Relaciones económicas externas
Flujos de capital
Inversiones
extranjeras directas
Gran
parte de la positiva performance económica lograda entre mediados de 1959 y
1961 se debió al influjo de capital extranjero. El respaldo del Fondo Monetario
Internacional, obtenido a partir de la implementación del plan de estabilización,
no sólo implicaba el acceso a nuevo financiamiento, sino que también se traducía
en una señal de confianza para la banca y los inversores privados extranjeros.
En
consecuencia, hubo en este rubro resultados sorprendentes. Para tomar como
ejemplo tan sólo un año, surge claramente que en 1960 se registró un gran
aumento del volumen de las inversiones: las inversiones directas totalizaron 427
millones de dólares (1). La mayoría se invirtió en la industria petrolera
(ver Inversiones en el sector petrolero) y el resto se dirigió, fundamentalmente, a la industria
química, automotriz y a la de metales no ferrosos. Además, los importadores
obtuvieron importantes créditos de sus proveedores extranjeros. Más allá de
este impacto sobre algunos sectores industriales, el flujo de capital extranjero
también fue un factor importante para la política monetaria del gobierno, al
abrir nuevas posibilidades de crédito (ver Otros
flujos de capital) y permitir el
mantenimiento de una tasa de cambio estable durante 1960 y 1961, a pesar del déficit
existente en la balanza comercial.
Para
que esto fuera posible, fue necesario modificar adecuadamente el andamiaje legal
e institucional que permitiría la canalización de esas inversiones. Hasta ese
momento, las normas generales y leyes promocionales para incentivar la radicación
de capitales extranjeros habían sido varias y en su mayoría bastante
inoperantes. Hasta 1948, por ejemplo, la radicación de capitales extranjeros sólo
estuvo regida por circulares del Banco Central que reglamentaban los aspectos
financieros de esas inversiones. Según Altimir et al., estas disposiciones no
llegaron a constituir un régimen de radicación; el mayor defecto de este
mecanismo era que no fijaba los criterios de selección ni los límites y
procedimientos de fiscalización (2).
La
Ley 14.222, sancionada en agosto de 1953, estableció por primera vez un status
legal definido para las inversiones de capital extranjero a radicarse en
actividades industriales o mineras y un régimen completo y coherente para su
funcionamiento. Esa ley reflejaba el intento gubernamental de compatibilizar
tres objetivos en cierta medida contrapuestos: i) no afectar los intereses de la
industria nacional e impulsar su desarrollo; ii) otorgar los mayores beneficios
posibles a las inversiones extranjeras para promover su radicación; iii) evitar
las perturbaciones circunstanciales que pudieran provocar los capitales
extranjeros en la economía nacional y, especialmente, en la balanza de pagos.
A
fin de alcanzar estos objetivos, la Ley 14.222, junto con el decreto
reglamentario 19.111/53, innovaban respecto de las limitaciones vigentes a
mediados de la década anterior, ya que establecían un tratamiento del capital
extranjero similar al de los capitales nacionales y abrían la posibilidad de
que las empresas extranjeras transfirieran parte de sus ganancias líquidas al
exterior (hasta el 8% sobre el capital). Sin embargo, mantenía ciertas
restricciones concernientes a la repatriación de capitales (podía realizarse
gradualmente y después de un período de diez años de radicación) y al límite
para las remesas de utilidades (3).
De
modo que a pesar de la innovación que planteaba y de los incentivos que ofrecía,
este nuevo régimen produjo resultados muy limitados, ya que en los cinco años
siguientes sólo se aprobaron solicitudes de inversión por menos de 50 millones
de dólares (tres cuartas partes de ellas pertenecientes a una sola fábrica
automotriz, la Kayser) y parte de los proyectos aprobados no se llevaron a término
(4).
Las
limitaciones al movimiento de capitales que subsistían se eliminaron cuando,
como ya se señalara en El rol del
capital extranjero, a fines de 1958 se sancionó la Ley
14.780, la cual se complementaba con la Ley 14.781 de Promoción Industrial. La
Ley 14.780 se extendía a todas las actividades productivas (no sólo a la
industria y la minería, como la anterior) y pretendía acelerar el proceso de
desarrollo económico, habida cuenta de la limitada capacidad de ahorro interno.
En
sus disposiciones generales más importantes establecía lo siguiente: a) los
derechos de los capitales extranjeros se encontraban en igualdad de condiciones
que los nacionales; b) las inversiones podían tomar la forma de transferencias
financieras de divisas o de ingreso de equipos, maquinarias, repuestos, materias
primas u otras formas de aportes; c) los proyectos de inversión estaban sujetos
a la autorización previa del Poder Ejecutivo, la que se basaría en el criterio
de que la inversión contribuyera a la sustitución de importaciones, a la
expansión de las exportaciones o al crecimiento armónico de la economía
nacional; d) tendrían prioridad aquellas propuestas que utilizaran recursos
nacionales en la producción de materias primas para la industria, que se
localizaran en el interior para producir bienes de capital o utilización
intermedia, implicaran asociación con capitales nacionales o se comprometieran
a reinvertir sus utilidades; e) la repatriación del capital no se hallaba
sometida a otras limitaciones que las que se hubiesen establecido al aprobar la
inversión; f) las utilidades que se obtuvieran de esas inversiones eran
enteramente transferibles a través del mercado de cambios y la repatriación de
capital no quedaba sujeta a otras limitaciones que las que se establecieran al
momento de aprobarse la inversión; g) quedaba a juicio del Poder Ejecutivo
impulsar inversiones a través de la creación de incentivos, tales como la
reducción o liberación de derechos aduaneros y cambiarios, la reducción o
exención de impuestos, el tratamiento crediticio preferencial, o la inclusión
en el régimen más favorable de promoción industrial vigente para las empresas
nacionales (5).
Como
puede observarse, la diferencia más importante respecto de la Ley 14.222 radica
en que la Ley 14.780 permitía la libre transferencia de utilidades y del
capital, una disposición totalmente dirigida a captar el interés de
potenciales inversores.
Por
otra parte, en julio de 1958 fue creado el Departamento de Inversiones
Extranjeras, dependiente de la Secretaría de Relaciones Económico-Sociales,
con la función de regular los aportes de capital provenientes del exterior
orientados a la radicación de nuevas industrias (6). Más concretamente, el
nuevo organismo tendría a su cargo las siguientes funciones: atender el trámite
de las propuestas de inversión que recibiera el gobierno; facilitar a los
interesados las informaciones requeridas con relación a las posibilidades de
inversión y a las condiciones exigidas para su admisión; requerir
asesoramiento a otros organismos del Estado o asociaciones gremiales si así
fuera necesario; desempeñarse como Secretaría General de la Comisión Asesora
de Inversiones Extranjeras. Esta última también funcionaría dentro de la
Secretaría mencionada y era la encargada de expedirse en todos los casos de
requerimiento de autorización de inversiones extranjeras; sus integrantes serían
funcionarios delegados de los ministerios de Economía y de Defensa y del Banco
Central, y estaría presidida por el Secretario de Relaciones Económico-Sociales
(Rogelio Frigerio en ese entonces).
El
decreto del Poder Ejecutivo por el cual se creó este organismo también
establecía que hasta tanto no se sancionara el régimen legal al que se someterían
las inversiones extranjeras en el futuro, se exigiría que éstas estuvieran
destinadas a promover o expandir una actividad productiva que aportara ahorro u
obtención de divisas, o que se tradujera en una elevación del nivel de
productividad nacional.
Como
muestran las siguientes secciones, este tipo de medidas sin duda lograron su
objetivo de captar el interés y el apoyo del gobierno de Estados Unidos y del
capital extranjero privado. Por tratarse de la primera apertura real a dicho
capital, el efecto inmediato es un cambio significativo en la tendencia que se
observaba hasta ese momento: la tasa media anual de inversión directa se eleva
considerablemente (74 millones de dólares en el período 1958-1963, casi diez
veces superiores a la tasa del conjunto de los regímenes anteriores (7)), al
tiempo que las inversiones directas superan en monto, en el mismo lapso, a las
inversiones realizadas como reinversión de utilidades (tendencia que se
revierte en los dos años subsiguientes debido a la modificación de las normas
al respecto). Los Cuadros 8, 10 y
12 abundan sobre estos fenómenos.
El
monto total de las inversiones en el período en consideración es difícil de
determinar con exactitud, ya que las fuentes difieren en cuanto a las
autorizaciones concedidas por el gobierno. (8) A título ilustrativo, se
presentan a continuación los datos tomados de sólo dos de las fuentes
consultadas, seleccionadas por ser las más completas y porque permiten ver el
mismo fenómeno bajo categorías diferentes.
Según
Villanueva, el total de las inversiones aprobadas por el Poder Ejecutivo entre
1958 y 1964 fue de 536 millones de dólares. De esa suma, sólo un 0.10%
correspondía a capital argentino repatriado. El resto provenía de Estados
Unidos (58.5%), Suiza (10.2%); Alemania, el Reino Unido, Holanda e Italia seguían
en la lista de lugares de origen, con porcentajes menores. La misma fuente señala
que hacia 1961, el grueso de las inversiones extranjeras se había concentrado
en la industria química (35.84% del total de los fondos invertidos) y en la
automotriz (22.46% del total) (9).
Según
datos de la Dirección Nacional de Política Económica y Financiera,
dependiente del Ministerio de Economía, al cabo de tres años de vigencia de la
Ley 14.780 se habían radicado en el país inversiones por un total de 387
millones de dólares, lo que contrastaba notablemente con las cifras de los años
anteriores: 8 millones de dólares entre 1953 y 1955 y 23 millones de dólares
entre 1956 y 1958 (10). De acuerdo con la misma fuente, las inversiones
recibidas durante el período desarrollista totalizaron, según los distintos
rubros: química y petroquímica, 118 millones de dólares; equipos para la
industria automotriz, 96 millones; industrias básicas de metales no ferrosos,
44 millones; refinerías de petróleo, 28 millones; construcción de maquinarias
(excepto eléctricas), 26 millones y transporte marítimo (exceptuando el de
cabotaje), 10 millones.
La
mayoría de estas inversiones se radicaron en el interior del país,
especialmente, en las provincias de Santa Fe (107,4 millones de dólares),
Buenos Aires (64,9 millones), Córdoba (18,8 millones), Entre Ríos (2,4
millones) y otras provincias (20,6 millones). El resto se completa con 42,7
millones de dólares correspondientes a inversiones aprobadas cuyo destino no se
había determinado al momento de confeccionarse el informe del Ministerio, pero
que se dirigiría en su mayoría a la Patagonia. La Capital Federal y el Gran
Buenos Aires sólo recibieron 129 millones de dólares sobre el total de 387.
En
cuanto al origen de los fondos, todas dos fuentes coinciden en señalar que se
consolida la estructura del capital extranjero que ya se perfilaba hacia
mediados de los 50, es decir, el predominio del capital norteamericano (11).
Durante el período frondizista también sobresalen las inversiones provenientes
de Estados Unidos (193 millones de dólares); les siguen, en orden de
importancia, las de Suiza (49 millones), Inglaterra (31 millones), Holanda (26
millones), República Federal Alemana (25 millones), Canadá (22 millones),
Italia (18 millones) y Francia (11 millones).
Respecto
de estos datos, es importante destacar que los montos de las solicitudes
aprobadas no necesariamente equivalen a la inversión real y efectiva. Algunas
pueden haberse atrasado o suspendido. Para obtener una cifra exacta habría que
rastrear el desarrollo de cada uno de esos proyectos, lo cual excede los límites
de este trabajo. Una aproximación puede obtenerse tomando los datos aportados
por Dorfman, los cuales indican que bajo la Ley 14.780 entre 1958 y 1965 se
aprobaron inversiones extranjeras directas por valor de 630 millones de dólares,
de los que sólo un 80% (500 millones) se efectivizaron orientándose,
fundamentalmente, al sector automotriz (un tercio) y a las industrias químicas
(un cuarto) (12). Asimismo, otra evaluación de datos agregados señala que,
desde el punto de vista del destino de las inversiones, no obstante la enorme
afluencia de inversión extranjera registrada en algunos años, poco fue lo que
efectivamente se canalizó hacia la industria: un máximo de 13% fue alcanzado
en 1959 (ver Cuadro 10).
Por
último, como ilustración de las características de estas inversiones pueden
mencionarse algunas de los pedidos concretas aprobados durante los primeros años
de gestión. Por ejemplo, en setiembre de 1959 el Poder Ejecutivo autorizó
cuatro pedidos de radicación de capitales extranjeros por un monto total de 80
millones de dólares (13). Ellos incluían las siguientes propuestas: 1) la
compañía estadounidense Texas Butadiene and Chemical Corporation invertiría
39 millones de dólares a fin de constituir la filial argentina de su
subsidiaria Texas Butadiene and Chemical International, la cual construiría un
complejo petroquímico para la producción de caucho sintético y otros
productos en Puerto Deseado; 2) la General Motors Corporation, a través de la
General Motors Argentina S.A., invertiría 20 millones de dólares en la
instalación de una fábrica de camiones y la producción de otros bienes dentro
del ramo automotriz; 3) la Extramar Panamá S.A. destinaría 400 mil dólares a
la adquisición, por parte de la empresa Arizona Argentina S.A.C.I., de un buque
mercante; 4) la N.V. de Bataafse Internationale Maatschappij radicaría en el país
alrededor de 8 millones de libras con destino a la firma Diadema Argentina S.A.
de Petróleo, a fin de proveer a esta última de maquinarias y equipos para su
destilería petrolera.
Asimismo,
el año siguiente se aprobó otra inversión propuesta por la firma Gestether
Corporation de Nueva York por la suma de 153.000 dólares, destinada a la
adquisición de maquinarias, repuestos, matrices, moldes y herramientas para la
fabricación, por medio de su filial argentina, de duplicaciones, stenciles y
tintas especiales en una planta a instalarse en la provincia de Buenos Aires
(14).
NOTAS
Cf. Eshag y Thorp, 1965, p. 318.
Ver Altimir et al., 1967, p. 362.
Para mayor detalle sobre estas normas, así como sobre otras reglamentaciones secundarias, ver Altimir et al., 1967, pp. 362-364; Martorell, 1969, pp. 89-95.
Cf. Dorfman, 1983, pp. 449-455.
Cf. Martorell, 1969, p. 96; Altimir et al., 1967, pp. 364-366.
Ver Clarín, 22/07/58, p. 11.
Cf. Altimir et al., 1967, p. 371, 373.
Por ejemplo, el monto de las inversiones aprobadas durante el año 1959 varía significativamente de acuerdo con la fuente de información: $ 147.7 millones según la Review of the River Plate (June 30, 1961, p. 26), $ 195 millones según el Banco Central de la República Argentina (Memoria Anual, 1959), $ 269 millones según el Boletín Techint (# 137, Diciembre, 1963). Cf. Villanueva, 1987, p. 115.
Cf. Villanueva, 1987, pp. 105-107. Datos más desagregados por sector económico pueden verse en el Cuadro 11.
Ver texto del informe en Clarín, 13/12/61, p. 20. A fin de simplificar la exposición, en este estudio las cifras han sido redondeadas, pero aparecen en detalle en la fuente.
Antes de 1900 el capital extranjero invertido en Argentina era casi exclusivamente de procedencia británica. En las dos primeras décadas del siglo XX aumentó la participación de inversores de otros países europeos y de Estados Unidos. Esta tendencia, con Estados Unidos a la cabeza de la lista, se consolidó entre los años 1945 y 1949, período en el que las inversiones británicas perdieron definitivamente el liderazgo, en gran parte debido la política de nacionalización de empresas de servicios públicos (e.g. teléfonos, ferrocarriles). Para mayor detalle, ver Fisher, 1973, pp. 23-25; Dorfman, 1983, pp. 423-474.
Ver Dorfman, 1983, pp.
Ver Clarín, 12/09/59, p. 1.
Ver Clarín, 17/09/60, p. 7.
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