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El punto de partida de la política económica peronista fue un contexto beneficioso en el que habían mejorado los términos de intercambio, se había acumulado un nivel considerable de reservas durante la Segunda Guerra Mundial y la producción de bienes transables venía expandiéndose. En ese marco, el gobierno aplicó medidas de corte keynesiano, tales como el otorgamiento de crédito subsidiado, alzas en los salarios y la expansión del gasto público.
    En términos generales, los objetivos y los mejores logros que obtuvo esta política se pusieron de manifiesto en el período inmediatamente posterior al arribo de Perón al poder (1946-1948). Se logró la recuperación económica y una importante redistribución del ingreso en favor de los trabajadores. Al tiempo, se expandió la esfera de acción del Estado, el cual asumió, entre otras cosas, el control del comercio exterior, del mercado cambiario y de la regulación de los flujos de capital.
   
Ahora bien, desde el punto de vista fiscal esta estrategia pronto presentó problemas. El gasto público como porcentaje del producto bruto nacional creció sostenidamente, ya que el Estado se hizo cargo de los servicios públicos, incursionó en nuevas actividades económicas y permitió que el empleo público creciera enormemente. La situación de las cuentas públicas se fue deteriorando, agravada por la brecha que registraban los precios de los servicios públicos, la cual no fue compensada por mayores impuestos. Esto hizo que la administración peronista se viera pronto enfrentada a una situación de creciente déficit fiscal y que debiera recurrir créditos internos y externos.
   
En 1949 ya era evidente la crisis del sector externo, junto con una caída en la producción industrial. Esto llevó a que, junto con un recambio del equipo económico, se redefiniera ligeramente la orientación de la política económica. Se intentó lograr una mejor inserción en la economía internacional, se concedieron incentivos a la producción agrícola y se orientó el crédito hacia las actividades productivas de bienes no transables y servicios. No obstante, se mantuvo el objetivo redistribucionista de la política económica.
   
Entre los años 1949 y 1950 se produjo entonces una transición en la que la expansión del Estado fue hasta cierto punto contenida. Sin embargo, los déficit comerciales pronunciados de 1951 y 1952 marcaron un período recesivo. A partir de entonces se intentó contener la crisis y al mismo tiempo ajustar la estrategia industrializadora. Los indicadores económicos mejoraron pero ello no era muestra de la superación de los problemas estructurales que dicha estrategia planteaba. 
   
De todos modos, la impronta de intervencionismo estatal, redistribucionismo y movilización política de las mayorías populares que el peronismo dejó en la historia argentina en gran medida marcó los límites de los experimentos de política económica que intentaron los gobiernos que le sucedieron.

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