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Inversiones extranjeras directas en la Argentina

Las tendencias generales

Dentro del conjunto de países latinoamericanos Argentina es uno de los que ha tenido una de las caídas más notables de los flujos inversores durante los años ochenta, alcanzando una tasa media negativa anual del 2% entre 1970 y 1986 (1).
   
Al igual que en el resto de la región, la crisis afectó principalmente a las inversiones extranjeras directas dirigidas a los sectores manufacturero y comercial. Por ejemplo, en la primera mitad de los ochenta el rubro manufacturas de las inversiones extranjeras directas estadounidenses disminuyó de 64% en 1980 a 57% en 1985. El sector servicios fue el que capitalizó tal declinación; tal fenómeno puede apreciarse en la creciente importancia de las actividades bancarias durante los años ochenta: del 36% sobre el total de inversiones extranjeras directas que se recibían en 1980, este rubro pasó a tener el 55% en 1985 (2).  Además, en el conjunto de actividades manufactureras también ha habido algunos cambios: los datos de la primera  mitad de los ochenta indican un aumento de la importancia del sector alimenticio y una disminución del químico (que pasa a nutrirse especialmente de capital local) y del metalmecánico (ver Cuadro 8).
   
En montos totales, los flujos de inversiones extranjeras directas disminuyeron significativamente entre 1982 y 1984. Si bien existió cierta recuperación en los dos años siguientes a éste último, las cifras permanecen aproximadamente en la mitad de las registradas a comienzos de la década, mientras que el stock fue aumentando muy lentamente.
   
En consecuencia, en lo que respecta a las inversiones extranjeras directas, el período de la transición a la democracia presenta características contrastantes tanto con el que antecedió en el período inmediatamente anterior (1976-1983) y en el posterior (1989-1995). Ello se evidencia en la magnitud de los capitales que arribaron al país y en su destino y origen (ver Cuadros 9 y 10).
   
Como se ha explicado anteriormente, se trata de un período notoriamente adverso y desestimulante para la radicación de capitales en toda la región, no sólo en la Argentina. Los constantes desequilibrios macroeconómicos, la carga de la deuda externa, la persistencia de una elevada tasa inflacionaria -incluyendo dos episodios hiperinflacionarios sin precedentes en 1989-, la prioridad asignada en la política económica a las cuestiones de corto y mediano plazo -con la consiguiente dificultad para realizar cálculos prospectivos de largo plazo- y la alta dosis de incertidumbre acerca de la marcha de la economía en general, creaban bases muy poco propicias para las inversiones extranjeras. Además, la depresión de la demanda interna, junto con la paulatina apertura de la economía argentina, hicieron mucho más rentable para algunas multinacionales la provisión de bienes desde el exterior antes que la producción local. Para otras, ya radicadas en el país desde mucho tiempo atrás, este fue un período de profundas transformaciones internas y reestructuración productiva y tecnológica, mediante la cual buscaban adquirir una mayor competitividad externa y una mejor inserción en el proceso exportador.
   
Por lo tanto, entre 1984 y 1989 se observa la reversión de algunas tendencias que se habían perfilado en el período anterior. Por ejemplo, en ciertos sectores que habían sido priorizados como destino de las inversiones extranjeras decayeron, tal como la explotación petrolera y gasífera y, en menor medida, el sector financiero. Ello se ve acompañado por una mayor incidencia relativa de algunas actividades primarias (básicamente, agropecuarias), terciarias (servicios en general, seguros, comercio y, especialmente, hoteles y restaurantes) y manufactureras (ver detalle en el Cuadro 8). Es en éstas últimas donde se notan mayores cambios estructurales en la orientación del capital extranjero: las industrias tradicionales (alimentos, bebidas, tabaco) atraen más del 60% de la inversión del ramo y el sector petroquímico, junto con el de maquinarias y equipos, apenas concentran en conjunto el 2.5% de las radicaciones en la industria (3). Estos cambios están asociados con un factor mencionado anteriormente: la orientación de las inversiones hacia la producción dirigida a mercados externos, a partir del aprovechamiento de ciertas ventajas competitivas relacionada con la industrialización de bienes primarios (e.g., industrias frigoríficas, aceitera, de bebidas, etc.).
   
Por otro lado, la distribución de las inversiones según país de origen también revela cambios importantes durante este período, respecto del anterior (ver Cuadro 9). Estados Unidos sigue liderando el ranking, pero decae la participación de los países europeos, los que pasan de alrededor del 40% del total en las tres décadas precedentes al 20% en los ochenta. Esta caída se ve compensada con el ingreso de capitales provenientes de los llamados "paraísos fiscales" donde se radican las casas matrices: Panamá, Luxemburgo y Liechtenstein concentran el 23.5% de las inversiones extranjeras directas aprobadas en el sexenio 1984-1989 (4).
   
En síntesis, si se considera la década del ochenta en su conjunto y las distintas modalidades de inversión extranjera directa, surge que la afluencia de capitales extranjeros fue de cerca de 6.000 millones de dólares, de los cuales dos tercios (4.000 millones) corresponden a la reinversión de utilidades de las empresas transnacionales radicadas en el país. Este monto de reinversión representa, a su vez, casi las tres cuartas partes de las utilidades totales de esas empresas durante el decenio (ver cuadro 10). Además, si se comparan las utilidades remesadas al exterior con los nuevos flujos de inversiones directas (alrededor de 2.000 millones de dólares), este período muestra la existencia de un aporte neto positivo de divisas: por cada dólar remitido al exterior en concepto de utilidades, ingresaron 1,4 dólares como resultado de nuevas inversiones extranjeras (5).
   
Asimismo, pueden identificarse distintas tendencias a lo largo de la década. Durante la primera mitad, las inversiones extranjeras apenas superaron los 2.200 millones de dólares, mientras que la reinversión de utilidades representó el 57% de las inversiones totales y poco más de la mitad de los beneficios obtenidos por las empresas transnacionales; las utilidades remitidas al exterior superaron, en casi 30%, a la afluencia de nuevas inversiones directas. En el segundo quinquenio, en cambio, las inversiones extranjeras directas efectivamente materializadas sumaron sólo 730 millones de dólares en promedio anual, mientras que la reinversión de beneficios explica casi las tres cuartas partes de la afluencia total de inversiones extranjeras directas y representa el 95% del total de utilidades; los montos de incorporación de nuevas inversiones directas fueron 6.5 veces superiores a las transferencias de beneficios al exterior, lo que indica la reversión de la tendencia imperante en la primera mitad de la década y el registro de un flujo positivo de divisas (6).
   
Por último, en cuanto a la modalidad de este tipo de inversiones, es necesario destacar que, en el marco de la profunda transformación y reestructuración de la economía argentina en general y de la producción industrial en particular que se dio por esos años, las empresas extranjeras adoptaron nuevas formas de inversión de distinta naturaleza e importancia, vinculadas tanto a su estrategia empresarial como a las políticas públicas en práctica. Entre esas nuevas formas sobresalen las asociaciones de capital, los programas de capitalización de la deuda externa y los acuerdos preferenciales con otros países (7).
   
En efecto, puede observarse la tendencia de una parte de las empresas transnacionales a establecer asociaciones de capital (joint-ventures) con empresas estatales privadas, tendencia que se pone de manifiesto a nivel mundial a partir de los años setenta y que comienza a expresarse y se intensifica en la Argentina desde la segunda mitad de esa década. Entre las causas que originan este fenómeno está el hecho de que las asociaciones permiten reducir los recursos financieros y administrativos, así como el riesgo que implica incorporarse en producciones controladas por unas pocas firmas extranjeras y locales que conforman mercados oligopólicos; además, proporcionan un acceso más fluido al consumo local y a los sistemas de comercialización y distribución, elementos importantes especialmente para aquellas transnacionales que tienen una estrategia basada en la innovación y con escaso desarrollo de la comercialización de sus productos. Las empresas extranjeras también buscan por este medio adquirir un acceso más fluido al sistema institucional y gubernamental del país de destino.
   
De cualquier manera, estos acuerdos no se originan solamente en las ventajas que potencialmente pueden obtener las empresas extranjeras. Por el contrario, estos motivos confluyen, en ciertos casos, con las normas que establecen los gobiernos locales a través de regímenes o programas sectoriales que determinan la obligación de que en ciertas actividades sean los capitales locales los que tengan el control mayoritario del capital de las empresas. Esto recién empieza a darse, en el caso argentino, hacia mediados de los años setenta cuando la convergencia de cambios estructurales basados en la consolidación de un conjunto de firmas líderes que integran la estructura empresarial de grupos económicos locales con una serie de regímenes sectoriales que establecen la necesidad de que las empresas locales ejerzan el control sobre las firmas que participen en dichas actividades, impulsa las asociaciones de capital entre empresas extranjeras y locales.
   
Los datos empíricos muestran que entre 1979 y 1986 se produjeron 40 asociaciones entre empresas extranjeras y capitales locales -privados y estatales- u otras firmas extranjeras. La mayoría de esas asociaciones estuvieron relacionadas con la instalación de nuevas firmas industriales y con grandes proyectos de inversión. También se verifica que, en cuanto al tipo de firmas con las cuales se asocian las empresas extranjeras, las empresas industriales que pertenecen a los grupos económicos locales son claramente las más significativas (concentran entre el 70% y el 90% de las asociaciones, según cómo se las mida). Las empresas estatales, por su parte, tienen escasa importancia como contraparte local de esas asociaciones. En cuanto a las actividades industriales en las que se registraron, la producción química y petroquímica es la más relevante, seguida por la elaboración de alimentos y la producción de maquinaria y suministros eléctricos (8).
   
Cabe remarcar la influencia de la política económica del gobierno radical respecto de este tipo de inversiones, la cual no sólo está dada por la implementación de regímenes sectoriales, sino también de acuerdos internacionales con carácter preferencial. Por ejemplo, en 1987 los gobiernos de Argentina e Italia firmaron un tratado de asociación particular que contenía un Programa de Apoyo al Desarrollo Económico Argentino, destinado a incrementar las inversiones productivas mediante créditos de ayuda. A raíz de este tratado, se adjudicó la digitalización de enlaces entre oficinas urbanas e interurbanas y red de datos a una Unión Transitoria de Empresas compuesta por firmas italiana (Techint y Telettra Argentina S.A.) y a Siemens S.A., Alcatel S.A. y Pecom-Nec S.A., una asociación entre el grupo económico local Pérez Companc y Nec de Japón.
   
Por otra parte, otra de las nuevas formas de inversión está relacionado con el pago de la significativa deuda externa que contrajeron el sector privado y el sector público durante el último gobierno militar. Coincidiendo con lo ocurrido en otros países latinoamericanos, a partir de 1985 se ponen en marcha en la Argentina una serie de programas de capitalización de la deuda externa con el objetivo de saldar al menos una parte del capital adeudado. Estos programas dieron lugar a una gama de regímenes en los cuales participaron las empresas extranjeras radicadas en el país. Esta modalidad será analizada en detalle en Inversiones extranjeras y capitalización de deuda.
   
Finalmente, la tercera modalidad que se manifiesta durante el período en consideración es la que concierne a una serie de acuerdos preferenciales con países de la región -especialmente, con Brasil- y también con algunos europeos (e.g., Italia). Estos tratados dieron lugar a la participación de firmas extranjeras que concretaron, en dicho marco, acuerdos de producción e inversiones como el arriba comentado.

  1. Cf. Revista UNO, 1989, p. 29.

  2. CEPAL-CET, 1988, pp. 36-37.

  3. Cf. Cepal, 1995b, p. 48.

  4. Cf. Ibidem, p. 49.

  5. Cf. Ibidem, p. 68.

  6. Cf. Ibidem, p. 68.

  7. Sobre este fenómeno, véase CEPAL,1989b; también Kosacoff y Bezchinsky, 1993.

  8. Véase CEPAL, 1989b, pp. 50-55.

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