La Política Económica del Proceso de Reorganización Nacional
Objetivos
y medios
Mediante
un golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas removieron al
gobierno peronista y dieron inicio al llamado Proceso de Reorganización
Nacional. Según consta en los documentos oficiales, el propósito de tal medida
era: "Restituir los valores esenciales que sirven de fundamento a la
conducción integral del Estado, enfatizando el sentido de moralidad, idoneidad
y eficiencia, imprescindibles para reconstituir el contenido y la imagen de la
Nación, erradicar la subversión y promover el desarrollo económico de la vida
nacional basado en el equilibrio y la participación responsable de los
distintos sectores a fin de asegurar la posterior instauración de una
democracia republicana, representativa y federal, adecuada a la realidad y
exigencias de solución y progreso del Pueblo Argentino" (1).
A
partir de entonces, el poder quedó en manos de una junta militar formada por un
representante de cada fuerza, presididos por el miembro del Ejército (en aquel
momento, el brigadier Orlando Ramón Agosti, el almirante Emilio Eduardo Massera
y el general Jorge Rafael Videla). Se declararon caducos los mandatos de la
Presidenta de la Nación y de los Gobernadores y Vice-Gobernadores de las
provincias. Se disolvieron el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales
y municipales. Se removió a los miembros de la Corte Suprema de la Nación, al
Procurador General de la Nación y a los integrantes de los Tribunales
Superiores Provinciales. También se suspendieron las actividades políticas y
gremiales.
Para
el manejo de los asuntos económicos fue convocado un prominente representante
del sector empresario y del pensamiento liberal-conservador, por ese entonces
presidente del Consejo Empresario: José Alfredo Martínez de Hoz.
Aparentemente, su nombramiento estuvo ligado a un problema de credibilidad.
Dado que el país se encontraba al borde de la cesación de pagos, las
vinculaciones de Martínez de Hoz con los centros financieros internacionales y
con el establishment local permitían esperar cierto apoyo de esos sectores
y lo convertían en la figura más adecuada para el cargo.
Esta
conjunción de tecnócratas y militares -para nada novedosa en la historia política
argentina- permitió que se articularan intereses, ideologías y factores de
poder en pos de un proyecto de transformación radical de la estructura
socio-económica. Más allá de la retórica oficial enunciada anteriormente,
era evidente que el propósito de combatir la guerrilla y terminar con la
violencia y el desorden social iba acompañado de un objetivo de largo alcance:
revertir de una vez por todas la matriz de relaciones sociales y económicas que
el modelo populista/redistribucionista había impulsado a través de un Estado
altamente intervencionista y sobre-expandido.
Siguiendo
los postulados del liberalismo económico, se promovió la idea de que sólo el
libre funcionamiento del mercado, desligado de "interferencias" políticas,
garantizaría una eficiente asignación de recursos. De acuerdo con este
supuesto, las políticas aplicadas en la posguerra (e.g., políticas de empleo,
de distribución de ingresos, de seguridad y bienestar social, de promoción
sectorial, etc.) aparecían como nocivas, demagógicas y contraproducentes.
En
consecuencia, el diagnóstico atribuía las causas de la crisis económica a la
distorsión de los precios relativos que habían introducido tanto la política
de industrialización aplicada como el sobre-dimensionamiento del aparato y del
funcionamiento del Estado. La protección arancelaria había impulsado el
desarrollo de una industria ineficiente, mientras que el sector agropecuario era
relegado y utilizado en función de la política de redistribución de ingresos.
Un sindicalismo fuerte, unificado y verticalista, presionando constantemente por
aumentos salariales que no guardaban relación con los niveles de productividad
de la mano de obra, había sido otro importante factor de distorsión. Por su
parte, el Estado había dilapidado recursos en la expansión de su aparato
burocrático y en el mantenimiento de numerosas empresas públicas deficitarias
y de gravosos servicios de bienestar social.
En
base a esta interpretación, se hacía indispensable revertir las políticas
anteriores. El nuevo liberalismo económico se propuso como objetivo explícito,
entonces, la liberalización de la economía. Esto implicaba, a grandes rasgos,
la apertura de la economía, la libre operación de los mercados de capitales y
la eliminación de los privilegios fiscales, subsidios y de controles. No
obstante, las reformas no acababan en el plano económico.
Como
bien señala Canitrot, el plan económico era parte indisoluble de un proyecto
político mucho más amplio de la élite gobernante. Sin atarse a ningún tipo
de límite temporario, las Fuerzas Armadas se propusieron
"disciplinar" las fuerzas sociales y modificar sus relaciones, de modo
de erradicar las causas de la crisis y el desorden (2). Uno de los puntos claves
de dicho disciplinamiento era la reubicación de la clase obrera en su rol
subordinado, tanto en términos políticos como económicos e institucionales.
Esto significaba debilitar las organizaciones político-partidarias y
corporativas de esa clase -un viejo anhelo de todos los gobiernos
post-peronistas. Esto se llevó a cabo efectivamente mediante la combinación de
represión armada, reformas económicas que debilitaron el poder económico de
esas organizaciones y de los trabajadores individualmente considerados y normas
que limitaran el accionar y la influencia de los sindicatos.
Aunque
con una modalidad y grado diferentes, también debía llevarse a cabo un
disciplinamiento del sector empresario. En este caso, la eliminación de la
protección y el sometimiento a la competencia externa planteada por el libre
mercado -vía apertura de la economía- fueron los instrumentos escogidos para
alcanzar tal fin.
NOTAS
Cf. Junta Militar, 1980, p. 7.
Ver Canitrot, 1981.
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