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Cuando se leen los documentos de los archivos norteamericanos con el beneficio de una visión de fines de la década de 1990, no se puede menos que reflexionar acerca de lo contemporánea que parece la figura de Arturo Frondizi, tanto por sus tácticas inescrupulosas de lucha por el poder, que parecen modeladas por un postmodernismo avant la lettre, como por el contenido absolutamente actual de sus políticas respecto del capital extranjero.  
    Lo primero que salta a la vista en este contexto es la inadaptación de la cultura política argentina de tiempos de Frondizi, para las necesidades funcionales de un desarrollo económico que requería indispensablemente del aporte foráneo. Frondizi podía ser postmoderno sin saberlo, pero la opinión pública no lo era. El país se encontraba aún demasiado cerca de otra era histórica, en la que debido a un desarrollo mucho menor que el actual en campos como la tecnología de las comunicaciones, del transporte, y de los medios de destrucción, un país como la Argentina tenía mayor autonomía, y el concepto de la “soberanía” del Estado era mucho más importante que ahora. También estábamos más cerca de los tiempos en que todavía resultaba factible pensar sobre la Argentina en términos megalómanos, y en que el adoctrinamiento escolar acerca del destino manifiesto argentino tenía real vigencia en las mentes. (1) El mismo Frondizi escribió un opúsculo sobre cómo el desarrollo de la Patagonia era un requisito para la “Argentina Potencia Mundial”. (2) 
    Aquella Argentina no estaba en condiciones de comprender las limitaciones que su vulnerabilidad imponía a su política exterior. Japón y Alemania, que habían sufrido la derrota en la Segunda Guerra Mundial, podían comprender sus propias vulnerabilidades y actuar a tono, pero no la Argentina, cuyas derrotas habían sido menos tangibles y dramáticas. Así, la oposición a Frondizi creyó que se podía prescindir del capital extranjero para el desarrollo petrolero, y el propio Frondizi creyó que se podía desafiar la política norteamericana frente a Cuba sin que sus costos fueran muy superiores a sus beneficios. Sucedió al revés, como era esperable. Los norteamericanos no desalentaron las presiones militares; más bien especularon con aprovecharlas, y si bien en último término no deseaban un golpe de Estado, estuvieron dispuestos a jugar con fuego hasta perder a Frondizi. Al fin y al cabo, ¿para qué lo necesitaban, si éste no estaba dispuesto a apoyar a Estados Unidos en una política percibida como prioritaria por el gobierno de ese país, en circunstancias en que los militares que tenían poder de veto sobre el propio Frondizi clamaban por la misma política que demandaban los norteamericanos? En esto el famoso maquiavelismo de Frondizi falló. Su política le trajo muchos más costos que beneficios. Fuera por motivos idealistas -nacionalismo, izquierdismo- o razones materiales -falta de respuesta a sus pedidos de ayuda financiera-, el suyo no fue un pragmatismo perfecto.  
    La otra cosa que salta a la vista, y que no es ausencia de pragmatismo sino exceso contraproducente del mismo, es la trasnochada idea de que la política exterior argentina hacia Cuba podía venderse a buen precio. Esta fallida vinculación de cuestiones revelaba no sólo una sobrestimación de la importancia del aporte argentino para los Estados Unidos, sino también una supina ignorancia sobre cómo funciona la política exterior norteamericana. Raramente tiene efecto un chantaje de este tipo. La cooperación política con Estados Unidos suele tener un premio indirecto en el mediano o largo plazo, pero la maniobra mercenaria de corto plazo es percibida como extorsión, y ceder a la misma se considera contraproducente para los intereses norteamericanos de largo plazo. 
    Por cierto, la falta de respuesta en el gobierno norteamericano a los pedidos de asistencia para sus planes de desarrollo, realizados reiteradamente por Frondizi entre 1959 y 1961 a Eisenhower primero y a Kennedy luego, debió estar presentes a la hora de tomar la decisión frente a Cuba. A pesar de hacer conocer los efectos sociales del plan de estabilización -implementado a instancias del FMI y del propio gobierno norteamericano- la financiación para sus proyectos de construcción de caminos, planta hidroeléctrica, etc., que tenían el propósito de atenuar aquellos efectos nunca llegó. La indignación del presidente -al igual que la de sus asesores- frente a esta situación llevó al endurecimiento de la posición argentina frente a Estados Unidos en 1961. De esta manera, además de no estar convencido ideológica y pragmáticamente de la conveniencia de la expulsión de Cuba del sistema interamericano, Frondizi seguramente no percibió ninguna razón de interés nacional para hacerlo. No obstante, si bien Frondizi podía tener razón en su “desesperación y frustración” frente a la poca ayuda otorgada por Estados Unidos, como señalara en su carta al presidente Kennedy, el desafío al gobierno norteamericano agravaría la situación en lugar de solucionarla. Tal vez Frondizi pensara que claudicar frente a Estados Unidos le alienaría a una parte de la clase política argentina, y no evaluara suficientemente que el voto favorable a Cuba le enajenaría a los militares, cuyo poder en ese momento era decisivo, en virtud de la función tutelar del gobierno que venían desempeñando.
   
Por otro lado, debe señalarse también que el voto del gobierno argentino respecto de Cuba significaba el respeto a la política común acordada con Brasil y Chile, y a la que se sumaron México, Bolivia y Ecuador, es decir, que Frondizi votó de acuerdo con los países latinoamericanos más importantes. En el caso de haber decidido cambiar su voto para acompañar a Estados Unidos, el gobierno argentino hubiera desmentido una política subregional que había engendrado pacientemente y hubiera quedado en situación desairada frente a sus países vecinos. También hubiera significado retroceder en una de las posturas tradicionales de la política exterior argentina y por la que toda América latina había luchado prácticamente desde la creación del sistema interamericano: el principio de no intervención. De esta manera, solamente el anuncio de una importante ayuda económica por parte de Estados Unidos podría haber proporcionado a Frondizi una justificación adecuada para cambiar su posición, y de allí la insistencia rayana al chantaje para obtenerla.  
    Ciertamente, aquéllos eran tiempos en que los argentinos casi nada sabían sobre Estados Unidos. Estaban cómodos en una caparazón, que era estrecha y provinciana sin que ellos siquiera lo supieran. Los norteamericanos, más cosmopolitas, hacían lo posible por complacer con una retórica de igualdad y “sociedad” entre los dos Estados, lo que en la práctica no podía ser sino un juego gruesamente asimétrico. Tan asimétrica era la relación que, aun con consenso interno, el desafío a Estados Unidos respecto de la cuestión cubana habría traído más costos que beneficios. Pero tal como se dieron las cosas el juego era imposible. La política exterior de Frondizi fue víctima de un involuntario juego de pinzas, arrinconada por los intereses coyunturalmente convergentes de la oposición externa del Departamento de Estado, y la oposición interna de los militares.  
    No es necesario reiterar el desenlace. ¿Traicionó Estados Unidos a la democracia? Not really. Sólo se abstuvo de darle a su defensa activa una prioridad que precediera a la de su política contra el comunismo cubano. La retórica norteamericana enunciaba que la Argentina y Estados Unidos se necesitaban mutuamente. La cruda realidad era que sólo la Argentina necesitaba de los Estados Unidos. 
    En cuanto a la relación anglo-argentina, los documentos británicos revelan que el surgimiento del peronismo marcó el principio del colapso de la relación bilateral. En este contexto se interpretaron los festejos por la nacionalización de los ferrocarriles. La relación quedó enmarcada entonces en una relación bilateral de comercio, en la cual el Reino Unido proveía bienes de capital e insumos industriales y la Argentina productos primarios, especialmente carne. No obstante, esta situación no pudo consolidarse, porque por sus propias dificultades internas el Reino Unido no podía satisfacer las demandas argentinas. Al mismo tiempo, la política de promoción agrícola establecida por el gobierno británico, a través de subsidios a sus productores agrícolas y ganaderos, a la larga perjudicaría las exportaciones argentinas.  
    Asimismo debe destacarse que el Reino Unido comenzó a presionar por la liberalización y multilateralización del comercio internacional y las finanzas, lo cual llevó a que la antigua relación bilateral se desdibujara en una relación multilateral entre la Argentina y once países europeos.  
    Por cierto, en los documentos oficiales del Foreign and Commonwealth Offices se vislumbra  una desconfianza creciente respecto de la Argentina. La balanza comercial era altamente desfavorable a Gran Bretaña y, sin embargo, este país debía refinanciar los créditos otorgados a la Argentina. El gobierno británico reclamaba que la Argentina utilizara las libras ingresadas por las exportaciones para el reembolso de sus deudas. En realidad, las divisas que ingresaban a la Argentina por su comercio con Gran Bretaña se aplicaban a la compra de petróleo y bienes de capital en el área del dólar. La Argentina, según los funcionarios británicos, no realizaba ningún esfuerzo y/o propuesta para modificar el desequilibrio de la balanza comercial. Debido a esta situación, el gobierno del Reino Unido mostraba gran interés en el tema de los recursos petroleros.  
    Pero aquí intervenía el nacionalismo argentino, que provocaba tantas reacciones negativas entre los funcionarios británicos. Como lo expresara el embajador británico Francis Evans, el nacionalismo argentino representaba un obstáculo para las relaciones anglo-argentinas y era uno de los factores que ayudaron al colapso de la relación. El nacionalismo argentino, con componentes anti-británicos, impedía a los distintos gobiernos argentinos, ya fueran democráticos o militares, resolver temas como los casos de expropiaciones y/o pensiones. Esto, sumado al desequilibrio de la balanza comercial, hacía de la Argentina un país conflictivo. 
   
Sin embargo, en contra de toda previsión, el gobierno de Frondizi decidió firmar los contratos petroleros. El gobierno británico otorgó gran importancia a aquellos acordados con empresas de su país. Esto quedó demostrado en las conversaciones que se desarrollaron en distintas reparticiones del gobierno británico frente a la exigencia del Ministerio de Agricultura de ir disminuyendo paulatinamente las importaciones de carne de la Argentina. Justamente, las inversiones inglesas en la exploración y extracción del petróleo argentino fueron las que disuadieron al gobierno británico de tomar aquella decisión. 
   
Por último, debe señalarse que en el período estudiado han quedado registrados tanto en los documentos norteamericanos como británicos los constantes pedidos de la Argentina de refinanciación de su deuda y de los vencimientos de los créditos que tenía otorgados. Además, los funcionarios de los gobiernos acreedores señalaban que la Argentina tenía cubiertos los cupos que se juzgaban adecuados a la capacidad de su economía. Esta situación lleva a pensar si el país habría estado en condiciones de recibir una ayuda económica varias veces mayor que la que se le otorgaba, como pretendía el gobierno de Frondizi frente al gobierno norteamericano, sin aumentar peligrosamente su vulnerabilidad económica.

  1. Véase Carlos Escudé, El Fracaso del Proyecto Argentino: Educación e Ideología, Buenos Aires, Ed. Tesis/Instituto Di Tella, 1990; Patología del Nacionalismo: el Caso Argentino, Buenos Aires, Ed. Tesis/Instituto Di Tella, 1988, y Realismo Periférico, Buenos Aires, Planeta, 1992, capítulo 4.

  2. Arturo Frondizi, “El avance de la Patagonia es el fundamento de la Argentina potencia mundial”, Buenos Aires, Dirección General del Boletín Oficial, 1962.

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