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La relación entre la Argentina y Gran Bretaña sobre las Malvinas ha sido descripta como "una larga marcha en un camino estrecho y rocoso" (1).
    El proceso puede resumirse del siguiente modo. A mediados de 1960, se vislumbraba que el siguiente paso lógico de Gran Bretaña en su política de desmantelamiento del imperio era negociar un acuerdo con la Argentina para la transferencia de las islas. En esos momentos, las Malvinas contaban con una economía frágil, no estaba en condiciones de sostenerse como nación independiente y se hallaban geográficamente aislados. En 1968 la elaboración del Memorándum de entendimiento la transferencia parecía estar a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el Falklands Lobby logró contrapesar la presión Argentina sobre el gobierno británico para que ésta desconociera los deseos de los isleños sobre la soberanía. No obstante, su influencia se circunscribió a este tema.
    Ya en la década de los 70 el lobby fracasó en su intento por obtener apoyo para llevar adelante las transformaciones propuestas por el Informe Shackleton de 1976 y así salvar a la economía de la colonia. Hasta 1982, el futuro de las islas pareció balancearse sobre un equilibrio precario. Al mismo tiempo que Londres se mostraba reacio a cumplir con el deseo de los argentinos de transferir la soberanía de las islas, la Argentina consiguió algunos progresos en el área de comunicaciones y prospección petrolera y se convirtió en un elemento primordial para romper el aislamiento de la población isleña. Sin embargo, decisión argentina de invadir las islas en 1982, transformó la disputa y dio impulso a las ideas del Lobby y a la revitalización de las islas (2). Además, la acción de la Argentina tuvo como resultado la pérdida de años de paciente cortejo económico y social a los isleños (3). Una de las ironías del conflicto por las Malvinas fue que los isleños recuperaron la ciudadanía británica plena (4). Al gobierno de la naciente democracia en la Argentina le correspondió la tarea de revertir la situación que había creado el régimen militar.
    Después de casi seis años de gobierno, parece interesante la evaluación que el ex-diplomático de carrera y académico británico, David Thomas, hizo sobre el tema la gestión del presidente Alfonsín. Según aquel, la persistencia del presidente en sus esfuerzos para que los británicos acepten encarar en la mesa de negociaciones el tema de la soberanía como condición para mejorar las relaciones bilaterales le permitió algunas victorias fáciles en las Naciones Unidas. Esto produjo cierto embarazo a los británicos, pero en realidad dañó más a los intereses más generales de la Argentina. Por ejemplo, complicó la relación con la Comunidad Europea y dificultó el encontrar soluciones para la conservación de los recursos ictícolas en el Atlántico Sur (5). Aunque también la intransigente actitud de Gran Bretaña alarmó, por ejemplo, a los Estados Unidos, Europa, a Brasil y al Uruguay (6).
    Otro factor que finalmente imposibilitó los acuerdos entre ambos gobiernos fueron los problemas internos de la Argentina. En este sentido, problemas como inestabilidad económica, turbulencia militar y la proximidad de las elecciones presidenciales hizo poco aconsejable para el gobierno del Reino Unido aceptar cualquier acuerdo, en tanto no se instalara un nuevo gobierno Argentina (7).
    Por último, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la Argentina y el Reino Unido bajo la fórmula del paraguas durante el gobierno de Menem puede atribuirse en cierta medida a una mayor familiaridad política entre las partes luego de años de negociaciones (8). Asimismo, los observadores coinciden en que fue necesaria la presencia del factor "tiempo" para producir algún cambio de actitud en los isleños, los argentinos y los británicos. Pero las actitudes cambian lentamente, especialmente a nivel gubernamental, y le llevó casi seis años al gobierno radical comprender las limitaciones de los foros internacionales y finalmente aceptar las condiciones ofrecidas por Gran Bretaña desde 1984. Para ello recurrió a negociaciones bilaterales impulsadas por los Estados Unidos (9). El gobierno del presidente Menem, consciente de ésta experiencia, adoptó desde el inicio un enfoque más pragmático y restableció relaciones diplomáticas totales con Gran Bretaña bajo la fórmula del paraguas cuya formulación se había acordado bajo el gobierno radical.
    Mirando al futuro puede decirse que no faltan soluciones creativa para resolver la disputa (10). Pero es necesario que las distintas partes involucradas, Gran Bretaña, la Argentina, y los isleños cambien fundamentalmente de actitud y moderen sus propuestas con el fin de alcanzar algún entendimiento.

  1. Floria (1991), 100.

  2. Ellerby (1992), 104-5.

  3. Kinney (1989), 264.

  4. Kinney (1989), 272.

  5. Thomas (1991), 41.

  6. Floria (1991), 101.

  7. Makin (1992), 234.

  8. Makin (1992), 233.

  9. Beck (1988), 189; Olivieri López (1992) 145-147; Floria (1991), 100.

  10. Al respecto ver Olivieri López (1992), 189-197; Gustafson (1988), 184-189, Beck (1988) cap. 6; Herter y Smith (1991); George y Little (1985); Bulllock y Mitchell (1987); Dent (1989), y Kinney (1989), 275-290.

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