Relaciones económicas externas
Luego
de varias décadas de aplicación de una estrategia de desarrollo basada en una
producción industrial altamente protegida y
orientada hacia el mercado interno, a mediados de los setenta era
evidente que la Argentina había quedado rezagada respecto del comercio mundial.
Por eso, para el gobierno del Proceso estaba claro que debía estimularse la
expansión del principal sector exportador (el agropecuario), modificando
progresivamente los precios relativos agropecuarios, y al mismo tiempo promover
expresamente la exportación de productos manufacturados mediante la política
cambiaria y otras medidas promocionales. Así lo sostenía el Programa de
Saneamiento, Recuperación y Expansión de la Economía Argentina elaborado por
el ministro Martínez de Hoz al comienzo de su gestión (1).
De
modo que, de acuerdo con los supuestos de dicho programa, el comercio exterior
era un factor clave para el crecimiento económico del país. La recuperación
de mercados y la mejora de la competitividad de los productos argentinos en el
exterior se presentaba como uno de los principales objetivos de política económica
(2). Especialmente, se hacía hincapié en la necesidad de promover las
exportaciones agropecuarias, que eran las que representaban el mayor volumen y
potencial de expansión. Asimismo, como ya se mencionara, se promovería la
exportación de productos no tradicionales manufacturados y semi-elaborados.
Además,
como parte de una liberalización más amplia de la economía, se pretendió que
las Juntas Nacionales de Carnes y Granos conservaran sus facultades de control
sobre el comercio exterior pero dejando las actividades de comercialización
propiamente dichas en manos del sector privado y las cooperativas, de modo de
aliviar al Estado de la necesidad de financiar la venta de las cosechas. Mayores
incentivos se prometieron al sector privado en el mediano y largo plazo, tales
como la eliminación gradual de los derechos de exportación, la derogación de
las cuotas de faena y un tratamiento cambiario fundado en una paridad real.
En
cuanto al comercio regional, en la década del setenta los intentos
integracionistas habían entrado en una fase de estancamiento. El comercio
dentro de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) había
crecido considerablemente, pero dicha institución estaba lejos de cumplir con
los objetivos planteados al momento de su creación. Eso llevó a los países
miembros a plantear su reestructuración y agilización a comienzos de los 80, a
través de la formación de una nueva organización: la Asociación
Latinoamericana de Integración (ALADI).
Por
otro lado, como parte del proceso general de apertura y liberalización económica,
se favoreció la entrada de capitales extranjeros a través de la flexibilización
de las normas que condicionaban su radicación en el país.
Para ello se dictó una nueva ley sobre inversiones extranjeras que
reglamentó el nuevo régimen de radicaciones a partir de 1977.
El
flujo de financiamiento externo se acrecentó notablemente durante este período,
en parte como resultado de las condiciones del mercado internacional de
capitales y en parte por los incentivos planteados por la política económica
doméstica. Como se explicará al final de esta sección, ello tuvo una
incidencia notable en la balanza de pagos y en el crecimiento de la deuda
externa argentina.
Los
siguientes apartados analizan en detalle estos puntos.
NOTAS
Ver un análisis de este diagnóstico en Sourrouille y Lucángelli, 1983.
Ver La Opinión, 03/04/76, p. 11.
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