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Conclusiones

El shock externo más significativo que han sufrido los países latinoamericanos durante la década del ochenta ha sido el provocado por la súbita reversión de los movimientos internacionales de capital hacia la región, tanto en lo que hace a la desaparición del financiamiento externo voluntario a partir de la crisis de la deuda en 1982 como de las inversiones extranjeras provenientes de fuentes privadas. Estos hechos implicaron una reversión radical en la transferencia de recursos, transformando a los países de la región en exportadores de un monto muy significativo de capitales. Para ello, debieron ajustar severamente sus economías y a lo largo de toda la década sufrieron las repercusiones negativas de dicho ajuste, en términos de caída del nivel de inversión, de actividad económica, de niveles de vida de la población y de perspectivas de crecimiento.
   
En el caso de la Argentina, esta situación se dio simultáneamente con una transición política generada por el retorno a la democracia, liderada por un gobierno radical, que creaba un contexto particularmente difícil para la implementación de programas de ajuste y estabilización.
   
Durante el período en consideración pueden distinguirse dos etapas: antes y después de la implementación del Plan Austral en 1985. Este programa económico produjo una relativa reversión de las tendencias en los movimientos de capital ya que, por un lado, alentó la refinanciación de los compromisos externos con los organismos financieros internacionales y, por otro, puso en práctica medidas que alentaron la llegada de capitales externos privados, por ejemplo, diversos programas de capitalización de la deuda externa. Por eso es que la evolución de los flujos de capitales privados durante el período de auge del plan muestra un leve incremento en el flujo de ingreso, aunque en general se trató de movimientos especulativos de corto plazo que se retiraron apenas se deterioró la credibilidad del plan. Además, sobre el final del mandato de Alfonsín también se produjo un significativo atraso en el pago de los intereses de la deuda, lo cual representaba una entrada forzosa de capital.
   
De todos modos, en términos generales la economía argentina sufrió, durante los años ochenta, un desequilibrio básico provocado por la inconsistencia entre deuda externa acumulada y capacidad de pago, que mantuvo un déficit constante en la cuenta corriente y tuvo consecuencias nefastas para la capacidad de maniobra del gobierno y para las perspectivas de recuperación y crecimiento de la economía. La conjunción de factores internacionales e internos determinó el carácter y la evolución de los movimientos de capital.
   
Respecto de las inversiones extranjeras directas en particular, tanto en América Latina en general como en la Argentina en particular, éstas sufrieron un grave retroceso durante los años ochenta. La grave crisis provocada por la deuda externa implicó, en cuanto a este tipo de flujos de capital, una marcada disminución de las tasas de rendimiento. La depresión económica y las expectativas de una continua baja rentabilidad desestimularon la llegada de capitales. Al igual que en el resto de la región, en la Argentina la crisis afectó principalmente a las inversiones extranjeras directas dirigidas a los sectores manufacturero y comercial, en tanto el sector servicios fue el que capitalizó tal declinación.
   
Cabe destacar que, en el contexto de la reestructuración de la economía argentina en general, en los ochenta las empresas extranjeras adoptaron nuevas formas de inversión, relacionadas tanto con su estrategia empresarial como con la política económica entonces vigente. Entre esas nuevas formas sobresalen las asociaciones de capital, los programas de capitalización de la deuda externa y las favorecidas por los acuerdos preferenciales con otros países. Algunos de estos mecanismos fueron estimulados por la política económica implementada por el gobierno de turno. Pero, tal como demuestra la evidencia empírica, la capacidad de los gobiernos de inducir la dirección de los flujos de capital es limitada. Existen factores externos a las economías receptoras, sobre los cuales las autoridades de esos países no tienen control.
   
En este contexto, las empresas transnacionales radicadas en la Argentina que contaban con una estructura diversificada o integrada desplegaron durante este período una mayor potencialidad de crecimiento, en comparación con aquellas que concentraban su actividad local sólo en determinados mercados. En tal sentido, este fenómeno refleja la centralización del capital transnacional en la Argentina, uno de los rasgos fundamentales de la tendencia inversionista de los ochenta. Se trata de una de las varias manifestaciones de un fenómeno más amplio de creciente gravitación económica de un número relativamente reducido de grandes agentes o grupos económicos que operan en múltiples ramas de actividad y que consolidaron su posición económica y política durante estos años.

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