La política económica del peronismo
Las medidas implementadas
Si
se analiza la política económica del peronismo, pueden distinguirse dos períodos
bien diferenciados: el que abarca los años 1946 a 1951 y el que comprende los años
1952 a 1955. Durante el primero de ellos, el gobierno implementó una política
guiada por tres objetivos básicos: redistribución de ingresos, expansión del
empleo y aumento del involucramiento del Estado en la producción nacional.
Existían en ese momento condiciones favorables para tales iniciativas: el país
contaba con una importante masa de reservas internacionales, acumuladas durante
los años de la guerra a causa de la imposibilidad de importar bienes, mientras
que la demanda y los precios internacionales de los productos agropecuarios de
exportación eran altos.
No
obstante, debido al estancamiento de la producción agropecuaria y al creciente
nivel de consumo interno, disminuyeron los saldos exportables, lo que limitaba,
a su vez, la posibilidad de importar. Por eso es que la estrategia de sustitución
de importaciones resultaba un medio para economizar divisas. Además, también
existían restricciones para disponer de parte de las divisas acumuladas porque,
al ser créditos contra Gran Bretaña, no podían convertirse en dólares u otra
moneda de cambio.
Los
fines redistribucionistas se veían favorecidos por la expansión del consumo
que permitía el aumento de salarios reales y el mayor nivel de empleo urbano.
La otra cara de estos fenómenos era el crecimiento de la producción
–especialmente, de bienes durables y semidurables- y de las importaciones.
Como ya se ha mencionado, esto se complementó con una política de
transferencia de ingresos del sector agropecuario al sector manufacturero
urbano. En ese marco, se dio el proceso de sustitución de importaciones,
concentrado en las industrias metalmecánicas y textil, a través de medianas y
pequeñas empresas de capital nacional, con baja densidad de capital por hombre
ocupado y tecnologías relativamente sencillas. Las medidas de protección
arancelaria, el régimen de cambios y el crédito industrial, favorecieron su
desarrollo.
Esto
generaba una dinámica que favorecía el aumento de la ocupación, especialmente
en el sector manufacturero, en el que las industrias que crecieron eran,
justamente, intensivas en mano de obra. Simultáneamente, el empleo también
crecía en la esfera de la administración pública, en gran medida como
resultado de la ampliación de
los ámbitos de acción del Estado.
En
términos generales, los objetivos arriba planteados se alcanzaron durante esta
primera etapa de la administración peronista. La participación de los
asalariados en el ingreso nacional creció del 39% al 46% entre 1946 y 1950, al
tiempo que se alcanzaba prácticamente la ocupación plena hacia fines de los
cuarenta (1). El Estado fue progresivamente concentrando el desempeño de
funciones claves, vía la nacionalización de los servicios públicos y un mayor
control sobre el sistema financiero y el comercio exterior. Se redujo la
participación del capital extranjero en la economía y también disminuyeron
los servicios de la deuda externa. El producto bruto interno creció, aunque
también los hicieron los precios mayoristas y el sector externo comenzaba a
mostrar dificultades: por un lado, debido a la expansión de las importaciones,
la nacionalización de los servicios públicos y el rescate de la deuda externa,
las reservas cayeron abruptamente, al tiempo que el gobierno acumulaba nueva
deuda externa de corto y mediano plazo; por otro, hacia 1948 la economía
funcionaba a plena utilización de la capacidad instalada, por lo que una
restricción de las importaciones ponía límites a la oferta y de esa forma no
permitía seguir expandiendo el gasto público y el consumo vía redistribución
del ingreso. El intento de continuar con la política expansiva, aún frente a
restricciones de la oferta, redujo la tasa de ahorro e inversión y elevó el
nivel de precios.
A
partir de 1949 la economía argentina entró en un período de crisis que se
prolongó por alrededor de tres años y que estuvo marcado por la caída de la
producción, principalmente agropecuaria. Ello indujo a una caída en el volumen
de las exportaciones y, en consecuencia, de la cantidad de divisas que se
necesitaban para importar equipos y bienes industriales. A esto se sumaba la
dificultad de la Argentina en colocar sus productos en los mercados europeos por
efecto del Plan Marshall y de la recuperación de los países centrales. Esto último
contribuía a deteriorar los términos de intercambio y a contraer la demanda de
productos argentinos.
Además,
entre 1951 y 1952 se produjo una importante sequía, por lo que cayeron
notablemente las exportaciones agrícolas. Todos estos factores estaban
indicando que la política económica implementada había alcanzado ciertos límites.
En particular, la estrategia de industrialización vía sustitución de
importaciones practicada hasta entonces había sido insuficiente. El sector
industrial no había alcanzado una tasa adecuada de acumulación de capital y
seguía siendo fuertemente dependiente de los insumos externos. Como se explica
más adelante, esta situación obligó al gobierno a introducir cambios en el
rumbo de la política económica.
La
crisis se evidenciaba con toda claridad en el balance de pagos. Por un lado, las
tenencias de oro y divisas disminuyeron rápidamente como consecuencia del
rescate de deuda externa, la nacionalización de empresas extranjeras y el
aumento de las importaciones. Por otro, como resultado de la baja en los precios
internacionales de los productos primarios, la caída del volumen de las
exportaciones antes mencionado y la recuperación del nivel de las
importaciones, la balanza comercial pasó de tener un saldo global positivo de
894,4 millones de dólares entre 1946 y 1948 a un déficit de 310,4 millones de
dólares en 1951 y 490,9 millones de dólares en 1952. La contrapartida de ese déficit
era un creciente endeudamiento con Estados Unidos, principal proveedor de las
importaciones argentinas, especialmente, en los rubros de maquinarias y vehículos.
Los créditos impagos con bancos norteamericanos se fueron acumulando, llegando
a alcanzar la suma de 300 millones de dólares en 1949; a esto se sumaba la
imposibilidad de las empresas norteamericanas de remitir utilidades debido a las
restricciones cambiarias existentes. Los exportadores norteamericanos limitaron
severamente su crédito y las importaciones que ese país hacía de productos
argentinos cayeron abruptamente de 577,5 millones de dólares en 1948 a 157,5
millones de dólares en 1950 (2).
La situación crítica y disputas al interior del gobierno
derivaron en la renuncia de Miguel Miranda, presidente del Consejo Económico
Nacional y su reemplazo por un equipo económico liderado por Ramón Cereijo
(nuevo presidente de ese Consejo y ministro de Hacienda), Alfredo Gómez Morales
(presidente del Banco Central) y Roberto Ares (ministro de Economía). Este
reacomodamiento redundaría en una redefinición de algunas pautas de la política
económica.
Es
así que en 1952 se abre una segunda fase en la que las medidas económicas
deben adaptarse a un nuevo contexto más restrictivo que el que había
predominado hasta entonces. Además de los factores internos mencionados, en el
plano internacional se estaba expandiendo el desarrollo de las grandes compañías
multinacionales, especialmente, las de origen estadounidense. Ello afectaba las
posibilidades de crecimiento de las economías en desarrollo, las que quedaban
ligadas a su receptividad a las inversiones de dichas empresas y tornaban un
tanto contraproducentes las medidas de corte nacionalista.
Asimismo,
para entonces parecían agotados los caminos hacia una mayor redistribución de
ingresos en favor de los trabajadores urbanos. El ingreso del sector rural
estaba ya deprimido, lo que no permitía mayores transferencias. Dados los límites
a la importación de insumos para la industria y la plena utilización de la
capacidad productiva, no había margen para expandir aún más el consumo. Además,
los aumentos de salarios y avances en la legislación laboral habían alcanzado
un techo que no podía tocarse sin provocar aumentos en los costos o un
deterioro en las relaciones laborales.
Esta situación cuestionaba el modelo de desarrollo
industrial. A ello se sumaba que desde principios de la década del cincuenta
dicho desarrollo había desplazado su centro motor desde la industria liviana a
la producción industrial de base. Así, las industrias metalmecánicas y químicas
asumían el liderazgo y requerían, en consecuencia, mayores inversiones por
hombre ocupado y una tecnología más compleja que las industrias tradicionales.
Además, la necesidad de incrementar la producción de energía y lograr el
autoabastecimiento de petróleo también requerían una política de inversiones
de mayor envergadura. Debido a las restricciones externas de la economía
argentina, gran parte de este esfuerzo quedó en
manos de las empresas extranjeras.
Ahora
bien, esto generó una nueva dinámica en el plano laboral. Las nuevas
industrias líderes funcionaban con una mayor densidad de capital por hombre
ocupado y, por lo tanto, tenían menor capacidad de absorción de mano de obra.
Por eso el empleo en el sector industrial creció muy lentamente durante los años
cincuenta. Tampoco el Estado, en virtud de sus problemas financieros, tenía
demasiadas posibilidades de generar empleo vía inversiones. Por lo tanto,
expandir el empleo en el sector público, lejos de redundar en un aumento de la
producción de bienes y servicios, originaba mayor gasto y elevaba el déficit.
Todas estas razones motivaron un cambio de rumbo en la política
económica oficial a partir de 1952. En primer lugar, se modificó la política
de distribución de ingresos por medio de la imposición de límites a los
aumentos salariales y la prórroga de la vigencia de los contratos de trabajo.
También se creó una comisión –llamada Comisión Nacional de Precios y
Salarios- que tenía la función de vincular dichos aumentos salariales con los
niveles de productividad y evitar aumentos de precios no justificados. Asimismo,
se revirtió el proceso de transferencia de ingresos mediante un manejo distinto
de la política de precios del sector agropecuario que tendía a mejorarlos en
relación a los precios industriales. Como señala Ferrer (1977), el intento de
mantener el nivel del salario real y mejorar la posición relativa del sector
rural al mismo tiempo generó un conflicto que fue solucionado mediante el
otorgamiento de subsidios. De este modo, se mantenían bajos los precios
internos y se aumentaba el ingreso de los productores.
En segundo lugar, se brindó apoyo a la producción y
exportación agropecuarias y se modificó el tratamiento que se otorgaba al
capital extranjero. Así, fue sancionada una nueva ley de inversiones
extranjeras que, entre otras cosas, permitía remitir mayores utilidades (ver Inversiones
extranjeras). También se firmaron acuerdos especiales con empresas
extranjeras para el abastecimiento de determinados productos y para dar impulso
a las industrias nacionales (e.g., la automotriz). Asimismo, se obtuvieron créditos
externos (principalmente, de Estados Unidos) para el desarrollo de determinados
proyectos.
En
tercer término, se intentó poner límites al gasto público y a la expansión
estatal dentro de la esfera económica. Ello se reflejó, entre otras cosas, en
una caída en la tasa de empleo en la administración pública.
En
el corto plazo, estas medidas lograron revertir la situación. La producción
agrícola se recuperó entre 1952 y 1953, con lo que aumentaron las
exportaciones y, luego, las importaciones. En términos generales, puede decirse
el nivel de actividad económica en su conjunto se reactivó. Hacia 1954 el
producto bruto interno se ubicaba en un 10% por encima del de 1952, mientras que
el incremento de precios había sido moderado y los salarios reales mantenían
los niveles de principios de la década (3).
Cabe
notar que las interpretaciones sobre lo sucedido difieren sutilmente. En oposición
a varios otros análisis, Gerchunoff sostiene que bajo el primer gobierno
peronista no existió una política económica específica y mucho menos un plan
o estrategia de desarrollo de largo plazo. Sí existió un intento deliberado de
producir una modificación sustancial en la distribución de la riqueza en favor
de los asalariados (4).
NOTAS
Cf. Ferrer, 1977, p. 87.
Ver Rapoport y Spiguel, 1994, p. 44-45.
Ver Ferrer, 1977, p. 94.
Gerchunoff, Pablo: “Peronist Economic Policies, 1946-55”, en di Tella and Dornbusch, 1989, pp. 59-85.
© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de
copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines
estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier
otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.