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Tendencias históricas de los movimientos de capitales en América Latina

Las corrientes de capitales externos hacia y desde América Latina atravesaron distintos ciclos, a menudo determinados por factores políticos y económicos externos a la región. Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcados por una restricción financiera persistente. Entre 1950 y 1965 el promedio anual de los flujos de recursos externos fue de tan sólo 1% del producto bruto interno de los países latinoamericanos (1), lo cual obviamente no alcanzaba a compensar las salidas de capitales en concepto de pagos de utilidades e intereses del capital externo. Por lo tanto, existió por esos años una transferencia neta negativa de recursos hacia el exterior (ver Cuadros 2 y 3). Este fenómeno estuvo determinado, fundamentalmente, por la situación económica de los países del hemisferio norte. Sus mercados de capitales estaban orientados prioritariamente al financiamiento interno y existían fuertes controles al movimiento de capitales, en el marco de políticas de reconstrucción económica. Por lo tanto, América Latina dependió por esos años de los flujos provenientes de inversiones extranjeras directas y, en menor medida, de préstamos de mediano y largo plazo para proyectos específicos provistos por empresas, gobiernos y, a partir de los sesenta, por los organismos multilaterales de crédito.
   
Desde mediados de la década del sesenta las cuentas de capital de los países latinoamericanos se dinamizaron, también esta vez como consecuencia de factores externos. Es el momento en que se inicia un período de expansión del crédito externo, coincidente con un ciclo expansivo global de la economía internacional -especialmente, de las finanzas. La internacionalización y acelerado crecimiento de la banca internacional, la búsqueda de nuevos mercados para sus operaciones y la intensificación de la competencia, junto con la gran liquidez provocada por la entrada de los petrodólares al mercado financiero internacional, la necesidad de financiar los desequilibrios provocados por los mismos y las políticas restrictivas de los países de la OCDE hicieron que los países en desarrollo se convirtieran en un destino privilegiado de los capitales internacionales. En ese marco y con el aliciente de pronósticos por demás optimistas, los países latinoamericanos aceptaron de buena gana dichos flujos y transitaron con optimismo el camino del endeudamiento externo.
   
Sin embargo, la alta volatilidad y falta de regulación del mismo sistema financiero internacional, los riesgos excesivos corridos por los prestamistas internacionales, el abultado monto de la deuda y el carácter dependiente de las economías latinoamericanas sentaron las bases de una situación extremadamente frágil y potencialmente explosiva. Con el estallido de la crisis de la deuda en 1982 se inició una etapa de restricción financiera: se suspendieron los préstamos y los escasos flujos y refinanciaciones de deuda quedaron sujetos a la condicionalidad impuesta por los organismos financieros internacionales (2).
   
También en esta oportunidad factores internacionales impactaron sobre la región. Si bien los determinantes de la brusca retracción en el financiamiento externo a América Latina fueron múltiples, el elemento determinante y de mayor significación parece haber sido la modificación en la dirección de los movimientos internacionales de capital a nivel global, esto es, la transformación de Estados Unidos en un activo demandante de fondos desde el resto del mundo y la reversión de la posición superavitaria de los países exportadores de petróleo, hasta entonces importantes canalizadores de recursos hacia los mercados financieros internacionales (3).
   
Adicionalmente, durante la década del ochenta los movimientos internacionales de capital atravesaron por un período caracterizado por la desintermediación bancaria, deshaciendo parcialmente el camino recorrido en el decenio anterior y que fuera, en gran medida un factor clave en el rol que tuvieron los bancos comerciales en la transferencia de recursos financieros hacia la región. Dichos bancos comenzaron a tomar cada vez más recaudos en su conducta prestataria y ello dificultó aún más las posibilidades de acceso de los países latinoamericanos a los mercados internacionales de crédito voluntario, dada la pésima reputación con la que emergieron de las sucesivas crisis de pagos que siguieron a la moratoria mexicana de agosto de 1982.
   
En este contexto, la retracción de los flujos de capital de riesgo no es sorprendente. El carácter tradicionalmente procíclico de la inversión directa fue esta vez agudizado por la profundidad de la recesión, la gravedad de la crisis de pagos y la incertidumbre e inestabilidad generalizadas en la mayoría de las economías latinoamericanas. A estas influencias de corto plazo se agregó, además, el papel creciente de los Estados Unidos como país de destino de la inversión extranjera directa. Por su parte, la contribución relativamente marginal de los flujos netos de crédito provenientes de los organismos multilaterales estuvo asociada, fundamentalmente, con la dimensión de la brecha a cerrar y con el carácter de sus políticas de financiamiento, las cuales enfatizaron el ajuste antes que la provisión de liquidez, la aplicación de estrechos criterios de condicionalidad y la instrumentación de recomendaciones de carácter general a economías con nítidas especificidades nacionales (4).
   
En consecuencia, a lo largo de la década del ochenta la transferencia negativa de recursos de América Latina al resto del mundo alcanzó un nivel sin precedentes (5) y se produjo a expensas de una reducción muy significativa de las importaciones y de una gran recesión económica. Además, la crisis y las altas tasas de interés internacionales estimularon una cuantiosa fuga de capitales de residentes latinoamericanos (ver Cuadro 3).
   
Recién a partir de 1985 se produjo una relativa reversión de estas tendencias, al implementar los deudores programas de canje de deuda por capital de empresas nacionales para facilitar así el financiamiento de las privatizaciones. Ello implicaba un subsidio implícito que tuvo el efecto de estimular los flujos de inversión extranjera, especialmente a partir de 1987. También se registra desde entonces un significativo atraso en el pago de los intereses de la deuda de la mayoría de los países de la región, lo cual representaba una entrada forzosa de capital (ver Cuadro 4).

  1. Cf. Cepal, 1995a, p. 201.

  2. Véase Lessard and Williamson, 1987; también Bouzas, (ed.), 1989. 

  3. La nueva posición de Estados Unidos como demandante de recursos internacionales estuvo relacionada con el tipo de políticas macroeconómicas implementadas en ese país durante los años ochenta, así como con la evolución institucional de su mercado financiero y el rápido proceso de desregulación en curso. Respecto de la reversión de la posición superavitaria de los países exportadores de petróleo, las causas de ese fenómeno no difirieron demasiado de las que afectaron adversamente a los restantes productos primarios. No obstante, en el caso de los hidrocarburos, los cambios en la oferta y la demanda fueron mucho más radicales que en la mayoría de los restantes productos, como consecuencia de la fuerte alteración de los precios relativos en 1973 y 1979.

  4. Sobre este punto, véase Thomas y Chhibber, 1989; Bird, 1996.

  5. Entre 1982 y 1986 dicha transferencia fue equivalente al 4% del producto bruto interno de la región.

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