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El rol del capital extranjero

La industrialización tan buscada requería de capitales, lo que presuponía una adecuada tasa de ahorro que pudiera aplicarse al desarrollo de la nueva estructura económica. Este no era el caso de la Argentina en ese entonces, por lo que recurrir al capital extranjero aparecía como una alternativa absolutamente necesaria y deseable. Así lo señaló Frondizi en su discurso inaugural: "El mayor aporte a la capitalización del país deberá provenir del esfuerzo y del ahorro nacional, pero la capacidad de ahorro local es todavía insuficiente para financiar el ritmo de progreso que el país necesita. En tales condiciones, el capital extranjero, aplicado a inversiones productivas, opera como factor de aceleración del proceso" (1). 
    Por lo tanto, era primordial crear las condiciones favorables para la radicación de inversiones extranjeras y para la obtención de financiamiento externo que permitiera, al menos en los primeros tiempos, compensar el desequilibrio de la balanza de pagos hasta que las medidas económicas rindieran frutos y la economía quedara totalmente saneada.
   
Según Frondizi, la política a seguir para crear dichas condiciones debía basarse en cinco premisas básicas: 1) la fijación de un adecuado orden de prioridades, a fin de que el capital externo se dirigiera a los sectores que aseguraran los más altos niveles de crecimiento a corto plazo (esto es, industrias y servicios básicos); 2) la búsqueda de todas las fuentes disponibles, lo que suponía negociar tanto con los organismos internacionales como con los entes financieros privados; 3) el establecimiento de estímulos administrativos y fiscales dentro del programa de prioridades, a fin de asegurar un alto nivel de inversión canalizado de acuerdo a la conveniencia del país; 4) el ofrecimiento de garantías en lo referente a la seguridad jurídica, respeto de la inversión y cumplimiento de los contratos acordados tanto con organismos internacionales como con particulares; 5) la acumulación de recursos propios a obtener de un comercio exterior dinámico, que aprovechara todos los mercados y los nuevos productos al tiempo que estimulara sólo importaciones de aquellos bienes que pudieran acelerar el proceso de expansión (2).
   
De acuerdo con el discurso desarrollista, el uso de capital extranjero sería un recurso temporario que de ningún modo crearía dependencia. En realidad, lo importante era la aplicación de ese capital al desarrollo de la capacidad productiva del país, más allá de que al mismo tiempo generara ganancias a agentes económicos externos. Es decir, no importaba su origen, sino su utilización. Al respecto, sostenía Frondizi: "El capital extranjero no es colonialista ni retrógrado por su origen; tan retrógrado es el capital nacional que se aplica a perpetuar la actual estructura subdesarrollada como progresista es el capital extranjero que viene a invertirse en los rubros que contribuyen a modificarla. En este caso, el capital extranjero se nacionaliza, pues sirve a los objetivos nacionales" (3).
   
Asimismo, Frondizi sostenía que el problema respecto de esta "ayuda" financiera proveniente del exterior no era sólo el de la cuantía, sino principalmente la definición del objetivo perseguido y el ritmo en que debía prestarse para que produjera los efectos buscados. Esos fondos debían concentrarse en inversiones en sectores básicos y servicios de infraestructura (e.g., energía, siderurgia, comunicaciones, etc.), a fin de crear las condiciones estructurales que permitieran al país, en el largo plazo, independizarse de dicha ayuda exterior. Y el problema del ritmo era importante porque, sin ayuda exterior masiva y concentrada, Argentina -al igual que otros países latinoamericanos con baja tasa de crecimiento del ingreso per capita-, tardaría casi medio siglo en alcanzar la tasa de ingreso (y, en consecuencia, de ahorro) de, por ejemplo, los países europeos (4).
   
Frigerio coloreaba esta interpretación con la distinción entre capital extranjero "malo" y "bueno". El primero era el que se invertía en los países atrasados exclusivamente para financiar la explotación de recursos primarios orientada a la exportación y, de hecho, actuaba como un freno a la expansión y autonomía de esos países. Por el contrario, el buen capital extranjero era el que servía para satisfacer las necesidades del mercado doméstico y a reemplazar la importación de bienes con producción local, contribuyendo de ese modo a la autonomía del país en cuestión y a la modificación de su estructura económica (5).
   
Sin embargo, en el contexto político argentino de fines de los 50 estas ideas creaban fuertes controversias. Algunas voces pronto se alzaron para caracterizar esta propuesta de "entreguista" y para criticar a Frondizi por el abandono o "traición" de sus pasados ideales nacionalistas. Especialmente, esas críticas pronto encontraron un blanco propicio al lanzar el gobierno su política petrolera, ya que ésta no sólo planteaba un cambio de rumbo en la histórica postura de las élites gobernantes argentinas respecto de la explotación de ese recurso (6), sino también porque dicha innovación parecía contradecir los argumentos sostenidos por Frondizi pocos años antes.

  1. Cf. Frondizi, 1978, p. 34.

  2. Para mayor detalle, ver Frondizi, 1964, pp. 99-102.

  3. Cf. Frondizi, 1968a, p. 8.

  4. Ver Frondizi, 1964, pp. 48-50; también Frigerio, 1967, pp. 24-26.

  5. Ver Szusterman, 1993, pp. 126-129.

  6. Una síntesis de la política aplicada en ese sector desde fines del siglo pasado puede encontrarse en Randall, 1978, Capítulo 7.

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