La disyuntiva de Gran Bretaña
Cuando
el secretario de Estado Hull decidió, a fines de 1943, aplicar sanciones más
estrictas a la economía argentina, fue advertido de que tal política sería
inefectiva sin la cooperación de Gran Bretaña. Los británicos, sin embargo,
no estarían dispuestos a otorgar dicha colaboración. Estos consideraban que el
valor de las exportaciones argentinas a los aliados excedía ampliamente
cualquier peligro potencial producido por una supuesta ayuda financiera al Eje.
Hablar de un embargo que pusiera en riesgo los suministros no tenía sentido. El
gobierno británico consideraba que la decisión argentina de aceptar como pago
de sus exportaciones libras bloqueadas sin interés constituía de por sí un
enorme favor. Incluso, el canciller Anthony Eden señaló que la influencia nazi
en América latina, si es que existía, perdería fuerza una vez que Alemania
fuera derrotada, por lo cual “toda medida que demore la victoria en Europa
inevitablemente derrota a su propio objetivo en América latina. (1)
El
primer ministro Winston Churchill y Eden discutieron si debía cederse a las
exigencias norteamericanas. En principio, Churchill estaba a favor de demostrar
lealtad a su aliado, apoyándolo contra la “recalcitrante argentina”. No
obstante, cambió de opinión cuando tuvo conciencia de las graves consecuencias
militares que se generarían con la interrupción del abastecimiento: las
advertencias del Estado mayor respecto del nivel de las reservas de alimentos y
artículos de cuero eran decisivas. (2)
Para
ese entonces, existía en el Foreign Office gran disgusto a causa de la
tendencia norteamericana de tratar de imponer políticas contrarias a los
intereses británicos. El embajador británico en Buenos Aires, David Kelly, se
quejaba de que la coordinación con la política norteamericana siempre
significara el seguimiento de los pasos dados por Estados Unidos, pero nunca lo
opuesto. Los británicos se alegraron de que ni a Canadá ni a Brasil ni a Chile
les agradaran los planes de Hull. Incluso, las revelaciones del expansionismo
argentino no cambiaron el modo de pensar británico. En caso de que fuera real,
dicho expansionismo colaboraría en generar un mundo multipolar, algo
conveniente para el debilitado Imperio. No constituía un peligro para la causa
de los aliados; era, en cambio, un obstáculo para las pretensiones hegemónicas
de Estados Unidos. Solamente podría implicar una leve modificación del statu
quo, dado que Estados Unidos nunca había dominado ni a la Argentina ni a
su política exterior. (3)
En
consecuencia, el embajador británico en Washington, lord Halifax, informó a
Hull que su propuesta estaba fuera de toda consideración, salvo que pudiera
decir de qué manera Gran Bretaña podía reemplazar un cuarto de su ya
disminuida ración de alimentos. Hull no pudo dar respuesta. El Foreign Office
aclaró incluso que, como había sido designado encargado de las adquisiciones
de carne para todas las fuerzas aliadas en Europa, el problema no era sólo
interno. De esta manera, el Departamento de Estado sólo pudo reforzar el boicot
a la Argentina accediendo finalmente a los deseos del Departamento del Tesoro
respecto de un congelamiento general de fondos argentinos. (4)
En
realidad, el gobierno británico veía los problemas de la Argentina siempre
vinculados con su necesidad de mantener abierto el flujo de varios productos,
especialmente carne. Tampoco la idea de la unidad hemisférica tenía gran
significación para los británicos. Esta era más bien interpretada como una
máscara, detrás de la cual los norteamericanos operaban para dominar el
continente. En el caso particular de la Argentina, que en cierta forma integraba
la esfera de influencia de Gran Bretaña, los británicos interpretaban las
acciones de los norteamericanos como competitivas. Esto se deduce del testimonio
del embajador Kelly, quien al describir la situación de la Argentina durante la
guerra, señaló que Estados Unidos hizo “todo lo posible para alcanzar la
supremacía comercial”, en el curso de la contienda. Tampoco el embajador
veía amenaza alguna en la expansión del fascismo en la Argentina. (5)
Kelly escribió posteriormente:
Mi
propia y firme convicción, que informé incesantemente a Londres frente al
sostenido ataque del gobierno y la prensa norteamericanos (la última fielmente
repetida por la prensa inglesa), era
que en la abrumadora mayoría, las clases gobernantes, el nuevo gobierno
militar, y los argentinos de toda clase, no tenían interés en la ideología
nazi ni en ninguna otra ideología europea; que ellos sentían que ellos o sus
padres habían venido de Europa justamente para decir “adios a todo eso”,
que estaban primera y últimamente interesados en sí mismos, en pasarla bien, y
que su verdadero deseo era seguir con los negocios como siempre con ambas partes
inmersas en una disputa en la cual sentían que no tenían ningún interés ni
personal ni nacional. (6)
Cuando
el gobierno norteamericano decidió retirar a su embajador de la Argentina,
pidió a su par británico que también retirara a Kelly, para no demostrar
fisuras entre ambos gobiernos. El canciller
Eden se opuso a implementar una medida
que Londres no había consultado con anticipación. Consideraba que en tiempos
difíciles el retiro de los embajadores no ayudaba y, además, faltaban sólo
tres meses para que el asunto del convenio de las carnes debiera ser
considerado. Hull insistió en que Eden reconsiderara el tema y el presidente
Roosevelt envió un mensaje al primer ministro Churchill instándolo al retiro
del embajador. Como sabemos, finalmente Churchill, en vista de todos los
problemas que debían resolverse con Estados Unidos, decidió mostrarse
cooperativo y accedió. (7)
No
obstante, el 14 de julio de 1944, Churchill envió un mensaje a Roosevelt
afirmando que Gran Bretaña deseaba hacer todo lo posible para ayudar respecto
de los países sudamericanos, pero recordaba la dependencia británica de la
carne importada. Señalando el recorte en la ración de carne de los
británicos, Churchill solicitaba a Roosevelt que pidiera a Hull no hacer nada
que pusiera en riesgo el tratado de carnes con la Argentina. Roosevelt contestó
el 22 de julio, asegurando que su gobierno no haría nada para obstruir el
acuerdo, pero reiteraba los cargos en contra de la Argentina. (8)
El 2
de agosto de 1944, el secretario de Estado interino Stettinius instruyó al
embajador en Londres John Winant para que instara al canciller Eden a manejar
las negociaciones con la Argentina de manera de “reforzar nuestra posición
política”. Stettinius sugería que las negociaciones fueran prolongadas y se
asumiera una posición firme en cuanto a precios y otros términos. También
instaba a que se encararan las negociaciones como una “transacción comercial
aislada dictada por necesidades
especiales de la guerra” y separada de las posiciones política y económica.
La nota sugería también que Gran Bretaña siguiera a Estados Unidos en su
reducción de entre 40 y 65% del total de las compras a Buenos Aires. (9)
El
mismo día, Churchill criticó duramente a la Argentina en la Cámara de los
Comunes. Hizo referencia a los vínculos tradicionales entre Londres y Buenos
Aires, lamentando que el viejo amigo “hubiera elegido entretenerse con el mal,
y no sólo con el mal sino con el lado perdedor”. Advirtió también que todo
ello no sería olvidado fácilmente luego de la guerra. Las naciones tendrían
que ser juzgadas después del conflicto por su papel en la lucha. No sólo los
beligerantes, sino también los neutrales verían su posición en el mundo
afectada según el papel que hubieran elegido jugar en la crisis bélica. (10)
Con
todo, Churchill no estaba decidido a ir más allá de una duras palabras. En
realidad, el gobierno británico había resuelto que el costo de la presión
sobre la Argentina era demasiado alto. El
4 de agosto, el encargado de negocios británico entregaba una nota dirigida al
secretario de Estado, señalando que Gran Bretaña nunca había otorgado ninguna
connotación moral al reconocimiento, y expresando dudas de que el
reconocimiento pudiera utilizarse para conseguir un cambio de gobierno en Buenos
Aires. La nota afirmaba que Londres encontraba difícil justificar la ausencia
de su embajador en Buenos Aires, en tanto Estados Unidos mantenía varias
misiones militares asesorando al “recalcitrante gobierno”. Advertía
también que cualquier decisión debía ser consultada con algunos de los
vecinos de la Argentina, dado que éstos eran vulnerables a la presión del
gobierno de Buenos Aires. No obstante, el Departamento de Estado continuó
presionando para que Gran Bretaña no asumiera actitud alguna que pudiera
interpretarse como apaciguamiento. Insistió en que las negociaciones por las
carnes fueran postergadas, o, en caso de ser concluidas, lo fueran por un
acuerdo de tiempo limitado. (11)
Ante
los rumores de que Gran Bretaña firmaría un convenio por cuatro años con la
Argentina, en lugar de operar sobre la base de contratos mensuales, como
aconsejaba el gobierno norteamericano, el secretario Hull envió el 12 de
septiembre un memorándum al presidente Roosevelt, recordándole que la
implementación de la política hacia la Argentina dependía de la cooperación
británica en asuntos económicos. Hull sugería que tal vez otros países, o
Estados Unidos mismo, pudieran contribuir en la provisión de carne a Gran
Bretaña. El 16 de septiembre, Hull nuevamente advirtió al embajador británico
sobre la firma del convenio con la Argentina, insistiendo en un arreglo sobre
contratos mensuales. Como el gobierno británico aparecía renuente a colaborar,
Roosevelt decidió dar un comunicado de prensa, mencionando “la extraordinaria
paradoja del crecimiento de la influencia nazi-fascista” a medida que los
aliados iban ganando la guerra. Señaló también que la prensa pro-fascista de
la Argentina, y algunos grupos en este país y en ciertas otras repúblicas
trataban de socavar a las repúblicas americanas y a los aliados, haciendo
circular el rumor de que sus gobiernos no estaban de acuerdo respecto de la
política hacia la Argentina. (12)
El
Foreign Office solicitó entonces al Departamento de Estado una clara
declaración de los objetivos norteamericanos, como guía para la consideración
de la colaboración en las sanciones económicas respecto de la Argentina. La
respuesta de Washington se refirió al grupo gobernante en la Argentina como
pro-nazi, contrario a los aliados, y cuya política era promover este tipo de
gobierno en otros países latinoamericanos. Dicho grupo tenía “planes
expansionistas para la dominación de Sudamérica y trabaja febrilmente
para desarrollar una máquina militar suficientemente poderosa para
respaldar arbitrarios pedidos políticos y económicos a sus vecinos”. Hull
aseguraba que su gobierno nunca acreditaría un embajador ante un gobierno
controlado por ese grupo. Advertía al gobierno británico que, de no seguir un
curso similar al norteamericano en el campo económico, haría creer al régimen
argentino que podía llegar a separar a Gran Bretaña de Estados Unidos. (13)
El 10
de octubre de 1944, Hull instruía al embajador Winant informar al gobierno
británico que no era posible
separar la consideración del asunto respecto de la Argentina, de la de los
pedidos británicos de cooperación en una escala mucho más importante en otras
áreas, lo cual implicaba una velada amenaza. El mismo día, Roosevelt enviaba
un telegrama a Churchill, insistiendo en que se acordara con la Argentina sobre
una base mensual. El primer ministro respondió, señalando su temor de que
Francia, Bélgica y Holanda se introdujeran en el mercado comprador de carnes
con grandes reservas de oro y perjudicaran los precios británicos. Churchill
accedía a aceptar temporalmente la idea de la base mensual, pero advertía que
más tarde tendría que volver a plantear el asunto. (14)
Por
cierto, los problemas no eran sólo con Gran Bretaña. Desde comienzos de
septiembre de 1944, el gobierno norteamericano comenzó a tener inconvenientes
para mantener en línea a los países latinoamericanos. El 15 de septiembre, el
secretario de Estado advertía a sus representantes en América latina (excepto
aquéllos en Perú, Uruguay y la Argentina) que se tenía evidencia que indicaba
la existencia de re-exportación legal e ilegal de las repúblicas americanas
hacia la Argentina. Washington también recibía quejas de su embajada en Buenos
Aires, de que firmas británicas y canadienses vendían productos a la Argentina
que los Estados Unidos no recibían. Un memo de la Administración Económica
Extranjera, recibido en el Departamento, especificaba los productos de los
embarques violatorios del embargo establecido por Washington. Aparte de las
repúblicas americanas, Canadá, Sudáfrica, Suiza y España eran acusados de
proveer productos que reemplazaban ítems embargados por Estados Unidos. El
documento también mencionaba “un amplio contrabando” entre las repúblicas
americanas y la Argentina, que consistía en la re-exportación de productos
originarios de Estados Unidos. También planteaba si los límites en las compras
a la Argentina tenían impacto significativo. (15)
A
mediados de noviembre, la cuestión de la cooperación de Gran Bretaña volvió
a presentarse como consecuencia de la amenaza de Washington de detener la
fabricación de productos que la Argentina necesitaba para sus envíos de carne
a Gran Bretaña (en este caso, un compuesto sellador), hasta que la posición de
Londres fuera aclarada. Churchill contestó, recordando que Gran Bretaña
había accedido a comprar sobre una base mensual hasta mediados de 1945,
sin convenio de por medio. El primer ministro se mostraba molesto de que se
aplicara una presión de ese tipo a su gobierno. Roosevelt respondió que no
existía amenaza y que agradecía que se hubiera arreglado la operación sobre
dicha base. (16) Por cierto, la
aceptación de esta base para acordar con la Argentina marcó el límite del
sacrificio a que estaban dispuestos los británicos. La gran cantidad de libras
acumuladas por la Argentina en Londres era otra razón de peso para que los
británicos no desearan disgustar a los argentinos. (17)
Por
otro lado, los ingleses mantendrían una actitud pasiva en los hechos que se
desarrollaron en la segunda mitad de 1945 y culminaron con la obtención de la
vía libre por parte de Perón, para trabajar en favor de su campaña electoral.
Tanto el gobierno militar como los partidarios de Perón demostraban cierta
simpatía hacia Gran Bretaña. En cambio, los terratenientes, tradicionalmente
amigos de los británicos, no le perdonaban a éstos que no hubiesen apoyado al
Departamento de Estado en su campaña opositora a Perón y al régimen militar.
También fue señalado que los británicos habían contribuido financieramente a
la campaña electoral peronista, pero de esto obviamente no han quedado pruebas.
Por cierto, los británicos no tenían otra alternativa que estar a favor de
Perón o, al menos, ser amigables con él. El hecho de que los opositores a
Perón estuvieran estrechamente vinculados a los norteamericanos y al embajador
Braden era de por sí una amenaza a los intereses británicos en la Argentina si
aquellos llegaban a triunfar en las elecciones. (18)
NOTAS
Rowen Dutton a Eady 15-21/21/1/44, T. 160/1267 f. 18318/050/1; Eden a Halifax, 8 de enero de 1944, y Eden a Churchill, 10 de enero de 1944, AS 254/78/2, FO 371/37698; Memo de Scott, 10 de enero de 1944, A 334/350a, cit. en ibid., p. 122.
Churchill a Eden , 11 de enero de 1944, AS 254/78/2, FO 371/37698; “Eden’s Position with the Ministerial Committee on Armistice Terms”.CAB 65/41, W.M. 6 (41); Ismay a Churchill, 20 de enero de 1944, PREM 3/50a, cit. en ibid., pp. 122-123.
Kelly a Perowne, 20 de enero de 1944, AS 480/78/2, FO 371/37669; Charles al F.O., 14 de enero de 1944, AS 318/78/2, FO 371/37698; Halifax al F.O., 16 de enero de 1944, AS 347/78/2, FO 371/37698; conversación entre Bonsal, Blake-Tyler y G.F. Theobald, 1º de noviembre de 1943, Memoranda-Argentina, vol. 4, RG 59, DOS, cit. en ibid., p. 123.
Conversación entre Hull y Halifax, 5 de enero de 1944, 711.35/222, RG 59, DOS; Percy B. Bidwell, “Good Neighbors in the War, and After”, Foreign Affairs, abril de 1943, 529; FRUS, 1944, VII, 102, 333, 337, cit. en ibid., p. 124.
D. Kelly, The Ruling Few, 1952, p. 293, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 230.
Idem supra, p. 114, cit. en ibid., p. 231.
FRUS, 1944, VII, 321, 330, 332; Llewellyn Woodward, British Foreign Policy in the Second World War, London, 1962, pp. 413, 414-416, cit. en ibid., pp. 231-232.
FRUS, 1944, VII, 333-334, cit. en ibid., p. 232.
FRUS, 1944, VII, 337, cit. en ibid., pp. 232-233.
FRUS, 1944, VII, 338, cit. en ibid., p. 233.
FRUS, 1944, VII, 340, 341, 342-343, cit. en ibid.; “Memorandum on the Anglo-U.S.-Argentine Triangle during 1944", AS 2859/12/2, FO 371/44686, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 151-152.
FRUS, 1944, VII, 351-352, 356-357, cit. en M.J. Francis, op. cit., pp. 234-235.; “Memorandum on the Anglo-U.S.-Argentine Triangle during 1944", AS 2859/12/2, FO 371/44686, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 155-156.
FRUS, 1944, VII, 361-362, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 235; “Memorandum on the Anglo-U.S.-Argentine Triangle during 1944", AS 2859/12/2, FO 371/44686, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 156-157.
FRUS, 1944, VII, 363-364; Ll. Woodward, op. cit., p. 415, cit. en M.J. Francis, op. cit., pp. 236-237.
FRUS, 1944, VII, 350, 355-356, 358, cit. en ibid., p. 237.
FRUS, 1944, VII, 366-367, 371, cit. en ibid.
D. Kelly, The Ruling Few, 1952, p. 293, cit. en ibid., pp. 237-238.
M. Rapoport, op. cit., pp. 224-225.
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