Sección 1: La cuestión de la deuda
Las relaciones de la Argentina con los Organismos Financieros Internacionales
La
estrategia del gobierno radical al inicio del mandato
El
triunfo electoral del radicalismo en 1983 despertó innumerables expectativas
respecto del retorno a la democracia y del nuevo gobierno. Especialmente, en lo
atinente al tema de la deuda externa, se esperaba un trato más benévolo por
parte de la banca acreedora y de los organismos financieros internacionales. La
misma coyuntura de transición y consolidación democrática era invocada como
fundamento de esas expectativas. Se esperaba que los países desarrollados
comprendieran las dificultades que enfrentaba el gobierno recién llegado al
poder y no pusieran en riesgo su frágil posición incrementando sus demandas.
Es decir, se esperaba que la solidaridad y el apoyo de los centros de poder
internacional se tradujera en una actitud favorable a nuestro país al momento
de negociar la deuda.
Estas
expectativas estaban íntimamente relacionadas con el diagnóstico que la
administración radical hacía de la situación económica nacional. Es
importante remarcar que para los gobernantes de ese momento la consolidación de
la democracia era la prioridad. Como sostiene Canitrot: "... se reconocía
la crisis pero su contenido económico era negado" (1).
Por
eso, hasta cierto punto, la política económica estuvo subordinada a creencias,
necesidades y decisiones eminentemente políticas. Más aún, el diagnóstico
inicial de los problemas económicos mostraba la convicción de que la crisis
era "manejable" y de que existía cierto margen para diseñar y
experimentar en el plano de la formulación de políticas (por ejemplo, con
medidas heterodoxas) (2).
En
otras palabras, el sentido de urgencia y de ingobernabilidad recién apareció
como un limitante dramático unos años después. En gran medida, esta percepción
inicial determinó la reticencia del gobierno a implementar a rajatablas las
recomendaciones de política económica del Banco Mundial y de Fondo Monetario
Internacional.
Además,
parte del rechazo inicial del gobierno de la transición a aplicar
recomendaciones de política de corte neoliberal tenía que ver con la elaboración
conceptual de la experiencia pasada (3). Los políticos identificaban como parte
del mismo paquete el régimen militar autoritario de los setenta y principios de
los ochenta y la política económica monetarista y pro-mercado que dicho
gobierno había tratado de implementar, más allá de cuán sustancial haya sido
esa relación en la realidad. En consecuencia, criticaban esta afinidad ideológica
y culpaban a ambos, militares y tecnócratas ortodoxos, por el legado que habían
dejado a la renaciente democracia.
Esto
implicaba, por un lado, que los elementos básicos del diagnóstico hecho por el
gobierno radical debían encontrarse en los errores pasados y no en
vulnerabilidades estructurales de la economía doméstica. Por eso, las
discusiones se centraban en los instrumentos de política económica (en
encontrar y usar, esta vez sí, los correctos), pero no en cambios radicales del
modo en que la economía estaba organizada.
Esto
es importante para entender la dificultad de avanzar en las negociaciones con
los organismos financieros internacionales, en especial, frente a la demanda del
Banco Mundial de que se realizaran reformas estructurales.
Por
otro lado, esta concepción también implicó la idea de que el mandato del
gobierno de la transición incluía la reparación de los errores pasados (4),
esto es, la implementación de políticas económicas adecuadas que estuvieran
en consonancia con los valores democráticos y pudieran promover simultáneamente
el crecimiento, el desarrollo y la equidad. Por lo tanto, la selección de los
instrumentos de política necesariamente habría de excluir las medidas
recesivas y marginalizantes que usualmente forman un programa de ajuste
estructural.
Esta
visión sin duda moldeó la estrategia que el radicalismo siguió en el tema de
la deuda. El diagnóstico oficial sostenía que la deuda en sí no constituía
un peso excesivo en relación al potencial económico del país. Lo que
realmente era un obstáculo a cualquier iniciativa eran los servicios
financieros, debido al nivel de las tasas de interés internacionales vigentes.
Además, se aducía que el déficit de cuenta corriente era producto del
desequilibrio de precios existente en el mercado mundial. Por eso se esperaba
que con una reducción de aproximadamente cuatro puntos en la tasa de interés
internacional y un incremento del diez por ciento del valor de las exportaciones
argentinas, se eliminaría dicho déficit. Es decir, se trataba más de una
cuestión de ciclos económicos que de problemas estructurales.
La
estrategia, entonces, requería un reconocimiento del carácter político del
problema y una real colaboración de parte de los acreedores. En consecuencia,
la misma giró durante los primeros años en torno a dos ideas.
Por
un lado, el gobierno jugó con la posibilidad de formar un club de deudores con
otros países latinoamericanos que pudiera forzar a los acreedores externos a
revisar los orígenes de la deuda y a aceptar reducciones y condiciones más
favorables de pago. Por otro, la nueva administración democrática elaboró una
interpretación política de la crisis de la deuda, argumentando que era
necesario que los acreedores reconocieran que una parte de ésta era ilegítima
y que la Argentina no estaba obligada a pagar esa parte.
El
hecho de que no existieran cifras confiables acerca del monto de la deuda y de
que el proceso de endeudamiento no había tenido un correlato en términos de
desarrollo económico, sino que había estado vinculado a una importante fuga de
capitales, abonaban este argumento. Detrás de ambas ideas estaba el supuesto ya
mencionado de que las sociedades industrializadas entenderían el significado
histórico para estos países de la transición a la democracia y que no
presionarían por un pago rápido y total de la deuda porque ello significaría
poner a las nuevas democracias en peligro.
Finalmente,
la actitud inicial favorable de los acreedores hacia la Argentina, al autorizar
en noviembre de 1983 el desembolso del primer tramo del préstamo de mediano
plazo acordado con el gobierno militar a pesar del incumplimiento de las metas
pautadas con el Fondo, reforzó los supuestos antes mencionados y alimentó
expectativas positivas respecto al futuro de las negociaciones.
NOTAS
Canitrot, 1994, p. 81.
El éxito temporario del Plan Austral también contribuyó a confirmar estos supuestos.
Véase Margheritis, 1997.
Es importante contextualizar esta idea en un marco más amplio. La última corriente de re-democratización que tuvo lugar en América Latina en los años ochenta fue percibida por las élites políticas y por la mayoría de los actores sociales no como una nueva alternancia entre regímenes militares y civiles, sino como un punto de inflexión en la historia de la inestabilidad política de la región, como un cambio que habría de "acomodar" o poner en orden definitivamente las relaciones sociales y económicas. Por ese motivo, todos los esfuerzos se concentraron en la consolidación definitiva de los regímenes democráticos. Ello se manifestó no sólo a nivel del discurso político de los gobernantes, sino también de sus acciones concretas.
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