El caso de Brasil
Según
Stanley Hilton, la imagen de una Argentina agresiva y expansionista fue una
constante de la historia brasileña durante muchos años. Hasta 1930 en Brasil
se creía que la Argentina, en busca de su supremacía continental, buscaba
aislar a su vecino como una isla luso-africana en medio de un archipiélago
hispano-americano. Los presupuestos militares argentinos de los años ‘20
generaron ansiedad en Río de Janeiro. Durante la Primera Guerra Mundial y la
guerra del Chaco, la posibilidad de guerra entre los dos países fue un tema
permanente en la discusión estratégica brasileña. Según los brasileños, a
juzgar por el papel desempeñado por la Argentina en la guerra del Chaco, el
objetivo era aislar a Brasil. Se creía que la Argentina quería reconstruir el
virreinato del Río de la Plata. En 1938, el general Pedro de Góes Monteiro
volvió de la Argentina convencido de que existía el peligro de un ataque por
parte de la Argentina. (1)
La
Segunda Guerra Mundial trajo nuevas tensiones debido a la posición neutralista
de la Argentina. Hubo asimismo preocupación por el crecimiento del nacionalismo
en este país. El canciller Oswaldo Aranha temía más un ataque argentino por
el sur que la amenaza nazi en el noreste. El establecimiento del régimen de
1943 en la Argentina aumentó los temores, dado que éste propiciaba
abiertamente un bloque de naciones con ideas semejantes para aislar a Brasil y
combatir la influencia de Estados Unidos. Nuevamente aparecía la idea de
reconstruir el virreinato. En la posguerra, la conducta externa de la Argentina
mantendría la inquietud. Perón mantuvo alto el presupuesto de las fuerzas
armadas y buscó promover vínculos con Bolivia y Paraguay. La expansión del
sistema ferroviario y carretero en Brasil a comienzos de los años ‘50
respondió a la percepción de amenaza peronista, aunque a la caída de Perón
la desconfianza hacia las intenciones argentinas no desapareció.
La
estrategia de Brasil hacia la Argentina fue implementar una acción de contención
y establecer una relación especial con Washington. La primera consistió en
mantener oficialmente una relación de cordialidad y contactos económicos
bilaterales. Las buenas relaciones diplomáticas se cultivaron, realizándose
visitas recíprocas de varios presidentes, pero siempre tomando precauciones en
el aspecto militar. Brasil reconoció al gobierno argentino de 1943 y apoyó a
la Argentina para que volviera al sistema interamericano, disintiendo en esto
con Estados Unidos. A partir de 1930 se promovió el comercio entre ambos países.
La Argentina constituía un buen mercado para los productos brasileños, pero
era renuente a comprar por temor a permitir un gran crecimiento de su rival.
Respecto
de la relación especial con Estados Unidos, éste era visto como fuente de
asistencia militar y económica por Brasil, cuya contrapartida sería la
intercesión del último en favor de Washington en Sudamérica. Quedaba
sobrentendido el hecho de que Brasil y América hispánica eran antagonistas.
Brasil y Estados Unidos se percibían a sí mismos aislados en el continente, y
Estados Unidos podría fortalecer la posición de Brasil hacia la Argentina. En
1944, según el Departamento de Estado, Brasil buscaba alinear a Estados Unidos
no contra el régimen “pro-nazi” de la Argentina, sino contra la Argentina
misma.
La
relación Estados Unidos-Brasil fue particularmente objeto de discusión académica.
Hilton refuta la tesis de Frank McCann de que la política de Roosevelt apuntaba
a establecer la hegemonía económica y política sobre Brasil. Asimismo aquél
está en desacuerdo con la aseveración de McCann de que Washington jugara un
doble juego con Río -buscando la dominación de Brasil al mismo tiempo que
formulaba el programa de asistencia militar de posguerra reduciendo o eliminando
la importancia de Brasil-. Por el contrario, Hilton afirma que los líderes
brasileños desarrollaron un oportunismo maquiavélico, logrando explotar la
condición geográfica de Brasil para obtener concesiones económicas, militares
y políticas de Washington. En su opinión, la administración de Roosevelt
nunca desarrolló ningún programa para establecer control económico, político
o militar sobre el país sudamericano. (2)
Por
cierto, ya fuera motivado por la búsqueda de hegemonía en el continente o
simplemente por la importancia estratégica que atribuía a Brasil -muy
aumentada durante la Segunda Guerra Mundial-, Estados Unidos proporcionó una
enorme ayuda al país sudamericano. Incluso el gobierno norteamericano desestimó
hechos perturbadores de la relación bilateral, como la pronunciada simpatía
del gobierno de Vargas por la Italia fascista y las fuerzas de Franco en España,
la proclamación del “Estado Novo” en 1937 o la alianza comercial con
Alemania que contravenía un tratado firmado con Estados Unidos en 1935. Durante
la guerra, el gobierno de Washington, ansioso por obtener la cooperación de
Brasil en la defensa hemisférica, trató de incentivar la buena voluntad
brasileña con la adopción de diversas medidas. En 1940, el gobierno brasileño
recibía el primer préstamo para la construcción de la planta siderúrgica de
Volta Redonda. A esto siguieron nuevos préstamos, transferencia de tecnología
y la asignación de la primera prioridad en 1941 al proyecto del acero brasileño.
Dos años más tarde, el proyecto de Volta Redonda recibía igual prioridad que
las nuevas plantas siderúrgicas en Estados Unidos. También pueden mencionarse
los altos precios pagados por el café brasileño. Asimismo, en 1942 el gobierno
norteamericano colocó a Brasil en la misma categoría que Gran Bretaña
respecto del petróleo, cubriendo todos los requerimientos de las fuerzas
armadas brasileñas luego de entrar Brasil en la guerra. (3)
En
la entrevista secreta mantenida entre Vargas y Roosevelt, el 28 de enero de
1943, el primero planteó claramente lo que el gobierno brasileño pretendía a
cambio de su ayuda a la causa aliada. Los dos primeros puntos tenían que ver
con el prestigio del país: una posición internacional más prominente y el
reconocimiento de la preeminencia de Brasil en Sudamérica. Esto incluía el
desarrollo de poder aéreo, naval y terrestre y el fomento de la industria
pesada y de guerra. Brasil también deseaba extender sus líneas férreas y
carreteras por motivos económicos y estratégicos. El presidente brasileño
también expresó el deseo de ganar mayor influencia sobre Portugal y sus
posesiones. La disposición de las colonias portuguesas en Africa aparecía como
de vital importancia para Brasil, lo cual demostraría que las ambiciones
brasileñas excedían el marco continental. (4)
Para
acrecentar el status internacional de Brasil, Vargas se convenció de que debía
enviar una fuerza expedicionaria al frente de batalla. A pesar de alguna oposición
inicial de los generales Góes Monteiro y Eurico Dutra, el presidente sostuvo
que el hecho fortalecería la posición del país en la mesa de la paz y en
Sudamérica, y contrarrestaría el creciente número de las fuerzas armadas
argentinas. El Departamento de Guerra norteamericano no estaba de acuerdo con la
formación de dicha fuerza, principalmente porque no era necesaria para ganar la
guerra. Roosevelt, aparentemente como consecuencia de sus conversaciones con
Vargas, desestimó dichas objeciones, por lo cual Río habría de tener su Força
Expedicionária Brasileira (FEB), y también su voz en las conversaciones
que darían forma al mundo de posguerra. Estimulado por la visita de Roosevelt,
por los triunfos aliados en el norte de Africa -que hacían imposible un ataque
a Brasil-, y por la provisión de armamento, Vargas se dedicaría entonces a
buscar la hegemonía en Sudamérica. (5)
En
los meses siguientes, los presidentes de Bolivia y Paraguay fueron recibidos en
Río. Se hicieron planes para la terminación de un ferrocarril desde la ciudad
boliviana de Santa Cruz hasta el Mato Grosso, que daría a Bolivia salida al Atlántico.
Las discusiones con Paraguay fueron semejantes, y se refirieron a la posibilidad
de unir Concepción y San Pablo por ferrocarril. Mientras tanto, los paraguayos
tendrían algún puerto libre en la costa brasileña. Se ofreció también a los
paraguayos la posibilidad de entrenamiento en bases militares brasileñas. Al
igual que había hecho la Argentina, Vargas ofreció al Paraguay condonar la
deuda pendiente de la guerra de la Triple Alianza.
El gobierno brasileño también intentó fortalecer al Uruguay. (6)
Toda
la mencionada actividad brasileña despertó el recelo del gobierno argentino.
El embajador argentino en Río, Adrián Escobar, informaba alarmado sobre el
crecimiento de la fuerza aérea brasileña, y los tanques observados en un
desfile militar en San Pablo. Pero más preocupante aún para el embajador fue
la noticia de la entrevista de Vargas y Roosevelt. Escobar solicitó una
entrevista con el canciller Aranha y pidió a éste detalles de lo conversado.
El canciller brasileño respondió que todo lo hablado en la entrevista había
sido hecho público, y que Brasil y Estados Unidos continuarían cooperando en
el esfuerzo de guerra. Escobar preguntó si Brasil tenía intención de enviar
tropas al frente de batalla. Aranha respondió que la posibilidad existía.
Aranha trató de calmar a Escobar, señalando que Brasil estaba preocupado por
una supuesta indiferencia de las grandes potencias hacia sus respectivos países
al final de la guerra. No albergaría dudas, en cambio, si la Argentina se unía
en el esfuerzo de guerra, porque se podrían apoyar mutuamente en la mesa de la
paz. El canciller brasileño trataba de neutralizar la supuesta amenaza de la
Argentina, haciéndola su aliada. (7)
La
prensa brasileña publicaba en esos días gran cantidad de historias sobre la
actividad de espías nazis en la Argentina. Incluso Aranha mencionó al
embajador Escobar que un sobreviviente de un submarino nazi hundido en la costa
brasileña poseía un documento secreto transmitido desde Buenos Aires con
información sobre el movimiento de convoyes aliados. Escobar envió una muestra
de los artículos publicados a Buenos Aires, señalando que, como la prensa
brasileña estaba controlada por el gobierno, dichos artículos podían ser
considerados documentos oficiales. La prensa brasileña, según el embajador,
aprovechaba cualquier oportunidad para mencionar a Buenos Aires como un
peligroso centro de espionaje. La contrapartida de esta actividad periodística
fue llevada a cabo por la prensa argentina, sobre todo los diarios pro-nazis,
que trataron de sembrar la discordia entre Brasil y la Argentina. El embajador
brasileño en Buenos Aires, José Rodrigues Alves, presentó su protesta al
gobierno argentino por la publicación de algún artículo, con el argumento de
que en la Argentina regía el estado de sitio y el gobierno podía refrenar los
excesos de la prensa. (8)
El
aumento de los conscriptos para el año 1943 a casi el doble de lo usual,
preocupó al embajador brasileño. Lo mismo ocurrió con la noticia de que
Londres ayudaría a la Argentina en fomentar su industria de defensa. En marzo,
el gobierno argentino hizo público el hecho de que material militar producido
en la Argentina sería exportado a Gran Bretaña. Como contrapartida, Londres
ayudaría al crecimiento industrial de áreas críticas. Rodrigues Alves
inmediatamente acusó a Gran Bretaña de no jugar limpio, señalando que esta
medida era tomada por el temor británico a que Estados Unidos los desplazara
del mercado argentino al final de la guerra. Simétricamente, las noticias del
crecimiento del poder militar de Brasil producían perplejidad en los
argentinos, educados en la teoría de la superioridad de la Argentina sobre
Brasil. En mayo, este sentimiento se agudizó con la noticia de que Estados
Unidos había impartido la orden de terminar los arreglos para la formación de
la FEB. Es probable que la preocupación por el creciente poder militar de
Brasil haya sido una de las causas principales del golpe militar de junio de
1943 que destituyó al presidente Castillo. (9)
Rodrigues
Alves aconsejó el inmediato reconocimiento del nuevo gobierno argentino. La
sugerencia encontró eco en el gobierno de Río, que no tenía ninguna intención
de provocar a los gobernantes militares de la Argentina. El embajador
norteamericano en Buenos Aires, Norman Armour, sostenía en cambio que la dilación
del reconocimiento diplomático podría llevar al gobierno argentino a la
ruptura de relaciones con el Eje. Defendiendo su punto de vista, Rodrigues Alves
argüía que los países limítrofes con la Argentina debían considerar otros
factores y fundamentalmente no podían correr el riesgo de disgustar al régimen
militar impidiendo su admisión a la comunidad hemisférica. Finalmente, la
opinión brasileña prevaleció. Un enojado Armour comunicó a su gobierno que
la actitud de Brasil había provocado que Chile, Bolivia, Paraguay y
probablemente Uruguay reconocieran al gobierno argentino. Brasil había sido el
primero en hacerlo, y el embajador brasileño consideraba que esto había
causado una impresión favorable en la Argentina. (10)
Luego
de entregar al embajador norteamericano la nota que provocaría su renuncia, el
canciller almirante Segundo Storni convocó inmediatamente al embajador
Rodrigues Alves. El motivo era un pedido de ayuda al gobierno brasileño para
reconstruir el grupo ABC. Si bien rechazaba la idea de una alianza formal para
no disgustar a los países menores, Storni proponía que los tres países
colaboraran más estrechamente. El canciller argentino comunicó también a su
interlocutor que el gobierno argentino no estaba en condiciones de romper
relaciones con el Eje. Evidentemente, ante la posibilidad de que el gobierno de
Washington reaccionara adversamente frente a su carta, Storni trataba de
fortalecer los lazos regionales. Al informar a su gobierno, Rodrigues Alves señalaba
su decidida oposición a la coalición ABC. En su opinión un bloque de esa
naturaleza sólo podía provocar preocupación en el gobierno norteamericano y
en los países menores de Sudamérica. Por el contrario, el gobierno chileno fue
más receptivo a la sugerencia de Storni. Dicho gobierno estaba disgustado con
el gobierno boliviano, porque el último había comenzado a presionar nuevamente
por su salida al mar. Estaba, por lo tanto, dispuesto a aceptar cualquier
arreglo que desalentara los planes bolivianos. (11)
Rodrigues
Alves conversó con el nuevo canciller Alberto Gilbert, señalándole que la
permanencia de la Argentina en una posición aislada en América latina no podía
ser favorable a sus intereses. Sugirió también un encuentro entre los
presidentes de ambos países en Uruguayana. El embajador repitió sus ideas al
presidente Ramírez, quien se mostró receptivo a la reunión con Vargas y al
anuncio de la ruptura de relaciones con el Eje. La iniciativa se vio frustrada,
sin embargo, provocando la renuncia de tres ministros y fortaleciendo al grupo
liderado por el general Farrell y el coronel Perón. En este episodio, ocurrido
en el mes de octubre, el gobierno brasileño actuaba al margen del gobierno
norteamericano. El último planeaba en esa época sus severas medidas de coerción
económica hacia la Argentina. El gobierno brasileño, conociendo la reacción
que habrían de producir entre los argentinos, no quiso tener ninguna
participación en las mismas. En ese mismo mes,
Rodrigues Alves había recibido la información de que los coroneles del
GOU tenían la intención de provocar un conflicto armado con los países
vecinos, especialmente con Brasil. La movilización comenzaría en enero de 1944
y la Argentina podría situar en el campo de batalla más de 100.000 hombres
perfectamente equipados. (12)
Rodrigues
Alves trató de obtener toda la información posible sobre la situación militar
argentina. El hecho de que el gobierno argentino estuviera embarcado en la
producción de tanques medianos, sumado a la conocida construcción de
aeropuertos y bases aéreas próximas al límite con Brasil, fue juzgado muy
intranquilizador. El embajador ordenó al cónsul brasileño en Corrientes
dirigirse a la zona de frontera, para evaluar el movimiento de las tropas
argentinas y considerar la amenaza que éstas podían representar para el sur de
Brasil. No obstante, la preocupación del embajador brasileño era simétrica
con la del representante argentino en Brasil. A fines de diciembre, éste
enviaba un detallado informe del agregado militar, describiendo la capacidad de
las fuerzas armadas brasileñas. (13)
En
esa fecha, Rodrigues Alves comunicaba a sus superiores que por el momento no era
probable un ataque argentino a Brasil. Sin embargo, la noticia del golpe militar
en Bolivia del 20 de diciembre de 1943, instigado por los militares argentinos,
llevó al embajador brasileño a considerar la posibilidad que el movimiento
pudiera expandirse a Chile, Perú y Paraguay. A esta noticia se sumó la visita
del presidente paraguayo, general Higinio Moríñigo, a Buenos Aires. Rodrigues
Alves informó del empeño del gobierno argentino en construir un bloque de países
sudamericanos en perjuicio de Brasil. Dos semanas más tarde, el embajador
comunicaba los esfuerzos del coronel Perón por sumar a Chile y Uruguay, señalando
que el último no se incorporaría a los planes argentinos porque era hostil al
régimen militar. (14)
La
actividad del gobierno argentino en la región provocó una tremenda reacción
en el gobierno norteamericano. El embajador Armour
advirtió que este intento de crear un bloque de países sudamericanos
era contrario a los intereses de Estados Unidos y desastroso para los esfuerzos
de fomentar la solidaridad hemisférica. Inmediatamente después del
golpe boliviano, el secretario de Estado Hull envió un memorándum al
presidente Roosevelt señalando que existía temor en otros países
sudamericanos de que la Argentina respaldara revoluciones semejantes en otras
partes. Hull compartía estas preocupaciones y aconsejaba tomar medidas para
apoyar a estos países. Uno de los pasos que podría tener un fuerte efecto
psicológico era, en su opinión, proveer a Brasil con armamento adicional, por
lo cual solicitaba al Departamento de Guerra que asignara a dicho país el
material que pudiera, sin perjudicar las operaciones militares de la guerra. A
su vez, el secretario del Tesoro Henry Morgenthau insistió en la aplicación de
severas sanciones económicas, y el jefe de inteligencia militar, George Strong,
trató de demostrar que el régimen argentino estaba parcialmente controlado por
Berlín. Probablemente como consecuencia de estas presiones, el presidente
Roosevelt decidió darle curso a la propuesta de Hull. Las medidas consistirían
no sólo en enviar más armas a Río, sino también instructores adicionales,
“de manera de proveer a Brasil de una fuerza de combate
efectiva cerca de la frontera con la Argentina equivalente a dos o tres
divisiones de regimientos motorizados”. (15)
Era
evidente entonces que el gobierno de Roosevelt estaba decidido a emplear mano
dura con el régimen argentino. De aquí en adelante, Brasil no recibiría sólo
ayuda a los efectos de la guerra sino también para hacer frente a su rival. El
equilibrio de poder en Sudamérica dejó de interesar en absoluto al gobierno
norteamericano. Quedó además en manos de Brasil la capacidad de sacar provecho
del deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y la Argentina. El
presidente Vargas inmediatamente ordenó a su embajador en Washington actuar con
rapidez para obtener nuevas entregas de equipo militar. Incluso el embajador
trató de evitar -aunque éste fuera remoto- un mejoramiento en las relaciones
argentino-norteamericanas, luego de que la Argentina rompiera relaciones con el
Eje en enero de 1944, porque esto implicaba que su rival podía recibir ayuda
militar por el sistema de préstamo y arriendo. (16)
Mientras
tanto la actividad militar seguía creciendo a cada lado de la frontera
argentino-brasileña, aunque el gobierno de uno y otro país trataban de
convencer al otro de que las intenciones eran de mantener la paz. El informe del
cónsul brasileño en Corrientes mencionaba las construcciones militares y la
concentración de tropas, especialmente a lo largo del río Uruguay, lo cual
llevó al embajador Rodrigues Alves a entrevistar al canciller argentino.
Gilbert señaló al embajador que el presidente Ramírez sólo estaba dotando de
capacidad normal a un ejército deficiente, y que las intenciones del gobierno
eran mantener relaciones amistosas con los países vecinos, especialmente con
Brasil. (17)
Asimismo,
el canciller Oswaldo Aranha intentó demostrar una actitud amistosa, convocando
a un miembro de la embajada argentina en Río para decirle que el
gobierno brasileño había decidido desterrar su preocupación por la defensa de
los estados sureños. El mayor peligro, según Aranha, residía en el noreste,
región que podía ser atacada desde Europa. El canciller lamentaba que los
argentinos no comprendieran este cambio en la política de Brasil y continuaran
enviando nuevas divisiones a la frontera, cuando el gobierno brasileño estaba
retirando tropas de ese lugar para asignarlas a la fuerza expedicionaria a
Europa. Asimismo, Aranha aseguró que Brasil no tenía intenciones de enfrentar
a la Argentina. No obstante, información obtenida por el agregado militar
argentino, coronel Moisés Rodrigo, desmentía lo expresado por el canciller
brasileño. En primer lugar, se había producido un notorio incremento en las
fuerzas brasileñas establecidas en la frontera, y en el segundo, se había
confirmado la presencia de asesores militares norteamericanos en dicha zona.
(18)
Producido
el recambio de Ramírez por el general Edelmiro Farrell dentro del régimen
militar argentino, el gobierno de Estados Unidos presionó a los demás países
americanos para que no reconocieran al nuevo gobierno argentino. Brasil, que en
el caso anterior de Ramírez se había apresurado a otorgar el reconocimiento,
esta vez decidió esperar. No obstante, el gobierno y los militares brasileños
continuaron albergando una gran preocupación respecto de la situación con la
Argentina, y ante lo incierto de la misma, consideraron que no tenían otra
alternativa que mantenerse cerca de Estados Unidos. Ante la actividad militar
desplegada por el coronel Perón, ahora ministro de guerra, el general Góes
Monteiro llegó al extremo de aconsejar el traslado de la fuerza expedicionaria
-lista para embarcar con destino a Italia- hacia la frontera con la Argentina.
Asimismo aconsejaba construir bases aéreas, navales y militares en los estados
del sur. El general señalaba que Brasil debía asegurar su supremacía en Sudamérica,
pues el liderazgo continental de la Argentina era contrario a los intereses
vitales de su país. (19)
A
medida que las tres divisiones de la FEB alcanzaban su máximo entrenamiento en
1944, Perón aumentaba el gasto militar, el número de soldados llamados a
cumplir con el servicio militar, y, consecuentemente, ampliaba el cuerpo de
oficiales en un 25%. No obstante, el embajador Rodrigues Alves comunicaba en sus
informes que Perón confesaba admiración por el presidente Vargas y que el
ministro comprendía la superioridad militar de Brasil debido a su participación
en la guerra. Quizá bien impresionado por las declaraciones de Perón, el
embajador aconsejaba reconocer al nuevo gobierno argentino. El canciller Aranha
concordaba con esto, y no estaba dispuesto a acompañar al gobierno
norteamericano en la imposición de sanciones a la Argentina, lo cual perjudicaría
el comercio brasileño-argentino y podría provocar un ataque por parte de Perón
cuando las mejores tropas estaban por dejar el país. Así, aunque oficialmente
declaraba apoyar la política norteamericana hacia la Argentina, el gobierno
brasileño comenzó a distanciarse de ésta. (20)
Luego
de la muerte del embajador Rodrigues Alves en mayo de 1944 en Buenos Aires, el
presidente Vargas mantuvo contacto extra-oficial con el gobierno militar
argentino, a través de un periodista brasileño, Caio Julio César Vieira. Este
conversó frecuentemente con Perón y con el nuevo canciller, general Orlando
Peluffo. Perón afirmó a Vieira que la unidad de la Argentina y Brasil era
necesaria para mantener la armonía en el hemisferio. También señaló que el
presidente Vargas debía comprender que el único objeto del rearme argentino
era mantener la paridad con Brasil, a fin de preservar el equilibrio en Sudamérica.
(21)
A
comienzos de septiembre de 1944, Vieira fue invitado por el gobierno argentino a
realizar un viaje por las guarniciones militares en la frontera con Brasil. Su
percepción de que el ejército argentino estaba veinte años atrasado respecto
del de Brasil no dejaba de ser significativa, dado el temor que su gobierno había
evidenciado hacia la capacidad militar de la Argentina en los últimos años. De
todos modos, Vieira consideraba que la Argentina podía alcanzar la paridad en
dos años con la provisión de armas por parte de Gran Bretaña. (22)
Lo
cierto fue que la posición tanto de Brasil como de la Argentina durante la
guerra - participante activo de la misma y aliado a Estados Unidos el primero,
neutralista y prácticamente aislado en el continente el segundo- generó en
ambos gobiernos un temor casi paranoico a un ataque por parte del otro. El
gobierno brasileño pareció percibir una amenaza en la actividad a nivel
regional de la Argentina y tal vez pudo temer algún entendimiento de grupos
germanófilos argentinos con la población alemana del sur de Brasil. No
obstante, pareció no evaluar correctamente la magnitud de la ayuda militar que
recibía de Estados Unidos, que tendría que haber colaborado en desterrar la
preocupación por su rival. El hecho de que toda la preparación militar
estuviera enfocada a la guerra en Europa, y que, embarcada la fuerza
expedicionaria, el país quedara desprotegido puede explicar en parte la
preocupación brasileña. El punto de vista del gobierno argentino es más
comprensible. La provisión de armas y equipamiento militar que Estados Unidos
destinaba a Brasil, sumado a que la Argentina no podía acceder al programa de
préstamo y arriendo norteamericano, mostraba claramente a los militares
argentinos la rápida pérdida de su supremacía militar en la región y el
desequilibrio en favor de Brasil. Aunque el gobierno brasileño intentaba
demostrar que sus intenciones eran pacíficas, su alianza con Estados Unidos,
las campañas periodísticas en contra de la Argentina en Brasil y, sobre todo,
la construcción de bases aéreas cercanas a la frontera con la Argentina -desde
donde era posible un ataque a Buenos Aires- fueron percibidas del lado argentino
como una amenaza.
Por
otra parte, es importante mencionar la conclusión del trabajo de Gary Frank,
que señala que la ayuda militar norteamericana a Brasil se incrementó
notablemente en un momento de la evolución de la guerra en que dejaba de ser
necesaria. A comienzos de 1944, la provisión de armas a Brasil por parte del
gobierno de Estados Unidos estaba claramente apuntada a
romper el equilibrio sudamericano en favor de Brasil. Asimismo, McCann
menciona que la política norteamericana hacia Brasil en 1944 y 1945 tuvo como
principal objetivo asegurar la superioridad militar de Brasil sobre la
Argentina, a fin de permitir al presidente Roosevelt tratar de manera enérgica
al último país. (23)
Por
su actuación en la causa aliada, los funcionarios brasileños consideraron que
su país tenía derecho a recibir de Estados Unidos un trato diferente al resto
de los países latinoamericanos en la posguerra. Este pensamiento, sin embargo,
difería con la política de estandarización de armas y entrenamiento
sustentada por el Departamento de Guerra norteamericano
para todo el continente. Una alianza norteamericano-brasileña, por la cual
Brasil fuera transformado en un poder dominante en la región, habría producido
una reacción de los países hispanoamericanos y la creación de un bloque
opuesto a Estados Unidos y a Brasil, por lo cual fue desaconsejada. Tampoco logró
Brasil su objetivo de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas. Según McCann, Brasil se benefició de su alianza con
Estados Unidos, pero también pagó un precio. Muchos brasileños consideraron
que su esfuerzo no fue retribuido adecuadamente. (24)
NOTAS
Stanley E. Hilton, “The Argentine Factor in Twentieth-Century Brazilian Foreign Policy Strategy”, Political Science Quarterly, Vol. 100, Nº 1, Spring 1985. Cabe aclarar que las hipótesis alarmistas del general Góes Monteiro se mantuvieron hasta el final de la guerra y a pesar de la ayuda militar recibida por su país de Estados Unidos.
Frank D. McCann, Jr., The Brazilian-American Alliance, 1937-1945, Princeton, 1973, cit. en Stanley E. Hilton, “Brazilian Diplomacy and the Washington-Rio de Janeiro ‘Axis’ during the World War II Era”, Hispanic American Historical Review, Vol. 59, Nº 2, 1979, pp. 201-202.
S.E. Hilton, “Brazilian Diplomacy...”, op. cit., pp. 204-205 y 211-212.
Gary Frank, Struggle for Hegemony in South America: Argentina, Brazil, and the United States during the Second World War, Univ. of Miami, 1979, p. 36 y 99; Frank D. McCann, “Brazil, the United States, and World War II: A Commentary”, Diplomatic History, Vol. 3, Nº 1, Winter 1979, pp. 70-71. McCann aclara que pocos documentos norteamericanos se refieren a una alianza norteamericano-brasileña de asistencia mutua en el sentido que constantemente lo hacen los documentos brasileños. Incluso, la preeminencia de Brasil en América latina no fue ampliamente reconocida en Estados Unidos. Ibid., p. 71.
G. Frank, op. cit., pp. 37-38.
Ibid., p. 38.
AMFA, 20 Jan. 1943, Exp. 4, Tomo V, Folios 25 y 31; AMFA, 29 Jan. 1943, Exp. 1, Tomo 5, Folios 42-44 y 84-86, cit. en ibid., pp. 38-39.
AMFA, 29 Jan. 1943, Exp. 1, Tomo 5, Folios 84-86 y 89-90; AMFA, 3, 4 and 5 Feb. 1943, Exp. 4, Tomo 4, Folios 17-20, cit. en ibid., pp. 40-41.
G.V. 43.02.17, R A to Vargas; G.V. 43.03.03/2, RA to Vargas; Ruth and Leonard Greenup, Revolution Before Breakfast: Argentina 1941-1946, Chapel Hill, Univ. of North Carolina Press, 1947, pp. 81-82; G.V. 43.06.02/1, cit. en ibid., pp. 42, 48 y 49-50.
G.V. 43.06.15, RA to Vargas; FRUS, 1943, 376, cit. en ibid., pp. 50-51.
G.V. 43.08.10/2, RA to Vargas, cit. en ibid., pp. 56 y 104, n. 14.
G.V. 43.10.20.1, RA to Vargas, cit. en ibid., pp. 58-59.
G.V. 43.12.14; AMFA, Exp. 1, Tomo II, Folios 1, 2, and 3, Rodrigo to Gilbert, cit. en ibid., pp. 62-63.
G.V. 43.07.29; G.V. 43.12.21, RA to Vargas; G.V. 43.12.27, RA to Vargas, cit. en ibid., pp. 63-64.
C. Hull, The Memoirs of Cordell Hull, New York, Macmillian, 1948, pp. 1390-1391, cit. en ibid., p. 65; G.V. 43.12.27, RA to Vargas; FRUS, 1943, 465; J.M. Blum, From the Morgenthau Diaries, Years of War: 1941-1945, Vol. 3, Boston, Houghton Mifflin, 1967, pp. 199-201, cit. en ibid., pp. 63-65. El memo de Hull fue despachado el 8 de enero de 1944 y la respuesta de Roosevelt tenía fecha 12 de enero.
G.V. 44.01, Vargas to Martins; Papers of Cordell Hull, Manuscript Div., Library of Congress, 3 Jan. and 27 Jan. 1944, 3 Feb. 1944, cit. en ibid., pp. 65-66.
Papers of Cordell Hull, Manuscript Div., Library of Congress, 3 Jan. 1944, cit. en ibid., p. 67. Por una conversación con su colega, el embajador chileno Conrado Ríos Gallardo, Rodrigues Alves obtuvo una curiosa información. Perón había solicitado una entrevista con el agregado militar de la embajada chilena, coronel Urizar, revelando en el curso de la misma que el gobierno argentino había mantenido una extensa red de inteligencia en Brasil y en Chile. El mismo Perón había sido parte de ella, y el objetivo había sido terminar con el espionaje brasileño y chileno en la Argentina. No obstante, Perón hizo saber al coronel Urízar que el gobierno militar había abandonado completamente dichas operaciones. También le aseguró que se deseaban buenas relaciones con Chile y Brasil. Idem supra, cit. en ibid., pp. 67-68.
AMFA, Exp. 4, Tomo 6, Folios 291-294, Migone to Gilbert; Idem, Folio 273, cit. en ibid., p. 68. En ese momento también estaba asignada una partida de tanques livianos y medianos con destino a los estados sureños, que los argentinos todavía no conocían. G.V. 44.01.30, cit. en ibid., p. 107, n. 40.
G.V. 44.03.08/1, Góes Monteiro to Aranha, G.V. 44.03.13/1 and 44.03.08/1, Góes Monteiro to Aranha, cit. en ibid., pp. 72-73.
G.V. 44.03.24/2, cit. en ibid., pp. 108, n. 13, 73-74 y 78.
G.V. 44.07.25/5, Vieira to Vargas, cit. en ibid., pp. 79-80.
G.V. 44.09.22, Vieira to Vargas; G.V. 44.09.04, Vieira to Vargas, cit. en ibid., pp. 82-83.
Ibid., p. 87; Frank D. McCann, “Brazil, the United States, and...”, op. cit., p. 74.
Frank D. McCann, “Critique of Stanley E. Hilton’s ‘Brazilian Diplomacy and the Washington-Rio de Janeiro «Axis» during the World War Era’ ”, Hispanic American Historical Review, Vol. 59, Nº 4, 1979, pp. 695 y 700; también F.D. McCann, “Brazil, the United States, and...”, op. cit., p. 76.
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