Impacto de la política exterior económica
Resulta
muy difícil evaluar la implementación de un plan de estabilización y
desarrollo en un período tan corto y con tanta fluctuación de los indicadores
económicos. De todas maneras, es obvio que, en términos generales, la
estrategia desarrollista afectó el nivel y la composición de la producción.
El producto bruto nacional experimentó un crecimiento positivo, aunque
moderado, entre 1958 y 1961. Asimismo, si se toman referencias de más largo
plazo se ve que durante los cuatro años de la gestión de Frondizi la tasa de
crecimiento económico fue más alta que en 1950 y menor que en la década
siguiente a 1964 (1).
Ahora
bien, el análisis de las secciones precedentes demuestra que, a partir de los
mismos indicadores económicos, podrían hacerse distintas evaluaciones de los
resultados obtenidos por la estrategia económica del desarrollismo. Por
ejemplo, tomando los años 1960 y 1961 en su conjunto, puede inferirse una
importante incremento de las reservas de oro y divisas del país respecto de las
existentes a fines de 1958 (460 millones de dólares al cabo de esos dos años
contra 170 millones de dólares a comienzos de la gestión de Frondizi (2)); sin
embargo, como se explicara en Después
del invierno..., la comparación desagregada
del balance de pagos de 1960 y 1961 muestra una seria caída de dichas reservas
hacia fines del segundo año y una incipiente crisis de liquidez.
Por
lo tanto, la evaluación de los datos agregados tiene la desventaja de
sobrestimar los logros. Si se toman las cifras de aumento de reservas durante
los primeros tres años del plan de estabilización, parecería que el balance
de pagos mejoró notablemente. Sin embargo, esa lectura esconde que la mejora se
logró en gran parte debido al ingreso de capitales extranjeros y no a una
modificación sustancial en la balanza comercial.
Este
rol del capital extranjero es evidente respecto de los créditos obtenidos en el
exterior, una práctica que comenzó a usarse a menudo desde mediados de la década
del cincuenta y que el gobierno desarrollista continuó. El efecto financiero de
dichos créditos sobre el saldo de la balanza de pagos en cuenta corriente fue
compensatorio del déficit corriente hasta 1956, llegando incluso en algunos años
a tener importancia muy significativa en su financiación. Entre 1957 y 1960
estos préstamos tendieron a agravar la situación del balance de pagos, debido
a las grandes remesas netas en cancelación de deudas comerciales de corto
plazo. Después de 1960 volvieron a jugar un papel compensatorio: en los años
de déficit proporcionaron alrededor del 30% de su financiación y, en los de
superávit, absorbieron más de un 30% de éste (3).
Por
otra parte, esa dependencia del capital extranjero fue un arma de doble filo.
Combinada con un mercado libre de cambio, introducía un elemento de
inestabilidad o vulnerabilidad de la economía argentina. Así quedó demostrado
a principios de 1962 cuando los indicadores económicos ya habían empeorado (4).
Una combinación de factores económicos y políticos produjo una merma de
confianza en la moneda nacional, una importante reducción del crédito externo
y una rápida fuga de capitales. Es decir, esto demuestra que, como bien señalan
Mallon y Sourrouille, la propuesta desarrollista no preveía una limitación de
esa fuente de respaldo y financiamiento. Era una apuesta a "todo o
nada" cuyo éxito dependía de un continuo impulso externo capaz de
sobrellevar coyunturas críticas (5).
En
cuanto a los efectos de esta política sobre las actividades económicas e
industrias básicas, cabe recordar que desde principios de la década del 50 la
industria ya había adquirido un rol clave en el dinamismo de la economía
argentina y se convirtió de allí en más en un factor central del crecimiento
económico global. Sin duda, la estrategia implementada por el desarrollismo
coadyuvó a consolidar esta tendencia. Así lo demuestran los datos sobre el
crecimiento del producto bruto industrial desde principios de la década y vis-à-vis
otros sectores económicos (6).
Sin
embargo, no se evidencian cambios significativos en las tendencias de largo
plazo de la tasa de crecimiento global (7). La discontinuidad de las inversiones
y su concentración en unos pocos sectores económicos dio lugar a un cambio en
la capacidad productiva pero relativamente dispar entre sectores. El crecimiento
se dio, precisamente, en un limitado número de actividades a las que el
programa de desarrollo había otorgado prioridad: se estableció la industria
automotriz, se desarrollaron la del acero, química y plásticos y se expandió
enormemente la explotación de petróleo y gas. Nuevamente, gran parte del
crecimiento de esos sectores durante los años en consideración se debió a la
creciente participación del capital extranjero en las actividades de los
sectores secundario y terciario. Indudablemente, dicho crecimiento fue el
resultado de las facilidades otorgadas durante el período desarrollista para la
radicación de capitales (ver Inversiones
extranjeras directas).
Como
ya se mencionara en dicha sección, el monto de las inversiones extranjeras
radicadas en el país entre 1959 y 1961 puede situarse alrededor de los 400
millones de dólares; ellas estuvieron concentradas en industrias dinámicas
esenciales entre las que, además del petróleo, sobresalen la química y
automotriz (8). Y si se toma en consideración un período más largo, puede
verse claramente cómo crece la incidencia de estas inversiones en el sector
manufacturero: entre 1955 y 1970 la participación de empresas de capital
extranjero en la producción industrial crece de 18% a más del 28% (9).
Asimismo, esta incidencia se vio reforzada por otros flujos de capital vía
la concesión de préstamos a largo plazo por parte de organismos
financieros internacionales al sector privado que, en su gran mayoría, se
destinaron a actividades industriales (ver Otros
flujos de capital). Este tipo de
financiación, inexistente antes de 1957, significó en algunos años hasta el
5% de la inversión total en la industria (10) y estuvo en gran medida orientada
hacia proyectos de alta prioridad desde el punto de vista de los planes de
desarrollo del país.
Ahora
bien, la liberalidad del régimen establecido por la Ley 14.780 es lo que marca
la diferencia en la eficacia de los estímulos entre este régimen y los
anteriores. Sin embargo, es plausible pensar que la respuesta favorable de los
inversores en realidad obedeció a un conjunto de factores interrelacionados: el
régimen y franquicias concedidas por dicha ley, el régimen de promoción
industrial que la complementaba (instaurado por la Ley 14.781 y decretos
reglamentarios) y, también, la orientación económica general de la
administración frondizista, evidenciada en las activas gestiones realizadas en
el exterior para captar capitales extranjeros y en los esfuerzos por aplicar
concienzudamente el plan de estabilización a fin de mejorar las expectativas de
los inversores respecto del futuro económico del país.
Sin
embargo, a pesar de que la afluencia de capital extranjero fue notable y que
gran parte de él se dirigió a la industrial de acuerdo con los objetivos del
plan de desarrollo, Altimir et al. señalan que esta participación no llegó a
representar un aporte significativo en el proceso de acumulación de capital que
tuvo lugar en la industria. Si en lugar de mirar el monto total, se repara en
las inversiones extranjeras directas efectivamente realizadas cada año (ver
Cuadro 10), se observa que la participación de la inversión extranjera en el
total invertido en la industria ha sido escasa, incluso en los años de mayor
afluencia.
Es
importante entonces destacar que el capital extranjero sin duda ha funcionado
como factor de estímulo de las altas tasas de inversión interna registrada por
esos años y ha constituido un aporte de recursos adicionales significativo que,
de no existir, difícilmente hubiera podido ser cubierto con el esfuerzo local.
Además, dado que la mayoría de los capitales extranjeros se destinaron a la
instalación de nuevas industrias, algunas de ellas de gran nivel tecnológico,
conllevaron una importación de tecnología de avanzada; y respecto de las
actividades ya instaladas en el país, impulsaron la introducción de equipos
especializados y procesos modernos de producción.
Otra
dimensión en la que es importante analizar el impacto del capital extranjero
es, precisamente la contracara del crecimiento industrial: la posibilidad de
sustituir importaciones con producción local, con el consecuente ahorro de
divisas. En este sentido, el sector en el que se obtuvieron los mayores logros
es la industria petrolera (ver Inversiones
en el sector petrolero). En el resto de los sectores,
los indicadores no permiten ser tan concluyentes.
Una
de las evaluaciones sobre este punto señala que el coeficiente de importación
de 24 sectores industriales disminuyó en 13 sectores y aumentó en 11 de ellos
entre 1953 y 1960, al tiempo que hubo un fuerte desplazamiento de la demanda en
favor de aquellos nuevos productos sustitutivos de importaciones que presentaban
un coeficiente de importación más elevado (11). Esa modificación de la
demanda contribuyó, junto con otros factores, a que la cuota de importaciones
de economía nacional en su conjunto, con referencia al producto bruto nacional,
haya aumentado en ese período.
Dos
tipos de argumentos -de ningún modo excluyentes- ayudan a explicar este tipo de
efectos (12). En primer lugar, es posible que en las industrias manufactureras
en las que el valor de producción bruto incluía una elevada proporción de
prestaciones previas, las necesidades de importación originadas por tales
prestaciones o por inversiones de reposición hayan aumentado con la instalación
de nuevos establecimientos industriales. De esa manera, el efecto de economizar
divisas se ve disminuido o anulado. En segundo lugar, es razonable pensar que la
estructura industrial desarrollada a partir de las inversiones extranjeras se
distanció, por así decirlo, del equipamiento interno de factores, ya que
comenzó a importar tecnologías modernas, desarrolladas en países más
avanzados. Dichas tecnologías habían surgido de conocimientos científico-tecnológicos
avanzados que no existían en igual medida en el país importador y presuponían
procedimientos de producción con intensa movilización de capital y determinada
dotación de factores que sólo se daban en economías industrializadas. Dada la
falta de condiciones adecuadas en cuanto al estado de la investigación y al
equipamiento de factores, estas tecnologías deben ser importadas desde los países
de origen. Por lo tanto, el desarrollo industrial, al menos en su fase inicial,
se ha vuelto más dependiente del extranjero.
Por
último, la entrada de capitales no sólo suministró recursos y tecnologías
claves. También implicó un incremento importante de la deuda externa de los
sectores público y privado que imponía límites al crecimiento en el largo
plazo. Al respecto, Díaz Alejandro señala que hacia fines de 1961 la Argentina
enfrentaba un pesado programa de reembolsos para servir no solamente a la nueva
deuda acumulada desde 1959, sino también a las deudas anteriores de reintegro
que en muchos casos habían sido postergadas (entre 1959 y 1961), como parte de
la cooperación externa al plan de estabilización (13).
Por
otra parte, en lo que respecta al sector exportador, como se explicó en El
nuevo régimen de intercambios, el nivel de las exportaciones permaneció estable mientras
que sus precios aumentaron. La devaluación adoptada a fines de 1958 no logró
estimular las exportaciones agrícolas durante el año siguiente; tuvo un efecto
limitado en las exportaciones de 1960 pero éste fue neutralizado por la mala
cosecha de 1961. En cuanto a la composición, las exportaciones agrícolas
continuaron acaparando la mayor parte de las exportaciones argentinas.
De
todos modos, la evolución del sector externo debe entenderse en relación con
la política monetaria y fiscal. Al respecto, Petrecolla sostiene que el sesgo
anti-exportador que la economía argentina había adquirido en el período de
posguerra fue acentuado por el tipo de inversiones que se estimularon entre 1958
y 1962. Esto es lo que agravó por esos años el conflicto entre los esfuerzos
para aumentar las exportaciones y los destinados a mejorar la distribución del
ingreso.
Es
decir, las industrias se habían ido estableciendo bajo la protección de
tarifas o restricciones cuantitativas, mientras que la tasa de cambio se
deterioraba, haciendo que los precios internos fueran más altos que los que los
productores podrían haber obtenido exportando. El resultado fue una industria
orientada hacia el mercado interno, una estructura exportadora en la que
predominaban los productos agrícola-ganaderos y una relación inversa entre
salarios reales y tasa de cambio. Por lo tanto, una tasa de cambio más alta
significaba no sólo precios más altos para los exportables (que también eran
bienes-salario), sino también un incremento de los precios relativos de las
actividades en las que los salarios tenían menos incidencia. Por eso, cualquier
intento de estimular las exportaciones por medio de una tasa de cambio más alta
y unificada acarreaba una distorsión en la distribución del ingreso y desataba
protestas de los sectores afectados. De modo que la política desarrollista difícilmente
podía solucionar las limitaciones del sector externo y al mismo tiempo
modificar la estructura económica.
NOTAS
Ver Petrecolla, 1989, pp. 113-114.
Cf. Eshag y Thorp, 1965, p. 325.
Cf. Altimir et al., 1967, p. 375.
La producción se estancó en el último trimestre de 1961 y se redujo a lo largo de 1962 y gran parte del año siguiente, resultando en una caída de la producción total de alrededor de 5% anual por cada uno de estos dos últimos años. Cf. Eshag y Thorp, 1965, p. 319, 325.
Ver Mallon y Sourrouille, 1973, p. 30.
Ver Villanueva, 1987, p. 66.
Ver Petrecolla, 1989, p. 115.
Cf. Dorfman, 1983, p. 404.
Ibídem, p. 441.
Altimir et al. 1967, p. 375.
Cf. Félix, 1965, Tablas 8 y 10, p. 20.
Ver Fisher, 1973, pp. 85-88.
Ver Díaz Alejandro, 1966, p. 196.
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