La Política Económica del Proceso de Reorganización Nacional
Implementación
e impacto
Como
ya se mencionara, a poco de asumir la nueva administración el Fondo Monetario
Internacional acordó un postergado giro de 110 millones de Derechos Especiales
de Giro (alrededor de 100 millones de dólares), que permitieron al gobierno
solucionar los problemas financieros más urgentes. Similares negociaciones se
llevaron a cabo durante el resto del año, tanto con esa institución como con
representantes de la banca privada internacional (ver detalles en Otros
flujos de capital).
Simultáneamente,
se procedió a desdoblar el tipo de cambio en dos. A partir de entonces existió
un tipo de cambio comercial, por el que se regían los intercambios comerciales
con el exterior y cuyo nivel tendía a elevarse y unificarse con el tipo de
cambio financiero que regía las transacciones financieras, fijado en principio
a un nivel relativamente alto.
El
problema del déficit del sector público fue atacado por el lado del
congelamiento de los salarios. Mediante esta medida se logró que las
erogaciones en sueldos y salarios cayeran del 12.6% del PBI en 1975 al 9.8% en
1976 (1). Al mismo tiempo, se intentó mejorar los ingresos vía indexación de
los recursos impositivos.
Asimismo,
la caída de los ingresos de los asalariados en general fue un efecto
especialmente promovido por la conducción económica. Esto permitía la
acumulación de capital por parte del sector privado, con lo cual se esperaba
reactivar la economía y contribuir a la modificación de los precios relativos.
Con
estas medidas coyunturales, el programa económico pudo mostrar ciertos
resultados positivos durante el primer año de gestión que, sin ser
sorprendentes, contrastaban notablemente con la crítica situación
inmediatamente anterior al golpe. Se valoraba especialmente que el desempleo no
había aumentado, ya que éste era uno de los objetivos de las Fuerzas Armadas.
En consecuencia, con la tranquilidad de tener ciertas variables bajo control y
buenas perspectivas por delante debido al pronóstico de una excelente cosecha,
el gobierno se abocó desde principios de 1977 a la elaboración de las nuevas
normas que regirían el mercado financiero, a aplicarse hacia mediados de ese año.
En principio, se elevaron las tasas de interés, se establecieron nuevas normas
sobre apertura y funcionamiento de entidades y se impulsó el establecimiento de
instituciones no bancarias y la expansión de operaciones con títulos públicos.
Este fue el inicio de los fuertes movimientos especulativos que se profundizaron
a lo largo del período.
Es
importante destacar que hasta ese momento existía un control estatal del
mercado de capitales que bajo distintos gobiernos había recurrido a la clausura
de dicho mercado a los movimientos de capitales hacia el exterior, a la fijación
de tasas de interés oficiales y al racionamiento del crédito. De ese modo,
desde 1930 se había utilizado el sistema bancario como mecanismo de
transferencia de ingresos al servicio de la estrategia de industrialización.
La
nueva legislación puesta en práctica por el gobierno militar, contenida en la
Ley 21.526 (14/02/77), alteraba sustancialmente esta situación, ya que
autorizaba el funcionamiento de un mercado libre de dinero en el que las tasas
de interés se definirían a través de la oferta y la demanda y se daban
amplios incentivos para las operaciones de depósito a interés y para el
establecimiento de nuevas entidades financieras. Más concretamente, según
Sourrouille y Lucángeli, las principales implicancias de las nuevas normas
fueron: a) recrear un sistema de reservas fraccionarias o efectivos mínimos
uniforme sobre todo tipo de depósito; b) liberalizar los criterios con que los
bancos podían fijar la tasa nominal de interés; c) restituir a las entidades
financieras la capacidad de discernir las formas y destinos de su gestión
crediticia; d) recrear el papel de prestamista de última instancia del Banco
Central (a través del mecanismo del redescuento); e) establecer un conjunto de
normas referentes a la solvencia y liquidez de las entidades financieras; f)
otorgar una mayor libertad a la expansión de las entidades financieras
existentes; g) poner en práctica un sistema de garantía de depósitos por
parte del Banco Central que cubría el monto total de las operaciones en moneda
nacional (2).
Indudablemente,
la reforma financiera estaba en un todo de acuerdo con el objetivo de crear una
economía de libre mercado en la cual este último, a través de la libre
competencia, funcionara como medio de disciplinamiento de la conducta de los
actores. Como señalan varios autores, éste fue un paso trascendente en el
camino hacia la transformación de la organización económica. Mediante el
aliento a las actividades financieras y especulativas que la reforma financiera
implicaba, se consolidaron cambios estructurales en las relaciones de poder
entre grupos sociales. De ningún modo condujo a la acumulación de capital ni a
la generación de beneficios para el sistema productivo. Al respecto, sostiene
Canitrot: "En los hechos la aplicación de la reforma financiera no alteró
el comportamiento cortoplacista del mercado de capitales. La colocación típica
fue de 30 días, generalmente renovable. Las inversiones de modernización de
equipo que efectuaron las empresas se hicieron, por lo general, con crédito
externo. Los plazos más largos fueron los de los créditos de vivienda, con
capitales indexados o tasas de interés variable, limitados a los sectores de
altos ingresos" (3).
Mientras
tanto, se hacía necesario controlar aún más la tasa de inflación para poder
implementar la reforma financiera unos meses después con mayor tranquilidad.
Por eso, contrariamente a lo planteado al momento de lanzar el programa, en
marzo de 1977 se decidió congelar los precios por 120 días.
No
obstante esta "tregua de precios" acordada con los empresarios, el
aumento de los costos financieros (vía alza de la tasa de interés) incidió
sobre los costos empresarios e indirectamente sobre los precios relativos. Por
eso, a partir del tercer trimestre de 1977, volvió a subir la inflación y
comenzó a sentirse la recesión. Esto se debió no sólo a los efectos de la
reforma financiera sino también al hecho de que el Estado, mediante otras
acciones, impulsó el alza de las tasas de interés.
En
efecto, para la misma fecha el Banco Central redujo la emisión monetaria,
provocando una contracción de la liquidez, y varias empresas públicas
recurrieron al mercado de capitales a fin de obtener fondos para financiar sus
programas operativos. La combinación de estos dos hechos empujó una brusca
suba de las tasas de interés. Como efecto secundario se produjo una fuerte
corriente de ingreso de capitales externos que buscaban beneficiarse del alto
rendimiento del dinero en el mercado local.
En
términos generales, el año 1977 terminó mostrando algunos indicios de
recuperación que el gobierno exhibía como éxitos: un crecimiento del PBI del
5%, un aumento de la inversión bruta del 16%, un crecimiento de las
exportaciones del 50% y del 25% en las importaciones. Esto permitió obtener un
superávit en la cuenta corriente de 1.250 millones de dólares y un aumento de
las reservas de 2.200 millones de dólares (4). No obstante, el mismo equipo
económico reconocía hacia mediados de año que los logros eran parciales y que
existían dificultades para implementar el plan porque habían surgido fuertes
críticas desde diversos sectores de la sociedad hacia su manejo de los asuntos
económicos (5).
El
año 1978 puso en evidencia cambios importantes en la situación política y
económica, algunos de ellos producto de las medidas ya implementadas. Por un
lado, la junta militar resolvió en julio confirmar al general Videla en su carácter
de Presidente por un período de tres años, pero cesando en sus funciones como
Comandante en Jefe del Ejército. Para ese puesto se designó a Roberto Eduardo
Viola, quien desde entonces se incorporó a la junta. Además, el almirante
Massera fue reemplazado por el almirante Armando Lambruschini y el brigadier
Agosti por el brigadier Omar D.R. Graffigna. Esto implicaba ciertos cambios
también en la dinámica interna del gobierno, ya que desde entonces las
manifestaciones de disenso con respecto a la política seguida por Martínez de
Hoz se hicieron más frecuentes -especialmente de parte de Viola y de Massera,
quien seguía vinculado a los círculos de poder. Más aun, el disenso empezó a
notarse en el seno del propio equipo económico, por ejemplo, respecto del
manejo del tipo de cambio. Incluso, varios funcionarios de primera y segunda línea
fueron reemplazados ese año.
Por
otro lado, en la esfera puramente económica continuaron los intentos por
liberalizar aún más el flujo de movimientos de capitales (e.g., reduciendo el
plazo mínimo autorizado a las entidades financieras para tomar depósitos
indexados) (6). Con ello se alentaron las operaciones de corto plazo y empezó a
moverse una inmensa masa de dinero. La combinación de esta gran liquidez en la
plaza financiera local con la apertura de las transferencias de divisas con el
exterior generó una situación monetaria altamente inestable y sumamente
susceptible a los acontecimientos políticos.
Ahora
bien, la tregua de precios había dado un resultado sólo temporario, por lo que
el gobierno decidió encarar una política monetaria activa para solucionar el
problema inflacionario. Se intentó retrasar el tipo de cambio y las tarifas públicas
(como una forma de desindexar la economía) y a la vez controlar la oferta
monetaria estableciendo ciertas trabas al ingreso de capitales del exterior. Aun
así, los efectos sobre el proceso inflacionario fueron mínimos.
No
obstante, hacia fines de 1978, en momentos en que la situación política
internacional era sumamente tensa por la inminencia de un conflicto armado con
Chile a raíz de la disputa por el Canal de Beagle, el equipo económico lanzó
nuevas medidas. Se trataba esta vez de un cronograma de devaluación gradual del
tipo de cambio, el cual descendería gradualmente de acuerdo con una
"tablita" establecida de antemano. Estas pautas cambiarias, junto con
las altas tasas de interés ofrecidas, provocaron un masivo flujo de ingreso de
capitales externos durante todo el año 1979.
Asimismo,
también en diciembre de 1978 se decidieron rebajas arancelarias que preveían
un programa gradual de reducción de aranceles a aplicarse a lo largo de cinco años.
Como se explica en Régimen de
intercambios, estas pautas fueron modificadas poco
tiempo después de dictadas y el cronograma adelantado, por razones
coyunturales.
Hacia
fines de 1979 asumió el Comando en Jefe el general Leopoldo Fortunato Galtieri
y ello de algún modo contrarrestó al ala crítica del gobierno y fortaleció
la posición de Martínez de Hoz. No obstante, para esa misma fecha se
desencadenó una nueva coyuntura crítica: en setiembre cayó abruptamente el índice
de precios, lo que no fue acompañado por las tasas nominales de interés; en
consecuencia, éstas pasaron de repente a ser altamente positivas. Pero para
entonces el sector empresario se había endeudado considerablemente, gracias a
las tasas reales negativas existentes hasta entonces. Este cambio súbito no les
dio tiempo de liquidar stocks o incrementar sus ventas; a lo sumo tuvieron que
aceptar las refinanciaciones que les ofrecía el sistema financiero, en un
intento de evitar mayores desequilibrios.
En
este punto, el programa parecía atrapado en un peligroso círculo. El retraso
del tipo de cambio respecto de los requerimientos del comercio exterior abría
la posibilidad de una futura devaluación, lo cual preocupaba a los inversores
extranjeros. Estos presionaban en el mercado por garantías a su riesgo y eso
provocaba una alza en las tasas de interés, lo que a su vez empeoraba la
situación de los sectores endeudados e incrementaba las expectativas
inflacionarias.
La
crisis financiera largamente anunciada -existían comentarios de que muchas
entidades no funcionaban de acuerdo con las normas- finalmente se desató en
marzo de 1980, con el cierre del banco local privado más importante en ese
momento (el Banco de Intercambio Regional, BIR). A ello siguió el cierre de
otros grandes bancos (e.g. el Banco de los Andes, el Banco Oddone), lo que
provocó pánico entre los ahorristas e inversores y una brusca suba de la
demanda de divisas con fines especulativos. La ola de cierres continuó durante
ese año, así como sus efectos desestabilizantes (7).
Ante
esta situación, las autoridades reinstauraron la garantía oficial de los depósitos
como una forma de llevar tranquilidad al mercado y evitar la fuga masiva de los
depósitos. Además, mediante la Circular 1051 se creó la llamada "red de
seguridad" por la cual el gobierno brindaba apoyo monetario irrestricto a
fin de sostener a las entidades financieras y evitar su quiebra. Lógicamente,
esto produjo una caída considerable de las reservas, un aumento de la circulación
monetaria que reforzaba las tendencias inflacionarias y una suba de las tasas de
interés, lo que complicaba aún más a los sectores endeudados. Todo ello en el
marco de una crisis de credibilidad, ya que una enorme masa de dinero colocada a
muy corto plazo dependía de la confianza en el sistema que pudiera generar el
gobierno; de lo contrario, ante la menor inestabilidad, ese capital podía
dirigirse a otra plaza.
Durante
el año 1980 ya se hablaba del proceso de apertura política. En los hechos,
esto estaba ligado a las disputas por seguir imponiendo o por cambiar el rumbo
económico que Martínez de Hoz había trazado quien, obviamente, necesitaba que
se postergara dicho proceso para que las reformas pudieran consolidarse. En un
plano más concreto, las diferencias también afectaban decisiones tales como la
de mantener el atraso del tipo de cambio.
Mientras
tanto, en el mercado financiero continuaba el proceso de fuga de capitales y de
presión sobre el mercado cambiario. En julio de 1980 se anunciaron varias
disposiciones que tenían por objeto reducir el efecto competitivo de las
importaciones sobre el sector industrial. Entre otras cosas, se derogaba el
aporte jubilatorio que realizaban los empresarios y el aporte al Fondo Nacional
de la Vivienda, se modificaba el IVA y se extendía su aplicación y se
eliminaba el plazo mínimo de un año para tomar créditos en el exterior.
Con
esta última medida se daba a los operadores la oportunidad de ajustar sus
decisiones y el riesgo económico a plazos más cortos y, en consecuencia,
acordes con el tiempo político, ya que tomar créditos o renovar deudas en
divisas a un año implicaba hacerlo a una fecha posterior al cambio de gobierno
y al fin de la vigencia de la pauta cambiaria -ambos previstos para marzo de
1981. Al mismo tiempo, la decisión se convertía en un instrumento de presión
en manos del ministro, ya que la volatibilidad de grandes sumas y, por lo tanto,
el nivel de las reservas quedaban atados a su permanencia en el cargo.
A
pesar de eso, el general Viola fue designado Presidente para el período
1981-1984. Como una confirmación de lo anteriormente dicho, esto es, del uso de
la política económica como herramienta política, la cartera económica decidió
simultáneamente modificar la pauta cambiaria. Aunque la modificación era mínima
en términos cuantitativos, creaba mayor incertidumbre y daba a los operadores
motivo de duda, confirmaba las desinteligencias al interior del equipo económico
y despertaba expectativas de cambio.
Las
mismas fueron confirmadas poco tiempo después, en febrero de 1981, cuando se
anunció una devaluación excepcional de 10% y una nueva pauta de devaluación
mensual constante de 3% hasta agosto de ese año. Para el mercado, esto significó
la confirmación de que futuras devaluaciones ocurrirían a manos de una nueva
conducción e inmediatamente se desató una fuga de ahorristas, una compra
masiva de divisas y una disminución brusca de las reservas. La decisión de
aumentar las tasas de interés para contener estos movimientos especulativos
resultó inútil.
En
marzo de 1981 asumieron las nuevas autoridades: el general Viola como Presidente
y Lorenzo Sigaut como Ministro de Economía. La situación era por demás crítica:
las transacciones externas en los rubros de comercio y servicios (excluyendo el
sector financiero) mostraban un saldo negativo de más de 6.000 millones de dólares;
la crisis financiera de 1980 había llevado al Banco Central a otorgar adelantos
para cubrir la garantía de los depósitos por 11,8 billones de pesos (o 5.900
millones de dólares al cambio vigente en ese momento), lo que equivalía al 6%
del PBI y superaba la emisión monetaria de ese año. Además, como ya se ha
mencionado, la crisis financiera, el atraso cambiario y las expectativas de un
cambio en la orientación económica habían incrementado notablemente la
demanda de divisas por parte del sector privado y la caída abrupta de las
reservas (esa caída fue de 2.850 millones de dólares en 1980). Esto llevó al
gobierno a tomar nuevos créditos (gran parte de ellos a muy corto plazo) para
responder a esa demanda y mantener la pauta cambiaria, con lo que la deuda
externa neta llegó a 11.000 millones de dólares el mismo año (8), lo cual
representaba el 11% del PBI (9).
De
modo que en la segunda mitad de 1981 la recesión comenzó a hacerse más
intensa. La gestión de Sigaut sostuvo que las líneas básicas de acción
continuarían siendo las mismas. De todas maneras, para ese entonces el disenso
en los círculos gubernamentales acerca de la política económica era por demás
notorio (10). Durante su gestión, se recurrió a las devaluaciones pero sin
poder reestablecer la confianza en ningún momento. Hubo varias corridas
cambiarias durante ese año y en junio se decidió desdoblar el mercado
cambiario, estableciéndose un tipo de cambio financiero o libre y otro
comercial. A fines de año el Ministro de Economía fue reemplazado por uno de
los hombres cercanos a Martínez de Hoz y ex-Ministro de Economía durante el
gobierno de Frondizi: Roberto Alemann. Esta recomposición significaba el
triunfo de una línea política.
Los
objetivos globales de Alemann eran bajar la tasa de inflación, desregular y
privatizar, en ese orden. Sus primeras medidas incluyeron la reunificación del
mercado cambiario, el restablecimiento de una tasa de cambio flotante, nuevos
impuestos sobre las exportaciones, una reducción de la dispersión de los
derechos de importación y el congelamiento de los salarios del sector público.
Como consecuencia, la inflación declinó notablemente durante el primer cuarto
de 1982 y empezó a notarse el fin del período recesivo (11).
De
todos modos, la guerra de Malvinas desatada el 2 de abril de 1982 marcó un
punto de inflexión para el gobierno militar. La derrota de las Fuerzas Armadas
argentinas aceleró el proceso de deterioro del régimen y lo empujó a buscar
una transición política que le permitiera transferir el poder. Las decisiones
económicas, entonces, estuvieron sujetas a los vaivenes de la liberalización
política. En julio de ese año el general Reynaldo Bignone reemplazó a
Galtieri e inmediatamente inició el diálogo con los sectores políticos. Su
primer Ministro de Economía fue José María Dagnino Pastore (ex-ministro de la
misma cartera durante el gobierno de Onganía), a quien acompañó, como
presidente del Banco Central, Domingo Cavallo.
Los
principales hechos económicos estuvieron marcados por la reforma financiera
lanzada por Cavallo. El propósito era reducir la carga real para los sectores
endeudados y la reorganización del mercado financiero bajo las premisas del
libre mercado. De acuerdo con las nuevas disposiciones, a partir del 30 de junio
de 1982 el valor nominal de las deudas existentes crecería a una tasa de interés
regulada que el Banco Central fijaría por debajo de la tasa de inflación, por
lo que el valor real de los pasivos se licuaría. El impacto inmediato de esta
reforma fue una escalada de la inflación (el índice de precios al consumidor
subió de 3.1% en mayo, a 7.9% en junio y 16.3.% en julio), así como del dólar
paralelo en el mercado de cambio (el incremento fue de 70% entre junio y julio)
(12). Sus efectos de largo plazo se abortaron, ya que estas medidas se
revirtieron cuando Dagnino Pastore y Cavallo dejaron sus puestos a mediados de
agosto.
El
último Ministro de Economía del Proceso fue Jorge Wehbe, quien simplemente
"administró" la crisis y las desinteligencias al interior del
gobierno, en un momento en que las decisiones políticas de la transición eran
determinantes. Durante esos meses se restablecieron negociaciones con el Fondo
Monetario Internacional y se volvió a implementar el control de precios y de
las tasas de interés y de cambio. Pero tal como muestra el cuadro que cierra
esta sección, la inflación volvió a dispararse en 1983 y el traspaso del
poder al nuevo gobierno constitucional se hizo en el marco de una acentuada
crisis económica.
Prácticamente
todos los analistas coinciden en señalar que este último período del Proceso,
después de la guerra de Malvinas, muestra la total desorganización de un
gobierno que había perdido su rumbo. Quizás la mejor definición la haya dado
el ministro Wehbe cuando, habida cuenta de que él había protagonizado ya otras
transiciones (13), se le preguntó acerca del manejo de la política económica
en esa coyuntura tan especial; sostuvo que esas etapas son "... como la
vejez. Hay cierta sensación de impotencia, porque las estructuras burocráticas
tienden a independizarse y a jugar al próximo ministro. Esto lo he vivido
muchas veces, especialmente durante el gobierno de Frondizi, cuando cada vez que
había un golpe de Estado yo sentía cómo se debilitaba mi poder" (14).
A
modo de ilustración, el siguiente cuadro resume algunas de las variables aquí
comentadas respecto del impacto de la política económica del Proceso en la
situación macroeconómica general.
|
INDICADORES MACROECONOMICOS SELECCIONADOS |
||||||
| AÑO | CRECIMIENTO del PBI % |
INFLACION (consum.) % |
DEFICIT FISCAL % PBI |
CUENTA CORR.NETA INTERESES % PBI |
TIPO
de CAMBIO REAL |
TERMINOS de INTER- CAMBIO 1980=100 |
| 1976 | -0,5 | 347,5 | 10,6 | 2,9 | 46,4 | 95,8 |
| 1977 | 6,4 | 160,4 | 5,0 | 3,9 | 50,7 | 92,7 |
| 1978 | -3,4 | 169,8 | 6,7 | 4,9 | 64,7 | 83,5 |
| 1979 | 6,7 | 139,7 | 6,7 | -0,1 | 83,4 | 88,4 |
| 1980 | 0,7 | 87,6 | 8,6 | -6,1 | 100,0 | 100,0 |
| 1981 | -6,2 | 131,3 | 18,0 | -2,7 | 69,5 | 113,8 |
| 1982 | -4,6 | 209,7 | 18,9 | 3,3 | 48,9 | 98,5 |
| 1983 | 2,8 | 433,7 | 17,8 | 3,9 | 58,8 | 94,1 |
| Fuente: Dorbusch y de Pablo, 1988, p. 169. | ||||||
NOTAS
Cf. Schvarzer, 1983b, p. 37.
Ver Sourrouille y Lucángeli, 1983.
Canitrot, 1981, p. 144.
Cf. Sourrouille y Lucángeli, 1983, p. 37.
Ver La Opinión, 26/08/77, p. 1.
Ver detalle en La Opinión, 02/09/78, p. 1, 12.
Un análisis detallado de esta crisis financiera puede hallarse en Fernández, 1983.
Una parte del incremento de la deuda por esos años, aunque de difícil estimación, estuvo relacionada con el gasto individual realizado en el exterior por argentinos eufóricos con el "dólar barato", que aprovechaban el tipo de cambio favorable para viajar y realizar compras sin ningún tipo de restricción.
Cf. Schvarzer, 1983b, pp. 97-101.
Por ejemplo, en noviembre de 1981 se creó una comisión interministerial para coordinar el accionar y unificar los criterios de los miembros del equipo económico respecto de las medidas coyunturales a adoptar (e.g., la convergencia cambiaria, la reducción de las tasas de interés, el alcance de los recortes presupuestarios, el futuro esquema arancelario, etc.). Ver Clarín, 19/11/81, p. 11.
Cf. de Pablo y Martínez, 1988, p. 154.
Cf. Ibídem, p. 160.
Wehbe había sido Ministro de Economía entre marzo y abril de 1962, cuando Frondizi fue depuesto y reemplazado por Guido, y entre octubre de 1972 y mayo de 1973, es decir, en el último tramo del gobierno de Lanusse hasta la asunción de Cámpora.
Cf. de Pablo, 1986, p. 187.
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