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Capítulo 60: Las relaciones exteriores bajo el gobierno militar surgido el 4 de junio de 1943

Los principales objetivos de la política de Estados Unidos hacia América latina, formulados entre el comienzo de la guerra en Europa y la Reunión de Consulta de Río de Janeiro (enero de 1942), consistieron básicamente en tres puntos: asegurarse un creciente abastecimiento de materias primas estratégicas; el fortalecimiento de las economías de los países latinoamericanos en razón de su esfuerzo bélico, y la eliminación del hemisferio de los intereses del Eje. (1) Como sabemos, la oposición de la Argentina y Chile en la Reunión de Río impidió que el gobierno de Estados Unidos obtuviera una declaración que obligara a todos los países americanos a la ruptura con los países del Eje, debiendo conformarse con sólo una recomendación al efecto. Este hecho y el comportamiento posterior de los gobiernos chileno y argentino respecto del cumplimiento de los acuerdos firmados, sobre todo respecto de las medidas que debían implementarse en contra de los intereses del Eje, condujo a graves desinteligencias entre los mencionados gobiernos sudamericanos y el gobierno norteamericano. Las presiones implementadas por el último llevaron finalmente al gobierno chileno a declarar la ruptura en enero de 1943. La Argentina resistió un año más, pero quedó completamente aislada en el continente. La -ante los ojos del gobierno norteamericano- falta de colaboración del gobierno argentino llevó a la desestabilización política de la Argentina y a la iniciación del ya mencionado boicot económico, que con intensidad y características variadas se extendió desde febrero de 1942 hasta 1949. (2) 
   
Desde un comienzo, los norteamericanos se propusieron, respecto de la Argentina, detener toda posible ayuda de fuentes norteamericanas (y de ser posible de fuentes argentinas) a compañías conectadas con los intereses germanos, y evitar la transferencia de fondos que pudieran asistir al Eje en el financiamiento del esfuerzo de guerra. En mayo de 1942, el Departamento del Tesoro propuso que los fondos argentinos en Estados Unidos fueran congelados. Su argumento era que las instituciones financieras con oficinas en Buenos Aires tenían grandes fondos en dólares en Estados Unidos, lo cual les permitía operar como compradores de bienes provenientes de saqueos. Estas operaciones permitían a los alemanes obtener dólares a cambio de los bienes robados. Se sugirió entonces que toda transacción financiera argentina en Estados Unidos estuviera sujeta a licencia, permitiendo el Tesoro sólo aquellas transferencias de dólares que no tuvieran que ver con intereses del Eje. La propuesta fue el comienzo de un duelo burocrático, llevado a cabo durante varios meses, entre el secretario del Tesoro Henry Morgenthau, Jr., y el secretario de Estado Cordell Hull y sus respectivos colaboradores. (3)
   
El Departamento de Estado se opuso a la idea del congelamiento de fondos, porque en cierta forma representaba una injerencia del Departamento del Tesoro en el área de la diplomacia. En ese momento, el primero todavía sostenía que el gobierno de Buenos Aires parecía estar cooperando  de alguna manera. Mencionaba el permiso para los buques de guerra norteamericanos de usar puertos argentinos, la no autorización para la venta de nafta a las aerolíneas del Eje, y la venta de materiales estratégicos a Estados Unidos. (4)
   
Por su parte, los funcionarios del Export-Import Bank señalaron que un congelamiento llevaría a la Argentina a una alianza formal con Alemania y podría llevar a un ataque a Brasil. A su vez, el secretario de Guerra, Henry Stimson, afirmaba que el problema real presentado por la Argentina era que había espías que proveían a Alemania información sobre el movimiento de barcos norteamericanos, y no veía cómo un congelamiento podía terminar con esto. El presidente Roosevelt decidió momentáneamente en contra de la propuesta del Departamento del Tesoro, sobre la base de que no estaba de acuerdo con la política de Buena Vecindad. (5)
   
En cumplimiento de una resolución de la Reunión de Consulta de Río de Janeiro, entre el 30 de junio y el 10 de julio de 1942 tuvo lugar en Washington la Conferencia Interamericana sobre Sistemas de Control Económico y Financiero. Si bien el gobierno argentino no presentó inconvenientes en la misma, la embajada norteamericana en Buenos Aires continuó informando de innumerables problemas en la prevención de transferencia de fondos o respecto del comercio con los países del Eje. (6)
   
Por cierto, los informes que llegaban a Washington, demostrando la renuencia del gobierno argentino a tomar medidas en contra de los intereses de los países del Eje, llevaron a que el Departamento de Estado comenzara, a fines de 1942, a reconsiderar su política económica hacia la Argentina. En septiembre, Emilio Collado, secretario ejecutivo del comité de operaciones económicas del Departamento, envió un memorándum a Acheson, Welles y Hull. (7) Este consistía principalmente en una respuesta a aquéllos que querían castigar  a la Argentina. Su  argumento básico era que el balance económico con la Argentina era tal que una fuerte presión económica sobre dicho país sólo podría ejercerse por medio de “una combinación de las políticas económicas más fuertes aplicadas por una coalición de las Naciones Unidas”.
   
Collado señalaba la dependencia británica de la carne argentina y el hecho de que la Argentina  proveyera a Estados Unidos de algunos materiales importantes. Teniendo en cuenta que los costos de castigar eran tan altos, el funcionario norteamericano rechazaba este curso de acción. Señalaba también que era evidente que una política de presión parcial no produciría ningún cambio en la política argentina. Las recomendaciones del memorándum, producto del consenso entre la embajada en Buenos Aires y el Departamento sobre el tema (con algunas excepciones), eran varias.  Respecto de las adquisiciones a la Argentina, Collado sugería que Gran Bretaña continuara con las compras de carne y que Estados Unidos continuara con las de productos estratégicos que pudieran transportarse en barcos argentinos. Sugería no destinar barcos controlados por los aliados a la ruta entre Estados Unidos y la Argentina, y presentaba un cronograma diseñado para limitar los productos  enviados a la Argentina a las existencias no necesarias en Estados Unidos, o a los elementos esenciales para que la Argentina continuara produciendo aquello que los aliados necesitaban. (8) Hasta que la Argentina accediera a participar del pool de buques tanque, como se le solicitaba, debería negársele equipo para su industria petrolera. El memo también sugería que los créditos especiales propuestos del Export-Import Bank no fueran otorgados al gobierno de Buenos Aires. El cumplimiento con las listas negras sería exigido más estrictamente y el trabajo de inteligencia respecto de esto sería mejorado. En colaboración con el Departamento del Tesoro, el Departamento de Estado debía trabajar para parar las transacciones de activos en Estados Unidos o las transacciones de empresas norteamericanas cuando pudieran beneficiar a los países del Eje.
   
Por su parte, el embajador norteamericano en la Argentina, Norman Armour, aconsejaba en febrero de 1943, que Gran Bretaña amenazara con suspender sus compras de carne argentina. (9) El embajador reconocía que sería difícil para Londres asumir esta posición, pero sostenía que mientras la Argentina conservara ese mercado, las demás restricciones económicas serían poco efectivas. Señalaba asimismo que la reunión de Casablanca, la entrevista de Franklin D. Roosevelt con el  presidente brasileño Getúlio Vargas, y el anuncio de un préstamo de 20 millones de dólares al Uruguay servirían para crear alguna preocupación en el gobierno argentino que podría resultar en un cambio de política. Por último, Armour aconsejaba la política de ignorar a la Argentina y, al mismo tiempo, hacer todo lo posible para mejorar la imagen de Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y los demás países que cooperaban en la guerra, poniendo de relieve el desarrollo industrial y económico alcanzado por éstos debido justamente a su cooperación. En su opinión, esto golpearía a la Argentina en su punto débil, que era el orgullo. Este procedimiento aventajaba al coercitivo, que podía producir el efecto contrario, es decir, hacer a la Argentina aún más resistente a los pedidos de cooperación.
   
Otro memorándum preparado por el secretario asistente de Estado para Asuntos Políticos, Lawrence Duggan, por el contrario, hacía más hincapié en la presión económica. (10) Consideraba poco probable que hubiera algún cambio en la política de la Argentina mientras la economía de este país siguiera prosperando bajo su posición de no involucrarse. “Cuando las cosas andan bien, la gente no toma decisiones drásticas”, señalaba Duggan. Luego agregaba:

Esto no es para decir que es necesario que el pasto crezca en la calle Florida, o que la industria argentina sea parada, o que cientos de miles de trabajadores en Buenos Aires anden por las calles desempleados. Pero sí quiere decir que el boom de la economía argentina sea detenido. Quiere decir que un elemento de incertidumbre, de pregunta, de duda, sea introducido en una situación que parece muy buena a todos, desde el dueño de una estancia hasta el trabajador portuario.

Duggan consideraba que la gran mayoría de la población argentina estaba a favor de los aliados, pero había decidido que era más fácil y más provechoso dejar que Estados Unidos y Gran Bretaña llevaran la carga. También señalaba que la política tendría que ser llevada conjuntamente con otros países, porque, de lo contrario, Estados Unidos sería vulnerable a los reclamos argentinos de coerción. Sin embargo, Duggan no proponía la manera de llevar adelante esta política.
   
El 4 de marzo de 1943, un  memorándum para implementación de políticas del Departamento de Estado, preparado por el comité de Operaciones Económicas y la División de Repúblicas Americanas parecía seguir las recomendaciones antes citadas. (11) Instaba a desalentar el boom argentino de la guerra sin cortar el flujo de materiales críticos y suministros a Estados Unidos, y aconsejaba proveer a la Argentina sólo aquello que fuera necesario para que continuara produciendo los bienes indispensables para el esfuerzo de guerra. Sin embargo, no todos dentro del gobierno norteamericano estaban de acuerdo con la política coercitiva. Por ejemplo, Milo Perkins, de la Junta de Guerra Económica, pensaba, en mayo de 1943, que las restricciones del memorándum del 4 de marzo eran demasiado severas e interferirían con la producción en la Argentina. Este país era un importante proveedor de algunas materias primas, que la Junta tenía obligación de hacer llegar al complejo industrial del tiempo de guerra. Debe señalarse sin embargo que luego la Junta cambiaría su posición. (12) 
    En definitiva, en momentos que la poca decisión demostrada por el presidente Ramón Castillo para actuar en contra de los intereses del Eje hacía pensar al gobierno norteamericano en la implementación de medidas más drásticas, una crisis política interna en la Argentina produjo un paréntesis en el conflicto bilateral. El 4 de junio de 1943, el presidente Castillo fue derrocado por un golpe militar, como consecuencia del cual asumió la presidencia el general Arturo Rawson, reemplazado dos días más tarde por el general Pedro Pablo Ramírez. En opinión de Potash, dicho golpe había sido organizado bastante improvisadamente por un grupo de catorce jefes militares, que incluía a partidarios de la democracia y del nacionalismo, simpatizantes de los aliados y pro-germanos. Dos de ellos, el teniente coronel Enrique P. González y el coronel Emilio Ramírez, eran dirigentes del GOU (Grupo Obra de Unificación), una logia nacionalista creada dentro del ejército argentino para promover la unidad en sus filas, y el teniente coronel Indalecio Sosa también estaba afiliado. Otros participantes, entre ellos el coronel Elbio C. Anaya y el teniente coronel Leopoldo Ornstein, no conocían dicha organización. Todos tenían en común una fuerte aversión al gobierno de Castillo y querían evitar la decisión de éste de imponer como su sucesor al impopular Robustiano Patrón Costas, mediante una elección fraudulenta. Debido a la improvisación con que se preparó el golpe, y a la necesidad de obtener rápidamente apoyo de oficiales con mando de tropas, las consideraciones políticas no ocuparon lugar importante, a tal punto que no se concertó un acuerdo previo sobre cuál habría de ser la orientación del nuevo gobierno. De esta manera, algunos oficiales irritados con la política exterior de Castillo pudieron concebir la revolución como un movimiento dispuesto a terminar con el neutralismo; y otros, sobre todo los miembros del GOU, como González y Ramírez, estaban decididos a evitar dicho objetivo. (13)  
    En su intención de soslayar las diferencias internas para apuntar al éxito militar, los catorce oficiales aprobaron por unanimidad la publicación de un manifiesto, que pretendía aparecer como un pronunciamiento político democrático. Luego de denunciar al gobierno de Castillo por haber “defraudado a los argentinos adoptando como sistema la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción”, el documento sostenía que las fuerzas armadas respondían a los deseos del pueblo. Se proclamaba la defensa de las instituciones y de las leyes, “persuadidos de que no son ellas sino los hombres quienes han delinquido en su aplicación”. Respecto de la situación internacional, el documento no decía nada acerca del mantenimiento de la neutralidad. Sostenía, en cambio, que se lucharía por “mantener una real e integral soberanía de la Nación, por cumplir firmemente el imperativo de su tradición histórica, por hacer efectiva una absoluta, verdadera y real unión y colaboración americana, en cumplimiento de compromisos internacionales”. No obstante la referencia a la soberanía, que era un lema caro a los nacionalistas, el manifiesto parecía pensado para alentar más el apoyo de los proaliados que el de progermanos. (14)  
    La ambigüedad en que se había gestado el golpe produjo sorpresa y una confusión generalizada en los observadores extranjeros. El secretario de Estado Cordell Hull y sus colaboradores festejaron la noticia seguros de que el derrocamiento de Castillo llevaría a la ruptura de relaciones con el Eje. Los ingleses también creyeron que el golpe llevaría a la ruptura. La embajada alemana incluso quemó sus archivos secretos. El embajador Armour y el subsecretario de Estado Sumner Welles creyeron asimismo que la principal intención de los militares era alinear a la Argentina con los aliados, y adquirir equipo militar a través del sistema de préstamo y arriendo, para restablecer la superioridad militar de la Argentina en la región. Armour envió informes optimistas hasta mediados de julio y amenazó con renunciar, si no se firmaba el contrato de petróleo y se accedía a otras “concesiones” por parte de Estados Unidos. (15)  
    No obstante, hasta no tener seguridad sobre la dirección del nuevo gobierno, el Departamento de Estado propiciaba un no reconocimiento colectivo. El 9 de junio, se realizó una reunión de diplomáticos en Buenos Aires a fin de discutir la situación. Brasil encabezó al grupo que insistía en un inmediato reconocimiento, en tanto Estados Unidos era contrario a la idea. A pesar de los esfuerzos del embajador norteamericano en Río, Brasil reconoció al gobierno de Ramírez. El gobierno brasileño no quería ofender a Ramírez, y además temía un golpe militar en su propio país por elementos simpatizantes de los hechos ocurridos en Buenos Aires. Por su parte, el 10 de junio, el gobierno de Buenos Aires prohibió completamente la transmisión de mensajes diplomáticos en código por radio. Este hecho, sumado al reconocimiento brasileño que hacía imposible un frente unánime de estados americanos, llevó a que Estados Unidos reconociera al gobierno de Ramírez, el 11 de junio. (16)  
    Inmediatamente después del golpe, los funcionarios de la Junta de Guerra Económica comenzaron a disponer el envío de equipos energéticos y bienes industriales indispensables a la Argentina, que habían sido detenidos a causa del boicot. El optimismo ante la nueva situación fue reflejado por toda la prensa norteamericana. Pero esto duró apenas unos pocos días. El 12 de junio, el FBI remitió a Roosevelt datos sobre la personalidad del general Pedro Ramírez, mencionando especialmente los cuatro años que había servido en Alemania e Italia. A la vez, el 14 de junio, el gobierno argentino suspendía a Acción Argentina, una organización civil proaliada, de unos 400.000 miembros. (17)  
    De esta manera, cuando Hull y sus colaboradores tomaron conciencia de la situación real, su decisión de forzar a la Argentina a la beligerancia se volvió más firme, y comenzaron a trabajar para provocar una convulsión política de proporciones. Con posterioridad, Sumner Welles hizo el siguiente comentario:

Todo análisis exacto de la historia de las relaciones internacionales entre 1943 y 1946 debe basarse en un juicio objetivo de la política adoptada por los Estados Unidos hacia la Argentina durante esos años. Porque los resultados de esa política determinaron todos los recientes desarrollos dentro del hemisferio (...). Ha demostrado ser un factor de fuerza tan corrosivo que su poder de desintegración, aunque ahora fuese retardado, puede dejar su huella en muchos años por venir. (18)

Asimismo, sir David Kelly, el nuevo embajador británico en Buenos Aires, fue radical en su apreciación:

Tan pronto como fue evidente que la revuelta contra Castillo no se había debido en manera alguna a la política de neutralidad de éste, el gobierno y la prensa norteamericanos se volvieron violentamente en contra de ellos, y en particular (...) Cordell Hull se obsesionó con la convicción de que se trataba de agentes nazis que apuntaban a la nazificación de toda Sudamérica. Durante los próximos tres años la continua guerra de palabras y alfilerazos librada contra el régimen militar por los Estados Unidos condujo a la sucesiva expulsión de los elementos más moderados del gobierno, y finalmente, a la elección, con enorme voto popular, del coronel Perón. (19)

El ya largo antagonismo de la Argentina hacia los objetivos panamericanos del gobierno norteamericano, comenzado en 1889, que tenía su razón de ser en la falta de complementariedad de ambas economías, y, a la vez, en la vinculación de la economía argentina con las europeas -especialmente la británica-, era sin duda una de las causas de la posición norteamericana. La falta de intereses comunes entre ambos países, y la ausencia del lado norteamericano de  costos significativos para el camino elegido llevaban a liberar en el gobierno norteamericano el espíritu de cruzada de los imperialistas morales, que no tenían necesidad de contenerse por consideraciones pragmáticas. 
    Por otra parte, la falta de equipos de perforación necesarios para mantener los niveles de producción petrolífera había llevado a los argentinos a iniciar conversaciones con la embajada norteamericana, en diciembre de 1942, a fin de establecer los requerimientos básicos de la industria argentina y un quid pro quo justo respecto de las exportaciones petroleras de la Argentina. En tanto estas negociaciones se realizaban, los proveedores norteamericanos recibieron instrucciones de no cargar ningún producto en barcos argentinos ni en otros contratados por la Argentina, sin aprobación previa del Departamento de Estado. A su vez, el embajador norteamericano comunicaba al gobierno argentino que era probable que dichas autorizaciones no fueran otorgadas. Con todo, el 29 de mayo de 1943, la embajada informaba al Departamento de Estado que las conversaciones con las autoridades argentinas habían llegado a un principio de acuerdo. La Argentina recibiría 36.000 toneladas de equipos para la industria petrolera. A cambio, exportaría 360.000 metros cúbicos a Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil, cubriendo de esta manera el total del petróleo racionado para la región. La embajada pidió la autorización para considerar el acuerdo como informalmente aceptado el 11 de junio y, tres días más tarde, el canciller, almirante Segundo R. Storni, anunció que el acuerdo esperaba la confirmación legal y que las exportaciones comenzarían en cuanto dicha confirmación llegara. (20)  
    Pero el embajador Armour se vería en una situación muy incómoda, cuando fue informado, el 16 de junio, por medio de un telegrama del secretario de Estado Cordell Hull, de que el acuerdo no resultaba satisfactorio. La explicación era que la Argentina no necesitaba esa cantidad de equipos, sería incorrecto proveérselos y además el Departamento de Estado no podía disponer de los mismos. El 18 de junio, Armour telegrafió a Hull, recordando las comunicaciones del Departamento en que los términos del acuerdo habían sido considerados aceptables. El embajador señalaba lo siguiente:

(...) El acuerdo propuesto da, en efecto, cuatro o cinco buques-tanque al pool y al hacer esto la Argentina cede un 10% de su producción petrolera. Ante la circunstancia de la escasez del 35%, esto implica una muy real contribución a los intereses panamericanos aun cuando este país se considere retribuido al tener acceso a los materiales que necesita. Aun cuando 36.000 toneladas de material en los próximos doce meses pueden ser más de lo que recibe cualquier otro país sudamericano, la contribución argentina al pool petrolero también es mayor.

Armour terminaba afirmando:

No puedo enfatizar lo suficiente el serio efecto que en nuestras relaciones con el actual gobierno, y especialmente con Storni, tendría la insistencia en la posición que el Departamento enunció el 16 de junio. ¿Cómo podemos esperar que este gobierno coopere con nosotros en las cosas más importantes que tenemos en vista si nos negamos a cumplimentar una propuesta acerca de la cual esta embajada fue claramente instruida. (21)

No obstante, Hull se mantuvo firme en su posición y se siguió denegando a la Argentina los materiales de perforación, por lo cual este país tampoco proveyó a las necesidades petroleras de los países vecinos. En opinión de Francis, el Departamento de Estado adoptó un muy peculiar procedimiento al esperar hasta que el acuerdo estuviera firmado para comenzar a deliberar en la materia. Ello hace difícil aceptar el argumento de que el rechazo fuera una decisión económica. (22)  
    La presión ejercida por el gobierno norteamericano pareció empezar a dar resultado, cuando, a fines de junio, la embajada norteamericana comenzó a recibir algún indicio de que la Argentina estaba finalmente dispuesta a romper relaciones con el Eje. En la comida de la comunidad norteamericana en conmemoración del 4 de julio, el canciller Storni habló en favor de la cooperación hemisférica. Privadamente, el canciller afirmó al embajador Armour que el discurso contaba con la aprobación del presidente Ramírez. También sugirió que, si la ruptura se producía, la Argentina usaría sus destructores para actividades de convoy, y en caso de que fueran atacados, el gobierno inmediatamente declararía la guerra. Sin embargo, Storni advirtió que la opinión pública debía ser preparada, y que la posición del presidente no era tan fuerte para permitirle actuar precipitadamente. (23)  
    El 6 de julio de 1943, Armour tuvo una conversación informal con el presidente Ramírez. El último repitió mucho de lo que Storni había dicho. Señaló que esperaba que Washington entendiera las razones por las cuales era imposible romper relaciones con el Eje inmediatamente. El presidente consideraba que el clima para la ruptura estaba mejorando y que 80% de la gente lo favorecía. Prometió que la ruptura sería cumplida no más allá del 15 de agosto. En respuesta a los rumores de que la Argentina rompería relaciones para obtener su parte de los materiales otorgados por préstamo y arriendo, Ramírez señaló que su gobierno no solicitaría dichos materiales. (24)  
    Con todo, Storni insistía en que la posición argentina de neutralidad era sumamente benévola hacia Estados Unidos. Los barcos argentinos operaban exclusivamente al servicio de los aliados y la Argentina abastecía a los aliados de productos vitales. El gobierno argentino había otorgado a Estados Unidos el status de no beligerante. Storni sostenía que la ruptura de relaciones con el Eje debía ser consecuencia de una provocación de los países del Eje, no podía producirse gratuitamente. Hull, en cambio, exigía la ruptura justificada en la declaración de Río. El presidente Ramírez consideraba esta exigencia una violación de la soberanía, dado que la resolución de Río sólo recomendaba la ruptura. (25) 
    La situación permanecía así indefinida, en parte como consecuencia de una lucha por el poder dentro del propio gobierno argentino. El 15 de julio, el canciller se expresaba desalentado ante Armour. En vista del confuso panorama, y de la delicada cuestión de la posible asistencia a la Argentina, el secretario Hull pidió al embajador Armour que regresara a Washington para consulta a principios o mediados de agosto. La comunicación también mencionaba que sería más fácil para el gobierno argentino proceder a la ruptura sin que estuviera el embajador en el país. (26)  
    Una entrevista del embajador Armour con el canciller Storni, el 29 de julio, reveló un  cambio radical en la cuestión. Storni afirmó que el presidente Ramírez había decidido que las ideas de los oficiales del ejército hacían imposible la ruptura de relaciones. Los nacionalistas de derecha en el gobierno parecían ir ganando fuerza. Ante esta situación, el canciller preguntó a Armour si podía redactar una clara declaración de la posición de la política exterior argentina para que el embajador llevara cuando viajara a Washington por consulta. Storni también señaló que no renunciaría, como había prometido, en caso de no producirse la ruptura con el Eje, porque consideraba que podía ser más útil quedándose en el gobierno y trabajando por la vuelta de un gobierno constitucional. (27)  
    Poco antes de partir, Armour recibió la prometida nota de Storni. En esta ingenua comunicación dirigida al secretario Hull, Storni negaba que la neutralidad de la Argentina y las simpatías de Ramírez fueran pro-Eje. También señalaba que el status de no beligerancia otorgado por la Argentina a Estados Unidos era favorable a los aliados. Admitía cándidamente que sería difícil cambiar la política, porque la Argentina disfrutaba de “una atmósfera de paz, trabajo y comparativa abundancia”. Cambios en la política exterior sólo podían ser realizados a medida que la situación interna lo permitiese. Pero Storni cometió una gaffe diplomática. A todas las denuncias de coerción y boicot, agregó una acusación de que Estados Unidos estaba alterando el equilibrio en la región, proveyendo masivamente de armas a sus vecinos y negándoselas a la Argentina. (28) 
    Con Armour en Washington, el Departamento de Estado llevó a cabo una reevaluación de su política hacia la Argentina. Finalmente se decidió enviar una respuesta a la nota de Storni. El memorándum firmado por Cordell Hull y fechado el 30 de agosto de 1943 es uno de los documentos diplomáticos más fuertes salidos de Washington, en términos de crítica hacia otro gobierno. (29) Señalaba que los indudables sentimientos del pueblo argentino no estaban siendo representados por la política exterior de Buenos Aires. Repetía la mayor parte de la declaración de Río, que recomendaba la ruptura de relaciones, y citaba las declaraciones del delegado argentino en Río, en favor de medidas de control financiero y económico sobre negocios extranjeros que amenazaran el hemisferio. Ante la aseveración de Storni de que el gobierno argentino sería acusado de ceder ante la presión exterior si comenzara a imponer sanciones en contra del Eje, la nota señalaba que la Argentina había adherido libremente a los acuerdos de Río. Respecto de los grandes beneficios que, según la Argentina, sus suministros proporcionaban al esfuerzo de guerra aliado, el documento observaba que se habían pagado por ellos  “precios equitativos” y que la Argentina estaba disfrutando de gran prosperidad.  
    En respuesta al pedido de Storni de aviones y armas, de manera que la Argentina pudiera restaurar el equilibrio en América latina, el mensaje de Hull observó que este tipo de balance no era coherente con la doctrina interamericana de la resolución pacífica de las disputas. Negó también que Estados Unidos proveyera armas a los vecinos de la Argentina por otra razón que no fuera la defensa hemisférica. Dado que la Argentina había indicado que sus fuerzas armadas no serían utilizadas bajo las circunstancias del momento, era imposible incluir a dicho país en un acuerdo de préstamo y arriendo.  
    Cuando la comunicación fue entregada al embajador Espil, el 7 de septiembre de 1943, éste contestó que la posición que estaba tomando Washington era muy legalista y que tendría mal efecto en las relaciones entre ambos países. También sostuvo que la respuesta de Hull sacaba ventaja de un intento amistoso de Storni por clarificar la posición argentina. (30) 
    El incidente aisló aún más a la Argentina en el hemisferio y generó apoyo político para la línea dura contra este país en Estados Unidos. Dentro de la Argentina, si el gobierno norteamericano pretendía forzar un cambio de política, fue contraproducente, pues el episodio llevó al retiro de los elementos proaliados del gobierno y a su reemplazo por simpatizantes del Eje. La entrega de la nota dio lugar a una reunión de gabinete del gobierno argentino para considerar una respuesta. Se decidió publicar la nota de Storni junto con la respuesta de Hull, en la certeza de que los argentinos apoyarían al gobierno frente a este golpe del gobierno norteamericano. Sin duda, hubo sectores de la opinión pública indignados con Washington. Por su parte, el aliadófilo almirante Storni se vio forzado a renunciar, como también lo hicieron los hombres moderados que quedaban en el gabinete: el ministro de finanzas, Jorge Santamarina; el ministro de justicia e instrucción pública general Elbio Anaya; y el ministro de Obras Públicas, almirante (R) Ismael Galíndez. El general Alberto Gilbert, un militar identificado con los nacionalistas reemplazó a Storni. El presidente aceptó designar al general Edelmiro J. Farrell en el puesto vacante de vicepresidente, con retención del ministerio de guerra. A la vez, el embajador Espil fue retirado de Washington, designándose en su lugar a Adrián César Escobar, ex embajador en España y Río, y con poca simpatía por los Estados Unidos.  
    A partir de entonces, la relación bilateral comenzó a deteriorarse rápidamente. Hacia mediados de octubre, el Departamento de Estado consideraba que la cuestión de la ruptura de relaciones de la Argentina con el Eje había pasado a ser secundaria. Según un memo del asistente de Hull, Adolf Berle, al nuevo subsecretario de Estado, Edward R. Stettinius, Jr., reemplazante de Welles, en esa instancia la pregunta crucial era si la Argentina se estaba haciendo fascista o no. Asimismo, reflejo del curso que seguían los acontecimientos era la renuncia de los pocos altos funcionarios proaliados que quedaban en el gobierno argentino, a raíz de una declaración firmada por 150 líderes argentinos, en demanda del retorno a la democracia y el cumplimiento de las obligaciones internacionales. (31)  
    Por cierto, la cuestión de si convenía o no congelar los activos argentinos en Estados Unidos volvió a plantearse en el gobierno norteamericano. El procedimiento había sido sugerido durante un tiempo por el Departamento del Tesoro y era solicitado por la embajada en Buenos Aires. El subsecretario Stettinius, de acuerdo con sus colaboradores de la división de Asuntos de las Repúblicas Americanas, se opuso al congelamiento. Dichos funcionarios sostenían que cualquier acción dirigida a derrocar al gobierno de Buenos Aires constituía intervención, y, además, un acto de esa naturaleza llevaría al fortalecimiento de los nacionalistas. Por lo tanto, encontraban más aceptable una acción hemisférica multilateral. Las sanciones, por otra parte, no serían apoyadas por Gran Bretaña. A su vez, Dean Acheson y Emilio Collado, de la división de Asuntos Económicos, argüían que la medida tendría sólo un impacto menor en la Argentina, pero pondría en riesgo exportaciones argentinas indispensables para los aliados. En efecto, la insistencia del secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, en implementar la medida irritó a Hull, quien consideró que era una injerencia en la conducción de la política exterior. Cuando el asunto llegó al presidente Roosevelt, Stettinius hizo saber que lo que el Departamento del Tesoro buscaba era derrocar a Ramírez -justamente lo que Hull deseaba, pero sin la intervención de Morgenthau-. Roosevelt consideró que el plan del Tesoro era irresponsable, pero sugirió filtrar a la prensa el proyecto de congelamiento. La noticia provocó pánico y hubo retiro de fondos por parte de los financistas argentinos. No obstante, las presiones, sumadas al flujo de oro argentino, llevaron finalmente al Departamento de Estado a aceptar el bloqueo de los fondos del Banco Nación y el Banco Provincia a fines de octubre de 1943. (32) 
    Con la salida de los miembros proaliados del gabinete de Ramírez, como consecuencia de las notas de Storni y Hull, los nacionalistas argentinos decidieron llevar adelante sus objetivos expansionistas. Según los informes de los espías del gobierno polaco en el exilio, la intranquilidad del gobierno de Ramírez por el aislamiento en que se encontraba la Argentina lo había llevado a constituir un fondo secreto para el derrocamiento de gobiernos vecinos. El gobierno boliviano era el primero en la lista. Asimismo, en el mes de octubre, el Departamento de Estado recibía gran cantidad de telegramas, señalando que el régimen de Ramírez se había vuelto totalmente fascista e intentaba establecer el dominio argentino en el sur de Sudamérica. (33) Cabe señalar aquí que la percepción de un gobierno argentino con veleidades expansionistas, ya fuera tratando de derrocar gobiernos en los países vecinos para colocar en su lugar administraciones afines, o fomentando la formación de fuerzas políticas con ideas análogas, comienza a configurarse en este momento y perdurará durante todo el gobierno peronista. (34)  
    Los objetivos presuntamente imperialistas del régimen de Ramírez, según informes de la embajada norteamericana en Buenos Aires, del mencionado gobierno polaco en el exilio y de países vecinos de la Argentina, eran impulsados por la implementación de incentivos económicos y de coerción, a fin de aumentar la dependencia del sur de Sudamérica respecto de la Argentina. A mediados de noviembre, la Argentina y Paraguay firmaron un tratado comercial, mientras el gobierno argentino presionaba por una unión aduanera y anunciaba que éste sería un paso hacia una unión aduanera sudamericana. En noviembre, también Ramírez afirmó públicamente que apelaba a los estados vecinos, en nombre tanto de sus principios como de sus intereses, para que alinearan sus políticas exteriores con la de la Argentina declarando la neutralidad, y reafirmó la intención de la Argentina de seguir una política exterior independiente. En otros términos, pedía a los vecinos de la Argentina que se alinearan con ella, en la misma forma que los Estados Unidos pedían al hemisferio que adoptaran su política exterior. El coronel Perón, y el nuevo canciller, general Alberto Gilbert, hicieron declaraciones similares, y los tres instaron vehementemente a que Chile, Paraguay, Uruguay y otros países vecinos se unieran a la Argentina combatiendo el imperialismo norteamericano. (35) 
    Por otra parte, respaldar la idea de un bloque austral de naciones liderado por la Argentina parece haber sido un objetivo fundamental del espionaje de Heinrich Himler en Sudamérica. Walter Schellenberg, jefe del SD -el servicio de espionaje político alemán-, declaró al final de la guerra que “en consonancia con la política exterior alemana, el servicio secreto alemán, a través de sus estaciones radiales secretas, ayudó a avanzar la posición de la Argentina, como la nación líder en la creación de un bloque latinoamericano”. Asimismo, su segundo del servicio de espionaje político de las SS, Theodor Paeffgen, señaló que “el gran objetivo de la política exterior argentina luego del golpe del 4 de junio de 1943 era la formación de un bloque de estados sudamericanos del cual la Argentina sería el centro”. (36) En consecuencia, las tratativas del espía alemán Hans Harnisch con los miembros del GOU tuvieron que ver frecuentemente con esa cuestión. Desde julio de 1943, una serie de cables sobre la “Blockidee” fueron enviados a Berlín. (37)  
    El primer logro de la “Blockidee” fue la materialización del “asunto Paraguay”, comenzado en los últimos días del gobierno de Castillo por los espías nazis que actuaban en la Argentina - Siegfried Becker, Hans Harnisch, Wolf Franczok- y el teniente de marina, Eduardo Aumann, edecán del presidente. (38) El 11 de diciembre de 1943, el dictador paraguayo Higinio Moríñigo, desembarcaba en Buenos Aires. Durante la estadía, su edecán Jupp von Zastrow visitó al espía Harnisch, a quien conocía de las negociaciones secretas anteriores. Von Zastrow estaba disgustado con el coronel Perón, flamante secretario de trabajo, y con el coronel Enrique P. González, secretario general de la presidencia, porque éstos lo habían increpado, en virtud de que atribuían al presidente paraguayo simpatías pro-norteamericanas, a raíz de una reciente visita oficial del último a Washington. El incidente había hecho pensar al edecán paraguayo que la reunión de ambos presidentes podría fracasar y solicitaba la colaboración de Harnisch. Este puso al tanto al teniente Aumann, quien, a través de otros contactos, logró transmitir el mensaje al presidente Ramírez, quien habría logrado convencer a Perón y González de que Moríñigo no estaba en favor de las democracias. Finalmente, Moríñigo propuso recibir todo el material de guerra posible de Estados Unidos y luego utilizarlo para consolidar el bloque austral.  
    El 19 de diciembre, después de la partida del presidente paraguayo, Harnisch enviaba un cable a Berlín informando lo siguiente:

Referente previas comunicaciones asunto Paraguay. Consabido intento cambiar política exterior argentina consolidando amistad países vecinos exitoso. Política de USA de agitar países limítrofes en contra Argentina por lo tanto seriamente impedida. Orquestar una reunión de presidentes resultó un éxito rotundo a pesar de los problemas causados por amigos USA. Paraguay ha concluido secreta alianza militar con Argentina. Paraguay continúa recibiendo gran cantidad de material de guerra de USA. Todos los materiales de guerra serán útiles a ambas naciones en caso de que la situación se torne seria. Paraguay comenzará a actuar de inmediato a favor de Argentina contra cualquier estado atacante. Ambos intermediarios deseados por mí han sido acordados, el mayor Stagni, jefe de la aviación paraguaya, y el teniente Aumann. El último oficial ha sido encomendado formar un servicio secreto especial. El servicio de información que resulte podría resultar muy valioso. Representantes ambos países a nuestro favor simultáneamente. Informe en camino ofrece más detalles.

El 25 de enero de 1944, la jefatura del Abwehr en Alemania emitía una orden asignando a Aumann la tarea de organizar una red de espionaje nazi en Paraguay, el único caso en que un alemán nacido  en el extranjero era designado jefe de inteligencia fuera de su país de nacimiento. (39)  
    Por otra parte, un hecho agravó extremadamente la situación del gobierno argentino. Luego de haber intentado comprar armas en Estados Unidos y fracasado a fines de junio de 1943, el presidente Ramírez y algunos de sus colaboradores decidieron, en el mes de septiembre, enviar una misión especial a Berlín, con la esperanza de conseguir dichas armas. El hombre elegido fue Osmar Alberto Hellmuth, quien era un agente reservado de la marina argentina y tenía una larga historia de asociación con el espionaje nazi. Actuaba de nexo entre el empresario alemán espía Hans Harnisch y el Ministerio de Marina, y coordinaba el seguimiento de agentes de los servicios de espionaje aliados en la Argentina, cuyas actividades pudieran poner en peligro al gobierno surgido del golpe del 4 de junio. En 1941, la Comisión Especial Investigadora de las Actividades Antiargentinas de la Cámara de Diputados ya lo tenía registrado como subjefe del “subgrupo Sección Vigilancia” de la Gestapo, cumpliendo funciones junto al “subgrupo Sección Especial” cuyo jefe era Siegfried Becker, el espía alemán más importante de la Argentina. (40) 
    Hellmuth debía viajar a Berlín para ofrecer a Hitler garantías de lealtad a cambio de armas alemanas que permitiesen a la Argentina resistir la presión de Estados Unidos. En realidad, las tratativas con agentes alemanes para conseguir armas habían comenzado a fines de junio de 1943, y demostrarían la ambigüedad de la política del gobierno de Ramírez. El 28 de ese mes, el teniente coronel Enrique P. González, jefe de la secretaría de la presidencia y miembro del GOU, y el presidente Ramírez convocaron a Harnisch. El presidente señaló que no deseaba romper relaciones con el Eje, pero que la presión de Estados Unidos y Brasil era muy intensa. Luego, Ramírez y González  repasaron con Harnisch los requerimientos argentinos de armas, artillería antiaérea pesada, pilotos, aviones, municiones y licencias para la fabricación de materiales bélicos. También se hizo referencia a un petrolero en construcción por cuenta del gobierno argentino en astilleros suecos, cuya salida se vería trabada por no contar con salvoconducto alemán. Se mencionó la posibilidad de una guerra con Brasil y la indefensión de las costas argentinas, conjeturándose si Japón y Alemania podrían disponer de submarinos para proteger las costas de Chile y la Argentina. El presidente ofrecía a cambio la represión de los espías aliados en la Argentina. (41)  
    Ramírez además afirmó que la única manera de que la Argentina pudiera sobrevivir y contrarrestar la presión norteamericana sería a través de la formación de un bloque de naciones en el sur del continente. El primer paso en esa dirección era el acercamiento con el Paraguay y que una política semejante se había iniciado respecto de Bolivia, Uruguay, Chile y Perú. El presidente agregó que vería con agrado cualquier indicación por parte de Harnisch respecto de las relaciones con dichos países. Consecuentemente, los espías Becker y Harnisch comenzaron a enviar a través de la “red Bolívar” informes al Reich sobre el desarrollo de las negociaciones. En Berlín, el agregado militar argentino, Eduardo Ceballos, era informado cada vez que llegaba alguno de estos cables. Ceballos  visitó la oficina de Kurt Gross en la Amt VI-D4, oficina latinoamericana del SD (el servicio secreto de Himmler), prácticamente todos los días mientras estuvo en preparación la operación Hellmuth. (42) 
    Entre julio y octubre de 1943, Harnisch se entrevistó varias veces con Ramírez. También hubo entrevistas de Hellmuth y Harnisch con el coronel González; con el ministro de marina, almirante Benito Sueyro, y con el ministro del interior, general Alberto Gilbert, todos oficiales pro-germanos. Cabe señalar que los pedidos argentinos superaban las posibilidades materiales del Reich, pero las autoridades alemanas se cuidaron de dar una negativa franca por miedo a perder la buena voluntad del único país que permanecía neutral en el continente americano. En consecuencia, Reinebeck del Auswärtiges Amt y Paeffgen del SD acordaron pretender acceder a dichos pedidos mientras postergaban una respuesta definitiva. Lo fundamental era “no poner en peligro la situación de los agentes del SD y su cercana y confidencial cooperación con el gobierno argentino”. Finalmente, el gobierno argentino decidió el envío de un emisario especial en misión secreta y no oficial, quien viajaría a Alemania para tratar el tema de las armas y además explicar la difícil situación de la Argentina en el terreno internacional. (43)  
    El reacomodamiento político dentro del régimen militar, como consecuencia de las notas Storni-Hull, que también consolidó la figura del coronel Juan Domingo Perón, miembro del GOU, aceleró el nombramiento de Hellmuth para la misión especial. Hellmuth fue convocado a la Casa Rosada. El ministro del interior y ahora también canciller Gilbert afirmó que el presidente había resuelto no perder más tiempo. El presidente deseaba consultar al Reich si estaba dispuesto a recibir un emisario. La comunicación se haría por el enlace radiotelegráfico del Ministerio de Relaciones Exteriores. Al día siguiente, en otra reunión en que se hallaban presentes González y Perón, se decidió obviar la consulta y enviar a Hellmuth directamente, nombrándolo para ocupar un puesto de cónsul vacante en Alemania. Becker aconsejó a Hellmuth que solicitara un puesto fuera de Alemania, a fin de ocultar mejor su objetivo. La contrapropuesta fue aceptada por Gilbert, quien designó a Hellmuth cónsul en Barcelona. El funcionario Oscar Ibarra García fue encargado de proveer la documentación para el viaje. (44)  
    Walter Schellenberg, el influyente jefe del SD, presentaría a Hellmuth ante Himmler y Hitler. Hellmuth podría explicar entonces la política del gobierno argentino. La posibilidad de una ruptura era remota, pero si se producía “no obedecería a los deseos del gobierno, que estaba determinado a continuar la amistad con Alemania sobre la base de la neutralidad; una ruptura diplomática sería el resultado solamente de presión extranjera”. (45) 
    De esta manera, Hellmuth se embarcó el 2 de octubre en el buque español Cabo de Hornos, que iba repleto de alemanes repatriados por el gobierno chileno. Cuando el 29 de octubre atracó en la isla de Trinidad, el buque fue revisado por los británicos. Al día siguiente, Hellmuth era arrestado bajo los cargos de “actividades antialiadas” y “complicidad con el enemigo”. El 12 de noviembre Hellmuth llegaba al Campo 020 para prisioneros de guerra en las afueras de Londres. (46) Los cables enviados por el cónsul argentino Darío Quiroga, que viajaba en el mismo barco que Hellmuth, y por éste mismo fueron demorados por los ingleses, llegando varios días después del arresto. La noticia parece haberse conocido por una llamada del ministro argentino en Caracas del 5 de noviembre. El gobierno argentino reclamó a través de su representante en Londres, Miguel Angel Cárcano, la liberación del “diplomático argentino”. El Foreign Office respondió recién el 10 de diciembre, señalando que “antes de la partida de Hellmuth, el gobierno británico fue informado por un miembro prominente de la colonia alemana en Buenos Aires que Hellmuth viajaría pronto a Alemania, vía España, en representación de una rama del servicio de espionaje alemán en Buenos Aires”. Gilbert instruyó a Cárcano que propusiera a los británicos la liberación de Hellmuth por un corto tiempo, para que el gobierno argentino pudiera exonerarlo de su cargo diplomático, tras lo cual el gobierno de Londres podría disponer de él. Finalmente, el 21 de enero, el presidente Ramírez y el ministro Gilbert firmaron la exoneración de Hellmuth. El mismo día el gobierno publicaba un comunicado de prensa, dando a conocer el arresto en Trinidad y la sospecha británica de los posibles vínculos de Hellmuth con una red de espionaje nazi. El gobierno con gran cinismo prometía llevar adelante la investigación hasta aclarar definitivamente los hechos. (47)  
    Por otro lado, el 22 de diciembre de 1943, un golpe de estado de derecha derrocaba en Bolivia al gobierno de Enrique Peñaranda, de orientación pro-aliada, reemplazándolo por otro presidido por el mayor Gualberto Villarroel. Resultó evidente que se habían utilizado dinero y armas argentinos. Si bien el ministro de finanzas, Víctor Paz Estenssoro, aseguró en Washington que los compromisos de Río serían cumplidos, el Departamento de Estado caracterizó al gobierno del mayor Villarroel como fascista, pro-Eje y dominado por la Argentina. Adolph Berle consideraba al Movimiento Nacionalista Revolucionario, el partido de Paz Estenssoro, como la versión boliviana del partido nazi. Asimismo, el vicepresidente norteamericano, Henry Wallace, estaba convencido de que los “nazis argentinos” estaban detrás del golpe. Todos los gobiernos americanos, con excepción del argentino, negaron el reconocimiento al nuevo gobierno boliviano. El director de la Unión Panamericana, L. S. Rowe, declaró al Departamento de Estado que la Argentina estaba tratando de destruir el sistema interamericano. Aparentemente, conspiraciones semejantes a la llevada a cabo en Bolivia estaban organizándose para Chile y Perú, y probablemente también para Paraguay y Uruguay. (48) 
    El golpe en Bolivia fue, en opinión de Uki Goñi,  la conspiración más audaz tramada entre el GOU y el SD alemán. Dicha conspiración fue financiada por el  magnate germano-boliviano del estaño, Gustav Eickenberg, en cuya casa de Beccar se realizaron las reuniones preparatorias. Eickenberg era contacto de Perón y conocido del espía alemán Becker desde 1940. Entre los organizadores estaban Dionisio Foianini, un exiliado ministro de minería y representante del ala fascista en Buenos Aires, y Víctor Paz Estenssoro. El coronel Perón se reunió a menudo con los bolivianos, lo cual hacía que Eickenberg se sintiera seguro. Tanto Perón como Farrell apoyaban el golpe. Según declaró el espía alemán Franczok, Becker había conocido a Foianini en un viaje a Bolivia, por lo cual pudo poner luego al último y a Paz Estenssoro en contacto con Perón. Becker tenía contactos de alto nivel con líderes de ideas nacionalistas en otros países sudamericanos y mantuvo las conexiones con los representantes bolivianos y los integralistas brasileños.  
    Becker tenía asimismo contactos con importantes figuras latinoamericanas en Berlín. Aquí, durante su estadía entre 1941 y 1943, había conocido al agregado militar boliviano en Alemania, mayor Elías Belmonte, así como a los agregados argentinos Eduardo Ceballos de la marina y Servando Santillana del ejército. Desde la oficina latinoamericana del SD, la Amt VI-D4, el mayor Belmonte se comunicaba con los conspiradores en Bolivia a través de Becker. Belmonte se había quedado exiliado en Alemania, luego de que el gobierno boliviano rompiera relaciones con el Eje en 1942. A través del general Wilhelm Faupel del Ibero-Amerikanisches Institut, se había puesto en contacto con el SD, utilizando su línea para cablegrafiar a Becker. La Amt VI apoyaba a Belmonte en su plan para derrocar al gobierno boliviano. Becker informaba a Foianini y éste enviaba la información a sus hombres en Bolivia.  
    El jefe de la Amt VI-D, Theodor Paeffgen, sabía que el coronel Perón se reunía con los conspiradores en Buenos Aires. Paeffgen señaló a los norteamericanos que, en julio de 1943 aproximadamente, Becker había informado que una reunión respecto del derrocamiento del gobierno boliviano había tenido lugar entre Ramírez, Farrell, Perón, otros líderes del GOU y los bolivianos Víctor Paz Estenssoro y el general Angel Rodríguez. El gobierno argentino prometió ayuda económica (rebaja de aranceles aduaneros, la construcción de un ferrocarril entre la Argentina y Bolivia, etc.) si Bolivia estaba dispuesta a unirse al bloque austral. 
    El diplomático Otto Reinebeck, quien dirigía la división sudamericana del Auswärtiges Amt y para quien trabajaba el mayor Belmonte, declaró después de la guerra que, entre julio y diciembre de 1943, el SD mantuvo informado al Auswärtiges Amt sobre el curso del proceso revolucionario en Bolivia. Según Reinebeck, Paz Estenssoro había mantenido conversaciones con nacionalistas argentinos, con el presidente Ramírez, con el padre Roberto Wilkinson (capellán de la marina y miembro del GOU) y con el coronel Perón.  
    A través del sistema Magic que escuchaba las comunicaciones radiales entre Berlín y Buenos Aires, la contrainteligencia norteamericana conocía la cooperación entre el GOU y el SD en Bolivia. Un resumen secreto del día anterior al golpe señalaba que el movimiento estaba apoyado por agentes alemanes y por algunos miembros del gobierno argentino y liderado por cuatro bolivianos: Rodríguez, Paz Estenssoro, Foianini y el mayor Belmonte. (49)  
    Por cierto, también hubo un intento de interesar al GOU en el derrocamiento del presidente chileno Juan Antonio Ríos Morales, que había roto relaciones con Alemania a comienzos de 1943. Al efecto, en noviembre de ese año, el chileno Luis Argain se trasladó a Buenos Aires a fin de buscar ayuda para una revolución de carácter nacionalista y anti-norteamericana que era inminente en Chile. Argain pudo entrevistarse con el coronel germanófilo Arturo Brinkmann. Brinkmann era miembro del GOU, jefe del comando de la primera región de la provincia de Buenos Aires, y tenía a su cargo la neutralización del espionaje aliado en la Argentina y el contrarresto de la oposición ciudadana al régimen militar. Los conspiradores chilenos necesitaban aviones y combustible. Brinkmann prometió consultar a sus superiores, pero preguntó si Argain apoyaba al ex dictador Carlos Ibáñez del Campo. Este general, a pesar de la financiación alemana recibida para su campaña, había sido derrotado por Ríos Morales en la elección presidencial del año anterior. Evidentemente, el general Ibáñez gozaba de la simpatía de Perón, quien lo habría conocido durante su estadía en Chile como agregado militar. Argain señaló disgustado que su gente respondía al general Escobar. Por cierto, la lealtad del GOU y de Perón a Ibáñez quedó en evidencia pues Argain no logró la ayuda deseada. 
    El chileno regresó a la Argentina el 20 de enero de 1944, en momentos en que el gobierno de este país estaba a punto de romper relaciones con el Eje. Nuevamente mantuvo una entrevista con el coronel Brinkmann, señalando en ella que la situación en Chile era de gran tensión, que la política pro-norteamericana del gobierno generaba resistencia y que la crisis económica estaba creando el clima para un alzamiento comunista. Era necesario, entonces, poner a Chile decididamente del lado de la Argentina y de los países latinoamericanos. Argain aseveró que los conspiradores chilenos habían logrado unificar a los elementos nacionalistas. Los generales Escobar e Ibáñez del Campo estaban ahora de acuerdo en promover al director de la Escuela Militar a la presidencia. Incluso habían obtenido el apoyo del partido “nacista” chileno de Jorge González von Marées. Brinkmann quedó en informar a sus superiores.  
    A su vez, el SD en Berlín recibió gran cantidad de cables de Becker sobre el tema. Paeffgen afirmó, después de la guerra, que Perón era el principal negociador de la parte argentina y que los conspiradores chilenos eran militares nacionalistas y pro-germanos. Se mencionaba a un almirante Gerken como posible presidente. En enero de 1944, los planes para el golpe de los oficiales argentinos y chilenos eran que éste fuera exclusivamente militar, sin intervención de diplomáticos. Por su parte, el diplomático Reinebeck señaló que la revolución chilena iba a seguir el modelo de la revolución de junio en la Argentina; sería pues de carácter anti-comunista y en contra de la corrupción del gobierno de Ríos. Por cierto, Becker había informado que al regreso de un agente argentino de Chile, Perón había decidido apoyar el golpe chileno con una suma de un millón de dólares, comenzando con un pago de un millón de pesos. No obstante, la comprometida situación del gobierno argentino luego del golpe en Bolivia llevó a dicho gobierno a no intervenir en el movimiento chileno. De todos modos, Perón tendría oportunidad de ayudar a Ibáñez a alcanzar la presidencia de su país más adelante. (50) 
    También hubo contactos con Brasil. A mediados de noviembre de 1943, el periodista nacionalista argentino y nexo del coronel Brinkmann con los espías nazis en la Argentina, Guillermo Lasserre Mármol, fue llamado por Hans Harmeyer para contactarlo con dos integralistas brasileños residentes en Buenos Aires, Vicente Caruso y Jayr Tavares. Estos señalaron la admiración suscitada entre los integralistas brasileños por la revolución argentina del 4 de junio y la política de neutralidad mantenida. El periodista argentino informó del nuevo contacto al coronel Brinkmann, quien se mostró complacido por la conexión brasileña entablada por los agentes nazis. Brinkmann recibió a Caruso y Tavares, quienes repitieron lo dicho a Lasserre Mármol y agregaron que el integralismo brasileño tenía planes de organizar un levantamiento cívico-militar para derrocar al presidente Vargas y poner en práctica un ideario similar al de la revolución argentina, sentando así las bases de una acción común que influiría en todos los países sudamericanos. Ofrecieron gestionar el viaje de un jefe del movimiento a la Argentina. En una segunda reunión, Brinkmann afirmó que había informado al Ministerio de Guerra. A comienzos de diciembre, llegaba a Buenos Aires el brasileño Rodrigues Contreras. La reunión con éste tuvo lugar en el domicilio de Brinkmann, asistiendo además de Caruso y Tavares, dos oficiales del servicio de Informaciones del ejército, el teniente Jorge Osinde y otro teniente de apellido Avila. Rodrigues Contreras señaló que las perspectivas en Brasil parecían favorecer un cambio que podría poner el gobierno en manos del integralismo y que un acuerdo argentino-brasileño debía tener objetivos que fueran más allá del resultado de la guerra, defendiendo los intereses iberoamericanos frente a planes extraños. El brasileño reveló además aspectos de las instalaciones militares norteamericanas en Brasil, lo cual interesaba específicamente al espionaje nazi. A los pocos días Lasserre Mármol tuvo noticias de que al regreso de Rodrigues Contreras a Brasil, se había realizado una reunión con todos los jefes militares y civiles integralistas, decidiéndose en ella el envío de un prestigioso jefe militar a Buenos Aires.
   
El enviado fue el mayor Jaime Ferreira da Silva, profesor de la Escuela Militar brasileña y vinculado a diversos generales en servicio activo. En una reunión con Brinkmann, Lasserre Mármol, el teniente Avila, Caruso y Tavares, Ferreira da Silva describió las relaciones ideológicas existentes entre el integralismo brasileño y los partidos totalitarios europeos, incluyendo los de España y Portugal y sus respectivos gobiernos. Destacó también la relación de amistad existente entre Plinio Salgado -jefe del integralismo brasileño-, Oliveira Salazar, Mussolini y Hitler. Aseguró que su viaje había recibido la anuencia de Salgado y de una parte importante del ejército brasileño, y que su propósito era establecer una alianza de fines y objetivos con el gobierno de la revolución nacionalista argentina. El mayor alertó sobre la amenaza de un enfrentamiento armado entre la Argentina y Brasil, a causa de la política de Estados Unidos. Como objetivo deseable, proponía la cooperación entre la Argentina y Brasil para lograr la dirección del continente americano, con exclusión de Estados Unidos. En primer lugar, debía contrarrestarse la propaganda norteamericana con una activa propaganda pro-argentina. Brinkmann, entusiasmado, ofreció transmitir todas esas manifestaciones al Ministerio de Guerra y específicamente al coronel Perón, con quien trataría de arreglar una entrevista. (51) 
    Perón recibió a Ferreira da Silva, Caruso y Tavares en el Ministerio de Guerra. Participaron también de la reunión Brinkmann, el coronel Julio A. López Muñiz, el coronel Oscar Silva y otros dos oficiales. Ferreira da Silva repitió lo dicho en la reunión anterior. Luego de analizar la situación, Perón indicó a López Muñiz que llamara a la secretaría de la presidencia y se comunicara con el coronel Enrique P. González. Perón consideró tan relevante lo expuesto que los brasileños fueron trasladados de allí a la Casa Rosada, pero de esta reunión no quedaron datos. Esa tarde, una nueva conversación tuvo lugar en la oficina de Perón en la Secretaría de Trabajo. Estaban presentes los coroneles del GOU Eduardo Avalos, Emilio Ramírez, Perón y González. Brinkmann no pudo asistir. Se acordaron allí una serie de puntos: a) la difusión de propaganda argentina en Brasil por medio del integralismo; b) un contacto secreto entre los jefes del integralismo y el agregado militar argentino en Río de Janeiro; c) la instalación en ambas capitales de oficinas de turismo como cobertura para las actividades secretas; d) el contacto entre los jefes militares argentinos y brasileños en la frontera en contra de las intrigas norteamericanas; e) el contacto fronterizo sería utilizado en caso de que el integralismo decidiera levantarse contra Vargas o contra una posible invasión norteamericana. El coronel Ramírez, jefe de la policía argentina, quedaba a cargo de continuar los contactos y el coronel González arreglaría una entrevista de Ferreira da Silva con el presidente Ramírez.  
    Los jefes alemanes en Berlín fueron informados de estas tratativas. A fines de 1943, Paeffgen de la Amt VI-D recibía de Becker un cable con proposiciones de Ferreira da Silva. Este pedía que radios alemanas informaran que los buques mercantes brasileños hundidos por Alemania habían sido en realidad víctimas del gobierno de Badoglio, que había derrocado a Mussolini y declarado la guerra a Hitler el 13 de octubre de 1943.  
    No obstante las promesas de Perón, la reunión con Ramírez no se concretaba. Brinkman se quejó de que González postergaba el asunto. Brinkmann pidió a Lasserre Mármol que entretuviera a Ferreira da Silva hasta después de las fiestas. Entre el 10 y el 15 de enero, Brinkmann y Lasserre Mármol volvieron a reunirse con Ferreira da Silva, Caruso y Tavares. Los brasileños estaban ansiosos y comentaron que en Brasil el integralismo esperaba noticias de Buenos Aires. Sin embargo, al poco tiempo los brasileños informaron a Lasserre Mármol que en vista de la falta de resultados Ferreira da Silva regresaba a su país. Fue homenajeado con un almuerzo en casa de López Muñiz y una comida de despedida organizada por Brinkmann. Lo cierto fue que los embajadores de Estados Unidos y de Brasil, enterados del primer encuentro entre Ferreira da Silva, Perón y González, habían presentado una protesta formal ante el gobierno argentino. Las pruebas obtenidas por los aliados sobre la colaboración entre el GOU y el SD en el caso Hellmuth y el golpe boliviano eran contundentes y el gobierno argentino no podía arriesgarse a empeorar su situación. No obstante, los contactos con los integralistas brasileños continuaron durante el año 1944. En diciembre de ese año, Ferreira da Silva volaba imprevistamente a Buenos Aires para anunciar a Brinkmann y Lasserre Mármol que la situación brasileña parecía estar evolucionando en favor del integralismo. (52)
    Estos acontecimientos terminaron de convencer al secretario de Estado Hull, hacia fines de diciembre, de que había llegado el momento de derrocar a Ramírez, habiendo para ello dos vías: la guerra o un embargo total del comercio argentino, junto con una campaña de publicidad anti-argentina. El secretario resolvió utilizar el segundo curso de acción. No obstante, una consulta con Emilio Collado advirtió a Hull de algunos inconvenientes en la implementación de su plan. En primer lugar,  los aliados podrían pasar todo el año 1944 sin exportaciones argentinas, siempre y cuando las áreas liberadas de Europa no plantearan nuevas exigencias; Gran Bretaña reemplazara el consumo de vacuno y ovino por cerdo, y Brasil se quedara sin trigo. Además, la continuación de un embargo por más de seis meses provocaría serios racionamientos civiles en Estados Unidos. Por último, evitar las compras en un período de tiempo entre tres y seis meses era aceptable, siempre que los suministros argentinos estuvieran disponibles con posterioridad.
(53)
 
    Hull consideraba que el lapso mencionado sería suficiente, dado que un embargo total dañaría  todas las ramas importantes de la economía argentina, y la Argentina carecía de suficientes barcos refrigerados para sustituir mercados. Fue advertido, no obstante, de que la medida no daría resultado sin la cooperación británica. Por cierto, dicha cooperación no sería fácil de obtenerse. Los ingleses estaban agradecidos a la Argentina por haber accedido a vender a crédito todo su excedente de carne; no consideraban además que hubiese peligro en la posición de neutralidad de ese país o en su supuesto expansionismo. 
    De esta manera, hacia principios de 1944, el derrocamiento del gobierno argentino era un objetivo de la política oficial del gobierno de Estados Unidos. La necesidad de conseguirlo era aceptada por los departamentos del Tesoro, Guerra y Estado -incluidos los funcionarios de la ARA- sobre la base de que era necesario contener la expansión argentina. El embajador Armour señaló que ya no se trataba de los relativos peligros de la neutralidad, sino del peligro absoluto e incuestionable de una agresión argentina directa. A mediados de enero, Hull preparó una declaración pública acusando a la Argentina de enriquecerse durante la guerra, someter a sus vecinos a los peligros de la dominación nazi, tolerar a los agentes nazis y jugar un rol decisivo en el golpe boliviano. El comunicado de prensa llevaría incluida la evidencia documental de los cargos, y una orden general de congelamiento de todos los activos argentinos en Estados Unidos. El Departamento de Estado también se abocó a respaldar a los gobiernos latinoamericanos más vulnerables a las presiones argentinas. Incluso, en respuesta a un pedido justificado en la “amenaza” argentina, Roosevelt aprobó un aumento del “préstamo y arriendo” para Brasil. Al mismo tiempo, se ordenó el envío de unidades de la flota destinada al Atlántico sur a la boca del Río de la Plata, al comando del almirante Jones Ingram. (54)  
    Gran Bretaña apoyó a la Argentina en un intento por demorar la acción de Washington. El embajador británico en Washington, lord Halifax, llamó a Hull, y el primer ministro Winston Churchill cablegrafió a Roosevelt. No obstante, Hull estaba dispuesto a seguir adelante con sus planes, cuando el canciller argentino, general Gilbert, le dijo a Armour que la Argentina rompería relaciones con el Eje, porque su gobierno tenía ahora pruebas de que Alemania había abusado de la hospitalidad argentina, operando por lo menos tres redes de espionaje dentro del territorio argentino. También Gilbert aseguró a Armour que la ruptura se produciría el 26 de enero, siempre y cuando no tuviera lugar alguna acción que pudiera interpretarse como presión del gobierno norteamericano. Roosevelt y Hull retuvieron el comunicado de prensa. El 24 de enero de 1944, la Argentina rompió relaciones con el Eje, “en vista del reciente descubrimiento de una amplia red de espionaje”. (55)  
    Inmediatamente, Armour recomendó el descongelamiento de los activos argentinos. Hull no aceptó, señalando que sólo la firmeza produciría resultados con la Argentina. Esperaba la eliminación de los neutralistas y expansionistas del gobierno. Exigía además que toda la información respecto del Eje fuese entregada a Estados Unidos, y el absoluto cumplimiento de las “obligaciones” contraídas en Río de Janeiro. Hull, el secretario asistente Breckinridge Long, y otros funcionarios comenzaron a cuestionar el acto de ruptura argentino, dado que el mismo no estaba fundamentado en acuerdos interamericanos. Al romper relaciones por una ofensa, la Argentina seguía negando sus promesas, e implícitamente rechazaba el liderazgo norteamericano en el continente. (56)
   
La decisión de la ruptura dejó al presidente Ramírez en situación sumamente vulnerable, por la alienación de los nacionalistas. El presidente necesitaba revelar toda la información disponible que justificara su decisión, pero se encontró con dos obstáculos: todas las agencias de inteligencia argentinas estaban bajo el control de un nacionalista, el general Luis Perlinger, y el gobierno norteamericano se negó a proveer a Ramírez la información necesaria para subsistir. El 24 de febrero de 1944 comenzó el proceso de destitución del presidente que culminó con una renuncia firmada el 9 de marzo. Ramírez fue reemplazado por el general Edelmiro J. Farrell.
   
Una vez más, la decisión de Washington de coaccionar a la Argentina se había tomado a pesar de dos hechos que la hacían innecesaria: la notificación de la junta asesora del ejército y la marina, en diciembre de 1943, de que el Eje ya no era una amenaza militar en el hemisferio; y de las advertencias británicas de que los suministros argentinos eran vitales para el esfuerzo de guerra aliado. El gobierno norteamericano no presionó a la Argentina para favorecer las operaciones militares aliadas, sino para desestabilizar a un gobierno que se oponía al liderazgo hemisférico  norteamericano, no comprendiendo que por motivos arraigados en la historia económica y la tradición diplomática, cualquier gobierno argentino hubiera procedido de la misma manera. (57)

  1. Gordon Connell-Smith, Los Estados Unidos y la América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1977, p. 211.

  2. Véase Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, ed. de Belgrano, 1988, pp.253-330.

  3. FRUS, 1942, V, 460-461, 471-474; John Morton Blum, From the Morgenthau Diaries: Years of War, 1941-1945, Boston, 1967, pp. 194-196, citado en Michael J. Francis, The Limits of Hegemony. United States Relations with Argentina and Chile during World War II,  London, University of Notre Dame Press, 1977, p. 186.

  4. FRUS, 1942, V, 471-474, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 186.

  5. J.M. Blum, op. cit., p. 196; FRUS, 1942, V, 471, cit. en ibid., pp. 186-187.

  6. FRUS, 1942, V, 58-73; 710 Consultation (3)835, Memo, December 9, 1942, cit. en  ibid., p. 187.

  7. 835.24/790, Memo, September 23, 1942, cit. en ibid., pp. 180-181.

  8. Ibid. El cronograma mensual aconsejaba lo siguiente: carbón, 16.000 toneladas; papel para diarios, 7.500 ton.; papel y manufacturas, 5.000 ton.; hierro y acero, 5.000 ton.; hojalata, 4.000; madera y manufacturas, 1.500; productos químicos, 1.000 ton. En total 40.000 toneladas. Citado en ibid., p. 276, n. 181.

  9. 835.00/1358, Embassy in Buenos Aires to Secretary of State, February 4, 1943, cit. en ibid., pp. 181-182.

  10. 835.00/1374, Memo, February 8, 1943, cit. en ibid., pp. 182-183.

  11. Extracts from Memo, FRUS, 1943, V, 471-472, cit. en ibid., p. 183.

  12. 835.24/1879, Armour to Assistant Secretary of State Acheson, June 11, 1943; 835.24/1563, Memo, May 11, 1943, cit. en ibid., p. 183.

  13. Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1994, pp. 282-283.

  14. La Nación, 5 de junio de 1943, cit. en ibid., pp. 284-285.

  15. Halifax al F.O, 4/6/43, A 5243/11/2, FO 371/33512; Eden al gabinete, 7/6/43, CAB 65/34 W.M. 82(43); R.A. Potash, The Army and Politics in Argentina, 1928-1945, Stanford, 1969, p. 192, nota 22; FRUS, 1943, V, 369; Conversación entre Jack Camp y Allan Dawson, 6 de julio de 1943, Memoranda-Argentina, vol. 3, RG 59, DOS; Armour a Hull, 14 de junio de 1943, 835.00/1564, RG 59, DOS; 13 de julio de 1943, 835.00/1690, RG 59, DOS; y conversación entre Jack Camp, Bonsal y Duggan, 6 de julio de 1943, 835.00/1644, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 113-114.

  16. 835.00/1511, Telegram, Embassy in Rio to Undersecretary of State, June 9, 1943; 835.00/1525, Telegram, Embassy in Rio to Undersecretary of State, June 10, 1943, cit. en M.J. Francis, op. cit., pp. 196-197.  

  17. Dawson a Duggan et al, 5 de junio de 1943, Memoranda-Argentina, vol. 3, RG 59, DOS; New York Times, 5 de junio de 1943; Hoover a Hopkins, 8 y 12 de junio de 1943, box 140, FBI Reports, Hoover Papers; Armour a Hull, 13 de julio de 1943, 835.00/1580, y Hull a Armour, 16 de julio de 1943, 835.00/1643, RG 59, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 115. 

  18. Sumner Welles, Where Are We Heading?, London, 1947, p. 186, cit. en ibid., p. 114.

  19. Sir David Kelly, The Ruling Few, London, Hollis and Carter, s.f., p. 297, cit. en ibid.

  20. FRUS, 1943, V, 379-382 y 387-388, cit. en ibid., pp. 256-257; también véase M.J. Francis, op. cit., pp. 198-199.

  21. FRUS, 1943, V, 388-393, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 257-258.

  22. M.J. Francis, op. cit., pp. 198-199.

  23. FRUS, 1943, V, 428; 835.00/1651, Armour Memo, July 5, 1943, cit. en ibid., pp. 199-200.

  24. FRUS, 1943, V, 429-430; 835.00/1651, Armour Memo, July 6, 1943, cit. en ibid., p. 200.

  25. Hull a Armour, 16 de julio de 1943, 835.00/1643, RG 59, DOS, y FRUS, 1943, V, 417 y 450, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 116.

  26. 835.00/1582, Duggan to Welles, June 24, 1943; FRUS, 1943, V, 444, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 201.

  27. FRUS, 1943, V, 444-447, cit. en ibid., pp. 201-202.

  28. FRUS, 1943, V, 447-451, cit. en ibid., pp. 202-203; Bonsal a Duggan, 29/7/43, Memoranda-Argentina, box 18, vol. 4; “Hull’s Reply to Storni”, Department of State Bulletin, vol. 9, Nº 200, 11 de diciembre de 1943, pp. 162-166, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 117.

  29. FRUS, 1943, V, 454-460, cit. en M.J. Francis, op. cit., pp. 203-204; “Hull’s Reply to Storni”,  op. cit., pp. 162-166, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 117.

  30. 835.00/1911, Memo, September 7, 1943, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 204.

  31. 835.00/2162, Memo, October 16, 1943, cit. en ibid., p. 206.

  32. Paul a Morgenthau, 23 de octubre de 1943, book 672, p. 22, Morgenthau Diaries; “Minutes of Meeting between Treasury and State”, 26 de octubre de 1943, box 84, folder 376, Stettinius Papers; 7 de septiembre de 1943, box 215, Berle Diary; FRUS, 1943, V, 493-496; FDR a Stettinius, 25 de octubre de 1943, box 25, folder 376, Stettinius Papers; J.M. Blum, From the Morgenthau Diaries, vol. 3, Boston, 1976, pp. 197-198; The New York Times, 7 de noviembre de 1943; Héctor Lazo a Lee Crowley, 29 de septiembre de 1943, box 40, RG, 169, FEA; Treasury Group Discussion, 1º de noviembre de 1943, box 672, p. 142, Morgenthau Diaries, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 120. Véase también M.J. Francis, op. cit., pp. 206-207, quien cita las siguientes fuentes: 840.51 Frozen Credits 35/155, Memo, October 30, 1943; FRUS, 1943, V, 495-499 y 506-507; C. Hull, op. cit., pp. 1379 y 1388; el relato de Acheson de la rivalidad Hull-Morgenthau figura en Dean Acheson, Present at the Creation, New York, 1969, pp. 9-11; J. M. Blum, op. cit., Boston, 1967, pp. 194-206; 835.00/2184, Memo, November 13, 1943.

  33. Biddle a Hull, 1º de octubre de 1943, 800.20210/1460, RG 59, DOS; Armour a Hull, 19 de octubre de 1943, 835.00/2026, RG 59, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 119-120.

  34. Véase Leonor Machinandiarena de Devoto, La influencia del justicialismo en Chile, 1946-1952, tesis doctoral, Departamento de Historia, Universidad de Buenos Aires, 1995; L.M. de Devoto y C. Escudé, “Las relaciones argentino-chilenas, 1946-53, y las ilusiones expansionistas del peronismo”, en Torcuato S. Di Tella, (comp.), Argentina-Chile: ¿Desarrollos paralelos?, Buenos Aires, GEL, 1997, pp. 181-200.

  35. Conversación entre Hull y el embajador paraguayo, 20 de noviembre de 1943, boxes 59 y 60, folder 243, Hull Papers, y “Argentina and Paraguay, Sign Trade Treaty”, Commercial and Financial Chronicle, 16 de noviembre de 1943, p. 2453; El Mercurio, 8 de noviembre de 1943; Armour a Hull, 9 de noviembre de 1943, 835.00/2157, RG 59, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 121. 

  36. Declaración Jurada de Schellenberg, TC-21364, 6 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 24; declaración jurada de Paeffgen, TC-21322, 4 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 24, cit. en UkiGoñi, Perón y los alemanes, Buenos Aires, Sudamericana, 1998, p. 121.

  37. Los cables llevaban la firma “Boss”, uno de los alias empleados por Harnisch. Los siguientes son algunos ejemplos:

    -Boss 21: Argentina desea alinear a Chile, Paraguay y eventualmente Bolivia y Perú... contra Brasil.

    -Boss 23: Argentina elimina judíos de oficinas de Ejército y Marina. USA preocupado con esto.

    -Boss 24: Contacto establecido entre Argentina y Bolivia. Negociaciones bajo total desarrollo. Estoy citado para una entrevista con Godes (“testículos”= Ramírez) mañana.

    -Boss 33: Segunda conversación significativa con Godes. Está dispuesto a jugar a la pelota con el Eje. A través de nuestros esfuerzos el gobierno argentino ha establecido estrecho contacto con grupos nacionalistas en Chile, Bolivia y Paraguay, inclusive hasta en Brasil con enlaces residentes allí. A mediados del próximo mes un enlace del gobierno argentino viajará a Brasil a proseguir el tema.

    -Boss 39: He establecido relación estrecha con el servicio secreto naval argentino a través de intermediario para el intercambio mutuo de información sobre USA e Inglaterra. Colaboradores disfrutan de protección del gobierno. Servicio secreto de la Marina más confiable aquí que el del Ejército.

    Algunos de los cables “Boss” subsisten en los archivos capturados del Auswärtiges Amt, microfilmados por Estados Unidos tras la guerra, expediente Fall Harnisch-Hellmuth, NARA, RG 242, T-120, Rollo 347, 261526 y 261537-545. Otros se encuentran en los documentos capturados del Oberkommando der Wehrmacht, NARA, RG 242, T-77, Rollo 1537. En el interrogatorio realizado por los norteamericanos, Harnisch fingió ignorancia de estos cables, sosteniendo que habían sido redactados por Koennecke y Becker (otros espías que actuaban en la Argentina) empleando su nombre, Interrogatorio Harnisch, 1947, NARA, RG 84, Caja 102. Citado en U. Goñi, op. cit., pp. 121-122.

  38. El “asunto Paraguay” habría sido discutido en una reunión realizada aproximadamente en septiembre de 1942, convocada por el agregado militar de la embajada alemana, capitán de marina Dietrich Niebuhr. El espía Wolf Franczok propuso en ella el establecimiento de un enlace radiotelegráfico secreto entre Asunción y Buenos Aires que hiciera posible al Paraguay estrechar lazos con la Argentina y desprenderse de los compromisos contraídos con Estados Unidos y Brasil. Niebuhr opinó que semejante empresa no podría traerle sino problemas, pero Franczok fue lo suficientemente convincente como para que en noviembre de 1942 se comprara una chacra en General Madariaga para poner en ejecución el “asunto”. En ella y en otras propiedades se alojaría a los mensajeros del comandante de aviación paraguayo, mayor Stagni, colaborador cercano del presidente Moríñigo. El empresario alemán Hans Harnisch, también espía nazi y presente en la reunión, haría conocer los planes al teniente de marina, Eduardo Aumann, edecán del entonces presidente Castillo.
    Aumann informó al presidente, señalando que dichas noticias provenían de una persona llamada Harnisch. Asimismo afirmó que el germano tenía el consentimiento del mayor Stagni para una reunión no oficial con un funcionario argentino. Castillo dio su conformidad y autorizó a Aumann para representarlo. Harnisch declaró al final de la guerra que había sido invitado por el presidente Castillo para participar de la reunión, en relación a su aspecto económico. Harnisch y Aumann volaron a Posadas, Misiones, a reunirse con Stagni. Este advirtió que no estaba autorizado a hablar en nombre de Moríñigo, pero aseveró que el presidente paraguayo aceptaría los “puntos a tratar×”. Aumann y Harnisch propusieron: a) el reemplazo del ministro de relaciones exteriores del Paraguay y de su embajador en Buenos Aires, por ser pronorteamericanos; y b) que Paraguay no entrara en ningún acuerdo de asistencia mutua, fuera público o secreto, con otros países, el cual pudiera estar dirigido en contra de la Argentina. A cambio, Stagni solicitaba: a) envíos de combustibles, la habilitación de un puerto libre, y becas en las universidades e institutos militares; b) la devolución de los trofeos paraguayos obtenidos por la Argentina en la guerra del Paraguay, en un acto oficial; y c) la provisión por la Argentina de un pequeño radiorreceptor para poder continuar las negociaciones secretamente, sin alertar al espionaje aliado. Por último, quedó acordada una nueva reunión en Asunción luego de que Moríñigo y Castillo hubieran conocido los temas tratados. Posteriormente, las autoridades alemanas aprobaron la gestión de sus espías, con la única advertencia de que todas las negociaciones debían realizarse en el más completo anonimato.
    A comienzos de junio de 1943, Aumann voló a Asunción para invitar al presidente paraguayo a continuar con las conversaciones en una visita oficial a Buenos Aires. El enviado fue recibido por Moríñigo, quien aceptó la invitación. No obstante, casi al mismo tiempo en que esta visita tenía lugar, se producía en Buenos Aires la revolución del 4 de junio de 1943, dejando toda la cuestión en suspenso. Véase U. Goñi, op. cit., pp. 79-81, cuyas fuentes son: Interrogatorio de Harnisch, 3 de diciembre de 1944, AGPJN, Causa Nº 739/45, 2º Sumario de Espionaje Alemán, Coordinación Federal, Cuerpo 4; Interrogatorio Harnisch, 1947, NARA RG 84, Caja 102.

  39. Interrogatorio Harnisch, 1947, NARA, RG 84, Caja 102; Cables Bolívar 508 y 509, 12 y 19 de diciembre de 1943, archivos AA, NARA, RG 242, T-120, Rollo 347, 261544-545; Ray Josephs, Argentine Diary, New York, Book Find Club, 1944. La orden para Aumann de organizar una red en Paraguay figura en Leslie B. Rout, Jr., and John F. Bratzel, The Shadow War, Maryland, Frederick, 1986. Los autores hallan la orden en el Bundersarchiv-Militärarchiv, Freiburg-im-Breisgau, Bestand: H27/6, Fremde Heere West: Personalkartei Lateinamerika, Amt Ausl. Abw. Klg. Ausl., NR. 195/44 G.k.v. 25.1.44., cit. en U. Goñi, op. cit., pp. 123-124. 

  40. Declaración de Hellmuth, 26 de octubre de 1945, AGPJN, Causa 793/45, folios 182-183; declaración de Neiling, 10 de diciembre de 1944, AGPJN, Causa 793/45, 2º Sumario de Espionaje  Alemán, CF, Cuerpo 4; Diagrama de la Gestapo en la Argentina, 7 de junio de 1941, archivo de la CEIAA, archivo de la Cámara de Diputados, citado en ibid., pp. 98-99.

  41. Telegrama del encuentro con Ramírez enviado al SD en Berlín, 28 de junio de 1943, copia existente en AA, Botschafter Ritter Paket 101, NARA, RG 242, T-120, Rollo 762, 356225-226; interrogatorio Becker, 19 de mayo de 1945, AGPJN, Causa Nº 793/45, 2º Sumario, CF, Cuerpo 7; informe Boss 21 de Harnisch a Berlín sobre la reunión con Ramírez, 15 de julio de 1943, AA, expediente Fall Harnisch-Hellmuth, NARA, RG 242, Rollo 347, 261539-540; declaración jurada de  Reinebeck, 4 de febrero de 1946, TC-21540, NARA, RG 59, Caja 25, cit. en ibid., pp. 103-104.

  42. Idem supra. El interés de Ramírez en la RSHA está en “Report on the Case of Osmar Alberto Hellmuth”; las visitas de Ceballos al SD se pueden ver en interrogatorio Weiglmayo, 28 de febrero de 1946, TC-22635, NARA, RG 59, Caja 25. El vínculo Becker-Ceballos aparece en interrogatorio Franczok, 1947, NARA, RG 84, Caja 101. Representantes de Estados Unidos al ver a Ceballos “inclinado hacia el otro grupo de potencias”, expresaron su disgusto al embajador argentino en Madrid, véase Telegrama Cifrado Nº 574, Palacios Costa a Buenos Aires, 15 de junio de 1943, RREE, DAP, Varios Países, 1943, Caja 20, Expediente 8, folio 1, cit. en ibid., pp. 104-105 y p. 118, n. 31.

  43. Becker afirma que hubo varias reuniones con Ramírez, interrogatorios Becker, Causa 793/45. Los cables de la Red Bolívar a Berlín entre julio y diciembre de 1943 también mencionan muchas reuniones, AA, expediente Fall Harnisch-Hellmuth, NARA, RG 242, T-120, Rollo 347, 261537-545. La operación de dilación pactada por el SD y el Auswärtiges Amt respecto de los pedidos de armas aparece en declaración jurada de Reinebeck, 4 de febrero de 1946, TC-21540, NARA, RG 59, Caja 25. La advertencia a Harnisch de no exponerse figura en cable del Abwehr a Wolf en Buenos Aires, 17 de julio de 1943, AA, expediente Fall Harnisch-Hellmuth, NARA, T-120, Rollo 347, 261537-545, cit. en ibid., pp. 105-106.

  44. Interrogatorios Becker, Coordinación Federal; también “Report on the Case of Osmar Alberto Hellmuth”. Hellmuth en su interrogatorio en Londres no menciona la presencia de Perón en la reunión. Becker no duda al respecto. Por otra parte, Hellmuth hizo alarde abiertamente sobre su misión de comprar armas alemanas vía España, informe de Reinebeck, octubre de 1943, en documentos capturados del Auswärtiges Amt, expediente Abwehr Südamerika Vol 3, NARA, RG 242, Microfilm T-120, rollo 763, 355915-22. Citado en ibid., pp. 108-109 y p. 119, n. 38 y 39.

  45. Instrucciones para Hellmuth citadas en “Report on the Case of Osmar Alberto Hellmuth”, cit. en ibid., p. 110.

  46. “Report on the Case of Osmar Alberto Hellmuth”. Declaración de Hellmuth ante CF, 26 de octubre 1945, Causa 793/45, folios 182 y 183, AGPJN. Interrogatorio Harnisch, 1947, NARA, RG 84, Caja 102. Declaraciones juradas de von Schoen, 24 de enero de 1946, y Wieland, 22 de marzo de 1946, ambas en NARA, RG 59, Caja 26. Nota de Vélez a Farrell relatando el arresto de Hellmuth, 26 de noviembre de 1943; Telegramas de Pérez Quesada 1100 y 1102, 18 y 19 de noviembre de 1943; Telegrama 3048 de Quiroga; RREE, Guerra Europea, Expediente 588. Expediente Angelengeit Argentinien Hellmuth, T120, Rollo 351, 259907-909, cit. en ibid., pp. 152-155.

  47. Telegrama de Becker al SD sobre el arresto de Hellmuth, 12 de noviembre de 1943, expediente Angelegenheit Argentinien Hellmuth, documentos capturados AA, NARA, RG 242, T-120, Rollo 351, 259825. Intercambio de cables entre Cárcano y Gilbert, exoneración de Hellmuth y gacetilla de prensa de Gilbert, RREE, Guerra Europea, Expediente 588, cit. en ibid., pp. 159-161 y 165.

  48. Wallace Diaries, 21 de enero de 1944, box 9, notebook 26; Berle Diaries, 6 de enero de 1944, box 215, notebook 26; New York Times, 26 de diciembre de 1943; Berle Diaries, 10 de enero de 1944, box 215, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 124-125. Michael Francis señala que la repercusión del golpe en Bolivia en el gobierno norteamericano presenta el interrogante de si en verdad existía o no un complot en marcha. En su opinión, existe poca evidencia para sugerir que las acciones generadas en Buenos Aires constituyeran una seria amenaza a la composición interna de los gobiernos vecinos. Lo ocurrido en Bolivia pudo haber sido incentivado desde Buenos Aires, pero en realidad tenía mayor conexión con la repercusión de la guerra del Chaco en la política boliviana. No se trataría, a su entender, de intervención efectiva y sistemática del gobierno argentino en los asuntos de otros estados. Véase M.J. Francis, op. cit., p. 209.

  49. Interrogatorio Harnisch, 1947, NARA, RG 84, Caja 102; Interrogatorio Franczok, 1947, ídem, Caja 101; declaración jurada de Edvigia Weiglmayr, TC-22635, 28 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 25; Interrogatorios Schellenberg, 17 de noviembre de 1945 y 6 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Cajas 25 y 26; Declaración jurada de Reinebeck, TC-21540, NARA, RG 59, Caja 25; Declaración jurada de Paeffgen, TC-21322, 4 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 24; Interrogatorio Paeffgen, 16 de octubre de 1945, NARA, RG 59, M-679, Rollo 3; interrogatorio de Karl Arnold, 20 de noviembre de 1946, NARA, RG 59, 862.20252/11-2246; Memorándum de Blancké a Spaeth, 4 de marzo de 1946, NARA, RG 84, Magic 633, 19 de diciembre de 1943, NARA, RG 457. Inclusive el mayor Belmonte hizo el intento de que el gobierno alemán lo transportara a la Argentina en un submarino, para de aquí regresar a Bolivia. Por cierto, el SD y el Auswärtiges Amt intentaron que la Kriegsmarine pusiera un submarino a disposición de Belmonte. En los meses de septiembre y octubre de 1943, Reinebeck y Schellenberg intercambiaron comunicaciones al efecto. El ministro del Exterior, Joachim von Ribbentrop, había dado también su aprobación. En Buenos Aires, Becker obtuvo un préstamo de Eickenberg para financiar la llegada del submarino, a ser reembolsado por el Reich a los padres del magnate en Alemania. Nota de Schellenberg, 21 de septiembre de 1943; nota de Reinebeck, 30 de septiembre de 1943; y nota sobre reunión SD-AA-OKM, 21 de octubre de 1943, en expediente Angelegenheit Argentinien Hellmuth, archivos AA, NARA, RG 242, T-120, Rollo 351, 259794-805; declaración de Becker, 19 de mayo de 1945, AGPJN, Causa 793/45, 2º Sumario Espionaje Alemán, Coordinación Federal, Cuerpo 7. Citado en U. Goñi, op. cit., pp. 126-130.

  50. Declaraciones de Lasserre Mármol, 13 y 14 de marzo de 1945, AGPJN, Causa 793/45, 2º Sumario de Espionaje Alemán, Coordinación Federal, Cuerpo 6; declaración jurada de Reinebeck, TC-21540, 4 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 25; declaración jurada de Paeffgen, TC-21322, 4 de febrero de 1946, NARA, RG 59, Caja 24. La financiación del Abwehr para la campaña presidencial de Ibáñez del Campo en 1942 figura en Akten zur Deutschen Auswärtigen Politik: 1941-1945, Serie E, Band I, pp. 210 y 211, cit. en ibid., pp. 130-133.

  51. Declaración de Lasserre Mármol, 13 de marzo de 1945, AGPJN, Causa 793/45, 2º Sumario de Espionaje Alemán, Coordinación Federal, Cuerpo 6, cit. en ibid., pp. 134-139.

  52. Interrogatorio Lasserre Mármol, 14 y 15 de marzo de 1945, AGPJN, Causa 793/45, 2º Sumario de Espionaje Alemán, CF, Cuerpo 6; declaraciones juradas de Paeffgen, 19 de enero de 1946 y 4 de febrero de 1946, ambas NARA, RG 59, Caja 24, cit. en ibid., pp. 139-143.

  53. Collado a Hull, 5 de enero de 1944, box 53, folder 165, Hull Papers, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 121-122.

  54. Paul a Morgenthau, 2 de noviembre de 1943, box 672, p. 164, Morgenthau Diaries; Stimson Diaries, 4 de enero de 1944, vol. 16, pp. 8-9; FRUS, 1943, V, 509-510 y 1944, VII, 228-229; conversación entre Hull y el embajador brasileño, 3 de enero de 1944, boxes 57 y 58, folder 192, Hull Papers; conversación entre Hull y el embajador peruano, 12 de enero de 1944, 835.00/2305, RG 59, DOS; C. Hull, The Memoirs of Cordell Hull, New York, 1948, II, p. 1390, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 125-126.

  55. “Memo on Argentine Statement”, 24 de enero de 1944, Memoranda-Argentina, RG 59, DOS; conversación entre Paul y Morgenthau, 24 de enero de 1944, book 696, p. 21, Morgenthau Diaries, cit. en ibid., pp. 126-127.

  56. Conversación entre Duggan y Armour, 26 de enero de 1944, y Duggan a Hull, 27 de enero de 1944, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS; FRUS, 1944, VII, 238-239, 241; Conversación entre Hull y Adrián Escobar, 2 de febrero de 1944, boxes 57 y 58, folder 187, Hull Papers, cit. en ibid., p. 127.

  57. Ibid., p. 128.

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