Conclusiones
El
último punto de la sección anterior apunta a un factor crucial en cualquier
explicación que se intente dar sobre las aparentes contradicciones mencionadas
al comienzo de este estudio: el grado de compatibilidad de los objetivos económicos
y políticos.
Es
evidente que tanto los objetivos económicos como políticos estaban claros en
la percepción de los gobernantes en 1958. Más allá de su grado de acierto,
llegaron al poder munidos de una elaborada interpretación de los problemas y de
una propuesta detallada para su solución. Existió, además, una clara voluntad
política y una enérgica determinación en el momento de tomar decisiones y
aplicar un tratamiento de shock. Por eso el viraje en la orientación a poco de
asumir, aun cuando significaba postergar o sacrificar algunos objetivos. No hay
duda de que dicho viraje estuvo guiado por una toma de conciencia de los
limitantes que presentaba la situación socio-económica objetiva.
No
obstante, la política económica que implementaron mostró ciertas
inconsistencias (e.g., aumentos salariales y recortes presupuestarios;
liberalización y protección simultáneas) y ambigüedades (e.g., el
protagonismo otorgado durante la mayor parte del período a un ministro como
Alsogaray, férreo opositor de los postulados desarrollistas). Tales
inconsistencias y ambigüedades no pueden achacarse meramente a errores u
omisiones del plan económico, sino que sus razones deben buscarse en la economía
política de las relaciones sociales de ese entonces. En ese marco es donde se
hace claro que el margen de maniobra del gobierno estaba seriamente limitado por
la puja distributiva que se señalaba al final de la sección anterior, la cual
dificultaba enormemente la consecución de objetivos económicos y políticos.
Pero
es importante remarcar que esa latente o actual puja distributiva no se refería
sólo a la distribución del ingreso, sino a toda clase de recursos -materiales
y simbólicos- que los actores disputaban sin tregua. Al respecto, la
conflictiva relación de la UCRI en el gobierno con los militares, con los
sindicatos, con su antiguo partido ahora convertido en oposición y con los
grupos de interés es un buen ejemplo. Se trató, en los términos de Wynia, de
una "implementación de política bajo asedio".
Por
eso, más allá de las rigideces estructurales que presentara la organización
económica y de su posible resistencia al cambio, la coexistencia de resultados
económicos a la vez sorprendentes y decepcionantes que se mencionaba en la
introducción, es la resultante de un proceso de formación de la política económica
caracterizado por un alto grado de incomprensión y de inflexibilidad por parte
de los actores involucrados.
Más
allá de la posición de cada uno de los grupos de interés, el gobierno no pudo
en ningún momento liderar la formación de una coalición de apoyo a su
programa. Al respecto, sostiene Albert Hirshman, al explicar el hecho de que
Frondizi perdiera la confianza de importantes sectores que deberían haber sido
sus aliados y, por el contrario, lograra ponerlos en su contra: "He
even managed to give, in Argentina, the term
desarrollismo a bad name from which
it still has to recover. It was an unfortunate style of policymaking rather than
the strategy of unbalanced growth that caused his ruin" (1).
No
obstante, no es adecuado cargar las tintas sobre la incapacidad de la gestión
frondizista, al menos por dos motivos. Por un lado, el estilo de hacer política
del Ejecutivo siguió tendencias históricas que le marcaron el rumbo. En ese
sentido, podría hablarse de lo que en la literatura sobre policymaking
se denomina path dependence. Es
decir, rasgos culturales e institucionales tales como un presidencialismo
acentuado, un alto grado de personalismo y de resistencia a la concertación
social, una cierta subestimación por procedimientos e instancias de negociación
y de consenso (e.g., el mismo Congreso) marcaron los pasos de todos los regímenes
democráticos de las últimas décadas a la hora de relacionarse con otras
fuerzas sociales. Frondizi no escapó a esa regla.
Por
otro lado, la implementación de una política es siempre el resultado de un
proceso de doble vía que involucra tanto a quien la pone en práctica (el
Estado) como a quien es el destinatario de ella (la sociedad). Y los resultados
son el producto de la interacción entre esos dos términos. De modo que el
mayor o menor grado de éxito no debe atribuirse sólo a una de las partes. Los
rasgos institucionales y la puja distributiva antes mencionados persistieron y
fueron percibidos como un juego de suma cero por todos, no sólo por el
gobierno.
De
todos modos, lo cierto es que el gobierno de Frondizi, a la luz del paso del
tiempo e incluso de otras experiencias similares (2), contribuyó
sustancialmente al debate sobre las estrategias de desarrollo que por ese
entonces se dieron en la Argentina, pero no logró resolver los profundos
clivajes socio-económicas que por décadas impidieron o retrasaron el proceso
de desarrollo propiamente dicho.
NOTAS
Cf. Di Tella y Dornbusch (eds.), 1989, p. 128.
Una interesante comparación acerca del relativo arraigo que los experimentos desarrollistas lograron en Brasil y en Argentina, puede hallarse en Sikkink, 1991.
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