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Desde unos cuantos años antes al inicio del período en consideración, la economía argentina venía sufriendo los embates de factores externos que tuvieron consecuencias tanto positivas y como negativas para su crecimiento. El primero de ellos fue la Gran Depresión de 1930, al que siguió la Segunda Guerra Mundial entre 1939 y 1945. Con la finalización de ésta se inició un largo período de crecimiento del comercio internacional que se vio interrumpido a mediados de los años setenta a partir de la crisis petrolera, en gran medida germen de la crisis de endeudamiento que se desató en la década siguiente. Estos factores externos, combinados con el tipo de medidas económicas implementadas, marcaron el ritmo de crecimiento de la economía argentina, el cual en el largo plazo marcó un retraso significativo respecto de otros países en desarrollo.
   
Según Díaz Alejandro, el desarrollo argentino desde 1930 en adelante presentó tres características básicas: a) una tasa de crecimiento del ingreso per cápita baja e irregular; b) una marcada disparidad en las tasas de crecimiento sectoriales; c) una disminución, en términos absolutos, del volumen de las exportaciones. En cuanto al primer rasgo, mientras que la tasa de crecimiento global se ubicó, en promedio, en un 2,7% anual entre 1925 y 1965, la población se expandió a una tasa anual aproximada de 1,9%, con lo que la tasa de crecimiento per cápita promedio en el mismo período fue de 0,8%, cifra inferior a la del período 1862-1930 y a la de otros países en condiciones similares a las de la Argentina (1).  Respecto de la segunda característica, se observa que el sector rural, responsable de la notable expansión de la economía argentina en las décadas previas, creció a una tasa considerablemente baja (apenas superior al 1% anual) a partir de 1930. En lo que hace al comercio, según la misma fuente las exportaciones en las dos décadas siguientes a la posguerra (1945-1964) fueron 27% inferiores a las del período 1925-1929 y casi un 22% menores a las registradas en el lapso 1930-1939. La mayor disminución se registró en el rubro de exportaciones agrícolas. Ello sin duda contrasta con el desarrollo ocurrido antes de 1929, en el que las exportaciones, junto con la entrada de capitales, fueron el motor de la expansión económica.
   
En lo que respecta estrictamente a los años del primer gobierno peronista, puede observarse allí el germen de algunos de los desarrollos posteriores. Si bien las condiciones internacionales entre 1943 y 1955 eran más favorables a la Argentina de lo que habían sido las de 1929 a 1943, en tanto que hubieran permitido una expansión de las exportaciones agropecuarias y manufactureras, el gobierno optó por una estrategia que no apuntaba a ese objetivo. Consistente con su propósito de mantener una alta tasa de ocupación de los asalariados urbanos, incrementar los salarios y brindarles ciertos beneficios sociales, buscó aumentar la producción de bienes locales, estimulando así la sustitución de importaciones.
   
Así, la política económica aplicada alteró los términos internos de intercambio, perjudicando al sector rural y beneficiando a los sectores productores de bienes no exportables. Esto era producto del uso de tipo de cambios sobrevaluados y múltiples, controles sobre la comercialización de los productos agropecuarios, medidas protectoras de las industrias manufactureras, etc. Además, el sector rural veía dificultada la obtención de ciertos insumos (e.g., fertilizantes, tractores), no recibía ningún apoyo oficial para tareas de investigación y extensión y sufría una escasez de mano de obra.
   
En consecuencia, esta situación se reflejó en el desempeño del sector externo. Las exportaciones cayeron abruptamente entre 1945 y 1954, de modo que en los primeros años de la década del cincuenta eran un 37% inferiores a las registradas entre los años 1930 y 1939 -dicho sea de paso, años de recesión estos últimos. Es más, la participación argentina en el comercio mundial declinó de tal manera que en 1952 hubo que importar trigo. La explicación de este hecho se basa en que la producción del sector rural de 1935-1939 a 1950-1954 creció un 14%, la de los bienes exportables tradicionales disminuyó un 10% y la absorción interna de bienes rurales aumentó un 40% (2). Según la misma fuente, si bien parte de lo sucedido con la producción rural puede atribuirse a condiciones meteorológicas adversas entre 1950 y 1954, la causa principal del desempeño del sector hay que buscarla en la política gubernamental. Este argumento se ve reforzado por el hecho de que las exportaciones de bienes manufacturados, que habían crecido durante la guerra y la inmediata posguerra, también cayeron notablemente después de 1946.
   
No obstante, otros autores como por ejemplo Fodor (1975) relativizan el peso de esta explicación basada en los propósitos que perseguía la política económica y hacen hincapié en la combinación de restricciones y oportunidades que presentaba el contexto externo. El esquema triangular de comercio, que había funcionado con un superávit a favor del Reino Unido y  un déficit con Estados Unidos durante los años veinte y treinta, acentuaba ahora estos rasgos pero ello no era necesariamente beneficioso para la Argentina. Después de la guerra Europa demandaba mayor cantidad de alimentos y estaba en condiciones de exportar menos. Argentina debía entonces reemplazar las importaciones europeas con las estadounidenses. Pero las monedas europeas eran no convertibles, de modo que no servían para adquirirlas. Por eso las cifras totales de importaciones y exportaciones no reflejaban toda la realidad; el hecho de que estas últimas fueran superiores, no restaba aristas problemáticas a la situación.
   
Más aún, el balance comercial con el Reino Unido presentaba serias dificultades debido al colapso de la libra esterlina en agosto de 1947. Un año antes, la Argentina había firmado un acuerdo con ese país por el que otorgaba condiciones muy favorables para la explotación de los ferrocarriles, bajos precios para la carne y una cuota de la exportación de carne reservada para ese destino. A su vez, Gran Bretaña permitiría que las libras obtenidas por Argentina vía sus exportaciones fueran convertibles. Pero esta condición sólo se mantuvo vigente por muy poco tiempo, mientras que se hacía evidente que las expectativas acerca de una rápida reconstrucción de los países europeos que reavivara sus exportaciones y permitiera a la Argentina adquirir los productos que necesitaba eran infundadas. Por el contrario, Gran Bretaña, el principal comprador de carne argentina, era cada vez más insolvente. De modo que la opción de continuar con ese esquema comercial no resultaba ya atractiva.
   
Por otra parte, tampoco se abrían otras opciones más promisorias. Por ejemplo, Argentina podía otorgar créditos a las desbastadas naciones europeas para que compraran sus exportaciones. Así lo hizo con España, Bélgica, Francia, Italia, Rumania, Holanda y Finlandia, pactando cláusulas por demás beneficiosas para los receptores (3). Ello mostraba la mala posición negociadora en la que se hallaba el país frente a compradores ávidos de mercaderías argentinas pero incapaces de pagar por ellas y de dar garantías de que completarían su recuperación con éxito. Asimismo, el único país que parecía capaz de proveer los bienes de importación necesarios era Estados Unidos, pero las crecientes medidas proteccionistas de la producción agrícola que sus gobiernos iban implementando impedían que se convirtiera en un mercado posible de capturar por las exportaciones argentinas.
   
Asimismo, si se mira a la evolución de los términos de intercambio, la situación puede ser engañosa. Su nivel relativamente alto entre los años 1946 y 1948, combinado con una alta demanda, alentó las perspectivas optimistas para el país. Pero como ya se ha señalado, la incapacidad de pago de los compradores jugaba en contra de las exportaciones argentinas.
   
En otras palabras, quienes enfatizan este tipo de condiciones contextuales señalan que la posición exportadora de la Argentina entre 1946 y 1948 no era similar a la de la década del treinta, sino peor, y las opciones, obvias. Mientras que Europa no podía pagar, los Estados Unidos no estaban dispuestos a comprar. Y las perspectivas para la década a punto de iniciarse no eran más promisorias, ya que nada hacía esperar un cambio de la política estadounidense en esta materia y los países europeos estaban tratando de estimular la recuperación de su sector agrícola rápidamente, de modo que tenderían a proteger su producción y se convertirían en potenciales competidores. Por eso las opciones para la Argentina parecían reducirse a la dicotomía expresada por Fodor de la siguiente manera: “The alternative faced by the Argentine government was clear; either to transfer more resources to agriculture in order to meet a high but transitory demand for exports for which few goods could be obtained in return, or try to industrialise” (4).

  1. Cf. Díaz Alejandro, 1983, pp.75-76.

  2. Cf. Díaz Alejandro, 1983, p. 116.

  3. A España se le otorgó en 1946 un crédito por 400 millones de pesos y otro por 300 millones de pesos; a Francia se le había concedido un préstamo de 150 millones de pesos en 1945, el cual fue extendido a 600 millones de pesos en 1947; Italia recibió un crédito por 350 millones de pesos en octubre de 1947, mientras que Rumania obtuvo uno de 25 millones de dólares estadounidenses y Finlandia uno de 75 millones de pesos; en 1948 se concedió un crédito a Holanda por 235 millones de pesos, se incrementó el de España a 1750 millones y se otorgaron otros 75 millones de pesos a Finlandia. Cf. Fodor, 1975, p. 149.

  4. Fodor, 1975, p. 151.

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