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El renacimiento de la integración

Primeros resultados del PICE

Hacia fines de los ochenta, unos pocos años después de firmados los protocolos, el comercio bilateral había sobrepasado los niveles previos a la crisis, pero el proceso de integración económica perdía dinamismo. Las negociaciones para la inclusión de nuevos productos en las listas comunes de bienes que se beneficiarían con la reducción de aranceles no avanzaba tal como se había previsto originalmente.
   
Entre las razones que explicaban este desarrollo lento estaban las siguientes. Por un lado, los protocolos no contenían un detalle acabado de los objetivos ni de los mecanismos de implementación que hubiera podido acelerar el proceso. Por lo tanto, cada acuerdo pasaba a depender de negociaciones bilaterales que fueron tornándose cada vez más difíciles. Por otro, la inestabilidad económica en que estaban inmersas ambas economías dificultaba la integración. Especialmente, la fluctuación de sus monedas producía cambios bruscos en las condiciones de competitividad y generaba un contexto poco propicio para la expansión del comercio y las inversiones. Asimismo, no existía la necesaria coordinación entre la política macroeconómica de ambos países y los objetivos de los protocolos (1).
   
A modo de ejemplo, cabe aclarar que el sector de bienes de capital (2) –definido como prioritario en los primeros acuerdos- fue uno de los que más avances registraron, aunque no se alcanzara a cumplir con las proyecciones de incremento de los intercambios formuladas en un principio. Sobre este sector el Protocolo Nº 1 definía un área de libre comercio entre los dos países, sin aranceles ni barreras paraarancelarias y la incorporación progresiva al esquema de distintas líneas de producción. El mecanismo escogido fue la delimitación de un universo de bienes de capital sobre el cual, a través de distintas negociaciones, se fue acordando una lista común. Aquellos bienes incluidos en dicha lista gozarían de tratamiento de “producto nacional” en los dos países. Se garantizaba, además, un arancel cero para las importaciones. De esta manera, a partir de una lista original de 224 productos acordada en diciembre de 1986, se fueron incorporando 126 productos más hacia mediados del año siguiente, 129 a principios de 1988 y 600 productos a fines de 1989 (3).
   
Como ya se ha señalado, el avance de estas negociaciones sectoriales no fue fácil. En el caso de los bienes de capital surgió el inconveniente de compatibilizar los costos de producción de los bienes a incluir en las listas. Al respecto, las asimetrías colocaban a los productores argentinos en una situación desfavorable debido a los costos de las materias primas y del capital que debían afrontar y de la política cambiaria que regía en el país. Otro inconveniente se originó al tener que lograr una compatibilización tecnológica de los bienes de capital de cada país, los cuales estaban vinculados a licencias adquiridas en el exterior (en Europa en el caso de los productos argentinos y en Estados Unidos en el caso de Brasil).
   
No obstante, los acuerdos alcanzados permitieron que el comercio de este tipo de productos cobrara gran dinamismo entre 1987 y 1988 y adquiriera especial relevancia para la Argentina. En efecto, en el total de los capítulos seleccionados, las exportaciones argentinas de bines de capital aumentaron un 254% entre 1986 y 1989 (4). Este incremento tendió hacia un intercambio más simétrico en este sector dado que, como contrapartida, no se registraron cambios muy significativos en las exportaciones brasileñas de bienes de capital hacia la Argentina (según la misma fuente, las mismas se mantuvieron alrededor de los 122 millones de dólares entre 1986 y 1989). Incluso, este incremento del intercambio comercial promovió algunos intentos de reestructuración productiva en ese sector en la Argentina, mostrando así una tendencia a internalizar las ventajas potenciales de la constitución de un mercado ampliado.
   
Ahora bien, frente a los escasos progresos generales arriba mencionados, los gobiernos de Argentina y Brasil decidieron firmar un Tratado de Integración en 1988. El mismo fue ratificado por los poderes legislativos de ambos países al año siguiente. Implicaba el compromiso de crear un mercado común en el plazo de diez años. En contraposición al enfoque gradual y sectorial que había prevalecido hasta entonces, el tratado preveía un avance rápido y global, para que en el curso de esa década se procediera a la armonización de las políticas aduaneras, comerciales internas y externas, agrícolas, industriales, de transporte, comunicaciones, ciencia, tecnología, fiscal, monetaria y cambiaria.
   
Poco tiempo después, a mediados de 1990, ambos gobiernos firmaron el Acta de Buenos Aires, por la cual se aceleraba aún más el proceso de integración. Se reducía a cinco años el período de constitución del mercado común, se reemplazaban las negociaciones producto por producto por reducciones tarifarias automáticas y generales y se implementaba el estatuto de empresas binacionales. Además, se otorgarían un margen mínimo de preferencias mutuo del 40% a partir del 1º de enero de 1994, el cual se incrementaría un 7% cada seis meses hasta alcanzar una preferencia del 100% a fines de 1994. También se asumía el compromiso de eliminar todas las barreras no arancelarias al comercio y reducir el número de productos excluidos en un 20% del número original cada año.
   
Los resultados inmediatos de estas decisiones fueron auspiciosos. El comercio bilateral creció a 2,5 mil millones de dólares en 1990, es decir, un 150% por encima del valor que había alcanzado en 1985 y un 63% más que el promedio del período 1980-1990. Además, las exportaciones argentinas a Brasil se diversificaron notablemente, al punto que la participación de las manufacturas en el total pasó del 22% en 1985 al 44% en 1989 (5).
   
Obviamente, estos resultados no pueden atribuirse solamente al impulso dado por los acuerdos bilaterales. Las condiciones macroeconómicas en ambos países también influyeron notoriamente, especialmente, los cambios en la paridad cambiaria entre monedas. No obstante, cabe destacar que en pocos años el proceso de integración comenzó a tener efectos claros sobre las estrategias del sector privado en ambos países. Tanto la reducción automática de aranceles antes mencionada, como la supresión de barreras no arancelarias y la decisión política firme de avanzar en dicha integración, contribuyeron a movilizar intereses privados detrás de las negociaciones gubernamentales, un aspecto crucial para el avance del proceso en su conjunto.
   
Por otra parte, en el norte del continente americano también se estaba trabajando arduamente en pos de la cooperación regional. El lanzamiento de la Iniciativa para las Américas por parte del gobierno norteamericano y las negociaciones entre México, Canadá y Estados Unidos para la constitución de un Área de Libre Comercio en América del Norte contribuyeron a dar mayor impulso a las iniciativas de integración económica regional. A partir de los años noventa, el nuevo gobierno argentino tomó estas señales como determinantes para la conducción de su política exterior económica y promovió la constitución acelerada de un mercado común en el Cono Sur: el MERCOSUR.

  1. Ver Bouzas y Lustig (eds.), 1992, pp. 165-197.

  2. El rubro bienes de capital incluía los siguientes productos: equipos y maquinarias eléctricas y no eléctricas de uso difundido y específico; componentes, partes y piezas de tales equipos; equipos de transporte no automotor y las partes, piezas y componentes de los mismos; ejes de remolques y semirremolques, sus partes y piezas; trenes de aterrizaje y platos de enganche.

  3. Para mayor detalle sobre los desarrollos en el sector de bienes de capital, ver Porta, 1989; Chudnovsky y Porta, 1989.

  4. Citado en Hirst, 1990, p. 29.

  5. Cf. Bouzas y Lustig (eds.), 1992, p. 168.

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