La
política del no reconocimiento
Desde
un comienzo, el embajador Armour instó a no considerar la remoción de Ramírez
como una simple delegación de poderes, señalando que la evidencia
circunstancial apuntaba a otro golpe de estado. Sugería que se hiciera una
consulta colectiva anterior a cualquier reconocimiento. Armour no ocultaba que
sus sugerencias apuntaban a derribar al nuevo gobierno, mientras éste se
hallaba en su etapa de instalación. También señaló que si se negaba el
reconocimiento, se haría la continuidad del gobierno de Farrell más difícil y
se incentivaría a su oposición interna. Armour advirtió que si esos esfuerzos
fallaban, el gobierno de Farrell redoblaría sus intentos de derrocar otros
gobiernos para evitar quedar completamente aislado. (1)
El
Departamento de Estado accedió a la sugerencia de Armour. El embajador comenzó
entonces a consultar con sus colegas en Buenos Aires. Por otro lado, a pesar de
que el canciller interino remarcaba que la política exterior no cambiaría, las
declaraciones de intenso patriotismo pronunciadas por Farrell llevaron a Armour
a compararlas con las que realizaban Castillo y Ruiz Guiñazú, y además el
embajador llegó a la conclusión de que era el coronel Perón quien dirigía el
nuevo gobierno. (2)
Los
países vecinos de la Argentina eran poco partidarios de embarcarse en una
política de no reconocimiento. No sorprendentemente, el régimen boliviano y el
gobierno de Paraguay reconocieron el gobierno de Farrell. A ellos los siguió el
gobierno de Chile, que lo hizo el 4 de marzo, a pesar de los esfuerzos de
Estados Unidos y Brasil para persuadirlo de abstenerse. Con el fin de impedir
futuras deserciones, el subsecretario Stettinius señaló el 4 de marzo que
“grupos que no sentían simpatía por la declaración política argentina de
unirse a la defensa del hemisferio” habían provocado el cambio de gobierno,
agregando el 7 de marzo en una declaración que el golpe de Farrell había
neutralizado la ruptura argentina con el Eje. Stettinius violó los acuerdos
interamericanos al hacer este anuncio unilateral sobre la Argentina, pero en
virtud de él consiguió mantener el frente del no reconocimiento, con las
únicas excepciones mencionadas. El gobierno británico concedió su
apoyo en este punto al gobierno norteamericano. El canciller británico,
Anthony Eden, declaró en el Parlamento el 8 de marzo, que el embajador David
Kelly había recibido instrucciones de limitar sus comunicaciones con el nuevo
gobierno argentino a cuestiones de rutina, y que se atribuía particular
importancia al cumplimiento de las declaraciones hechas por el general Farrell
en el sentido de que la política exterior del general Ramírez permanecería
inalterada. (3)
El
Departamento de Estado comenzaba a convencerse de que el gobierno de Farrell era
pro-Eje. La relación de miembros del gobierno argentino y del ejército con
firmas alemanas era evidente, y las últimas habían sido favorecidas en algunas
licitaciones. El gobierno argentino también actuaba como intermediario para
obtener materiales para algunas compañías que figuraban en las listas negras,
aunque esto se debía a que tenían
contratos con el gobierno y debían terminar las obras. El 7 de marzo,
Stettinius solicitó pruebas de que la Argentina no estaba siendo usada como
base de operaciones del Eje. Esperaba la internación de diplomáticos del Eje,
una limpieza de cadenas de espías, un control más efectivo de las
comunicaciones con el Eje, y la prevención de transacciones por entidades
argentinas que beneficiaran intereses del Eje. El gobierno argentino manifestó
sorpresa ante la declaración de Stettinius, expresando su desagrado
“porque se indicara cómo actuar por parte de un subsecretario”.
Algunos miembros del Departamento de Estado comenzaron a pensar entonces en
términos de medidas más fuertes, y, a pesar de los informes concluyentes de
las Juntas Combinadas y jefes de Estado Mayor, Stettinius rescató la idea de
que, disminuyendo un poco la ración de carne de Estados Unidos, sería posible
castigar a la Argentina con un cese de sus exportaciones a Gran Bretaña. El 10
de marzo el gobierno británico consintió con disgusto en presentar de nuevo la
cuestión a las Juntas Combinadas. Mientras los jefes de Estado Mayor
reafirmaban la conclusión de que aun una interrupción temporaria del
abastecimiento de carne y trigos argentinos reducirían los stocks por debajo
del punto crítico, la prensa de Estados Unidos afirmaba que el gobierno
británico estaba en consultas reservadas con el gobierno norteamericano sobre
la cuestión de imponer “drásticas sanciones económicas” a la Argentina.
Unicamente Sumner Welles protestó, desde su columna, contra la “línea
dura” hacia la Argentina, lo cual estimuló todavía más el anti-argentinismo
de Hull. Posteriormente, en su libro Where Are We Heading?, Welles
afirmó que “la Política de Buena Vecindad había sufrido una funesta
transformación. Se había convertido en unilateral y subyugadora”. Washington
estaba operando bajo el supuesto de que su actitud provocaría la rápida caída
del gobierno de Farrell. (4)
Asimismo,
el embajador británico David Kelly fue muy crítico en sus memorias de la
política de Estados Unidos hacia la Argentina en esa época. Se refiere a un
“adusto resentimiento” en Washington hacia la Argentina “que se
manifestaba por turno en contra de los
sucesivos regímenes en la Argentina y se tornaba cada vez más violento con
cada decepción”. También describe las acciones de Estados Unidos contra la
Argentina como “una continua guerra de palabras y pequeños actos” que
llevaron al sucesivo derrocamiento de gobiernos moderados hasta que el poder
cayó en las manos de Perón. (5)
Por
cierto, Hull actuaba como moderador, dentro de su gobierno, entre la línea de
la ARA -cercana a los británicos- y la línea más dura de Morgenthau y
Wallace. Morgenthau estaba convencido de que el Departamento de Estado
apaciguaba a un estado fascista, y presionó para que
Roosevelt aprobara un congelamiento completo y un embargo absoluto.
Cuando el embajador Armour pidió descongelar
los activos del Banco Nación y el Banco Provincia, Morgenthau rehusó,
escribiéndole a Roosevelt que la Argentina era un sucesor potencial del Tercer
Reich. Luego agregó que el fascismo argentino se expandiría por toda
Sudamérica. Aunque dijo estar de acuerdo, Roosevelt se opuso a tomar las
medidas. Wallace también advirtió a Roosevelt y al general George Marshall,
durante todo 1944, acerca de los peligros del expansionismo argentino. Llegó a
proponer incluso la adquisición de todas las inversiones británicas en la
Argentina por 1.300 millones de dólares. Sin embargo, el 18 de mayo Roosevelt
respondió que, en virtud de la posición británica y de la relevancia de los
suministros argentinos para el esfuerzo bélico, el pedido de Morgenthau en
favor de una posición más radical debía ser rechazado. El presidente no
aceptó ni la orden de congelamiento ni el embargo. (6)
El 10
de junio, al inaugurar una cátedra de Defensa Nacional en la Universidad de La
Plata, el coronel Perón expresó sus ideas acerca de la inevitabilidad de la
guerra, la naturaleza total de la guerra moderna, la función de la diplomacia
como preludio a la misma, la obligación de las naciones de prepararse
bélicamente, y la necesidad de adaptar la industria argentina a los
requerimientos de la guerra. La Oficina de Servicios Estratégicos de Estados
Unidos señaló que Perón quería terminar con el sistema hemisférico de
consultas pacíficas, y reemplazarlo por una política de poder basada en la
fuerza armada. En realidad, desde el punto de vista argentino, esto era lo que
Estados Unidos venía haciendo desde hacía mucho tiempo. (7)
El 13
de junio, el embajador británico en Washington, lord Halifax, recibió del
Departamento de Estado un memorándum aprobado por el presidente Roosevelt,
encabezado por una carta de Acheson afirmando que Churchill y Eden habían dado
seguridades de que apoyarían cualquier acción que Estados Unidos encontrara
necesario tomar en contra de la Argentina, siempre que el problema de la carne y
de otras importaciones críticas pudiera resolverse. Diez días más tarde, Hull
señaló a Halifax que el problema argentino estaba en un punto crítico, que la
Argentina estaba dispuesta a romper la solidaridad latinoamericana y se estaba
aferrando a sus conexiones alemanas. Consecuentemente, había resuelto llamar al
embajador Armour para consulta, y esperaba que el gobierno británico hiciera lo
mismo con David Kelly. Halifax preguntó si no sería más ventajoso informar al
gobierno argentino lo que se esperaba de él, con la perspectiva del
reconocimiento si actuaban de acuerdo a ello. Hull respondió que los argentinos
sabían muy bien lo que se les pedía, pero estaban en busca de cosas
diferentes. Aparentemente, esta actitud fue consecuencia parcial de la
afirmación del canciller del gobierno argentino, general Orlando Peluffo, a
Armour de que ninguna de las condiciones formuladas por el gobierno de Estados
Unidos sería llevada a cabo hasta que el reconocimiento no fuera garantizado.
Hull no consultaría con Brasil ni México, dado que el primero no iba a nombrar
nuevo embajador y el segundo probablemente convocaría al suyo. (8)
De
inmediato, el Departamento de Estado envió una circular a todas sus
representaciones diplomáticas en América latina (con excepción de la
Argentina, Chile y Bolivia), acusando a la Argentina de oponerse a la
solidaridad americana. Negaba que la política del no reconocimiento
constituyera una forma de intervención -a pesar de que internamente se la viera
como un intento de cambiar la composición del gobierno o de derribarlo-.
Sostenía además que miembros del gobierno de Farrell habían cándidamente
admitido que el presidente Ramírez y sus principales sostenedores habían sido
eliminados por ciertos extremistas nazis, debido a su decisión de romper
relaciones con el Eje. Por lo tanto, el gobierno de Farrell no se animaba a
llevar la ruptura hasta sus últimas consecuencias por temor a un destino
similar. Según la comunicación, las fuerzas pro-nazis controlaban los
ministerios más importantes. El Departamento acusaba al gobierno argentino de
llevar a cabo acciones favorables al Eje, como obtener papel de diario para los
diarios pro-nazis, la liberación de espías y agentes del Eje peligrosos, y el
otorgamiento de contratos a firmas alemanas.
El 10 de junio el coronel Perón había declarado que toda la economía
del país sería consagrada al rearme. El gobierno de Estados Unidos estaba
convencido de que no había nada por discutir y llamaría a su embajador. Cuando
éste hubiera informado a su gobierno, se intercambiarían puntos de vista con
los otros gobiernos latinoamericanos. Respecto del gobierno chileno se había
planteado a su canciller un cambio de política, pero por el momento éste se
había negado a aceptarlo. (9)
El 30
de junio, Armour partió de Buenos Aires. La decisión de su partida fue
acelerada por la declaración del embajador colombiano en Washington de que su
gobierno pensaba que había llegado la hora de comenzar negociaciones para el
reconocimiento. Esto habría sugerido a Hull la necesidad de dar el ejemplo a
los países latinoamericanos. Hull presionó luego para el retiro de Kelly.
Roosevelt envió un telegrama al primer ministro Churchill y el 8 de julio el
embajador británico regresó a su país. Eden había objetado la decisión,
pero, presionado por el primer ministro, accedió.
Sin embargo, Churchill se quejó sobre el carácter unilateral de la
medida norteamericana y señaló que no
comprendía qué podría obtenerse de la Argentina de esa manera, esperando que
no fuera afectado el esfuerzo bélico. Con Kelly, partieron también los
embajadores chileno, mexicano y uruguayo. (10)
El gobierno argentino trató de contrarrestar la situación de diversas maneras,
entre ellas pidiendo a los países latinoamericanos que mediaran entre la
Argentina y Estados Unidos.
El 20
de julio un telegrama del Departamento de Estado a las misiones norteamericanas
en el continente ponía énfasis en
la iniquidad de la “deserción” argentina, y advertía que cualquier
sugerencia de reconocimiento dañaría seriamente la causa aliada. El régimen
de Farrell era acusado de conceder contratos a firmas enemigas, apoyar
periódicos pro-Eje, fracasar en controlar las firmas del Eje, y tomar
superficiales medidas anti-Eje para inducir a los gobiernos a otorgar el
reconocimiento. También se afirmaba que el régimen de Farrell estaba llevando
a cabo represalias económicas contra otras repúblicas americanas, negando
licencias de exportación para materiales que eran abundantes en la Argentina.
El telegrama incitaba a mantener el no reconocimiento. Al mismo tiempo,
Roosevelt -por pedido del Departamento de Estado- ordenó a los jefes combinados
de Estado Mayor que efectuaran los preparativos necesarios para defender al
Paraguay, al Uruguay y a todos los estados vulnerables a un ataque argentino.
(11)
El 26
de julio, el Departamento de Estado emitió una acusación formal al régimen de
la Argentina. Se afirmaba que “en el momento más crítico de la historia de
las repúblicas americanas” la Argentina había violado deliberadamente sus
promesas y “abierta y notoriamente” ayudaba a enemigos declarados de las
Naciones Unidas. Luego de reiterar afirmaciones realizadas anteriormente, la
declaración aseveraba que “el daño a la solidaridad del continente y al
esfuerzo bélico de las Naciones Unidas” era claro y por lo tanto las
repúblicas americanas y los aliados debían adherirse a la política del no
reconocimiento. Como ocurría siempre, la acusación movilizó apoyo interno
para el gobierno de la Argentina, generando editoriales anti-norteamericanos aun
en diarios pro-aliados. (12)
En
esta etapa, varios gobiernos latinoamericanos intentaron mediar, tal vez
convencidos de que el problema era en realidad bilateral, entre Estados Unidos y
la Argentina. Desde afuera, Sumner Welles atacó “los intentos de Hull por
establecer un régimen títere en Buenos Aires”. Hull presionó duramente y
amenazó con la coerción a aquellos países latinoamericanos que deseaban un
retorno a la normalidad en las relaciones norteamericano-argentinas. Bolivia fue
amenazada con boicot económico; Chile fue acusado de “colaboracionismo con
Buenos Aires”, y al presidente Ríos se le dijo que sería bienvenido a
Washington sólo si rompía relaciones con la Argentina. Hacia septiembre de
1944, Hull actuaba como si las relaciones diplomáticas con la Argentina fueran
una forma de ayuda al Eje, de la misma manera que anteriormente había igualado
la neutralidad argentina con una postura pro-Eje. (13)
El
día de la publicación de la declaración del Departamento de Estado, el
general Peluffo transmitió un mensaje (en presencia del presidente Farrell y el
vicepresidente Perón) en defensa de la posición argentina, subrayando la
intención del gobierno de defender la soberanía nacional. Se refirió a las
discriminaciones injustificadas de suministros contra la Argentina, la
exclusión de la Argentina de las reuniones internacionales y los constantes
ataques por parte de la radio y prensa norteamericanas. No obstante, el gobierno
argentino declaraba su intención de esperar a ser comprendido. El gobierno
reunía todos los requisitos legales para el reconocimiento; el no
reconocimiento como arma de presión había sido abolido en América treinta
años antes. La moderada respuesta del gobierno argentino trajo como resultado
el respaldo de los argentinos, ante una situación que se percibía como
comprometedora de la dignidad nacional. A la vez, el gobierno argentino intentó
diferenciar la actitud del gobierno británico del norteamericano. Al efecto,
dio instrucciones a su embajador en Londres para que informara al gobierno
británico que no había hostilidad hacia el capital británico. (14)
NOTAS
FRUS, 1944, VII, 252-254, cit. en M.J. Francis, op. cit., pp. 215-216.
FRUS, 1944, VII, 254-255 y 257-259, cit. en ibid., p. 216. También véase Mario Rapoport, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentina, 1940-1945, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1983, pp. 263-267.
AS 2859/12/2, FO 371/44686, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 130.
Idem supra, cit. en ibid., pp. 131-132; Sumner Welles, Where Are We Heading?, New York, 1946, p. 199, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 221.
David Kelly, The Ruling Few, London, 1952, p. 297, cit. en ibid., p. 219.
J.K. Bacon a Bonsal y Duggan, 2 de febrero de 1944, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS; Memo al presidente, 30 de marzo de 1944, book 716, p. 354, Morgenthau Diaries; conversación entre Morgenthau y FDR, 7 de marzo de 1944, Presidential Diaries, vol. 5, pp. 1341-43, Morgenthau Papers; J.M. Blum, The Price of Vision: The Diaries of Henry Wallace, Boston, 1973, pp. 290-291, 300-301 y 318; Wallace Diaries, 4 de abril de 1944, box 10, notebook 28; conversación entre Acheson y Morgenthau, 4 de mayo de 1944, book 727, p. 123, Morgenthau Diaries; FRUS, 1944, VII, 269; J.M. Blum, Years of War, 1941-1945, (Morgenthau Diaries, vol. 3), Boston 1967, p. 205; Morgenthau a FDR, 10 de mayo de 1944, book 730, p. 130, Morgenthau Diaries; Stettinius a Acheson, 27 de marzo de 1944, book 215, Stettinius Papers; “Meeting on Freezing on Argentina”, 27 de abril de 1944, book 724, p. 244, Morgenthau Diaries; Spaeth a Armour, 28 de agosto de 1944, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS; “Memo for the Secretary”, 24 de marzo de 1944, book 713, p. 305; “Meeting between Wallace, Jones and Morgenthau”, 29 de marzo de 1944, book 716, p. 65; conversación entre Wallace y Morgenthau, 4 de abril de 1944, book 717, p. 129 y sigs., Morgenthau Diaries, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 137-138.
“The Significance of Peron’s Speech of 10 June and 4 July 1944", Rand A 2304, RG 226, DOS, cit. en ibid., pp. 141-142.
“Memorandum on the Anglo-U.S-Argentine Triangle during 1944", AS 2859/12/2, FO 371/44868, cit. en ibid., pp. 142-143.
Idem supra, cit. en ibid., pp. 143-144; FRUS, 1944, VII, 315-320 y 321-324, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 224.
Eden a Churchill, 26 de junio de 1944, PREM 3/50a, PM/44/470; AS 3408/78/26, FO 371/37703; y D. Dilks, The Diaries of Sir Alexander Cadogan, 1918-1945, London, Cassell, 1971, pp. 642-644; Churchill a Roosevelt, 1º de julio de 1944, box 23, folder 169, Hull Papers, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 145.
“President’s Naval Aide to Secretaire Joint Chiefs”, 29 de junio de 1944, Map Room Files, box 101, Roosevelt Papers, cit. en ibid., p. 147.
“Memorandum on the Anglo-U.S.-Argentine Triangle during 1944", AS 2859/12/2, FO 371/44686, cit. en ibid., pp. 147-148.
Conversación entre Armour y el embajador uruguayo, 28 de agosto de 1944, y conversación entre Armour y el embajador peruano, 17 de agosto de 1944, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS; New York Times, 21 de julio de 1944; reunión entre Hull, Stimson y Morgenthau, 20 de septiembre de 1944, book 723, p. 4, Morgenthau Diaries; conversación entre Hull y el embajador chileno, 22 de marzo de 1944, boxes 57 y 58, folder 195; conversación entre Hull y el Chargé boliviano, 12 de julio de 1944, boxes 57 y 58, folder 195, Hull Papers; FRUS, 1944, VII, 306; conversación entre Hull y el Chargé chileno, 1º de julio de 1944, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS, cit. en ibid., pp. 148-149.
Idem supra, cit. en ibid., p. 149.
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