Otra de las áreas que generó tensión entre las partes después de la guerra de 1982
fue la relacionada con defensa y seguridad.
Como respuesta a la ocupación argentina de las islas, Gran Bretaña
había enviado un fuerte contingente naval y militar al Atlántico Sur con el objeto de
recuperarlas. Al finalizar el conflicto y cuando las últimas tropas argentinas fueron
repatriadas, los británicos estacionaron una importante guarnición en las islas, y
rápidamente comenzaron la construcción de mejores defensas. La defensa de las islas se
había convertido en un tema prioritario en la agenda del gobierno (1). A partir de ese
momento, el emprendimiento fue bautizado como la "Fortaleza Malvinas" (Falkland
Fortress).
Para el gobierno argentino, la presencia militar británica se
convirtió en un factor de irritación y la calificó como "desmesurada" y
peligrosa para la estabilidad de la región. El canciller Caputo describió la situación
en un encuentro del Movimiento de los No Alineados del modo siguiente:
Esta militarización, no sólo constituye un riesgo para el territorio argentino sino que afecta a toda la región...
y agregó:
La construcción de un aeropuerto estratégico en las islas y su extraordinario refuerzo naval, pone en peligro la estabilidad de un área que forma parte de la zona latinoamericana libre de armas nucleares.
por último enfatizó que:
hoy nadie puede negar que estas acciones británicas han transformado a las Islas Malvinas en una nueva zona de interés estratégico, atrayendo hacia ella el conflicto global entre el Este y el Oeste (2).
Otra interpretación sobre sobre el tema sostenía, en cambio, que
La Fortaleza Malvinas no era una política británica sino una condición política y logística impuesta por la negativa argentina de facilitar el transporte y las comunicaciones [a las Malvinas] a través de cualquier punto de Sudamérica (3).
Esta última interpretación era también la del gobierno británico. En octubre de 1983, el entonces ministro de defensa de británico afirmó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que:
en tanto la Argentina no renuncie al uso de la fuerza para sostener sus reclamos sobre las islas Falkland y se vea que lo cumple genuinamente, será necesario mantener una guarnición apropiada para la defensa de las islas contra la amenaza militar que supone la Argentina.
Que la Argentina fuera considerada como una amenaza para los británicos parece sorprendente, sobre todo después de haber derrotado a las fuerzas argentinas en las Malvinas. Los costos de la guerra para la Argentina fueron cuantiosos. Se calcula que sumaron en total los U$S 5.000 millones (4). Pero, para desvelo de los británicos, en ese entonces, el reconocido anuario de defensa producido por un instituto sobre temas de investigación para la paz de Estocolmo, SIPRI, publicó en su edición de 1983 y bajo el título "El rearme argentino post-Malvinas" la siguiente lista de compras:
Hacia fines de 1982, la Argentina ya se había comprometido a gastar U$S 1.000 millones en compras de armamentos... En tanto que el Reino Unido fue capaz de reponer el material bélico perdido con producción propia, la Argentina tuvo que recurrir a importaciones. Se establecieron comisiones especiales en el seno del ejército, la armada y la fuerza área argentinas para trabajar en nuevos programas de armamento.
Poco antes del fin de las hostilidades, la Fuerza Aérea Argentina recibió de Perú 10 aviones Mirage V y 22 aviones Dagger/Nesher de origen israelí. El stock de bombas fue reabastecido por Libia e Israel. A pesar de las fuertes objeciones británicas, en noviembre de 1982 comenzaron nuevamente la entrega por parte de Francia de los aviones Super Etendard y de los misiles Exocet...La armada argentina recibirá dos submarinos que están en construcción en la República Federal de Alemana, además de otros cuatro que se planea serán armados en la Argentina. También se están construyendo cuatro sofisticadas fragatas en Hamburgo. Las mismas estarán equipadas con motores Rolls-Royce, por lo que el gobierno del Reino Unido ha hecho una excepción al embargo de armas a la Argentina (5) Por otra parte, el ejército argentino intenta reconstruir su sistema de defensas con la asistencia de la compañía suiza Oerlikon. También planea comprar alrededor de 40 vehículos blindados Panhard, y también 255 tanque Kürassier de la compañía austríaca Steyr-Daimler-Puch (6).
En su edición de 1984, mismo anuario informó que el gasto militar del gobierno del
presidente Alfonsín planeaba reemplazar equipo perdido durante la guerra por un número
mayor. El costo del programa de reequipamiento fue estimado en U$2.000 millones más un
gasto adicional de U$1-2.000 millones para pagar órdenes previas a 1982. La lista de
compras incluía 107 nuevos aviones de combate, cuatro aviones de transportes Hércules y
71 aviones Pucará. El anuario también informó que se había acelerado el programa de
modernización de la Armada que se había iniciado a partir del conflicto del Beagle con
Chile (7).
Sin embargo, en los hechos, el rearme argentino no llegó a
materializarse por completo. En efecto, el gobierno de Raúl Alfonsín había decidido
reducir el gasto militar. Su plataforma electoral ya establecía que el gasto de defensa
sería reducido a un 2% del PBI. En la práctica, la reducción no fue tan drástica. No
obstante, disminuyó desde un 4.39% del PBI para el año 1983 a 2.72% en 1989. También
debe recordarse que durante el gobierno radical, la economía del país declinó y por
consiguiente, el PBI disminuyó. En consecuencia, la cantidad de recursos disponibles para
las Fuerzas Armadas también decreció (8). Conforme se redujo el presupuesto militar
también se redujo el tamaño de las fuerzas armadas. Los anuarios de defensa británicos
como el Strategic Survey, publicado por el prestigioso International Institute for
Strategic Studies (IISS), muestran ésta tendencia. En sucesivas ediciones informa que en
la Argentina el número de soldados conscriptos incorporados decayó de 108.000 en 1983 a
40.000 en los años 1988-89 (9). Pero el gobierno del presidente Alfonsín no sólo
experimentó dificultades de índole económica. Otro factor presente fue el estado de
casi permanente insubordinación de grupos dentro de las fuerzas armadas. Estos grupos
fueron bautizados por la prensa como "Carapintadas". El gobierno tuvo que
enfrentar a lo largo de ese período numerosos levantamientos militares que si bien no
llegaron en ningún momento a amenazar la continuidad del régimen democrático produjeron
serios trastornos en la vida política del país, y especialmente a sus fuerzas armadas
(10). Por lo tanto, con muchas de las órdenes canceladas y con las fuerzas armadas en
proceso de achicamiento y tumulto los temores británicos parecieron perder sustento. Sin
embargo, el gobierno argentino continuó con el desarrollo del programa nuclear, la
construcción de submarinos y el desarrollo del misil de alcance medio Cóndor II
En el caso del Reino Unido, la guerra de las Malvinas los obligó a
revisar su prioridades en materia de defensa. En este sentido, la decisión del gobierno
británico al término del conflicto de establecer una guarnición de más de 4.000
soldados fue el cambio político-militar más importante que produjo la guerra. Ahora,
para el gobierno británico, las Malvinas alcanzaron la misma dimensión estratégica que
Irlanda del Norte y la defensa de Alemania Occidental, donde los británicos tenían en
ese entonces estacionados 55.000 soldados (11). Esto contrasta enormemente con la
"modesta provisión de recursos para los compromisos fuera de la OTAN" previstos
en los planes de defensa de 1981 (12). El objetivo central de ese plan era sufragar los
costos del programa de misiles nucleares Trident a un costo estimado entre los £5-6.000
millones para los próximos 15 años. Al mismo tiempo, la reducción de las capacidades de
defensa británicas en el Atlántico Sur habían respondido a la percepción de poco
peligro de la región (13).
No cabe duda que la victoria británica produjo un incremento en sus
gastos de defensa (14). En principio, el incremento se utilizó para reponer material
perdido y preparar la "Fortaleza Malvinas". Pero, a medida que el tiempo
transcurría, los gastos fueron decreciendo hasta estabilizarse. Pero lo importante es que
el gobierno británico reestructuró su política de defensa de un modo más balanceado
dividiéndose entre los compromisos de la OTAN (Europa) y los de fuera de la región. Con
anterioridad a la guerra, en las autoridades de defensa británicas había prevalecido un
enfoque continentalista (europeo) por sobre el marítimo. La necesidad de enviar una
armada al Atlántico Sur cambió esta visión. Ahora, la política de defensa británica
se configuró con un incremento en la capacidad de respuesta (flexibilidad) y
preparación. Es decir con capacidad para confrontar desafíos fuera de Europa.
Una consecuencia de la guerra para Gran Bretaña fue que salió muy
fortalecida. Adquirió un gran ascendente moral en la comunidad internacional luego que la
recuperación de las islas por parte de la Argentina pareció haber infligido un duro
golpe al orgullo y prestigio británicos (15). Para el gobierno de Margareth Thatcher, el
éxito de las Malvinas mostró que Gran Bretaña era todavía un poder militar
significativo (16). Además la nueva percepción de amenaza por parte de la Argentina
produjo la inesperada reacción de invertir en la región y reforzar el compromiso hacia
las islas y los isleños. La invasión transformó a las Islas Malvinas que eran una
colonia casi olvidada en una fortaleza fuertemente defendida. En este sentido, la guerra
transformó a una región de poca importancia estratégica en una que se percibía como de
gran importancia (17). Luego de la guerra, la política británica hacia las islas pasó a
tener como objetivo primordial: "asegurar la seguridad futura de las islas y su
bienestar" (18).
Otro aspecto del conflicto se refiere a la dimensión humana. Esta
afecta directamente a las negociaciones con la Argentina. El hecho de que para la
recuperación del archipiélago los británicos hayan perdido las vidas de 255 de sus
soldados lleva a algunos a suponer que no podía esperarse una "actitud
condescendiente" al término del conflicto que ganaron y que no provocaron. Tanto los
costos incurridos como la perdida de vidas parecen justificar el endurecimiento de las
actitudes negociadoras británicas, especialmente aquellas relacionadas con el tema de la
soberanía (19).
El compromiso de defensa de las Islas Falklands continuó durante esos
años fue decreciendo durante esos años. A seis meses de finalizada la guerra, la
guarnición de las islas consistía de 7.000 soldados. Tres años más tarde, ésta
comprendía 4.000 soldados. Por dos años la patrulla naval de las Falklands incluyó la
presencia de cinco fragatas y destructores (20). Sin embargo, para 1987 la defensa de las
islas Malvinas había dejado de representar un drenaje importante en el presupuesto de
defensa y había sido recortado a £250 millones (21). En 1990, se informó que las islas
contaban para su protección con el aeropuerto de Mount Pleasant, a 30 millas de Puerto
Stanley y con una pequeña base naval en Mare Harbor. El aeropuerto albergaba sofisticados
equipos de radio, radar y comunicaciones satelitales. Allí también se encontraba
estacionado un escuadrón de cuatro aviones caza-bombarderos F-4 Phantom. Por su parte, la
base naval servía como estación para una fragata y un submarino de ataque nuclear. Por
último, se calculaba que el total de efectivos en las islas totalizaban 2.800 (22).
En 1992, la cuenta final de gastos de la guerra mostró que su costo
había excedido los £5.000 millones presupuestados inicialmente (23). Esa suma incluyó
los gastos totales de pelear la guerra, los costos de la Fortaleza Malvinas y la ayuda
económica dada a las islas a partir de 1982. Por lo tanto, esta cifra y el número de
efectivos desplegados en las islas muestran que si la estrategia del gobierno radical fue
la de aumentar para Gran Bretaña los costos de la posesión de las islas se observa que
ésta estuvo bien dispuesta a soportar la carga. Asimismo, esto responde a la pregunta que
se hacen Escudé y González de Oleaga acerca de qué país, la Argentina o Gran Bretaña,
estaba en mejores condiciones de pagar los costos más altos, ya fueran políticos o
económicos (24). La respuesta es indudablemente, Gran Bretaña.
En 1989, un experto británico opinó que "la probabilidad de una
confrontación militar en el área es mínima. Gran Bretaña y la Argentina aceptan que
esto no sería en el interés de ninguna de las dos partes y han acordado exitosamente
medidas para asegurar que la zona de conservación pesquera...no lleve a un choque que
pueda derivar en algo peor. Pero la posibilidad de un conflicto armado indudablemente
existe" (25).
Por último, una lectura del desarrollo de la política de defensa
británica de fines de los años 70 hasta la crisis de las Malvinas permite comprender
mejor algunas de las razones por las cuales los Estados Unidos apoyaron a Gran Bretaña en
ese conflicto. A mediados de los 80 el foco del debate sobre defensa estaba casi
enteramente en las relaciones Este-Oeste (26). Las superpotencias y sus aliados habían
entrado en una etapa de competencia por el balance de poder. Para los Estados Unidos era
primordial reforzar la defensa de Europa occidental con la instalación de misiles
balísticos en en ese territorio. En ese contexto, en julio de 1980 el gobierno británico
decidió reemplazar el sistema de misiles balísticos intercontinentales Polaris por los
Trident C4, que al igual que anteriores eran producidos en los Estados Unidos. Sin
embargo, en marzo de 1981 los británicos anunciaron la decisión de comprar el sistema
más avanzado y más costoso, Trident D5, también conocido como Trident 2. Durante 1981
el tema central de la política británica era el de defensa nuclear (27). El costo
estimado del programa fue de £5.000 millones pero para septiembre de 1982 el costo había
ascendido a £7.000 (28). Por consiguiente, la compra de los Trident 2 implicaba para Gran
Bretaña la continuación del alineamiento estratégico con los Estados Unidos en el
futuro, y la dependencia de él en otros temas (29). Al mismo tiempo, es posible suponer
que los Estados Unidos también estarían interesados en mantener una buena relación con
quien no sólo era su principal cliente en materia de defensa sino también ocupaba un
lugar central en función de los intereses de defensa estratégicos de los Estados Unidos.
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