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Comercio exterior e integración económica regional

Los objetivos de política económica enunciados requerían de la Argentina una política internacional activa y, según los postulados desarrollistas, independiente. Sólo así se podría lograr que las negociaciones económicas redundaran en beneficios para el país y que la ayuda exterior no se transformara en un condicionante de la capacidad de autodeterminación. 
   
Como ya se ha mencionado, entre los lineamientos de política económica a seguir figuraba el estímulo al comercio exterior, de forma de aprovechar todos los mercados para la colocación de las exportaciones argentinas y desarrollar nuevos productos para poder diversificarlas. Así lo planteó el Presidente al inicio de su gestión: "En el estado actual de nuestra economía, basada principalmente en la comercialización de productos agropecuarios, el aumento del ingreso equivale a una nueva y enérgica política de comercio exterior" (1).
   
Simultáneamente, el plan de desarrollo requería que en el corto plazo se restringieran las importaciones a lo estrictamente necesario y que se estimularan sólo aquellas que pudieran acelerar el proceso de expansión económica. De ese modo, se reduciría la tradicional dependencia de las importaciones y aumentaría la actividad económica local. 
   
Asimismo, de acuerdo con los objetivos económicos declarados en el momento de hacerse cargo del poder, el gobierno desarrollista impulsaría los procesos de integración económica en América Latina. Recogiendo el ejemplo de otras regiones y las ideas de la época, dichos procesos se enmarcaban en una visión inward-oriented (orientada hacia el interior de las economías participantes); es decir, a diferencia de los procesos de integración que tomaron impulso en los años 80, aquellos eran percibidos como un instrumento que podía contribuir decisivamente al desarrollo y protección del mercado interno y a la integración nacional de cada una de las economías involucradas. Esta premisa partía del reconocimiento de que, consideradas aisladamente, dichas economías todavía no estaban en condiciones de desarrollar una industria pujante y poseían mercados nacionales limitados. Por eso un mercado ampliado era una exigencia vital del desarrollo buscado (2).
   
La acción conjunta podía ayudar a defender en el mercado mundial los precios de los productos regionales, a luchar contra las discriminaciones comerciales y a combatir el dumping.  Además, una acción coordinada frente a los organismos internacionales y potenciales inversores extranjeros facilitaría la defensa de las prioridades de desarrollo nacionales. Por lo tanto, debían estimularse las negociaciones con otras naciones que condujeran a acuerdos bilaterales y/o regionales, con vistas a la constitución de un mercado común latinoamericano.
   
Este aspecto de la propuesta estaba en un todo en consonancia con la orientación general de la política exterior desarrollista. Si bien se afirmaba el carácter soberano de la Nación, se reconocía a la Argentina como parte del mundo cultural de Occidente y ligada al destino de los pueblos latinoamericanos por la historia, la geografía, la religión y las instituciones. Pero además de este legado histórico, la hermandad latinoamericana se asentaba en ese momento también en una búsqueda común, en una empresa conjunta que las naciones de la región debían encarar si querían resolver sus graves problemas sociales y económicos. En ese sentido, debían hacerse todos los esfuerzos para la concertación de acuerdos tan amplios como fuera posible, tendientes a impulsar el desarrollo y la integración económica dentro y entre cada uno de los países latinoamericanos (3).
   
Más allá de esta retórica, el desarrollismo agregaba ciertos matices programáticos. En principio, postulaba que la integración no precede al desarrollo, sino que es la coronación del mismo, sólo realizable a partir del previo desarrollo pleno de las respectivas economías involucradas. Por lo tanto, mediante tarifas aduaneras que facilitaran los intercambios, la integración regional debía funcionar hacia el interior de la región como aliciente para el desarrollo y, hacia el exterior, como protección del mismo.
   
Por otra parte, tomando como ejemplo los procesos integradores que por ese entonces se llevaban a cabo en otras regiones (por ejemplo, tanto en Europa Occidental como entre las economías socialistas de Europa del Este), se advertía sobre el peligro de basar el proceso integrador en una división del trabajo que apuntara meramente a la complementación de los intercambios (v.g., a que cada uno explotara su ventaja comparativa natural) y renunciar a la tarea de construir una economía industrial integrada.
   
En este sentido, Frigerio enfatizaba el riesgo de basar el esfuerzo integracionista en un intento de "resucitar" la antigua división internacional del trabajo. Tal intento respondería a un plan neocolonialista, que sólo favorecería los intereses del monopolio internacional y perjudicaría el progreso de América Latina. Por eso, Frigerio veía la integración como una tendencia ineludible que se imponía progresivamente en las relaciones económicas internacionales, pero guardaba hacia ese proceso ciertas reticencias. Según sus propias palabras: "La integración regional no crea por sí sola las condiciones del 'despegue' económico de los países subdesarrollados. La adición de naciones débiles y de economías primitivas en un 'espacio' económico continental sólo serviría para acentuar la vulnerabilidad de nuestras naciones y para facilitar el control 'global' de nuestras economías por los monopolios internacionales. El proyecto regionalista es, objetivamente y con prescindencia de la buena fe de algunos de sus propugnadores, una manera de postergar el esfuerzo nacional por el desenvolvimiento de economías integradas; el esquema de gobierno supranacional sirve para debilitar las soberanías nacionales y el papel rector del Estado nacional, único instrumento apto para sacudir los vínculos colonialistas y para programar las prioridades del desarrollo nacional" (4).
   
Por lo tanto, la integración económica era un objetivo de política económica del desarrollismo, pero subordinado al fin último de alcanzar el desarrollo económico nacional. En tal sentido, la integración regional debía servir para diversificar, expandir y tecnificar las respectivas economías, a fin de que superaran la etapa de producción primaria y avanzaran en el camino del desarrollo, incorporándose así al grupo de economías modernas. Al respecto, el discurso desarrollista enfatizaba que "... éste [la integración regional] no es sólo un problema económico; es, ante todo, un problema eminentemente nacional. Construir la nación significa echar las bases materiales de la nacionalidad. Reproducir los centros industriales a lo largo y ancho del país, unirlo geográficamente a través de un nuevo sistema de comunicaciones, construir la industria pesada (...) En otras palabras, desarrollar vertical y horizontalmente una economía moderna, integrada, constituye para nosotros el gran objetivo nacional, el fundamento de la unidad nacional. Si se subordina este objetivo a la integración regional, se renuncia a construir la Nación" (5).
   
Asimismo, esta empresa común de los países de América Latina debía incluir a un socio privilegiado: los Estados Unidos, con quien las naciones latinoamericanas habían desarrollado una estrecha relación comercial. En el discurso desarrollista, el éxito o fracaso del proyecto de desarrollo estaba ligado a la suerte del hemisferio en su conjunto.
   
Por lo tanto, se instaba a los Estados Unidos a comprender y a colaborar activamente con este esfuerzo invocando no sólo razones económicas (e.g., la posibilidad de realizar inversiones rentables o de contar con un mercado ampliado) sino también estratégicas, ya que el atraso económico podía traducirse en un peligro para la seguridad del continente. Sostenía Frondizi ante el Congreso de esa nación en 1959: "A vosotros no puede seros indiferente que haya millones de individuos que vivan mal en el continente americano. La condición de estos semejantes es no solamente una apelación a nuestros ideales comunes de solidaridad humana, sino también una fuente de peligro para la seguridad del hemisferio. Dejar en el estancamiento a un país americano es tan peligroso como el ataque que pueda provenir de una potencia extracontinental. (...) La verdadera defensa del continente consiste en eliminar las causas que engendran la miseria, la injusticia y el atraso cultural" (6). En ese marco, se esperaba que la cooperación con Estados Unidos se intensificara, bajo la forma de préstamos, inversiones, asistencia técnica y mayores flujos comerciales.

  1. Cf. Frondizi, 1978, p. 32.

  2. Ver Frondizi, 1980, pp. 122-124.

  3. Ver Fondizi, 1978, pp. 40-41; 52-56.

  4. Cf. Frigerio, 1976, pp. 112-113.

  5. Cf. Frigerio, 1967, p. 35.

  6. Cf. Frondizi, 1980, p. 19.

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