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Hacia fines de 1944, era evidente que los esfuerzos de Hull no estaban dando resultado. El gobierno de Farrell no mostraba signos de estar capitulando. En realidad la presión de Washington parecía  estar concediendo al gobierno argentino un argumento para obtener respaldo interno. Según Francis, cuatro factores interactuaron para que se produjera un cambio de política. En primer lugar, la renuncia de Hull a su cargo, en diciembre de 1944, permitió el nombramiento de otras personas en áreas dedicadas a la política con América latina. Edward Stettinius ocupó su lugar, y Nelson Rockefeller fue designado para el nuevo cargo de secretario asistente para Asuntos Latinoamericanos. Rockefeller había estado a cargo de la Oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos y conocía la insatisfacción de los países de la región con la política de Washington hacia la Argentina. Consideraba además que la política latinoamericana de los Estados Unidos debía basarse en la no intervención y la igualdad jurídica de los estados. Avra Warren, un discípulo de Welles, fue nombrado jefe de la división de Asuntos de las Repúblicas Americanas. (1)  
    En segundo término, la Argentina había encontrado una vía para conseguir el apoyo de los países de la región, solicitando a la Unión Panamericana, en octubre de 1944, la convocatoria de una reunión para discutir las relaciones exteriores de su país. En tercer lugar, los intereses norteamericanos veían cómo se estaba perdiendo el mercado argentino y temían la nacionalización de sus inversiones. Estos grupos serían más escuchados por los nuevos funcionarios del Departamento. Por último, estaba el fracaso en obtener la colaboración de Londres. A mediados de diciembre, la embajada norteamericana en Buenos Aires informaba que era evidente que los británicos no estaban cooperando en la limitación de las exportaciones a la Argentina, habiendo incluso aumentado el flujo de productos y firmado un contrato sobre petróleo. También se mencionaba que las exportaciones mexicanas eran mayores que en cualquier período anterior; que Brasil había aumentado enormemente sus exportaciones a la Argentina, y que Chile mantenía su política exportadora hacia su vecina. (2) 
    Frente al pedido del gobierno argentino a la Unión Panamericana de convocar una reunión para discutir la situación existente entre la Argentina y las demás repúblicas americanas, el gobierno norteamericano consiguió organizar una conferencia para los países que habían participado en el esfuerzo bélico, de manera tal que la Argentina quedara excluida. Esta fue la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz, que tuvo lugar en la ciudad de México, del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945 (también conocida como Conferencia de Chapultepec). (3)
   
Sin embargo, antes de que la programada Conferencia tuviera lugar, en los primeros días de febrero arribaba a Buenos Aires una misión secreta enviada por el Departamento de Estado, con el propósito de mantener conversaciones con el coronel Perón y otros miembros del gobierno argentino. El arreglo alcanzado consistió en que, si la Argentina cumplía con los compromisos firmados en la Reunión Consulta de Río de 1942 y aceptaba reintegrarse a la comunidad interamericana -lo que se llevaría a cabo en la Conferencia de México-, Estados Unidos suspendería todas las medidas coercitivas impuestas a la Argentina, incluso en el ámbito militar. El gobierno argentino solamente no aceptó la sugerencia de entregar el gobierno a la Corte Suprema hasta que se realizaran las elecciones nacionales, pues Perón consideró que este asunto correspondía a la política interna. (4)  
    La Conferencia comenzó con un fuerte impulso latinoamericano, conducido por Paraguay y Colombia, para tratar de inmediato el problema argentino. Stettinius y Rockefeller decidieron que la única forma de evitar una revuelta era formulando los términos bajo los cuales la Argentina podía ser reincorporada. Stettinius envió una comunicación a Roosevelt solicitando autorización para implementar un cambio de política. Su fórmula para el reconocimiento de la Argentina exigía que este país cumpliera con varios actos: a) declarara la guerra al Eje; b) expresara su deseo de implementar medidas prácticas para la defensa hemisférica; c) redujera la concentración de tropas en sus fronteras; y d) se adhiriera a todas las resoluciones de la Conferencia de México. Roosevelt aprobó esta fórmula al día siguiente. (5) 
    El plan fue presentado a los otros miembros de la Conferencia, y un grupo de éstos lo dio a conocer a los representantes argentinos. El gobierno argentino lo rechazó, considerando que no necesitaba hacer concesiones, dado que las presiones para lograr la unidad interamericana en la próxima Conferencia de las Naciones Unidas en San Francisco serían muy fuertes. Finalmente, el Acta de Chapultepec lamentaba la negativa de la Argentina a tomar las medidas necesarias para haber participado de la Conferencia, pero expresaba el deseo de que dicho país se adhiriese a los principios allí establecidos, invitándola a hacerlo formalmente y lograr de ese modo su incorporación a las Naciones Unidas. La prensa latinoamericana aprobó los logros de la Conferencia. El canciller interino argentino, César Ameghino felicitó a la Conferencia. En tanto, el coronel Perón comenzó a preparar a la opinión militar para una declaración de guerra. (6)  
    Por cierto, el aspecto más interesante de las relaciones anglo-norteamericanas de la época respecto del problema argentino fue la cooperación secreta entre el Foreign Office y Nelson Rockefeller. A medida que la guerra llegaba a su fin, la dependencia aliada de la Argentina se acentuaría como consecuencia de la necesidad de alimentos de la Europa liberada. No obstante los temores británicos respecto de la competencia económica norteamericana, la política que Rockefeller pedía para la Argentina era la única viable para el Foreign Office. De esta manera, se estableció una  relación secreta de cooperación entre ambas partes. El 30 de marzo, Rockefeller

apeló con franqueza a toda la ayuda posible que el representante de su Majestad en Buenos Aires pudiera prestarle para enfrentar a sus críticos en los Estados Unidos (...) y admitió estar apoyándose más en la embajada de Su Majestad que en la suya propia, en la que no confía.

Luego que la Argentina declarara la guerra, Rockefeller coordinó la fecha de partida del embajador británico a Buenos Aires para frustrar una intentona de último momento por parte de Adolf Berle, en ese entonces embajador norteamericano en Brasil, para impedir el reconocimiento del gobierno argentino. Las tratativas de Rockefeller con los británicos se le ocultaban a Reed, el encargado de negocios norteamericano en Buenos Aires. (7) 
    Del lado argentino, el rol de Perón en la decisión de declarar la guerra debe ser señalado. El 20 de marzo, el encargado de negocios británico Alfred Noble se reunió con él para subrayar la necesidad de dar aquel paso. Pero existía oposición dentro del ejército. El general Carlos von der Becke, oficial de considerable influencia, opinaba que sería humillante declarar la guerra a última hora y bajo presión norteamericana. En la aeronáutica, la opinión estaba dividida: los jóvenes oficiales nacionalistas estaban en contra. La marina en general se inclinaba hacia la beligerancia. Algunos funcionarios favorecían una declaración de guerra sólo a Japón. El ministro de marina e interior, almirante Alberto Teissaire, sostenía que era más digno dejar pasar algún tiempo. Esta información llegó a Noble, quien comunicó a Perón que la demora conspiraría contra las posibilidades argentinas de obtener el reconocimiento. Por distintos motivos, tanto los industriales como los comunistas favorecían la beligerancia. Los radicales, los socialistas y los conservadores estaban en contra. En definitiva, una minoría muy heterogénea favorecía la decisión de Perón de declarar la guerra. (8)  
    El 27 de marzo de 1945, la Argentina declaró la guerra al Japón y a Alemania “como aliada del Japón”. El mismo día, Nelson Rockefeller sostuvo en una conferencia de prensa que, si bien esto no garantizaba el reconocimiento, era un paso relevante. Para calmar las dudas de Perón sobre un eventual desaire, agregó que Estados Unidos nunca había cortado sus relaciones con la Argentina, sino solamente convocado a su embajador. La opinión pública argentina recibió la noticia de la declaración de guerra con completa indiferencia. (9)  
    No obstante la persistente creencia de Berle en que la Argentina invadiría a uno de sus vecinos, y, a pesar de las quejas de Wendelin y Spaeth, quienes repetían la retórica de Hull, Dean Acheson decidió que la Argentina había cumplido con las expectativas interamericanas. El 31 de marzo, la Unión Panamericana aceptó el pedido argentino de firmar el Acta de Chapultepec, cosa que la Argentina llevó a cabo el 4 de abril. Roosevelt autorizó a Stettinius a reconocer al gobierno Farrell-Perón, estableciéndose que el reconocimiento, que también sería otorgado por Gran Bretaña y por las repúblicas americanas que no lo hubieran hecho antes, se produciría el día 9, lo cual efectivamente ocurrió. Para Perón, éstos fueron días inciertos, dado que había sido fuertemente atacado en el gabinete, por haber declarado la guerra sin tener la seguridad de que a cambio obtendría el reconocimiento. (10) 
    Luego de ser admitido nuevamente en la familia panamericana, el gobierno argentino tomó una serie de medidas anti-Eje. Cerró algunos diarios nacionalistas y partidarios del Eje;  los tripulantes  del Graf Spee internados en el país fueron declarados prisioneros de guerra; los miembros de la embajada de Japón fueron enviados al interior; se creó un registro de enemigos nacionales, y se reforzaron las medidas de intervención en empresas del Eje. Por su parte, Estados Unidos levantó restricciones a las exportaciones e importaciones respecto de la Argentina. Además envió una misión diplomático-militar a Buenos Aires encabezada por Avra Warren -del Departamento de Estado-, y el general George Brett -del Comando de Defensa del Caribe-, con el objetivo de discutir asuntos de cooperación política, económica y militar, y considerar la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Los informes de la misión fueron todos favorables a continuar con el acercamiento. Incluso la misión Warren se dirigió inesperadamente a San Francisco el 23 de abril, para llevar personalmente las buenas noticias a la delegación norteamericana. A la vez, Gran Bretaña reinició las negociaciones para un convenio de carnes de largo plazo. (11)  
    Por otra parte, el 12 de abril de 1945 moría el presidente Roosevelt. La asunción de Harry S. Truman, sin embargo, no habría de traer cambios relevantes en la política exterior de Estados Unidos. En particular, la política hacia América latina no fue modificada. El objetivo hacia la Argentina continuó siendo el mismo: tratar de normalizar las relaciones, intentando hacer viable una invitación para que dicho país pudiera asistir a la Conferencia de San Francisco. Esta iniciativa encontró oposición tanto en Estados Unidos como en otros países. Las resoluciones de la Conferencia de Yalta establecían que la Argentina debía ser excluida de la carta de fundación de las Naciones Unidas, aunque las minutas soviéticas parecen más definitorias en este sentido que las norteamericanas o británicas. El gobierno británico finalmente se mostró partidario de admitir eventualmente a la Argentina en las Naciones Unidas, pero no impulsaría un movimiento para que dicho país apareciese entre los miembros fundadores. A su vez, los países latinoamericanos querían terminar con el aislamiento de la Argentina. Así, el canciller brasileño, Pedro Leao Velloso, convocó a una reunión de países del continente en Washington, en la cual se acordó el apoyo hemisférico para lograr que la Argentina participase de  la fundación de las Naciones Unidas, si este país cumplía con determinadas pautas. (12) 
    Con todo, la evolución de los acontecimientos en la Conferencia de las Naciones Unidas, celebrada en San Francisco del 25 de abril al 26 de junio de 1945, favoreció a la Argentina. En Yalta se había establecido que Estados Unidos apoyaría el ingreso de Ucrania y Bielorrusia como estados independientes, lo cual constituía una salida negociada frente a la exigencia inicial de la Unión Soviética de que dieciséis repúblicas soviéticas fueran aceptadas como miembros, para contrabalancear los bloques latinoamericano y del Commonwealth. No obstante, los países latinoamericanos decidieron que no apoyarían el ingreso de Bielorrusia y Ucrania, si la Argentina no era admitida. Como el bloque latinoamericano tenía número suficiente para vetar la admisión de las dos repúblicas soviéticas, si esto se producía, la Unión Soviética podría utilizar el hecho como una excusa para no cumplir con sus compromisos respecto de Europa oriental. Se propuso entonces una solución de compromiso: invitar a la Argentina a la conferencia sin permitirle ser miembro de la organización. Truman aceptó con pocas ganas, pues consideraba que la Argentina no debía ser invitada. (13)  
    Los rusos exigieron entonces que Polonia, ocupada por el Ejército Rojo, fuera invitada antes que un “estado fascista” como la Argentina, bajo la amenaza de retirarse en caso contrario. Los estados latinoamericanos comenzaron a retirar su apoyo a Bielorrusia y Ucrania. Los británicos advirtieron que nunca aceptarían una Polonia dominada por la Unión Soviética. Esta riesgosa situación favoreció a la Argentina. En la reunión de la comisión de Iniciativas del 27 de abril, Rockefeller pudo convencer a los latinoamericanos de que votaran en apoyo de las dos repúblicas soviéticas antes de recibir la promesa rusa respecto de la Argentina. Sobre la base de esta demostración de buena voluntad, Stettinius, Rockefeller y Eden decidieron apoyar la invitación de la Argentina. En la sesión plenaria del 1º de mayo de 1945, después de un fuerte debate, se votó en contra de Polonia y a favor de la Argentina. La Argentina fue así admitida a la Conferencia y a las Naciones Unidas. En realidad, hasta último momento Stettinius esperaba que ni la Argentina ni las dos repúblicas soviéticas fueran admitidas, aunque asistieran a la Conferencia. La introducción de la variable polaca, sin embargo, hizo cambiar sus planes. Así, el 7 de mayo, la delegación argentina, encabezada por los embajadores Cárcano e Ibarra García, partió de Buenos Aires para San Francisco. Tomó sus lugares el 11 de mayo y firmó la Carta de las Naciones Unidas como miembro fundador. (14) 

  1. M.J. Francis, op. cit., p. 238; Welles a Rockefeller, 26 de marzo de 1942, box 500, RG 229, OCIAA; FRUS, 1945, IX, 9; Duggan a Rockefeller, 28 de octubre de 1943 y 31 de enero de 1944, RG 229, OCIAA, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 163.

  2. FRUS, 1944, VII, 371-377, cit. en M.J. Francis, op. cit., p. 238.

  3. Según Connell-Smith, ésta fue una conferencia diplomática de aliados fuera del sistema interamericano; se la considera como una conferencia interamericana “especial”, como la conferencia de Buenos Aires de 1936. G. Connell-Smith, op. cit., p. 217, n.1. Este autor señala que la resolución que se denominó “Asistencia Recíproca y Solidaridad Americana”, más conocida con el nombre de “Acta de Chapultepec”, contenía innovaciones importantes en el campo de la paz y seguridad americanas. Declaraba que: “La seguridad y la solidaridad del continente resultan afectadas en la misma medida por un acto de agresión contra cualquier Estado americano  por parte de un Estado no americano, como por un acto de agresión de un Estado americano contra otro u otros Estados americanos”. Esta agresión contra uno o más de estos Estados se tomaría como agresión contra todos ellos. Esto constituyó un adelanto respecto de la resolución sobre seguridad colectiva adoptada en la Reunión de Consulta de La Habana en 1940, que había quedado acotada a la agresión de un Estado americano de parte de un Estado no americano. Incluso, el Acta de Chapultepec previó sanciones, incluido el uso de la fuerza armada, si bien no fijó el procedimiento para  aplicarlas. El compromiso de las sanciones fue limitado a la duración de la guerra, pero fue contemplada la firma de un acuerdo que incluyera de manera permanente estas obligaciones. Ibid., p. 218.

  4. S. Welles, Where are we Heading?, New York, Harper & Brothers, 1946, pp. 205-206. Una información recibida por el FO en la misma época indicaba la posibilidad de que fuera Sumner Welles quien interviniera en las conversaciones. Los términos de éstas no aparecen en los documentos  diplomáticos publicados por el Departamento de Estado. FO AS 647/12/2, Schuckburg to FO, Buenos Aires, 29 de enero de 1945. Citado en M. Rapoport, op. cit., p. 269 y n. 85.

  5. FDR a Stettinius, 24 de febrero de 1945, 835.00/2-2445, RG 59, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 168-169.

  6. Stettinius a Roosevelt, 6 de marzo de 1945, box 386, Conferencia de Ciudad de México, Stettinius Papers; Batemen a Eden, 11 de enero de 1945, AS 644/317/51, FO 371/45014; Redvers Opic Memo, 26 de abril de 1945, AS 3022/45/51, FO 371/44999; Stettinius Daily Record, 7 de marzo de 1945, box 286, Conferencia de Ciudad de México, Stettinius Papers; “Inter-American Conference on Problems of War and Peace”, Department of State Bulletin, vol. 12, Nº 299, 18 de marzo de 1945; FRUS, 1945, IX, 147; Reed a Stettinius, 17 de marzo de 1945, 835.00/3-1745, RG 59, DOS, cit. en ibid., p. 169.

  7. Halifax al F.O., 30 de marzo de 1945, AS 1816/12/2; FO 371/44685, y Halifax al F.O., 5 de abril  de 1945, AS 1927/12/2, FO 371/44695; AS 2228/12/2, FO 371/44686, cit. en ibid., pp. 170-172.

  8. Noble a Eden, AS 1964/82/2, FO 371/44709; Noble a Eden, 31 de marzo de 1945, AS 2070/92/2, FO 371/44709, cit. en ibid., p. 172.

  9. Noble a Eden, 17 de abril de 1945, AS 2178/92/2, FO 371/44710, cit. en ibid., p. 172-173.

  10. AS 1001/12/2, FO 371/44685; Lockwood a la Division of River Plate Affairs, 10 de abril de 1945, Memoranda-Argentina, vol. 5, RG 59, DOS; FRUS, 1945, I, 200 y IX, 372-378, cit. en ibid.,  pp. 173-174.

  11. FRUS, 1945, IX, 374-375; C.A. Macdonald, “The Politics of Intervention: The United States and Argentina, 1941-1946”, Journal of Latin American Studies, 12, Part 2, Nov. 1980, p. 385; R.B. Woods, The Roosevelt Foreign Policy Establishment and the “Good Neighbor”, pp. 193-195; Halifax to F.O., 16 April 1945, F.O. 371/44686, AS 2095/12/2; Llewellin to Churchill, 17 March, 1945, F.O 371/44685, AS 1686/12/2, cit. en R.A. Humphreys, Latin America and the Second World War, vol. II: 1942-1945, University of London, 1982, pp. 197-198.

  12. E.J. Hughes, Anglo-American Relations and the Formation of the United Nations Organization, tesis de Ph.D., Universidad de Cambridge, 1974, p. 347, n.137; Minuta de Butler, 5 de abril de 1945, AS 1962/12/2, FO 371/44685; Memorándum de G.B. Butler, “Argentina Between Mexico City and San Francisco Conferences”, 24 de agosto de 1945, Argentina-Memo, box 19, vol. 5, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 175-176.

  13. FRUS, 1945, I, 398, 410-423; Stettinius a Joseph Grew, 27 de abril de 1945, 500.00/4-2745, RG 59, DOS; conversación entre Stettinius y Truman, 26 de abril de 1945, box 245, Stettinius Papers, cit. en ibid., p. 178.

  14. “Verbatim Minutes of the Fifth Plenary Session”, Documents of the U.N. Conference of International Organization, pp. 344-372; memorándum de la conversación telefónica entre Stettinius y Truman, 27 de abril de 1945, box 244, Stettinius’ Personal File, Stettinius Papers, cit. en ibid., p. 179.

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