La obtención del reconocimiento y la posición en favor de Occidente
Una
primera preocupación del gobierno de Estados Unidos, luego del golpe que
derrocara a Frondizi, fue si la aceptación de la ayuda norteamericana y su
asociación con la Alianza para el Progreso habían tenido alguna influencia en
la caída del presidente argentino. En este sentido, el gobierno norteamericano
recibió seguridades de que los opositores a Frondizi no tenían ninguna intención
de explotar el factor de la ayuda. Un observador argentino señalaba que la
derrota de Frondizi hubiera sido catastrófica si el crédito de la Alianza no
hubiera llegado, dado que sus reformas no habían alcanzado a las clases que veían
en el peronismo el único apoyo a los trabajadores. (1)
Por
una conversación con Mario Amadeo y Gainza Paz, Adlai Stevenson pudo saber cuáles
habían sido los motivos del derrocamiento del presidente. Se juzgaba que
Frondizi había establecido una línea independiente respecto de Cuba,
ofreciendo su mediación y reuniéndose luego con el Che Guevara. Se había
abstenido de votar en Punta del Este e intentado conformar un bloque
argentino-brasileño con el tratado de Uruguayana, que podía ser utilizado para
chantajear a Estados Unidos en la cuestión cubana. Todo esto era percibido como
una posición claramente anti-occidental. También existía el temor de que
Frondizi liderara un gobierno de tipo “frente popular”, que incluyera a
peronistas y comunistas. Muchos pensaban que Perón seguramente habría vuelto
al poder si Frondizi no hubiera sido depuesto. (2)
Incluso
entre las interpretaciones apocalípticas que llegaban a la embajada
norteamericana figuraba aquélla de que el aparente error de las elecciones del
18 de marzo bien pudo ser un intento deliberado de provocar el caos, enfrentando
a los militares con el pueblo, como una maniobra para establecer el gobierno de
un frente popular. Este gobierno habría apoyado la toma de muchas industrias
por parte del estado, amenazando así la inversión externa. Más aún, según
esta percepción, Frondizi nunca había sido aceptado como un demócrata
genuino, a pesar de su programa económico, su buena recepción del capital
privado, el establecimiento de universidades privadas y la proclamación de su
orientación occidental y cristiana. El ex presidente era muy amigo de Frigerio
-del que se rumoreaba que era un agente comunista-, había tenido una educación
de izquierda, y en su discurso de Paraná, había hecho acusaciones contra los
monopolios internacionales y tratado de colocarse en defensor de causas
populares. El embajador norteamericano Robert McClintock denominó a estas
percepciones la “teoría del gran designio”, y señaló que, “aunque no
había pruebas, el humo existía”. En su opinión, debido a la crisis,
probablemente todos los juicios eran de alguna manera distorsionados. No
obstante, muchas personas responsables creían en la inclinación comunista de
Frondizi y en que los militares que lo habían depuesto eran los únicos amigos
de la democracia y de Estados Unidos en la Argentina. (3)
En
los primeros días de abril, el gobierno de Guido no había obtenido todavía su
reconocimiento diplomático. La negativa a otorgarlo se debía a la remoción
del presidente Frondizi por la fuerza. Los gobiernos europeos no podían
entender la paradoja de la expulsión de Frondizi, después de que éste hubiera
dispuesto -por presión de los militares- la intervención de las cinco
provincias en que habían triunfado los peronistas. McClintock señalaba que no
era fácil explicar la política o las personalidades argentinas, incluso en la
Argentina. La situación se complicó cuando el presidente de Venezuela, Rómulo
Betancourt, se opuso a reconocer el régimen de facto de la Argentina y amenazó
con llevar el caso de la remoción de Frondizi ante la Organización de Estados
Americanos (OEA). El gobierno de Guido, sin embargo, encontró actitudes más
favorables en otros gobiernos latinoamericanos y europeos. Por su parte, la
embajada norteamericana recomendaba el pronto reconocimiento, sobre la base de
que la Corte Suprema de la Argentina había juzgado constitucional la transición,
pero el Departamento de Estado procedió con cautela. El secretario de Estado
Dean Rusk no quiso otorgar el reconocimiento demasiado rápidamente, porque esto
demostraría a los militares que podían hacer lo que querían, sin temor a la
desaprobación de Estados Unidos. (4)
Por
cierto, el secretario Rusk pidió a la embajada en Buenos Aires que explicara a
los militares privadamente que Estados Unidos tendría que hacer una declaración
pública de los posibles efectos adversos de la situación argentina en la República
Dominicana, Venezuela, Perú y Ecuador, pero que dicha declaración no estaría
dirigida directamente a la Argentina, que ahora tenía un gobierno civil bajo
una constitución democrática. Tampoco ayudaba a McClintock en su campaña en
favor del reconocimiento la simpatía de la opinión pública norteamericana por
el gobierno de Frondizi, al que atribuía las virtudes de la libre empresa y la
democracia, y no le reconocía errores ni maquiavelismo. (5)
El
gobierno norteamericano discutió detenidamente las opciones que existían para
la actitud a asumir ante el cambio de gobierno ocurrido en la Argentina. La
primera opción era que debían establecerse relaciones con el nuevo gobierno
argentino “a falta de algo mejor”. El gobierno de Guido reunía las
condiciones para el reconocimiento, dado que controlaba el gobierno y el
territorio del estado, no había resistencia sustancial al mismo y tenía la
intención de cumplir con sus obligaciones internacionales. Además, según
algunos diplomáticos, ligar el reconocimiento al carácter constitucional del
nuevo gobierno haría perder “dignidad” a Estados Unidos, dado que el
proceso constitucional seguido en la Argentina era obviamente una fachada para
cubrir un cambio forzado por los militares. La segunda opción, en cambio,
consistía en castigar toda dictadura militar con una extensa dilación del
reconocimiento, para tratar de lograr una línea más afín a la política
norteamericana. De las alternativas que tenía el gobierno norteamericano,
McClintock señalaba que la menos mala era recibir la nota del ministro de
Relaciones Exteriores con la indicación implícita de que el gobierno
norteamericano concordaba con el carácter constitucional del gobierno
argentino. (6)
Algunos
funcionarios del Departamento de Estado presentaron al presidente John F.
Kennedy argumentos en favor de no demostrar desaprobación hacia los militares
argentinos. Por ejemplo, Arthur M. Schlesinger reconocía que, si bien esto podía
ser luz verde para otros golpes militares, Estados Unidos todavía no sabía lo
suficiente para desaprobar lo ocurrido en la Argentina. La desaprobación también
haría más difícil influir sobre el nuevo gobierno y Estados Unidos tendría
que tratar con Perú y otros países directamente y sin comentar la situación
argentina. La recomendación de Schlesinger era diferir relaciones formales, que
harían conocer la desaprobación pero no dejarían a Estados Unidos alejado de
sus apoyos. (7)
A
comienzos de abril de 1962, Francisco Guillermo Manrique, editor de El Correo
de la Tarde, emprendió una misión secreta ordenada por Guido para explicar
la situación argentina al presidente Kennedy y al presidente Betancourt. El
objetivo principal era persuadir a Kennedy de continuar las relaciones diplomáticas
y a Betancourt de abandonar su reclamo. La embajada en Buenos Aries recomendó a
Kennedy recibir al enviado debido a la frágil situación que se vivía en la
Argentina, donde los militares podían asumir directamente el poder o los
comunistas podían unirse a los peronistas e incitar al levantamiento popular.
Como McClintock lo señalara, Manrique y Guido eran fuerzas moderadas y se
identificaban con los intereses de Estados Unidos en este aspecto. Cuando
Manrique fracasó en hacer cambiar la posición de Betancourt, Kennedy lo intentó.
“Si bien he comprendido y simpatizado con su reacción inicial, y creo que un
contagio de golpes militares sería un golpe demoledor para el hemisferio”,
Kennedy escribió a Betancourt, “(...) yo creo que las instituciones democráticas
en la Argentina serían mejor servidas reanudando las relaciones normales”.
(8)
Por
cierto, en Brasil, la opinión pública era fuertemente opuesta a Guido, y el
presidente brasileño, Joao Goulart, había sabido por líderes sindicales
argentinos que existía peligro de guerra civil, si “la voz de la gente no era
escuchada”. “Habría sido mejor que Frondizi se hubiera quedado”, le dijo
Kennedy a Goulart, “aun si los peronistas hubieran fortalecido su posición,
antes que tener la situación de un gobierno militar con una posible reacción
civil”. Estados Unidos, luego de fracasar en Punta del Este en mantener sus
fuerzas en línea -principalmente Argentina, Chile y Brasil-, había sin embargo
continuado dando ayuda a estos países, pero la propaganda antinorteamericana en
la región no había cesado. Dada esta situación, Kennedy se preguntaba qué
debía hacer Estados Unidos en la presente crisis de la Argentina. Goulart
honestamente señalaba que si un programa de austeridad del FMI fuera aplicado a
Brasil, probablemente resultaría una situación similar. La Argentina tenía en
América latina la reputación como el mejor discípulo del FMI, y estaba
pagando el precio. (9)
Finalmente,
el 18 de abril de 1962 Estados Unidos reconoció el gobierno de Guido. En
Washington se sabía que un triunvirato de representantes de ejército, marina y
aeronáutica retenía el poder de veto sobre el gobierno civil de Guido. No
obstante, se percibía que el poder judicial y la prensa se mantenían libres y
que el gabinete contaba con hombres capaces. Se esperaba que esto ayudara a la
Argentina a encontrar una solución parlamentaria. Sin embargo, no sucedió así
y días más tarde Buenos Aires se enfrentaba a un posible conflicto armado
entre facciones del ejército. La solución parecía consistir en la anulación
de las elecciones del 18 de marzo en que habían triunfado parcialmente los
peronistas o por el Congreso o por decreto presidencial. La primera opción en
realidad era casi imposible, pues, si insistía en ella, Guido sería depuesto o
reemplazado por una dictadura militar. La situación del Congreso era crítica:
todavía estaba considerando la ley de sucesión y se lo amenazaba con la
disolución si no podía ser resolutivo. (10)
En
abril la situación se presentaba de tal manera que los militares tendrían que
forzar a Guido a actuar por decreto o destituirlo. Finalmente, el 25 de abril
Guido anuló las previas elecciones del 17 de diciembre de 1961 y del 18 de
marzo de 1962. La razón aducida era que los peronistas habían actuado como
sucesores de grupos legalmente proscriptos al seguir las órdenes de Perón y
adoptar un tono subversivo. Guido colocó al Congreso en receso, estableció un
programa de gobierno impidiendo el retorno del peronismo, y resolvió la
intervención federal a las provincias donde había ganado el peronismo. (11)
La
política exterior de Guido fue dirigida en su segundo gabinete por Bonifacio
del Carril. Asegurando que los militares estaban completamente a favor de la
restauración del proceso democrático, en su primer discurso del Carril señaló
de manera optimista que la Argentina estaba en el comienzo de una larga era de
presidentes constitucionales, en una transición similar a la que en el siglo
XIX había llevado de la dictadura de Rosas a la presidencia de Mitre. Del
Carril era un sostenedor de la política exterior de Estados Unidos y de la
ideología de Occidente. Había rechazado la abstención de Frondizi en Punta
del Este y su política independiente del Cono Sur. La UCRI lo había criticado
por su impropio elogio de otro país, recordándole que la adhesión a la política
exterior de otros países no era la manera de combatir el comunismo. Más bien,
lo que era necesario era combatir las condiciones del subdesarrollo, una
estrategia que estaba en la base de la política exterior de los países más
importantes del mundo democrático -que no necesitaba satélites sino naciones
libres. McClintock comentó en su informe que el movimiento del gobierno para
alejarse del neutralismo era gratificante, pero Del Carril debía ser más
discreto. (12)
El
3 de agosto de 1962, el canciller Del Carril envió una carta al secretario de
Estado Rusk, con motivo del reconocimiento del gobierno de facto del Perú. En
dicha carta definía las normas que a su juicio permitían establecer si un
gobierno de facto podía ser considerado democrático. Estas consistían en que
el gobierno en cuestión autolimitara sus poderes, mantuviera el orden y la
autoridad y cumpliera con sus obligaciones internacionales. También debía
llamar a elecciones en un plazo razonable de tiempo. Esto era una nueva doctrina
internacional, que desterraba el concepto tradicional del reconocimiento de un
gobierno por su sola existencia e implicaba ser juzgado por otros gobiernos. En
su respuesta, Rusk señaló que el concepto tenía un gran paralelismo con
muchos de los factores que habían influido en el reconocimiento del nuevo
gobierno del Perú por Estados Unidos. Expresó su deseo de que la norma fuera
ampliando su aceptación, si los gobiernos así lo querían. Del Carril, según
fuentes norteamericanas, se sintió extremadamente complacido con la respuesta
de Rusk, que terminaba su carta con una frase que apuntaba a conservar el apoyo
argentino a la política norteamericana, alimentando la megalomanía de los
funcionarios argentinos: “el papel de la Argentina en los asuntos de este
hemisferio y el mundo libre es importante”. (13)
NOTAS
McClintock al secretario de Estado, 22 de marzo de 1962, 7:59, NARA, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.
Memorándum de conversación entre Gainza Paz, Mario Octavio Amadeo, y Stevenson, Stevenson al secretario de Estado, 24 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files, 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.
McClintock, NARA, 15 de abril de 1962; NARA, 14 de abril de 1962 y 15 de abril de 1962; McClintock al secretario de Estado, 7 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-162.
McClintock al secretario de Estado, 4 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-162; Rusk a Embajada en Buenos Aires, secreto, 31 de marzo de 1962, 9:33 p.m., Nº 1866, NARA, 59, Central Decimal Files, 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; y Rusk a Embajada en Buenos Aires, secreto, 31 de marzo de 1962, 9:33 p.m., Nº 1867, ibid.
Ibid., Rusk a Embajada en Buenos Aires, Nª 1866; editorial del New York Times, 30 de marzo de 1962, NARA, 2 de abril de 1962.
Rusk a Embajada en Buenos Aires, secreto, 29 de marzo de 1962, Nº 1822, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162; y McClintock al secretario de Estado, secreto, 31 de marzo de 1962, ibid.; Edward A. Jamison a Wellman, secreto, 13 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/4-263; McClintock al secretario de Estado, secreto, 31 de marzo de 1962, 6:20 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1592, File 735.00/3-162.
Memorandum on attitude toward the Argentine situation, Schlesinger to Kennedy, 30 de marzo de 1962, Kennedy, National Security Files 1962, Box 6, File 3/16/62-3/31/62.
Kennedy to Betancourt, 17 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/4-262; McClintock al secretario de Estado, top secret, 3 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1596, File 735.02/3-2162.
Memorándum de conversación entre Joao Goulart y Kennedy, 4 de marzo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-162.
McClintock a Edwin M. Martin (secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos), declaración de política, de oficio, secreto, 31 de mayo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/5-162; NARA, 5 de abril de 1962 y NARA, 27 de abril de 1962; McClintock al secretario de Estado, 23 de abril de 1962, 11 a.m., NARA, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-1162; y McClintock al secretario de Estado, 23 de abril de 1962, 6 p.m., ibid.
McClintock al secretario de Estado, 24 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-1162; y McClintock al secretario de Estado, 26 de abril de 1962, ibid.; NARA, 3 de abril de 1962; “Report to Foreign Military Attachés by Argentine Armed Forces Leaders after Frondizi’s Overthrow”, McClintock al secretario de Estado, 16 de abril de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/4-1162; NARA, 24 de mayo de 1962; Alemann (embajador argentino en Estados Unidos), NARA, 1º de junio de 1962.
Memorándum de conversación entre Bonifacio del Carril (nuevo ministro de Relaciones Exteriores) y McClintock, McClintock al secretario de Estado, secreto, 4 de mayo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/5-162; McClintock al secretario de Estado, 10 de mayo de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/5-162; y Report of MIT to US Senate, 30 de marzo de 1960.
Bonifacio del Carril, “Estamos con Occidente porque somos Occidente, 1962", CARI, La política exterior argentina y sus protagonistas, 1880-1995, Buenos Aires, GEL, 1996, p. 168; McClintock citando a Mariano Grondona de La Nación, 16 de septiembre de 1962, McClintock al Departamento de Estado, 3 de octubre de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/10-162; y Rusk a Del Carril, 11 de septiembre de 1962, Kennedy, National Security Files 1962, Box 7, File 9/62; y McClitock al secretario de Estado, 12 de septiembre de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/9-162.
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