La política económica del peronismo
La
política económica del primer peronismo puede entenderse como el resultado de
un largo debate abierto unos años antes en el campo de las ideas sobre la
estrategia de desarrollo más conveniente para el país. Un hito fundamental de
ese debate fue la discusión generada por el envío por parte del Ejecutivo al
Congreso Nacional del “Programa de reactivación de la economía nacional”
–también conocido como Plan Pinedo, en alusión a uno de sus principales
mentores, el entonces Ministro de Hacienda, Federico Pinedo- en noviembre de
1940 (1).
Si
bien este plan intentaba dar una respuesta rápida a los problemas y desafíos
planteados por el estallido de la Segunda Guerra Mundial (básicamente, la
imposibilidad de vender excedentes agropecuarios y la oportunidad de colocar
nuevos productos industriales), incorporaba también propuestas de cambios de más
largo plazo que podían redefinir el perfil de la economía nacional. Por
ejemplo, ante la amenaza de que la economía volviera a entrar en recesión y
pensando en su potencial de desarrollo, se proponía dar estímulos al sector
industrial. Ello requería que el Estado asumiera un rol central en la tarea de
crear las condiciones favorables y ofrecer incentivos para la acción privada en
ese sector. Asimismo, como esto implicaba encontrar una solución al problema de
financiamiento de la industria que se quería promover, el plan incorporaba una
reforma financiera que tendía a dar más instrumentos al Banco Central no sólo
para el manejo de la política monetaria en la coyuntura sino también para la
generación de un mercado de capitales en el largo plazo.
Por
otra parte, con vistas al mismo objetivo de fomentar la industria, se proponía
un control selectivo de las importaciones y se estimulaba su sustitución por
producción nacional. Pero dicha sustitución tendría sus límites, ya que se
sostenía que era necesario mantener la economía argentina tan abierta como
fuera posible y favorecer especialmente el desarrollo de industrias que
utilizaran materias primas nacionales. Además, esta iniciativa de diversificar
e industrializar las exportaciones debía complementarse con la búsqueda de
nuevos mercados externos. En particular, se promovía el intercambio con los países
vecinos y con Estados Unidos. En otras palabras, esto hablaba de romper el viejo
esquema triangular sobre el que se había asentado el comercio exterior desde
las últimas décadas del siglo pasado y reconocer el rol de liderazgo que
Estados Unidos había asumido después de la Segunda Guerra Mundial.
Este
último aspecto de la estrategia quedó claramente reflejado en la creación de
la corporación para la Promoción del Intercambio, organismo que concentró las
operaciones externas. Su funcionamiento permitía vender las divisas obtenidas
por la exportación de artículos nuevos a quienes importaran
bienes sujetos a restricciones hasta entonces o, en otras palabras,
promover las exportaciones industriales e incrementar las importaciones desde
Estados Unidos, país sobre el que pesaban la mayoría de tales restricciones.
El
plan despertó diversas reacciones, no sólo entre los actores económicos sino
también entre los distintos partidos políticos, pero los apoyos no fueron
suficientes como para darle el impulso que necesitaba para convertirse en política
oficial. Su tratamiento parlamentario quedó trabado en la Cámara de Diputados
y su fracaso desencadenó la renuncia de Pinedo.
No obstante, este plan sentó un precedente muy importante
para la orientación económica en los años venideros, ya que contribuyó a
cimentar una visión favorable acerca de la industrialización y del desarrollo
del mercado interno, dos elementos que caracterizarían luego la política económica
del peronismo. Más aún, antes de la asunción de Perón, entre 1940 y 1943,
pueden identificarse una serie de medidas de corte industrialista y
proteccionista que sin duda estaban inspiradas en parte por el Plan Pinedo,
tales como el dictado de normas cambiarias que promovían las exportaciones
industriales, la creación de la Corporación para la Promoción del
Intercambio, del Comité de Exportación y Estímulo Industrial y Comercial y de
la Flota Mercante del Estado, y la sanción de la Ley de Fabricaciones Militares
y de numerosas leyes de promoción industrial a nivel provincial y municipal.
Ahora
bien, la política económica del peronismo recogió el espíritu de estas
medidas y los conjugó con sus objetivos de justicia social y grandeza nacional,
privilegiando tres elementos básicos: a) un rol activo del Estado en la economía;
b) políticas de ingreso y sociales que tendían a aumentar el ingreso real de
los asalariados; c) la cerrazón de la economía nacional, con el objeto de
hacerla más independiente y menos vulnerable de los vaivenes del intercambio
con el exterior.
En
concordancia con esto, el Estado adquiriría un rol central en actividades económicas
y de bienestar social. Detrás de esta concepción se hallaba un objetivo de
redistribución de la riqueza, en pos del cual el Estado debía actuar como
garante y árbitro. Esta creciente intervención del Estado ayudaba así a
consolidar un proceso que, como ya se ha mencionado, se había iniciado unos años
antes.
Cabe
aclarar que este tipo de orientación económica no sólo fue producto de
preferencias de la élite gubernamental de entonces, sino también de los
condicionamientos externos que operaban sobre la economía nacional. Dichos
condicionamientos se pusieron de manifiesto, por un lado, por las restricciones
que impuso la conflagración mundial y, por otro, por decisiones de actores
externos. Respecto de estas últimas, se destaca la política discriminatoria
aplicada por los Estados Unidos sobre algunas importaciones argentinas
(combustibles, insumos industriales, bienes de capital) entre 1941 y 1948 (2).
En cuanto a las exportaciones, los condicionamientos se tradujeron en una
especialización argentina en productos ganaderos que tenían como principal
destino Gran Bretaña. Ello implicaba poner límites a la expansión exportadora
y ligarla a la suerte de ese país.
Frente
a estos condicionamientos y a la experiencia pasada, parecía razonable generar
las condiciones para que la economía nacional dejara de depender de los
vaivenes del comercio exterior, esto es, desarrollar un mercado interno capaz de
funcionar como motor de crecimiento. De esa forma se podría generar un círculo
virtuoso entre producción, industrialización, alto nivel de ocupación,
aumento de los salarios reales y consumo.
NOTAS
Para un análisis detallado, ver Llach, 1984.
Respecto de este punto, ver Escudé, 1980.
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