Visite nuestra página principal

Capítulo 6: La tercera posición de la era peronista (1946-1955)

En febrero de 1946 el coronel (R) Juan Domingo Perón triunfaba en la elección para presidente en comicios limpios sobre la coalición opositora, la Unión Democrática, que había congregado a todo el espectro de los partidos tradicionales de la Argentina, es decir radicales, socialistas, demócratas progresistas y comunistas, con el apoyo de los conservadores. Llegaba pues con un enorme apoyo popular, pero no tendría la colaboración de fuerzas políticas que tuvieran experiencia de gobierno. Debió por lo tanto encarar la acción política con hombres nuevos. La filosofía nacionalista, junto con sus simpatías hacia Italia y Alemania, que había sido su guía en los días en que organizaba el GOU para preparar el golpe de estado de 1943 debía ser repensada. El Eje había perdido la guerra y el gobierno militar de Farrell-Perón se había visto obligado a cumplir con una serie de requisitos dispuestos por la Conferencia de Chapultepec para poner fin a su aislamiento internacional, entre ellos declarar la guerra a las potencias del Eje y dar los pasos para eliminar la influencia de éstas en su territorio. En la Conferencia de las Naciones Unidas en San Francisco, luego de arduas negociaciones la Argentina había logrado ser aceptada como miembro del nuevo organismo internacional. 
    Pero a pesar de los acuerdos logrados en las mencionadas conferencias, el año de 1945, como se ha visto en un capítulo anterior, fue sumamente conflictivo en las relaciones con Estados Unidos. Una vez adoptada la Carta de las Naciones Unidas, los estados americanos comenzaron a poner en marcha los planes que se habían aprobado en la Conferencia de Chapultepec: la suscripción de un pacto defensivo y el borrador de una carta para el sistema interamericano, considerando en ambos casos las obligaciones contraídas como miembros del nuevo organismo mundial. Para negociar el tratado de defensa, se dispuso que en octubre se reuniría una conferencia en Río de Janeiro. Sin embargo, a dos semanas de su iniciación, Estados Unidos pidió su aplazamiento, debido a nuevos problemas con la Argentina. El gobierno de Harry S. Truman acusó a la Argentina de no cumplir con sus obligaciones internacionales y declaró abiertamente que Estados Unidos no se vincularía con el régimen argentino en el tratado de asistencia militar que debía negociarse. Propuso en cambio que el tratado se negociara por consultas diplomáticas bilaterales entre Estados Unidos y los demás países latinoamericanos, posición que concitó una fuerte oposición. (1)  
    Hasta agosto de 1945, Spruille Braden había sido el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires. En pocos meses había tratado de fortalecer la oposición al régimen Farrell-Perón, llevando a cabo una ostentosa campaña en contra del gobierno argentino que constituyó una abierta intervención en los asuntos internos del país. Sin embargo, su vuelta a Washington no se debió a un llamado de atención sino a una promoción en su carrera, pues fue designado secretario asistente de Estado para Asuntos Latinoamericanos. El secretario de Estado, James F. Byrnes, declaró que su designación era “un reconocimiento a su fiel interpretación de la política de este gobierno en sus relaciones con el actual gobierno de Argentina”. Su deber sería “cuidar que la política que apoyó tan valerosamente en la Argentina continúe con valor indeclinable”. (2) De este modo, el gobierno norteamericano daba un claro respaldo a las actividades de Braden en la Argentina, lo cual implicaba que vería como deseable un cambio de gobierno en este país.  
    No obstante, y a pesar de todas las presiones en su contra, principalmente la publicación del Libro Azul por el Departamento de Estado en febrero de 1946, Perón resultó electo. Esto cambiaba radicalmente las cosas en la relación bilateral. En adelante, el gobierno argentino podía esgrimir su legitimidad de origen, a la vez que su par norteamericano no tendría otro camino que avenirse a tratar con aquél. De todos modos, para el gobierno argentino la recomposición de las relaciones no sería tarea fácil en tanto Byrnes y Braden permanecieran en sus cargos en el Departamento de Estado.  
    Por otro lado, el contexto de la mala relación con Estados Unidos era muy poco funcional para la Argentina en el mundo que se gestaba en la posguerra. A fines de 1945 se hizo evidente que los lazos que habían unido al gobierno norteamericano y al gobierno soviético en tiempos de guerra ya no existían. El presidente Truman, casi inexperto en cuestiones internacionales, trataba de encontrar el mejor camino. A su vez, Stalin declaraba que el comunismo y el capitalismo eran incompatibles y que la paz sólo sería posible si el primero reemplazaba al segundo. La opinión pública norteamericana recibió sus palabras  como un llamado a la confrontación. Winston Churchill replicó con su conocido discurso de la “cortina de hierro” en Fulton, Missouri, donde señaló que los rusos no deseaban la guerra sino los frutos de la misma y la expansión sin límites de su poder y sus doctrinas. La respuesta adecuada, en opinión del Churchill era una exhibición de fuerza militar. (3) 
    En marzo de 1947, en su mensaje al Congreso, el presidente Truman advirtió que Estados Unidos no alcanzaría sus objetivos a menos que estuviera dispuesto a “ayudar a los pueblos libres a mantener sus instituciones libres y su integridad nacional”. Esto significaba reconocer que “los regímenes totalitarios impuestos sobre pueblos libres mediante agresiones directas o indirectas, socavan los fundamentos de la paz internacional y en consecuencia la seguridad de los Estados Unidos”. (4) El presidente norteamericano enunciaba así la Doctrina Truman, por la cual la seguridad de Estados Unidos, el principio de mayor importancia de su política exterior, se fundaba en la paz internacional y dependía de la seguridad de países menores, como era en ese momento el caso de Grecia y Turquía. Así, la seguridad de cada estado resultaba de suma importancia para la seguridad de todo el sistema. (5)  
    Pero la declaración del presidente norteamericano implicaba mucho más que un simple universalismo, pues la amenaza a la seguridad internacional se definía en relación a los regímenes internos de otros estados. De esta manera, la naturaleza de los sistemas políticos y económicos, es decir los asuntos internos de otros países, se transformaban en parte esencial del orden internacional.  La intervención se consideraría legítima para preservar esa concepción del mencionado orden.
   
El presidente consideraba que la ayuda a otorgar debía ser fundamentalmente económica y financiera. Esta estaba además subordinada al establecimiento de un orden económico internacional basado en la reducción de tarifas para alcanzar el comercio libre. Para evitar una crisis como la sufrida en la década de 1930, se percibía como deseable la erección de una estructura estable de los  asuntos monetarios internacionales. Esto daría origen a un conjunto de instituciones, que pretendieron fundar las bases de un orden económico internacional estable, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF, llamado luego Banco Mundial) y el General Agreement on Tariffs and Trade (GATT). En este aspecto, la Doctrina Truman insinuaba que la aplicación de la política de seguridad podía llegar a no considerar los asuntos económicos y políticos como ámbitos separados.  
   
A su vez, América latina había surgido de la guerra más dependiente del comercio, el capital y la ayuda militar norteamericana que nunca antes. Desbaratado en gran medida el tradicional comercio con Europa, los países latinoamericanos no habían tenido otra alternativa que acudir a Estados Unidos para la provisión de bienes manufacturados. Pero las economías latinoamericanas no podían solventar estas adquisiciones si no vendían sus productos, y pocos de éstos eran necesarios a Estados Unidos. A ello se sumaba que la aumentada producción de materiales estratégicos, incentivada por Estados Unidos en los países latinoamericanos durante la contienda, también debía ser detenida. Incluso estaba presente el hecho de que, por medio del comercio estatal, los norteamericanos habían adquirido productos en América latina a precios inferiores a los del mercado y ahora, ganado el conflicto, pretendían imponer el comercio libre. La consecuencia de esto fue muy grave para América latina. Los precios de las materias primas se derribaron, en tanto los costos de las importaciones de manufacturas aumentaron, a tal punto que el desfase llevó a algunos países al borde de la bancarrota. Por todo esto, la prédica en favor del libre comercio no era bien recibida en la región. (6)  
    En este marco contextual, el presidente Perón asumía la presidencia. No es difícil percibir que además del trasfondo conflictivo que existía con el gobierno norteamericano, las ideas nacionalistas, estatistas, de autarquía económica, de preferencia por el bilateralismo, de equidistancia frente a los nuevos polos de poder mundiales y de liderazgo regional del presidente argentino eran inconciliables con la concepción del sistema internacional que estaban gestando los principales funcionarios en Washington. Es decir que, aunque los miembros del gobierno norteamericano hubieran decidido olvidar lo ocurrido con la Argentina durante la guerra, todas estas cuestiones necesariamente anunciaban nuevas dificultades en la relación bilateral. Con todo, el relativo poder económico con que la Argentina emergió de la guerra le permitiría al gobierno peronista tratar de imponer su proyecto en los primeros años de gestión. 

  1. Gordon Connell-Smith, Los Estados Unidos y la América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1977, pp. 222-223.

  2. Department of State Bulletin, XIII/322, 1945, p. 291, cit. en ibid., p. 223.

  3. James A. Nathan y James K. Oliver, Efectos de la política exterior norteamericana en el orden mundial, Buenos Aires, GEL, 1991, p. 61.

  4. H. Truman, “The Truman Doctrine: Special Message to the Congress on Greece and Turkey, March 12, 1947”, Public Papers of the Presidents of the United States, Harry S. Truman, 1947, Washington, Government Printing Office, 1948, p. 178, cit. en J.A.  Nathan y J.K. Oliver, op. cit.,  p. 67.

  5. Véase J.A. Nathan y J.K. Oliver, op. cit., pp. 67-70. También John Lewis Gaddis, Estrategias de la contención, Buenos Aires, GEL, 1989, capítulos II y III.

  6. Robert A. Pollard, La seguridad económica y los orígenes de la Guerra Frïa, Buenos Aires, GEL, 1990, p. 202.

Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "Búsqueda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.

Ir a página anterior Home Ir a página siguiente

© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.