Los límites de una política exterior independiente (1946-1952)
Perón
asumió la presidencia convencido de que podía poner en práctica una política
exterior equidistante de los dos polos de poder que se perfilaban en el
escenario mundial. En abril de 1946 había arribado a Buenos Aires una misión
comercial soviética, encabezada por Konstantin Shevelev, que, proclamando la
complementariedad argentino-soviética, negoció la firma de un tratado
comercial y la compra de algunos productos como lana y lino. El 15 de mayo la
misión mantuvo una entrevista con el presidente electo. Las actividades de los
soviéticos tuvieron repercusión en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde se
consideraba que éstos podían llegar a ser competidores en la compra de algunos
productos, hecho que por cierto los argentinos observaron como favorable.
Posteriormente, el 6 de junio de 1946, dos días después de haber asumido la
presidencia, el presidente Perón anunciaba el restablecimiento de las
relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y la Argentina.
El embajador soviético, Mikhail Sergeiev, un diplomático capaz que había
estado anteriormente destinado en Bélgica, llegó a Buenos Aires el 31 de
agosto de 1946. (1)
La
percepción de la embajada norteamericana en Buenos Aires era que los soviéticos
estarían preparados para proveer a
la Argentina aviones y camiones alemanes, a cambio de lo cual solicitarían
concesiones pesqueras en el Atlántico sur. Los rusos estarían asimismo
dispuestos a apoyar los reclamos argentinos por las Malvinas. No obstante, las
negociaciones comerciales argentino- soviéticas, iniciadas en abril de 1946, se
extenderían durante casi un año, pero sin resultados positivos. Los soviéticos
tenían interés en la firma de un tratado comercial, pero su propuesta no
resultaba aceptable para Perón y su canciller Atilio Bramuglia. El presidente
no quería dar al tratado la trascendencia y publicidad que pretendían los soviéticos,
por temor a que contribuyera a fomentar el comunismo en el continente,
prefiriendo mantener relaciones comerciales en base a gestiones periódicas.
Hacia fines de año, los soviéticos se mostraban desencantados con el nuevo
presidente, a tal punto que consideraban disminuir el personal diplomático
destinado en la Argentina.
(2)
En
octubre de 1947, las conversaciones se reiniciaron, sin el objetivo de un
tratado y sobre la base del intercambio de granos y aceites industriales por
maquinarias, vías férreas y equipos militares. Según la embajada
norteamericana, el gobierno de Perón tenía la intención de utilizar estas
negociaciones para mejorar su posición en las gestiones con Estados Unidos y
Gran Bretaña. Aparentemente, el gobierno norteamericano no demostró tener
inconvenientes ante el comercio argentino-soviético. En enero de 1949, Perón
informaba a dicho gobierno que la Unión Soviética ofrecía adquirir los
excedentes argentinos de aceite, caseína o cueros contra pago en dólares u
oro. El secretario de Estado, Dean Acheson, respondió que ni el Departamento de
Estado, ni el de Agricultura, ni la Administración para la Cooperación Económica
(Economic Cooperation Administration, ECA) tenían objeciones a la venta
de esos productos, si bien advertía la posibilidad de que la ampliación del
comercio de la Argentina con los países de Europa Oriental pudiera restar a
Estados Unidos y Europa Occidental un mercado tanto de exportación como de
importación. (3)
Por
su parte, el gobierno argentino designó como embajador en la Unión Soviética
a Federico Cantoni, radical bloquista de la provincia de San Juan, que había
adherido al peronismo. Cantoni llegó a Moscú en abril de 1947. El embajador
había acordado con Perón que podrían enviarse ejemplares
de vacunos para promover las relaciones comerciales y obtener a cambio
otros animales que pudieran ser útiles a la Argentina. Se planeaba también
enviar técnicos argentinos para que observaran el desarrollo de los dos
sistemas de granjas soviéticas. Sin embargo, el embajador no tuvo éxito en su
gestión y pronto se encontró en un ambiente hasta cierto punto hostil. Ante
las propuestas de Cantoni de comprar maderas y fibras de asbesto y de que
empresas soviéticas participaran en licitaciones para la venta de material
ferroviario y equipos para un elevador de granos, el viceministro J. Malik le señaló
que al no haberse llegado a un acuerdo para el convenio comercial no podían
considerarse ninguna compra en detalle. El gobierno soviético contemplaba
operaciones en gran escala pero únicamente sobre la base del mencionado
convenio. Tampoco contribuyó a la mejora de las relaciones la firma del Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en la Conferencia de Río de
Janeiro en septiembre de ese año, que provocara en la prensa soviética una
campaña en contra de la Argentina. Estos problemas, sumados a las trabas
puestas por el gobierno soviético al desplazamiento del embajador, hicieron que
éste decidiera retornar a su país. La embajada quedó al frente del encargado
de negocios, Leopoldo Bravo.
(4)
La
apertura comercial de la Unión Soviética, luego de la Conferencia Económica
de Moscú, de abril de 1952, permitiría un cambio en las estancadas relaciones
argentino-soviéticas. Se produciría así un incremento de los lazos
comerciales que por otro lado otorgarían al gobierno argentino la posibilidad
de compensar su acercamiento con Estados Unidos producido a partir de 1953. De
esta manera a partir de abril de 1953 se reiniciaron las gestiones diplomáticas
y comerciales. Poco antes, a principios de febrero, el ahora embajador Leopoldo
Bravo comunicaba a su gobierno que el primer ministro, José Stalin, le concedería
en breve una entrevista. El 7 de ese mes, Stalin recibía a Bravo en la primera
entrevista que éste acordaba al representante de un país de América latina.
El primer ministro soviético expresó que su país comerciaría con la
Argentina, colocando a disposición de ésta muchos de los productos mencionados
en el memorándum presentado por el gobierno argentino. La Cancillería
argentina juzgó el hecho como “una resonante victoria política del General
Perón, que fortificaba su posición frente a los Estados Unidos de América y
le permitiría, eventualmente, tratar de amistad con este último país en
condiciones mucho más favorables”.
(5)
A
comienzos de abril, una misión argentina viajó a Moscú, para discutir la
firma de un convenio comercial. A su vez, a fines de mayo, una misión soviética
llegó a Buenos Aires para establecer los detalles de los productos que se
comerciarían y el aspecto financiero de las operaciones. Finalmente el 5 de
agosto de 1953 se firmaba en Buenos Aires el esperado convenio comercial. Este
era semejante a los firmados con otros países en la época, especificando los
productos que exportarían las partes. La Argentina enviaría lanas, cueros,
extracto de quebracho, aceite de lino y distintas clases de carnes. La Unión
Soviética vendería petróleo y derivados, carbón, materias primas para las
industrias y material ferroviario. Se estimaba que las operaciones podían
alcanzar un monto de 150 millones de dólares, la mitad para cada país. La Unión
Soviética otorgaba un crédito de 30 millones de dólares para la adquisición
de bienes de capital por la Argentina. La importancia del comercio con la
Argentina para los soviéticos residía en que éste podía ser la puerta para
el comercio con los demás países latinoamericanos.
(6)
Como
consecuencia del acuerdo, las ventas de la Argentina a la Unión Soviética
aumentaron durante 1954, no ocurriendo lo mismo con las compras argentinas de
productos soviéticos. Ya en marzo de ese año, el gobierno soviético había
expresado su preocupación por ese motivo al embajador argentino. En mayo de
1955, se firmó un protocolo adicional al convenio de 1953, actualizando las
listas de productos exportables por ambas partes. También se disminuía el
monto del crédito disponible para la Argentina, dado que los equipos soviéticos
no resultaban satisfactorios para la industria argentina. No obstante, las
compras soviéticas continuaron incrementándose. Con todo, el comercio entre
ambos países no llegó a ser muy significativo. Tanto las exportaciones como
las importaciones argentinas en 1954-1955 estuvieron alrededor del 3%, si bien
la Argentina recibió 2/3 de las exportaciones soviéticas a América latina.
Los soviéticos dieron gran importancia a estos acontecimientos y simétricamente
éstos produjeron gran preocupación en el gobierno norteamericano.
(7)
Por
otra parte, Perón asumió el gobierno en un contexto de gran confrontación con
Estados Unidos. El secretario asistente de Estado para Asuntos Latinoamericanos,
Spruille Braden, sostuvo que la elección de Perón no había sido cabalmente
democrática, debido a las restricciones de expresión que había sufrido la
oposición. En un memorándum sobre
la situación argentina de mediados de 1946, Braden señalaba que existía
evidencia de conceptos nazi-fascistas y militaristas en los “arbitrarios
decretos que amenazan las inversiones extranjeras y que en grado variado ponen
bajo control gubernamental al comercio, las finanzas, los partidos políticos e
incluso el culto”. Con la finalidad de que la política hacia la Argentina no
fuera modificada, Braden exageraba el peligro representado por la Argentina en
ese momento:
(...)
Un Estado corporativo esta, por cierto, desarrollándose en la Argentina de hoy,
para el peligro cada vez mayor de las repúblicas vecinas, el sistema
interamericano y nuestra propia seguridad. Un bloque austral de naciones
conducido por un Estado argentino totalitario no sólo dividiría al sistema
interamericano, sino que a través de su control de recursos estratégicos en
Bolivia, Perú, Chile e incluso el sur de Brasil, probablemente constituiría
una peligrosa amenaza a nuestra seguridad en caso de guerra.
(8)
El
presidente Harry S. Truman recibió el mencionado memorándum el 12 de julio de
1946. Puede decirse que en base al mismo se decidió postergar la Conferencia de
Río de Janeiro sobre la defensa hemisférica, además de exigir “hechos no
palabras”en caso de firmarse un tratado militar con la Argentina, y de
continuar con las medidas coercitivas contra este país.
El
22 de mayo de 1946, el embajador norteamericano George Messersmith llegaba a
Buenos Aires simultáneamente con el nuevo embajador británico sir Reginald
Leeper. Messersmith se formó una opinión sobre la Argentina completamente
distinta de la que tenía el secretario asistente Braden, lo que los llevó a
mantener un permanente enfrentamiento. El embajador creía que era posible
mejorar las relaciones entre los dos países, y que esto además era deseable,
dado que el nuevo conflicto en el mundo estaría caracterizado por la lucha
contra el comunismo. En la Argentina, Messersmith encontró a un Perón
dispuesto a aceptar un acercamiento con Estados Unidos.
El
primer problema surgió a raíz de la misión del jefe del Estado Mayor
argentino, general Carlos von der Becke, a Washington. Este debía discutir la
cooperación militar entre Estados Unidos y la Argentina con el general Dwight
Eisenhower. El general norteamericano había recibido instrucciones del
secretario de Estado interino, Dean Acheson, de discutir con el enviado
argentino las medidas que la Argentina debería tomar para cumplir con sus
compromisos interamericanos. Eisenhower adelantó al agregado militar argentino
en Washington los puntos que el gobierno norteamericano esperaba que el gobierno
argentino aceptara para sentar la base de una cooperación entre los ejércitos
de ambos países. No obstante, cuando von der Becke ya se encontraba en
Washington, Eisenhower fue instruido de advertir al enviado argentino que, antes
de tocar la cuestión de la cooperación militar, la Argentina debería cumplir
con sus compromisos interamericanos, sin aclarar lo que esto implicaba. El
general norteamericano comunicó a Acheson que su posición sería insostenible
si no podía repetir a von der Becke lo que había adelantado al agregado
militar y que, en ese caso, tendría que negarse a recibirlo. Por cierto, la
misión del general argentino terminó fracasando. Sin embargo, comenzaron a
circular rumores de la caída de Braden. A la vez, Perón fue acusado por New
Republic de intervenir en los asuntos internos de Estados Unidos, intentando
valerse del ejército norteamericano para producir un cambio en el gabinete. (9)
Consciente
de que algún signo debía producir para revertir el estado de cosas en Estados
Unidos, a fines de junio Perón decidió enviar al Congreso para su ratificación
los acuerdos de Chapultepec y de San Francisco. Pero la prédica
antinorteamericana durante la campaña electoral había sido tan fuerte, que
dicha ratificación aparecía ante muchos como una claudicación. No sólo se
opusieron a ella los nacionalistas, también lo hicieron los radicales. Sin
embargo, a fines de agosto el Acta de Chapultepec era ratificada por ambas cámaras.
En cambio el acuerdo de San Francisco no pudo conseguir los dos tercios
requeridos en la Cámara de Diputados debido a la oposición radical, que
consideraba la Carta de las Naciones Unidas como no democrática. El empeño que
el presidente Perón puso en lograr la ratificación del Acta de Chapultepec y
las medidas adoptadas posteriormente sobre agentes nazis y propiedad enemiga
comenzaron a cambiar en Washington la percepción que se tenía hasta entonces
del régimen argentino. (10)
Los
signos enviados por el gobierno de Perón, sumados a los cambios en la situación
económica internacional, al interés de los empresarios norteamericanos por los
negocios en la Argentina y a la política argentina instrumentada por el primer
plan quinquenal, llevaron a la reactivación de la actividad económica entre
los dos países. En el mes de julio, el Departamento de Estado retiraba algunas
empresas de la lista negra y liberaba el oro y los fondos argentinos bloqueados
desde 1943.
(11)
Hacia
el mes de septiembre, el conflicto Braden-Messersmith era ya evidente. El
desacuerdo de ambos respecto de la Argentina se refería a la firma del tratado
de defensa con este país. Ambos concordaban en que el gobierno argentino debía
cumplir con sus compromisos interamericanos antes de firmar, pero la
controversia surgía en torno a qué debía entenderse por cumplimiento. La otra
diferencia era concerniente a los permanentes esfuerzos de la Argentina por
crear y controlar un bloque antinorteamericano de naciones latinoamericanas. En
opinión de Messersmith, la mejor manera de prevenir la formación de ese bloque
era firmar el tratado de defensa lo antes posible. Braden quería tener la
certeza de que el bloque estaba desactivado antes de la firma del tratado. (12)
En
octubre de 1946, la prensa norteamericana comenzó a discutir la posibilidad de
que Braden presentara su renuncia, a fin de poner en claro la situación con
Messersmith. El gobierno de Truman en realidad quería evitar dejar en evidencia
la confrontación porque se acercaban las elecciones legislativas. El secretario
de Estado James Byrnes negó toda posibilidad de renuncia del secretario
asistente. Pero si bien Braden tenía gran respaldo en la opinión pública
norteamericana para su política, el Departamento de Estado era consciente de
que los militares no la compartían. A fines de noviembre, Perón era nuevamente
acusado de intervención en los asuntos internos de Estados Unidos, como
consecuencia de la publicación de una carta que el presidente argentino había
enviado a un empresario norteamericano, favoreciendo el retiro de Braden.
Messersmith necesitaba demostrar con hechos al Departamento de Estado que su política
hacia la Argentina era más eficiente que la de Braden. Antes de partir para
Washington por consulta, el embajador obtuvo la promesa de Perón de que
terminaría de solucionarse la cuestión de la liquidación de las firmas del
Eje y del arresto de los agentes del Eje. Además, el embajador británico
Leeper había comunicado a Messersmith que el gobierno de Su Majestad informaría
al de Estados Unidos que estaba conforme con las medidas adoptadas por el
gobierno argentino. (13)
Una
vez en Washington, a fines de diciembre Messersmith envió un memorándum al
secretario de Estado Byrnes, criticando la política de Braden. Señalaba que el
gobierno argentino era constitucional y esto hacía su tarea más complicada que
bajo un régimen militar. Alegaba que la prensa norteamericana cometía una
injusticia al describir a la Argentina como “un Estado fascista y autoritario,
inamistoso hacia Estados Unidos y con designios siniestros hacia sus vecinos”.
En su opinión, algunos diarios norteamericanos se referían a la Argentina como
si estuviera en guerra con Estados Unidos. Esto ocurría paradójicamente en
momentos en que el gobierno norteamericano estaba haciendo la paz con los
enemigos de la última guerra, quienes habían provocado a Estados Unidos
grandes daños en vidas y propiedades, y a los cuales ahora se ayudaba con préstamos,
suministros y alimentos.
(14)
El
memorándum anterior, junto con otro documento secreto redactado por
Messersmith, fue enviado al general
George Marshall a fines de enero de 1947, cuando éste estaba por asumir sus
funciones como nuevo secretario de Estado. Messersmith, luego de describir su
actuación en Buenos Aires y señalar los costos de la política de Braden,
planteaba una serie de interrogantes respecto de la política hacia la Argentina
que, a su juicio, debían resolverse. Estos eran: a) si se deseaba arreglar la
situación con la Argentina sobre una base razonable; b) si se deseaba, por el
contrario, conducir a la Argentina al aislamiento, a la hostilidad hacia Estados
Unidos y a buscar respaldo en otros países del hemisferio o en Europa; c) si se
deseaba destruir la inversión de capital norteamericano en la Argentina y el
comercio con este país; d) si se quería correr el riesgo de destruir la
cooperación interamericana e imposibilitar un pacto de defensa; y e) si se
permitiría iniciar una carrera armamentista entre países europeos deseosos de
vender armas a la Argentina y a otros países americanos. Por último,
Messersmith afirmaba que se estaba aplicando respecto del cumplimiento de la
Argentina un criterio diferente al utilizado para los demás países americanos.
En síntesis, se estaba eliminando la posibilidad de componer la situación.
(15)
Por cierto, lo que estaba sucediendo y que el embajador Messersmith tal vez no
advirtiera era el hecho de que errar en su política hacia la Argentina no era
relevante para el gobierno norteamericano. A pesar de que la Argentina poseía
cierta importancia en el contexto internacional, no la tenía para Estados
Unidos, fundamentalmente porque sus economías eran competitivas y ningún
producto argentino era vital para aquel país.
El
nombramiento de Marshall como secretario de Estado permitió una reorganización
departamental, que consolidó la posición de los funcionarios partidarios de la
cooperación militar en el hemisferio. El nuevo embajador argentino en
Washington, Oscar Ivanissevich, tuvo noticias al llegar a Washington de que era
probable el alejamiento de Braden. Al mismo tiempo, hallándose Messersmith
todavía en Estados Unidos, el gobierno argentino emitió un decreto que
ordenaba la toma de posesión de toda la propiedad enemiga.
(16)
Por
otro lado, el gobierno británico estaba resolviendo los problemas pendientes
con la Argentina. El 17 de septiembre de 1946 se había firmado el convenio
Eady-Miranda, que estipulaba el futuro de los ferrocarriles ingleses y el
desbloqueo de los saldos en libras que la Argentina poseía en Londres. Poco
después, a fines de enero de 1947el nuevo embajador británico en Washington,
lord Inverchapel, comunicaba al secretario de Estado interino Dean Acheson que
su gobierno estaba conforme con el cumplimiento de los compromisos
internacionales por parte del gobierno argentino, y que establecía un plazo de
diez días para considerar vencido el acuerdo de caballeros que vedaba la
exportación de armas a la Argentina. Las instrucciones del Foreign Office
a Inverchapel señalaban que debía quedar bien claro que el gobierno
norteamericano estaba siendo informado del curso de acción británico, y que no
se pedía autorización para el mismo. La decisión británica demostraba la
preocupación británica por las consecuencias del programa de estandarización
de armamentos que el gobierno norteamericano tenía previsto implementar en América
latina. (17)
A
fines de 1946, un proyecto para proveer o cambiar material militar estándar
norteamericano por el existente de otro origen en los países latinoamericanos
fue presentado en el Congreso de Estados Unidos, con el respaldo de los
Departamentos de Guerra, Marina y Estado. No obstante, Byrnes retiró su apoyo
al programa cuando supo que las armas no provendrían de las existencias. Se
oponía además a que se extendieran créditos a los países latinoamericanos
para la compra de armas, pues esto provocaría una carrera armamentista en la
región. En opinión de Braden, la propuesta de las fuerzas armadas
norteamericanas estaba apuntada a desprenderse de material obsoleto. Los
Departamentos de Guerra y Marina, por el contrario, argüían que si Estados
Unidos no suplía de armas a América latina, lo harían otros países. (18)
En
diciembre de 1946, el subsecretario Acheson señaló en una reunión de los
secretarios de Guerra, Marina y Estado que Brasil deseaba el programa de
armamentos pero sin la participación de la Argentina, porque ésta socavaría
la seguridad brasileña. Como prueba, citó la opinión del general
Salvador Obino, jefe del Estado Mayor de Brasil. Sin embargo, cuando el
embajador norteamericano en Brasil, William Pawley, preguntó al respecto al
presidente Eurico Dutra, éste negó la declaración de Acheson y pidió al
embajador que comunicara al Departamento de Estado que Brasil no se oponía
a la participación de la Argentina en el programa. Byrnes se disgustó
porque Pawley había hecho la averiguación sin tener instrucciones. En una
nueva reunión de los tres secretarios, Byrnes insistió en su posición. Esta
vez, el secretario de Guerra, Robert Patterson, le mostró un telegrama del
agregado militar en Río, repitiendo el rechazo del presidente brasileño a la
afirmación de Obino. Por su parte, Braden sondeó a los diplomáticos
latinoamericanos sobre la posibilidad de limitar la asistencia mutua a asuntos
políticos y jurídicos, evitando los acuerdos militares, y sin organizar una
reunión especial al efecto. Sugirió, además, que el gobierno brasileño no
seguía interesado en reunir la conferencia de Río a la brevedad. Dutra, sin
embargo, expresó lo contrario al embajador Pawley.
(19)
La
decisión británica de levantar el embargo de armas a la Argentina fue una
ayuda importante para Messersmith en momentos en que su posición se hacía difícil.
El 11 de enero de 1947, en sus palabras de despedida Byrnes había afirmado que
ningún miembro del Departamento de Estado creía que la Argentina hubiera
cumplido con sus compromisos de Chapultepec. No obstante, Messersmith había
comenzado a recibir apoyo de los republicanos. El 26 de enero, luego de una
reunión de Messersmith con Marshall, un comunicado de prensa informaba que el
gobierno de Estados Unidos estaba complacido con la decisión argentina de
adoptar medidas en contra de las empresas del Eje. Messersmith volvía el 2 de
febrero a Buenos Aires, en secreto para evitar las manifestaciones de
recibimiento. El embajador regresó confiado en que el objetivo de su gobierno
era la normalización de las relaciones lo antes posible. (20)
El
31 de marzo de 1947, en ausencia de Marshall, el presidente Truman hizo un
movimiento conciliatorio hacia el gobierno argentino. En conocimiento de que
Ivanissevich debía viajar a Buenos Aires, el presidente lo invitó a una reunión
en la Casa Blanca, a la que también concurrieron el subsecretario Acheson y los
senadores Tom Connally y Arthur Vandenberg. Truman dijo al embajador argentino
que transmitiera a Perón que estaba ansioso por lograr las relaciones
amistosas, aunque señaló que, si bien se había hecho gran progreso, quedaba
pendiente la cuestión de la deportación de los agentes nazis de la Argentina.
El gesto de Truman en realidad era revelador de las presiones de legisladores,
hombres de negocios y militares norteamericanos, y de los países
latinoamericanos en contra de la política coercitiva. La confrontación
argentino-norteamericana obstaculizaba la firma del tratado interamericano de
defensa en momentos que el gobierno norteamericano había enunciado la Doctrina
Truman en contra del comunismo en el mundo. (21)
Habiendo
regresado Ivanissevich a Washington, fue recibido nuevamente por el presidente
Truman el 3 de junio de 1947, estando presentes también Marshall y Acheson. El
embajador argentino mencionó las medidas tomadas por su gobierno para cumplir
con los compromisos de Chapultepec, lo cual incluía los nombres de nueve
agentes nazis más que serían deportados. Luego de la reunión, la Casa Blanca
emitió un comunicado señalando que no quedaban obstáculos para proceder a la
discusión de un tratado hemisférico de asistencia recíproca. No obstante, el
comunicado no hacía referencia alguna de que el gobierno norteamericano
estuviera conforme con la cuestión de la detención de los espías, debido a
que la lista presentada por Ivanissevich había parecido muy incompleta a
Marshall. De esta manera, la política de Estados Unidos hacia la Argentina se
revertía como consecuencia del triunfo de los funcionarios del Pentágono que
respaldaban un programa de estandarización de armamentos para América latina.
En esos momentos, además, un tratado de defensa interamericano fortalecería la
posición de Estados Unidos frente a la Unión Soviética. Así, a su regreso de
Moscú, Marshall dio la autorización para presentar el proyecto de ley para el
programa de estandarización al Congreso. Dos días después de la reunión con
Ivanissevich, Truman anunciaba la renuncia de Braden y el regreso de Messersmith
a Washington. La última medida constituyó un golpe para Perón, y en la
Argentina fue considerada prematura, ya que no había habido tiempo de
consolidar las buenas relaciones iniciadas por el embajador norteamericano. Por
otro lado, el restablecimiento formal de las relaciones no anuló el
anti-argentinismo de muchos funcionarios norteamericanos, lo cual era lógico
después de años de adoctrinamiento. La política en contra de la Argentina
sobreviviría en forma oculta hasta 1949. (22)
Sobrestimando
sin duda el poder político y económico que la Argentina poseía en ese
momento, el 6 de julio de 1947, Perón pronunció un discurso por radio -el cual
fue muy promocionado y transmitido
por emisoras de todo el mundo- con el propósito de enunciar la Tercera Posición.
El mensaje estaba dirigido a los “ciudadanos del mundo” y a sus
“compatriotas”. El presidente señaló “la voluntad nacional de servir a
la humanidad”, y el deseo de la Argentina de “colocarse ... en la línea de
ayuda que le sugiere el clamor universal”. Habló de la paz, afirmando que
“sólo será posible la paz internacional cuando se haya alcanzado y
consolidado la paz interna en todas las naciones del mundo”. Debía
reemplazarse la miseria por la abundancia, y la Argentina estaba preparada para
“materializar su ayuda en los lineamientos de la concurrencia efectiva”. La
contribución argentina consistía “en que nuestros recursos se suman a los
planes mundiales de ayuda para permitir la rehabilitación moral de Europa”.
Por último, proponía el “desarme espiritual de la humanidad”, en procura
de hacer desaparecer la psicosis de la guerra, y “un plan de acción tendiente
a la concreción material del ideal pacifista, en lo interno y en lo externo”.
La labor para lograr la paz internacional debía realizarse sobre la base del
abandono de ideologías antagónicas. Luego de enunciar su propósito de
trabajar por esta causa, Perón terminó diciendo: “sólo salvará a la
humanidad la paz constructiva; jamás la lucha destructora de todos los valores
materiales, espirituales y morales”. Es posible, en opinión de Félix Luna,
que el mensaje a los “ciudadanos del mundo” no tuviera más que dos
objetivos. El primero habría sido demostrar la disposición argentina de
participar en el Plan Marshall -que en ese entonces se estaba planificando en
Washington-, previendo que la Argentina podría ser excluida del mismo. El
segundo propósito, dirigido al ámbito interno, habría estado apuntado a
evitar la alienación de los nacionalistas, disgustados con el acercamiento a
Estados Unidos y la proximidad de la Conferencia de Río de Janeiro. (23)
Por
cierto, a medida que fue desarrollada, la Tercera Posición del régimen
peronista pretendió proponer la doctrina justicialista como una alternativa
entre el capitalismo y el comunismo para toda la humanidad. En los artículos
que Perón publicara en el diario Democracia, a lo largo de 1951, tanto
capitalismo como comunismo aparecían como la raíz de los males del mundo.
Ambos sistemas eran calificados de imperialistas y causantes de la explotación
del hombre. “La libertad del hombre en un régimen de explotación, como el
comunismo o el capitalismo, es simplemente una ficción”, afirmaba Perón. El
presidente señalaba que el capitalismo se había mostrado insensible a los
reclamos de los pueblos y por ello había sido superado por el comunismo; siendo
el primero responsable de la penetración comunista. En su opinión, el
justicialismo había demostrado ser la solución, superando al capitalismo y al
comunismo, aunque inexplicablemente era combatido por ambos. (24)
Consecuentemente,
Perón trató de llevar a la Argentina por un camino intermedio entre Estados
Unidos y la Unión Soviética, y de obtener liderazgo a nivel internacional,
sobre todo de los países más nuevos. Los hechos lo forzaron sin embargo a
inclinarse más por Estados Unidos que por la Unión Soviética, pero el
presidente argentino siempre propagó una mala imagen del primer país,
recordando todas sus acciones en perjuicio de la Argentina, y tratando de
liderar la oposición al mismo en el ámbito interamericano. La Tercera Posición
con su carácter indefinido permitía al presidente argentino inclinarse a un
lado u otro, reteniendo de este modo la autonomía de acción. Era en el fondo
la política exterior tradicional de la Argentina. (25)
La
Tercera Posición disgustó a los miembros del gobierno norteamericano. En un
memorándum del Departamento de Estado, en que se discutía y fijaba la política
hacia la Argentina, del 21 de marzo de 1950, se expresaba:
Hay una dimensión de la política argentina llamada la “tercera posición” que es desfavorable a los intereses de los Estados Unidos. Cuando fue publicada por primera vez a mediados de 1947, este concepto parecía ser una indicación de que la Argentina no deseaba seguir ni a los capitalistas Estados Unidos ni a la Rusia comunista en asuntos mundiales, sino que elegía un curso independiente. Otras naciones fueron invitadas a unirse con la Argentina en un tercer grupo que trabajaría por la paz y contrarrestaría la tendencia hacia la guerra entre ambos bloques. Posteriormente, sin embargo, el presidente Perón nos ha asegurado que la “tercera posición” es una política de tiempos de paz y un “recurso político” que no tendrá efecto alguno si los Estados Unidos y la URSS entrasen en guerra, en cuyo caso la Argentina declararía la guerra inmediatamente del lado de los Estados Unidos. Cualesquiera sean las intenciones de Perón, los propagandistas argentinos de la “tercera posición” han dañado las relaciones norteamericano-argentinas y en medida menor han sido causa de embarazo para los Estados Unidos en sus relaciones con otras repúblicas americanas. En la Argentina y en el extranjero, han vilipendiado a Moscú y su influencia internacional, pero con igual y quizás mayor severidad han atacado al “imperialismo yanqui” y a “Wall Street” por diversas y supuestas actividades en el hemisferio occidental. Es nuestra política contrarrestar esta propaganda siempre que sea posible. A través de canales diplomáticos le señalamos a Perón y sus representantes que si el gobierno argentino es sincero en su deseo profeso de colaborar con los Estados Unidos contra el comunismo, debe abstenerse de debilitar la causa de la democracia mediante ataques a los Estados Unidos. (26)
Entre
tanto, la situación internacional se complicaba, cobrando fuerza la Guerra Fría.
En marzo de 1947, el presidente Truman había anunciado el respaldo de Estados
Unidos a los países de Europa, es decir la Doctrina Truman o política de
contención del comunismo. En junio, el secretario de Estado Marshall
pronunciaba en la Universidad de Harvard el discurso que lanzaba el Programa
para la Recuperación de Europa, conocido como el Plan Marshall. Por su parte,
Perón se mostraba ante los norteamericanos partidario del pacto de defensa
hemisférico, porque esperaba obtener apoyo para su programa de industrialización
y porque temía la inminencia de una Tercera Guerra Mundial. La embajada
norteamericana en la Argentina informó que el gobierno argentino quería
organizar un sistema interamericano de defensa contra el comunismo, deseando
asimismo convertirse en un bastión de cualquier línea defensiva. No obstante,
existían desacuerdos respecto de la estandarización del armamento. El ministro
de Guerra argentino, José Humberto Sosa Molina, declaró a principios de julio
que la Argentina no podía abandonar su industria de armamentos
para convertirse en mercado de otro país. Por este motivo, la delegación
argentina a la Conferencia de Río tuvo más asesores militares que cualquiera
de las otras. (27)
El
canciller argentino Juan Atilio Bramuglia conversó con el encargado de negocios
norteamericano, Guy W. Ray, antes de partir para Río, el 8 de agosto de 1947.
Bramuglia señaló que quería tener una conversación privada con el secretario
Marshall y con Norman Armour, recientemente designado secretario asistente de
Estado para Asuntos Políticos. Entre los temas a discutir, el ministro
argentino enfatizó la conveniencia de un pacto secreto anticomunista entre
Estados Unidos y la Argentina, verbal o escrito. Bramuglia afirmó que
internacionalmente la Argentina apoyaría a Estados Unidos, aclarando que
cualquier declaración en contra sería sólo para consumo interno. El ministro
señaló también que el gobierno
norteamericano se ganaría el favor de América latina si convocaba una
conferencia económica interamericana. Ray informó a su gobierno que la
Argentina y Brasil habían discutido estos asuntos y parecían haber preparado
la base para un acuerdo.
(28)
El
15 de agosto de 1947 daba comienzo en Río de Janeiro la Conferencia (especial)
Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente. A
diferencia de la conferencia de 1942, esta vez la delegación argentina asumió
una actitud cooperativa. El día 19, el secretario Marshall conversó con
Bramuglia. Según el secretario, Bramuglia nuevamente planteó el tema de la
infiltración comunista y propuso un pacto secreto anticomunista. Como medidas
anticomunistas, el canciller argentino recomendaba combatir la propaganda,
declarar fuera de la ley a los partidos comunistas y romper relaciones diplomáticas
con los países comunistas. Junto con ello, debían tomarse medidas económico-sociales
para evitar la expansión del comunismo en las masas descontentas. El
Departamento de Estado no estaba preparado para un plan así y Marshall respondió
que dichas medidas debían ser dejadas a criterio de cada país. Bramuglia también
señaló que las sanciones económicas debían ser excluidas de las medidas
colectivas. (29)
Los
principales puntos de desacuerdo entre la Argentina y Estados Unidos fueron
respecto de dos procedimientos para votar y el manejo de la agresión
intracontinental. En el primer caso, se discutió si las medidas colectivas serían
tomadas por unanimidad, dos tercios o simple mayoría. La Argentina fue el único
país que estaba en favor de la unanimidad, pero como su propuesta fue
rechazada, debió aceptar el sistema de los dos tercios. La Argentina propuso un
tratado de defensa que contemplara
la acción militar colectiva sólo ante un ataque extrahemisférico. Esta
propuesta era apoyada también por Paraguay, Bolivia, Perú y Venezuela. El
senador norteamericano Arthur H. Vandenberg encabezó la oposición a la moción
argentina, señalando que ese acuerdo pondría al hemisferio en contra del resto
del mundo y sería visto como una alianza americana contra el comunismo y la Unión
Soviética. El tratado finalmente aceptó la distinción, disponiendo el arreglo
pacífico como el primer paso en el tratamiento de un conflicto entre dos o más
países americanos. (30)
La
delegación argentina también intentó limitar el tratado, de manera que la
acción colectiva no se pusiera en práctica si una nación americana fuera
agredida fuera de la zona hemisférica definida por el tratado. Finalmente, se
aceptó la propuesta mexicana que establecía que la acción sería inmediata en
caso de un ataque armado a una “parte integral del territorio de un estado
americano”. De esta manera, Hawaii quedaba incluido pero no, por ejemplo, la
zona de ocupación norteamericana en Alemania. Bramuglia logró que fuera
agregada la fórmula de que ningún estado sería obligado a emplear la fuerza
armada sin su consentimiento y que se incluyera a las islas Malvinas y del Atlántico
Sur en la zona hemisférica que el tratado debía custodiar. (31)
El
Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (llamado generalmente T.I.A.R. o
Tratado de Río), suscripto el 2 de septiembre de 1947, estableció la defensa
colectiva tanto contra un ataque armado como contra “una agresión que no sea
ataque armado”, proveniente de un estado del hemisferio o extrahemisférico.
Revestía pues un doble carácter. De acuerdo con el artículo 51 de la Carta de
las Naciones Unidas, establecía la defensa colectiva contra ataques armados; en
tanto que, por el capítulo VIII del mismo documento, constituía un acuerdo
regional en caso de que ocurriera otro acto cualquiera de agresión o amenaza de
ella. En el primer caso, los firmantes del Tratado de Río pueden asumir la
defensa por sí mismos, mientras el Consejo de Seguridad adopta las medidas
necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. En el segundo,
no pueden aplicar medidas coercitivas sin autorización del Consejo. En ambos
casos, las disposiciones que se adopten deberán ser dictadas por un órgano de
consulta, formado por los ministros de relaciones exteriores. Este tomará las
decisiones por el voto de los dos tercios de sus miembros, con excepción de las
partes involucradas, si el problema fuera interamericano. Las sanciones que
puede aplicar el órgano de consulta van desde el llamado de embajadores hasta
el uso de la fuerza armada. Queda bajo jurisdicción del Tratado de Río todo el
hemisferio occidental, incluidos Canadá, las colonias europeas en la región, y
las islas Malvinas y del Atlántico sur.
(32)
En
la Conferencia de Río varias delegaciones latinoamericanas solicitaron que se
consideraran los problemas económicos de sus países. Cuando Estados Unidos
levantó los controles de precios de la época de la guerra, los precios de
maquinarias y equipos industriales subieron. Los países latinoamericanos, que
habían vendido en un mercado controlado, debían ahora comprar en un mercado
libre. De esta manera, sus reservas disminuyeron drásticamente. La situación
empeoraba con la decisión de Estados Unidos de focalizar su esfuerzo en la
recuperación de Europa, y de limitar sus importaciones provenientes de América
latina, ya fuera de materiales estratégicos o de productos cuya elaboración se
había incentivado durante la guerra. Los pedidos de los latinoamericanos, sin
embargo, tuvieron poco éxito. En su discurso a la conferencia, el secretario
Marshall dejó en claro el hecho de que Europa estaba en peor situación y que
su recuperación era necesaria para revitalizar la economía del hemisferio
occidental. Aseveró también que el desarrollo económico de América latina
debía recaer principalmente en los ciudadanos y grupos particulares, queriendo
significar con ello que no habría Plan Marshall para América latina.
(33)
El
descontento de los países latinoamericanos con la política del gobierno
norteamericano respecto de sus asuntos económicos fue revelado por la
constitución de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América
Latina (CEPAL). Chile propuso la constitución de dicha comisión en el quinto
período de sesiones del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, en
agosto de 1947. La propuesta fue apoyada por todos los países latinoamericanos,
pero recibió la oposición de Estados Unidos. Este país consideró que habría
duplicación de funciones con un Consejo Interamericano Económico y Social que
venía trabajando provisionalmente desde la Conferencia de la ciudad de México
de 1945. No obstante, el organismo se constituyó en febrero de 1948, siendo sus
miembros Estados Unidos, las veinte repúblicas latinoamericanas, más Gran
Bretaña, Francia y Holanda debido a que tenían dependencias en el hemisferio
occidental. Su sede se estableció en Santiago de Chile.
(34)
Por
cierto, tampoco habría compras para el Plan Marshall en la Argentina. La
concepción del mencionado plan establecía que la mayor parte de sus fondos
iban a ser proporcionados por Estados Unidos, a través de la ley para la
Asistencia Extranjera de abril de 1948 e indirectamente a través de préstamos
del Export-Import Bank. No obstante, era evidente que las necesidades europeas
de materias primas, alimentos y fertilizantes no podrían ser cubiertas
exclusivamente por los productores agropecuarios norteamericanos. Estados Unidos
podría cubrir 55% de las necesidades europeas, pero el resto habría de ser
comprado en otros países. En productos agropecuarios, se calculaba que América
latina y Canadá podrían proporcionar 60% de un total de casi 20.000 millones
de dólares. Los países que recibieran dólares por el programa los invertirían
luego en la compra de productos norteamericanos. (35)
El
rol tradicional de la Argentina como proveedor de alimentos a Europa parecía
colocar a este país en una situación privilegiada para obtener beneficios del
programa. Un informe del Comité de Cooperación Económica Europea, que
representaba a los socios europeos del plan, y una recomendación del presidente
del Comité de Ayuda Extranjera, W. Averell Harriman, señalaban la importancia
de la participación argentina en el plan. Según el último, el Departamento de
Estado debía asegurar la exportación de la mayor cantidad de granos posible de
la Argentina, y el gobierno argentino debía incentivar la siembra de una
superficie mayor para el año 1948. Incluso, las aseveraciones del secretario
Marshall en la Conferencia de Bogotá de que las naciones latinoamericanas
pronto recibirían los beneficios de los gastos en dólares del Programa de
Recuperación de Europa se interpretaron como que incluían a la Argentina. El
canciller Bramuglia declaró posteriormente en Buenos Aires que el secretario de
Estado le había asegurado personalmente que las compras se realizarían en
todos los países que pudieran proveer alimentos. El presidente Perón sostuvo más
tarde que la embajada de Estados Unidos y los representantes de la Administración
para la Cooperación Económica (Economic Cooperation Administration, ECA)
habían asegurado a su gobierno, con toda clase de garantías verbales, que
colocarían elevadas órdenes de compra en la Argentina, solicitando al mismo
tiempo que se reservara al efecto toda la producción. Según Perón, dichas
seguridades llevaron a que no se paralizaran las importaciones provenientes de
Estados Unidos, a pesar de que el saldo deudor de los importadores argentinos
con los exportadores norteamericanos se elevara a cerca de 200 millones de dólares.
(36)
El
principal obstáculo para la participación de la Argentina en el Plan Marshall
era el costo de los productos argentinos. El precio del trigo argentino en julio
de 1947 era el doble del trigo norteamericano, aunque en otros granos la
diferencia era menor. Otro problema era que las exportaciones argentinas estaban
a cargo de una agencia gubernamental, el Instituto Argentino de Promoción del
Intercambio (IAPI), y el plan norteamericano había previsto las compras por
canales privados. Así, durante 1948 se ejerció considerable presión sobre el
gobierno norteamericano para que no se permitiera que los dólares del Plan
Marshall fueran gastados en la Argentina, a menos que su gobierno garantizara un
precio razonable para el trigo y otorgara otras concesiones. Incluso un comité
de la Cámara de Representantes recomendó tomar algunas medidas en la exportación
de equipos de capital, acero y productos químicos para hacer disminuir el
precio del trigo argentino. (37)
El
Plan Marshall fue implementado a través de la Administración para la Cooperación
Económica (ECA), dirigida por el administrador Paul G. Hoffman y el
administrador adjunto Howards Bruce. Estos vincularon la financiación de
compras europeas en la Argentina a la obtención de protección para los
intereses de los negocios norteamericanos en dicho país. Las compañías
norteamericanas se quejaban de la prohibición impuesta por el gobierno
argentino de transferir fondos al exterior y de la necesidad de solicitar
licencias de importación al ente oficial. El presidente del Consejo Económico
Nacional, Miguel Miranda, aceptaba el vínculo entre las restricciones
argentinas y la afluencia de dólares al país. Pretendía, sin embargo, que el
gobierno norteamericano se moviera primero, porque consideraba que los dólares
eran el requisito para terminar con las restricciones. Señaló que la escasez
de dólares era momentánea, ya que tan pronto como las ventas argentinas al
Plan Marshall comenzaran, éstas proporcionarían los medios de cambio que
terminarían con la falta de transferencias y ciertas prohibiciones en las
importaciones. De todos modos, hacia junio de 1948, el embajador Bruce había
persuadido a Miranda de que la Argentina vendiera granos, especialmente trigo, a
la ECA a precios del mercado internacional. Estos serían los precios del
mercado de Chicago más el costo del transporte al golfo de México. La
participación argentina en el plan parecía entonces inminente.
(38)
En
estas circunstancias el gobierno argentino recibió la noticia de que el Plan
Marshall no necesitaba realizar compras en la Argentina, al menos en los
siguientes seis meses. Incidieron en esta decisión las extraordinarias cosechas
obtenidas en Canadá, Australia y Estados Unidos, sumadas a la recuperación agrícola
europea, que incrementaron la oferta mundial de granos. Asimismo tuvo que ver el
hecho de que grupos de interés norteamericanos, conectados con algunos
productos como algodón, trigo, tabaco, arroz, etc., tuvieron éxito en
introducir en el programa una cláusula prohibiendo las compras fuera de Estados
Unidos en caso de existir excedentes en el país. De todos modos, esta política
discriminatoria hacia la Argentina fue completamente opuesta a la aplicada a
otros países productores de alimentos, como Canadá y Australia, y contraria
además a la política oficial del gobierno norteamericano. Para la Argentina
fue muy perjudicial, profundizando la situación crítica que este país sufría
como consecuencia de la declaración unilateral de inconvertibilidad de la
libra, decidida por Gran Bretaña con el apoyo de Estados Unidos, en agosto de
1947. Ambas medidas privaron a la Argentina de divisas indispensables e hicieron
fracasar el primer plan quinquenal del gobierno peronista diseñado para
industrializar el país. (39)
Las
discriminaciones contra la Argentina fueron reveladas por una declaración de
política de la ECA hacia la Argentina, emitida el 6 de agosto de 1948 y enviada
al Departamento de Estado. Para ese entonces, los funcionarios del Departamento
ya habían abandonado su posición anti-argentina, por lo cual, el 24 de
septiembre la división de Asuntos de las Repúblicas Americanas (ARA) refutó
el memorándum de la ECA. A su vez, ante algunas declaraciones anti-argentinas
realizadas a la prensa por funcionarios de la ECA a principios de noviembre, el
embajador norteamericano en la Argentina, James Bruce, decidió intervenir.
Preparó una declaración para la prensa de Buenos Aires -que finalmente no
entregó- y envió una carta dirigida al presidente Truman, adjuntando su
proyecto de declaración y señalando que la falta de disciplina de funcionarios
de baja jerarquía de la ECA dañaba las relaciones con la Argentina. Respecto
de una declaración realizada por Edward Kunze, funcionario de la ECA, Bruce señalaba
que
no
estaba de acuerdo con los hechos que él (Kunze) conocía cuando la hizo. El
gobierno argentino ha afirmado repetidamente que vendería sus cereales a
precios de Estados Unidos. Esto fue informado por nosotros al Departamento de
Estado muchas veces y en una de las conferencias en la ECA yo lo afirmé ante
por lo menos veinte funcionarios de la ECA y el Departamento de Estado
presentes. Ninguna negociación fue nunca iniciada por la ECA
con al gobierno argentino para trigo, y yo hago esta categórica afirmación,
sosteniendo que Kunze hizo deliberadamente tergiversaciones, al tener ante sí
varios funcionarios menores de la ECA...
(40)
Bruce
sugería que ningún otro funcionario de la ECA, salvo Paul Hoffman o Howard
Bruce, pudiera mencionar a un país extranjero en sus declaraciones.
En
otra carta a Truman, el embajador aseveraba que el doctor D.A. FitzGerald
(director de la división de Alimentos y Agricultura de la ECA) había declarado
que usaría la ECA para hacer arrodillarse a la Argentina. Señalaba además que
FitzGerald había dado instrucciones al ejército para que comprara carne en
cualquier país excepto la Argentina, aunque el precio fuese mayor. Incluso,
FitzGerald había mencionado precios falsos en presencia de los miembros de la
embajada. La indignación frente a estos hechos llevó a Bruce a ordenar una
investigación.
(41)
La
investigación dio como resultado la redacción en el Departamento de Estado de
un informe secreto, fechado el 25 de enero de 1949, que registraba treinta y
tres casos de discriminación de la ECA en contra de la Argentina. Tanto este
memorándum como otro posterior de la ARA, de marzo de 1949, admitían que dicha
discriminación era responsable de la escasez de dólares en la Argentina y de
la frágil situación económica de este país. Pero, aunque la exhortación del
embajador pareció tener éxito, al recibir éste seguridades del Departamento
de Estado de que la discriminación en contra de la Argentina había concluido,
la situación comercial para la Argentina no cambió demasiado. El superávit de
granos en Estados Unidos y la decisión de aplicar el Plan Marshall más a la
financiación de bienes industriales que a los productos agrícolas llevaron a
que las compras de dicho plan en la Argentina durante 1949 fueran casi nulas.
Cabe señalar entonces que el hecho de que la ECA ejecutara una política
contraria a la política oficial de su país hacia la Argentina durante un lapso
considerable de tiempo pudo ser producto de decisiones ultrasecretas de altos
funcionarios del gobierno norteamericano. En caso de no ser así, demostraría
que la racionalidad no era necesaria en la política hacia la Argentina, dada la
poca relevancia que este país tenía para el gobierno de Estados Unidos ante la
ausencia de intereses económicos o estratégicos. (42)
Por
otro lado, desde el 21 de noviembre de 1947 hasta el 24 de marzo de 1948, se
llevó a cabo en La Habana la Conferencia de las Naciones Unidas para el
Comercio y el Empleo, que reviste interés porque en ella se reanudó la actitud
antagonista de la Argentina hacia Estados Unidos. Esta conferencia se había
originado en una iniciativa del Consejo Económico y Social de las Naciones
Unidas con vistas a conformar una organización internacional de comercio. En
octubre y noviembre de 1946 se había celebrado en Londres una reunión del
comité preparatorio; en enero y febrero de 1947 se había desarrollado una
reunión preliminar en Nueva York, y en el mes de abril en Ginebra había tenido
lugar la segunda sesión del comité preparatorio, en la cual se establecieron
las bases del Acuerdo General de Comercio y Tarifas (GATT), cuyo protocolo fue
firmado en una nueva sesión celebrada el 30 de octubre de 1947. El mencionado
comité también preparó un proyecto de carta para una organización
internacional de comercio como base para la Conferencia de La Habana.
A
pesar de la insistencia británica, la Argentina fue excluida de todas las
reuniones preparatorias por la oposición de Estados Unidos. Sin dudas, el
desagrado del gobierno argentino ante la exclusión, siendo la Argentina en ese
momento un país relativamente importante en el comercio internacional, fue la
causa del antagonismo de la delegación argentina hacia Estados Unidos y del
intento de organizar un bloque latinoamericano en La Habana. El presidente de la
delegación argentina, Diego Luis Molinari, asumió una posición
anti-norteamericana, denunciando que las propuestas norteamericanas de reducir
las barreras aduaneras apuntaban a impedir la industrialización de América
latina. Teniendo poco en cuenta que la conferencia se había reunido para
liberalizar el comercio internacional, Molinari destacó la política estatista
del gobierno argentino. La actuación del delegado argentino culminó con el
ofrecimiento público de una ayuda de la Argentina al Plan Marshall de 5000
millones de dólares o su equivalente en mercaderías. El anuncio causó
consternación en el gobierno argentino y funcionarios de la cancillería
argentina debieron señalar que Molinari había querido decir que las
exportaciones argentinas totalizarían esa suma en los siguientes cinco años.
El delegado aclaró más tarde que el gobierno argentino estaba preparado para
invertir esa suma a lo largo de América latina, agregando que esto no podría
ser realizado sin la ayuda de Estados Unidos. El New York Times comentó
el ofrecimiento de Molinari, señalando que la Argentina creía “que su
habilidad para vender alimentos a las naciones necesitadas es una forma de
ayuda”. (43)
Finalmente,
los latinoamericanos fracasaron en que sus propuestas quedaran incorporadas en
la Carta de La Habana. Según los miembros de la delegación argentina, el
fracaso se debió a la defección de los delegados de América Central, en
virtud de sus vínculos con el gobierno norteamericano, y a las presiones de éste
para que los delegados centroamericanos cambiaran sus votos luego de haberlos
prometido a la posición argentina. Los representantes de Estados Unidos y de
otros países firmaron la Carta de La Habana el 24 de marzo de 1948. La
Argentina se negó a hacerlo, porque sus reservas a unos treinta y nueve artículos
no fueron aceptadas en el documento final, y porque la carta no había sido
discutida por la conferencia general. Paradójicamente el Congreso
norteamericano tampoco daría su aprobación al acta, debido a que las
propuestas norteamericanas originales habían sido tan alteradas que ya no
reflejaban los principios de la libre empresa.
(44)
Poco
después, el poder Ejecutivo argentino retiró del Congreso las solicitudes de
ratificación de los tratados que habían creado el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento
(BIRF). No habría de adherir tampoco a la Organización de Agricultura y Alimentos (FAO) y a la Organización de las Naciones Unidas
para la Educación y la Cultura (UNESCO), todas ellas de reciente creación. Se
daba entonces la paradoja de que, si bien la Argentina pertenecía a las
Naciones Unidas, y el canciller Bramuglia sería en unos meses presidente de su
Consejo de Seguridad, el gobierno argentino rechazaba formar parte de organismos
que podían reportar ventajas al país. La posición aislacionista y
autarquizante seguía en pie.
(45)
Por
cierto, las cosas eran diferentes con los británicos. Como ya se mencionara, el
17 de septiembre de 1946 se había firmado el convenio Eady-Miranda, que llegaba
a un acuerdo sobre el futuro de los ferrocarriles británicos y el desbloqueo de
los saldos en libras que la Argentina poseía en Londres. Pero, tal vez por la
presión norteamericana, los pasos previstos para formar la sociedad mixta
ferroviaria anglo-argentina nunca llegaron a efectivizase. Por ello, en
diciembre los británicos solicitaron la reapertura de las negociaciones. Así,
el 2 de febrero de 1947 se anunciaba la compra de los ferrocarriles por el
gobierno argentino. El 13 se suscribía un nuevo acuerdo entre Miranda y
Montague Eddy, representante de las empresas británicas, por el cual el
gobierno argentino adquiría la red ferroviaria por 150 millones de libras, sin
especificarse la forma de pago.
La
última cuestión y la situación de los saldos argentinos en Londres, como
consecuencia de la inconvertibilidad de la libra decretada en agosto de 1947,
luego de arduas negociaciones, fueron solucionados
por el Acuerdo Andes, firmado con el gobierno británico el 12 de febrero de
1948. El pago de los ferrocarriles se resolvió por medio de un artificio
financiero. Gran Bretaña pagaría por adelantado a la Argentina el valor de los
productos que ésta le enviaría, y dicho adelanto sería transferido a las
compañías de ferrocarriles británicas. Esto significaba que Gran Bretaña
adelantaba 100 millones de libras por las exportaciones argentinas de 1948, más
10 millones por el aumento de precios de los productos argentinos. El texto del
tratado no lo menciona pero puede inferirse que los 40 millones restantes
procederían de los saldos en libras favorables a la Argentina. Dichos saldos
eran liberados, pero no se permitía su conversión, por lo cual debían ser
utilizados en operaciones comerciales dentro del área de la libra. Devengarían
un interés de ½% anual y mantendrían la garantía en oro. Otras disposiciones
del convenio incluían la compra de carne, maíz, cebada, aceite de lino, grasas
y sebo. A su vez, la Argentina se comprometía a adquirir petróleo, carbón,
acero y productos químicos.
(46)
El
nuevo equipo económico que reemplazó a Miranda en enero de 1949 dio comienzo a
una política de acuerdos bilaterales, a fin de incentivar el comercio exterior
del país. La idea era colocar las exportaciones y obtener a cambio los
productos necesarios sin utilizar dólares. El convenio celebrado con Gran Bretaña
fue el más importante de toda la historia de la relación bilateral y un modelo
para los tratados con otros países. La complementación con Gran Bretaña era
un respaldo necesario al gobierno de Perón en su confrontación con Estados
Unidos. El tratado se firmó por 250 millones de libras -monto que da una idea
de la relevancia del acuerdo- y por un plazo de cinco años. La finalidad del
mismo era incentivar el intercambio comercial entre los dos países. Se preveían
exportaciones argentinas de carne y cereales a cambio de combustibles, hierro y
acero, productos químicos e industriales. Los norteamericanos se sintieron
afectados por el tratado anglo-argentino, pues consideraron que la Argentina no
compraría petróleo a los productores norteamericanos. La duración del tratado
y los precios fijos fueron considerados discriminatorios contra los productos
norteamericanos. Consecuentemente, el director de la ECA, Paul G. Hoffman,
declaró ante el Senado norteamericano que ese organismo podía realizar gran
presión para evitar la firma del acuerdo. Incluso sugirió utilizar una medida
radical -la amenaza de cancelación de la ayuda a Gran Bretaña-, para apoyar la
protesta del Departamento de Estado por la duración del pacto. A estas
presiones debe atribuirse que finalmente se introdujera una cláusula que
posibilitaba la denuncia anual del tratado por cualquiera de las partes y el
reajuste anual de los precios de los productos. Luego de firmado el convenio, el
Departamento de Estado emitió un comunicado señalando su agrado por la
incorporación de disposiciones que lo hacían más flexible. Los términos del
convenio se vieron alterados principalmente con la desvalorización de la libra
del 19 de agosto de 1949, medida que provocó algunos reajustes por los
mecanismos establecidos.
(47)
Como
hemos visto, la actitud cooperativa de la Argentina con Estados Unidos en el
plano internacional se había revertido en la Conferencia de La Habana. El
antagonismo se mantuvo en la Novena Conferencia Internacional de Estados
Americanos que, después de muchas postergaciones, se reunió en Bogotá, del 30
de marzo al 2 de mayo de 1948. La reunión fue interrumpida durante una semana
por los motines que culminaron con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer
Gaitán, hechos que recibieron el nombre de bogotazo. El gobierno
argentino planteó su posición antes del comienzo de la conferencia. No estaba
de acuerdo con la inclusión del Consejo Interamericano de Defensa como un órgano
del comité directivo, pues consideraba que el primero debía ser independiente
a fin de evitar que la Unión Panamericana se transformara en un “super
estado”, con poder político y militar sobre los estados miembros. La idea
finalmente fue desechada.
En
cuanto a las cuestiones económicas, la embajada norteamericana en Buenos Aires
ya había adelantado que los argentinos incentivarían a otros países
latinoamericanos a pedir ayuda a Estados Unidos para la obtención de dólares.
Por ese entonces se especulaba que la ayuda norteamericana a Europa permitiría
las compras de productos argentinos con dólares, de tal manera que el problema
de la escasez de dólares para la Argentina se solucionaría sin préstamos de
Estados Unidos. Por cierto, el canciller argentino Bramuglia trató de discutir
estos temas con James Bruce, el nuevo embajador norteamericano en la Argentina,
y con el Departamento de Estado, dado que el éxito de la Conferencia de Río se
había debido a las conversaciones preliminares. No obstante, su pedido de
entrevistar al secretario Marshall antes de la conferencia fue rechazado.
(48)
Después
de haber fracasado en lograr una base de acuerdo con el gobierno norteamericano,
los argentinos buscaron apoyo en los países de América latina. En febrero de
1948, el funcionario de la cancillería argentina, Pascual La Rosa, realizó una
gira por Chile, Perú, Ecuador y Venezuela, tratando de establecer una posición
común latinoamericana, especialmente respecto de las colonias europeas en la
región. La intención de la Argentina era buscar respaldo para su reclamo sobre
las Islas Malvinas. Los países latinoamericanos, a su vez, otorgaron gran
importancia a obtener el apoyo argentino respecto de la cooperación económica
interamericana. (49)
La
Conferencia de Bogotá comenzó con una notable presión en favor de ayuda económica
norteamericana. En la primera sesión plenaria, el representante de México pidió,
con un vehemente discurso, ayuda para el desarrollo económico de América
latina, representando el sentir de la mayoría de las delegaciones. Especificó
que América latina debía obtener un precio justo por sus materias primas,
desde el momento que el desarrollo de esa región no era menos urgente que la
reconstrucción de Europa. Sin embargo, el programa económico norteamericano
para América latina no incluía ninguna asistencia comparable al Programa de
Reconstrucción Europeo anunciado por Marshall en 1947. Ponía énfasis en la
inversión privada y en la atracción de capitales otorgando seguridad a los
mismos. La única concesión a los latinoamericanos consistió en un aumento de
la capacidad de prestación del Export-Import Bank. En su discurso de apertura,
el secretario Marshall instó a los latinoamericanos a posponer sus necesidades
a las de Europa occidental. Finalmente, el Acuerdo Económico firmado en Bogotá
contuvo la mayor parte de los puntos de vista de los norteamericanos, pero con
tantas reservas que resultó inútil, pues muy pocos países lo ratificaron.
(50)
Entre
la delegación norteamericana y la argentina, surgió un desacuerdo por el tema
de las colonias europeas en el hemisferio. El secretario Marshall no quería
discutir la cuestión porque Gran Bretaña era un aliado en la lucha
anticomunista y no era conveniente debilitar la relación con ese país.
El 21 de abril la delegación argentina fue informada de que el gobierno
norteamericano no apoyaría la declaración respecto de los territorios
europeos. Finalmente aprobada como Resolución XXXIII del Acta Final, la misma
declaraba las aspiraciones de las naciones americanas de terminar con el
colonialismo y la ocupación de territorios americanos por países
extra-continentales. Creaba además un Comité Interamericano para Territorios
Dependientes para estudiar la cuestión. La Argentina obtuvo el apoyo de todos
los países hispano-parlantes. En realidad, ninguno votó en contra; sólo
Estados Unidos, Brasil y la República Dominicana se abstuvieron. (51)
La
actitud argentina acerca de una resolución anticomunista parece haber estado
ligada a la declaración anticolonial. Como recordaremos, el gobierno argentino
había sugerido un acuerdo anticomunista en la Conferencia de Río, no
encontrando al Departamento de Estado dispuesto al mismo. En Bogotá la posición
del último había sido revisada: sin llegar a respaldar todavía un acuerdo
multilateral, el Departamento apoyaba una resolución que condenara con fuerza
el comunismo internacional. Pero no obstante su posición anterior, la delegación
argentina se opuso a condenar el comunismo sólo sobre bases ideológicas, señalando
que debía ser subrayada la necesidad de enfrentar los problemas económico-sociales
que permitían la expansión del comunismo. La resolución aprobada finalmente
condenaba el comunismo sobre la base de la seguridad hemisférica y abogaba por
las políticas económicas y sociales que elevaran el nivel de vida en el
continente. En su informe de fines de abril, el embajador Bruce afirmaba que Perón
había explicado la dilación de Bramuglia en sumarse a la declaración
anticomunista, diciendo que la Argentina quería Las Malvinas y los
norteamericanos querían una declaración anticomunista, de manera que Bramuglia
había jugado “un pequeño póker” para llegar a un acuerdo. (52)
El
resultado más importante de la Conferencia fue la adopción de la Carta de la
Organización de los Estados Americanos, que dio al sistema interamericano un
documento constitutivo. En el primer capítulo se describe a la OEA como un
organismo regional dentro de las Naciones Unidas. La Carta de la OEA reafirma
principios ya proclamados. Un intento de incorporar una definición de
democracia, a instancias de los delegados de Uruguay y Brasil fue abandonado
debido a las dificultades que presentaba. Particularmente significativo es el párrafo
(e) del artículo 5: “Los Estados americanos condenan la guerra de agresión:
la victoria no da derechos”. La delegación argentina propuso la inclusión de
la última frase. Los norteamericanos hicieron notar que la misma sólo tendría
aplicación en el caso de un agresor victorioso, quedando por lo tanto la
propuesta vinculada a la condena de la guerra de agresión. Por cierto, el
principio de no intervención se afirmaba en términos muy amplios, haciéndolo extensivo a la intervención por
cualquier grupo de Estados. La modificación revelaba el temor que había
suscitado la proposición del uruguayo Rodríguez Larreta que implicaba la
intervención colectiva. También significaba una nueva extensión del principio
de no intervención el contenido del artículo 16, que afirmaba que ningún
estado podía usar o propiciar el uso de medidas coercitivas de índole económica.
No obstante, la carta permitía tomar medidas no definidas para mantener “la
paz y la seguridad de acuerdo con los tratados existentes”, punto débil al
cual Estados Unidos apelaría al intervenir más tarde en algunos países de América
Central. (53)
La
Carta describía también los órganos principales de la OEA. La Conferencia
Internacional de Estados Americanos cambiaba de nombre, denominándose
Conferencia Interamericana, con obligación de reunirse cada cinco años. El
Consejo Directivo de la Unión Panamericana se convirtió en el Consejo de la
OEA. Este tiene tres órganos dependientes, de los cuales el más importante es
el Consejo Interamericano Económico y Social. La fuerte oposición
latinoamericana impidió que se incluyera en la estructura de la OEA un Consejo
de Defensa, subsistiendo la Junta Interamericana de Defensa. Un tercer documento
en importancia dentro del sistema interamericano fue el Tratado Americano de
Arreglo Pacífico o Pacto de Bogotá. Si bien el arreglo pacífico de las
disputas entre los países latinoamericanos era de larga data, nunca se había
alcanzado un acuerdo para aceptarlo bajo
la forma de un tratado. No obstante el Pacto de Bogotá no tuvo mucho éxito.
Las reservas fueron de importancia y las ratificaciones lentas y parciales. (54)
Por
otro lado, cabe mencionar la actuación que en algunas cuestiones cupo a la
Argentina en las Naciones Unidas. En 1948 la Argentina alcanzó cierto prestigio
por la gestión que debió cumplir el canciller Bramuglia, lo cual fue
aprovechado ampliamente por la propaganda peronista. Ese año correspondía a la
Argentina la presidencia rotativa del Consejo de Seguridad. Bramuglia debió
llevar a cabo una mediación entre las potencias occidentales y la Unión Soviética
para solucionar el bloqueo de Berlín en septiembre de 1948, actuación que le
ganó el respeto de la comunidad internacional. (55)
La
Argentina fijó también su posición en contra el poder de veto de las grandes
potencias y postuló el principio de universalidad, es decir la admisión de
todos los países que desearan ingresar en la ONU. En octubre de 1946, en la
primera Asamblea General, el representante argentino, José Arce, señaló que
ese privilegio debía ser suprimido y reemplazado por la mayoría de 2/3 o 3/4
de los miembros. Al año siguiente, en la Segunda Asamblea, la Argentina propuso
la convocatoria de una Conferencia General para abolir el veto. La Unión Soviética
se opuso a la propuesta argentina, defendiendo el veto como un instrumento
fundamental para el funcionamiento de la ONU. Finalmente, la Asamblea creó un
Comité Interino para considerar la cuestión. La consecuente enemistad entre el
representante argentino Arce y el delegado soviético Vishinsky por la cuestión
del veto llevó al gobierno argentino a tener que reemplazar al primero cuando
tocó al país presidir el Consejo de Seguridad, a fin de no arriesgar el
resultado de la gestión. La cuestión del veto dejó de plantearse cuando Arce
dejó su cargo en la ONU.
(56)
Por
cierto, la política de la Tercera Posición no parece haber tenido confirmación
en algunas de las posiciones adoptadas por la Argentina en las Naciones Unidas.
En 1946, la Argentina se negó a apoyar en el Consejo de Seguridad la causa de
la República de Indonesia y no condenó la agresión llevada a cabo allí por
Holanda. No acompañó a la India cuando ésta denunció las discriminaciones
contra la población de origen indio en la Unión Sudafricana, y se abstuvo de
votar en todas las declaraciones que condenaban la persecución racial en este
país. Votó en contra de todas las iniciativas destinadas a obligar a la Unión
Sudafricana a liberar el territorio ilegalmente retenido de Africa
Sudoccidental. Votó en contra de la iniciativa que propiciaba examinar la política
imperial francesa en Marruecos. Respecto de la cuestión de qué gobierno debía
tener la representación de China, comenzó con la abstención y luego se inclinó
por el régimen de Formosa. En el problema planteado por la guerra de Corea, no
acompañó a los países que trataban de alcanzar una solución que limitara el
conflicto, apoyando decididamente a Estados Unidos. Por último, se abstuvo
cuando debió decidirse si Puerto Rico, las Antillas holandesas y Surinam
estaban en condiciones de obtener el gobierno propio. (57)
La
posición argentina asumida respecto de la cuestión palestina merece una
explicación. Cuando Gran Bretaña decidió retirarse de Palestina, convocó a
judíos y árabes a un Conferencia en Londres. Habiendo fracasado las gestiones
para alcanzar un acuerdo, el delegado británico ante las Naciones Unidas
solicitó al secretario general de la ONU que reuniera a la Asamblea General
para tratar el tema. De esta reunión surgió la Comisión Especial de las
Naciones Unidas para Palestina. Dicha Comisión recomendó por unanimidad que se
terminara el mandato británico y se otorgase la independencia a Palestina; que
se acordara un período de transición, se preservara el carácter sagrado de
los lugares santos y se conservara la unidad económica de Palestina. Pero los
miembros de la Comisión diferían respecto de la cuestión de fondo, que era la
constitución del futuro estado. El plan de la mayoría proponía la partición
de Palestina en dos estados -judío y árabe- y la internacionalización de
Jerusalén; el de la minoría postulaba un estado federal.
(58)
En
la Segunda Asamblea General de las Naciones Unidas la cuestión se decidió. Se
crearon dos Subcomités que presentaron distintos proyectos: uno, propuso un
estado judío con un enclave árabe; el otro, un estado unitario. Ambas
propuestas fueron elevadas a un Comité ad hoc que el 27 de
noviembre de 1947 resolvió que se implementara el plan de Partición con unión
económica. Los países árabes sostuvieron que la propuesta del primer comité
era ilegal y contraria a la Carta de la ONU. El 29 de noviembre se inició la
sesión en que se debía llevar a cabo la votación. La Argentina planteó
reparos al plan de partición, señalando que, en lugar de asegurar la paz, esto
generaría un grave conflicto. Finalmente la resolución 181 (II), que aprobó y
decretó la Partición de Palestina, se tomó por 33 votos a favor, 13 en contra
y 10 abstenciones, entre éstas la de la Argentina. El 15 de mayo de 1948 se
arriaba la bandera británica en Palestina. Simultáneamente, los judíos
proclamaban la creación del Estado de Israel, reconocido el mismo día por
Estados Unidos y dos días después por la Unión Soviética. La Argentina lo
reconocería en 1949.
En
otro orden de cosas, desde la asunción de Perón a la presidencia, era
perceptible la preocupación de la jerarquía militar por restaurar el poder
militar argentino, perdido durante la Segunda Guerra Mundial, en virtud de la
posición de neutralidad asumida por el gobierno argentino, que le había vedado
el acceso a las compras de armamentos por el sistema de Préstamo y Arriendo.
Al llegar Perón al gobierno, el embargo de armas dispuesto por Estados
Unidos estaba todavía en vigencia, con el propósito de que la Argentina
cumpliera con los acuerdos de Chapultepec. Incluso, en virtud de la existencia
de un acuerdo de caballeros, el embargo debía ser respetado por Gran Bretaña y
Canadá. Como ya se dijo, la Argentina logró un paso significativo en contra de
dicho embargo, cuando, a comienzos de 1947, el gobierno británico comunicó al
norteamericano que en adelante trataría al gobierno argentino en un pie de
igualdad con los demás países latinoamericanos. Potash señala que la fecha de
este anuncio, realizado el 27 de enero, inmediatamente posterior a la de 13 de
febrero del acuerdo anglo-argentino, en que se decidiera la compra de los
ferrocarriles británicos por el
gobierno argentino, sugiere que hubo una vinculación de ambas cuestiones. El
hecho de que en el convenio anglo-argentino no se hiciera mención de la
utilización de las libras bloqueadas para el pago de los mismos, tendría que
ver con la decisión de Perón de utilizar esas libras para el pago de armamento
británico.
(59)
De
esta manera, y no obstante las objeciones interpuestas por Estados Unidos, las
negociaciones iniciadas por el gobierno argentino con su par británico
fructificaron en mayo de 1947, con la aprobación por el gobierno británico de
contratos por los cuales empresas británicas entregarían a la Argentina cien
aviones de caza y un número de bombarderos. El valor de los aviones encargados
a Gran Bretaña era de unos 20 millones de libras esterlinas.
(60)
No
obstante, el gobierno de Perón tenía el compromiso -derivado del acuerdo de
Chapultepec- de reequipar el ejército e implementar un programa de
estandarización de armas, entrenamiento y organización propuesto por la Junta
Interamericana de Defensa. Pero, como el embargo norteamericano continuaba, el
ministro de Guerra, José Humberto Sosa Molina, amenazó con tener en cuenta
ofrecimientos de fabricantes europeos como Skoda. En estas circunstancias, en
junio de 1947 el presidente Truman anunciaba en Washington que su gobierno
consideraba que la Argentina había cumplido con los compromisos establecidos en
el Acta de Chapultepec y que se reanudarían las conversaciones sobre la defensa
recíproca. En noviembre, Perón logró un primer ofrecimiento de 50 cañones
antiaéreos. A fines del mismo mes, llegaba a Buenos Aires un alto oficial
norteamericano con el propósito de inspeccionar unidades, conocer las
necesidades del ejército argentino y recibir el pedido de asesores
norteamericanos para el uso del material.
Finalmente,
luego de una visita del general Sosa Molina a Estados Unidos, se llegó a un
acuerdo en junio de 1948. Este consistía en la venta de equipo en depósito,
con exclusión de vehículos, para seis unidades mecanizadas. Poco después, en
octubre, se acordaron los detalles sobre la
instalación de una misión militar -la primera de ejército- en Buenos Aires.
Posteriormente, se adquirió material de rezago en Estados Unidos y en Europa.
Para fines de abril de 1949, la Argentina había adquirido equipo militar al
gobierno de Estados Unidos por 1.400.000 dólares, y un adicional de 6.800.000 dólares
de equipo (valor nominal) al precio de propiedad de rezago de 748.000 dólares.
(61)
Simultáneamente,
la delegación argentina ante la Junta Interamericana de Defensa colaboraba en
la formulación del “Plan Maestro para la defensa del Hemisferio
Occidental”, si bien este organismo no tenía todavía la misión
planificadora que se le otorgaría más tarde. El plan respondía a los
intereses estratégicos de Estados Unidos, y la Junta constituía un espacio
para mantener contactos bilaterales con los estados mayores latinoamericanos. No
obstante, hasta 1950 Perón trató de obstaculizar el objetivo norteamericano de
lograr un consejo militar interamericano y de formalizar una alianza militar.
(62)
En
1951, la Cuarta Reunión de Consulta de ministros de Relaciones Exteriores
otorgaba a la Junta Interamericana de Defensa funciones de planificación,
recomendando la cooperación de las fuerzas armadas en la defensa del
hemisferio. En ese año, Estados Unidos sancionó la ley de Asistencia Militar
para la Mutua Defensa entre Estados Unidos y los países latinoamericanos.
Asimismo la Junta Interamericana de Defensa convirtió el Plan Maestro en un
Plan General para la Defensa del Continente, que fue aprobado en noviembre de
1951. Este plan se ajustaba a los objetivos del Estado Mayor norteamericano y
contemplaba la necesidad de firmar acuerdos bilaterales. Ecuador fue el primer
país en suscribir un acuerdo militar en virtud de la implementación de esta
política; Brasil también lo hizo en ese año. En 1955 casi todos los gobiernos
latinoamericanos habían firmado acuerdos de este tipo con Estados Unidos. Las
únicas excepciones eran México y la Argentina. (63)
El
logro del reequipamiento militar fue una pequeña satisfacción para Perón en
el difícil año de 1948. En el mismo mes de junio en que se llegaba a un
acuerdo con Estados Unidos por la cuestión de las armas, el gobierno recibía
la noticia de que no habría compras del Plan Marshall en la Argentina. Esto
provocaba un tremendo problema económico al país, agudizando la escasez de dólares
necesarios para pagar las importaciones. Miranda tomó entonces la decisión de
que las empresas extranjeras no podrían girar sus dividendos, lo cual fue
interpretado por el embajador norteamericano como una represalia. El problema
económico generó una virulenta campaña anti-norteamericana en la prensa
oficialista argentina. Es probable que toda esta situación provocara la acusación
en contra del ex agregado cultural a la embajada norteamericana entre 1941 y
1946, John F. Griffiths, de participar en un complot para matar al presidente
Perón y su esposa descubierto en septiembre de 1948. Finalmente, el asunto de
la implicación norteamericana en el complot y la campaña anti-norteamericana
comenzaron a desaparecer de la prensa hacia el mes de noviembre.
(64)
Debe
señalarse que, a partir de junio de 1948, la política del gobierno argentino
hacia Estados Unidos fue ambivalente. En el ámbito interno, el gobierno demostró
un fuerte anti-americanismo a fin de obtener apoyo popular para la reforma
constitucional que permitiera al presidente su reelección. En Washington, en
cambio, los funcionarios argentinos trataban de alcanzar un acuerdo económico
con el gobierno norteamericano. El país tenía en esos momentos una deuda con
bancos americanos de más de 300 millones de dólares. En su visita no oficial a
Estados Unidos a fines de septiembre, el
presidente del Banco Central, Orlando Maroglio, había sugerido un crédito recíproco
entre el Export-Import Bank y el Banco Central. Esto contradecía la prédica
del influyente presidente del Consejo Económico Nacional, Miranda, quien había
sostenido que se cortaría ambas manos antes de firmar un crédito o préstamo
en dólares. Al regresar a Buenos Aires, Maroglio fue licenciado de su cargo,
aunque luego se lo repuso en el mismo. No obstante, el regreso a Buenos Aires
del canciller Bramuglia y del nuevo embajador en Estados Unidos, Jerónimo
Remorino, parece haber incidido en que Miranda presentara su renuncia en enero
de 1949. Los primeros compartían la idea de que era necesario establecer vínculos
económicos más cercanos con Estados Unidos. Bramuglia había evitado
involucrarse en las disputas económicas dentro del gobierno, pero no estaba
conforme con la política de Miranda. (65)
El
gobierno argentino anunció un cambio en la conducción económica el 19 de
enero de 1949. Se crearon dos ministerios, uno de Economía y otro de Finanzas,
colocando al frente de ellos a Roberto A. Ares y a Alfredo Gómez Morales. El último
asumió también la presidencia del Banco Central que dejaba Maroglio. Los
nuevos funcionarios eran considerados hombres de Bramuglia y nombrados a su
instancia. Eran partidarios de cambios fundamentales: la abolición del IAPI, la
eliminación de los controles de exportación y una mayor cooperación con
Estados Unidos. Los funcionarios nacionalistas, apoyados por la esposa del
presidente, en cambio, se oponían a que los grupos privados volvieran a obtener
posiciones relevantes en el comercio exterior; rechazaban las concesiones a
grupos económicos extranjeros y sostenían que la afiliación a organismos
internacionales era contraria a la independencia económica. No obstante, los
nuevos ministros comenzaron su plan de acción. Así, el consejero económico de
la embajada argentina en Washington anunciaba que la Argentina enviaría pronto
un representante a Estados Unidos para discutir asuntos económicos y concertar
un préstamo. Por la misma época, el secretario de Estado Marshall también
renunciaba y Dean Acheson era nombrado en su lugar. La última designación
planteaba un interrogante, pues Acheson había estado asociado a la política
dura hacia la Argentina. (66)
En
1949, dos cuestiones generaron preocupación en el gobierno norteamericano
respecto de la Argentina. Una fue un artículo de la nueva Constitución
argentina, que comenzó a regir en marzo de ese año. El artículo 40 establecía
que los servicios públicos pertenecían al estado y podían ser adquiridos por
compra o expropiación. El gobierno norteamericano percibió en dicho artículo
una amenaza para las compañías norteamericanas, considerando que podría no
haber indemnización y resolvió aconsejar al capital privado norteamericano no
invertir en la Argentina bajo esas condiciones. La segunda cuestión fue el
tratado anglo-argentino que otorgaba a Gran Bretaña una participación
importante en el mercado argentino y que generó preocupación en círculos
norteamericanos. No obstante, la creación de una comisión mixta para estudiar
las relaciones comerciales y tratar de aportar soluciones trajo un principio de
solución hacia fines de año, cuando diseñó un programa que proponía
incrementar las exportaciones argentinas a Estados Unidos como una manera de
disminuir la escasez de dólares y de facilitar compras en ese país. Al mismo
tiempo comenzaba la negociación de la Argentina para obtener un crédito de
fuente norteamericana.
(67)
El
proceso de entendimiento llevó en 1950 a la concesión de un crédito del
Export-Import Bank de 125 millones de dólares a la Argentina. La contrapartida
del mismo fue la ratificación por el Congreso argentino del Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en
1947. El crédito fue otorgado para cancelar deudas comerciales atrasadas y no
para la adquisición de equipos industriales y agrícolas en el mercado
norteamericano como deseaba el gobierno argentino. El hecho de que el crédito
fuera anunciado en mayo de 1950 y la ratificación del Congreso argentino fuera
decidida a fines de junio fue visto como un indicio de que los dos asuntos
estaban vinculados. Giacalone sostiene que ambas decisiones pueden haber estado
más conectadas con el comienzo de la guerra de Corea que entre sí. (68)
Para Escudé, en cambio, la concurrencia de la acrecentada vulnerabilidad
argentina y el deseo del gobierno norteamericano de que la Argentina cooperara
con su política hemisférica y ratificara el TIAR permitió que se pusiera en
práctica uno de los mecanismos de presión internacional: la denominada issue-linkage
o vinculación temática de cuestiones. Mediante ésta, Estados Unidos podía
conceder ayuda financiera que atemperara la crisis económica argentina a cambio
de la deseada ratificación.
(69)
Según
constaba en una declaración de política secreta del Departamento de Estado del
21 de marzo de 1950, los objetivos del gobierno de Estados Unidos frente a la
Argentina para ese año eran los siguientes: 1) obtener la cooperación
argentina en la defensa del hemisferio occidental; 2) inducir a la Argentina a
adoptar políticas que fortalezcan las fuerzas que apuntalan la paz y un modo de
vida democrático; 3) crear y mantener un clima favorable de opinión entre los
argentinos respecto de Estados Unidos y sus políticas; y 4) alentar y ayudar a
la Argentina a establecer una economía bien balanceada como fuerza de
estabilidad hemisférica capaz de cooperar económicamente, interesada en dicha
cooperación y fértil para el desarrollo de principios democráticos. (70)
El
memorándum sugería incluso la vinculación de cuestiones como instrumento de
presión. En el subtítulo “Relaciones económicas norteamericano argentinas,
decía:
Créditos
en dólares pueden ofrecer una solución posible para la escasez de divisas de
la Argentina. Como resultado de una sugerencia nuestra, el Export-Import Bank ha
realizado un estudio preliminar de las necesidades crediticias argentinas y de
su capacidad para hacer frente luego a su servicio. El Banco ha sido informado
que, aunque no hay una objeción política básica a créditos en dólares para
la Argentina, nosotros pasaremos revista a las relaciones
norteamericano-argentinas mientras el Banco prosigue con el análisis de las
consideraciones económicas, como una base para llegar a una decisión. (71)
Significaba
esto que el crédito permanecía en estudio pero su concesión quedaba
supeditada a consideraciones políticas.
En
el mismo mes de marzo en que se emitía el documento anterior, arribaba a Buenos
Aires, el secretario asistente de Estado, Edward G. Miller. Las conversaciones
con miembros del gobierno argentino giraron en torno a la firma de un acuerdo
comercial que reemplazara el tratado de 1853 y a la pendiente ratificación del
TIAR por el Congreso argentino. Miller no pudo obtener precisión del gobierno
argentino acerca de cuándo se produciría la mencionada ratificación. Recibió
en cambio seguridades del presidente Perón de que el artículo 40 de la
Constitución no sería aplicado en contra de intereses norteamericanos. El
secretario norteamericano dio a entender al gobierno argentino que si las
relaciones entre ambos gobiernos proseguían en la dirección adecuada, la
Argentina recibiría un crédito significativo, dejando así planteada muy
sutilmente la vinculación crédito-ratificación del TIAR. También quedó
acordado que la comisión mixta se trasladaría de Washington a Buenos Aires.
(72)
El
mes de marzo fue asimismo testigo de una intensa actividad oficial
norteamericana en Buenos Aires. Llegaron a esta ciudad Joseph P. Davies, ex
embajador en Rusia; Paul V. McNutt, ex comisionado en Filipinas; el general Hoyt
S. Vandenberg, jefe del estado mayor de la fuerza aérea; y George F. Kennan,
consejero del Departamento de Estado. El mismo mes, el ministro Cereijo partió
para Washington para asistir a la primera reunión del Consejo Económico y
Social de la Organización de Estados Americanos. Esta conferencia especial
comenzó el 20 de marzo de 1950 y el ministro argentino fue elegido su
presidente. En Washington, Cereijo anunció las medidas tomadas por el gobierno
argentino para resolver los problemas con las compañías norteamericanas. El
ministro también entregó una invitación al presidente Truman para visitar la
Argentina, lo cual produjo cierta inquietud en el Departamento de Estado; la
prensa norteamericana no aprobaría una visita a la Argentina dado que ésta
implicaría una invitación a Perón a visitar Estados Unidos.
Al
regresar a la Argentina a mediados de mayo, acompañado por el embajador
Remorino, el ministro Cereijo declaró a la prensa que esperaba recibir
confirmación del crédito. En efecto, ésta se produjo el 17 de mayo, a través
del presidente del Export-Import Bank. No obstante, las negociaciones
continuaron hasta mediados de noviembre, cuando la concesión del crédito se
hizo finalmente efectiva, lo cual demostró que los norteamericanos mantuvieron
su instrumento de presión en operación hasta que la ratificación del tratado
y algunas otras cuestiones estuvieran solucionadas. El gobierno argentino, que
se había expuesto a las críticas por la tramitación del crédito, pretendió
hacerlo pasar por un crédito otorgado a un grupo de bancos privados y no al
gobierno mismo. Sin embargo, funcionarios argentinos habían participado en
Washington de las negociaciones para la obtención del mismo y el Banco Central
garantizaba el pago de la deuda. (73)
La
vinculación entre el crédito y la ratificación del TIAR fue mencionada en un
editorial del New York Times del 5 de mayo. Este sostenía que era
condición sine qua non de Estados Unidos para un
entendimiento económico con la Argentina la ratificación del tratado. La
cuestión reapareció cuando en junio llegó el momento de discutir el tratado
en la Cámara de Diputados. A su vez, el Hispanic American Report, de la
Universidad de Stanford, comentó que, por presión de los exportadores, el
Departamento de Estado había decidido conciliar sus puntos de vista con los del
Pentágono. El último sostenía que asuntos de conveniencia internacional
requerían que el gobierno norteamericano aceptara a la Argentina como socio
pleno, a fin de que este país se incorporara al sistema de defensa
interamericano. Esto fue testimoniado por las visitas de altos jefes militares a
la Argentina para evaluar el potencial económico y militar argentino en caso de
una nueva guerra. Estas visitas incluyeron una misión para comprar carne para
las fuerzas armadas norteamericanas, la recorrida por las guarniciones
argentinas realizada por el brigadier general Thomas Tambeerma y el coronel Paul
Freeman, y la visita a la fábrica de aviones en Córdoba y bases aéreas del país
realizada por el general Robert Walsh y el coronel Gordon Cook. (74)
Los
británicos también advirtieron el vínculo entre los dos asuntos. En una carta
del 10 de mayo a Fordham, jefe del Departamento Americano del Foreign Office, el
embajador Balfour decía:
La
disposición evidenciada por las autoridades argentinas a cooperar en los planes
de defensa interamericana nos ayuda mucho a comprender por qué el Departamento
de Estado últimamente ha comenzado a considerar que puede valer la pena darle
ayuda financiera al régimen. Todo es por cierto positivo en tanto, como
resultado de las conversaciones (sobre ayuda bélica) y bajo la presión de sus
necesidades financieras, la Argentina ahora parece avanzar hacia el punto en que
(...), en teoría al menos, no adoptará la postura que la caracterizó durante
la última guerra.
(75)
Las
cuestiones estuvieron incluso ligadas dentro del gobierno norteamericano. A su
regreso a Washington, Miller aseguró a miembros del Departamento y a
legisladores que la ratificación del tratado tendría lugar ese año,
intentando con ello que la decisión de otorgar el crédito a la Argentina
prosperase. (76)
El
28 de junio de 1950, apenas después de que Estados Unidos se involucrara en la
guerra de Corea, los diputados oficialistas presentaron el tratado de Río para
su ratificación. Luego de haber estado pendiente durante dos años, el tratado
aparecía ahora como una cuestión urgente que debía ser decidida el mismo día
de su presentación. Los radicales se opusieron a la maniobra, pero la moción
de discutir la cuestión ese mismo día fue aceptada por amplia mayoría. La
oposición consideraba que el tratado estaba en contradicción con la soberanía
argentina. Radicales y conservadores lo atacaron porque no aseguraba la soberanía
sobre las islas Malvinas. Los argentinos habían introducido una reserva al
respecto en el Acta Final de la Conferencia de Río, pero la operatividad de ésta
había sido anulada por otra reserva de la delegación norteamericana, que
establecía que una zona de seguridad no tendría ningún efecto sobre la
soberanía de ningún territorio en la región. Finalmente, la ratificación se
consiguió con el apoyo conservador; los radicales mantuvieron su rechazo. (77)
Desde
el lado argentino, la ratificación del tratado de Río puede verse como una
respuesta a la necesidad de asegurar un mercado para los productos argentinos y
en el cual comprar los insumos necesarios para la economía argentina, sobre
todo en el caso de desatarse una Tercera Guerra Mundial. En dicho caso, la
Argentina se vería forzada a comerciar con los países occidentales,
especialmente con Estados Unidos. El comienzo de la guerra de Corea, a fines de
junio de 1950, parecía reforzar la idea de que Estados Unidos terminaría
siendo el único mercado posible para los productos argentinos. La Argentina
necesitaba asimismo comprar maquinaria industrial y agrícola, cuestión que se
volvía urgente si la guerra se generalizaba. De esta manera, como en las
guerras anteriores, la política de la Argentina parecía estar dictada por
cuestiones comerciales. (78)
Luego
de la ratificación, la cancillería argentina comunicó a las Naciones Unidas
que la Argentina daba apoyo a sus resoluciones. A la vez, el embajador argentino
en Washington informó al secretario de Estado Acheson que la Argentina
respaldaba las medidas que el gobierno tomara para poner en ejecución esas
resoluciones. Incluso, en una carta a Miller, Perón expresó que la Argentina
estaba alineada decididamente con Estados Unidos en su lucha contra el
comunismo. No obstante, la embajada en Buenos Aires observaba que, en el plano
interno, tanto el gobierno argentino como la prensa oficialista realizaban
“malabarismos muy curiosos para demostrar por qué las actitudes adoptadas por
la Argentina desde el 28 de junio son compatibles con la «tercera posición»”.
Poco después, la misma embajada señalaba en su resumen mensual que
“mientras las fuertes afirmaciones de apoyo a la Argentina sobre Corea fueron
bienvenidas por Estados Unidos, la demora en la implementación de estas
declaraciones ya ha dado lugar a acusaciones de que Perón ha dicho mucho y
hecho poco”. Se esperaba que, al regresar a Washington, el embajador Remorino
aclarara hasta dónde Perón estaba dispuesto a llegar. (79)
En
efecto, la Argentina había sostenido una posición de neutralidad en ambas
guerras mundiales y bajo gobiernos de distinto signo -radicales, conservadores y
militares-. Había mantenido además una posición anti-norteamericana en el ámbito
interamericano desde el siglo anterior, e incluso la génesis del movimiento
peronista se había realizado en el contexto de una prédica
anti-norteamericana; era, por lo tanto, muy difícil para el gobierno de Perón
poner en práctica la alineación con Estados Unidos. No existía además vocación
para hacerlo. El 17 de julio, el canciller Paz informó que, ante la pregunta
del secretario general de las Naciones Unidas, Tryve Lie, sobre la posibilidad
de que la Argentina proveyera ayuda militar para la guerra de Corea, el gobierno
había hecho saber que respetaría las obligaciones como miembro de la
organización y esperaba consultar con el Comando Unificado. Sin embargo, al día
siguiente, el embajador aclaró que la respuesta argentina no implicaba el envío
de fuerzas a Corea. (80)
Con
todo, las especulaciones de que podrían ser aportados barcos mercantes, un
contingente de aviadores o incluso tropas persistieron. El 23 de agosto, los
norteamericanos todavía esperaban el envío de un simbólico contingente de mil
soldados por el gobierno argentino. El 15 de septiembre, sin embargo, la
cancillería argentina frustró estas expectativas con su anuncio de que la
cooperación argentina con las Naciones Unidas se concretaría por medio de una
partida de carne congelada y enlatada. Pero esto también se demoró, y en enero
de 1951, el Comando Unificado rechazó la oferta argentina de un cargamento
completo de carne congelada, debido a la falta de infraestructura para
mantenerla en Corea. (81)
La
falta de voluntad política por parte del gobierno argentino para llevar
adelante una política exterior coherente con la nueva alianza se hizo patente
en el hecho de que aquél continuara predicando la Tercera Posición y llevara
adelante una campaña anti-norteamericana muy fuerte, incluso con sus artículos,
ya mencionados, publicados en el diario Democracia a lo largo de 1951. Por
ejemplo, Perón señalaba que en 1950 Rusia había perdido su posición en el
campo internacional, debido al rechazo que sus intervenciones en la vida interna
de los estados provocaban en otros pueblos. No obstante, el presidente argentino
consideraba que lo único que favorecía a dicho país era la equivocada
propaganda que se le dirigía desde Estados Unidos. Esto quería decir que, a
los efectos de la supervivencia de Rusia, eran más efectivos “la negación,
la ceguera y los desaciertos de sus adversarios” que las propias acciones
rusas. Perón hacía la comparación con el caso argentino, señalando que los
argentinos conocían bien las razones por las cuales Estados Unidos perdía la
estimación de otros pueblos. Afirmaba el presidente argentino:
Nosotros los argentinos sí sabemos por qué. Recordamos las ofensas y vejaciones de Braden y sus secuaces; tenemos presentes siete años de abierta agresión política y económica que significan la injusticia más flagrante de nuestra vida independiente y sufrimos hoy los efectos de las acciones agresivas de numerosas organizaciones oficiales que funcionan al margen de la buena fe internacional. Los servicios de espionaje, los agentes de provocación y propaganda que en el país o desde el extranjero interfieren las buenas relaciones han culminado en el plan Benson, una verdadera agresión abierta, impúdica y desaprensivamente anunciada. A ello se suma la utilización de países satélites para perturbar la vida del país, pero a quienes el gobierno, con buen juicio, no ha tenido jamás en cuenta. (82)
Colocando
en el mismo plano al comunismo y al capitalismo, en otro de sus artículos
Perón se explayaba sobre las formas de la penetración imperialista. El
imperialismo comunista había penetrado en los pueblos a través de las masas
explotadas por el capitalismo. El imperialismo capitalista, en cambio, había
debido conformarse con dominar a los gobiernos por medio de la presión
económica y la amenaza política. En cada país, la lucha adquiría una
modalidad propia, pudiendo manifestarse en un enfrentamiento abierto entre ambas
tendencias o incluso en “la alianza subrepticia de ambos cuando, como en la
Argentina, aparece una «tercera posición», dispuesta a terminar con los dos,
para mantener una postura eminentemente nacional e independiente”. Dicha
lucha, según Perón, estaba dirigida en forma centralizada por el «Kominform»
y por el Departamento de Estado. Estos organismos financiaban y apoyaban con
propaganda a las «quintas columnas» que dirigían luego la acción. También
provocaban revoluciones como las que habían tenido lugar recientemente en
Guatemala, Bolivia y en la Argentina.
(83)
A
pesar de esta prédica, el gobierno de Estados Unidos asumía a comienzos de
1951 una actitud conciliatoria hacia el gobierno argentino. En vísperas de la
Cuarta Reunión de Consulta de cancilleres americanos, el Departamento de Estado
enviaba a Perón un mensaje diciendo que el gobierno de Estados Unidos no tenía
intención de utilizar la próxima conferencia para colocar a la Argentina en
una posición embarazosa. Esperaba, por el contrario “facilitar por todos los
medios a su disposición la más completa cooperación por parte del gobierno
argentino”.
(84)
La
Reunión, que tuvo lugar en Washington del 26 de marzo al 7 de abril, fue
convocada por Estados Unidos debido al nuevo cariz tomado por la guerra de
Corea, al intervenir China en ella. La Conferencia puso de manifiesto una vez
más los objetivos divergentes de América latina y Estados Unidos. Este buscaba
reforzar la seguridad hemisférica; los latinoamericanos, en cambio, buscaban
consolidar sus economías. El delegado brasileño aparentemente sostuvo que el
único país del hemisferio que estaba amenazado por una agresión externa era
Estados Unidos. Otros representantes afirmaron que la única forma de evitar la
expansión del comunismo era elevando el nivel de vida de las poblaciones y para
ello era necesaria la ayuda de Estados Unidos. No obstante, no recibieron
ninguna seguridad de que tal ayuda se produciría. La Cuarta Reunión solicitó
cooperación, de acuerdo con el tratado de Río, a fin de reforzar la defensa
colectiva. De hecho se otorgó a la Junta Interamericana de Defensa funciones de
planificación y se recomendó a las fuerzas armadas cooperar en la defensa
hemisférica. Pero, como señala Connell-Smith, los motivos de Estados Unidos
para integrar los países latinoamericanos a la defensa del hemisferio contra
amenazas externas eran, como lo habían sido siempre, políticos. En poco
tiempo, el gobierno norteamericano solicitaría cooperación para enfrentar la
amenaza de la subversión, que en la práctica terminó siendo una cuestión de
mayor importancia que una eventual agresión militar. (85)