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Perón asumió la presidencia convencido de que podía poner en práctica una política exterior equidistante de los dos polos de poder que se perfilaban en el escenario mundial. En abril de 1946 había arribado a Buenos Aires una misión comercial soviética, encabezada por Konstantin Shevelev, que, proclamando la complementariedad argentino-soviética, negoció la firma de un tratado comercial y la compra de algunos productos como lana y lino. El 15 de mayo la misión mantuvo una entrevista con el presidente electo. Las actividades de los soviéticos tuvieron repercusión en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde se consideraba que éstos podían llegar a ser competidores en la compra de algunos productos, hecho que por cierto los argentinos observaron como favorable. Posteriormente, el 6 de junio de 1946, dos días después de haber asumido la presidencia, el presidente Perón anunciaba el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y la Argentina.  El embajador soviético, Mikhail Sergeiev, un diplomático capaz que había estado anteriormente destinado en Bélgica, llegó a Buenos Aires el 31 de agosto de 1946. (1)  
    La percepción de la embajada norteamericana en Buenos Aires era que los soviéticos estarían preparados  para proveer a la Argentina aviones y camiones alemanes, a cambio de lo cual solicitarían concesiones pesqueras en el Atlántico sur. Los rusos estarían asimismo dispuestos a apoyar los reclamos argentinos por las Malvinas. No obstante, las negociaciones comerciales argentino- soviéticas, iniciadas en abril de 1946, se extenderían durante casi un año, pero sin resultados positivos. Los soviéticos tenían interés en la firma de un tratado comercial, pero su propuesta no resultaba aceptable para Perón y su canciller Atilio Bramuglia. El presidente no quería dar al tratado la trascendencia y publicidad que pretendían los soviéticos, por temor a que contribuyera a fomentar el comunismo en el continente, prefiriendo mantener relaciones comerciales en base a gestiones periódicas. Hacia fines de año, los soviéticos se mostraban desencantados con el nuevo presidente, a tal punto que consideraban disminuir el personal diplomático destinado en la Argentina. (2)  
    En octubre de 1947, las conversaciones se reiniciaron, sin el objetivo de un tratado y sobre la base del intercambio de granos y aceites industriales por maquinarias, vías férreas y equipos militares. Según la embajada norteamericana, el gobierno de Perón tenía la intención de utilizar estas negociaciones para mejorar su posición en las gestiones con Estados Unidos y Gran Bretaña. Aparentemente, el gobierno norteamericano no demostró tener inconvenientes ante el comercio argentino-soviético. En enero de 1949, Perón informaba a dicho gobierno que la Unión Soviética ofrecía adquirir los excedentes argentinos de aceite, caseína o cueros contra pago en dólares u oro. El secretario de Estado, Dean Acheson, respondió que ni el Departamento de Estado, ni el de Agricultura, ni la Administración para la Cooperación Económica (Economic Cooperation Administration, ECA) tenían objeciones a la venta de esos productos, si bien advertía la posibilidad de que la ampliación del comercio de la Argentina con los países de Europa Oriental pudiera restar a Estados Unidos y Europa Occidental un mercado tanto de exportación como de importación. (3) 
    Por su parte, el gobierno argentino designó como embajador en la Unión Soviética a Federico Cantoni, radical bloquista de la provincia de San Juan, que había adherido al peronismo. Cantoni llegó a Moscú en abril de 1947. El embajador había acordado con Perón que podrían enviarse ejemplares  de vacunos para promover las relaciones comerciales y obtener a cambio otros animales que pudieran ser útiles a la Argentina. Se planeaba también enviar técnicos argentinos para que observaran el desarrollo de los dos sistemas de granjas soviéticas. Sin embargo, el embajador no tuvo éxito en su gestión y pronto se encontró en un ambiente hasta cierto punto hostil. Ante las propuestas de Cantoni de comprar maderas y fibras de asbesto y de que empresas soviéticas participaran en licitaciones para la venta de material ferroviario y equipos para un elevador de granos, el viceministro J. Malik le señaló que al no haberse llegado a un acuerdo para el convenio comercial no podían considerarse ninguna compra en detalle. El gobierno soviético contemplaba operaciones en gran escala pero únicamente sobre la base del mencionado convenio. Tampoco contribuyó a la mejora de las relaciones la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en la Conferencia de Río de Janeiro en septiembre de ese año, que provocara en la prensa soviética una campaña en contra de la Argentina. Estos problemas, sumados a las trabas puestas por el gobierno soviético al desplazamiento del embajador, hicieron que éste decidiera retornar a su país. La embajada quedó al frente del encargado de negocios, Leopoldo Bravo. (4)  
    La apertura comercial de la Unión Soviética, luego de la Conferencia Económica de Moscú, de abril de 1952, permitiría un cambio en las estancadas relaciones argentino-soviéticas. Se produciría así un incremento de los lazos comerciales que por otro lado otorgarían al gobierno argentino la posibilidad de compensar su acercamiento con Estados Unidos producido a partir de 1953. De esta manera a partir de abril de 1953 se reiniciaron las gestiones diplomáticas y comerciales. Poco antes, a principios de febrero, el ahora embajador Leopoldo Bravo comunicaba a su gobierno que el primer ministro, José Stalin, le concedería en breve una entrevista. El 7 de ese mes, Stalin recibía a Bravo en la primera entrevista que éste acordaba al representante de un país de América latina. El primer ministro soviético expresó que su país comerciaría con la Argentina, colocando a disposición de ésta muchos de los productos mencionados en el memorándum presentado por el gobierno argentino. La Cancillería argentina juzgó el hecho como “una resonante victoria política del General Perón, que fortificaba su posición frente a los Estados Unidos de América y le permitiría, eventualmente, tratar de amistad con este último país en condiciones mucho más favorables”. (5) 
    A comienzos de abril, una misión argentina viajó a Moscú, para discutir la firma de un convenio comercial. A su vez, a fines de mayo, una misión soviética llegó a Buenos Aires para establecer los detalles de los productos que se comerciarían y el aspecto financiero de las operaciones. Finalmente el 5 de agosto de 1953 se firmaba en Buenos Aires el esperado convenio comercial. Este era semejante a los firmados con otros países en la época, especificando los productos que exportarían las partes. La Argentina enviaría lanas, cueros, extracto de quebracho, aceite de lino y distintas clases de carnes. La Unión Soviética vendería petróleo y derivados, carbón, materias primas para las industrias y material ferroviario. Se estimaba que las operaciones podían alcanzar un monto de 150 millones de dólares, la mitad para cada país. La Unión Soviética otorgaba un crédito de 30 millones de dólares para la adquisición de bienes de capital por la Argentina. La importancia del comercio con la Argentina para los soviéticos residía en que éste podía ser la puerta para el comercio con los demás países latinoamericanos. (6)  
    Como consecuencia del acuerdo, las ventas de la Argentina a la Unión Soviética aumentaron durante 1954, no ocurriendo lo mismo con las compras argentinas de productos soviéticos. Ya en marzo de ese año, el gobierno soviético había expresado su preocupación por ese motivo al embajador argentino. En mayo de 1955, se firmó un protocolo adicional al convenio de 1953, actualizando las listas de productos exportables por ambas partes. También se disminuía el monto del crédito disponible para la Argentina, dado que los equipos soviéticos no resultaban satisfactorios para la industria argentina. No obstante, las compras soviéticas continuaron incrementándose. Con todo, el comercio entre ambos países no llegó a ser muy significativo. Tanto las exportaciones como las importaciones argentinas en 1954-1955 estuvieron alrededor del 3%, si bien la Argentina recibió 2/3 de las exportaciones soviéticas a América latina. Los soviéticos dieron gran importancia a estos acontecimientos y simétricamente éstos produjeron gran preocupación en el gobierno norteamericano. (7) 
    Por otra parte, Perón asumió el gobierno en un contexto de gran confrontación con Estados Unidos. El secretario asistente de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Spruille Braden, sostuvo que la elección de Perón no había sido cabalmente democrática, debido a las restricciones de expresión que había sufrido la oposición. En  un memorándum sobre la situación argentina de mediados de 1946, Braden señalaba que existía evidencia de conceptos nazi-fascistas y militaristas en los “arbitrarios decretos que amenazan las inversiones extranjeras y que en grado variado ponen bajo control gubernamental al comercio, las finanzas, los partidos políticos e incluso el culto”. Con la finalidad de que la política hacia la Argentina no fuera modificada, Braden exageraba el peligro representado por la Argentina en ese momento:

(...) Un Estado corporativo esta, por cierto, desarrollándose en la Argentina de hoy, para el peligro cada vez mayor de las repúblicas vecinas, el sistema interamericano y nuestra propia seguridad. Un bloque austral de naciones conducido por un Estado argentino totalitario no sólo dividiría al sistema interamericano, sino que a través de su control de recursos estratégicos en Bolivia, Perú, Chile e incluso el sur de Brasil, probablemente constituiría una peligrosa amenaza a nuestra seguridad en caso de guerra. (8)

El presidente Harry S. Truman recibió el mencionado memorándum el 12 de julio de 1946. Puede decirse que en base al mismo se decidió postergar la Conferencia de Río de Janeiro sobre la defensa hemisférica, además de exigir “hechos no palabras”en caso de firmarse un tratado militar con la Argentina, y de continuar con las medidas coercitivas contra este país.  
    El 22 de mayo de 1946, el embajador norteamericano George Messersmith llegaba a Buenos Aires simultáneamente con el nuevo embajador británico sir Reginald Leeper. Messersmith se formó una opinión sobre la Argentina completamente distinta de la que tenía el secretario asistente Braden, lo que los llevó a mantener un permanente enfrentamiento. El embajador creía que era posible mejorar las relaciones entre los dos países, y que esto además era deseable, dado que el nuevo conflicto en el mundo estaría caracterizado por la lucha contra el comunismo. En la Argentina, Messersmith encontró a un Perón dispuesto a aceptar un acercamiento con Estados Unidos. 
    El primer problema surgió a raíz de la misión del jefe del Estado Mayor argentino, general Carlos von der Becke, a Washington. Este debía discutir la cooperación militar entre Estados Unidos y la Argentina con el general Dwight Eisenhower. El general norteamericano había recibido instrucciones del secretario de Estado interino, Dean Acheson, de discutir con el enviado argentino las medidas que la Argentina debería tomar para cumplir con sus compromisos interamericanos. Eisenhower adelantó al agregado militar argentino en Washington los puntos que el gobierno norteamericano esperaba que el gobierno argentino aceptara para sentar la base de una cooperación entre los ejércitos de ambos países. No obstante, cuando von der Becke ya se encontraba en Washington, Eisenhower fue instruido de advertir al enviado argentino que, antes de tocar la cuestión de la cooperación militar, la Argentina debería cumplir con sus compromisos interamericanos, sin aclarar lo que esto implicaba. El general norteamericano comunicó a Acheson que su posición sería insostenible si no podía repetir a von der Becke lo que había adelantado al agregado militar y que, en ese caso, tendría que negarse a recibirlo. Por cierto, la misión del general argentino terminó fracasando. Sin embargo, comenzaron a circular rumores de la caída de Braden. A la vez, Perón fue acusado por New Republic de intervenir en los asuntos internos de Estados Unidos, intentando valerse del ejército norteamericano para producir un cambio en el gabinete. (9)  
    Consciente de que algún signo debía producir para revertir el estado de cosas en Estados Unidos, a fines de junio Perón decidió enviar al Congreso para su ratificación los acuerdos de Chapultepec y de San Francisco. Pero la prédica antinorteamericana durante la campaña electoral había sido tan fuerte, que dicha ratificación aparecía ante muchos como una claudicación. No sólo se opusieron a ella los nacionalistas, también lo hicieron los radicales. Sin embargo, a fines de agosto el Acta de Chapultepec era ratificada por ambas cámaras. En cambio el acuerdo de San Francisco no pudo conseguir los dos tercios requeridos en la Cámara de Diputados debido a la oposición radical, que consideraba la Carta de las Naciones Unidas como no democrática. El empeño que el presidente Perón puso en lograr la ratificación del Acta de Chapultepec y las medidas adoptadas posteriormente sobre agentes nazis y propiedad enemiga comenzaron a cambiar en Washington la percepción que se tenía hasta entonces del régimen argentino. (10)  
    Los signos enviados por el gobierno de Perón, sumados a los cambios en la situación económica internacional, al interés de los empresarios norteamericanos por los negocios en la Argentina y a la política argentina instrumentada por el primer plan quinquenal, llevaron a la reactivación de la actividad económica entre los dos países. En el mes de julio, el Departamento de Estado retiraba algunas empresas de la lista negra y liberaba el oro y los fondos argentinos bloqueados desde 1943. (11) 
    Hacia el mes de septiembre, el conflicto Braden-Messersmith era ya evidente. El desacuerdo de ambos respecto de la Argentina se refería a la firma del tratado de defensa con este país. Ambos concordaban en que el gobierno argentino debía cumplir con sus compromisos interamericanos antes de firmar, pero la controversia surgía en torno a qué debía entenderse por cumplimiento. La otra diferencia era concerniente a los permanentes esfuerzos de la Argentina por crear y controlar un bloque antinorteamericano de naciones latinoamericanas. En opinión de Messersmith, la mejor manera de prevenir la formación de ese bloque era firmar el tratado de defensa lo antes posible. Braden quería tener la certeza de que el bloque estaba desactivado antes de la firma del tratado. (12)  
    En octubre de 1946, la prensa norteamericana comenzó a discutir la posibilidad de que Braden presentara su renuncia, a fin de poner en claro la situación con Messersmith. El gobierno de Truman en realidad quería evitar dejar en evidencia la confrontación porque se acercaban las elecciones legislativas. El secretario de Estado James Byrnes negó toda posibilidad de renuncia del secretario asistente. Pero si bien Braden tenía gran respaldo en la opinión pública norteamericana para su política, el Departamento de Estado era consciente de que los militares no la compartían. A fines de noviembre, Perón era nuevamente acusado de intervención en los asuntos internos de Estados Unidos, como consecuencia de la publicación de una carta que el presidente argentino había enviado a un empresario norteamericano, favoreciendo el retiro de Braden. Messersmith necesitaba demostrar con hechos al Departamento de Estado que su política hacia la Argentina era más eficiente que la de Braden. Antes de partir para Washington por consulta, el embajador obtuvo la promesa de Perón de que terminaría de solucionarse la cuestión de la liquidación de las firmas del Eje y del arresto de los agentes del Eje. Además, el embajador británico Leeper había comunicado a Messersmith que el gobierno de Su Majestad informaría al de Estados Unidos que estaba conforme con las medidas adoptadas por el gobierno argentino. (13) 
    Una vez en Washington, a fines de diciembre Messersmith envió un memorándum al secretario de Estado Byrnes, criticando la política de Braden. Señalaba que el gobierno argentino era constitucional y esto hacía su tarea más complicada que bajo un régimen militar. Alegaba que la prensa norteamericana cometía una injusticia al describir a la Argentina como “un Estado fascista y autoritario, inamistoso hacia Estados Unidos y con designios siniestros hacia sus vecinos”. En su opinión, algunos diarios norteamericanos se referían a la Argentina como si estuviera en guerra con Estados Unidos. Esto ocurría paradójicamente en momentos en que el gobierno norteamericano estaba haciendo la paz con los enemigos de la última guerra, quienes habían provocado a Estados Unidos grandes daños en vidas y propiedades, y a los cuales ahora se ayudaba con préstamos, suministros y alimentos. (14)  
    El memorándum anterior, junto con otro documento secreto redactado por Messersmith,  fue enviado al general George Marshall a fines de enero de 1947, cuando éste estaba por asumir sus funciones como nuevo secretario de Estado. Messersmith, luego de describir su actuación en Buenos Aires y señalar los costos de la política de Braden, planteaba una serie de interrogantes respecto de la política hacia la Argentina que, a su juicio, debían resolverse. Estos eran: a) si se deseaba arreglar la situación con la Argentina sobre una base razonable; b) si se deseaba, por el contrario, conducir a la Argentina al aislamiento, a la hostilidad hacia Estados Unidos y a buscar respaldo en otros países del hemisferio o en Europa; c) si se deseaba destruir la inversión de capital norteamericano en la Argentina y el comercio con este país; d) si se quería correr el riesgo de destruir la cooperación interamericana e imposibilitar un pacto de defensa; y e) si se permitiría iniciar una carrera armamentista entre países europeos deseosos de vender armas a la Argentina y a otros países americanos. Por último, Messersmith afirmaba que se estaba aplicando respecto del cumplimiento de la Argentina un criterio diferente al utilizado para los demás países americanos. En síntesis, se estaba eliminando la posibilidad de componer la situación. (15) Por cierto, lo que estaba sucediendo y que el embajador Messersmith tal vez no advirtiera era el hecho de que errar en su política hacia la Argentina no era relevante para el gobierno norteamericano. A pesar de que la Argentina poseía cierta importancia en el contexto internacional, no la tenía para Estados Unidos, fundamentalmente porque sus economías eran competitivas y ningún producto argentino era vital para aquel país.  
    El nombramiento de Marshall como secretario de Estado permitió una reorganización departamental, que consolidó la posición de los funcionarios partidarios de la cooperación militar en el hemisferio. El nuevo embajador argentino en Washington, Oscar Ivanissevich, tuvo noticias al llegar a Washington de que era probable el alejamiento de Braden. Al mismo tiempo, hallándose Messersmith todavía en Estados Unidos, el gobierno argentino emitió un decreto que ordenaba la toma de posesión de toda la propiedad enemiga. (16) 
    Por otro lado, el gobierno británico estaba resolviendo los problemas pendientes con la Argentina. El 17 de septiembre de 1946 se había firmado el convenio Eady-Miranda, que estipulaba el futuro de los ferrocarriles ingleses y el desbloqueo de los saldos en libras que la Argentina poseía en Londres. Poco después, a fines de enero de 1947el nuevo embajador británico en Washington, lord Inverchapel, comunicaba al secretario de Estado interino Dean Acheson que su gobierno estaba conforme con el cumplimiento de los compromisos internacionales por parte del gobierno argentino, y que establecía un plazo de diez días para considerar vencido el acuerdo de caballeros que vedaba la exportación de armas a la Argentina. Las instrucciones del Foreign Office a Inverchapel señalaban que debía quedar bien claro que el gobierno norteamericano estaba siendo informado del curso de acción británico, y que no se pedía autorización para el mismo. La decisión británica demostraba la preocupación británica por las consecuencias del programa de estandarización de armamentos que el gobierno norteamericano tenía previsto implementar en América latina. (17)  
    A fines de 1946, un proyecto para proveer o cambiar material militar estándar norteamericano por el existente de otro origen en los países latinoamericanos fue presentado en el Congreso de Estados Unidos, con el respaldo de los Departamentos de Guerra, Marina y Estado. No obstante, Byrnes retiró su apoyo al programa cuando supo que las armas no provendrían de las existencias. Se oponía además a que se extendieran créditos a los países latinoamericanos para la compra de armas, pues esto provocaría una carrera armamentista en la región. En opinión de Braden, la propuesta de las fuerzas armadas norteamericanas estaba apuntada a desprenderse de material obsoleto. Los Departamentos de Guerra y Marina, por el contrario, argüían que si Estados Unidos no suplía de armas a América latina, lo harían otros países. (18) 
    En diciembre de 1946, el subsecretario Acheson señaló en una reunión de los secretarios de Guerra, Marina y Estado que Brasil deseaba el programa de armamentos pero sin la participación de la Argentina, porque ésta socavaría la seguridad brasileña. Como prueba, citó la opinión del general  Salvador Obino, jefe del Estado Mayor de Brasil. Sin embargo, cuando el embajador norteamericano en Brasil, William Pawley, preguntó al respecto al presidente Eurico Dutra, éste negó la declaración de Acheson y pidió al embajador que comunicara al Departamento de Estado que Brasil no se oponía  a la participación de la Argentina en el programa. Byrnes se disgustó porque Pawley había hecho la averiguación sin tener instrucciones. En una nueva reunión de los tres secretarios, Byrnes insistió en su posición. Esta vez, el secretario de Guerra, Robert Patterson, le mostró un telegrama del agregado militar en Río, repitiendo el rechazo del presidente brasileño a la afirmación de Obino. Por su parte, Braden sondeó a los diplomáticos latinoamericanos sobre la posibilidad de limitar la asistencia mutua a asuntos políticos y jurídicos, evitando los acuerdos militares, y sin organizar una reunión especial al efecto. Sugirió, además, que el gobierno brasileño no seguía interesado en reunir la conferencia de Río a la brevedad. Dutra, sin embargo, expresó lo contrario al embajador Pawley. (19)  
    La decisión británica de levantar el embargo de armas a la Argentina fue una ayuda importante para Messersmith en momentos en que su posición se hacía difícil. El 11 de enero de 1947, en sus palabras de despedida Byrnes había afirmado que ningún miembro del Departamento de Estado creía que la Argentina hubiera cumplido con sus compromisos de Chapultepec. No obstante, Messersmith había comenzado a recibir apoyo de los republicanos. El 26 de enero, luego de una reunión de Messersmith con Marshall, un comunicado de prensa informaba que el gobierno de Estados Unidos estaba complacido con la decisión argentina de adoptar medidas en contra de las empresas del Eje. Messersmith volvía el 2 de febrero a Buenos Aires, en secreto para evitar las manifestaciones de recibimiento. El embajador regresó confiado en que el objetivo de su gobierno era la normalización de las relaciones lo antes posible. (20)  
    El 31 de marzo de 1947, en ausencia de Marshall, el presidente Truman hizo un movimiento conciliatorio hacia el gobierno argentino. En conocimiento de que Ivanissevich debía viajar a Buenos Aires, el presidente lo invitó a una reunión en la Casa Blanca, a la que también concurrieron el subsecretario Acheson y los senadores Tom Connally y Arthur Vandenberg. Truman dijo al embajador argentino que transmitiera a Perón que estaba ansioso por lograr las relaciones amistosas, aunque señaló que, si bien se había hecho gran progreso, quedaba pendiente la cuestión de la deportación de los agentes nazis de la Argentina. El gesto de Truman en realidad era revelador de las presiones de legisladores, hombres de negocios y militares norteamericanos, y de los países latinoamericanos en contra de la política coercitiva. La confrontación argentino-norteamericana obstaculizaba la firma del tratado interamericano de defensa en momentos que el gobierno norteamericano había enunciado la Doctrina Truman en contra del comunismo en el mundo. (21) 
    Habiendo regresado Ivanissevich a Washington, fue recibido nuevamente por el presidente Truman el 3 de junio de 1947, estando presentes también Marshall y Acheson. El embajador argentino mencionó las medidas tomadas por su gobierno para cumplir con los compromisos de Chapultepec, lo cual incluía los nombres de nueve agentes nazis más que serían deportados. Luego de la reunión, la Casa Blanca emitió un comunicado señalando que no quedaban obstáculos para proceder a la discusión de un tratado hemisférico de asistencia recíproca. No obstante, el comunicado no hacía referencia alguna de que el gobierno norteamericano estuviera conforme con la cuestión de la detención de los espías, debido a que la lista presentada por Ivanissevich había parecido muy incompleta a Marshall. De esta manera, la política de Estados Unidos hacia la Argentina se revertía como consecuencia del triunfo de los funcionarios del Pentágono que respaldaban un programa de estandarización de armamentos para América latina. En esos momentos, además, un tratado de defensa interamericano fortalecería la posición de Estados Unidos frente a la Unión Soviética. Así, a su regreso de Moscú, Marshall dio la autorización para presentar el proyecto de ley para el programa de estandarización al Congreso. Dos días después de la reunión con Ivanissevich, Truman anunciaba la renuncia de Braden y el regreso de Messersmith a Washington. La última medida constituyó un golpe para Perón, y en la Argentina fue considerada prematura, ya que no había habido tiempo de consolidar las buenas relaciones iniciadas por el embajador norteamericano. Por otro lado, el restablecimiento formal de las relaciones no anuló el anti-argentinismo de muchos funcionarios norteamericanos, lo cual era lógico después de años de adoctrinamiento. La política en contra de la Argentina sobreviviría en forma oculta hasta 1949. (22)  
    Sobrestimando sin duda el poder político y económico que la Argentina poseía en ese momento, el 6 de julio de 1947, Perón pronunció un discurso por radio -el cual fue  muy promocionado y transmitido por emisoras de todo el mundo- con el propósito de enunciar la Tercera Posición. El mensaje estaba dirigido a los “ciudadanos del mundo” y a sus “compatriotas”. El presidente señaló “la voluntad nacional de servir a la humanidad”, y el deseo de la Argentina de “colocarse ... en la línea de ayuda que le sugiere el clamor universal”. Habló de la paz, afirmando que “sólo será posible la paz internacional cuando se haya alcanzado y consolidado la paz interna en todas las naciones del mundo”. Debía reemplazarse la miseria por la abundancia, y la Argentina estaba preparada para “materializar su ayuda en los lineamientos de la concurrencia efectiva”. La contribución argentina consistía “en que nuestros recursos se suman a los planes mundiales de ayuda para permitir la rehabilitación moral de Europa”. Por último, proponía el “desarme espiritual de la humanidad”, en procura de hacer desaparecer la psicosis de la guerra, y “un plan de acción tendiente a la concreción material del ideal pacifista, en lo interno y en lo externo”. La labor para lograr la paz internacional debía realizarse sobre la base del abandono de ideologías antagónicas. Luego de enunciar su propósito de trabajar por esta causa, Perón terminó diciendo: “sólo salvará a la humanidad la paz constructiva; jamás la lucha destructora de todos los valores materiales, espirituales y morales”. Es posible, en opinión de Félix Luna, que el mensaje a los “ciudadanos del mundo” no tuviera más que dos objetivos. El primero habría sido demostrar la disposición argentina de participar en el Plan Marshall -que en ese entonces se estaba planificando en Washington-, previendo que la Argentina podría ser excluida del mismo. El segundo propósito, dirigido al ámbito interno, habría estado apuntado a evitar la alienación de los nacionalistas, disgustados con el acercamiento a Estados Unidos y la proximidad de la Conferencia de Río de Janeiro. (23)  
    Por cierto, a medida que fue desarrollada, la Tercera Posición del régimen peronista pretendió proponer la doctrina justicialista como una alternativa entre el capitalismo y el comunismo para toda la humanidad. En los artículos que Perón publicara en el diario Democracia, a lo largo de 1951, tanto capitalismo como comunismo aparecían como la raíz de los males del mundo. Ambos sistemas eran calificados de imperialistas y causantes de la explotación del hombre. “La libertad del hombre en un régimen de explotación, como el comunismo o el capitalismo, es simplemente una ficción”, afirmaba Perón. El presidente señalaba que el capitalismo se había mostrado insensible a los reclamos de los pueblos y por ello había sido superado por el comunismo; siendo el primero responsable de la penetración comunista. En su opinión, el justicialismo había demostrado ser la solución, superando al capitalismo y al comunismo, aunque inexplicablemente era combatido por ambos. (24)  
    Consecuentemente, Perón trató de llevar a la Argentina por un camino intermedio entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y de obtener liderazgo a nivel internacional, sobre todo de los países más nuevos. Los hechos lo forzaron sin embargo a inclinarse más por Estados Unidos que por la Unión Soviética, pero el presidente argentino siempre propagó una mala imagen del primer país, recordando todas sus acciones en perjuicio de la Argentina, y tratando de liderar la oposición al mismo en el ámbito interamericano. La Tercera Posición con su carácter indefinido permitía al presidente argentino inclinarse a un lado u otro, reteniendo de este modo la autonomía de acción. Era en el fondo la política exterior tradicional de la Argentina. (25)  
    La Tercera Posición disgustó a los miembros del gobierno norteamericano. En un memorándum del Departamento de Estado, en que se discutía y fijaba la política hacia la Argentina, del 21 de marzo de 1950, se expresaba:

Hay una dimensión de la política argentina llamada la “tercera posición” que es desfavorable a los intereses de los Estados Unidos. Cuando fue publicada por primera vez a mediados de 1947, este concepto parecía ser una indicación de que la Argentina no deseaba seguir ni a los capitalistas Estados Unidos ni a la Rusia comunista en asuntos mundiales, sino que elegía un curso independiente. Otras naciones fueron invitadas a unirse con la Argentina en un tercer grupo que trabajaría por la paz y contrarrestaría la tendencia hacia la guerra entre ambos bloques. Posteriormente, sin embargo, el presidente Perón nos ha asegurado que la “tercera posición” es una política de tiempos de paz y un “recurso político” que no tendrá efecto alguno si los Estados Unidos y la URSS entrasen en guerra, en cuyo caso la Argentina declararía la guerra inmediatamente del lado de los Estados Unidos. Cualesquiera sean las intenciones de Perón, los propagandistas argentinos de la “tercera posición” han dañado las relaciones norteamericano-argentinas y en medida menor han sido causa de embarazo para los Estados Unidos en sus relaciones con otras repúblicas americanas. En la Argentina y en el extranjero, han vilipendiado a Moscú y su influencia internacional, pero con igual y quizás mayor severidad han atacado al “imperialismo yanqui” y a “Wall Street” por diversas y supuestas actividades en el hemisferio occidental. Es nuestra política contrarrestar esta propaganda siempre que sea posible. A través de canales diplomáticos le señalamos a Perón y sus representantes que si el gobierno argentino es sincero en su deseo profeso de colaborar con los Estados Unidos contra el comunismo, debe abstenerse de debilitar la causa de la democracia mediante ataques a los Estados Unidos. (26)

Entre tanto, la situación internacional se complicaba, cobrando fuerza la Guerra Fría. En marzo de 1947, el presidente Truman había anunciado el respaldo de Estados Unidos a los países de Europa, es decir la Doctrina Truman o política de contención del comunismo. En junio, el secretario de Estado Marshall pronunciaba en la Universidad de Harvard el discurso que lanzaba el Programa para la Recuperación de Europa, conocido como el Plan Marshall. Por su parte, Perón se mostraba ante los norteamericanos partidario del pacto de defensa hemisférico, porque esperaba obtener apoyo para su programa de industrialización y porque temía la inminencia de una Tercera Guerra Mundial. La embajada norteamericana en la Argentina informó que el gobierno argentino quería organizar un sistema interamericano de defensa contra el comunismo, deseando asimismo convertirse en un bastión de cualquier línea defensiva. No obstante, existían desacuerdos respecto de la estandarización del armamento. El ministro de Guerra argentino, José Humberto Sosa Molina, declaró a principios de julio que la Argentina no podía abandonar su industria de armamentos  para convertirse en mercado de otro país. Por este motivo, la delegación argentina a la Conferencia de Río tuvo más asesores militares que cualquiera de las otras. (27)  
    El canciller argentino Juan Atilio Bramuglia conversó con el encargado de negocios norteamericano, Guy W. Ray, antes de partir para Río, el 8 de agosto de 1947. Bramuglia señaló que quería tener una conversación privada con el secretario Marshall y con Norman Armour, recientemente designado secretario asistente de Estado para Asuntos Políticos. Entre los temas a discutir, el ministro argentino enfatizó la conveniencia de un pacto secreto anticomunista entre Estados Unidos y la Argentina, verbal o escrito. Bramuglia afirmó que internacionalmente la Argentina apoyaría a Estados Unidos, aclarando que cualquier declaración en contra sería sólo para consumo interno. El ministro señaló también que  el gobierno norteamericano se ganaría el favor de América latina si convocaba una conferencia económica interamericana. Ray informó a su gobierno que la Argentina y Brasil habían discutido estos asuntos y parecían haber preparado la base para un acuerdo. (28)  
    El 15 de agosto de 1947 daba comienzo en Río de Janeiro la Conferencia (especial) Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente. A diferencia de la conferencia de 1942, esta vez la delegación argentina asumió una actitud cooperativa. El día 19, el secretario Marshall conversó con Bramuglia. Según el secretario, Bramuglia nuevamente planteó el tema de la infiltración comunista y propuso un pacto secreto anticomunista. Como medidas anticomunistas, el canciller argentino recomendaba combatir la propaganda, declarar fuera de la ley a los partidos comunistas y romper relaciones diplomáticas con los países comunistas. Junto con ello, debían tomarse medidas económico-sociales para evitar la expansión del comunismo en las masas descontentas. El Departamento de Estado no estaba preparado para un plan así y Marshall respondió que dichas medidas debían ser dejadas a criterio de cada país. Bramuglia también señaló que las sanciones económicas debían ser excluidas de las medidas colectivas. (29)  
    Los principales puntos de desacuerdo entre la Argentina y Estados Unidos fueron respecto de dos procedimientos para votar y el manejo de la agresión intracontinental. En el primer caso, se discutió si las medidas colectivas serían tomadas por unanimidad, dos tercios o simple mayoría. La Argentina fue el único país que estaba en favor de la unanimidad, pero como su propuesta fue rechazada, debió aceptar el sistema de los dos tercios. La Argentina propuso un tratado de defensa  que contemplara la acción militar colectiva sólo ante un ataque extrahemisférico. Esta propuesta era apoyada también por Paraguay, Bolivia, Perú y Venezuela. El senador norteamericano Arthur H. Vandenberg encabezó la oposición a la moción argentina, señalando que ese acuerdo pondría al hemisferio en contra del resto del mundo y sería visto como una alianza americana contra el comunismo y la Unión Soviética. El tratado finalmente aceptó la distinción, disponiendo el arreglo pacífico como el primer paso en el tratamiento de un conflicto entre dos o más países americanos. (30)  
    La delegación argentina también intentó limitar el tratado, de manera que la acción colectiva no se pusiera en práctica si una nación americana fuera agredida fuera de la zona hemisférica definida por el tratado. Finalmente, se aceptó la propuesta mexicana que establecía que la acción sería inmediata en caso de un ataque armado a una “parte integral del territorio de un estado americano”. De esta manera, Hawaii quedaba incluido pero no, por ejemplo, la zona de ocupación norteamericana en Alemania. Bramuglia logró que fuera agregada la fórmula de que ningún estado sería obligado a emplear la fuerza armada sin su consentimiento y que se incluyera a las islas Malvinas y del Atlántico Sur en la zona hemisférica que el tratado debía custodiar. (31) 
    El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (llamado generalmente T.I.A.R. o Tratado de Río), suscripto el 2 de septiembre de 1947, estableció la defensa colectiva tanto contra un ataque armado como contra “una agresión que no sea ataque armado”, proveniente de un estado del hemisferio o extrahemisférico. Revestía pues un doble carácter. De acuerdo con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, establecía la defensa colectiva contra ataques armados; en tanto que, por el capítulo VIII del mismo documento, constituía un acuerdo regional en caso de que ocurriera otro acto cualquiera de agresión o amenaza de ella. En el primer caso, los firmantes del Tratado de Río pueden asumir la defensa por sí mismos, mientras el Consejo de Seguridad adopta las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. En el segundo, no pueden aplicar medidas coercitivas sin autorización del Consejo. En ambos casos, las disposiciones que se adopten deberán ser dictadas por un órgano de consulta, formado por los ministros de relaciones exteriores. Este tomará las decisiones por el voto de los dos tercios de sus miembros, con excepción de las partes involucradas, si el problema fuera interamericano. Las sanciones que puede aplicar el órgano de consulta van desde el llamado de embajadores hasta el uso de la fuerza armada. Queda bajo jurisdicción del Tratado de Río todo el hemisferio occidental, incluidos Canadá, las colonias europeas en la región, y las islas Malvinas y del Atlántico sur. (32)  
    En la Conferencia de Río varias delegaciones latinoamericanas solicitaron que se consideraran los problemas económicos de sus países. Cuando Estados Unidos levantó los controles de precios de la época de la guerra, los precios de maquinarias y equipos industriales subieron. Los países latinoamericanos, que habían vendido en un mercado controlado, debían ahora comprar en un mercado libre. De esta manera, sus reservas disminuyeron drásticamente. La situación empeoraba con la decisión de Estados Unidos de focalizar su esfuerzo en la recuperación de Europa, y de limitar sus importaciones provenientes de América latina, ya fuera de materiales estratégicos o de productos cuya elaboración se había incentivado durante la guerra. Los pedidos de los latinoamericanos, sin embargo, tuvieron poco éxito. En su discurso a la conferencia, el secretario Marshall dejó en claro el hecho de que Europa estaba en peor situación y que su recuperación era necesaria para revitalizar la economía del hemisferio occidental. Aseveró también que el desarrollo económico de América latina debía recaer principalmente en los ciudadanos y grupos particulares, queriendo significar con ello que no habría Plan Marshall para América latina. (33)  
    El descontento de los países latinoamericanos con la política del gobierno norteamericano respecto de sus asuntos económicos fue revelado por la constitución de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América Latina (CEPAL). Chile propuso la constitución de dicha comisión en el quinto período de sesiones del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, en agosto de 1947. La propuesta fue apoyada por todos los países latinoamericanos, pero recibió la oposición de Estados Unidos. Este país consideró que habría duplicación de funciones con un Consejo Interamericano Económico y Social que venía trabajando provisionalmente desde la Conferencia de la ciudad de México de 1945. No obstante, el organismo se constituyó en febrero de 1948, siendo sus miembros Estados Unidos, las veinte repúblicas latinoamericanas, más Gran Bretaña, Francia y Holanda debido a que tenían dependencias en el hemisferio occidental. Su sede se estableció en Santiago de Chile. (34) 
    Por cierto, tampoco habría compras para el Plan Marshall en la Argentina. La concepción del mencionado plan establecía que la mayor parte de sus fondos iban a ser proporcionados por Estados Unidos, a través de la ley para la Asistencia Extranjera de abril de 1948 e indirectamente a través de préstamos del Export-Import Bank. No obstante, era evidente que las necesidades europeas de materias primas, alimentos y fertilizantes no podrían ser cubiertas exclusivamente por los productores agropecuarios norteamericanos. Estados Unidos podría cubrir 55% de las necesidades europeas, pero el resto habría de ser comprado en otros países. En productos agropecuarios, se calculaba que América latina y Canadá podrían proporcionar 60% de un total de casi 20.000 millones de dólares. Los países que recibieran dólares por el programa los invertirían luego en la compra de productos norteamericanos. (35)  
    El rol tradicional de la Argentina como proveedor de alimentos a Europa parecía colocar a este país en una situación privilegiada para obtener beneficios del programa. Un informe del Comité de Cooperación Económica Europea, que representaba a los socios europeos del plan, y una recomendación del presidente del Comité de Ayuda Extranjera, W. Averell Harriman, señalaban la importancia de la participación argentina en el plan. Según el último, el Departamento de Estado debía asegurar la exportación de la mayor cantidad de granos posible de la Argentina, y el gobierno argentino debía incentivar la siembra de una superficie mayor para el año 1948. Incluso, las aseveraciones del secretario Marshall en la Conferencia de Bogotá de que las naciones latinoamericanas pronto recibirían los beneficios de los gastos en dólares del Programa de Recuperación de Europa se interpretaron como que incluían a la Argentina. El canciller Bramuglia declaró posteriormente en Buenos Aires que el secretario de Estado le había asegurado personalmente que las compras se realizarían en todos los países que pudieran proveer alimentos. El presidente Perón sostuvo más tarde que la embajada de Estados Unidos y los representantes de la Administración para la Cooperación Económica (Economic Cooperation Administration, ECA) habían asegurado a su gobierno, con toda clase de garantías verbales, que colocarían elevadas órdenes de compra en la Argentina, solicitando al mismo tiempo que se reservara al efecto toda la producción. Según Perón, dichas seguridades llevaron a que no se paralizaran las importaciones provenientes de Estados Unidos, a pesar de que el saldo deudor de los importadores argentinos con los exportadores norteamericanos se elevara a cerca de 200 millones de dólares. (36) 
    El principal obstáculo para la participación de la Argentina en el Plan Marshall era el costo de los productos argentinos. El precio del trigo argentino en julio de 1947 era el doble del trigo norteamericano, aunque en otros granos la diferencia era menor. Otro problema era que las exportaciones argentinas estaban a cargo de una agencia gubernamental, el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), y el plan norteamericano había previsto las compras por canales privados. Así, durante 1948 se ejerció considerable presión sobre el gobierno norteamericano para que no se permitiera que los dólares del Plan Marshall fueran gastados en la Argentina, a menos que su gobierno garantizara un precio razonable para el trigo y otorgara otras concesiones. Incluso un comité de la Cámara de Representantes recomendó tomar algunas medidas en la exportación de equipos de capital, acero y productos químicos para hacer disminuir el precio del trigo argentino. (37)  
    El Plan Marshall fue implementado a través de la Administración para la Cooperación Económica (ECA), dirigida por el administrador Paul G. Hoffman y el administrador adjunto Howards Bruce. Estos vincularon la financiación de compras europeas en la Argentina a la obtención de protección para los intereses de los negocios norteamericanos en dicho país. Las compañías norteamericanas se quejaban de la prohibición impuesta por el gobierno argentino de transferir fondos al exterior y de la necesidad de solicitar licencias de importación al ente oficial. El presidente del Consejo Económico Nacional, Miguel Miranda, aceptaba el vínculo entre las restricciones argentinas y la afluencia de dólares al país. Pretendía, sin embargo, que el gobierno norteamericano se moviera primero, porque consideraba que los dólares eran el requisito para terminar con las restricciones. Señaló que la escasez de dólares era momentánea, ya que tan pronto como las ventas argentinas al Plan Marshall comenzaran, éstas proporcionarían los medios de cambio que terminarían con la falta de transferencias y ciertas prohibiciones en las importaciones. De todos modos, hacia junio de 1948, el embajador Bruce había persuadido a Miranda de que la Argentina vendiera granos, especialmente trigo, a la ECA a precios del mercado internacional. Estos serían los precios del mercado de Chicago más el costo del transporte al golfo de México. La participación argentina en el plan parecía entonces inminente. (38) 
    En estas circunstancias el gobierno argentino recibió la noticia de que el Plan Marshall no necesitaba realizar compras en la Argentina, al menos en los siguientes seis meses. Incidieron en esta decisión las extraordinarias cosechas obtenidas en Canadá, Australia y Estados Unidos, sumadas a la recuperación agrícola europea, que incrementaron la oferta mundial de granos. Asimismo tuvo que ver el hecho de que grupos de interés norteamericanos, conectados con algunos productos como algodón, trigo, tabaco, arroz, etc., tuvieron éxito en introducir en el programa una cláusula prohibiendo las compras fuera de Estados Unidos en caso de existir excedentes en el país. De todos modos, esta política discriminatoria hacia la Argentina fue completamente opuesta a la aplicada a otros países productores de alimentos, como Canadá y Australia, y contraria además a la política oficial del gobierno norteamericano. Para la Argentina fue muy perjudicial, profundizando la situación crítica que este país sufría como consecuencia de la declaración unilateral de inconvertibilidad de la libra, decidida por Gran Bretaña con el apoyo de Estados Unidos, en agosto de 1947. Ambas medidas privaron a la Argentina de divisas indispensables e hicieron fracasar el primer plan quinquenal del gobierno peronista diseñado para industrializar el país. (39)  
    Las discriminaciones contra la Argentina fueron reveladas por una declaración de política de la ECA hacia la Argentina, emitida el 6 de agosto de 1948 y enviada al Departamento de Estado. Para ese entonces, los funcionarios del Departamento ya habían abandonado su posición anti-argentina, por lo cual, el 24 de septiembre la división de Asuntos de las Repúblicas Americanas (ARA) refutó el memorándum de la ECA. A su vez, ante algunas declaraciones anti-argentinas realizadas a la prensa por funcionarios de la ECA a principios de noviembre, el embajador norteamericano en la Argentina, James Bruce, decidió intervenir. Preparó una declaración para la prensa de Buenos Aires -que finalmente no entregó- y envió una carta dirigida al presidente Truman, adjuntando su proyecto de declaración y señalando que la falta de disciplina de funcionarios de baja jerarquía de la ECA dañaba las relaciones con la Argentina. Respecto de una declaración realizada por Edward Kunze, funcionario de la ECA, Bruce señalaba que 

no estaba de acuerdo con los hechos que él (Kunze) conocía cuando la hizo. El gobierno argentino ha afirmado repetidamente que vendería sus cereales a precios de Estados Unidos. Esto fue informado por nosotros al Departamento de Estado muchas veces y en una de las conferencias en la ECA yo lo afirmé ante por lo menos veinte funcionarios de la ECA y el Departamento de Estado presentes. Ninguna negociación fue nunca iniciada por la ECA  con al gobierno argentino para trigo, y yo hago esta categórica afirmación, sosteniendo que Kunze hizo deliberadamente tergiversaciones, al tener ante sí varios funcionarios menores de la ECA... (40)

Bruce sugería que ningún otro funcionario de la ECA, salvo Paul Hoffman o Howard Bruce, pudiera mencionar a un país extranjero en sus declaraciones.  
    En otra carta a Truman, el embajador aseveraba que el doctor D.A. FitzGerald (director de la división de Alimentos y Agricultura de la ECA) había declarado que usaría la ECA para hacer arrodillarse a la Argentina. Señalaba además que FitzGerald había dado instrucciones al ejército para que comprara carne en cualquier país excepto la Argentina, aunque el precio fuese mayor. Incluso, FitzGerald había mencionado precios falsos en presencia de los miembros de la embajada. La indignación frente a estos hechos llevó a Bruce a ordenar una investigación. (41)  
    La investigación dio como resultado la redacción en el Departamento de Estado de un informe secreto, fechado el 25 de enero de 1949, que registraba treinta y tres casos de discriminación de la ECA en contra de la Argentina. Tanto este memorándum como otro posterior de la ARA, de marzo de 1949, admitían que dicha discriminación era responsable de la escasez de dólares en la Argentina y de la frágil situación económica de este país. Pero, aunque la exhortación del embajador pareció tener éxito, al recibir éste seguridades del Departamento de Estado de que la discriminación en contra de la Argentina había concluido, la situación comercial para la Argentina no cambió demasiado. El superávit de granos en Estados Unidos y la decisión de aplicar el Plan Marshall más a la financiación de bienes industriales que a los productos agrícolas llevaron a que las compras de dicho plan en la Argentina durante 1949 fueran casi nulas. Cabe señalar entonces que el hecho de que la ECA ejecutara una política contraria a la política oficial de su país hacia la Argentina durante un lapso considerable de tiempo pudo ser producto de decisiones ultrasecretas de altos funcionarios del gobierno norteamericano. En caso de no ser así, demostraría que la racionalidad no era necesaria en la política hacia la Argentina, dada la poca relevancia que este país tenía para el gobierno de Estados Unidos ante la ausencia de intereses económicos o estratégicos. (42) 
    Por otro lado, desde el 21 de noviembre de 1947 hasta el 24 de marzo de 1948, se llevó a cabo en La Habana la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Empleo, que reviste interés porque en ella se reanudó la actitud antagonista de la Argentina hacia Estados Unidos. Esta conferencia se había originado en una iniciativa del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas con vistas a conformar una organización internacional de comercio. En octubre y noviembre de 1946 se había celebrado en Londres una reunión del comité preparatorio; en enero y febrero de 1947 se había desarrollado una reunión preliminar en Nueva York, y en el mes de abril en Ginebra había tenido lugar la segunda sesión del comité preparatorio, en la cual se establecieron las bases del Acuerdo General de Comercio y Tarifas (GATT), cuyo protocolo fue firmado en una nueva sesión celebrada el 30 de octubre de 1947. El mencionado comité también preparó un proyecto de carta para una organización internacional de comercio como base para la Conferencia de La Habana.  
    A pesar de la insistencia británica, la Argentina fue excluida de todas las reuniones preparatorias por la oposición de Estados Unidos. Sin dudas, el desagrado del gobierno argentino ante la exclusión, siendo la Argentina en ese momento un país relativamente importante en el comercio internacional, fue la causa del antagonismo de la delegación argentina hacia Estados Unidos y del intento de organizar un bloque latinoamericano en La Habana. El presidente de la delegación argentina, Diego Luis Molinari, asumió una posición anti-norteamericana, denunciando que las propuestas norteamericanas de reducir las barreras aduaneras apuntaban a impedir la industrialización de América latina. Teniendo poco en cuenta que la conferencia se había reunido para liberalizar el comercio internacional, Molinari destacó la política estatista del gobierno argentino. La actuación del delegado argentino culminó con el ofrecimiento público de una ayuda de la Argentina al Plan Marshall de 5000 millones de dólares o su equivalente en mercaderías. El anuncio causó consternación en el gobierno argentino y funcionarios de la cancillería argentina debieron señalar que Molinari había querido decir que las exportaciones argentinas totalizarían esa suma en los siguientes cinco años. El delegado aclaró más tarde que el gobierno argentino estaba preparado para invertir esa suma a lo largo de América latina, agregando que esto no podría ser realizado sin la ayuda de Estados Unidos. El New York Times comentó el ofrecimiento de Molinari, señalando que la Argentina creía “que su habilidad para vender alimentos a las naciones necesitadas es una forma de ayuda”. (43) 
    Finalmente, los latinoamericanos fracasaron en que sus propuestas quedaran incorporadas en la Carta de La Habana. Según los miembros de la delegación argentina, el fracaso se debió a la defección de los delegados de América Central, en virtud de sus vínculos con el gobierno norteamericano, y a las presiones de éste para que los delegados centroamericanos cambiaran sus votos luego de haberlos prometido a la posición argentina. Los representantes de Estados Unidos y de otros países firmaron la Carta de La Habana el 24 de marzo de 1948. La Argentina se negó a hacerlo, porque sus reservas a unos treinta y nueve artículos no fueron aceptadas en el documento final, y porque la carta no había sido discutida por la conferencia general. Paradójicamente el Congreso norteamericano tampoco daría su aprobación al acta, debido a que las propuestas norteamericanas originales habían sido tan alteradas que ya no reflejaban los principios de la libre empresa. (44)  
    Poco después, el poder Ejecutivo argentino retiró del Congreso las solicitudes de ratificación de los tratados que habían creado el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF). No habría de adherir tampoco a la Organización de Agricultura  y Alimentos (FAO) y a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (UNESCO), todas ellas de reciente creación. Se daba entonces la paradoja de que, si bien la Argentina pertenecía a las Naciones Unidas, y el canciller Bramuglia sería en unos meses presidente de su Consejo de Seguridad, el gobierno argentino rechazaba formar parte de organismos que podían reportar ventajas al país. La posición aislacionista y autarquizante seguía en pie. (45)  
    Por cierto, las cosas eran diferentes con los británicos. Como ya se mencionara, el 17 de septiembre de 1946 se había firmado el convenio Eady-Miranda, que llegaba a un acuerdo sobre el futuro de los ferrocarriles británicos y el desbloqueo de los saldos en libras que la Argentina poseía en Londres. Pero, tal vez por la presión norteamericana, los pasos previstos para formar la sociedad mixta ferroviaria anglo-argentina nunca llegaron a efectivizase. Por ello, en diciembre los británicos solicitaron la reapertura de las negociaciones. Así, el 2 de febrero de 1947 se anunciaba la compra de los ferrocarriles por el gobierno argentino. El 13 se suscribía un nuevo acuerdo entre Miranda y Montague Eddy, representante de las empresas británicas, por el cual el gobierno argentino adquiría la red ferroviaria por 150 millones de libras, sin especificarse la forma de pago. 
   
La última cuestión y la situación de los saldos argentinos en Londres, como consecuencia de la inconvertibilidad de la libra decretada en agosto de 1947, luego de arduas negociaciones, fueron  solucionados por el Acuerdo Andes, firmado con el gobierno británico el 12 de febrero de 1948. El pago de los ferrocarriles se resolvió por medio de un artificio financiero. Gran Bretaña pagaría por adelantado a la Argentina el valor de los productos que ésta le enviaría, y dicho adelanto sería transferido a las compañías de ferrocarriles británicas. Esto significaba que Gran Bretaña adelantaba 100 millones de libras por las exportaciones argentinas de 1948, más 10 millones por el aumento de precios de los productos argentinos. El texto del tratado no lo menciona pero puede inferirse que los 40 millones restantes procederían de los saldos en libras favorables a la Argentina. Dichos saldos eran liberados, pero no se permitía su conversión, por lo cual debían ser utilizados en operaciones comerciales dentro del área de la libra. Devengarían un interés de ½% anual y mantendrían la garantía en oro. Otras disposiciones del convenio incluían la compra de carne, maíz, cebada, aceite de lino, grasas y sebo. A su vez, la Argentina se comprometía a adquirir petróleo, carbón, acero y productos químicos. (46) 
    El nuevo equipo económico que reemplazó a Miranda en enero de 1949 dio comienzo a una política de acuerdos bilaterales, a fin de incentivar el comercio exterior del país. La idea era colocar las exportaciones y obtener a cambio los productos necesarios sin utilizar dólares. El convenio celebrado con Gran Bretaña fue el más importante de toda la historia de la relación bilateral y un modelo para los tratados con otros países. La complementación con Gran Bretaña era un respaldo necesario al gobierno de Perón en su confrontación con Estados Unidos. El tratado se firmó por 250 millones de libras -monto que da una idea de la relevancia del acuerdo- y por un plazo de cinco años. La finalidad del mismo era incentivar el intercambio comercial entre los dos países. Se preveían exportaciones argentinas de carne y cereales a cambio de combustibles, hierro y acero, productos químicos e industriales. Los norteamericanos se sintieron afectados por el tratado anglo-argentino, pues consideraron que la Argentina no compraría petróleo a los productores norteamericanos. La duración del tratado y los precios fijos fueron considerados discriminatorios contra los productos norteamericanos. Consecuentemente, el director de la ECA, Paul G. Hoffman, declaró ante el Senado norteamericano que ese organismo podía realizar gran presión para evitar la firma del acuerdo. Incluso sugirió utilizar una medida radical -la amenaza de cancelación de la ayuda a Gran Bretaña-, para apoyar la protesta del Departamento de Estado por la duración del pacto. A estas presiones debe atribuirse que finalmente se introdujera una cláusula que posibilitaba la denuncia anual del tratado por cualquiera de las partes y el reajuste anual de los precios de los productos. Luego de firmado el convenio, el Departamento de Estado emitió un comunicado señalando su agrado por la incorporación de disposiciones que lo hacían más flexible. Los términos del convenio se vieron alterados principalmente con la desvalorización de la libra del 19 de agosto de 1949, medida que provocó algunos reajustes por los mecanismos establecidos. (47)  
    Como hemos visto, la actitud cooperativa de la Argentina con Estados Unidos en el plano internacional se había revertido en la Conferencia de La Habana. El antagonismo se mantuvo en la Novena Conferencia Internacional de Estados Americanos que, después de muchas postergaciones, se reunió en Bogotá, del 30 de marzo al 2 de mayo de 1948. La reunión fue interrumpida durante una semana por los motines que culminaron con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, hechos que recibieron el nombre de bogotazo. El gobierno argentino planteó su posición antes del comienzo de la conferencia. No estaba de acuerdo con la inclusión del Consejo Interamericano de Defensa como un órgano del comité directivo, pues consideraba que el primero debía ser independiente a fin de evitar que la Unión Panamericana se transformara en un “super estado”, con poder político y militar sobre los estados miembros. La idea finalmente fue desechada.  
    En cuanto a las cuestiones económicas, la embajada norteamericana en Buenos Aires ya había adelantado que los argentinos incentivarían a otros países latinoamericanos a pedir ayuda a Estados Unidos para la obtención de dólares. Por ese entonces se especulaba que la ayuda norteamericana a Europa permitiría las compras de productos argentinos con dólares, de tal manera que el problema de la escasez de dólares para la Argentina se solucionaría sin préstamos de Estados Unidos. Por cierto, el canciller argentino Bramuglia trató de discutir estos temas con James Bruce, el nuevo embajador norteamericano en la Argentina, y con el Departamento de Estado, dado que el éxito de la Conferencia de Río se había debido a las conversaciones preliminares. No obstante, su pedido de entrevistar al secretario Marshall antes de la conferencia fue rechazado. (48)  
    Después de haber fracasado en lograr una base de acuerdo con el gobierno norteamericano, los argentinos buscaron apoyo en los países de América latina. En febrero de 1948, el funcionario de la cancillería argentina, Pascual La Rosa, realizó una gira por Chile, Perú, Ecuador y Venezuela, tratando de establecer una posición común latinoamericana, especialmente respecto de las colonias europeas en la región. La intención de la Argentina era buscar respaldo para su reclamo sobre las Islas Malvinas. Los países latinoamericanos, a su vez, otorgaron gran importancia a obtener el apoyo argentino respecto de la cooperación económica interamericana. (49) 
    La Conferencia de Bogotá comenzó con una notable presión en favor de ayuda económica norteamericana. En la primera sesión plenaria, el representante de México pidió, con un vehemente discurso, ayuda para el desarrollo económico de América latina, representando el sentir de la mayoría de las delegaciones. Especificó que América latina debía obtener un precio justo por sus materias primas, desde el momento que el desarrollo de esa región no era menos urgente que la reconstrucción de Europa. Sin embargo, el programa económico norteamericano para América latina no incluía ninguna asistencia comparable al Programa de Reconstrucción Europeo anunciado por Marshall en 1947. Ponía énfasis en la inversión privada y en la atracción de capitales otorgando seguridad a los mismos. La única concesión a los latinoamericanos consistió en un aumento de la capacidad de prestación del Export-Import Bank. En su discurso de apertura, el secretario Marshall instó a los latinoamericanos a posponer sus necesidades a las de Europa occidental. Finalmente, el Acuerdo Económico firmado en Bogotá contuvo la mayor parte de los puntos de vista de los norteamericanos, pero con tantas reservas que resultó inútil, pues muy pocos países lo ratificaron. (50)  
    Entre la delegación norteamericana y la argentina, surgió un desacuerdo por el tema de las colonias europeas en el hemisferio. El secretario Marshall no quería discutir la cuestión porque Gran Bretaña era un aliado en la lucha anticomunista y no era conveniente debilitar la relación con ese país.  El 21 de abril la delegación argentina fue informada de que el gobierno norteamericano no apoyaría la declaración respecto de los territorios europeos. Finalmente aprobada como Resolución XXXIII del Acta Final, la misma declaraba las aspiraciones de las naciones americanas de terminar con el colonialismo y la ocupación de territorios americanos por países extra-continentales. Creaba además un Comité Interamericano para Territorios Dependientes para estudiar la cuestión. La Argentina obtuvo el apoyo de todos los países hispano-parlantes. En realidad, ninguno votó en contra; sólo Estados Unidos, Brasil y la República Dominicana se abstuvieron. (51) 
    La actitud argentina acerca de una resolución anticomunista parece haber estado ligada a la declaración anticolonial. Como recordaremos, el gobierno argentino había sugerido un acuerdo anticomunista en la Conferencia de Río, no encontrando al Departamento de Estado dispuesto al mismo. En Bogotá la posición del último había sido revisada: sin llegar a respaldar todavía un acuerdo multilateral, el Departamento apoyaba una resolución que condenara con fuerza el comunismo internacional. Pero no obstante su posición anterior, la delegación argentina se opuso a condenar el comunismo sólo sobre bases ideológicas, señalando que debía ser subrayada la necesidad de enfrentar los problemas económico-sociales que permitían la expansión del comunismo. La resolución aprobada finalmente condenaba el comunismo sobre la base de la seguridad hemisférica y abogaba por las políticas económicas y sociales que elevaran el nivel de vida en el continente. En su informe de fines de abril, el embajador Bruce afirmaba que Perón había explicado la dilación de Bramuglia en sumarse a la declaración anticomunista, diciendo que la Argentina quería Las Malvinas y los norteamericanos querían una declaración anticomunista, de manera que Bramuglia había jugado “un pequeño póker” para llegar a un acuerdo. (52)  
    El resultado más importante de la Conferencia fue la adopción de la Carta de la Organización de los Estados Americanos, que dio al sistema interamericano un documento constitutivo. En el primer capítulo se describe a la OEA como un organismo regional dentro de las Naciones Unidas. La Carta de la OEA reafirma principios ya proclamados. Un intento de incorporar una definición de democracia, a instancias de los delegados de Uruguay y Brasil fue abandonado debido a las dificultades que presentaba. Particularmente significativo es el párrafo (e) del artículo 5: “Los Estados americanos condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos”. La delegación argentina propuso la inclusión de la última frase. Los norteamericanos hicieron notar que la misma sólo tendría aplicación en el caso de un agresor victorioso, quedando por lo tanto la propuesta vinculada a la condena de la guerra de agresión. Por cierto, el principio de no intervención se afirmaba en términos  muy amplios, haciéndolo extensivo a la intervención por cualquier grupo de Estados. La modificación revelaba el temor que había suscitado la proposición del uruguayo Rodríguez Larreta que implicaba la intervención colectiva. También significaba una nueva extensión del principio de no intervención el contenido del artículo 16, que afirmaba que ningún estado podía usar o propiciar el uso de medidas coercitivas de índole económica. No obstante, la carta permitía tomar medidas no definidas para mantener “la paz y la seguridad de acuerdo con los tratados existentes”, punto débil al cual Estados Unidos apelaría al intervenir más tarde en algunos países de América Central. (53) 
    La Carta describía también los órganos principales de la OEA. La Conferencia Internacional de Estados Americanos cambiaba de nombre, denominándose Conferencia Interamericana, con obligación de reunirse cada cinco años. El Consejo Directivo de la Unión Panamericana se convirtió en el Consejo de la OEA. Este tiene tres órganos dependientes, de los cuales el más importante es el Consejo Interamericano Económico y Social. La fuerte oposición latinoamericana impidió que se incluyera en la estructura de la OEA un Consejo de Defensa, subsistiendo la Junta Interamericana de Defensa. Un tercer documento en importancia dentro del sistema interamericano fue el Tratado Americano de Arreglo Pacífico o Pacto de Bogotá. Si bien el arreglo pacífico de las disputas entre los países latinoamericanos era de larga data, nunca se había alcanzado un acuerdo para aceptarlo  bajo la forma de un tratado. No obstante el Pacto de Bogotá no tuvo mucho éxito. Las reservas fueron de importancia y las ratificaciones lentas y parciales. (54)  
    Por otro lado, cabe mencionar la actuación que en algunas cuestiones cupo a la Argentina en las Naciones Unidas. En 1948 la Argentina alcanzó cierto prestigio por la gestión que debió cumplir el canciller Bramuglia, lo cual fue aprovechado ampliamente por la propaganda peronista. Ese año correspondía a la Argentina la presidencia rotativa del Consejo de Seguridad. Bramuglia debió llevar a cabo una mediación entre las potencias occidentales y la Unión Soviética para solucionar el bloqueo de Berlín en septiembre de 1948, actuación que le ganó el respeto de la comunidad internacional. (55)  
    La Argentina fijó también su posición en contra el poder de veto de las grandes potencias y postuló el principio de universalidad, es decir la admisión de todos los países que desearan ingresar en la ONU. En octubre de 1946, en la primera Asamblea General, el representante argentino, José Arce, señaló que ese privilegio debía ser suprimido y reemplazado por la mayoría de 2/3 o 3/4 de los miembros. Al año siguiente, en la Segunda Asamblea, la Argentina propuso la convocatoria de una Conferencia General para abolir el veto. La Unión Soviética se opuso a la propuesta argentina, defendiendo el veto como un instrumento fundamental para el funcionamiento de la ONU. Finalmente, la Asamblea creó un Comité Interino para considerar la cuestión. La consecuente enemistad entre el representante argentino Arce y el delegado soviético Vishinsky por la cuestión del veto llevó al gobierno argentino a tener que reemplazar al primero cuando tocó al país presidir el Consejo de Seguridad, a fin de no arriesgar el resultado de la gestión. La cuestión del veto dejó de plantearse cuando Arce dejó su cargo en la ONU. (56) 
    Por cierto, la política de la Tercera Posición no parece haber tenido confirmación en algunas de las posiciones adoptadas por la Argentina en las Naciones Unidas. En 1946, la Argentina se negó a apoyar en el Consejo de Seguridad la causa de la República de Indonesia y no condenó la agresión llevada a cabo allí por Holanda. No acompañó a la India cuando ésta denunció las discriminaciones contra la población de origen indio en la Unión Sudafricana, y se abstuvo de votar en todas las declaraciones que condenaban la persecución racial en este país. Votó en contra de todas las iniciativas destinadas a obligar a la Unión Sudafricana a liberar el territorio ilegalmente retenido de Africa Sudoccidental. Votó en contra de la iniciativa que propiciaba examinar la política imperial francesa en Marruecos. Respecto de la cuestión de qué gobierno debía tener la representación de China, comenzó con la abstención y luego se inclinó por el régimen de Formosa. En el problema planteado por la guerra de Corea, no acompañó a los países que trataban de alcanzar una solución que limitara el conflicto, apoyando decididamente a Estados Unidos. Por último, se abstuvo cuando debió decidirse si Puerto Rico, las Antillas holandesas y Surinam estaban en condiciones de obtener el gobierno propio. (57)  
    La posición argentina asumida respecto de la cuestión palestina merece una explicación. Cuando Gran Bretaña decidió retirarse de Palestina, convocó a judíos y árabes a un Conferencia en Londres. Habiendo fracasado las gestiones para alcanzar un acuerdo, el delegado británico ante las Naciones Unidas solicitó al secretario general de la ONU que reuniera a la Asamblea General para tratar el tema. De esta reunión surgió la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina. Dicha Comisión recomendó por unanimidad que se terminara el mandato británico y se otorgase la independencia a Palestina; que se acordara un período de transición, se preservara el carácter sagrado de los lugares santos y se conservara la unidad económica de Palestina. Pero los miembros de la Comisión diferían respecto de la cuestión de fondo, que era la constitución del futuro estado. El plan de la mayoría proponía la partición de Palestina en dos estados -judío y árabe- y la internacionalización de Jerusalén; el de la minoría postulaba un estado federal. (58) 
    En la Segunda Asamblea General de las Naciones Unidas la cuestión se decidió. Se crearon dos Subcomités que presentaron distintos proyectos: uno, propuso un estado judío con un enclave árabe; el otro, un estado unitario. Ambas propuestas fueron elevadas a un Comité ad hoc que el 27 de noviembre de 1947 resolvió que se implementara el plan de Partición con unión económica. Los países árabes sostuvieron que la propuesta del primer comité era ilegal y contraria a la Carta de la ONU. El 29 de noviembre se inició la sesión en que se debía llevar a cabo la votación. La Argentina planteó reparos al plan de partición, señalando que, en lugar de asegurar la paz, esto generaría un grave conflicto. Finalmente la resolución 181 (II), que aprobó y decretó la Partición de Palestina, se tomó por 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, entre éstas la de la Argentina. El 15 de mayo de 1948 se arriaba la bandera británica en Palestina. Simultáneamente, los judíos proclamaban la creación del Estado de Israel, reconocido el mismo día por Estados Unidos y dos días después por la Unión Soviética. La Argentina lo reconocería en 1949.  
    En otro orden de cosas, desde la asunción de Perón a la presidencia, era perceptible la preocupación de la jerarquía militar por restaurar el poder militar argentino, perdido durante la Segunda Guerra Mundial, en virtud de la posición de neutralidad asumida por el gobierno argentino, que le había vedado el acceso a las compras de armamentos por el sistema de Préstamo y Arriendo.  Al llegar Perón al gobierno, el embargo de armas dispuesto por Estados Unidos estaba todavía en vigencia, con el propósito de que la Argentina cumpliera con los acuerdos de Chapultepec. Incluso, en virtud de la existencia de un acuerdo de caballeros, el embargo debía ser respetado por Gran Bretaña y Canadá. Como ya se dijo, la Argentina logró un paso significativo en contra de dicho embargo, cuando, a comienzos de 1947, el gobierno británico comunicó al norteamericano que en adelante trataría al gobierno argentino en un pie de igualdad con los demás países latinoamericanos. Potash señala que la fecha de este anuncio, realizado el 27 de enero, inmediatamente posterior a la de 13 de febrero del acuerdo anglo-argentino, en que se decidiera la compra de los ferrocarriles  británicos por el gobierno argentino, sugiere que hubo una vinculación de ambas cuestiones. El hecho de que en el convenio anglo-argentino no se hiciera mención de la utilización de las libras bloqueadas para el pago de los mismos, tendría que ver con la decisión de Perón de utilizar esas libras para el pago de armamento británico. (59)  
    De esta manera, y no obstante las objeciones interpuestas por Estados Unidos, las negociaciones iniciadas por el gobierno argentino con su par británico fructificaron en mayo de 1947, con la aprobación por el gobierno británico de contratos por los cuales empresas británicas entregarían a la Argentina cien aviones de caza y un número de bombarderos. El valor de los aviones encargados a Gran Bretaña era de unos 20 millones de libras esterlinas. (60) 
    No obstante, el gobierno de Perón tenía el compromiso -derivado del acuerdo de Chapultepec- de reequipar el ejército e implementar un programa de estandarización de armas, entrenamiento y organización propuesto por la Junta Interamericana de Defensa. Pero, como el embargo norteamericano continuaba, el ministro de Guerra, José Humberto Sosa Molina, amenazó con tener en cuenta ofrecimientos de fabricantes europeos como Skoda. En estas circunstancias, en junio de 1947 el presidente Truman anunciaba en Washington que su gobierno consideraba que la Argentina había cumplido con los compromisos establecidos en el Acta de Chapultepec y que se reanudarían las conversaciones sobre la defensa recíproca. En noviembre, Perón logró un primer ofrecimiento de 50 cañones antiaéreos. A fines del mismo mes, llegaba a Buenos Aires un alto oficial norteamericano con el propósito de inspeccionar unidades, conocer las necesidades del ejército argentino y recibir el pedido de asesores norteamericanos para el uso del material.
   
Finalmente, luego de una visita del general Sosa Molina a Estados Unidos, se llegó a un acuerdo en junio de 1948. Este consistía en la venta de equipo en depósito, con exclusión de vehículos, para seis unidades mecanizadas. Poco después, en octubre, se acordaron los detalles sobre  la instalación de una misión militar -la primera de ejército- en Buenos Aires. Posteriormente, se adquirió material de rezago en Estados Unidos y en Europa. Para fines de abril de 1949, la Argentina había adquirido equipo militar al gobierno de Estados Unidos por 1.400.000 dólares, y un adicional de 6.800.000 dólares de equipo (valor nominal) al precio de propiedad de rezago de 748.000 dólares. (61)  
    Simultáneamente, la delegación argentina ante la Junta Interamericana de Defensa colaboraba en la formulación del “Plan Maestro para la defensa del Hemisferio Occidental”, si bien este organismo no tenía todavía la misión planificadora que se le otorgaría más tarde. El plan respondía a los intereses estratégicos de Estados Unidos, y la Junta constituía un espacio para mantener contactos bilaterales con los estados mayores latinoamericanos. No obstante, hasta 1950 Perón trató de obstaculizar el objetivo norteamericano de lograr un consejo militar interamericano y de formalizar una alianza militar. (62) 
    En 1951, la Cuarta Reunión de Consulta de ministros de Relaciones Exteriores otorgaba a la Junta Interamericana de Defensa funciones de planificación, recomendando la cooperación de las fuerzas armadas en la defensa del hemisferio. En ese año, Estados Unidos sancionó la ley de Asistencia Militar para la Mutua Defensa entre Estados Unidos y los países latinoamericanos. Asimismo la Junta Interamericana de Defensa convirtió el Plan Maestro en un Plan General para la Defensa del Continente, que fue aprobado en noviembre de 1951. Este plan se ajustaba a los objetivos del Estado Mayor norteamericano y contemplaba la necesidad de firmar acuerdos bilaterales. Ecuador fue el primer país en suscribir un acuerdo militar en virtud de la implementación de esta política; Brasil también lo hizo en ese año. En 1955 casi todos los gobiernos latinoamericanos habían firmado acuerdos de este tipo con Estados Unidos. Las únicas excepciones eran México y la Argentina. (63)  
    El logro del reequipamiento militar fue una pequeña satisfacción para Perón en el difícil año de 1948. En el mismo mes de junio en que se llegaba a un acuerdo con Estados Unidos por la cuestión de las armas, el gobierno recibía la noticia de que no habría compras del Plan Marshall en la Argentina. Esto provocaba un tremendo problema económico al país, agudizando la escasez de dólares necesarios para pagar las importaciones. Miranda tomó entonces la decisión de que las empresas extranjeras no podrían girar sus dividendos, lo cual fue interpretado por el embajador norteamericano como una represalia. El problema económico generó una virulenta campaña anti-norteamericana en la prensa oficialista argentina. Es probable que toda esta situación provocara la acusación en contra del ex agregado cultural a la embajada norteamericana entre 1941 y 1946, John F. Griffiths, de participar en un complot para matar al presidente Perón y su esposa descubierto en septiembre de 1948. Finalmente, el asunto de la implicación norteamericana en el complot y la campaña anti-norteamericana comenzaron a desaparecer de la prensa hacia el mes de noviembre. (64) 
    Debe señalarse que, a partir de junio de 1948, la política del gobierno argentino hacia Estados Unidos fue ambivalente. En el ámbito interno, el gobierno demostró un fuerte anti-americanismo a fin de obtener apoyo popular para la reforma constitucional que permitiera al presidente su reelección. En Washington, en cambio, los funcionarios argentinos trataban de alcanzar un acuerdo económico con el gobierno norteamericano. El país tenía en esos momentos una deuda con bancos americanos de más de 300 millones de dólares. En su visita no oficial a Estados Unidos a fines de septiembre,  el presidente del Banco Central, Orlando Maroglio, había sugerido un crédito recíproco entre el Export-Import Bank y el Banco Central. Esto contradecía la prédica del influyente presidente del Consejo Económico Nacional, Miranda, quien había sostenido que se cortaría ambas manos antes de firmar un crédito o préstamo en dólares. Al regresar a Buenos Aires, Maroglio fue licenciado de su cargo, aunque luego se lo repuso en el mismo. No obstante, el regreso a Buenos Aires del canciller Bramuglia y del nuevo embajador en Estados Unidos, Jerónimo Remorino, parece haber incidido en que Miranda presentara su renuncia en enero de 1949. Los primeros compartían la idea de que era necesario establecer vínculos económicos más cercanos con Estados Unidos. Bramuglia había evitado involucrarse en las disputas económicas dentro del gobierno, pero no estaba conforme con la política de Miranda. (65)  
    El gobierno argentino anunció un cambio en la conducción económica el 19 de enero de 1949. Se crearon dos ministerios, uno de Economía y otro de Finanzas, colocando al frente de ellos a Roberto A. Ares y a Alfredo Gómez Morales. El último asumió también la presidencia del Banco Central que dejaba Maroglio. Los nuevos funcionarios eran considerados hombres de Bramuglia y nombrados a su instancia. Eran partidarios de cambios fundamentales: la abolición del IAPI, la eliminación de los controles de exportación y una mayor cooperación con Estados Unidos. Los funcionarios nacionalistas, apoyados por la esposa del presidente, en cambio, se oponían a que los grupos privados volvieran a obtener posiciones relevantes en el comercio exterior; rechazaban las concesiones a grupos económicos extranjeros y sostenían que la afiliación a organismos internacionales era contraria a la independencia económica. No obstante, los nuevos ministros comenzaron su plan de acción. Así, el consejero económico de la embajada argentina en Washington anunciaba que la Argentina enviaría pronto un representante a Estados Unidos para discutir asuntos económicos y concertar un préstamo. Por la misma época, el secretario de Estado Marshall también renunciaba y Dean Acheson era nombrado en su lugar. La última designación planteaba un interrogante, pues Acheson había estado asociado a la política dura hacia la Argentina. (66)  
    En 1949, dos cuestiones generaron preocupación en el gobierno norteamericano respecto de la Argentina. Una fue un artículo de la nueva Constitución argentina, que comenzó a regir en marzo de ese año. El artículo 40 establecía que los servicios públicos pertenecían al estado y podían ser adquiridos por compra o expropiación. El gobierno norteamericano percibió en dicho artículo una amenaza para las compañías norteamericanas, considerando que podría no haber indemnización y resolvió aconsejar al capital privado norteamericano no invertir en la Argentina bajo esas condiciones. La segunda cuestión fue el tratado anglo-argentino que otorgaba a Gran Bretaña una participación importante en el mercado argentino y que generó preocupación en círculos norteamericanos. No obstante, la creación de una comisión mixta para estudiar las relaciones comerciales y tratar de aportar soluciones trajo un principio de solución hacia fines de año, cuando diseñó un programa que proponía incrementar las exportaciones argentinas a Estados Unidos como una manera de disminuir la escasez de dólares y de facilitar compras en ese país. Al mismo tiempo comenzaba la negociación de la Argentina para obtener un crédito de fuente norteamericana. (67) 
    El proceso de entendimiento llevó en 1950 a la concesión de un crédito del Export-Import Bank de 125 millones de dólares a la Argentina. La contrapartida del mismo fue la ratificación por el Congreso argentino del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en 1947. El crédito fue otorgado para cancelar deudas comerciales atrasadas y no para la adquisición de equipos industriales y agrícolas en el mercado norteamericano como deseaba el gobierno argentino. El hecho de que el crédito fuera anunciado en mayo de 1950 y la ratificación del Congreso argentino fuera decidida a fines de junio fue visto como un indicio de que los dos asuntos estaban vinculados. Giacalone sostiene que ambas decisiones pueden haber estado más conectadas con el comienzo de la guerra de Corea que entre sí. (68) Para Escudé, en cambio, la concurrencia de la acrecentada vulnerabilidad argentina y el deseo del gobierno norteamericano de que la Argentina cooperara con su política hemisférica y ratificara el TIAR permitió que se pusiera en práctica uno de los mecanismos de presión internacional: la denominada issue-linkage o vinculación temática de cuestiones. Mediante ésta, Estados Unidos podía conceder ayuda financiera que atemperara la crisis económica argentina a cambio de la deseada ratificación. (69)  
    Según constaba en una declaración de política secreta del Departamento de Estado del 21 de marzo de 1950, los objetivos del gobierno de Estados Unidos frente a la Argentina para ese año eran los siguientes: 1) obtener la cooperación argentina en la defensa del hemisferio occidental; 2) inducir a la Argentina a adoptar políticas que fortalezcan las fuerzas que apuntalan la paz y un modo de vida democrático; 3) crear y mantener un clima favorable de opinión entre los argentinos respecto de Estados Unidos y sus políticas; y 4) alentar y ayudar a la Argentina a establecer una economía bien balanceada como fuerza de estabilidad hemisférica capaz de cooperar económicamente, interesada en dicha cooperación y fértil para el desarrollo de principios democráticos. (70)  
    El memorándum sugería incluso la vinculación de cuestiones como instrumento de presión. En el subtítulo “Relaciones económicas norteamericano argentinas, decía:

Créditos en dólares pueden ofrecer una solución posible para la escasez de divisas de la Argentina. Como resultado de una sugerencia nuestra, el Export-Import Bank ha realizado un estudio preliminar de las necesidades crediticias argentinas y de su capacidad para hacer frente luego a su servicio. El Banco ha sido informado que, aunque no hay una objeción política básica a créditos en dólares para la Argentina, nosotros pasaremos revista a las relaciones norteamericano-argentinas mientras el Banco prosigue con el análisis de las consideraciones económicas, como una base para llegar a una decisión. (71)

Significaba esto que el crédito permanecía en estudio pero su concesión quedaba supeditada a consideraciones políticas.
   
En el mismo mes de marzo en que se emitía el documento anterior, arribaba a Buenos Aires, el secretario asistente de Estado, Edward G. Miller. Las conversaciones con miembros del gobierno argentino giraron en torno a la firma de un acuerdo comercial que reemplazara el tratado de 1853 y a la pendiente ratificación del TIAR por el Congreso argentino. Miller no pudo obtener precisión del gobierno argentino acerca de cuándo se produciría la mencionada ratificación. Recibió en cambio seguridades del presidente Perón de que el artículo 40 de la Constitución no sería aplicado en contra de intereses norteamericanos. El secretario norteamericano dio a entender al gobierno argentino que si las relaciones entre ambos gobiernos proseguían en la dirección adecuada, la Argentina recibiría un crédito significativo, dejando así planteada muy sutilmente la vinculación crédito-ratificación del TIAR. También quedó acordado que la comisión mixta se trasladaría de Washington a Buenos Aires. (72)  
    El mes de marzo fue asimismo testigo de una intensa actividad oficial norteamericana en Buenos Aires. Llegaron a esta ciudad Joseph P. Davies, ex embajador en Rusia; Paul V. McNutt, ex comisionado en Filipinas; el general Hoyt S. Vandenberg, jefe del estado mayor de la fuerza aérea; y George F. Kennan, consejero del Departamento de Estado. El mismo mes, el ministro Cereijo partió para Washington para asistir a la primera reunión del Consejo Económico y Social de la Organización de Estados Americanos. Esta conferencia especial comenzó el 20 de marzo de 1950 y el ministro argentino fue elegido su presidente. En Washington, Cereijo anunció las medidas tomadas por el gobierno argentino para resolver los problemas con las compañías norteamericanas. El ministro también entregó una invitación al presidente Truman para visitar la Argentina, lo cual produjo cierta inquietud en el Departamento de Estado; la prensa norteamericana no aprobaría una visita a la Argentina dado que ésta implicaría una invitación a Perón a visitar Estados Unidos. 
   
Al regresar a la Argentina a mediados de mayo, acompañado por el embajador Remorino, el ministro Cereijo declaró a la prensa que esperaba recibir confirmación del crédito. En efecto, ésta se produjo el 17 de mayo, a través del presidente del Export-Import Bank. No obstante, las negociaciones continuaron hasta mediados de noviembre, cuando la concesión del crédito se hizo finalmente efectiva, lo cual demostró que los norteamericanos mantuvieron su instrumento de presión en operación hasta que la ratificación del tratado y algunas otras cuestiones estuvieran solucionadas. El gobierno argentino, que se había expuesto a las críticas por la tramitación del crédito, pretendió hacerlo pasar por un crédito otorgado a un grupo de bancos privados y no al gobierno mismo. Sin embargo, funcionarios argentinos habían participado en Washington de las negociaciones para la obtención del mismo y el Banco Central garantizaba el pago de la deuda. (73)  
    La vinculación entre el crédito y la ratificación del TIAR fue mencionada en un editorial del New York Times del 5 de mayo. Este sostenía que era condición sine qua non de Estados Unidos para un entendimiento económico con la Argentina la ratificación del tratado. La cuestión reapareció cuando en junio llegó el momento de discutir el tratado en la Cámara de Diputados. A su vez, el Hispanic American Report, de la Universidad de Stanford, comentó que, por presión de los exportadores, el Departamento de Estado había decidido conciliar sus puntos de vista con los del Pentágono. El último sostenía que asuntos de conveniencia internacional requerían que el gobierno norteamericano aceptara a la Argentina como socio pleno, a fin de que este país se incorporara al sistema de defensa interamericano. Esto fue testimoniado por las visitas de altos jefes militares a la Argentina para evaluar el potencial económico y militar argentino en caso de una nueva guerra. Estas visitas incluyeron una misión para comprar carne para las fuerzas armadas norteamericanas, la recorrida por las guarniciones argentinas realizada por el brigadier general Thomas Tambeerma y el coronel Paul Freeman, y la visita a la fábrica de aviones en Córdoba y bases aéreas del país realizada por el general Robert Walsh y el coronel Gordon Cook. (74)  
    Los británicos también advirtieron el vínculo entre los dos asuntos. En una carta del 10 de mayo a Fordham, jefe del Departamento Americano del Foreign Office, el embajador Balfour decía:

La disposición evidenciada por las autoridades argentinas a cooperar en los planes de defensa interamericana nos ayuda mucho a comprender por qué el Departamento de Estado últimamente ha comenzado a considerar que puede valer la pena darle ayuda financiera al régimen. Todo es por cierto positivo en tanto, como resultado de las conversaciones (sobre ayuda bélica) y bajo la presión de sus necesidades financieras, la Argentina ahora parece avanzar hacia el punto en que (...), en teoría al menos, no adoptará la postura que la caracterizó durante la última guerra. (75)

Las cuestiones estuvieron incluso ligadas dentro del gobierno norteamericano. A su regreso a Washington, Miller aseguró a miembros del Departamento y a legisladores que la ratificación del tratado tendría lugar ese año, intentando con ello que la decisión de otorgar el crédito a la Argentina  prosperase. (76)  
    El 28 de junio de 1950, apenas después de que Estados Unidos se involucrara en la guerra de Corea, los diputados oficialistas presentaron el tratado de Río para su ratificación. Luego de haber estado pendiente durante dos años, el tratado aparecía ahora como una cuestión urgente que debía ser decidida el mismo día de su presentación. Los radicales se opusieron a la maniobra, pero la moción de discutir la cuestión ese mismo día fue aceptada por amplia mayoría. La oposición consideraba que el tratado estaba en contradicción con la soberanía argentina. Radicales y conservadores lo atacaron porque no aseguraba la soberanía sobre las islas Malvinas. Los argentinos habían introducido una reserva al respecto en el Acta Final de la Conferencia de Río, pero la operatividad de ésta había sido anulada por otra reserva de la delegación norteamericana, que establecía que una zona de seguridad no tendría ningún efecto sobre la soberanía de ningún territorio en la región. Finalmente, la ratificación se consiguió con el apoyo conservador; los radicales mantuvieron su rechazo. (77) 
    Desde el lado argentino, la ratificación del tratado de Río puede verse como una respuesta a la necesidad de asegurar un mercado para los productos argentinos y en el cual comprar los insumos necesarios para la economía argentina, sobre todo en el caso de desatarse una Tercera Guerra Mundial. En dicho caso, la Argentina se vería forzada a comerciar con los países occidentales, especialmente con Estados Unidos. El comienzo de la guerra de Corea, a fines de junio de 1950, parecía reforzar la idea de que Estados Unidos terminaría siendo el único mercado posible para los productos argentinos. La Argentina necesitaba asimismo comprar maquinaria industrial y agrícola, cuestión que se volvía urgente si la guerra se generalizaba. De esta manera, como en las guerras anteriores, la política de la Argentina parecía estar dictada por cuestiones comerciales. (78)  
    Luego de la ratificación, la cancillería argentina comunicó a las Naciones Unidas que la Argentina daba apoyo a sus resoluciones. A la vez, el embajador argentino en Washington informó al secretario de Estado Acheson que la Argentina respaldaba las medidas que el gobierno tomara para poner en ejecución esas resoluciones. Incluso, en una carta a Miller, Perón expresó que la Argentina estaba alineada decididamente con Estados Unidos en su lucha contra el comunismo. No obstante, la embajada en Buenos Aires observaba que, en el plano interno, tanto el gobierno argentino como la prensa oficialista realizaban “malabarismos muy curiosos para demostrar por qué las actitudes adoptadas por la Argentina desde el 28 de junio son compatibles con la «tercera posición»”.  Poco después, la misma embajada señalaba en su resumen mensual que “mientras las fuertes afirmaciones de apoyo a la Argentina sobre Corea fueron bienvenidas por Estados Unidos, la demora en la implementación de estas declaraciones ya ha dado lugar a acusaciones de que Perón ha dicho mucho y hecho poco”. Se esperaba que, al regresar a Washington, el embajador Remorino aclarara hasta dónde Perón estaba dispuesto a llegar. (79)  
    En efecto, la Argentina había sostenido una posición de neutralidad en ambas guerras mundiales y bajo gobiernos de distinto signo -radicales, conservadores y militares-. Había mantenido además una posición anti-norteamericana en el ámbito interamericano desde el siglo anterior, e incluso la génesis del movimiento peronista se había realizado en el contexto de una prédica anti-norteamericana; era, por lo tanto, muy difícil para el gobierno de Perón poner en práctica la alineación con Estados Unidos. No existía además vocación para hacerlo. El 17 de julio, el canciller Paz informó que, ante la pregunta del secretario general de las Naciones Unidas, Tryve Lie, sobre la posibilidad de que la Argentina proveyera ayuda militar para la guerra de Corea, el gobierno había hecho saber que respetaría las obligaciones como miembro de la organización y esperaba consultar con el Comando Unificado. Sin embargo, al día siguiente, el embajador aclaró que la respuesta argentina no implicaba el envío de fuerzas a Corea. (80) 
    Con todo, las especulaciones de que podrían ser aportados barcos mercantes, un contingente de aviadores o incluso tropas persistieron. El 23 de agosto, los norteamericanos todavía esperaban el envío de un simbólico contingente de mil soldados por el gobierno argentino. El 15 de septiembre, sin embargo, la cancillería argentina frustró estas expectativas con su anuncio de que la cooperación argentina con las Naciones Unidas se concretaría por medio de una partida de carne congelada y enlatada. Pero esto también se demoró, y en enero de 1951, el Comando Unificado rechazó la oferta argentina de un cargamento completo de carne congelada, debido a la falta de infraestructura para mantenerla en Corea. (81)  
    La falta de voluntad política por parte del gobierno argentino para llevar adelante una política exterior coherente con la nueva alianza se hizo patente en el hecho de que aquél continuara predicando la Tercera Posición y llevara adelante una campaña anti-norteamericana muy fuerte, incluso con sus artículos, ya mencionados, publicados en el diario Democracia a lo largo de 1951. Por ejemplo, Perón señalaba que en 1950 Rusia había perdido su posición en el campo internacional, debido al rechazo que sus intervenciones en la vida interna de los estados provocaban en otros pueblos. No obstante, el presidente argentino consideraba que lo único que favorecía a dicho país era la equivocada propaganda que se le dirigía desde Estados Unidos. Esto quería decir que, a los efectos de la supervivencia de Rusia, eran más efectivos “la negación, la ceguera y los desaciertos de sus adversarios” que las propias acciones rusas. Perón hacía la comparación con el caso argentino, señalando que los argentinos conocían bien las razones por las cuales Estados Unidos perdía la estimación de otros pueblos. Afirmaba el presidente argentino:

Nosotros los argentinos sí sabemos por qué. Recordamos las ofensas y vejaciones de Braden y sus secuaces; tenemos presentes siete años de abierta agresión política y económica que significan la injusticia más flagrante de nuestra vida independiente y sufrimos hoy los efectos  de las acciones agresivas de numerosas organizaciones oficiales que funcionan al margen de la buena fe internacional. Los servicios de espionaje, los agentes de provocación y propaganda que en el país o desde el extranjero interfieren las buenas relaciones han culminado en el plan Benson, una verdadera agresión abierta, impúdica y desaprensivamente anunciada. A ello se suma la utilización de países satélites para perturbar la vida del país, pero a quienes el gobierno, con buen juicio, no ha tenido jamás en cuenta. (82)

Colocando en el mismo plano al comunismo y al capitalismo, en otro de sus artículos Perón se explayaba sobre las formas de la penetración imperialista. El imperialismo comunista había penetrado en los pueblos a través de las masas explotadas por el capitalismo. El imperialismo capitalista, en cambio, había debido conformarse con dominar a los gobiernos por medio de la presión económica y la amenaza política. En cada país, la lucha adquiría una modalidad propia, pudiendo manifestarse en un enfrentamiento abierto entre ambas tendencias o incluso en “la alianza subrepticia de ambos cuando, como en la Argentina, aparece una «tercera posición», dispuesta a terminar con los dos, para mantener una postura eminentemente nacional e independiente”. Dicha lucha, según Perón, estaba dirigida en forma centralizada por el «Kominform» y por el Departamento de Estado. Estos organismos financiaban y apoyaban con propaganda a las «quintas columnas» que dirigían luego la acción. También provocaban revoluciones como las que habían tenido lugar recientemente en Guatemala, Bolivia y en la Argentina. (83)  
    A pesar de esta prédica, el gobierno de Estados Unidos asumía a comienzos de 1951 una actitud conciliatoria hacia el gobierno argentino. En vísperas de la Cuarta Reunión de Consulta de cancilleres americanos, el Departamento de Estado enviaba a Perón un mensaje diciendo que el gobierno de Estados Unidos no tenía intención de utilizar la próxima conferencia para colocar a la Argentina en una posición embarazosa. Esperaba, por el contrario “facilitar por todos los medios a su disposición la más completa cooperación por parte del gobierno argentino”. (84) 
   
La Reunión, que tuvo lugar en Washington del 26 de marzo al 7 de abril, fue convocada por Estados Unidos debido al nuevo cariz tomado por la guerra de Corea, al intervenir China en ella. La Conferencia puso de manifiesto una vez más los objetivos divergentes de América latina y Estados Unidos. Este buscaba reforzar la seguridad hemisférica; los latinoamericanos, en cambio, buscaban consolidar sus economías. El delegado brasileño aparentemente sostuvo que el único país del hemisferio que estaba amenazado por una agresión externa era Estados Unidos. Otros representantes afirmaron que la única forma de evitar la expansión del comunismo era elevando el nivel de vida de las poblaciones y para ello era necesaria la ayuda de Estados Unidos. No obstante, no recibieron ninguna seguridad de que tal ayuda se produciría. La Cuarta Reunión solicitó cooperación, de acuerdo con el tratado de Río, a fin de reforzar la defensa colectiva. De hecho se otorgó a la Junta Interamericana de Defensa funciones de planificación y se recomendó a las fuerzas armadas cooperar en la defensa hemisférica. Pero, como señala Connell-Smith, los motivos de Estados Unidos para integrar los países latinoamericanos a la defensa del hemisferio contra amenazas externas eran, como lo habían sido siempre, políticos. En poco tiempo, el gobierno norteamericano solicitaría cooperación para enfrentar la amenaza de la subversión, que en la práctica terminó siendo una cuestión de mayor importancia que una eventual agresión militar. (85)  
    A pesar de la actitud conciliadora adoptada por el Departamento de Estado hacia la Argentina, dos temas de derechos cívicos preocupaban cada vez más al primero: la falta de libertad de prensa y la manipulación del sindicalismo que Perón realizaba, incluyendo en el último los intentos de crear un movimiento sindicalista peronista extendido a toda América latina. En particular, la clausura y expropiación del diario La Prensa generó una conmoción en la prensa norteamericana y también en el Departamento de Estado. La cuestión de la necesidad de una prensa libre fue por primera vez incluida en una lista de promesas argentinas incumplidas preparada por el Departamento de Estado el 4 de febrero de 1951. La clausura de La Prensa fue colocada en tercer lugar entre los denominados “problemas actuales”, a continuación de la falta de cooperación argentina frente a la agresión comunista y los muy frecuentes ataques a Estados Unidos por parte de la prensa oficialista argentina. Asimismo, el ex embajador norteamericano George Messesmith, que visitó Buenos Aires en febrero de 1951, sostuvo la necesidad de una prensa libre en una conversación que mantuvo con Perón el 9 de ese mes. (86)  
    En una reunión realizada en el Council on Foreign Relations, en enero de 1951, el secretario asistente Miller había debido salir en defensa de la Argentina. Señaló allí que la situación de las libertades cívicas en la Argentina no sería mejorada con una política hostil de parte del gobierno norteamericano. En su opinión, esto había quedado demostrado en las relaciones con Nicaragua y con España, donde el enfrentamiento no había conseguido que se levantaran las restricciones. Miller sostuvo también que la prensa norteamericana era más sensible a los problemas de la prensa en la Argentina que en otros países, como los casos de Brasil y de Gran Bretaña, donde había habido discriminación gubernamental en la distribución de papel prensa. (87) 
    En la siguiente reunión sobre la Argentina del mencionado Council, el 15 de febrero de 1951, se consideró que Perón había vuelto a mostrar su verdadera naturaleza en las últimas semanas. La ratificación del TIAR era la única evidencia de que Perón tuviera alguna intención de mantenerse del lado occidental.  Pero los ataques a la política exterior de Estados Unidos y la clausura de La Prensa demostraban que el gobierno argentino no seguiría a Occidente. Un hombre de negocios afirmó que el próximo paso de Perón sería tomar Bolivia, lo cual fue aprovechado por Spruille Braden para señalar que el nuevo presidente boliviano tenía el apoyo peronista y que transformaría ese país en satélite de la Argentina. El funcionario del Departamento de Estado que presenció la reunión terminaba su memorándum diciendo que era opinión general que la política norteamericana hacia la Argentina debía ser más dura. Los objetivos alcanzados por Estados Unidos en el último año habían sido posibilitados por la posición negociadora frente a la casi bancarrota argentina. De esa manera, la mayoría de los presentes consideraba que la política debía ajustarse a principios fundamentales más que intentar objetivos que beneficiaran a los grupos económicos norteamericanos con intereses en la Argentina. (88) 
    Dicha convicción parece haber alcanzado también al secretario asistente Miller, quien declaró públicamente que su gobierno estaba llegando a la conclusión de que sería necesario “restringir su política de cooperación con la Argentina”, como “el efecto posible de la situación del diario La Prensa”. Esta declaración provocó una respuesta de un miembro de la embajada en Buenos Aires, T.R. Martin, preocupado ante la alternativa de que los esfuerzos realizados para obtener la cooperación de Perón fueran neutralizados por recurrir nuevamente a una política dura. Martin afirmaba en carta al secretario asistente de Estado Thomas Mann, el 12 de marzo de 1951, que no podía creer que se fuera a revertir en un momento crítico una política de colaboración que había sido tan fructífera. Dudaba de la ventaja de arriesgar las ganancias de los últimos dos años, “alcanzadas con tan alto sacrificio de altos principios morales y políticos tanto por parte de la nación como de los individuos”. Señalaba además que, cuando en 1947 el gobierno norteamericano aceptó la asociación con Perón, había aceptado deliberadamente la factibilidad de algunas consecuencias. La sugerencia pragmática de Martin consistía en no arriesgar las ganancias, no recurrir a la coerción, negándose bienes esenciales el uno al otro, y negociando en su lugar favores especiales. “Si nuestras necesidades actuales no son urgentes, finjamos indiferencia para fortalecer nuestra posición negociadora, pero no adoptemos la indiferencia como base para nuestra política”. Aconsejaba ser paciente mientras se fueran obteniendo resultados, y cultivar relaciones amistosas “con este pueblo difícil e imposible”. Mann respondió la carta de Martin, diciendo que la gran pregunta respecto de la Argentina no se refería a los objetivos, el principal de los cuales era obtener su colaboración como socio pleno del sistema interamericano, sino más bien qué tácticas ayudarían mejor a alcanzar los resultados esperados. Señalaba también que no había habido cambios en la política frente a la Argentina a raíz de la cuestión de La Prensa, ni consideraba que los hubiera.(89)  
    La declaración del secretario asistente Miller desencadenó asimismo una fuerte ola de ataques a Estados Unidos por parte de la prensa oficialista argentina. Un vocero del Departamento de Estado trató de mitigar los dichos de Miller, expresando que lo único que había querido decir era que Estados Unidos deseaban la cooperación, pero sin comprometer los ideales norteamericanos. El diario La Epoca le contestó que uno de los ideales de Estados Unidos era ver la bandera norteamericana flameando en toda la extensión de América latina, cosa que nunca lograrían porque los diarios apátridas estaban siendo neutralizados. (90)  
    No obstante, a pesar de las graves violaciones a las libertades cívicas, minuciosamente  registradas por la embajada norteamericana en Buenos Aires, tales como encarcelamiento sin forma de juicio, torturas, supuestos asesinatos políticos, clausura de diarios y revistas, prohibición de entrada al país de semanarios norteamericanos, censura de los programas de radio, persecución de corresponsales extranjeros, negación del derecho de asamblea a la oposición, remoción de jueces antiperonistas, espionaje de líneas telefónicas, y obligación de propagar la fe peronista para los educadores, las instrucciones señalaban que, cuando los ataques a las libertades cívicas fueran una cuestión de política interna argentina, no debía intervenirse. Si en cambio estuvieran involucrados intereses o ciudadanos de Estados Unidos, se defenderían los derechos existentes bajo la ley municipal y la práctica internacional. (91)  
    El problema era que la clausura de La Prensa justamente involucraba intereses norteamericanos, pues dicho diario era el cliente más importante de la United Press y aparentemente sus dueños figuraban entre los principales accionistas de la agencia de noticias. Lo mismo ocurriría en otro asunto vinculado con los derechos cívicos, el caso del intento de Perón de extender el sindicalismo peronista al ámbito latinoamericano, que llevó a chocar con los intereses del poderoso sindicalismo norteamericano. Esto demostraría que los asuntos relacionados con las libertades cívicas en que el Departamento de Estado manifestó mayor interés resultaron más un instrumento ideológico para defender intereses materiales que objetivos genuinos del gobierno norteamericano. (92)

  1. Mario Rapoport, El laberinto argentino, Buenos Aires, EUDEBA, 1997, pp. 287-288; Joseph A. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos, Buenos Aires, Planeta, 1990, p. 218. Detalles de las relaciones argentino-soviéticas durante el primer peronismo pueden verse en Isidoro Gilbert, El oro de Moscú, Buenos Aires, Planeta, 1994, capítulos 4, 5 y 6, y en Mario Rapoport, Política y diplomacia en la Argentina, Buenos Aires, Tesis/Inst. Di Tella, 1986, cap. I.

  2. USNA, DS, 635.6131/7-346, Memorándum de John Griffiths, Buenos Aires, 1º de julio de 1946; USNA, DS, 635.6131/12-246, Messersmith al secretario de Estado, 2 de diciembre de 1946, cit. en M. Rapoport, El laberinto argentino, op. cit., pp. 292-293; J.A. Tulchin, op. cit., p. 218.

  3. USNA, DS, 635.6131/1-3149, Ray al secretario de Estado, 31 de enero de 1949; USNA, DS, 635.6131/1-3149, respuesta de Acheson, 15 de enero de 1949, cit. en M. Rapoport, El laberinto argentino, op. cit., p. 294-295.

  4. Ibid., pp. 296-300.

  5. Ibid., pp. 323-326. La cita pertenece al Memorándum del Ministerio de Relaciones Exteriores, sin fecha (sería de agosto o septiembre de 1953), AMREC, URSS, “Historial de las negociaciones comerciales argentino-soviéticas”, 1952-1954, cit. en ibid., p. 326.

  6. Ibid., pp. 326-328.

  7. Ibid., pp. 329-333; J.A. Tulchin, op. cit., pp. 218-219.

  8. 711.35/7-3146, RG 59, DOS, NA, citado en Carlos Escudé, “La traición a los derechos humanos, 1950-1955", en Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, La política exterior argentina y sus protagonistas, 1880-1995, Buenos Aires, GEL, 1996, p. 78.

  9. FRUS, 1946, XI, 250-251; Hadow a Perowne, 4 de junio de 1946, AS 3290/235/2, FO 371/51815; New Republic, 15 de julio de 1946, citado en Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1988, pp. 200-201.

  10. Leeper a Bevin, 9 de septiembre de 1946, AS 5898/235/2, FO 371/51817, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., p. 202; Rita Ana Giacalone, From Bad Neighbors to Reluctant Partners: Argentina and the United States, 1946-1950, Ph.D. dissertation, Indiana University, 1977, pp. 74-79; Félix Luna, Perón y su tiempo, tomo I: La Argentina era una fiesta, 1946-1949, Buenos Aires, Sudamericana, 1984, pp. 215-221.

  11. R.A. Giacalone, op. cit., p. 91.

  12. Acheson to Messersmith, Aug. 29, 1946, 835.00/8-1646, cit. en ibid., pp. 80-81.

  13. 23 de diciembre de 1946, 711.35/12-2646, DOS; Leeper a Perowne, 10 de diciembre de 1946, AS 7987/235/2, FO 371/51819; Leeper a Perowne, 16 de diciembre de 1946, AS 7987/235/2, FO 371/51819, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 207-208; New York Times, Oct. 22, 23, 27; Nov. 1, 1946; Messersmith to Byrnes, Oct. 30, 1946, 711.35/10-3046; New York Times, Jan. 2, 1947, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., p. 81.

  14.  711.35/1-2447, RG 59, DOS, NA. Este memo fue enviado al general Marshal el 25 de enero de 1947, apareciendo archivado en esta fecha. Citado en C. Escudé, “La traición a los derechos humanos...”, op. cit., pp. 78-79.

  15. Memorándum de Messersmith a Marshall, 24 de enero de 1947, 711.35/1-2447, DOS, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 209-211.

  16. Ivanissevich to Bramuglia, Jan. 10, 1947, Box 6, Exp. 1, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Archivo General, Departamento Político, Estados Unidos; FRUS, 1947, VIII, 169-170, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 82-83.

  17. Minuta de Perowne, 9 de enero de 1947, AS 176/1/2, FO 371/61121; AS 245/1/2, FO 371/61121, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 212-213; FRUS, 1946, XI, 278-282, 290-291, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 83-84.. El mencionado acuerdo de caballeros había sido establecido principalmente con Suecia y Gran Bretaña a comienzos de 1946. Un intento de Suecia de romper dicho acuerdo dio lugar a una amenaza de represalias por parte de Estados Unidos. Memorandum by Trimble, Aug. 12, 1946, 835.24/8-1246; Brown to Mann, Aug. 22, 835.24/8-2246, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., p.111, n. 31.

  18. FRUS, 1946, XI, 296; Minutes of the Committee of Three, Dec. 18, 1946, NA; Spruille Braden, Diplomats and Demagogues. The Memoirs of Spruille Braden, New Rochelle, N.Y., Arlington House, 1971, p. 364, cit. en ibid., pp. 84-85.

  19. Minutes of the Committee of Three, Dec. 11, 1946, Jan. 2, 1947; los puntos de vista de Obino aparecen en FRUS, 1946, XI, 460; la correspondencia Pawley-Byrnes sobre el asunto figura en FRUS, 1946, XI, 26-27; FRUS, 1946, XI, 38-39; los esfuerzos de Brasil por agendar la conferencia en 1946 están en FRUS, 1946, XI, 21, 22-23, 24-25, 26-27, cit. en ibid., pp. 85-86.

  20. AS 321 /12/2, FO 371/61121; 10 de enero de 1947, AS 387/1/2, FO 371/61121; The Times, 3 de febrero de 1947; Leeper a Atlee, 4 de febrero de 1947, AS 831/1/2, FO 371/61122, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 213-214.

  21. Memorandum by Acheson, Mar. 31, 1947, 711.35/3-3147, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 87-88.

  22. FRUS,1947, VIII, 187-189, 193-195; New York Times, May 21, 1947; Public Papers of the Presidents: Harry S. Truman, 1947, Washington, 1963, p. 261; FRUS, 1947, VIII, 198; S. Braden, Diplomats and..., 367-368;  New York Times, May 15, 18, June 2, 1947, cit. en ibid., pp. 88-89; AS 3293/1/2, AS 3290/1/2, FO 371/61123; 26 de junio de 1947, AS 3885/1/2, FO 371/61123, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 214-215.

  23. Juan D. Perón, “Por la Paz del Mundo”. Mensaje pronunciado el 6 de julio de 1947, Buenos Aires, Consejo Nacional de Educación, s.f.; F. Luna, op. cit., p. 224.

  24. Juan D. Perón, Política y estrategia, Buenos Aires, Pleamar, 1983, pp. 7, 11-12, 63-64.

  25. John Terrill Deiner, Atlas: A Labor Instrument of Argentine Expansionism under Perón, Ph.D., Rutgers, The State University, 1969, p. 178.

  26. 611.35/3-2150, DOS, NA, cit. en Carlos Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición. La ratificación argentina del TIAR en junio de 1950”, Todo es Historia, Año XXII, Nº 257, noviembre de 1988, p. 10.

  27. Ray to Marshall, July 25, 1947, 710.Consultation 4/7-2546; New York Times, July 6, 1947; Burrows to Marshall, July 10, 1947, 810.20 Defense/7-1047; Ray to Marshall, July 26, 1947, 710.Consultation 4/7-2647, and Aug. 1, 1947, 710.Consultation 4/8-147 (telegram A487), cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 119-120.

  28. FRUS, 1947, VIII, 31-32; Ray to Marshall, Aug. 8, 1947, 710.Consultation 4/8-847, cit. en ibid., pp. 120-121.

  29. FRUS, 1947, VIII, 42-44, cit. en ibid., pp. 121-122.

  30. Ray to Marshall, July 25, 1947, 710.Consultation 4/7-2547; New York Times, Aug. 9, 22, 23, 24, 1947; Department of State, Report of the Delegation of the United States of America to the Inter American Conference for the Maintenance of Continental Peace and Security, Washington, 1948, pp. 61-62, cit. en ibid., pp. 122-123.

  31. FRUS, 1947, VIII, 77 y 59-60; New York Times, Aug. 30, Sept. 5, 1947; Enrique V. Corominas, Paz y seguridad americana, Buenos Aires, 1950, pp. 89-99, cit. en ibid., p. 124; F. Luna, op. cit., pp. 227-228.

  32. G. Connell-Smith, op. cit., pp. 226-227. El Tratado de Río entró en vigencia el 3 de diciembre de 1948, cuando el decimocuarto signatario (Costa Rica) entregó su ratificación. Posteriormente fue ratificado por todos los demás signatarios. La Argentina lo hizo en 1950. 

  33. G. Connell-Smith, op. cit., pp. 228-229; R.A. Giacalone, op. cit., pp. 124-126.

  34. G. Connell-Smith, op. cit., p. 231.

  35. Seymour Harris, The European Recovery Program, Cambridge, Mass., 1946, pp. 175, 212-213, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., p. 159. 

  36. European Recovery and American Aid: A Report by the President’s Committee on Foreign Aid, Washington, Nov. 7, 1947, cit. en ibid., pp. 159-160; Juan D. Perón, Política y estrategia, op. cit., p. 137.

  37. S. Harris, op. cit., p. 66; Antonio F. Cafiero, Cinco años después..., Buenos Aires, 1961, p. 299; New York Times, Mar. 13, 1948, cit. en R. Giacalone, ibid., pp. 162-163.

  38. New York Times, May 30, June 13, 1948; Bruce to Truman, Feb. 4, 1948, PSF Subject File, Argentina, Papers of Harry S. Truman, cit. en ibid., pp. 164-165.

  39. New York Times, June 18, 1948; S. Harris, op. cit., p. 149, cit. en ibid., p. 166; C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 215-216.

  40. Memorándum by Bruce en Bruce to Truman, Nov. 11, 1948, PSF Subject File, Argentina, Papers of Harry S. Truman; Bruce to Truman, Nov. 12, enclosed in Bruce to Marshall, Nov. 19, 1948, 711-35/11-1948, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 186-187.

  41. “ECA Policy with Respect to Argentina”, 840.50/8-648, DOS; Bruce a Truman, 17 de noviembre de 1948, 711.35/11-1948, DOS, cit. en C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 216-217.

  42. ARA Memorándum, 835.50/3-2249, DOS, cit. en ibid., p. 219; FRUS, 1949, II, 478-480, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 187-188.

  43. F. Luna, op. cit., pp. 230; C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., pp. 299-301; R.A. Giacalone, op. cit., pp. 132-133.

  44. New York Times, Mar. 25, 1948; Tewell to Marshall, Mar. 25, 560.AL/3-2548; Senadores, Sesiones, 1949, II, 1432-1433, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., p. 137.

  45. F. Luna, op. cit., pp. 230-231.

  46. Daniel Drosdoff, El gobierno de las vacas (1933-1956), Buenos Aires, La Bastilla, 1972, pp. 207-212; Alberto Conil Paz y Gustavo Ferrari, Política exterior argentina, 1930-1962, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971, p. 176; C. Escudé, Gran Bretaña..., op. cit., p. 321.

  47. A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit., pp. 177-180.

  48. Dawson to Woodward, Dec. 16, 1947, 810.20 Defense/12-1647; Dearborn to Tewsbury, Feb. 20, 1948, 710.J/2-1648; Bruce to Marshall, Nov. 14, 1947, 710.J/11-1447; enclosure to despatch 128, American Embassy at Buenos Aires, Feb. 18, 1948, OAS, National Archives; Dearborn to Tewsbury, Oct. 3, 1947, 710.J/9-1947; Armour to Bruce, Nov. 3, 1947, 710.J/11´347, cit. en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 140-142. 

  49. New York Times, Feb. 21, Mar. 20, 21, 1948; Bruce to Marshall, Mar. 10, 1948, 710.J/3-1048, cit. en ibid., pp. 142-144.

  50. FRUS, 1948, IX, 24-25, 5-9, 12-14, 31, 36-39; Ann R. Willner, “Case Study in Frustration: Latin America and Economic Issues at Post-War Inter-American Conferences”, Inter-American Economic Affairs, II, 4, 1948-1949, pp. 40-41; Department of State, Address by the Secretary of State before the Second Plenary Session of the Ninth Intenational Conference of American State, Washington, 1948; Donald D. Dozer, Are We Good Neigbors?, Gainesville, Univ. of Florida Press, 1959, pp. 244-245, cit. en ibid., pp. 143-144.

  51. Marshall to Bruce, Mar. 10, 1948, 710.J/3-1048; Bruce to Marshall, Mar. 20, 1948, 710.J/3-2048; Enrique V. Corominas, Cómo defendí Malvinas, Buenos Aires, 1950, p. 116, cit. en ibid., pp. 146-147.

  52. FRUS, 1948, IX, 194-201, 286-287; Oakley to Marshall, Feb. 16, 1948, 710.J/2-1648; Dearborn to Tewksbury, Feb. 20, 1948, 710.J/2-1648; Department of State, Report of the Delegation of the United States of America to the Ninth International Conference of American States, Washington, 1948, pp. 266-267; Bruce to Marshall, Apr. 29, 1948, 711.35/4-2948, cit. en ibid., pp. 147-149.

  53. G. Connell-Smith, op. cit., pp. 230-231; Robert A. Pollard, La seguridad económica y los orígenes de la Guerra Fría, 1945-1950, Buenos Aires, GEL, 1990, p. 203.

  54. G. Connell-Smith, op. cit., pp. 231-232.

  55. F. Luna, op. cit., p. 233.

  56. Juan Archibaldo Lanús, De Chapultepec al Beagle, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, tomo II, pp. 49-51.

  57. Sergio Bagú, Argentina en el mundo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1961, pp.105-107; F. Luna, op. cit., p. 234. 

  58. Véase J. A. Lanús, op. cit., tomo II, pp. 75-80.

  59. Braden a Clayton, 15 de agosto de 1946, y memorándum adjunto sobre la situación argentina, 835.00/8-1546; Departamento de Estado, Memorándum de conversación, Tema: Armas Bofors y Argentina, 30 de julio de 1946, ARA Memorándum sobre Argentina, volumen 6; Braden a Clayton, memorándum fechado el 19 de septiembre de 1946, ibid., volumen 7; Memorándum de conversación, Departamento de Estado, Tema: Relaciones con Argentina, 27 de enero de 1947, 711.35/1-2747; copia adjunta del ayudamemoria presentado por el embajador británico en Washington, citados en Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962. De Perón a Frondizi, Buenos Aires, Sudamericana, 1994, pp. 115-116.

  60. Braden a Acheson, Memorándum sobre las negociaciones argentino-británicas, 25 de marzo de 1947; Atwood a Tewksbury, Memorándum sobre contratos de compra argentinos con los británicos, 5 de noviembre de 1947, ambos en ARA Memorándum sobre Argentina, volúmenes 7 y 8; FRUS, 1947, VIII, 219-225, 233, cit. en R.A. Potash, op. cit., p. 116.

  61. Conversación entre Bramuglia y Messersmith, 18 de marzo de 1947, embajada BA, Despacho 2119, 31 de marzo de 1947, 711.35/3-3147; embajada BA, Despacho 2023, 12 de marzo de 1947, 835.516/3-1247; New York Times, 4 de junio de 1947; FRUS, 1947, VIII, 230-231 y 1948, IX, 325; Memorándum de John Dreier, División de Asuntos Especiales Latinoamericanos, al coronel Kingman, 5 de diciembre de 1947, ARA Memorándum sobre Argentina, volumen 8; Memorándum Crittenberger; Memorándum al Departamento de Estado del coronel P.L. Freeman, Latin American Branch, War Department General Staff, con agregados, 5 de junio de 1948, 835.20/6-548; FRUS, 1948, IX, 321; Departamento de Estado, Bulletin, XIX, Nº 485, 17 de octubre de 1948, p. 494, cit. en ibid., pp. 117 y 121-123; R.A. Giacalone, op. cit., pp. 177-180.

  62. J. A. Lanús, op. cit., tomo I, p. 141.

  63. Ibid., pp. 142-143.

  64. F. Luna, op. cit., pp. 239-240; R.A. Giacalone, op. cit., pp. 171-177.

  65. FRUS, 1949, II, 473-478; Memorandum by Tewksbury, Dec. 20, 1948, 835.00/12-2048, cit. en ibid., 188-189.

  66. Memorandum from Dearborn to Tewksbury, Feb. 10, 1949, 835.00/2-1049; Memorandum by Dearborn, Feb. 9, 1949, 835.50/2-949; New York Times, Jan. 8, 1949, cit. en ibid., pp. 189-190; Embajada BA Despacho 128, 15 de febrero de 1949, 3, 835.00/2-1549; Memorándum de Conversación entre Juan Scarpati, consejero económico, Embajada Argentina, Tewksbury y otros, Departamento de Estado, 9 de febrero de 1949, 835.50/2-949; Memorándum de Conversación, Solar R. Del Campo, embajador James Bruce y Tewksbury, Departamento de Estado, 11 de marzo de 1949, 835.50/3-1149, cit. en R.A. Potash, op. cit., p. 137.

  67. R.A. Giacalone, op. cit., pp. 200-202 y 279-280.

  68. Ibid., p. 281.

  69. C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., p. 8.

  70. 611.35/3-2150, RG 59, DOS, NA, Policy Statement - Argentina, marzo 21 de 1950, p. 1, cit. en C. Escudé, “La traición a los derechos humanos...”, op. cit., p. 84.

  71. Idem supra, cit. en C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., p. 9.

  72. Monthly Summary, Nº 18, 735.00/3-1750, DOS, NA, cit. en ibid., p. 9; New York Times, Feb. 20-25, 1950; La Prensa, Mar. 28; FRUS, 1950, II, 696-701; Hispanic American Report, III, Mar. 1950, 24, cit. en R. Giacalone, op. cit., pp. 238-239.

  73. La Prensa, Mar. 30, 1950; Rollin S. Atwood, “U.S.-Argentine Economic Relations: 1950", Department of State Bulletin, XXII, May 22, 1950, 803; FRUS, 1950, II, 707-708, 710-711; New York Times, Apr. 27, June 24, 1950; La Prensa, May 11, 1950; Jacob S. Potofsky’s letter and Miller’s reply in Department of State Bulletin, XXII, May 22, 1950, 800-801; New York Times, Nov. 14, 1950, cit. en ibid., p. 241-242, 245-246, 248. Véase también C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., p. 10. Perón negó que se hubiera contratado un empréstito, sosteniendo que se trataba de un arreglo financiero entre empresas privadas concertado con el Export-Import Bank, para encontrar solución a los saldos pendientes de los importadores argentinos con los exportadores norteamericanos. J.D. Perón, Política y estrategia, op. cit., p. 138; también R.A. Potash, op. cit., p. 172.

  74. 735.00/-2350, DOS, NA, cit. en C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., p. 9; New York Times, May 19, 21, 1950; Diputados, Sesiones, 1950, I, 681-747; Hispanic American Report, III, May 1950, 30, cit. en R. Giacalone, op. cit., pp. 249-250.

  75. AA 10345/1; FO 371/81162, archivos de Londres, cit. en C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., pp. 9-10.

  76. 611.35/4-2750, DOS, NA; Memo de conversación, 611.35/5-1750, DOS, NA, cit. en ibid., p. 10.

  77. Diputados, Sesiones, 1950, I, 681-747; Department of State, Report... to the Inter American Conference for the Maintenance of Continental Peace and Security, pp. 56-57, cit.en R.A. Giacalone, op. cit., pp. 251 y 253.

  78. Ibid., pp. 363-365.

  79. Monthly Summary, Nº 22, 735.00/7-2050; Monthly Summary, Nº 23, 735.00/8-1050, DOS, NA, cit. en C. Escudé, “Crónicas de la Tercera Posición...”, op. cit., pp. 20-21.

  80. AA 1071/2; FO 371/81166, PRO, cit. en ibid., p. 21.

  81. Chargé a Fordham, AA 1071/5; FO 371/81166, PRO; Monthly Summary, Nº 24, 735.00/91850, DOS, NA; Monthly Summary, Nº 28, 735.00/1-1551, DOS, NA, cit. en ibid., p. 22.

  82. J.D. Perón, Política y Estrategia, op. cit., p. 152.

  83. Ibid., pp. 162-163.

  84. 611.35/2-1351, RG 59, DOS, NA, agregado 3 al despacho 1184, memo fechado 10 de febrero de 1951, cit. en C. Escudé, “La traición a los derechos humanos...”, op. cit., pp. 87-88.

  85. G. Connell-Smith, op. cit., pp. 237-238.

  86. 611.35/2-1451, 611.35/3-651, agregado Nº 1 al despacho 1320, RG 59, DOS, NA, cit. en C. Escudé, “La traición a los derechos humanos...”, op. cit., pp. 88-89.

  87. 611.35/3-151, RG 59, DOS, NA, Discussion Meeting Report “Argentina Today”, Tercera Reunión de enero 1951, Council on Foreign Relations, cit. en ibid., pp. 89-90.

  88. 611.35/2-1551, RG 59, DOS, NA, memo de conversación de la cuarta reunión del Grupo de Discusión sobre Argentina del Council on Foreign Relations del 15 de febrero de 1951 sobre lo que se informa. Clarence E. Birgfield del Departamento de Estado, cit. en ibid., p. 90.

  89. 611.35/3-2151, agregado 1 al despacho 1438, RG 59, DOS, NA, cit. en ibid., pp. 91-94.

  90. Idem supra, cit. en ibid., pp. 94-95.

  91. 611.35/5-351, RG 59, DOS, NA, embassy memo on US-Argentine relationes, cit. en ibid., pp. 95-96.

  92. Ibid., pp. 97-98.

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