La Revolución Libertadora
Perón
fue depuesto alrededor del 20 de setiembre de 1955 por un levantamiento militar.
El General Leonardi se hizo cargo del gobierno hasta noviembre de ese año,
momento en el que lo reemplazó Aramburu en la Presidencia. A pesar de la
diversidad ideológica de los miembros de la coalición civil-militar
revolucionaria, los unía la idea de restaurar los principios políticos y económicos
que regían antes de Perón y devolver a la Argentina a la senda de la que no
debería haber salido.
Entre
los objetivos de política económica de los protagonistas de la Revolución
Libertadora estaban el aumento de las exportaciones y el fomento de la acumulación
de capital, dos temas sobre los que el peronismo había trabajado sin éxito en
el último tramo de su administración. Los principales lineamientos de política
fueron esbozados por el asesor económico y financiero de la Presidencia, Raúl
Prebisch, en un documento titulado “Informe preliminar acerca de la situación
económica” (1).
Cabe
señalar que el contexto internacional no fue favorable por esos años para el
comercio exterior argentino, ya que los términos de intercambio cayeron
notablemente: en 1957 los precios eran un 13% menores que los de 1953, 36%
menores que en 1950 y 44% menores que en 1948 (2). Además, los países
compradores de las exportaciones argentinas estaban aplicando prácticas
restrictivas. En consecuencia, a pesar de la política devaluatoria aplicada, no
se lograron los resultados esperados. Por el contrario, se registraron déficits
en el balance de pagos entre 1955 y 1958, las reservas declinaron y se
acumularon las deudas comerciales.
Respecto
del régimen de intercambios con el exterior instaurado en este período, puede
decirse que el gobierno revolucionario incorporó en su política económica una
mayor apertura hacia la economía internacional. De acuerdo con las
recomendaciones de Prebisch arriba mencionadas, se adoptaron medidas
liberalizadoras que apuntaban a reducir el déficit fiscal, limitar los aumentos
salariales y restaurar los mecanismos de precios para equilibrar el balance de
pagos.
Asimismo, el programa propuesto incluía una estrategia de
desarrollo agropecuario que fomentaba el aumento de la producción vía la
incorporación de nuevas tecnologías y un fuerte estímulo a las inversiones en
infraestructura (v.g., provisión de energía, transportes, etc.). En cuanto al
sector industrial, se proponía el desarrollo de la industria siderúrgica y la
expansión de las ya existentes en los sectores matalúrgico y mecánico. También
se fijaba como objetivo la expansión de ciertas industrias básicas
sustituidoras de importaciones, tales como papel y celulosa, química y petroquímica.
Estos
planes sin duda requerían la concreción de importantes inversiones que
aceleraran el desarrollo de los sectores mencionados. El plan preveía que las
limitaciones domésticas en este plano fueran contrarrestadas con el ingreso de
inversiones extranjeras. De todos modos, la mayoría de las propuestas de más
largo plazo no llegaron a efectivizarse en medidas de política económica.
En
lo inmediato, el gobierno estableció nuevas pautas cambiarias que permitieron
la existencia de sólo dos tipos de cambio, uno libre y uno oficial. Se llevó a
cabo una devaluación y se implementaron retenciones móviles a las divisas
provenientes de las exportaciones de hasta un 25%, con lo cual el tipo de cambio
efectivo para los productos primarios se incrementó un 40% para la carne y más
de 200% en el caso de los cereales (3). Esporádicamente también se recurrió
al régimen de aforos para establecer el precio al cual debían liquidarse las
exportaciones, cada vez que se producía una caída en los precios
internacionales de las mercancías a exportar.
Las
importaciones de bienes esenciales se regían por el mercado oficial y siguieron
estando sujetas al régimen de permisos de cambio. Este último sólo se
flexibilizó en lo atinente a productos de suma necesidad, los cuales recibían
un permiso automático. El resto de las importaciones se canalizaban por el
mercado libre de cambios. Asimismo, cabe destacar que el gobierno estableció un
recargo para las importaciones, administrado por el Banco Central, a modo de
protección temporaria de la industria local. Y ante reiteradas situaciones críticas
del balance de pagos, como sucedió en 1957, se establecieron estrictos
controles a las importaciones a través del requerimiento de depósitos previos.
Estos se fijaron en un principio para las importaciones que se regían por el
mercado libre y más tarde pasaron a abarcar el conjunto total de las
importaciones.
Por
otra parte, las recomendaciones de política diseñadas por Prebisch también
comprendían otras dimensiones de las relaciones económicas externas de la
Argentina. Por
ejemplo, se sugería la participación activa en las instituciones
internacionales creadas por los acuerdos de Bretton Woods (el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento), así como
también el envío de una misión financiera a los Estados Unidos con el objeto
de discutir nuevamente los acuerdos bilaterales existentes y la gestión de
nuevos créditos. Estas propuestas se complementaban mutuamente ya que tendían,
en conjunto, a posibilitar el acceso del país al financiamiento externo y a
aumentar su capacidad de pago en dólares, como un modo de facilitar sus
transacciones comerciales en un ámbito cada vez más amplio.
Así
fue como a principios de 1956 se iniciaron gestiones para el ingreso de la
Argentina al Fondo Monetario Internacional y al Banco Internacional de
Reconstrucción y Fomento, el cual se concretó en agosto de ese año previo
aporte de 150 millones de dólares a cada uno de esas instituciones. Asimismo,
en febrero del mismo año se acordó un crédito del Export-Import Bank por 60
millones de dólares a ser destinados a la adquisición de equipos para una
planta siderúrgica.
También
se realizaron gestiones para el establecimiento de un sistema de pagos
multilaterales. Se alcanzó el Acuerdo Provisional de París con once países
europeos a mediados de 1956, por el que se fijaba un sistema multilateral de
comercio y pagos con esos países basado en la transferibilidad y arbitraje de
las diferentes monedas de los países adherentes. Las mismas podían ser usadas
indistintamente para realizar pagos o cobros resultantes de las operaciones
comerciales entre dichos países y la Argentina. Al respecto, cabe señalar que
algunos autores sostienen que los efectos positivos de estos acuerdos fueron
limitados dado que, por ejemplo, en 1955 la Argentina tuvo un balance comercial
desfavorable con los países del acuerdo y ello trajo aparejado la consolidación
de las deudas comerciales derivadas de los convenios en deuda financiera. En
consecuencia, no sólo aumentó fuertemente el endeudamiento externo del país
sino que también fue imposible revertir por este
medio el crónico desequilibrio comercial con los Estados Unidos que ya
llevaba varias décadas.
Al
suceder el general Aramburu a Leonardi, se designó un nuevo ministro de Economía
(Eugenio Blanco), quien estaba secundado por un grupo de economistas de
renombre. Durante esta última etapa, el gobierno suprimió los subsidios que se
daban al sector agropecuario a través del IAPI y este organismo cesó en sus
funciones. Por lo tanto, la devaluación antes mencionada quedó compensada por
esta supresión de los subsidios y por el establecimiento de retenciones a las
exportaciones.
Por
otro lado, en 1956 se creó el Instituto de Tecnología Agropecuaria (INTA), con
la intención de estimular el crecimiento de la producción del sector
agropecuario. De todos modos, el intento de mejorar la balanza de pagos chocó
contra las condiciones adversas que presentaba el mercado internacional, en el
que seguían cayendo los precios de las exportaciones argentinas. Por eso el
gobierno debió recurrir a préstamos externos. Para ello entró en tratativas
con el Club de París, el Exim-Bank de Estados Unidos y diversos bancos privados
(4).
En
el último tramo de la gestión, por disputas al interior del gobierno Blanco
fue sustituido por Roberto Verrier y éste, unos días más tarde, por Adalbert
Krieger Vasena. El objetivo principal de las nuevas autoridades económicas era
bajar la inflación. Se decidió entonces congelar los salarios por un año lo
cual, junto con una reducción del gasto público (especialmente, de las
inversiones), permitió obtener un superávit fiscal y contener la inflación
hacia fines de 1957. Pero la caída del salario real obligó al año siguiente a
autorizar aumentos masivos que reactivaron la espiral inflacionaria.
NOTAS
Ver Banco Central de la República Argentina, 1956, “Memoria Annual”, 21° Ejercicio, Buenos Aires, citado en Lucángeli, 1989.
Cf. Gerchunoff, Pablo: “A Note on the Economic Policies of the Liberating Revolution”, en di Tella and Dornbusch (eds.), 1989, p. 105.
Ver Lucángeli, 1989, p. 33.
Ver García Vázquez, 1995, Cap. II.
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