Los prolegómenos de un cambio de modelo
1966-1973
A
los efectos de simplificar el análisis, se han agrupado en esta sección varios
gobiernos militares que se sucedieron entre 1966 y 1973 (1). Ellos
correspondieron a las presidencias de Juan Carlos Onganía (1966-1970), Roberto
Marcelo Levingston (1970-1971) y Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973).
Onganía
tomó el poder con la idea clara de que su gobierno no sería una transición más
entre períodos constitucionales, sino que perduraría hasta restablecer el
orden, solucionar los problemas económicos y terminar definitivamente con los
conflictos sociales -estrechamente ligados, en la visión de los militares, a la
existencia del peronismo (2). Política y economía iban de la mano. Sólo un
gobierno "fuerte", capaz de garantizar el orden, podía crear el
terreno propicio para las inversiones que se requerían para completar la
industrialización y promover el desarrollo eran las prioridades. De todos
modos, la idea de un programa en tres tiempos -el económico, el social y el político-
establecía ciertas prioridades en cuanto a las medidas concretas a adoptar.
Frente
a un contexto inflacionario y recesivo, lejos de recurrir a recetas puramente
libre-mercadistas, se confió en las ventajas de una autoridad centralizada que
orientara al mercado. El plan económico propiamente dicho surgió casi un año
más tarde de la asunción de Onganía y reflejaba las ideas de prestigiosos
economistas, algunos de los cuales ya se habían desempeñado como funcionarios
en gobiernos anteriores (e.g. Adalbert Krieger Vasena, Roberto Alemann, José
Martínez de Hoz). Entre ellos existía la convicción de que la inflación debía
ser atacada sin provocar recesiones y que debían aplicarse controles económicos
selectivos a través de un esquema global de gestión económica.
Precisamente
ese -el carácter global- fue el eje del programa implementado por el segundo
Ministro de Economía de Onganía, Adalbert Krieger Vasena, quien asumió el
cargo en enero de 1967 (3). Se trataba de poner en práctica un plan innovador,
que coordinara las medidas que afectarían a los precios, cambios, salarios y
metas de los sectores agrícola e industrial (4). La idea subyacente era que el
principal problema de la economía argentina era el alto nivel de ineficiencia
que afectaba tanto al sector público como al privado. Para eliminarla, la
redistribución de recursos debía llevarse a cabo al interior de los sectores
económicos y no entre ellos.
El
ministro Krieger Vasena anunció públicamente el 13 de marzo de 1967 lo que
llamó "La Gran Transformación" de la economía argentina (5).
Los considerandos de su discurso apelaban a la necesidad de cambio, de
mejor aprovechamiento de los recursos, de alcanzar una mayor productividad y
eficiencia. Para ello se promovería activamente la libre competencia y se
eliminaría la excesiva protección arancelaria que había provocado tantas
distorsiones. También se proponía corregir viejos desequilibrios económicos,
promoviendo la expansión de las exportaciones de manufacturas. Una vez más, se
intentaría reestructurar las empresas y actividades estatales y racionalizar y
modernizar la administración pública, de manera de reducir el gasto y el déficit.
Las medidas fiscales se completaban con una disminución de los aranceles a la
importación, un aumento de los impuestos a las ganancias y otras reformas
tributarias, un incremento de las tarifas de los servicios públicos y un
incremento de las inversiones en obras públicas. Al mismo tiempo, se procuró
un ajuste del tipo de cambio vía devaluación del 40%, con el objetivo de
estabilizar la moneda y de ese modo terminar con la especulación y estimular la
llegada de inversiones extranjeras.
Ahora
bien, dentro del plan de estabilización implementado por el ministro Krieger
Vasena, la política comercial jugó un papel decisivo (6). En marzo de 1967 se
dispuso un nuevo ordenamiento de las tarifas y de las condiciones de
desenvolvimiento del sector externo. Como ya se ha mencionado, junto con las
medidas antes enunciadas, el programa anti-inflacionario incluía una devaluación
del 40%, el restablecimiento de las retenciones a las exportaciones
agropecuarias, una reducción generalizada de aranceles y la desaparición de la
mayoría de los controles sobre el mercado cambiario. Asimismo, se derogó la
suspensión de importación de una amplia gama de mercaderías.
Uno
de los principales objetivos de la reforma arancelaria era promover la
competencia de la industria local y establecer un techo más bajo a las
variaciones de sus precios de producción (7). En consecuencia, los aranceles se
fijaron de acuerdo con el grado de elaboración de los productos, asignándoles
su posición relativa conforme al valor agregado en una escala de uno a diez y
clasificándolos en tres categorías: bienes de consumo, insumos y bienes de
capital. También se consideró la existencia de producción nacional o un
sustituto y se fijó una alícuota menor para los bienes no producidos
localmente. Los productos agropecuarios recibieron un tratamiento especial, se
privilegió la importación de insumos y bienes de capital y, en el caso de los
bienes de consumo, se aplicaron recargos similares a los bienes industriales. El
sector automotor mantuvo su régimen especial de promoción.
En
términos generales, este nuevo régimen significó un paso importante hacia la
apertura. El promedio de los recargos a las importaciones pasó del 119% al 60%,
se redujo el número de niveles de las alícuotas de 60 a 16 y disminuyó la
dispersión de la estructura arancelaria (8). No obstante, dicha apertura estuvo
lejos de ser total. Se conservaron numerosos gravámenes, entre otros, los que
afectaban la importación de productos metalúrgicos y forestales. También se
mantuvieron los depósitos previos vigentes al momento de la puesta en vigencia
del nuevo régimen (40% del valor de importación por 180 días). Este requisito
fue flexibilizado más tarde para algunos bienes, como químicos, metalúrgicos
e insumos de productos de exportación no tradicionales.
De
este modo, las tarifas fueron durante esta etapa el principal instrumento
regulador del comercio de importación. Según Lucángeli, esto permitió
agilizar el proceso de integración económica impulsado por la Asociación
Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), ya que la reducción arancelaria y el
desmantelamiento de las restricciones cuantitativas permitió poner en práctica
una rebaja programada de aranceles. Además, como consecuencia de este proceso
de normalización del régimen de importaciones y exportaciones, la Argentina
ingresó al Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), lo cual permitía
negociar los gravámenes de importación con los países miembros del mismo.
De
todos modos, los resultados económicos generales fueron importantes aunque
insuficientes: el producto bruto nacional subió 4,7% en 1968 y 8% en 1969; el déficit
del sector público se redujo 31% en términos nominales (9); a fines de 1968 la
inflación había sido reducida a menos del 10%, la tasa de desempleo se había
mantenido estable y las reservas habían aumentado en casi 600 millones de dólares
(10). No obstante, el balance comercial fue deteriorándose, tal como muestra el
cuadro que sigue:
| 1967 | 1968 | 1969 | 1970 | |
|
(en millones de dólares) |
||||
| EXPORTACIONES | 1.465 | 1.368 | 1.612 | 1.773 |
| IMPORTACIONES | 1.096 | 1.169 | 1.576 | 1.685 |
| BALANCE | 369 | 199 | 36 | 88 |
| Fuente: Mallon y Sourrouille, 1973, p. 82. | ||||
Por
otra parte, la apertura y la consecuente exposición a la competencia externa
despertó críticas de los grandes industrialistas locales, aunque perjudicó
especialmente a las pequeñas y medianas empresas. La batalla de la CGE en
contra de lo que se tildaba de "desnacionalización" de la industria y
finanzas argentinas se intensificó hacia finales de la década y llevó más
tarde (en 1974) a la sanción de una legislación restrictiva (la contenida en
la Ley 20.557) respecto de las inversiones extranjeras. No obstante, uno de los
frentes cruciales con los que tuvo que lidiar el gobierno fue el del movimiento
obrero. Si bien se logró mantener los salarios constantes durante casi dos años,
al tiempo que se suspendían las negociaciones colectivas y se reprimían las
protestas, el levantamiento de la clase obrera durante varios días en Córdoba
en mayo de 1969 probó el fracaso del gobierno en esta materia y precipitó el
reemplazo de Krieger Vasena y, hasta cierto punto, la caída del propio Onganía
un año después (11).
Se
inició entonces un período que todos los autores llaman "de transición"
por el notorio debilitamiento del régimen militar, que ya no podía hacer gala
del control absoluto de la situación como había pretendido Onganía, y el
desarrollo de un proceso que conduciría a elecciones. En el terreno de la política
económica también se evidenció el carácter transicional: varios ministros se
sucedieron en corto tiempo (12) y las políticas se alteraron frecuentemente de
acuerdo con consideraciones de corto plazo antes que con objetivos de largo
alcance.
La
política económica implementada durante el gobierno de Levingston intentó
levantar las severas restricciones (permitiendo, por ejemplo, aumentos de
salarios y precios) y lograr una expansión económica acelerando el crecimiento
y mejorando la situación de los trabajadores, a fin de aplacar, al mismo
tiempo, el descontento social (13). Además, se intentó contrarrestar la
creciente presencia del capital extranjero a través del estímulo a la
industria y las exportaciones nacionales.
Los
magros resultados obtenidos -especialmente en lo referente a la tasa de inflación-
y las discrepancias entre fracciones militares llevaron al reemplazo de
Levingston por Alejandro Lanusse en marzo de 1971. Este continuó con la
orientación económica expansionista y nacionalista. Se inició entonces un período
de creciente deterioro de las variables económicas, caracterizado por el alza
continua de los salarios y precios (estos últimos se hallaban bajo un sistema
de control selectivo) y el aumento del déficit fiscal que trataba de ser
contrarrestado con un uso muy liberal de los créditos del Banco Central.
Mientras tanto, el gobierno intentaba poner en marcha una ordenada transición
política hacia un nuevo período constitucional, un proceso sin duda plagado de
obstáculos y conflictos.
La
estructura arancelaria establecida en 1967 siguió vigente hasta 1976, cuando se
inició la gestión de Martínez de Hoz al frente del Ministerio de Economía.
En 1970 se fijaron ciertas restricciones a las compras de divisas y
prohibiciones para algunas mercancías (e.g., textiles, maquinaria, maquinaria
eléctrica). Durante 1971 se establecieron algunos controles más rígidos, a
fin de afrontar la difícil situación del sector externo, afectado por una
expansión de las importaciones. Asimismo, en agosto de ese año se fijó una
nueva paridad cambiaria y al mes siguiente se desdobló el mercado cambiario.
Dada la posibilidad de liquidar una determinada proporción de divisas en el
mercado financiero, se establecieron múltiples tipos de cambio: las
importaciones se liquidaban un 30% por el financiero, al igual que las
exportaciones tradicionales, mientras que las exportaciones promocionadas
liquidaban un 40% por el financiero. Por último, a fin de frenar el flujo de
importaciones se tomaron algunas otras medidas: se prohibió la totalidad de
ellas por casi dos meses (excluidas las provenientes de los países de la
ALALC), se prohibió a los bancos abrir nuevos créditos documentarios, se
prohibió por un año la importación de una lista de productos considerados
"no necesarios", se crearon nuevos gravámenes, se aumentaron algunos
impuestos y se mantuvo el requisito del depósito previo.
Durante
el siguiente año algunas de estas medidas fueron abandonadas y otras
flexibilizadas (14). Se encareció el tipo de cambio y aumentó la proporción
de divisas liquidadas en el mercado financiero. No obstante, se requirió que
todas las importaciones tuvieran financiamiento externo por un plazo no menor a
los 180 días. También se prorrogó la prohibición sobre los bienes no
esenciales y se exceptuó a una amplia gama de productos del depósito previo.
Hacia
fines de 1972 se suspendieron todas las importaciones por 90 días, mediante el
Decreto # 7251 y se estableció un nuevo régimen basado en cuatro listas de
productos (15). Para las dos primeras se requería la presentación de la
llamada Declaración Jurada de Necesidades de Importación. La lista 1 incluía
materias primas y bienes intermedios esenciales, cuya aprobación era automática;
debían comprar el 74% de las divisas en el mercado financiero. La lista 2
comprendía otros bienes intermedios y bienes de capital, los cuales debían
obtener la aprobación del Ministerio de Comercio y liquidaban por el mercado
financiero. La lista 3 se refería a los bienes que habían sido suspendidos por
90 días y que posteriormente serían incorporados a alguna de las dos primeras
listas.
Más
allá de estas idas y venidas en el manejo del tema comercial, es importante
notar el deterioro de las variables tanto económicas como políticas durante
estos últimos años de gobierno militar. La sucesión de varios ministros de
Economía en tan breve período refleja las dificultades de solucionar el
problema fiscal e inflacionario, al tiempo que las crisis del sector externo
eran recurrentes. Para tomar sólo un par de indicadores, puede mencionarse que
el crecimiento del producto bruto fue lento y decreciente (8.5% en 1969, 5.4% en
1970, 3.7% en 1971 y 1.9% en 1972) y la tasa inflación continuó su marcha
ascendente (según el índice de precios mayoristas de diciembre de cada año
las cifras indican que los precios aumentaron 3.9% en 1968, 7.3% en 1969, 26.8%
en 1970, 48.2% en 1971 y 76% en 1972) (16). El desempeño de la balanza
comercial durante el período de transición fue errático, tal como muestra el
siguiente cuadro:
| 1970 | 1971 | 1972 | 1973 | |
| (en millones de dólares corrientes) | ||||
| EXPORTACIONES | 1773.2 | 1740.4 | 1941.1 | 3266.0 |
| IMPORTACIONES | 1694.1 | 1868.1 | 1904.7 | 2235.3 |
| SALDO COMERCIAL | 79.1 | -127.7 | 36.4 | 1030.7 |
| Fuente: Di Tella y Dornbusch (eds.), 1989, p. 337. | ||||
Este deterioro de las condiciones socio-económicas y la consecuente inestabilidad hacían más intensas las pujas distributivas y más difícil diseñar e implementar un programa de largo plazo que cumpliera metas de crecimiento o de desarrollo. A ello se sumaba el hecho de que los acontecimientos políticos parecían escaparse de las manos de los gobernantes. El vacío de poder y la violencia crecieron a medida que se acercaban las elecciones de 1973. Por lo tanto, el gobierno, incapaz de plantear una salida a la crisis y mucho menos de lograr respaldo para sus iniciativas de política económica, sólo atinaba a tratar de calmar el descontento y la desconfianza pública en su propia gestión.
NOTAS
Los principales acontecimientos de este período pueden consultarse en Botana, Braun y Floria, 1973; Quinterno, 1978; Luna, 1972.
Sobre los orígenes y desarrollo de este régimen, así como el impacto político de lo que luego se denominaría el "Estado burocrático-autoritario", puede consultarse la clásica obra de O'Donnell, 1972.
El anterior ministro fue Jorge Néstor Salimei. Permaneció en el cargo entre junio de 1966 y enero de 1967.
Ver Wynia, 1986, 245-249.
Ver Ministerio de Economía y Trabajo, 1968, pp. 23-36.
Ver Geoffrey Maynard: "Argentina: Macroeconomic Policy, 1966-73", en Di Tella y Dornbusch (eds.), 1989, pp. 166-174.
Ver Daniel M. Schydlowsky: "Argentine Commercial Policy, 1969: Structure and Consequences", en Di Tella and Dornbusch (eds.), 1989, pp. 175-188.
Cf. Lucángeli, 1989, p. 40.
El resto del déficit se financió con ahorro interno y empréstitos externos. Se colocaron 50 millones de dólares en bonos en el mercado alemán, 25 millones en Estados Unidos, 25 millones en el mercado del eurodólar y 71 millones en el país. Cf. Wynia, 1986, p. 386.
Cf. Mallon y Sourrouille, 1973, p. 39.
Krieger Vasena fue reemplazado en junio de 1969 por José María Dagnino Pastore. La Presidencia pasó a manos de Roberto Marcelo Levingston en junio de 1970.
Durante la presidencia de Levingston ocuparon ese cargo Carlos Moyano Llerena (entre junio y octubre de 1970) y Aldo Ferrer (desde octubre de 1970 a mayo de 1970). El general Lanusse nombró primero a Juan Alberto Quilici (desde junio de 1971 a octubre del mismo año), luego a Cayetano A. Licciardo (desde octubre de 1971 a octubre de 1972) y finalmente a Jorge Wehbe (desde octubre de 1972 hasta el final del mandato, en mayo de 1973).
Ver Wynia, 1986, pp. 272-280.
Para mayores detalles sobre este período, ver Mariano Filippini y María A. Olcese: "Transitional Economic Policies, 1971-3", en Di Tella y Dornbusch (eds.), 1989, pp. 189-205.
Ver Lucángeli, 1989, p. 41.
Cf. de Pablo y Martínez, 1988, p. 37.
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