Sección 1: La cuestión de la deuda
Las relaciones de la Argentina con los Organismos Financieros Internacionales
Condicionalidad
cruzada y caída del gobierno radical
El
anuncio de que el Banco Mundial asumiría un rol predominante en el manejo del
tema de la deuda, en abril de 1988, fue el punto de partida para un cambio
importante en las relaciones de este organismo con los países más endeudados,
entre ellos, la Argentina. El Banco se propuso desde entonces asumir el papel de
catalizador en la atracción de nuevos préstamos de la banca privada hacia los
deudores. Es decir, ya no actuó sólo como prestatario, sino también como
intermediario en las negociaciones entre deudores y acreedores. Esto también
implicaba una profundización de la condicionalidad exigida por ese organismo.
Por
ese entonces, como ya se ha mencionado, la Argentina estaba negociando con el
Fondo, sin llegar a un acuerdo aún sobre las metas no cumplidas en los préstamos
stand-by pendientes. Las cuentas
externas del país se hallaban seriamente deterioradas, en gran medida por la caída
del precio de los productos de exportación. En mayo de 1988 el Fondo anunció
la suspensión de dicho préstamo y nunca llegó a desembolsarse el último
tramo del mismo. Ante esta decisión, los bancos privados también suspendieron
el último desembolso que quedaba pendiente del Plan Financiero de 1987, con lo
cual el país empezó a acumular atrasos impagos.
Simultáneamente,
la Argentina realizó varias gestiones a fin de acordar una renegociación y
obtener fondos frescos (1). Este intento de acercar posiciones chocó con una
postura muy inflexible por parte de los acreedores y de los organismos
financieros internacionales. Luego de varios meses de negociaciones, en
setiembre de 1988 el Tesoro de los Estados Unidos había logrado reunir los
fondos para conceder a la Argentina un préstamo de 500 millones de dólares.
Este era un paliativo hasta que se pudiese llegar a un acuerdo global e iba
acompañado de manifestaciones de apoyo político por parte del gobierno
norteamericano al nuevo programa económico (el Plan Primavera).
No
obstante, lo novedoso es que esta vez el préstamo no estaba ligado a la adopción
de programas de corto ortodoxo como los que propiciaba el Fondo -con el cual,
dicho sea de paso, no se había alcanzado ningún acuerdo- sino a la
implementación de medidas vinculadas a un paquete de préstamos sectoriales y
de inversión que otorgaría el Banco Mundial (2).
Cabe
recordar que las relaciones con el Fondo nunca fueron cortadas y ambas partes
manifestaron reiteradamente su intención de llegar a una solución cooperativa.
Pero existían varios obstáculos para ello, incluyendo las diferencias ideológicas
internas dentro del gobierno argentino. Algunos miembros del equipo económico
creían que era bueno avanzar sin haber acordado con el Fondo, porque de ese
modo se podía romper con las rígidas condicionalidades de corto plazo que esa
institución habitualmente imponía; asimismo, veían la condicionalidad del
Banco en cierto modo como más benéfica porque tendía a promover reformas
estructurales necesarias y positivas para el futuro crecimiento del país. Por
el contrario, otros opinaban que tal actitud era riesgosa, priorizaban medidas
de corto plazo que pudieran lograr de una vez por todas la estabilización económica
y apoyaban la continuidad de las negociaciones con el Fondo.
Este
último envió una misión a Buenos Aires en setiembre de 1988, a efectos de
evaluar las medidas e implicancias del Plan Primavera (3). Tampoco en esa ocasión
se llegó a un acuerdo, especialmente, por los desacuerdos en cuanto a las
estrictas metas establecidas para el déficit fiscal por los técnicos de ese
organismo.
Mientras
tanto, el gobierno continuaba negociando un programa de préstamos de rápido
desembolso con el Banco. Para esto se introdujo otra innovación: se
establecieron no sólo condiciones para el mediano plazo, tal como había sido
el procedimiento para los préstamos sectoriales previamente acordados, sino que
también se fijaron algunas pautas macroeconómicas de corto plazo. Todo ello
quedó contenido en una "Carta de Política de Desarrollo" enviada al
presidente del Banco y llevaba implícito un desafío al Fondo, en la medida en
que incluía metas macroeconómicas e incluso una meta para el déficit fiscal
estipulada en un punto porcentual por arriba del nivel exigido por ese
organismo.
Se
anunció entonces que el Banco que se concederían unos 1.250 millones de dólares,
parte de los cuales correspondía a dos préstamos sectoriales (uno financiero y
uno comercial (4)) y dos préstamos de inversión (uno para vivienda y otro para
energía) (5). De éstos, los dos destinados a implementar ajustes en el sector
de comercio exterior y el financiero eran quizás los más importantes porque,
por la naturaleza misma de esos dos sectores, los préstamos incluían una
condicionalidad macroeconómica que los convierte en el centro de la disputa
entre el Fondo y el Banco y los expone a la condicionalidad cruzada de dichos
organismos multilaterales.
De
hecho, la liberalización del comercio había sido incluida en la carta de
intención firmada entre el Fondo y el gobierno radical inmediatamente después
de lanzado el Plan Austral, en 1985, y fue reiterada, en tanto objetivo de política,
en otras cartas posteriores (6). Pero los concedidos por el Banco en esta
materia permiten, precisamente, ver la evolución de los roles de ambos
organismos y los problemas de la condicionalidad cruzada.
En
efecto, el marco del primer préstamo comercial del Banco había sido el
"Programa Económico de Mediano Plazo" mencionado anteriormente. Este
programa delineaba las metas a cumplir en el corto plazo y algunos objetivos de
mediano plazo, tales como privatizaciones, desregulación, reformas
estructurales para reestablecer un clima de inversión, aumento general de la
productividad de la economía, reestructuración del mercado de capitales,
apertura de la economía a la competencia internacional, etc. Es decir, era
congruente con el Plan Baker y, por lo tanto, dejaba a cargo del Fondo el
monitoreo del ajuste, mientras que la acción del Banco se concentraba en las
cuestiones de crecimiento. El préstamo quedaba así condicionado al logro o
mantenimiento de ciertas condiciones macroeconómicas generales, especialmente,
a aquellas que debían hacer viable la ejecución del mismo.
Por
el contrario, en el caso del segundo préstamo comercial, no existía un acuerdo
stand-by con el Fondo de por medio. La
división de roles entre ambos organismos era algo confusa. Esta vez se fijó un
marco macroeconómico para dicho préstamo mucho más estricto, con metas del
tipo de las que acostumbraba establecer el Fondo, las que quedaron contenidas en
la Carta de Política de Desarrollo antes mencionada.
De
modo que la aparente flexibilidad en la decisión del Banco de avanzar sin el
Fondo fue compensada con el establecimiento de condiciones macroeconómicas explícitas
y rigurosas, muy similares a las de un programa de estabilización. Además, el
desembolso por tramos del préstamo lo dejaba sujeto a la supervisión y
verificación del cumplimiento de estas condiciones. De ese modo, el flujo de
fondos entraba de forma gradual y de acuerdo con el progreso de la reforma
comercial y del programa económico en general. Es más, las condiciones
sectoriales eran mucho más amplias y menos rigurosas que las macroeconómicas.
Asimismo,
el paquete completo aprobado por el directorio del Banco -del cual el préstamo
comercial era sólo una parte- preveía que el grueso de los fondos fuera
desembolsado dos meses después de ser aprobados. Esto estaba orientado a dar un
mayor margen de seguridad al Banco en cuanto al cumplimiento de las condiciones
y, a la vez, daba tiempo al gobierno para avanzar en sus negociaciones con el
Fondo. En otras palabras, el Banco tomaba todos los recaudos, previendo que el
Fondo no acompañara esta iniciativa o que tuviera que dar marcha atrás en sus
obligaciones si aumentaba su riesgo al ser la única fuente de financiamiento de
la Argentina o si ésta no cumplía con las condiciones pautadas.
Como
se señala más adelante, esto efectivamente ocurrió: dado que el Banco por sí
solo no cubría todas las necesidades financieras del país, el Fondo siguió
cumpliendo un rol crucial; al no arribarse a un acuerdo con éste último, la
situación económica se deterioró más rápidamente y el Banco tuvo que dar
marcha atrás con el apoyo financiero otorgado poco antes.
Ahora
bien, la decisión tomada por el Banco en setiembre de 1988, respecto a los préstamos
antes mencionados, era de por sí novedosa porque la Argentina aún no había
logrado el apoyo del Fondo para su programa económico, pero además implicaba
un desembolso sin precedentes en cuanto a la suma concedida a un solo país de
una sola vez.
Para
el gobierno argentino, este fue un "salvavidas" justo a tiempo. Ya
para ese entonces el deterioro de la situación económica era notable, así
como la pérdida de capacidad de maniobra política de la administración
radical (7). Y esa fue la justificación del Banco para tal accionar:
"Nosotros creíamos que había una necesidad urgente de una pronta y
visible asistencia internacional para la Argentina, de modo que los esfuerzos de
reformas del gobierno no se frustraran" (8).
De
todos modos, los efectos positivos de esta jugada del Banco fueron relativos. Al
finalizar la reunión anual conjunta del Fondo Monetario Internacional y del
Banco Mundial, en Berlín en setiembre de 1988, el Club de París y los bancos
privados anunciaron que no avanzarían con la reprogramación de la deuda si la
Argentina no llegaba antes a un acuerdo con el Fondo.
El
gobierno argentino llegó a fines de 1988 sin haber logrado tal objetivo y, a
poco de empezar el año siguiente, perdió el control de la situación económica,
lo cual precipitó un traspaso de mando anticipado.
En
el ínterin, también había cambiado el gobierno en Estados Unidos. La
administración Bush no se mostró dispuesta a seguir respaldando la benévola
actitud del Banco hacia la Argentina. Ante una evaluación muy crítica del
desempeño económico argentino hecha por el propio Tesoro estadounidense, el
Fondo anunció en enero de 1989 que los préstamos de desembolso rápido
aprobados por el Banco Mundial en noviembre podrían ser suspendidos debido a la
imposibilidad de acordar un stand-by (9).
Para
ese entonces, los bancos extranjeros acreedores se sumaban a los grupos económicos
locales en los fuertes movimientos especulativos que condujeron a una escalada
del dólar y pusieron a las reservas del Banco Central en una situación muy crítica.
Frente a esta corrida contra el austral y sin haber concretado un acuerdo con el
Fondo ni con la banca comercial, las gestiones del Banco para el desembolso del
segundo tramo de los préstamos sectoriales fracasaron. Las previsiones
contenidas en la Carta de Política de Desarrollo antes mencionada carecían de
validez, entre otras cosas, porque se basaban en la expectativa de un flujo de
fondos a recibirse durante 1989 que no parecía nada probable. Además, el
intento de sostener el tipo de cambio vía la política monetaria para mantener
bajo control la inflación provocó un alza significativa del déficit
cuasi-fiscal, lo que situaba al déficit consolidado del sector público muy por
encima de lo acordado con el Banco en dicha Carta (10).
En
consecuencia, en marzo de 1989 el Banco anunció que el segundo tramo de los préstamos
sectoriales para el sector financiero y comercial no sería desembolsado ya que,
a pesar de ciertos progresos, el programa macroeconómico establecido se había
desvirtuado.
Ante
la inminencia de las elecciones presidenciales, el radicalismo ya no tenía
margen de maniobra para negociar con el Fondo. El equipo económico fue
reemplazado, pero el gobierno nunca pudo recuperar el control de las variables
económicas. Cayó víctima de la presión y la especulación financiera
ejercida por los grupos económicos locales y los bancos acreedores.
NOTAS
Véase La Nación, 10/05/88, p. 5.
Sobre la condicionalidad fijada por el Banco Mundial en el área comercial, véase Tussie y Botzman, 1989.
Véase Clarín, 21/09/88, p. 8.
Como ya se ha mencionado, éste era el segundo préstamo de política comercial. El anterior se había desarrollado sin altibajos a lo largo de 1987, mientras estuvo vigente un acuerdo stand-by con el Fondo Monetario Internacional.
Cf. Tussie y Botzman, 1989, p. 16.
En realidad, el Fondo no tiene autoridad regulatoria sobre el tema del comercio internacional, ya que sus artículos constitutivos no lo autorizan a exigir o validar prácticas comerciales. Por eso se ha buscado, mediante acuerdos de contingencia, llegar a "entendimientos" acerca de ciertos puntos contenidos en las políticas fiscal, monetaria y de tipo de cambio. En general, estos acuerdos de contingencia plantean reformas tales como la liberalización del comercio, privatizaciones, etc., pero sin fechas ni pautas establecidas de antemano, como en el caso de las condiciones macroeconómicas.
Véase Margheritis, 1997a.
Cf. La Nación, 05/03/89, p. 1.
Véase Bouzas (ed.), 1988, pp. 55-59.
Véase Tussie y Botzman, 1989, p. 20.
© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de
copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines
estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier
otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.