
relaciones argentino-norteamericanas, conviene reseñar brevemente los prolegómenos
de tal acontecimiento en tanto formadores del contexto en el que éstas se
desenvolvieron.
Justamente,
en medio de un orden mundial signado por el avance de los regímenes
totalitarios y la debilidad de la Sociedad de las Naciones que tanto había
defendido el canciller Saavedra Lamas como mecanismo de pacificación mundial,
durante el último año del gobierno de Justo las autoridades argentinas
intentaron acercarse a Washington. Así, en la comida de la comunidad
norteamericana efectuada el 4 de julio de 1937, el otrora combativo canciller
Carlos Saavedra Lamas dio su respaldo a la Doctrina Monroe en la medida que la
misma excluía de la región americana toda idea hostil a la forma republicana
de gobierno. El diario norteamericano The New York Times se refirió a
este discurso de Saavedra Lamas como "el discurso más laudatorio, fuera de
duda, que se haya pronunciado con referencia a los Estados Unidos en cualquier
país latinoamericano en la última generación". Y como para que no
quedasen dudas en la Casa Blanca de la actitud amistosa adoptada por las
autoridades de Buenos Aires, en la inauguración del monumento de George Canning
efectuada en diciembre de ese mismo año, el Ministro de Relaciones Exteriores
argentino manifestó que "la protección de los Estados latinoamericanos
contra la agresión venida de fuera procedería siempre de los Estados Unidos y
Gran Bretaña". (1) Incluso en dos ocasiones Saavedra Lamas apoyó
vehementemente la candidatura de su rival en la Conferencia de Buenos Aires
Cordell Hull al Premio Nobel de la Paz. (2)
Los
gestos amistosos hacia la Casa Blanca fueron continuados por el nuevo Presidente
Roberto M. Ortiz (1938-1942, pero interinamente desde julio de 1940 su
vicepresidente.) En primer lugar, y en forma acorde con la opinión pública
argentina, dio la bienvenida a las seis "fortalezas volantes" enviadas
por las autoridades norteamericanas en su honor. En segundo lugar, Ortiz inició
negociaciones en procura de la incorporación de ocho instructores de vuelo de
la Fuerza Aérea norteamericana. El 21 de marzo de 1938, en presencia del
embajador norteamericano en Buenos Aires Alexander W. Weddell y de altos
funcionarios de gobierno, el Presidente argentino pronunció un mensaje radial
de buena voluntad dirigido al pueblo norteamericano. En septiembre del mismo año,
época de la crisis checoslovaca, Ortiz envió a su colega norteamericano
Roosevelt la promesa de apoyo argentino a su llamamiento a la paz, dirigido a
Hitler. (3)
Pero
esta serie de gestos amistosos hacia la Casa Blanca dirigidos por el gobierno de
Ortiz no alteraron la orientación básica de la política exterior argentina,
remisa a compromisos con Estados Unidos que pudieran dañar los vínculos con
Europa. Por eso el nuevo canciller José María Cantilo, consciente de que la
situación europea llevaría al secretario de Estado Hull a insistir con el
proyecto de unidad hemisférica, trató de postergar la Conferencia de Lima. El
gobierno de Estados Unidos y de los países americanos que respondían a su
influencia no aceptaron la sugerencia argentina.
Finalmente,
la Octava Conferencia Panamericana se celebró, como estaba previsto, en Lima en
diciembre de 1938.
Dado el fracaso de su estrategia de postergación, el canciller argentino
José María Cantilo optó por no concurrir personalmente a Lima para evitar un
choque directo con Hull. No obstante, no resistió la tentación de inaugurar la
conferencia, aprovechando que Hull aún no había llegado. El discurso de
Cantilo, aunque tuvo alguna referencia al compromiso sobre la unidad hemisférica,
fue la más apasionada defensa de los vínculos con Europa y la más clara
refutación del deseo norteamericano de construir mecanismos de solidaridad
continental, como puede apreciarse en sus palabras:
“La
solidaridad americana, señores, es un hecho que nadie pone ni puede poner en
duda. Todos y cada uno de nosotros estamos dispuestos a sostener y aprobar esa
solidaridad frente a cualquier peligro, que venga de donde viniera, amenazara la
independencia o la soberanía de cualquier Estado de esta parte del mundo. No
necesitamos para ello de pactos especiales. El pacto ya está hecho en nuestra
historia. Actuaríamos con un solo e idéntico impulso, borradas las fronteras y
con una sola bandera para todos: la de la libertad y la de la justicia. (...)
Pero la Argentina cree que cada pueblo americano con fisonomía inconfundible
debe desarrollar su propia política sin olvidar por ello la magna solidaridad
continental ni la gravitación natural de intereses recíprocos que se agrupan
por razones geográficas. (...) vale decir que nuestra solidaridad continental
no puede ser excluyente de la que nos une al resto del género humano y que no
podemos desinteresarnos de lo que ocurre fuera de América. La Argentina no lo
hizo ni lo hará, no sólo por razones de orden económico, sino por
imposiciones históricas y de carácter sentimental”. (4)
La
delegación argentina quedó en manos de Isidoro Ruiz Moreno, a quien Cantilo
ordenó que no se comprometiera a ningún acuerdo sin consultarlo previamente.
Por
su parte, el representante norteamericano, Cordell Hull, insistió en un acuerdo
que asegurara la unidad de las Américas contra cualquier amenaza proveniente de
Europa. La situación en el Viejo continente era por cierto angustiante. Las
tropas de Hitler
habían incorporado en mayo de dicho año Austria y los Sudetes
checoslovacos. Tras
días de estancamiento, Estados Unidos obtuvo en Lima el respaldo para mantener
un frente regional unido, que la delegación argentina aceptó a regañadientes.
(5)
El
resultado concreto de la conferencia fue el documento conocido como
"Declaración de Lima", sancionado unánimemente en la víspera de
Navidad de 1938, que decía lo siguiente:
“Los
Gobiernos de los Estados Americanos declaran:
1º Que reafirman su solidaridad continental y su propósito de colaborar en el
mantenimiento de los principios en que se basa dicha solidaridad.
2º Que, fieles a los principios antes enunciados y a su soberanía absoluta,
reafirman su decisión de mantenerlos y defenderlos contra toda intervención o
actividad extraña que pueda amenazarlos.
3º Y que para el caso de que la paz, la seguridad o la integridad territorial
de cualquiera de las Repúblicas Americanas se vea así amenazada por actos de
cualquier naturaleza que puedan menoscabarlas, proclaman su interés común y su
determinación de hacer efectiva su solidaridad, coordinando sus respectivas
voluntades soberanas mediante el procedimiento de consulta que establecen los
convenios vigentes y las declaraciones de las Conferencias Interamericanas,
usando los medios que en cada caso aconsejen las circunstancias. Queda entendido
que los gobiernos de las Repúblicas Americanas actuarán independientemente en
su capacidad individual, reconociéndose ampliamente su igualdad jurídica como
Estados soberanos.
4º Que para facilitar las consultas que establecen este y otros instrumentos
americanos de paz, los Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas
Americanas celebrarán, cuando lo estimen conveniente y a iniciativa de
cualquiera de ellos, reuniones en las diversas capitales de las mismas, por
rotación y sin carácter protocolar. Cada gobierno puede en circunstancias o
por razones especiales, designar un representante que sustituya a su Ministro de
Relaciones Exteriores”. (6)
No
obstante el respaldo acordado a la declaración de solidaridad continental, la
diplomacia argentina, consecuente con su política tradicional de identificación
con Europa y resistencia a Estados Unidos, sentó también sus reservas en Lima,
como un síntoma de su renuencia a apoyar los principios que había firmado y
que estaban impulsados por las autoridades norteamericanas. (7)
Por
otra parte, ante la invasión alemana a Polonia en septiembre de 1939, los
Estados Unidos procuraron promover bajo su liderazgo la solidaridad continental.
El gobierno argentino de Roberto M. Ortiz mantuvo su actitud de buena voluntad
hacia las autoridades de la Casa Blanca. El canciller José María Cantilo
anunció a la prensa su deseo de llevar a cabo una consulta entre las naciones
americanas, y ante la propuesta del presidente de Estados Unidos Roosevelt de
llevar a cabo una reunión interamericana en Panamá, el Ministro de Relaciones
Exteriores argentino apoyó la moción. El 5 de septiembre la Argentina se unió
a Estados Unidos y a otras seis naciones -Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México
y Perú- para auspiciar, de acuerdo con lo dispuesto en las resoluciones de
Buenos Aires y Lima, la invitación del gobierno de Panamá a celebrar la
Primera Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores.
En
la reunión de Panamá, de septiembre a octubre de 1939, el delegado argentino,
Leopoldo Melo, se esforzó por trabajar junto al subsecretario de Estado Sumner
Welles a fin de lograr unanimidad para mantener la neutralidad y trazar un
amplio plan tendiente a la seguridad continental frente a la guerra europea y
adoptar medidas para enfrentar la dislocación económica que sobrevendría al
finalizar la guerra. El resultado más importante de la reunión fue la llamada
“Declaración de Panamá”, por la que se constituyó una zona marítima de
seguridad en torno del continente de 300 millas de extensión. Dentro de esa
zona estaba prohibido a los beligerantes llevar a cabo actos de guerra. La
delegación argentina se opuso a patrullar esas aguas por temor a que el país
terminase involucrándose en la guerra y obtuvo que la acción fuera
facultativa. No obstante, Melo decidió no dejar aislada a la Argentina e
insistió en que se situara -tal como lo sostiene el propio Sumner Welles-
"en completa armonía y amistoso entendimiento con los Estados
Unidos". (8)
La
diplomacia argentina expresó su acuerdo a las medidas aprobadas en Panamá,
salvo la reserva ya apuntada sobre la zona de seguridad y una referente a la
situación de las islas Malvinas, sobre la que reiteraba que la República
Argentina mantenía intactos sus legítimos títulos y derechos. (9)
En
todas las cuestiones importantes tratadas por la conferencia de ministros de
relaciones exteriores de Panamá, tales como cooperación económica, coordinación
de medidas judiciales y policiales, transferencia de soberanía de regiones
geográficas por Estados no americanos, la representación argentina se incorporó
al frente común de seguridad, para beneplácito de las autoridades de la Casa
Blanca. Profundamente impresionado por el espíritu de colaboración de Melo,
Sumner Welles recomendó al secretario Hull que enviara a Buenos Aires una nota
de felicitación. (10)
Parecía
que las gestiones de Melo habían concretado los inconclusos sueños de
colaboración interamericana de Rómulo S. Naón en los días de la Primera
Guerra. Pero esta impresión no pasaría de ser un espejismo momentáneo. La
actitud argentina de colaboración con el gobierno norteamericano en la reunión
de ministros de relaciones exteriores en Panamá de 1939 se debió en gran
medida a que dicha reunión hizo de la neutralidad una política panamericana
cuyos términos, a diferencia de los planteados en la Conferencia Interamericana
de Buenos Aires de 1936, no amenazaban el intercambio argentino con Europa y
porque las autoridades de Estados Unidos prometieron gran ayuda a los países
latinoamericanos que sufrieran por la guerra. (11)
Otro
factor fue la necesidad del gobierno de Ortiz de acercarse a Estados Unidos y
ser un miembro leal de la comunidad interamericana, como manifestación
"externa" de su política de "democratizar" el fraudulento
sistema político vigente desde el golpe de 1930. Ortiz necesitaba un aliado
“externo” que le permitiese contrarrestar la creciente influencia de los
elementos nacionalistas y pronazis que atentaban contra la estabilidad de su
gobierno. Pero sus esfuerzos
chocaron contra la intransigencia del gobierno norteamericano, el cual
permaneció indiferente a la situación interna de la Argentina. (12)
Durante
el lapso transcurrido entre la caída de Polonia en septiembre de 1939 y la de
Francia en junio de 1940 en manos de las fuerzas alemanas, el Ministro de
Relaciones Exteriores Cantilo manifestó un enérgico respaldo a la política de
solidaridad continental propiciada por el gobierno norteamericano. Así, en el Día
de las Américas correspondiente a abril de 1940, en ocasión del quincuagésimo
aniversario de la fundación del movimiento panamericano, Cantilo se expresó en
los términos más amplios posibles acerca de los aportes del panamericanismo.
(13)
Asimismo,
factores inherentes a la guerra tales como el hundimiento de barcos mercantes
dentro de la zona de seguridad y la acción bélica de las fuerzas británicas
contra la incursión del acorazado alemán Graf Spee frente a las costas
uruguayas parecieron convencer a Cantilo de la ineficacia de la Declaración de
Panamá. Además, la presencia de un millar de alemanes internados en la
Argentina generó en las autoridades de la Casa Rosada la sensación de que los
peligros de la guerra no eran tan lejanos para el país a pesar de su carácter
de neutral, tal como lo había advertido el gobierno norteamericano. Cuando este
último propuso a las repúblicas americanas el envío de una nota conjunta
sobre el incidente del Graf Spee, Cantilo apoyó una declaración clara y
enérgica. (14)
Ante
el peso de factores como la intensidad de la blitzkrieg o guerra relámpago encabezada por las fuerzas alemanas
en el frente europeo, e incidentes como el del Graf Spee, que violó la
zona de seguridad en torno del continente decretada por la Declaración de Panamá,
el canciller José María Cantilo inició conversaciones en abril de 1940 con el
embajador norteamericano Norman Armour, encaminadas a reemplazar el tradicional
concepto de neutralidad por la noción de “no beligerancia” que, según su
parecer, se adaptaba mejor a los hechos que estaban ocurriendo. Cantilo declaró
a Armour que la neutralidad ya no existía en Europa y que una posición neutral
creaba deberes pero no otorgaba derechos, sugiriendo que las repúblicas
americanas acordaran declararse "no beligerantes". (15)
Este
cambio en la actitud argentina se divulgó a través de una circular a las
distintas embajadas que sostenía que “(...) en la situación de hoy, ni los
Estados beligerantes respetan la voluntad de los neutrales, ni éstos pueden
hacer respetar su neutralidad como forma jurídica de su aislamiento. La
neutralidad, creada para preservar la soberanía, en las condiciones actuales la
burla o la disminuye, pero no la protege. Es una ficción, un concepto muerto,
que debe ser reemplazado dentro de la realidad del momento que vivimos”. (16)
En
su justificación del reemplazo de la neutralidad por la “no beligerancia”,
Cantilo sostuvo que la Declaración de Panamá y la zona marítima de seguridad
fueron los esfuerzos máximos para preservar la neutralidad dentro de las normas
del Derecho Internacional, y que justamente estos esfuerzos habían sido puestos
en tela de juicio por el combate entre el acorazado alemán Graf von Spee
y los tres cruceros británicos frente a las costas uruguayas en diciembre de
1939.
Este
incidente, al demostrar la ineficacia de las protestas multilaterales como medio
de proteger los derechos de los neutrales, fue decisivo en la resolución del
gobierno de Ortiz de adoptar una política más agresiva. Lo curioso fue que
varios funcionarios del Departamento de Estado compartieron este escepticismo
argentino sobre la eficacia de mecanismos multilaterales como la Declaración de
Panamá. Incluso un documento del Departamento de Estado de comienzos de 1940
promovía la adopción de un cambio en la posición de neutralidad de Estados
Unidos y un avance hacia lo que la Argentina llamó en abril y mayo de ese mismo
año la “no beligerancia”.
El
embajador argentino en Washington, Felipe A. Espil notificó la posición
argentina de no beligerancia en una entrevista mantenida con el subsecretario
Sumner Welles el 22 de abril de 1940, en los siguientes términos:
“Los
países americanos son neutrales e inclusive han establecido una zona de
seguridad para proteger dicha neutralidad, una zona que los beligerantes no han
reconocido y no respetan. Además, en Europa los países neutrales o han sido
invadidos o van camino a la guerra como resultado de las amenazas de las grandes
potencias. Rusia, aliada del Reich, mantiene relaciones con Inglaterra y
Francia; Dinamarca es invadida, etcétera. En una palabra, la neutralidad no
existe en realidad. Crea obligaciones pero no ofrece garantías. Las normas y
convenciones que nosotros los neutrales aplicamos e invocamos son letra muerta.
Entretanto la guerra europea está asumiendo proporciones y es una amenaza que
debe necesariamente inquietar a América.
Propongo que nosotros como americanos terminemos de ahora en adelante con la
ficción y nos adaptemos a la realidad y por común acuerdo declaremos que
estamos dejando de ser neutrales para ser "no beligerantes". Esto
significa, como demuestra el caso de Italia, no entrar en guerra y proceder según
los propios intereses. Creo que si declaráramos en lugar de neutralidad un
estado de no beligerancia ello tendría las siguientes ventajas:
1. Sería una especie de advertencia frente a las actuales agresiones.
2. Nos daría plena libertad de acción en política exterior y también
interior, liberándonos de las restricciones de una neutralidad ilusoria y
ficticia.
3. Alemania no podría reprocharnos si asumiéramos una posición que acepta por
parte de su aliada, Italia.
4. Los Aliados verían con agrado un acto que les es favorable porque permitiría
cualquier eventual apoyo a su causa.
En las circunstancias de la actual guerra los países americanos ubicados en el
régimen de neutralidad están aceptando una ficción que menoscaba su estatura
moral. Creo decididamente que ha llegado el momento de que América se sitúe en
el ámbito de la realidad y creo que el gesto que sugiero sería beneficioso
tanto para América como para el mundo”. (17)
Cabe
aclarar que la propuesta argentina de no beligerancia no encontró eco en el
gobierno norteamericano. La negativa de Washington se centró en cinco puntos.
Primero, la aceptación de la no beligerancia requería la modificación de la
legislación estadounidense sobre neutralidad, un paso que sólo podía realizar
el Congreso. Segundo, la propuesta argentina de no beligerancia implicaba el
total abandono de los acuerdos logrados en Panamá en septiembre de 1939 por
parte de las repúblicas americanas. Tercero, el gobierno de Estados Unidos
consideraba en ese momento que las repúblicas americanas constituían la última
porción del mundo civilizado que respetaba los principios del derecho
internacional y la aceptación
de la propuesta argentina implicaría aliarse al grupo de países que lo
violaban. Cuarto, la propuesta ponía en riesgo la unanimidad de acción que con
tanto cuidado se había logrado en las conferencias de Buenos Aires, Lima y
Panamá y podría incitar a las repúblicas americanas a proceder de una manera
irracional al transitar el inexplorado camino de la “no beligerancia”.
Welles agregó un quinto punto en su conversación con el embajador Espil, no
incluido en el memorándum formal, que rechazaba la analogía con Italia. Los
italianos eran aliados de una de las naciones beligerantes, en cambio ninguna de
las repúblicas americanas mantenía un vínculo de esa naturaleza con alguno de
los gobiernos beligerantes. (18)
Además,
el Subsecretario de Estado Sumner Welles señaló al embajador argentino Espil
los peligros de aceptar la no beligerancia argentina en el contexto de una durísima
campaña presidencial, en la cual la oposición a Roosevelt utilizaba argumentos
aislacionistas y exigía que Estados Unidos no fuesen arrastrados a la guerra.
En esa delicada coyuntura interna, toda insinuación de abandono de la
neutralidad -como habría sido la aceptación de la propuesta argentina-
resultaba imprudente. (19) En opinión de Espil, ésta fue la razón principal
del rechazo de la propuesta. (20)
Tulchin
señala algunas otras razones que llevaron a que el gobierno de Roosevelt
rechazara la propuesta argentina de “no beligerancia”: (21)
a)
la propuesta argentina de no beligerancia hemisférica tomó al gobierno
norteamericano por sorpresa. Sorprendió que dicha propuesta proviniese de la
Argentina;
b)
la propuesta llegó en un mal momento de la política exterior norteamericana:
las noticias provenientes de Europa registrando los avances nazis inundaban el
Departamento de Estado. Este factor hizo dificultoso que las autoridades
norteamericanas prestaran la debida atención a una propuesta que tendría
serios efectos en el hemisferio;
c)
la propuesta también llegó en un mal momento de la política interna
norteamericana. En esos días, el debate interno sobre la neutralidad ocupaba
buena parte de los esfuerzos de las autoridades norteamericanas por sus efectos
sobre la política de Estados Unidos y los sucesos en Europa. En 1940 se agregó
el problema de la cercanía de las elecciones presidenciales;
d)
la propuesta argentina de no beligerancia hemisférica no resultó acorde con la
estrategia regional norteamericana, partidaria de construir una solidaridad
interamericana lentamente, a través de compromisos militares específicos de
los países individuales, a cambio de los cuales el Departamento de Estado
norteamericano ofrecía la ayuda crediticia del Export-Import Bank. Pero el
Departamento de Estado no estaba preparado ni para la propuesta argentina de
“no beligerancia” ni para las exigencias del gobierno de Ortiz de
financiamientos a largo plazo y acuerdos de comercialización; y
e)
la incomprensión del Departamento de Estado de la delicada situación del
gobierno de Ortiz y de la vinculación que el grupo Ortiz-Cantilo hizo de la
propuesta de no beligerancia y las dificultades económicas que atravesaba en
ese momento la Argentina. Esta incomprensión estuvo vinculada, según Tulchin,
a la larga historia de desconfianza existente en las relaciones bilaterales.
A
comienzos de mayo, el canciller Cantilo nuevamente intentó convencer al
gobierno norteamericano para que éste diese su visto bueno a la propuesta de no
beligerancia. Dado el apoyo que la propuesta argentina encontró en otras repúblicas
latinoamericanas, especialmente en Uruguay, el gobierno norteamericano no podía
rechazarla de plano, pero optó por evitar cualquier formulación concreta. Con
el transcurrir de los meses, los cambios políticos internos argentinos -el
alejamiento de Ortiz y su reemplazo por el ultraconservador Ramón S. Castillo,
y el reemplazo del canciller Cantilo por el hispanista y anti-norteamericano
Enrique Ruiz Guiñazú- hicieron que el gobierno argentino se alejara de la
avanzada posición de no beligerancia adoptada en abril y mayo de 1940 para
asumir una actitud de neutralidad más moderada. Al hacerlo, las autoridades
argentinas se distanciaron cada vez más de las norteamericanas que, al revés
del gobierno de Buenos Aires, avanzaron hacia un creciente compromiso con las
naciones aliadas.
Paradójicamente,
con la propuesta de no beligerancia, la diplomacia argentina fue la primera en
sugerir en mayo de 1940 que las naciones del hemisferio occidental abandonaran
su postura de neutralidad “por anacrónica” frente a un conflicto que se
estaba extendiendo. El gobierno argentino entendía que con su propuesta se
favorecía a los países aliados en su lucha contra las fuerzas del Eje. El
gobierno de Estados Unidos rechazó la propuesta argentina calificándola de
“inoportuna”. Sin embargo, antes de que transcurrieran dos meses de su
formulación, el 10 de junio de 1940, el Presidente Roosevelt instaba a Estados
Unidos a adoptar la postura de no beligerancia. (22)
Es
importante resaltar que la propuesta argentina de no beligerancia fue producto
de factores políticos internos y está en relación con la convicción del
Presidente Roberto M. Ortiz a favor de un retorno del sufragio universal libre
de fraude. Cabe recordar que Ortiz solicitó el apoyo de militares que
estuviesen a favor de un gobierno constitucional y autorizó una serie de
intervenciones del gobierno federal en aquellas provincias donde existía fraude
electoral flagrante -caso de la provincia de Buenos Aires. Esta actitud de Ortiz
fue apoyada por los radicales y resistida por los sectores conservadores. Estas
pujas internas tuvieron un estrecho correlato con la política exterior adoptada
por la gestión de Ortiz y su canciller José María Cantilo. Ortiz, elegido por
Agustín P. Justo como su sucesor, estuvo interesado en una política pluralista
que favorecería al partido Radical, defensor de estrechas relaciones con los
británicos y hostiles al Eje. Justo,
Ortiz y el radical Marcelo T. Alvear compartieron una posición anti-Eje que los
llevó a integrar el grupo no partidario "Acción Argentina" en junio
de 1940. Por su parte, los opositores al retorno a la democracia propuesto por
Ortiz utilizaron la política exterior como una excusa para atacar al gobierno.
En esta tarea de oposición contaron con el respaldo de la embajada alemana.
A
pesar de tener el respaldo de algunos militares y de los radicales, la
estabilidad del gobierno era sumamente frágil. La capacidad de implementación
de las políticas democratizantes y proaliadas de Ortiz y su canciller Cantilo
se vio limitada por la presencia de elementos nacionalistas dentro del gobierno
o cercanos a él, algunos de los cuales eran pro-nazis y los demás no
consideraban necesario que la Argentina se involucrara en la guerra.
De
acuerdo con Tulchin, durante el gobierno de Ortiz 10% del ejército argentino
era pro-nazi, 20% simplemente admirador de Alemania, 20% pro-aliado y el resto
indiferente y dispuesto a apoyar a cualquiera de las dos posturas. La existencia
de un grupo muy activo que apoyaba a las naciones del Eje y un grupo numeroso
que procuraba resguardar la capacidad soberana y de autodeterminación del país
socavó en los hechos el margen efectivo de maniobra de la facción pro-aliada
en la Argentina. También contribuyó al fracaso del proyecto de Ortiz la
persistencia de las dificultades económicas con Estados Unidos. La gran promesa
de ayuda económica a los países de la región efectuada por el presidente
Roosevelt en el Día de las Américas, el 14 de abril de 1939, y las
conversaciones bilaterales en agosto del mismo año, no produjeron resultados
concretos. Este factor, sumado a los efectos de la guerra en la economía
argentina, llevó a que todos los
argentinos políticamente activos, aliadófilos o germanófilos, exigieran que
Estados Unidos ofreciera un mercado para las exportaciones agrícolas argentinas
como requisito previo a la cooperación con las autoridades de Washington. Las
persistentes dificultades en las negociaciones comerciales entre la Argentina y
Estados Unidos, producto de la intransigencia del influyente lobby
de los productores norteamericanos, quienes presionaron en el Congreso y
en el Departamento de Agricultura, a la vez que generaron
un sentimiento de pesimismo predominante aun en los sectores aliadófilos o
indecisos, otorgaron mayor vigor e iniciativa a los elementos nacionalistas en
la Argentina. (23)
Tanto
el presidente Ortiz como su canciller Cantilo buscaron el acercamiento con
Estados Unidos, convencidos de que un sólido vínculo con la comunidad
interamericana les permitiría aplastar a las fuerzas de oposición anti-democráticas.
Ortiz y Cantilo esperaban que la aceptación de su propuesta de no beligerancia
por parte del gobierno norteamericano desactivara la oposición interna y
capitalizara el sentimiento popular latente de amistad por los aliados.
El
rechazo de la propuesta de no beligerancia por parte de Washington y el fracaso
en los esfuerzos por cerrar un acuerdo comercial con Estados Unidos debilitaron
al gobierno de Ortiz porque, además de provocar un mayor deterioro en una
economía argentina ya plagada de obstáculos comerciales con Estados Unidos,
impulsó a la oligarquía terrateniente-ganadera a apoyar a los conservadores y
a los grupos militares inclinados a una neutralidad estricta en el conflicto
europeo. A estos fracasos se sumaron las victorias del Eje en el frente europeo,
factores que inclinaron la balanza del lado de las fuerzas anti-democráticas en
la Argentina, las que consolidaron su control hacia fines de 1940.
Envalentonadas por la exitosa "guerra relámpago" del Tercer Reich,
los pro-nazis argentinos colgaron muñecos con la imagen del canciller Cantilo y
exigieron su renuncia acusándolo de venderse a los norteamericanos.
Los
cambios en el gabinete del gobierno argentino fueron por cierto un factor
decisivo que, sumado a los anteriores, permitieron el avance de los elementos
nacionalistas y germanófilos en la política interna y de la neutralidad. A la
renuncia de Ortiz y su reemplazo por un presidente interino, el hasta entonces
vicepresidente Ramón S. Castillo, en julio de 1940, debemos agregar los cambios
en la titularidad del Ministerio de Relaciones Exteriores operados en los meses
de septiembre de 1940 a junio de 1941 -canciller Julio A. Roca, de septiembre de
1940 a enero de 1941; canciller interino Guillermo Rothe, de enero a junio de
1941; Enrique Ruiz Guiñazú, de junio de 1941 a junio de 1943.
Estos
cambios contribuyeron sin duda a las contradicciones y vacilaciones de la política
exterior en este período. Mientras Ortiz había revelado su disposición a
hacer abandono de la posición neutralista, Castillo tuvo una actitud que Conil
Paz y Ferrari califican como "neutralismo recalcitrante", llevada a
cabo por su último canciller Ruiz Guiñazú, que era admirador del hispanismo
franquista y menospreciaba la cultura y potencialidad bélica de Estados Unidos,
y cuya línea política concordaba con elencos jóvenes de la derecha y con
algunos sectores de clase media y del ejército en los que el gobierno
conservador necesitaba apoyarse. (24)
El
ministro de guerra de Castillo, Pedro P. Ramírez, compartía con el presidente
y con el canciller la certeza de que los intereses nacionales argentinos serían
mejor servidos por una política que llamaron de "prudente
neutralidad", la cual le daría a la Argentina un máximo de seguridad en
el duelo mundial entre gigantes y le posibilitaría extraer de la guerra las
mayores ventajas para su economía, tan dependiente de su comercio exterior. La
actitud neutral tenía también sus razones de política partidista interna. La
oposición al gobierno de Castillo, encabezada por los partidos Radical y
Socialista, criticó duramente su política de neutralidad. Este factor restó
flexibilidad al gobierno de Castillo: si obedecía a las presiones
norteamericanas y abandonaba la política de neutralidad, ello significaba una
victoria para sus enemigos. (25)
El
ejército tuvo asimismo una posición predominantemente neutral y en varias
ocasiones sus miembros no ocultó sus simpatías a la causa del Eje. Frente a
esta postura del ejército, la marina desarrolló, especialmente entre los años
1941 y 1943, una actitud marcadamente belicista y pronorteamericana. Los
oficiales de la armada argentina invocaron la necesidad de apoyar activamente la
causa de la democracia al lado del bando aliado. En el trasfondo de esta posición
estaba la esperanza de que la entrada de la Argentina en la guerra obligara al
gobierno a invertir fondos en la adquisición de barcos de guerra, aunque sólo
fuera para utilizarlos como escolta de los barcos mercantes argentinos que hacían
el intercambio con los demás países americanos. Por lo menos desde 1920, los
oficiales de la marina argentina venían desarrollando estrechos vínculos con
Estados Unidos y estaban considerados por las autoridades norteamericanas
“socialmente un punto por encima” de los oficiales del Ejército. (26)
Dentro
del ámbito civil, también se conformó un grupo de tendencia pro-aliada,
conformada por políticos de diversa extracción partidaria, con el objetivo de
enfrentar a los sectores nacionalistas y pro-nazis. Este grupo recibió el
nombre de “Acción Argentina”. Se trataba de una organización no
partidaria, contraria al Eje, establecida el 5 de junio de 1940, con ramales en
todo el país, que contaba con el apoyo de individuos provenientes de grupos muy
diferentes del espectro político argentino, tales como los representados por
los ex presidentes Marcelo T. de Alvear y Agustín P. Justo, los ex ministros
del gabinete de Justo, Carlos Saavedra Lamas y Federico Pinedo, el diputado
radical Emilio Ravignani y uno de los fundadores del Partido Socialista, Alfredo
L. Palacios. En su manifiesto inicial, los miembros de “Acción Argentina”
afirmaban como propósito defender de la “prepotencia alemana” la integridad
del territorio argentino, su soberanía política y su independencia económica.
En un principio, Acción Argentina se ocupó tan sólo de asuntos exteriores y
fue en realidad la sucursal argentina del llamado Comité para la Defensa de América
para ayudar a Gran Bretaña que se estableció simultáneamente en Estados
Unidos. Poco a poco, la creciente amenaza de los germanófilos llevó a algunos
jefes de Acción Argentina a tratar de convertirla en una coalición de todos
los partidos y grupos argentinos contrarios al Eje, bajo el nombre de Unión
Democrática. Dicha coalición anti-Eje tuvo por objetivo la defensa de la
democracia en la Argentina. Irónicamente, uno de los pocos resultados duraderos
de Acción Argentina fue precisamente la adopción de un programa de reforma
económica y social que más tarde sería aplicada por el peronismo, régimen
cuyo establecimiento Acción Argentina trató de impedir ya bajo el nombre de
Unión Democrática. (27)
El
esfuerzo para formar una coalición anti-Eje en la Argentina fracasó por la
incapacidad de los elementos integrantes de la misma de abandonar sus
rivalidades de partido, facción o personales, inconveniente tantas veces
demostrado en otras etapas de la historia argentina. Tras el golpe del 4 de
junio de 1943, una orden del nuevo régimen militar suprimió Acción Argentina,
bajo el pretexto de estar infectada de comunistas. En 1945 reapareció, ya como
Unión Democrática y con el extraño liderazgo de un embajador extranjero que,
en su lucha contra el peronismo, no logró más que fortalecerlo.
Ahora
bien, es importante subrayar que el estallido de la Segunda Guerra Mundial en
1939 no impactó en el corto plazo en las relaciones económicas bilaterales. Al
menos, no alteró inmediatamente el volumen del comercio exterior argentino. La
pérdida de intercambio con Alemania y Polonia fue compensada por el aumento de
las ventas a Italia y Estados Unidos y el mantenimiento del mercado europeo
occidental. En realidad, Peterson, tomando como referencia a De Wilde y Wood,
sostiene que el tonelaje exportado por la Argentina durante los primeros nueve
meses de la guerra aumentó 12%, mientras que el valor de dichas exportaciones
ascendió casi 20%. (28)
Pero
la ocupación de los países de Europa Occidental por parte de las fuerzas
alemanas fue un factor que afectó los canales del comercio exterior argentino.
Dentro de los países europeo-occidentales, que normalmente absorbían el 75% de
las exportaciones argentinas, sólo
los mercados de Inglaterra, España y Portugal permanecieron abiertos.
Como consecuencia de la guerra, la capacidad de bodegas del segundo semestre de
1940 fue sólo del 39% de la disponible en el primer semestre del mismo año, y
el volumen total de las exportaciones argentinas disminuyó a la mitad. Dada la
regularidad y estabilidad de las importaciones, que contrastó con la merma de
las exportaciones, la balanza comercial argentina pasó de superavitaria a
deficitaria. Por su parte, la situación financiera argentina se agravó debido
al problema de la inconvertibilidad de los saldos en libras esterlinas resuelta
por el gobierno de Gran Bretaña.
Para
superar esta problemática situación del comercio exterior, el gobierno
argentino fomentó la creciente exportación de rubros no tradicionales, tales
como productos lácteos, aceites vegetales, azúcar, algodón, minerales y
licores. Impulsó también mayores ventas a mercados como España, los países
limítrofes americanos y Estados Unidos. Con el objetivo de proteger al
agricultor argentino, las autoridades compraron los excedentes a precios fijos,
y estimularon el uso de los granos como combustibles, llegando incluso a
destruir grandes existencias. Todas estas medidas impidieron el colapso de los
precios agrícolas, pero constituyeron una enorme carga para el erario nacional.
(29)
En
este crítico contexto, el comercio con Estados Unidos pasó a tener vital
importancia para la Argentina. El mercado norteamericano se convirtió en la única
esperanza de reducir los excedentes acumulados. A su vez, los problemas de Gran
Bretaña para abastecer las necesidades importadoras argentinas convirtieron a
las industrias norteamericanas en proveedoras esenciales de productos de hierro
y acero, automóviles y repuestos, maquinaria industrial y productos químicos.
(30)
Hacia
fines de 1940, el creciente peso de las importaciones en la balanza comercial
llevó a las finanzas argentinas al borde del colapso. En ese momento, las
importaciones de origen norteamericano pasaron a ser las más altas desde 1930.
(31) A pesar del aumento de las exportaciones argentinas, el déficit comercial
se combinó en forma perversa con el servicio de la deuda externa, obligando a
las autoridades argentinas a embarcar ese año de 1940 oro a Nueva York por
valor de 59.000.000 de dólares. Como consecuencia de esta delicada situación,
el gobierno de Castillo se vio obligado en diciembre de 1940 a negociar con el
Export-Import Bank un crédito de 60.000.000 de dólares y con el Departamento
del Tesoro norteamericano un empréstito de estabilización de 50.000.000 de dólares.
(32)
No
obstante estas dificultades, en 1941 la balanza comercial entre la Argentina y
Estados Unidos cambió en forma brusca. Al revisar sus reglamentaciones sobre
control de cambios en febrero de dicho año, la Argentina logró mantener sus
importaciones en las cifras de 1940. A su vez, se registró en el mercado
norteamericano una creciente demanda de lana, pieles, cueros y extracto de
quebracho argentinos, estimulada por el programa de defensa adoptado por las
autoridades de Washington. Este aumento de demanda implicó una duplicación del
monto de las importaciones norteamericanas de 1940, es decir que en 1941 las
mismas alcanzaron la cifra más alta en veinte años. Debido a que la cuota de
importaciones norteamericanas de origen argentino ascendió al 36% en 1941,
Estados Unidos se convirtió en ese año en el mejor cliente de la Argentina.
(33)
La
situación iniciada en 1941 proveyó un contexto sumamente favorable para la
conclusión del tratado comercial buscado con tanto anhelo por argentinos y
norteamericanos. A pesar de que continuaron los excedentes de granos y de
semilla de lino, el superávit comercial argentino producto de las crecientes
exportaciones de lana, pieles, cueros y extracto de quebracho al mercado
norteamericano superó los índices más altos hasta ese momento, logrados en
los prósperos días de la Primera Guerra Mundial. Las autoridades de
Washington, por otra parte, estuvieron dispuestas a aprovechar esta favorable
coyuntura comercial de la Argentina para conducir a este último país hacia una
cooperación continental más estrecha.
Tras
el excelente año de 1941, las cifras del intercambio argentino-norteamericano
muestran un leve ascenso de las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos
hasta 1945. El valor de las mismas se incrementó de 542.857.000 pesos moneda
nacional en 1941 a 553.760.000 moneda nacional en 1945. Este ascenso de las
exportaciones argentinas contrastó con una brusca caída de las importaciones
de origen norteamericano en la Argentina, cuyo valor declinó de 450.198.000
pesos moneda nacional en 1941 a 158.872.000 pesos moneda nacional en 1945. El
rubro de textiles, cuyo valor era de 9.341.374 pesos moneda nacional en 1942,
cayó durante los años subsiguientes hasta alcanzar un valor de 938.071 pesos
moneda nacional en 1945. El de hierro y artefactos construidos con este material
cayó de 64.609.805 pesos moneda nacional en 1940 a 8.786.925 pesos moneda
nacional en 1944. Y el rubro maquinarias declinó de 71.490.931 en 1940 a
11.227.257 pesos moneda nacional en 1945. (34)
Otro
importante efecto de la Segunda Guerra Mundial en las vinculaciones comerciales
bilaterales fue la virtual suspensión de los servicios de transporte marítimos
de la Argentina hacia Estados Unidos. En enero de 1942, el crucero de bandera
estadounidense Argentina retiró sus servicios de transporte de
pasajeros, carga y correspondencia entre los puertos de Buenos Aires y Nueva
York. Al mes siguiente, hicieron lo propio otros dos buques de la misma bandera,
Brasil y Uruguay. Los tres fueron destinados al transporte de
tropas como barcos de guerra. Dada la dependencia argentina de ciertas
importaciones de origen norteamericano como automotores y repuestos, y material
de aviación y guerra, esta medida tuvo un impacto significativo. (35)
Nuevamente,
estos desarrollos deben ser contextualizados en el marco de acontecimientos políticos
que afectaban las relaciones bilaterales y que por esos años se tradujeron en
ciertas “grietas” en la voluntad de colaboración de ambos gobiernos.
En
efecto, el 24 de mayo de 1940, la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires
entregó a la cancillería argentina un memorándum en el que expresó la
inquietud norteamericana por el avance de las fuerzas del Eje en Europa y su
interés de que todas las repúblicas americanas iniciaran conversaciones
secretas con el objetivo de coordinar esfuerzos en el caso de que se concretara
cualquier agresión extra-hemisférica. El memo agregaba que esta sugerencia no
implicaba ninguna alianza militar ni ningún compromiso militar o naval; sólo
implicaba que el gobierno de los Estados Unidos creía que la situación mundial
se ha vuelto más y más peligrosa, y que por eso parecía prudente que las Repúblicas
Americanas determinaran qué parte podrían desempeñar cada una de ellas en
caso de verse obligadas a resistir la agresión contra la paz del Nuevo Mundo.
(36)
Otro
memorándum del 31 de mayo aclaró que las medidas defensivas a cargo del
gobierno argentino “se limitarían especialmente a la fuerza naval que el
gobierno argentino podría utilizar para la protección de sus costas propias y
quizá la costa uruguaya contra una agresión extranjera”. (37)
Pero
las autoridades de la marina norteamericana dieron un paso que iba más allá de
estas declaraciones del gobierno. Procuraron contactarse con los oficiales de la
armada argentina, y lo hicieron a través del capitán de navío William O.
Spears. Por su parte, los capitanes de navío Francisco Clarissa y Francisco
Renta -este último, segundo jefe del Estado Mayor General-, junto con Pablo
Santos Muñoz, en representación de la cancillería argentina, fueron los
encargados de entrevistarse con Spears. En la primera entrevista, el delegado
norteamericano formuló los siguientes interrogantes: a) si, en caso de agresión
al continente de origen externo, el gobierno argentino estaba o no dispuesto a
cooperar militarmente con los países americanos y, especialmente, con Estados
Unidos; b) si, en caso de que el gobierno argentino decidiera cooperar,
confeccionaría planes de defensa e indicaría las bases navales y aéreas
necesarias para cumplirlos, y c) en caso de que las autoridades argentinas
accedieran a cumplir los puntos a) y b), cuáles serían las necesidades y la
ayuda de la Argentina. Estos tres interrogantes apuntaron a saber si el gobierno
argentino permitiría o no el uso de sus aguas, puertos y bases navales y aéreas
para contrarrestar una amenaza contra países vecinos como Uruguay y Brasil.
En
respuesta a las preguntas del capitán Spears, el capitán Renta sostuvo, en
nombre del Ministro de Marina que la marina argentina no tenía facultades para
contestarlas y que agradecía el ofrecimiento de ayuda, pero no lo creía
necesario, dado que la Argentina podría defenderse sin ayuda en caso de agresión
externa. Spears insistió en su oferta, ya que no quería volver a Washington
con las manos vacías, pero no pudo obtener nada concreto.
No
obstante el fracaso de la misión de Spears, el gobierno norteamericano siguió
explorando para averiguar el grado de voluntad de las autoridades argentinas
respecto de una coordinación defensiva regional. Un nuevo intento en este
sentido tuvo lugar el 17 de junio de 1940, cuando el embajador de los Estados
Unidos envió a la cancillería un memorándum confidencial en el cual se
interrogaba al gobierno argentino si, en caso de agresión a Uruguay, prestaría
ayuda y cooperaría con el país vecino para resistir dicha agresión. Asimismo
preguntaba si se mantendría igual actitud ante la agresión a cualquier república
americana por parte de un Estado no americano. Finalmente, y en caso de que se
estableciera una base en la costa atlántica que amenazara a la Argentina, el
memo preguntaba si el gobierno argentino desearía la ayuda de Estados Unidos, y
si dicha ayuda contaría con facilidades en los puertos, aeródromos y campos de
aviación argentinos. Para concretar planes en esta dirección, el memorándum
confidencial de la embajada norteamericana sugería conversaciones dentro de un
breve plazo entre miembros de los estados mayores de las marinas de ambos países.
Antes
de responder a este memorándum, la cancillería argentina consultó sobre su
contenido a los ministros de guerra y marina. La primera opinión, que llevó la
firma del general Márquez, aceptó la propuesta norteamericana, considerando
como grave toda agresión a Uruguay y Brasil. Por su parte, el ministro de
marina León Scasso, a diferencia de Márquez, contestó negativamente al
cuestionario del memo, especialmente en lo que se refería a la colaboración de
elementos y bases, opinando que el gobierno argentino debía renunciar a todo
intento de negociación. Para justificar su negativa, Scasso recordó la política
de engrandecimiento territorial adoptada por los gobiernos norteamericanos,
haciendo también una crítica referencia a la llamada "política del dólar".
La
negativa del Ministro de Marina a la propuesta del memorándum de la embajada
norteamericana influyó en la respuesta del canciller Cantilo al embajador
norteamericano el 28 de junio de 1940:
“La
Argentina no ha necesitado en ningún momento de pactos especiales para
acudir en defensa de un país americano injustamente agraviado. Es indudable
también que, si otra república americana, cuya vecindad a la Argentina hiciera
factible la ayuda y la solicitara, el Congreso la autorizaría. Si la Argentina
fuera objeto de una agresión, habría de agradecer la ayuda que quisieran
ofrecerle las otras repúblicas americanas. La verdadera colaboración
interamericana debe ser permanente y abrazar el terreno comercial y cultural;
estas Repúblicas han de progresar y podrán dedicar a su defensa nacional las
sumas necesarias para hacer de una agresión al continente americano una empresa
tan arriesgada que, ninguna potencia del mundo se atreva a intentarla”. (38)
Por
último afirmaba que si desgraciadamente llegaba a producirse una situación de
peligro, se la examinaría no sólo con el gobierno de los Estados Unidos, sino
también con todos los demás gobiernos americanos.
Estas
gestiones del alto mando norteamericano se reanudaron, aunque con igual
resultado, después de la conferencia de cancilleres de La Habana, a través de
una visita del teniente coronel R.L. Christian a Buenos Aires en septiembre del
mismo año.
Mientras
tanto, a los exitosos avances del Tercer Reich en el frente europeo y al
fortalecimiento de los sectores nacionalistas y germanófilos opuestos al
gobierno de Ortiz, se sumó la enfermedad y posterior retiro del propio
Presidente argentino, que debilitaron al grupo aliadófilo y, por ende, a la
posición del Ministro de Relaciones Exteriores en vísperas de la Segunda Reunión
de Consulta que tuvo lugar en La Habana, del 21 al 30 de julio de 1940. Además,
la falta de entendimiento con los Estados Unidos en los meses anteriores a la
conferencia –rechazo de la propuesta argentina de no beligerancia y fracaso de
las gestiones económicas- y las presiones de los grupos ganaderos a favor de la
neutralidad (39) -con el objetivo de conservar el mercado alemán para la carne
argentina en el caso de que Gran Bretaña fuera derrotada- contribuyeron al
gradual retiro argentino del programa de solidaridad continental iniciado en
Panamá.
Por
cierto, la negativa reacción argentina al llamado de Hull a una nueva
conferencia consultiva integrada por los países de la región en La Habana
reveló el cambio en la actitud del canciller Cantilo desde su declaración de
no beligerancia de abril de 1940.
Inicialmente dispuesto a enviar delegados a la conferencia impulsada por
Washington, Cantilo cambió su opinión al enterarse de la resolución
unilateral del gobierno norteamericano del 18 de junio respecto de la
transferencia de las colonias europeas en América, (40) sosteniendo que no había
necesidad de celebrar tal reunión consultiva. (41)
El
viejo antagonismo argentino-norteamericano reapareció luego de la caída de
Francia ante el ejército nazi en junio de 1940, cuando el gobierno de
Washington abandonó la neutralidad declarada en Panamá y se convirtió en el
"arsenal de la democracia", abasteciendo de armas a los enemigos del
Eje. Como tantas otras veces, la diplomacia argentina enfrentó a la
norteamericana en vez de cooperar con ella. El canciller Cantilo reaccionó en
contra del anteproyecto de Hull que impulsaba una amplia resolución para
proteger el territorio del hemisferio de toda transferencia violenta de una
potencia no americana a otra. De acuerdo con la óptica de Cantilo, y a
diferencia de lo que opinaban las autoridades de la Casa Blanca, dicha
transferencia de territorios no era necesariamente hostil a la paz y la
seguridad en la región. El canciller argentino cuestionó el derecho de las repúblicas
americanas a sentarse a juzgar los cambios políticos europeos. El Ministro de
Relaciones Exteriores argentino puso en duda la justicia de la política
norteamericana, que garantizaba el statu
quo sin tener en cuenta si el cambio era o no deseable. La diplomacia
argentina sostenía que en todo caso era el mismo pueblo quien debía determinar
su destino soberano. Con el pensamiento puesto tal vez en la cuestión de las
islas Malvinas, Cantilo sugirió como alternativa al anteproyecto norteamericano
el principio opcional de que las colonias europeas no debían existir en el
hemisferio occidental. (42)
Deseando
evitar la confrontación directa con la delegación norteamericana, el canciller
Cantilo envió en su lugar a Leopoldo Melo para que hiciera la presentación de
la posición argentina en la conferencia de La Habana. Melo, quien había tenido
una actitud cooperativa con Estados Unidos en la reunión de Panamá, se vio en
esta ocasión muy condicionado por el cambio de gobierno operado en su país. El
delegado argentino expuso fielmente la posición de Cantilo y, como varios de
sus colegas latinoamericanos, puso en tela de juicio la capacidad norteamericana
para defender a todo el hemisferio en caso de agresión extracontinental.
Sin
embargo, Melo adoptó una posición más intransigente hacia Washington en su
exposición que en la práctica, ya que se avino a firmar junto a los demás
estados de la región el "Acta de La Habana" y la "Convención
sobre Administración Provisional de las Colonias y Posesiones Europeas de las
Américas" que la acompañaba. Ambos documentos prohibieron la
transferencia de las posesiones americanas de las potencias europeas como
Francia, Países Bajos y Gran Bretaña, a cualquier otra potencia, y crearon una
administración interamericana para tales posesiones en caso de necesidad. A
pesar de firmar estos documentos, la Argentina no desaprovechó la ocasión para
reafirmar sus derechos sobre las islas Malvinas y manifestó que si el control
de Gran Bretaña sobre las islas cesaba por alguna razón, las Malvinas pasarían
a dominio de la Argentina y no a un control interamericano. (43)
Otro
fruto de la Conferencia de La Habana fue la Declaración XV sobre Asistencia Recíproca
y Cooperación Defensiva de las Naciones Americanas, la cual establecía:
“Que
todo atentado de un Estado no americano contra la integridad o la inviolabilidad
del territorio, contra la soberanía o independencia política de un Estado
americano, será considerado como un acto de agresión contra los Estados que
firman esta Declaración. En el caso de que se ejecuten actos de agresión o de
que haya razón para creer que se prepara una agresión por parte de un Estado
no americano contra la integridad e inviolabilidad del territorio, contra la
soberanía o la independencia política de un Estado americano, los Estados
signatarios de la presente Declaración consultarán entre sí para concertar
las medidas que convenga tomar. Los Estados signatarios entre todos ellos o
entre dos o más de ellos, según las circunstancias, procederán a negociar los
acuerdos complementarios necesarios para organizar la cooperación defensiva y
la asistencia que se prestarán en la eventualidad de agresiones a que se
refiere esta Declaración”. (44)
La
Declaración XV implicaba que se convenía en el principio de la seguridad
colectiva, aunque no se aceptaba compromiso alguno de actuar sino sólo de
consultarse las medidas posibles. (45) Fue aprobada con la única reserva de
Colombia; la Argentina se adhirió sin reservas. El párrafo final de dicha
declaración introdujo una innovación que le permitió al gobierno
norteamericano concretar acuerdos bilaterales con los países de la región. En
otras palabras, con el respaldo de los países latinoamericanos a la Declaración
XV votada en La Habana, el gobierno de Estados Unidos montó la infraestructura
jurídica para la Ley de Préstamo y Arriendo, por la cual Washington
condicionaba la ayuda económica y militar a los países de la región a cambio
de la cooperación de éstos en la lucha de Estados Unidos y los aliados contra
las fuerzas del Eje. Por una vía bilateral –la mencionada Ley de Préstamo y
Arriendo-, el gobierno norteamericano lograría la cooperación regional que no
había podido obtener a través de mecanismos multilaterales, rechazados siempre
en las conferencias interamericanas.
Por
otra parte, como ya se ha señalado, luego de la Conferencia de La Habana el
teniente coronel norteamericano R. L. Christian, tras mantener conversaciones
con oficiales superiores de Paraguay y Uruguay, inició conversaciones con los
ministros de guerra y marina argentinos. Las mismas se llevaron a cabo en
setiembre de 1940. A dichas conversaciones se incorporó luego el agregado naval
Brereton. En dichas conversaciones, Christian se refirió a la preparación para
la defensa común del continente americano, en caso de agresión por parte de
una potencia no americana a un estado de la región. Manifestó que su intención
era la de intercambiar ideas entre profesionales, y no la de arribar a
compromiso alguno, ya que ello era una cuestión de gobierno. También declaró
que la delegación norteamericana no tenía intención de apoderarse o forzar a
ninguna nación americana a ceder bases para las fuerzas norteamericanas.
La
respuesta del gobierno argentino a las gestiones de Spears y Christian fue
calificada por los círculos oficiales de la Casa Blanca como "respuestas
generales y evasivas". Para Washington, los fracasos de ambas misiones
revelaban la falta de interés del gobierno argentino en la cooperación hemisférica,
lo cual a la vez explicaba su actitud dilatoria ante los intentos
norteamericanos de cooperación militar. El fracaso de estos primeros contactos
contribuyó a generar un clima de creciente tensión entre las autoridades de
Buenos Aires y Washington, que se enrareció aún más cuando el gobierno de
Estados Unidos rompió su neutralidad a partir de diciembre de 1941 (46)
y la Argentina la mantuvo, debiendo soportar a partir de ese momento un
creciente hostigamiento económico y diplomático por parte de la Casa Blanca.
Pero
no se trató sólo de hostigamiento. También existieron juegos de
compensaciones, de los cuales la Ley de Préstamo y Arriendo constituye un buen
ejemplo. En efecto, el 11 de marzo de 1941 el Congreso norteamericano sancionó
la Ley de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease
Act), que permitió al Presidente norteamericano enviar refuerzos militares
a las fuerzas aliadas. A partir de ese momento, el gobierno de Estados Unidos
ingresó en una fase de semibeligerancia que terminó en diciembre de 1941,
cuando las autoridades norteamericanas decidieron ingresar en la guerra.
Esta
ley de Préstamo y Arriendo autorizó al presidente de Estados Unidos, “cuando
lo considere de interés para la defensa nacional (...) a vender, permutar,
transferir, arrendar, prestar” toda clase de artículos para la protección
del “gobierno de cualquier país cuya defensa el Presidente considere vital
para los Estados Unidos”. En consecuencia, esta ley otorgó respaldo jurídico
interno a la proyección internacional del gobierno norteamericano
como el “arsenal de las democracias”. Como resultado de las
previsoras medidas de la Ley de Préstamo y Arriendo, la economía
estadounidense adaptó su producción a las necesidades de la guerra un año
antes de declararla, y puso al alcance de sus aliados unos 50.000 millones de dólares
en armas, servicios y alimentos.
Asimismo,
a través de la Ley de Préstamo y Arriendo, el gobierno de Estados Unidos puso
en práctica y a gran escala la política del gift
o “regalo”, que en décadas posteriores repitió exitosamente para defender
su liderazgo global. Esta política del gift
consistió en donaciones de bienes o capitales por parte del gobierno
norteamericano a determinados países sin contraprestación de las naciones
receptoras.
Estas
operaciones tuvieron una finalidad política, generalmente expresa, y
descansaron en la premisa de que es preferible la ayuda masiva a un plan de
defensa de costo equivalente o superior a la guerra misma. La ausencia de
contraprestación por parte de los países receptores de la ayuda económica
norteamericana no implicaba la ausencia de ventajas para el país donante, pues
la reactivación económica de los primeros aumentaba el intercambio y, en
consecuencia, terminaba beneficiando al país que había otorgado la ayuda. (47)
En
los hechos, la política del Préstamo y Arriendo consistió en prácticamente
un regalo de armamento del gobierno de Estados Unidos a aquellos países
latinoamericanos que sintonizaran con la política de seguridad norteamericana.
Dicha política alteró de manera sustancial el equilibrio de poder en la región,
favorable a la Argentina hasta la Segunda Guerra Mundial. Así lo atestigua una
nota enviada por el embajador de Alemania en Río de Janeiro, Ritter, quien, en
marzo de 1938, daba cuenta a Hitler de la preocupación brasileña respecto de
su poderoso vecino: la Argentina. (48)
A
partir de la entrada en vigencia de esta política en marzo de 1941, las
entregas de armas por parte del gobierno norteamericano a países
latinoamericanos reverdecieron viejas rivalidades intra-regionales. Desde esa
fecha en adelante, la diplomacia argentina intentó congeniar dos actitudes
irreconciliables: mantener la neutralidad y a la vez evitar su creciente
inferioridad bélica procurando captar la ayuda norteamericana por el camino del
Lend-Lease.
El
30 de julio de 1941, el embajador norteamericano en Buenos Aires Norman Armour
presentó a la cancillería argentina un memorándum confidencial en el que hizo
saber que el gobierno de Estados Unidos había resuelto, en los próximos años,
otorgar a las repúblicas americanas material naval y militar por un valor
aproximado de 400 millones de dólares. Sostenía el memorándum que el gobierno
argentino podía acceder a la entrega de material naval y militar en una fecha
cercana en los términos de la Ley de Préstamo y Arriendo. Finalizaba el memo
informando que el subsecretario Welles tenía entendido que las autoridades
argentinas estaban dispuestas a reanudar las conversaciones de estados mayores
iniciadas en Buenos Aires, durante las visitas del capitán Spears y el teniente
coronel Christian. Para concretar dicho objetivo, el documento sugería la
designación de una comisión naval-militar argentina que viajara a Estados
Unidos en fecha próxima, con facultades para continuar las conversaciones
iniciadas en Buenos Aires el año anterior y expresar las necesidades del
gobierno argentino con respecto al equipo militar y naval.
Ahora
bien, la neutralidad adoptada por Castillo no era compartida en forma monolítica
por el conjunto de la clase política argentina. A mediados de junio de 1941, el
embajador norteamericano en Buenos Aires Norman Armour informaba al Secretario
de Estado norteamericano que la impaciencia que suscitaba en algunos sectores de
la opinión pública y de la clase política argentina la actitud circunspecta e
irresoluta de Castillo iba haciéndose más marcada, y en agosto del mismo año
daba cuenta también de que una insistente demanda popular exigía mayor
colaboración con Gran Bretaña, Estados Unidos y las demás repúblicas
americanas. (49)
Lo
cierto fue que entre junio de 1941 y el ataque japonés a Pearl Harbor en
diciembre del mismo año, el gobierno de Castillo pareció ceder a la presión
interna de los sectores aliadófilos y acercarse a los intereses de seguridad
interamericana impulsados por el gobierno de Estados Unidos.
Un ejemplo de esta actitud fue la declaración efectuada por el
presidente interino el día 7 de julio ante dos mil oficiales del ejército, en
la que, si bien dejando definida su actitud como una de "prudente
neutralidad", Castillo justificó un acercamiento a Estados Unidos y a la
cooperación interamericana sobre la base de una pertenencia al “ambiente de
civilización armónica, donde imperan la paz y el orden que hacen grandes a los
pueblos y más respetables a los hombres”. (50)
A
este gesto del gobierno de Castillo en procura de un acercamiento con la Casa
Blanca le siguieron otros.
Así, las autoridades argentinas permitieron que el jefe de estado mayor
de la marina participara en una gira de inspección de establecimientos navales
norteamericanos. Asimismo, el 13 de mayo de 1941, la gestión de Castillo cerró
tardíamente los puertos y aguas argentinos a los submarinos beligerantes. También
el gobierno argentino propuso a sus colegas norteamericano y brasileño una
mediación tripartita en la disputa fronteriza entre Ecuador y Perú. (51)
Mientras
tanto, el impacto de la Segunda Guerra Mundial en la atmósfera política
interna argentina era más que evidente. En esos mismos días en que el gobierno
de Castillo adoptaba un conjunto de medidas tendientes a un mayor acercamiento
con Estados Unidos, la Comisión de la Cámara de Diputados que investigaba la
penetración de las redes de espionaje y organizaciones nazis en la Argentina,
fuertemente respaldada por los sectores y medios de prensa aliadófilos,
presionaba sobre el gobierno argentino para que éste declarase sus intenciones.
Mediante revelaciones periódicas acerca de las actividades de la embajada
alemana en la Argentina, estos medios pusieron al descubierto el grado en que el
embajador von Thermann abusaba de sus privilegios diplomáticos, colocando al
gobierno de Castillo en una posición sumamente incómoda. El 15 de septiembre
de 1941 la Cámara de Diputados votó una moción de censura y recomendó la
disolución de todas las organizaciones laborales y culturales alemanas. (52)
En
medio de esta incómoda situación, el gobierno de Castillo procuró acelerar
las negociaciones diplomáticas tendientes a estrechar la cooperación con
Washington. Las negociaciones se relacionaron esencialmente con tres problemas:
el control mundial del trigo, la escasez de equipo militar y el intercambio
comercial argentino-norteamericano.
Respecto
del primer problema, los funcionarios argentinos se reunieron con sus colegas de
Australia, Canadá, el Reino Unido y Estados Unidos con el objeto de resolver
las crecientes dificultades ocasionadas por la demanda y la oferta mundial de
trigo. Como resultado de estos contactos, los representantes de estos países
acordaron firmar en abril de 1942 un acuerdo que abarcó temas tales como
existencias, fondo de ayuda y controles sobre producción, exportación y
precios.
En
cuanto al segundo problema, el de la escasez de equipo militar por parte de la
Argentina, los esfuerzos norteamericanos por satisfacer las necesidades
argentinas debieron sortear numerosos obstáculos. Los negociadores argentinos
presentaron a fines de junio de 1941 su lista inicial de equipos militares
escasos, sobre todo de productos químicos y metales. Un mes más tarde, cuando
el Departamento de Estado intentó vincular estas necesidades argentinas a
conversaciones sobre defensa continental entre los estados mayores de ambos países,
tropezó con la reacción negativa del embajador argentino en Washington, Felipe
A. Espil. Ante esta dificultad, los funcionarios del Departamento de Estado se
apresuraron a establecer una separación completa entre necesidades militares y
compromisos políticos. Una vez que recibieron seguridades sobre este espinoso
punto, las autoridades argentinas decidieron enviar en el mes de agosto de 1941
una misión negociadora a Washington.
Sobre
el problema del intercambio comercial bilateral, el gobierno de Castillo adoptó
la trascendente decisión de firmar con las autoridades norteamericanas un
acuerdo recíproco de comercio el 14 de octubre de 1941, el que reemplazó al
obsoleto tratado de 1853. Este paso resultó de importancia. Ambas naciones,
afectadas por la dislocación del comercio en la coyuntura bélica y por la
escasez de bodegas, lograron concretar un moderno tratado comercial.
Así
fue que el 14 de octubre de 1941, los representantes argentinos y
norteamericanos lograron el acuerdo comercial. Este tratado aportó ventajas a
ambas partes. Si bien no aseguró a la Argentina el mercado norteamericano para
sus cereales y carne fresca, vale señalar que sentó las bases para la futura
diversificación del intercambio comercial y, sobre todo, contribuyó a reducir
el resentimiento de las décadas anteriores existente entre ambos países a
causa de las mutuas discriminaciones contra los productos exportables,
modificando el fundamental conflicto filosófico-comercial entablado entre los
conceptos de comercio bilateral y multilateral.
Por
una parte, el acuerdo aseguró una reducción de índices tarifarios sobre, según
Conil Paz y Ferrari, 69%, y según Peterson, 75% de las exportaciones argentinas
de 1940 a Estados Unidos, incluyendo el rubro de la carne envasada. Por la otra,
dicho acuerdo también rebajó los índices sobre 18% de los productos
manufacturados norteamericanos importados por la Argentina en el mismo año
(entre otros rubros, el de automóviles y heladeras).
El
gobierno argentino prometió además no subir las tarifas aduaneras existentes
por encima de 12%. Mantuvo las cuotas vigentes y el control de cambios, pero se
comprometió a no utilizarlos en perjuicio de Estados Unidos, salvo a favor de
Gran Bretaña y los países del área de la libra esterlina, así como de sus
vecinos y de Perú. (53)
Asimismo,
luego de haber concluido el tratado comercial, el gobierno de Castillo adoptó
una serie de pasos que generaron en la Casa Blanca la esperanza de que la
Argentina adoptase una auténtica participación en la defensa del hemisferio
junto a Estados Unidos. A fines de octubre de ese año de 1941, el Presidente
interino argentino anunció que una misión militar partiría sin tardanza a
Estados Unidos con el objetivo de realizar compras esenciales de equipos y
armamento. Esta misión militar fue acompañada por un experto en finanzas, con
el fin de discutir la ayuda bajo la Ley de Préstamo y Arriendo en las
condiciones fijadas por los norteamericanos.
En
noviembre, y de modo acorde con los planes norteamericanos de guerra económica,
el Ministro de Relaciones Exteriores argentino Ruiz Guiñazú, notificó a
Washington que la Argentina vendería a Estados Unidos toda su producción de
tungsteno durante un período de tres años. Asimismo, en ocasión de
un viaje efectuado por diputados argentinos a Estados Unidos, el ex
Ministro de Relaciones Exteriores Cantilo, hizo referencia a la “ineludible
necesidad de fortalecer las relaciones panamericanas y, en particular, la
amistad entre los Estados Unidos y la República Argentina”. Y el 2 de
diciembre de 1941 el propio presidente Castillo aseguró al embajador
norteamericano en Buenos Aires Armour que el gobierno argentino estaba dispuesto
a cumplir con sus compromisos interamericanos, afirmando que Estados Unidos podía
contar con el apoyo cabal de la Argentina. (54)
No
obstante, fueron las divergentes consideraciones geográficas, económicas y
estratégicas en cada uno de los países de la región americana las que
determinaron tanto el grado de rapidez con que éstos reaccionaron ante la
Segunda Guerra Mundial, como la medida en que cumplieron con sus obligaciones
interamericanas. Así, los nueve pequeños Estados de la región del Caribe,
estrechamente vinculados a Estados Unidos por lazos comerciales y de defensa,
declararon la guerra a las naciones del Eje el 10 de diciembre de 1941. En
cambio, las naciones más extensas del Caribe, México, Colombia y Venezuela, si
bien igualmente importantes para Estados Unidos en materia de abastecimiento y
estrategia, actuaron con más lentitud que los estados caribeños pequeños,
aunque ya hacia fin de ese año 1941 habían roto las relaciones diplomáticas
con las fuerzas nazifascistas. Un tercer grupo de Estados, que comprendía a la
Argentina, Bolivia, Chile y Uruguay, alejados del Atlántico Norte y preocupados
por su defensa, decidieron acordar al gobierno de Estados Unidos la condición
de no beligerantes. Por último, las naciones restantes del continente, Brasil,
Ecuador, Paraguay y Perú, reconocieron formalmente su solidaridad con Estados
Unidos, pero se abstuvieron de adoptar acciones concretas hasta fines de enero
de 1942. (55)
Por
último, cabe señalar que la primera reacción del gobierno de Castillo ante el
ataque japonés a Pearl Harbor fue el decreto Nº 108.040 enviado al secretario
Hull el 9 de diciembre de 1941, que estipulaba que la Argentina conformaría su
política a la asistencia recíproca dispuesta por la Resolución XV del Acta
Final de La Habana. Dicho decreto disponía lo siguiente:
“Art.
1º La posición de la República Argentina en el actual conflicto internacional
se regirá en lo que respecta a los Estados Unidos por los compromisos
panamericanos contraídos sobre solidaridad, asistencia recíproca y cooperación
defensiva.
Art. 2º Como consecuencia de ello, la República Argentina no considera a los
Estados Unidos de América en la situación de país beligerante en este
conflicto.
Art. 3º Hácense extensivas al presente estado de guerra y únicamente con
respecto a Gran Bretaña y Japón las disposiciones del decreto sobre
neutralidad dictado en Acuerdo de Ministros el 4 de septiembre de 1939.
Art. 4º La República Argentina en su oportunidad y por el procedimiento
previsto por la Convención XV de La Habana ya citada, procederá a negociar los
acuerdos complementarios necesarios”. (56)
Al
día siguiente del decreto del 9 de diciembre, el Presidente argentino Castillo
informó a su colega norteamericano del decreto de no beligerancia, transmitiéndole
a Roosevelt que el gobierno argentino “no considera a los Estados Unidos de América
en situación de país beligerante ni sujeto en consecuencia en este país a las
limitaciones propias del régimen de neutralidad”. Castillo presentó además
en su mensaje a Roosevelt “los amistosos votos del gobierno y el pueblo
argentinos”. (57) Cuatro días más tarde, el Presidente Castillo amplió su
posición de no beligerancia a fin de abarcar la guerra de Estados Unidos con
Alemania e Italia. En ambos decretos, Castillo reiteró la neutralidad argentina
proclamada el 4 de septiembre de 1939. Según Whitaker, el estado de no
beligerancia implicaba, en la visión del gobierno argentino, mayores ventajas
prácticas que el de beligerancia, tales como la mayor libertad en la utilización
de los puertos argentinos. (58)
No
obstante estas actitudes formales de Castillo, que aparentaron buena voluntad
para con el gobierno norteamericano, fueron desbordadas por las reacciones de
distintas personalidades ajenas al gobierno argentino. El ex presidente Agustín
P. Justo envió un cordial telegrama al Presidente Roosevelt y la embajada
norteamericana en Buenos Aires recibió expresiones de solidaridad procedentes
de distintos sectores, incluyendo al ex Ministro de Relaciones Exteriores
Cantilo. Dirigentes de la Cámara de Diputados argentina volcaron expresiones
similares de solidaridad y las enviaron al presidente de la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, Sam Rayburn.
A
su vez, los medios de prensa porteños, al criticar el ataque japonés a Pearl
Harbor, sostuvieron que el telegrama enviado por Castillo al Presidente
norteamericano Roosevelt no reflejaba en forma suficiente el hondo sentimiento
de solidaridad del pueblo argentino para con el norteamericano. En particular, La
Prensa exigió de las autoridades argentinas un pronto acuerdo sobre una política
uniforme a la que adhirieran todas las naciones americanas. (59)
El
gobierno de Castillo respondió en forma severa a las expresiones
pronorteamericanas provenientes de distintos sectores de la clase política y la
opinión pública argentinas, despertando serias dudas en el embajador
norteamericano Norman Armour acerca de la sinceridad de las buenas intenciones
argentinas para con el gobierno de Washington. El 16 de diciembre de 1941
Castillo decretó el estado de sitio. Esta medida apuntó a mantener e incluso
fortalecer la posición neutral. Al suspender las garantías constitucionales,
el gobierno podía acallar los medios de prensa y debilitar la presión de la
opinión pública en favor de una estrecha colaboración con las naciones
americanas. También el estado de sitio podía fortalecer el poder del régimen
frente a las crecientes críticas provocadas por el fraude en las elecciones
provinciales. Estos objetivos del estado de sitio decretado por el presidente
Castillo provocaron satisfacción en los sectores conservadores, deseosos de que
la Argentina no se apartase de la neutralidad. (60)
En
una reunión de gabinete del 23 de diciembre, Ruiz Guiñazú sostuvo que la
Argentina debía evitar cooperar más estrechamente con Estados Unidos y se debía
atener a la más estricta neutralidad posible. Pocos días después, el Ministro
de Relaciones Exteriores argentino dio otra molesta señal a las autoridades de
Washington al hacer saber al embajador brasileño que la Argentina no estaba en
condiciones de declarar la guerra, ni siquiera de romper relaciones. (61)
Por
otra parte, ante la nueva situación provocada por la agresión japonesa,
Estados Unidos y Chile propusieron una Tercera Reunión de Consulta, la cual se
llevó a cabo en Río de Janeiro en enero de 1942. Las tres naciones americanas
que habían roto las relaciones diplomáticas con las naciones del Eje pero sin
declarar la guerra a éstas, México, Colombia y Venezuela, introdujeron una
resolución que, contando con el aval norteamericano, hacía extensible la
ruptura de relaciones al resto de las naciones de la región. El proyecto de
ruptura con el Eje presentado por los tres países americanos tenía el
siguiente contenido:
“1.
Las Repúblicas Americanas declaran que consideran los actos de agresión contra
una de las Repúblicas Americanas como actos de agresión contra todas ellas, y
como una amenaza inmediata a la libertad e independencia del hemisferio
occidental.
2. Las Repúblicas Americanas confirman su completa solidaridad y su determinación
de cooperar estrechamente para su protección mutua hasta que la presente
amenaza haya desaparecido completamente.
3. En consecuencia, las Repúblicas Americanas manifiestan que, en virtud de su
solidaridad y a fin de proteger y preservar su libertad e integridad, ninguna de
ellas podrá seguir manteniendo sus relaciones políticas, comerciales y
financieras con los gobiernos de Alemania, Italia y Japón, y asimismo declaran
que, en pleno ejercicio de su soberanía, tomarán, individual o colectivamente,
las medidas correspondientes a la defensa del Nuevo Mundo que consideren en cada
caso prácticas y convenientes.
4. Las Repúblicas Americanas declaran, por último, que antes de reanudar sus
relaciones políticas, comerciales y financieras con las potencias agresoras, lo
considerarán entre sí a fin de que su resolución tenga carácter colectivo y
solidario”. (62)
El
proyecto fue rechazado sólo por los representantes argentinos y chilenos.
De
acuerdo con la óptica de Ruiz Guiñazú, la ruptura de relaciones diplomáticas
significaba un paso hacia la “pre-beligerancia”, y ésta, uno hacia la
guerra. Pero el pueblo argentino estaba a favor de la neutralidad, y su delegación
deseaba hablar de paz y no de guerra. Procurando justificar su postura, el
canciller argentino sostuvo que “se había convocado la reunión con propósitos
de consulta, no para adoptar medidas obligatorias. Por lo demás, de acuerdo con
lo estipulado por la Constitución argentina, únicamente el Congreso podía
declarar la guerra. De ahí que a los delegados no les fuera dado aprobar una
resolución que, casi con seguridad, no podía conducir sino a un compromiso de
guerra”. Además, el canciller argentino criticó la doctrina de solidaridad
hemisférica impulsada por Washington como un intento que apuntaba a crear una
suerte de “super-soberanía” que destruiría la individualidad de las
naciones americanas y, por ende, su derecho a la autodeterminación. (63)
Además,
el canciller negó en Río el alcance hemisférico del ataque japonés a Pearl
Harbor. Según Ruiz Guiñazú, el ataque nipón a posesiones norteamericanas en
el Pacífico no configuraba una típica agresión continental, por tratarse de
posesiones asiáticas de Estados Unidos. Aun en fecha tan tardía como 1944, en
su libro La política argentina y el futuro de América, escrito para
justificar su gestión como canciller, Ruiz Guiñazú evocó el ataque japonés
a Pearl Harbor como “este hecho extracontinental, con origen exclusivamente
asiático”. (64)
Ante
el escollo presentado por el canciller argentino, las delegaciones de Estados
Unidos y de los demás países procuraron que dicha reunión condujese a algún
resultado concreto y buscaron una solución de compromiso. Para superar la
reserva argentina de que la ruptura diplomática con las naciones del Eje debía
contar con la aprobación legislativa, la comisión formada durante la reunión
de cancilleres resolvió añadir al polémico artículo 3 la frase “en el
ejercicio de su soberanía y de conformidad con sus instituciones y poderes
constitucionales, siempre que éstos estén de acuerdo”. Días después de
haberse presentado la resolución y gracias a la gestión mediadora del
canciller brasileño Osvaldo Aranha, Ruiz Guiñazú aprobó el nuevo proyecto.
(65)
Pero
el Presidente Castillo introdujo una nueva complicación en la ya enredada
agenda de la reunión de cancilleres de Río, al
anunciar el 21 de enero de 1942 al embajador Armour que el gobierno
argentino no aprobaría ninguna resolución que implicara una ruptura con las
potencias del Eje, desautorizando el acuerdo logrado por el canciller Ruiz Guiñazú.
Esta actitud del Presidente interino hizo que el Ministro de Relaciones
Exteriores argentino endureciera su posición y retirara su aprobación al artículo
3º ya modificado, proponiendo en su lugar uno que si bien conservaba las frases
referentes a los procesos constitucionales, reemplazaba la cláusula obligatoria
por una mera recomendación. (66)
Aparte
del polémico tema de la ruptura de relaciones diplomáticas con las naciones
del Eje, Ruiz Guiñazú no formuló objeciones importantes al resto de los temas
planteados en la agenda de la reunión de cancilleres en Río. Dio su respaldo a
las recomendaciones de ruptura de relaciones comerciales y financieras con las
naciones del Eje, de clausura de estaciones de telecomunicaciones controladas
por ellas y de desarrollo de los recursos económicos. No se opuso a la creación
de la Junta Interamericana de Defensa, como tampoco a la del Comité Consultivo
de Emergencia para la Defensa Política. (67)
La
diplomacia argentina logró sus objetivos en la reunión de Río. A pesar de las
presiones bilaterales y multilaterales impulsadas por el Departamento de Estado
norteamericano, el gobierno de Castillo no rompió vínculos con el Eje. Tan sólo
aprobó declaraciones y recomendaciones, que podía cumplir como más deseara.
La política de "prudente neutralidad" del gobierno de Castillo, en
consecuencia, continuó siendo el eje de la política exterior de su gestión
hasta que la misma finalizó con motivo del alzamiento militar del 4 de junio de
1943.
Como
puede apreciarse a través de la lectura del texto definitivo de la Conferencia
de Río, el deseo de Sumner Welles de preservar a toda costa la unidad americana
tuvo un alto precio, ya que las concesiones al gobierno argentino hicieron que
la categórica resolución sobre ruptura de relaciones presentada por las
delegaciones de Colombia, Venezuela y México con apoyo de la de Estados Unidos,
se transformara en una mera fórmula de recomendación, sujeta al libre arbitrio
de cada país americano. La actitud flexible del Subsecretario norteamericano de
ceder al obstruccionismo argentino puso furioso al Secretario de Estado Cordell
Hull, provocando un cisma entre ambos que terminó con la renuncia de Welles a
su cargo de subsecretario después de la revolución de junio de 1943 en la
Argentina. (68)
No
obstante, es
necesario señalar que la posición de neutralidad defendida tan enérgicamente
por el gobierno argentino tenía sus condicionantes. Estos eran: a) el hecho de
que un rol de vasallaje respecto de los Estados Unidos era contrario a una larga
tradición diplomática argentina; b) el desaire todavía presente a la
propuesta argentina de no beligerancia de 1940; c) la tendencia de gran parte de
la opinión pública argentina ampliamente favorable a la neutralidad -incluso
de grupos marcadamente pro-aliados-, debido a la situación expuesta del país,
su considerable población de origen alemán, italiano y español y la
imposibilidad de Estados Unidos de defender la parte meridional de Sudamérica;
d) la función argentina de abastecer de alimentos a las potencias aliadas podía
ser mejor ejercida como neutral que como beligerante. (69)
Lógicamente,
la actitud argentina de desafío al gobierno de Estados Unidos en la reunión de
Río tuvo sus costos. La salida de Welles implicó en las relaciones entre
Buenos Aires y Washington el reemplazo de la política de persuasión de Welles
por la política de coerción de Hull. Este último inauguró desde el
Departamento de Estado una política de boicot contra el gobierno argentino por
su actitud neutral, política que consistió en una serie de medidas
discriminatorias económicas y diplomático-políticas sumamente perjudiciales
para la Argentina, cuya vigencia se dio entre los años 1942 y 1949. (70)
Un
primer efecto concreto de dicha política de boicot fue el fracaso de la misión
militar-naval argentina Lapez-Sueyro, la cual gestionaba en Estados Unidos la
adquisición de armamentos por el sistema de Préstamo y Arriendo.
Efectivamente, el 19 de agosto de 1941 se formó, por Decreto
106.056, la comisión militar-naval argentina que partió un tiempo más tarde a
Washington con el objetivo de obtener ayuda militar norteamericana. Dicha comisión
estuvo presidida por el contraalmirante Sabá H. Sueyro y el general de brigada
Eduardo T. Lapez e integrada por los capitanes de fragata Harold Cappus,
Aureliano G. Lares, Carlos Garzoni y el teniente de navío Manuel N. Bianchi; el
teniente coronel Raúl Ruiz Díaz, el mayor Emilio Loza y el capitán Luis M. A.
Terradas. De acuerdo con el decreto, también formó parte de la comisión el
embajador argentino en la capital norteamericana, Felipe A. Espil, “para todos
los asuntos que interesen a la política internacional del país”. (71)
En
el inicio mismo de las conversaciones entre la comisión naval-militar argentina
con los oficiales norteamericanos en Washington, dos acontecimientos incidieron
de manera decisiva en el fracaso de las mismas y en el rumbo de las relaciones
argentino-norteamericanas en los años restantes de la Segunda Guerra y los
inmediatamente posteriores a ésta. El primero de estos acontecimientos fue el
ataque japonés a la flota norteamericana del Pacífico en Pearl Harbor el 7 de
diciembre de 1941, el cual decidió el ingreso de Estados Unidos en la guerra.
El otro acontecimiento fue la invitación del gobierno de Roosevelt, dos días
después de Pearl Harbor, al resto de los países americanos a celebrar la
Tercera Reunión de Consulta de Cancilleres, la cual se celebró en Río de
Janeiro en enero de 1942. La actitud argentina ante uno y otro acontecimiento
contribuyó a resquebrajar las relativamente cordiales relaciones mantenidas
hasta ese momento con el gobierno de Estados Unidos. La actitud de neutralidad
del gobierno de Castillo, irritante para el gobierno norteamericano, forzó al
último a utilizar métodos de presión para obtener de la Argentina la
declaración de ruptura con las fuerzas del Eje.
Esta
política de presión condicionó, por cierto, las conversaciones mantenidas en
Washington entre la comisión naval-militar argentina y los oficiales
norteamericanos. El 4 de febrero de 1942, Welles comunicó a su embajador en la
Argentina lo siguiente:
“…
he consultado al general Marshall y al almirante Stark. Ellos informarán al
almirante Sueyro y al general Lapez que, por cuanto el gobierno argentino ha
decidido mantener por el momento una posición equivalente a la neutralidad, y
que todas menos una de las repúblicas americanas han declarado la guerra o roto
relaciones con el Eje, incurriendo por ello en los peligros inherentes a tal
actitud a causa de su apoyo a los Estados Unidos, el material naval y militar
que podía ser concedido por los Estados Unidos puede ser solamente repartido
entre aquellas naciones americanas”. (72)
El
9 de febrero tuvo lugar otro explícito síntoma de la molestia oficial
norteamericana por la actitud neutral del gobierno argentino, ya que en esa
fecha Welles notificó al embajador argentino en Washington Espil que, si bien
“las posibilidades de proveer armamentos a los países americanos se
considerarían sin propósito alguno de discriminación”, podrían presentarse
situaciones de hecho en que por insuficiente material “hubiera que dar
prioridad a aquellos países que por razón de la ruptura de relaciones
estuvieran en peligro, sobre aquellos que no estuvieran expuestos y que las
siguen manteniendo”. (73)
A
pesar de los informes negativos que el embajador Espil enviaba a Buenos Aires
mostrando la irritación de los círculos oficiales norteamericanos para con la
neutralidad argentina, y de las declaraciones del embajador Armour, en el
gobierno de Castillo reinaba un sentimiento de gran optimismo respecto de la
posibilidad de adquirir armamento de Estados Unidos. Prueba de esta tendencia
fueron las instrucciones enviadas por la cancillería argentina a su embajador
en Washington el 17 de febrero de 1942. (74)
De
acuerdo con Conil Paz y Ferrari, las citadas instrucciones de la cancillería
argentina al embajador en Washington Espil reflejaban el absoluto convencimiento
del gobierno argentino del alto valor estratégico obtenido por el país gracias
a su posición en la Conferencia de Río. Sólo ese convencimiento explica por
qué la diplomacia argentina no temió una represalia de la Casa Blanca, luego
de la actitud obstruccionista sostenida la Conferencia de Río, y por qué, además,
con una confianza rayana en la ingenuidad, la diplomacia argentina solicitó de
la norteamericana aumentos en la entrega de armas y mayores facilidades que
antes de la citada Conferencia, hasta el punto de aconsejar que para este
aumento en la ayuda el Congreso norteamericano votase una ley adicional a la Lend-Lease
Act. (75)
En
contraste con el optimismo del gobierno argentino, el 17 de febrero de 1942
Welles exigía al jefe de operaciones navales, almirante Stark, que los
representantes de Estados Unidos no firmaran ningún acuerdo con la comisión
argentina, y que el ejército norteamericano tomara similar actitud respecto de
sus colegas argentinos. (76)
El
15 de marzo de 1942, el almirante Sueyro, el embajador argentino en la capital
norteamericana Espil y el subsecretario Welles conversaron en la residencia de
Espil en Washington. Welles señaló las dificultades por las que atravesaba el
gobierno norteamericano para proveer de armamentos a los países que los
necesitaban sin demora. Recalcó la imperiosa necesidad de auxiliar a Brasil, prácticamente
envuelto en la guerra. También se refirió a la delicada situación de Chile,
con sus extensas costas casi indefensas. Respecto de la Argentina, el
subsecretario norteamericano calificó la actitud de no beligerancia del
gobierno de Castillo como un factor que incidía negativamente en el conflicto e
insistió en la necesidad de establecer un “convoyaje” para la protección
del comercio interamericano en el cual participara la armada argentina, al menos
hasta el inicio de la costa brasileña.
El
almirante Sueyro contestó a Welles que era imposible cumplir con esos
requisitos, porque la marina argentina carecía de elementos para poder
colaborar en esa tarea. Por su parte, Welles insistió en que deseaba de parte
del gobierno argentino cualquier medida de colaboración activa, por limitada
que fuera, algún “gesto” destinado a cambiar en la opinión pública
norteamericana la impresión de que la Argentina se mantenía alejada e
indiferente frente al conflicto mundial.
La
actitud inflexible de la comisión militar-naval argentina llevó a un virtual
paréntesis en las negociaciones, que pasaron a ser discutidas directamente a
nivel gubernamental, aunque con idéntico mal resultado. Para justificar la
posición de neutralidad, la cancillería argentina sostuvo que la obligación
del convoyaje creaba una situación de beligerancia que la Argentina no deseaba,
pues abría la puerta hacia la ruptura de las relaciones con el Eje y la guerra
misma.
Asimismo,
la cancillería argumentó que la exigencia de convoyaje o de “control y
protección de la navegación en la costa atlántica” aparecía como una
obligación impuesta exclusivamente al gobierno argentino y no a los de las demás
naciones latinoamericanas. Dicha exigencia como condición para la entrega de
material bélico bajo el régimen del Préstamo y Arriendo era para la cancillería
argentina una actitud discriminatoria del gobierno norteamericano, exigencia que
no había sido impuesta a los demás gobiernos de la región, los cuales habían
recibido dicha asistencia militar sin ninguna clase de prerrequisitos.
Frente
al argumento esgrimido por la cancillería argentina, el Departamento de Estado
norteamericano sostuvo que la obligación del convoyaje no era exclusiva para el
gobierno argentino, pues diecinueve repúblicas habían declarado la guerra o
roto relaciones con el Eje, y por lo tanto las autoridades norteamericanas
ayudarían a aquellas repúblicas que habían adoptado una firme posición en términos
de defensa continental. En estos casos, el gobierno de Estados Unidos ponía a
disposición todo el material bélico disponible, mientras que los gobiernos que
no habían contribuido a la causa americana no podían esperar tal ayuda militar
de Washington. Sólo colaborando, sostuvo Welles, “la República Argentina podía
legítimamente compartir la provisión de armamentos, que los Estados Unidos
tienen para distribuir entre las repúblicas americanas”. (77)
Ante
la exigencia del convoyaje, el canciller Ruiz Guiñazú telegrafió al embajador
Espil ordenándole que manifestara al gobierno de Roosevelt “la
incompatibilidad que surge entre las sugestiones (de convoyaje) y la reiterada
posición argentina”. Espil, obedeciendo las instrucciones de su canciller,
solicitó una audiencia con el Presidente norteamericano y preparó un memorándum
historiando el proceso de las negociaciones. El documento fue presentado el 24
de marzo, y el 3 de abril, el Departamento de Estado, en respuesta al memo
argentino, insistió en su postura, señalando que si el gobierno argentino
aceptaba la propuesta norteamericana de control y protección de la navegación
y estaba dispuesto a ejecutarla, podría negociar inmediatamente con Washington
el acuerdo para obtener asistencia militar.
No
obstante, Ruiz Guiñazú rechazó nuevamente la propuesta norteamericana de
control y protección en la costa argentina, argumentando que el gobierno
argentino no encontraba motivo para modificar la posición de no beligerancia
adoptada respecto de la guerra. Asimismo, ordenó a su embajador Espil que
desistiera de la entrevista con Roosevelt.
A
partir de ese momento, las negociaciones se estancaron y el clima diplomático
entre los dos países se enfrió decididamente. Por un lado, la cancillería
argentina entregó una nota al embajador norteamericano, en donde criticaba la
obligación exclusivamente argentina del convoyaje, “en cuanto supone la
creación de un estado de beligerancia que el país no desea y para el cual no
está preparado”. La respuesta de Hull no se hizo esperar y fue categórica.
En primer lugar, rechazó el argumento de que la obligación del convoyaje era
exclusivamente argentina. En segundo lugar, no dudó en colocar a la Argentina
en el banquillo de los acusados, lamentando que la actitud porfiadamente neutral
del gobierno de Castillo imposibilitaba a éste acceder a los beneficios de la
Ley de Préstamo y Arriendo.
Al
respecto, cabe aclarar que después
de la reunión de Río, la Argentina y Chile fueron los dos únicos países
americanos que no cumplieron con la ruptura de relaciones con las naciones del
Eje. Las autoridades de Buenos Aires intentaron seguir una línea de estricta
neutralidad. Luego del combate del Río de la Plata, se habían negado a
entregar los prisioneros alemanes y mantuvieron los vínculos económicos,
diplomáticos y de telecomunicación con los países del Eje. Pero a la vez
rehusaron asilo a los diplomáticos del Eje expulsados por otras repúblicas
americanas, renunciaron a representar intereses italianos en México y América
Central y solicitaron el retiro del embajador alemán en Buenos Aires.
Así,
a mediados de 1942 se pudieron apreciar en la economía argentina los efectos de
la política tanto de coerción como de boicot impuesta desde el Departamento de
Estado norteamericano. La falta de bodegas había reducido la importación de
artículos manufacturados. Los hundimientos de submarinos destruían cargamentos
de hojalata, caucho crudo, papel para diarios, hierro y acero. La escasez de
papel para diarios había reducido a la mitad el tamaño de los grandes diarios
porteños. Las casas y locales para oficinas sufrían la falta de combustible.
El aumento de los costos de los artículos importados y nacionales incidía
negativamente en el nivel de vida. (79)
Al
mismo tiempo, el Departamento de Estado norteamericano censuraba públicamente a
la Argentina y Chile por la persistencia en sus actitudes de neutralidad. (80)
Además, el Secretario Hull utilizó abiertamente la coerción diplomática y
transmitió al gobierno argentino sus revelaciones sobre la propaganda y el
espionaje nazis dirigidos desde Buenos Aires. Los días 3, 4 y 10 de noviembre
de 1942, el embajador norteamericano en Buenos Aires Armour entregó al
Ministerio de Relaciones Exteriores argentino tres extensos memorandos que
contenían esta comprometedora información. El día 9 del mismo mes y año, el
embajador argentino en Washington Espil solicitó oficialmente que los
documentos no fuesen dados a publicidad y Hull acusó al gobierno de Castillo de
complicidad y negligencia al no suprimir las actividades subversivas de los
agentes nazis en Buenos Aires. (81)
Ante
la intensa presión diplomática de Washington, el gobierno argentino decidió
tomar algunas medidas que colocasen paños fríos a la tensa situación
bilateral. Puso freno a las actividades de los representantes del Eje y Estados
satélites que pudiesen perjudicar la seguridad de las repúblicas americanas.
En diciembre, los tribunales federales otorgaron prioridad a los cargos
judiciales acumulados contra 38 presuntos espías del Eje, incluyendo entre
ellos a varios diplomáticos alemanes. Otra medida conciliatoria de las
autoridades de Buenos Aires fue la de permitir una gran concentración pública
que rendiría "homenaje a Roosevelt" el día de la conmemoración del
ataque japonés a Pearl Harbor. Finalmente, en enero de 1943, el gobierno
argentino decidió declarar persona non
grata al agregado naval alemán. (82)
Sin
embargo, todas estas medidas no consiguieron desterrar las sospechas
norteamericanas. Hull creyó que el gobierno de Castillo aún no había adoptado
los pasos suficientes como para extirpar la subversión de los agentes nazis que
amenazaban al hemisferio. Los servicios secretos del Departamento de Estado
norteamericano informaban que los agentes del Eje operaban desde bases
argentinas bajo órdenes del alto comando alemán, acumulando información vital
acerca de embarcaciones y movimientos de tropas aliadas, armamentos y producción
de guerra norteamericanos y medidas defensivas latinoamericanas. Estos agentes
transmitían datos a Alemania desde estaciones de radio clandestinas. El
espionaje nazi, concluían los informes del Departamento de Estado, había
causado pérdidas de vidas y propiedades a Estados Unidos y sus aliados. (83)
Decidido
a doblegar la tenaz actitud del gobierno argentino, el Departamento de Estado
compiló un memorándum con todas las revelaciones de la presencia e influencia
nazi en el Río de la Plata y el 21 de enero de 1943 decidió utilizar los
mecanismos multilaterales de presión contra el gobierno de Castillo, enviando
el memorándum al Comité Interamericano Consultivo de Emergencia para la
Defensa Política, creado en Montevideo como resultado de la Resolución XVII de
la Reunión de Consulta de Cancilleres de Río de Janeiro. El Ministro de
Relaciones Exteriores argentino intentó frenar la ofensiva norteamericana en el
foro multilateral enumerando en un comunicado las medidas adoptadas contra los
ciudadanos alemanes. No obstante, a pesar de las presiones y de que Chile había
roto relaciones con Alemania y Japón ese mismo mes, el gobierno de Castillo
reafirmó su actitud neutral.
Ante
el fracaso de las presiones políticas tanto a nivel bilateral como
multilateral, las autoridades del Departamento de Estado optaron por recurrir a
las armas económicas, y sus expertos en el área latinoamericana recomendaron
la adopción de rígidas restricciones económicas a la Argentina. Por su parte,
los exportadores e importadores norteamericanos, incluyendo firmas instaladas en
el mercado argentino, se sumaron a la presión económica contra la última nación
neutral del hemisferio. Asimismo, el embajador norteamericano en Buenos Aires
Norman Armour recomendó que se estrechara más la cooperación entre ingleses y
norteamericanos para presionar a las autoridades argentinas cercenando los ricos
mercados de colocación de carnes. Pero los norteamericanos no pudieron explotar
este talón de Aquiles del comercio de exportación argentino debido a la
creciente demanda de carne por parte de consumidores británicos y de los ejércitos
aliados. (84)
A
pesar de las limitaciones, las autoridades del Departamento de Estado
insistieron con las armas económicas para obligar al gobierno argentino al
abandono de la neutralidad. La Junta de Guerra Económica (Board of Economic Warfare) llamó a poner en marcha un severo
sistema de controles de exportación que limitara los embarques de artículos de
consumo de primera necesidad, equipos mecánicos y repuestos para transportes. Sólo
escaparon a esta rigurosa reglamentación los materiales destinados a operar y
mantener los frigoríficos y las minas productoras de tungsteno y berilio. Este
sistema de permisos comenzó a regir a partir del 1º de abril de 1943.
A
esta medida de presión se sumaron otras. Así, en el mismo mes de abril el
gobierno de Estados Unidos y sus aliados impidieron que la Argentina participara
en la Conferencia Alimentaria de las Naciones Unidas celebrada en Hot Springs,
Arkansas. Además, la gira del vicepresidente norteamericano Henry A. Wallace
por Sudamérica excluyó intencionalmente a la Argentina. (85)
Finalmente,
el gobierno de Castillo cayó por un alzamiento militar en junio de 1943. Este
golpe fue recibido con júbilo por las autoridades del Departamento de Estado,
quienes inicialmente identificaron este cambio político como un corolario de la
exitosa presión diplomático-económica norteamericana. Pero pronto los hechos
demostraron que esta optimista percepción del Departamento de Estado era
errada.
Aún
así, una mirada de largo plazo indica que los acontecimientos reseñados hasta
aquí también tuvieron implicancias a nivel del equilibrio de poder regional y,
en particular, entre las naciones del Cono Sur. Como consecuencia de su posición
de neutralidad, sobre todo después de la Reunión de Consulta de Río, la
Argentina quedó al margen de la ley de Préstamo y Arriendo y de la asistencia
financiera y económica norteamericana a sus aliados en la región.
Este hecho alteró el equilibrio de fuerzas existente en Sudamérica antes
de la Segunda Guerra, que hasta ese entonces había sido favorable a la
Argentina. Por la ley de Préstamo y Arriendo norteamericana, el gobierno de
Brasil recibió, como consecuencia de su actitud de colaboración con las
fuerzas aliadas, más de los dos
tercios del total de ayuda de guerra destinado a América Latina, transformándose
en la primera potencia militar del sur de América, a expensas de la Argentina.
(86)
Los
militares argentinos comenzaron a sentir una seria preocupación por el
desequilibrio militar subregional en favor de su vecino, inquietud que se hizo
extensiva tanto a aliadófilos como a germanófilos dentro del ejército. Así,
un memorándum de agosto de 1942 de los generales Tonazzi y Pierrestegui,
ministro de guerra y jefe del estado mayor respectivamente, señalaba la ruptura
del equilibrio estratégico en la cuenca del Plata en contra de la Argentina.
Pedro Ramírez, representante de la tendencia opuesta e integrante del GOU
-sector del ejército que protagonizó el golpe contra Castillo en junio de
1943- coincidía con el diagnóstico del memorial Tonazzi-Pierrestegui.
Esta
crítica situación explica los desesperados y a la vez vanos intentos del
gobierno argentino por adquirir de Alemania elementos esenciales (tales como
material antitanque, aeronafta), intentos a los cuales hace referencia el Libro
Azul publicado por el Departamento de Estado en 1946. (87)
Ahora
bien, la ayuda norteamericana al colaboracionista gobierno de Brasil no se limitó
exclusivamente al plano militar, sino que se extendió al plano económico. Las
resoluciones de la Conferencia de Río de Janeiro fueron, en este sentido, el
prolegómeno a la firma de una serie de importantes acuerdos entre el ministro
brasileño de finanzas Souza Costa y funcionarios norteamericanos en marzo de
1942, que incluyeron una línea de créditos de 100 millones de dólares
otorgados por el Export-Import Bank, con el objetivo de movilizar medios
productivos de Brasil.
Por
su parte, Souza Costa y el Secretario Interino de Estado Sumner Welles firmaron
un convenio por el que se estableció un fondo de 5 millones de dólares de la Rubber
Reserve Company, para ser utilizado en cooperación con el gobierno brasileño
en el desarrollo de la producción de caucho crudo en el valle del Amazonas.
Finalmente, a través de una serie de negociaciones entre el canciller brasileño
Oswaldo Aranha y el secretario de Estado Cordell Hull, se concretó un préstamo
de 45 millones de dólares otorgado por el Export-Import Bank para la construcción
de la planta siderúrgica brasileña de Volta Redonda. (88)
Este
hecho sirvió de corolario al entrecruzamiento de intereses económicos y políticos
que se dio en el período en consideración, en el marco de una relación entre
la Argentina y Estados Unidos que no pudo superar su faceta conflictiva.
NOTAS
The New York Times, 5 de julio y 5 de diciembre de 1937, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 117.
Weddell al Secretario de Estado, 24 de julio de 1937 y 9 de febrero de 1938, National Archives, Department of State, 093.57 N66/318, 343, cit. en ibid., II, p. 117.
Press Releases, XVIII, 5 de marzo de 1938, 279-280; FRUS, 1938, V, 313-320; Weddell al Secretario de Estado, 22 de marzo de 1938, National Archives, Department of State, 835.76/22; Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, 1938-1939, I, 285-287, 289, cit. en ibid., II, op. cit., p.118.
Ver declaraciones de Cantilo en Lima, citadas por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 58-59. La posición de la delegación argentina en Lima se encuentra en: FRUS, 1938, V, 3-4; Phillips al Secretario de Estado, 15 de febrero de 1938, National Archives, Department of State, 835.00/802; la óptica del canciller Cantilo en Informaciones argentinas, Nº 8, 15 de diciembre de 1938, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 118.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 57-63; José María Rosa, Historia Argentina. Orígenes de la Argentina contemporánea, tomo 12, “Década infame” (1932-1943), Buenos Aires, Oriente, 1992, pp. 194-195.
Texto de la Declaración de Lima, citado por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 62 y por C.A. Silva, op. cit., p. 830.
Carlton J. Hayes, Essays on Nationalism, Nueva York, 1928, pp. 77-78, 83, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 120.
Welles al Secretario de Estado, 3 de octubre de 1939, National Archives, Department of State, 740.00111 A.R. /425, cit. en ibid., II, p. 127. Consultar también A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 66-68. Ver texto de la “Declaración de Panamá” en C.A. Silva, op. cit., pp. 840-841.
Ver texto de la delegación argentina en C.A. Silva, op. cit., p. 841.
Felicitación de las autoridades norteamericanas en C.A. Silva, op. cit., p. 841; Welles al Secretario de Estado, 3 de octubre de 1939, National Archives, Department of State, 740.00111 A.R. /425; República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores, Memoria, 1939-1940, p. 53, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 128. Ver también J.A. Tulchin, op. cit., p. 163.
A.P. Whitaker, op. cit., p. 128.
J.A. Tulchin, op. cit., p. 162.
Informaciones argentinas, Nº 43, mayo de 1940, pp. 2-3, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 128.
Hull a Armour, circular, 15 de diciembre, y Armour a Hull, 16 de diciembre, FRUS, 1939, V, 94-96, 100-101; Armour al Secretario de Estado, 20 de diciembre de 1939, National Archives, Department of State, 740.0011 - European War / 1361, fuentes citadas en ibid., II, p. 128.
Telegrama de Armour al Secretario de Estado, 19 de abril de 1940, FRUS, 1940, Washington, Centro de Impresión del Gobierno de los Estados Unidos, volumen I, 743-744, cit. por J.A. Tulchin, op. cit., p. 156.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 69.
Entrevista del embajador argentino en Washington, Felipe A. Espil, con el subsecretario de Estado, Sumner Welles, cit. por J.A. Tulchin, op. cit., p. 157.
Ver la respuesta norteamericana a la propuesta argentina de “no beligerancia” en ibid., pp. 157-158.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 70.
A fines de abril de 1940, Espil informó que en la medida en que los republicanos utilizaran el tema de la neutralidad en su campaña electoral “(...) la presente administración verá con poca simpatía e incluso con alarma cualquier sugerencia de una declaración colectiva, ya sea de “no beligerancia” o simplemente “el abandono de la neutralidad”, independientemente de cuantas explicaciones o excepciones pudieran acompañarla. Esto y no una adhesión estricta a los principios de derecho internacional (...) explica la posición del Departamento de Estado en su memorándum del 24 de abril. Esto es cierto aun cuando este país tenga una administración que, a pesar del rótulo de neutralidad, se acerca cada vez más a la “no beligerancia”en el sentido europeo del término”. Tanto Conil Paz y Ferrari como Tulchin perciben como una causa del rechazo norteamericano a la propuesta argentina de no beligerancia la cercanía de las elecciones presidenciales de 1940. Ver A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 70, y palabras de Espil a fines de abril de 1940, citadas por J.A. Tulchin, op. cit., pp. 170-171.
J.A. Tulchin, op. cit., pp.169-172.
Ibid., p. 155.
Ibid., pp. 160-162.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 69-70 y 78-79.
A.P. Whitaker, op. cit., pp. 129-130.
Rogelio García Lupo, La rebelión de los generales, Buenos Aires, Jamcana, 1963, pp. 38-39, y Arthur P. Whitaker, La Argentina, un calidoscopio, Buenos Aires, Proceso, 1956, p. 81, fuentes citadas por Alberto Ciria, Partidos y poder en la Argentina moderna (1930-1946), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 285-286.
J.M. Rosa, op. cit., p. 219; A.P. Whitaker, La Argentina y..., op. cit., p. 82.
J.C. de Wilde y Bryce Wood, “U.S. Trade with Argentina”, Forign Policy Report, XVII, 1º de diciembre de 1941, pp. 223-224, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 138.
J.C. de Wilde y B. Wood, op. cit., pp. 224-228, cit. en ibid., II, p. 138.
Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina, Trade Relations between Argentina and the United States of America, pp. 57-59, 90-91; J.C. de Wilde y B. Wood, op. cit., p. 228, fuentes citadas en ibid., II, p. 138.
Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina, Trade Relations between Argentina and the United States of America, p. 74, cit. en ibid., II, p. 138.
J.C. de Wilde y B. Wood, op. cit., pp. 79 y 227, cit. en ibid., II, p. 139.
J.C. de Wilde y B. Wood, op. cit., pp. 74 y 83, cit. en ibid., II, p. 139.
República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuarios del Comercio Exterior de la República Argentina, correspondientes a los años 1940 a 1945-46, Buenos Aires, 1940 a 1947.
Ver al respecto La Prensa, 22 de febrero de 1942, p. 9 y La Prensa, 24 de febrero de 1942, p. 12.
C. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 92-93.
Ibid., p. 93.
Ibid., p. 95.
Pocos días antes de comenzar la Conferencia de La Habana, un grupo de ganaderos envió una resolución al gobierno argentino que sostenía que este último debía abstenerse de asumir cualquier compromiso político y económico que limitara el envío de carne argentina a Alemania, percibido como el cliente más importante para la Argentina en caso de que Gran Bretaña fuese derrotada en la guerra. Ver J.A. Tulchin, op. cit., p. 177.
El proyecto presentado por el secretario de Estado y aprobado por el Congreso norteamericano el 18 de junio de 1940 desconocía la transferencia de cualquier región del hemisferio de una potencia no americana a otra. Ante un caso de traspaso o su intento, Estados Unidos consultaría con las demás repúblicas americanas sin excluir medidas para salvaguardar intereses comunes a la región. El Departamento de Estado comunicó inmediatamente esta resolución a los gobiernos de Roma y Berlín. Ver C. Hull, op. cit., I, 813-817, cit. por J.A. Peterson, op. cit., II, pp. 129-130. Consultar también A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 71.
Memorias del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, 1940-1941, I, 15-16; M. B. Davis, primer secretario de la embajada norteamericana en la Argentina, al Secretario de Estado, 21 de junio de 1940, National Archives, Department of State, 710, Consultation, (2), 98, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 130.
Armour al Secretario de Estado, 20 de julio, FRUS, 1940, V, 235-287; despachos 991 y 992 del 23 de julio de 1940, National Archives, Department of State, 710. Consultation (2) /491, 492, cit. en ibid., II, p. 130.
A.P. Whitaker, La Argentina y..., op. cit., pp. 128-129.
Texto de la Declaración XV sobre Asistencia Recíproca y Cooperación Defensiva de las Naciones Americanas, cit. por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 74-75 y por C.A. Silva, op. cit., pp. 857-858.
G. Connell-Smith, op. cit., p. 206.
El 7 de diciembre de 1941 se produjo el ataque japonés a Pearl Harbor, factor que decidió la ruptura del aislacionismo en el Congreso norteamericano. Al día siguiente (8 de diciembre) el gobierno norteamericano declaró la guerra a Japón, y pocos días después, el 11 de diciembre, Estados Unidos declaró la guerra a los gobiernos de Alemania e Italia, quebrando la neutralidad.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 98-99; J.M. Rosa, op. cit., pp. 270-271.
Nota del embajador alemán en Río de Janeiro a su gobierno, Río de Janeiro, marzo de 1938, acerca de la preocupación brasileña con respecto a la superioridad militar argentina, cit. por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 99.
Armour al Secretario de Estado, 13 de junio y 20 de agosto de 1941, National Archives, Department of State, 810.20 Defense / 882, 1402, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 135.
La Prensa, 8 de julio de 1941, cit. en ibid., II, p. 136.
Dicha disputa entre Ecuador y Perú fue finalmente resuelta en ocasión de la Tercera Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de Río, a través de este mecanismo de mediación tripartita al que se sumó el gobierno de Chile. Departamento de Estado, Bulletin, VI / 31 de enero de 1942/ 94, 194-196, cit. en ibid., II, p. 136.
El contenido de las revelaciones de la comisión investigadora de la Cámara de Diputados argentina fue volcado por el embajador norteamericano en Buenos Aires, Norman Armour, en la siguiente fuente: National Archives, Department of State, 962.20235/570, 583, 601; 701.6235/110, 119 , 122, 124, 126, 146, cit. en ibid., II, p. 136.
Ver el texto completo del acuerdo comercial argentino-norteamericano de octubre de 1941 en Department of State, Executive Agreement Series 277; J.C. de Wilde y Bryce Wood, op. cit., pp. 229-231, fuentes citadas por H.F. Peterson, II, op. cit., p. 140. Consultar también A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 78.
Armour al Secretario de Estado, 19 de octubre de 1941, y otras comunicaciones, National Archives, Department of State, 835.24 /195; The New York Times, 24 de octubre de 1941; República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Instrumentos internacionales de carácter bilateral suscriptos por la República Argentina, II, 981-982; Departamento de Estado, Bulletin, V, 18 de octubre de 1941, p. 295; Armour al Secretario de Estado, 6 de diciembre de 1941, National Archives, Department of State, 033.3511/154; Armour al Secretario de Estado, 2 de diciembre de 1941, National Archives, Department of State, 810.20 Defense/1732, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, pp. 140-141.
Documents on American Foreign Relations, V, 359; D. H. Popper, "The Rio de Janeiro Conference of 1942", Foreign Policy Report, XVIII, 15 de abril de 1942, 27-28, cit. en ibid., II, p. 141.
Ver texto del Decreto Nº 108.040 del 9 de diciembre de 1941, en A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 79-80; en Departamento de Estado, Bulletin, V, 13 de diciembre de 1941, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 142, y en C.A. Silva, op. cit, p. 862.
Ver texto del Presidente argentino Castillo al presidente norteamericano Roosevelt, 10 de diciembre de 1941, cit. por C.A. Silva, op. cit., p. 862.
A.P. Whitaker, La Argentina y..., op. cit., p. 130.
Armour al Secretario de Estado, 12 de diciembre de 1941, National Archives, Department of State, 740. 0011 Pacific War /1021, cit. por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 142.
Armour al Secretario de Estado, 24 de diciembre de 1941, National Archives, Department of State, 740. 0011 Pacific War /1512, cit. en ibid., II, pp. 142-143.
Armour al Secretario de Estado, 24 de diciembre de 1941, National Archives, Department of State, 740.0011 Pacific War /1512; Armour al Secretario de Estado, 27 de diciembre de 1941, National Archives, 710. Consultation (3) / 121, fuentes citadas en ibid., II, p. 144.
Texto del proyecto de ruptura con el Eje presentado por las delegaciones de Colombia, México y Venezuela, cit. en A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 82, y en C.A. Silva, op. cit., p. 872.
República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Tercera reunión de consulta de los ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas, pp. 10-11 y 15-16, 24; Enrique Ruiz Guiñazú, La política argentina y el futuro de América, Buenos Aires, 1944, pp. 21, 35, 79-80, fuentes citadas en ibid., II, pp. 145-146.
Expresiones de Ruiz Guiñazú citadas por A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 89.
Sumner Welles, The Time for Decision, New York, 1944, p. 232; C. Hull, op. cit., pp. 1146-1147; La Prensa, 21 y 22 de enero de 1942, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 146.
Ver texto definitivo de la Tercera Reunión de Consulta de Río de Janeiro, cit. en ibid., p. 84. y por C.A. Silva, op. cit., p. 873.
República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Tercera reunión de consulta de los ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas, pp. 38-39; Departamento de Estado, Bulletin, VI, pp. 117-141, fuentes citadas por H.F. Peterson, op. cit., II, p. 148.
Hull acusó telefónicamente a Welles de haber violado sus instrucciones de obtener del gobierno argentino una resolución de ruptura obligatoria con las naciones del Eje y de rendirse servilmente a la voluntad de las autoridades argentinas. Por su parte, Welles se defendió sosteniendo que una resolución obligatoria en tal sentido hubiera dividido en dos a la reunión de Río, debido a que la Argentina no era el único país que rechazaba la ruptura con el Eje propuesta por Washington, sino que seguramente sería respaldada por los gobiernos de Brasil y Chile. La solución de compromiso a la que Welles llegó en Río, que reflejó el éxito de la política obstruccionista argentina tendiente a evitar compromisos panamericanos de ruptura con el Eje, dice Whitaker, “agudizó la dicotomía entre los dos planteos diferentes del problema argentino que representaban estos dos hombres –Welles, quien creía que a la larga se obtendrían mejores resultados con paciencia, persuasión y, cuando fuera inevitable, mediante concesiones y compromisos en interés de la unanimidad; y Hull, cuya opinión de la mala voluntad de los gobiernos argentinos fue reforzada por este episodio y que consideraba la solución del compromiso como una cláusula de escape que facilitaría la evasión de la Argentina de sus obligaciones interamericanas”. Ver A.P. Whitaker, La Argentina y..., op. cit., pp. 131-132. También sobre el conflicto entre Hull y Welles ver Alberto Ciria, Los Estados Unidos nos mira, Buenos Aires, La Bastilla, 1973, p. 122.
Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1988, pp. 93-94.
Ibid., pp. 251-330.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 105-106.
Comunicación de Sumner Welles a su embajador en la Argentina, Norman Armour, Washington, 4 de febrero de 1942, cit. en ibid., p. 109.
Nota de Welles al embajador argentino Espil, Washington, 9 de febrero de 1942, cit. en ibid., p. 109.
Instrucciones de la Cancillería argentina al embajador Espil, Buenos Aires, 17 de febrero de 1942, cit. en ibid., pp. 110-111.
Ibid., p. 111.
Ibid.
Declaración del subsecretario Sumner Welles, citado en ibid., p. 116.
C. Escudé, op. cit., pp. 254-256.
Reportajes procedentes de Buenos Aires, Montevideo y Asunción publicados por The Christian Science Monitor, 16, 18 y 20 de abril, 13 y 23 de mayo y 2 de junio de 1942, fuente citada en H.F. Peterson, op. cit., II, pp. 150-151.
The New York Times, 9 de octubre de 1942, cit. en ibid., II, p. 152.
C. Hull, op. cit., p. 1382; Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, 1942-1943, p. 29, fuentes citadas en ibid., II, p. 152.
The New York Times, 19 de noviembre y 5 y 9 de diciembre de 1942; 12 de enero de 1943, cit. en ibid., II, p. 153.
Ver al respecto Hull, op. cit., p. 1382; Comisión Consultiva de Emergencia para la Defensa Política, Annual Report Submitted to the Governments of the American Republics, July, 1943, pp. 107-110, cit. en ibid., II, p. 153.
The New York Times, 26 de enero de 1943; Armour al Secretario de Estado, 5 de febrero de 1943, National Archives, Department of State, 835.00/1358, fuentes citadas en ibid., II, p. 154.
The New York Times, 18 de abril de 1943; Documents on American Foreign Relations, V, p. 297 y sigs., fuentes citadas en ibid., II, p. 154.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., p. 120. También A.P. Whitaker, La Argentina y..., op. cit., p. 133.
A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit, p. 119.
Ibid., pp. 121-122.
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