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A mediados de mayo de 1962, la embajada norteamericana percibía la situación en la Argentina como de un vacío político, con un público más bien apático que revolucionario. Estados Unidos era constantemente presionado para que ayudara al gobierno argentino, con la amenaza de que, si no lo hacía, se conformaría un frente popular que llevaría el país a la izquierda. El embajador McClintock señalaba que se ponía ante los ojos de los norteamericanos el espectro de que América perdería a la Argentina, de la misma manera que Cuba. La Argentina sufría, según los observadores de la embajada, de un mal político nativo denominado “acefalía”. Además de Guido, existían veinte mesías o líderes que pensaban que cada uno por sí mismo y a su manera estaba destinado a salvar a la Argentina. (1)  
    En junio los rumores de un inminente golpe se incrementaron. Tanto el Departamento de Estado como la embajada hicieron saber que un golpe militar que destituyera a Guido provocaría una reacción adversa en Estados Unidos. No obstante, los militares tenían confianza en que producido el golpe el reconocimiento vendría en un par de meses. Cuando estos rumores cesaron, surgió el grupo de Frigerio, señalando abiertamente a Estados Unidos como la real amenaza en América latina y postulando la destitución de Guido. Ante la crisis, McClintock advirtió que no había otra opción que apoyar al gobierno de Guido. Señaló que la visita del ministro de Economía, Alvaro Alsogaray, a Washington podía servir como excusa para una declaración de respaldo al gobierno civil. (2)  
    Resulta significativo que, al devolver al Departamento de Estado un borrador de una declaración de política, McClintock declarara su optimismo respecto de una futura era democrática para la Argentina, en el caso de que pudieran surgir líderes más ilustrados. También el embajador era optimista acerca de establecer una relación con el peronismo. Los peronistas eran la llave para el voto y tenían la mejor disciplina; McClintock argüía que no sería poco inteligente canalizar este elemento en un nuevo y efectivo partido con el cual fuera posible llevarse bien. Por otra parte, señalaba que la Argentina necesitaba democracia económica que haría posible la democracia política. McClintock concluía que su gobierno podía usar la crisis argentina para mostrar que la Alianza para el Progreso todavía conservaba su vigencia. (3) 
    El ministro de Economía Alsogaray trató vehementemente en su visita a Washington de convencer al gobierno norteamericano de que estaba ante “la última oportunidad de tener relaciones con un gobierno partidario de la libre empresa en la Argentina”. “Una dictadura”, le dijo a McClintock, “es tan cierta como que usted y yo estamos aquí sentados, a menos que podamos encontrar una respuesta inmediata a nuestro problema financiero”. Alsogaray planteaba que iba a costar más a Estados Unidos rectificar lo malo que pudiera suceder en el Cono Sur, que ayudar a la Argentina en ese momento. El ministro tenía en mente unos 200 millones de dólares en efectivo, para que la Argentina pudiera hacer frente a sus pagos. McClintock también era de la opinión que una bancarrota nacional llevaría a la dictadura militar. Por ello insistía en que su gobierno no debía atarse a los propios procedimientos, si querían que su ayuda resultara efectiva mientras todavía existía un gobierno al que se pretendía asistir. Su argumento era que sería mucho más difícil influir sobre un estado totalitario -y esto sería además malo porque luego de una dictadura de la derecha vendría una de la izquierda. Alsogaray señaló que los diplomáticos argentinos debían haber explicado muy mal el caso argentino, para no haber convencido al gobierno norteamericano de la urgencia de la situación, especialmente con el precedente establecido el año anterior de salvar gobiernos en crisis -éste había sido el caso de Brasil al que Estados Unidos otorgó 1.000 millones de dólares con el propósito de salvar al gobierno de Goulart. Y allí estaba la Argentina, “al borde de la catástrofe, con Estados Unidos diciéndole que debía arreglarse con 130 millones”. (4)  
    En Buenos Aires, McClintock trabajó activamente para evitar el golpe, pero por sus conversaciones con los golpistas, el mismo parecía inminente. Los argumentos de los últimos eran que, como el gobierno había proscripto a los peronistas, anulado elecciones y colocado al Congreso en receso, era legítimo tomar el control y restablecer la democracia, y que “una toma del poder no necesariamente era un acto inconstitucional”. (5)  
    La única solución constitucional que se promovía eran elecciones anticipadas y la candidatura de Aramburu. El grupo de Aramburu presionaba a McClintock para que otorgara su apoyo moral al ex presidente; también se lo hacía para que no diera legitimidad al gobierno de Guido y rechazara el pedido de créditos. Krieger Vasena, Aramburu y Manrique pronosticaban que, si Estados Unidos era tan “tonto” de otorgar un crédito a Alsogaray, esos fondos sólo servirían para superar un pequeño lapso y luego la crisis se renovaría. Aramburu sostenía que Estados Unidos no debía proveer ninguna asistencia material al gobierno de Guido hasta que una pronta fecha de elecciones fuera prevista. (6) 
    La situación del gobierno se hizo más precaria aún en agosto, y la marina pidió la renuncia de Guido el 11 de agosto de 1962. En un almuerzo con el almirante Pío Baroja y el almirante (R) Isaac F. Rojas, McClintock supo que la marina estaba detrás de la revuelta, especialmente los almirantes Carlos A. Sánchez Sañudo y Rojas. Además Baroja y Rojas trataron de convencer a McClintock de los peligros del comunismo, recordándole la predicción de Kruschev de que la Argentina sería el primer país sudamericano en ir hacia el comunismo, y que el peronismo era comunismo. No obstante, no trataron de justificar sus acciones, porque el caso era simplemente que la Argentina no podía correr el riesgo de elecciones libres por temor a un frente popular de peronistas y comunistas que eventualmente haría de la Argentina una Cuba continental. De todos modos, McClintock informó a sus superiores que continuaba tratando de mantener el presente gobierno en el poder. (7)  
    Los planes para el gobierno posterior al golpe estaban hechos. Habría una junta militar encabezada por una figura civil, si era posible. Si Estados Unidos no otorgara el reconocimiento, la Argentina seguiría lo mismo sin él. Las órdenes que McClintock recibió del Departamento de Estado para el eventual caso fueron de retener el reconocimiento, evitar contactos y suspender el desembolso de ayuda. El embajador hizo saber a los golpistas que, “aparte del reconocimiento, como un asunto de política práctica, estaría fuera de toda consideración del Congreso de Estados Unidos votar fondos de ayuda para un gobierno encabezado por una junta militar”. Esto fue confirmado por el embajador Alemann en sus conversaciones con los militares golpistas. (8)  
    A su vez, en sus charlas con los golpistas, McClintock objetaba pero se mostraba comprensivo, de manera de evitar colocar a aquéllos en la posición de desafío nacional a la intervención extranjera. No obstante, el embajador tenía preocupación por el golpe y sus líderes. La gran división que existía entre los militares, sin embargo, lo hacía confiar en el rol que podría desempeñar Estados Unidos -lo cual incluía incitar a una contrarrevolución. Por ello, prefería que el Departamento de Estado dejara las misiones militares y los attachés en su lugar, porque éstos habían podido ejercer presiones muy beneficiosas sobre los militares argentinos. McClintock también sugería que el Departamento de Estado consiguiera la ayuda de los aliados de la OTAN y que el asunto fuera colocado en la agenda del Consejo de ese organismo. Un golpe que en última instancia significara una toma castro-comunista de la Argentina tendría un efecto catastrófico en todo el hemisferio occidental y comprometería los intereses de Alemania Occidental, Italia, el Reino Unido y Francia. El Departamento de Estado estuvo de acuerdo, pero sugirió sondear a los países individualmente antes que a través de la OTAN. De esta manera, el Departamento pidió a sus embajadas en Europa que se acercaran a las cancillerías al nivel de secretario asistente o más alto, para solicitar que sus embajadores en Buenos Aires fueran instruidos para trabajar discretamente con McClintock. (9) 
    El jefe de Asuntos Americanos de la cancillería francesa, Roche, en un principio estuvo de acuerdo con el plan pero advirtió que este contacto debía ser realizado discretamente, porque de lo contrario los sensibles argentinos podrían considerar que los países de Europa Occidental estaban complotando en su contra. Finalmente, Roche cambió de idea y señaló que la posibilidad de ofender a los argentinos hacía el asunto muy riesgoso. El análisis de Roche sobre América latina era pesimista. Temía que Occidente hubiera puesto demasiada confianza en los cultos, comparativamente conservadores y pro-occidentales líderes latinoamericanos, con conceptos básicamente coloniales, y principalmente interesados en vender sus productos a Estados Unidos y Europa. Estos líderes habían perdido el poder, y las alternativas eran o las masas izquierdistas o los educados e inteligentes líderes militares con algún conocimiento de economía, pero cuyos gobiernos era desafortunadamente del tipo del de Nasser. Lamentablemente, en su opinión, Estados Unidos comenzó apoyando a esos gobiernos militares y el resultado fue que se colocó en situación difícil. El reciente reconocimiento norteamericano de la junta militar peruana demostraba a los eventuales golpistas argentinos que no era necesario preocuparse por la actitud a asumir por Estados Unidos ante un gobierno de facto. (10)  
    Mientras tanto, el grupo golpista que rodeaba al presidente Guido iba consolidando su posición y estaba decidido a implantar una dictadura con o sin el apoyo presidencial. La disolución del Congreso, a comienzos de septiembre, fue un paso decisivo. Las cámaras se hallaban en receso por decreto pero legalmente tenían la atribución de constituirse. Descartada la opción parlamentaria, el siguiente paso debía ser la anulación del grupo legalista de Campo de Mayo. (11)  
    El grupo legalista o “Azul” constituido en Campo de Mayo era partidario de un ejército profesional, deseaba ver el orden nuevamente implantado en el ejército y estaba a favor del pronto retorno a través de elecciones a un gobierno constitucional pleno. El primer paso en la campaña de los Azules fue la preparación de un documento que explicitaría claramente sus metas, fechado el 13 de septiembre de 1962. El memorándum acusaba a los generales a cargo del ejército en ese momento de trabajar con un grupo de almirantes y políticos para “adueñarse del poder e instalar un gobierno militar por varios años”. También los acusaba de mantener cercado al presidente para impedir su acción, de la implementación de políticas económicas y sociales con el propósito de aumentar las tensiones, y de hacer del ejército una institución ineficaz. El documento garantizaba el apoyo de Campo de Mayo al presidente y la acción necesaria para restaurar el gobierno constitucional, advirtiendo su oposición inmediata contra cualquier acción del grupo que propiciaba la dictadura de postergar las elecciones anunciadas. (12) 
    El 18 de septiembre los legalistas solicitaron al secretario de Guerra la remoción del comandante en jefe y del jefe del estado mayor. Como respuesta el secretario relevó de sus puestos a los comandantes del Cuerpo de Caballería y de Campo de Mayo. Esto dio comienzo al enfrentamiento entre Azules y Colorados (términos utilizados para denominar las fuerzas propias y enemigas en las prácticas militares), situando el general Onganía su puesto de mando en la Escuela de Logística de Campo de Mayo. El presidente -que había dado su apoyo a los legalistas siempre que éstos demostraran que tenían fuerza suficiente- ordenó a Onganía subordinarse al secretario de Guerra, pero el primero se mantuvo irreductible. El choque parecía inevitable, produciéndose un gran despliegue de unidades de tropas de combate de ambos lados. El presidente ofreció su renuncia a los secretarios de las tres armas, pero éstos le manifestaron su apoyo. Justamente el esfuerzo del comando Azul en el sentido de sostener la lealtad al presidente Guido, mientras se rebelaba contra la cúpula del ejército, se complicó debido a la actitud asumida por el gobierno. Onganía fue citado por el presidente y éste, en presencia del ministro de Defensa y de los secretarios de las tres armas, ordenó al jefe rebelde que depusiera su actitud. Onganía contestó esa noche que no podía acatar la orden. Los tres secretarios propusieron entonces aplicar el plan Conintes a fin de combatir la insurrección interna, pero el presidente, si bien asintió, dispuso que no se abriera fuego contra las fuerzas Azules sin su consentimiento, lo cual limitó en gran medida a las fuerzas Coloradas que sostenían a la cúpula del ejército. 
    Un cambio decisivo se produjo al día siguiente, cuando el comando de combate de la fuerza aérea anunció que no participaría en la represión del movimiento Azul. Asimismo, en el ejército comenzaron las deserciones en favor del último. Ante la inminencia de los choques armados, un grupo de civiles también comenzó negociaciones. Hubo una nueva reunión de Onganía con el presidente y su gabinete pero sin resultados. El 20, Guido logró que ambos bandos aceptaran una tregua. Onganía fue llamado nuevamente por el presidente y, luego de mantener una conversación en privado, el jefe rebelde pasó a reunirse con los secretarios de las tres fuerzas. Allí se presentó inmediatamente Guido con una carta que leyó a sus interlocutores y en la que presentaba su renuncia ante la Corte Suprema. Además mencionaba en ella la situación militar, su falta de disposición para asumir ante la historia la responsabilidad de derramar sangre y, debido a su incapacidad para evitarlo, su decisión de renunciar a su cargo. Ante el hecho, luego de dialogar entre ellos, los militares pidieron a Guido y los demás miembros del gabinete que se les unieran. El secretario de Defensa solicitó entonces al presidente en nombre de los oficiales presentes que retirara su renuncia. Guido, en conocimiento de que Onganía estaba de acuerdo, accedió. El episodio ha sido motivo de polémica, dado que no quedaron registros del mismo y su resultado quedó sin efecto en pocas horas.  
    Contra lo presuntamente acordado en las reuniones del día anterior, el 21 las tropas Azules continuaron sus movimientos, ordenados probablemente por comandantes que actuaron por decisión propia. Esto llevó a que se renovaran también las operaciones en el bando opuesto. Los pilotos de la fuerza aérea comenzaron a actuar en apoyo del bando Azul. Luego de una serie de operaciones, la victoria de los Azules quedó claramente manifiesta. Contribuyó a ésta la unidad de objetivo y el espíritu de cuerpo de los jefes Azules, las metas de su movimiento que tenían gran aceptación entre los oficiales del ejército, el rechazo de la imagen de politización que irradiaban los jefes Colorados, y el papel jugado por el presidente que, si bien instó a las partes a aceptar una tregua y volver a los cuarteles, benefició al bando Azul con algunos actos. Cuando finalmente Guido legitimó el triunfo Azul, el ministro de Defensa y el secretario de Marina presentaron su renuncia. Los jefes de la marina intentaron entonces reorganizar el gobierno, pero los comandantes Azules se pronunciaron por la continuidad del presidente Guido. La preferencia del presidente por el bando triunfador se hizo evidente el 22 de septiembre, cuando anunció que el general Onganía era designado comandante en jefe del ejército. Con este nombramiento, Guido esperaba poder establecer el clima que le permitiera llegar al restablecimiento del gobierno constitucional, elecciones mediante.  
    Por cierto, los sublevados desarrollaron una campaña propagandística, difundiendo por radio una serie de comunicados. El último de éstos, el número 150, emitido ya cuando el grupo Azul podía considerarse victorioso, sintetizaba los compromisos asumidos de una pronta restauración del gobierno constitucional por medio de elecciones en las que participaran todos los sectores de la población, pero rechazando a la vez cualquier retorno al pasado, en franca alusión al régimen de Perón. Tratar de conciliar esas dos premisas era el enorme desafío que enfrentaba el gobierno de Guido. 
   
Como consecuencia de la crisis, se llevó a cabo una reestructuración ministerial . Fueron designados nuevos secretarios de las tres armas; Alvaro Alsogaray continuó como ministro de Economía hasta su renuncia a comienzos de diciembre; Rodolfo Martínez fue designado ministro del Interior; José Manuel Astigueta finalmente aceptó el ministerio de Defensa; Carlos M. Muñiz fue el nuevo canciller, y Alberto Rodríguez Galán fue nombrado en Educación y Justicia.  
    El 9 de octubre, al tomar juramento a sus subsecretarios, el nuevo canciller Muñiz señaló los puntos que guiarían su gestión: la diplomacia como vocación y la percepción de la situación de Cuba en un contexto hemisférico. Ya no se trataba de afirmar retóricamente la pertenencia a Occidente sino de asumir la causa de Occidente, apoyando solidariamente la acción de sus líderes. En otros términos, la Argentina reafirmaba el abandono del neutralismo y anunciaba la puesta en práctica de una solidaridad activa en el continente. (13)  
    Poco después de superada la crisis interna, se produjo uno de los episodios más importantes que en tiempos de paz debió enfrentar el hemisferio occidental. La instalación de misiles intercontinentales soviéticos en la isla de Cuba fue la causa de un muy serio enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Un avión U-2 había logrado tomar fotografías que probaban -según lo especificó el secretario de Defensa, Robert McNamara, años después- la construcción de seis plataformas de lanzamiento de doble proyecto, apoyadas por nueve misiles tácticos provistos de ojivas nucleares. Estos proyectiles eran de alcance intermedio y podían atacar muchas ciudades del hemisferio occidental, desde Canadá hasta Lima. Además, un convoy de barcos de carga soviéticos se dirigía a Cuba transportando cohetes de largo alcance. Luego de analizar las distintas opciones -desde bombardear e invadir la isla al bloqueo de la misma y la intimación a Kruschev para que retirara los misiles-, el presidente Kennedy decidió el 22 de octubre establecer una cuarentena alrededor de la isla, e intimar a Nikita Kruschev a que retirara los misiles y suspendiera la construcción de las bases. (14) 
    Kennedy expresó que hasta ese momento tanto su país como la Unión Soviética habían establecido sus armas nucleares sin modificar el precario statu quo. La secreta decisión de la Unión Soviética de emplazar armas estratégicas fuera de su territorio constituía para el presidente norteamericano “un cambio injustificado y deliberadamente provocativo en el statu quo” que no podía ser tolerado por Estados Unidos. Por ello, y de acuerdo a las atribuciones que le confería la constitución de su país, Kennedy anunció esa noche del 22 de octubre que había ordenado varias medidas: a) la estricta cuarentena -bloqueo- a todo material militar que fuera enviado por mar a Cuba; b) la vigilancia sobre las construcciones militares en la isla, quedando justificada toda acción ulterior norteamericana en caso de que aquéllas continuaran; c) el gobierno norteamericano consideraría “cualquier misil nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier país del hemisferio como ataque directo de la Unión Soviética a los Estados Unidos”; d) el refuerzo de la base de Guantánamo; e) el pedido de convocatoria de una reunión extraordinaria del Consejo de la OEA, para que actuara provisionalmente como órgano de consulta; f) convocar inmediatamente una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, alegando una amenaza a la paz mundial; y g) emplazar al ministro Kruschev a que detuviera la provocación y estabilizara las relaciones entre ambas naciones. (15)  
    Al día siguiente, en el curso de una comida en la Casa Blanca, a la que asistía el argentino Miguel Angel Cárcano, el presidente Kennedy recibió la noticia, pasada la medianoche, de que los rusos habían retrocedido, es decir, que habían acatado el bloqueo impuesto por Estados Unidos. El presidente agradeció a Cárcano que la Argentina hubiera sido el primer país en apoyar el pedido de ayuda, haciendo retroceder un barco que la Argentina acababa de adquirir en astilleros norteamericanos. La política exterior argentina había cambiado luego de la caída de Frondizi, y pretendía ahora reafirmar la pertenencia de la Argentina al mundo occidental, ejerciendo una activa solidaridad frente a amenazas extracontinentales. El mismo 22 de octubre, Kennedy envió una carta a Guido pidiendo la cooperación en la cuestión de los misiles cubanos. El presidente argentino le respondió el 24, ratificando que la Argentina estaba del lado de Estados Unidos y prometiendo su colaboración. (16) 
    En la OEA se resolvió por unanimidad convocar una Reunión de Consulta, actuando provisoriamente el Consejo como órgano de consulta. Bolivia -que volvía a la organización después de haberse retirado en junio de 1962- por no estar de acuerdo con las actuaciones en la cuestión del Río Lanca con Chile- y Uruguay se abstuvieron por carecer de instrucciones. El representante argentino Rodolfo Weidmann afirmó que percibía con gran preocupación la situación y que un hecho de esa naturaleza ponía en peligro la paz de América. Dean Rusk presentó un proyecto de resolución, que fue inmediatamente aprobado -si bien con algunas abstenciones respecto de parte de su contenido-, sancionando por primera vez en el sistema interamericano la eventual utilización de la fuerza armada. Luego de obtener el apoyo de los países latinoamericanos, invocando la resolución de la OEA el día 23 el gobierno norteamericano sancionó oficialmente el bloqueo, un día después de haber establecido la cuarentena. El día 24 el representante argentino Weidmann informaba al presidente del Consejo de la OEA que su gobierno había resuelto la cooperación de la marina de guerra en la medida que fuera necesario en la defensa del continente. El 28 se anunciaba la partida de los destructores Rosales y Espora. (17)  
    Por cierto, la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a instancias del secretario U-Thant, no tomó ninguna resolución para permitir que las superpotencias mantuvieran una negociación bilateral. El gobierno norteamericano aseguró al embajador Dobrynin que, si la Unión Soviética retiraba el material militar desplegado en Cuba, se garantizaba que Cuba no sería invadida y que los misiles instalados en territorio turco serían retirados.  
    El 28 de octubre el secretario Rusk convocó al embajador argentino y a los representantes ante la OEA para comunicarles la evolución de los acontecimientos. Rusk agradeció la decisiva intervención de la OEA y el efecto que su resolución había alcanzado en Moscú. Informó también que ese mismo día había recibido la propuesta de Kruschev de desarmar las bases, con la condición de que Estados Unidos asumiera el compromiso de no atacar Cuba y de levantar el bloqueo naval. El gobierno norteamericano había aceptado, poniendo a su vez  la condición de que el secretario general de la ONU controlara la realización de las medidas y que el bloqueo naval continuara hasta que los acuerdos se pusieran en vigencia. Los pedidos de Castro de participar de las negociaciones y de que se le devolviera la base de Guantánamo no tuvieron eco.  
    Por su parte, la cancillería argentina instruyó a su representación en la OEA para que presentara una resolución con el propósito de lograr la coordinación de las contribuciones militares.  La misma fue aprobada el 5 de noviembre. Además de los destructores Rosales y Espora enviados para participar de la cuarentena, el jefe de la fuerza aérea argentina ofreció la colaboración de su arma a su par norteamericano, hecho que generó considerable disgusto en los ministros de Defensa y de Relaciones Exteriores que debían haber participado de la determinación, y motivó que la prensa preguntara al presidente si era normal que la ayuda militar fuera ofrecida por el comandante de la fuerza y no por el jefe del gobierno. No obstante, el gobierno autorizó a la aeronáutica a preparar un grupo de tres aviones para participar de las operaciones, y anunció que el ejército argentino procedería a instruir una brigada para colaborar en el mantenimiento de la paz continental, en el caso de que fuera necesario. (18) 
    El embajador argentino en Washington tuvo, a comienzos de noviembre, una reunión privada con Adlai Stevenson. El embajador manifestó que los países de América latina, incluida la Argentina, estaban preocupados por la posibilidad de que el gobierno cubano fuera a obtener “un compromiso de no invasión” por parte de los países del continente que lo dejarían en libertad de continuar su campaña subversiva en la región. Stevenson respondió que, de acuerdo con los acuerdos de Punta del Este, un gobierno comunista era incompatible con el sistema interamericano. Expresó que sería de interés tratar la posibilidad de un acuerdo por el cual los países latinoamericanos exigieran al gobierno de la Unión Soviética -como parte del compromiso de no invadir asumido por el gobierno norteamericano- el compromiso de no enviar más armamento a Cuba y que este país cesara su interferencia en los asuntos de la región.  
    Finalmente, el 20 de noviembre el presidente Kennedy levantó la cuarentena después de llegar a un acuerdo con los soviéticos de que éstos desmantelarían los proyectiles emplazados en Cuba. Dos días después la embajada norteamericana entregaba a Guido una carta del presidente Kennedy, en la que éste informaba sobre los pasos que se estaban llevando a cabo para proceder al desmantelamiento de las instalaciones y agradecía el respaldo otorgado por el gobierno argentino. La cuestión de los misiles terminó de solucionarse en enero de 1963. El reconocimiento norteamericano por la colaboración argentina fue transmitido nuevamente en una carta de Rusk al canciller Muñiz del 10 de diciembre, y en una invitación al último para visitar Estados Unidos. La visita tuvo lugar a partir del 22 de enero de 1963 y Muñiz se entrevistó con el presidente Kennedy y con el secretario Rusk, siendo recibido como un jefe de estado. 
    Por otra parte, solucionada la crisis interna, el gobierno argentino debió considerar sus relaciones con los países de Europa Occidental y Japón, sobre todo lo concerniente a deudas que no habían podido saldarse. Así, en octubre de 1962 el gobierno argentino entregó una nueva propuesta para el refinanciamiento de la deuda con dichos países, solicitando que los pagos que debían efectuarse entre 1963 y 1965 fueran refinanciados durante 13 años. Los gobiernos acreedores consideraron el plazo demasiado largo. No obstante, el gobierno británico estaba dispuesto a colaborar en el marco de una ayuda conjunta por parte de los gobiernos acreedores y del Fondo Monetario Internacional. El Reino Unido sostenía que el refinanciamiento no debería incluir las deudas ya refinanciadas y/o cubiertas por los Acuerdos de Consolidación de Deudas de 1957 y 1961 firmados en París. Un crédito de 10 millones de libras cubriría el 50% del capital de las deudas comerciales con el Reino Unido con plazo en 1963 y 1964. Si se aplicase esta misma fórmula a todas las deudas con los países de Europa Occidental, la Argentina recibiría 10 millones de pesos que era el déficit comercial calculado para el año 1963. La posición del Reino Unido era seguir el precedente de Brasil y la refinanciación de 1961, lo que implicaba un plazo de 10 años. (19)  
    El ministro de Economía, Alvaro Alsogaray, sostenía que los problemas de la Argentina eran ocasionados por el corto plazo de su endeudamiento. Por lo tanto, la solución se encontraba en un refinanciamiento de los créditos o el otorgamiento de nuevos créditos. El Fondo Monetario Internacional solicitaba que la cooperación fuera equitativa entre los gobiernos europeos y el gobierno de Estados Unidos. (20)  
    En un informe del Banco de Inglaterra al Tesoro británico, se señalaba que las deudas argentinas alcanzaban los 284 millones de pesos de los cuales 146 millones correspondían a deudas comerciales, 37 millones a la importación de maquinarias, y 101 millones al sector financiero. Los principales países acreedores eran:

Deuda externa 1962
(millones de pesos)

  Comercial Maquinarias Financiera Total
EEUU 26 15 44 85
Alemania 42 8 12 62
Italia 25 4 7 36
Suiza 6 2 20 28
Reino Unido 15 3 1 19
Otros 32 5 17 54
Total 146 37 101 284
Fuente: FO, 371/162101, 10-8-1962.

En septiembre de 1962, los representantes del Club de París se reunieron con el ministro de Economía Alsogaray, quien presentó la propuesta del gobierno argentino. Esta sostenía el refinanciamiento de las deudas a cancelar entre 1963 y 1965 -algunas de las cuales ya habían sido refinanciadas en los Acuerdos firmados en 1957 y 1961. Las deudas se refinanciarían por diez años de manera que la Argentina pagaría el 5% en los términos acordados en 1957 y 1961 y 10% por año hasta cancelarlas con un pago del 15%. La opinión de los representantes de los gobiernos acreedores era que la propuesta era excesiva teniendo en cuenta la situación política argentina, el nivel del endeudamiento, y el nivel de la contribución europea en relación con el déficit comercial estimado. Los europeos propusieron un refinanciamiento del 50% de los créditos que se cancelaban en 1963 y 1964, sin refinanciar las deudas negociadas anteriormente en el marco del Club de París. De ser aceptada esta propuesta, los europeos estarían dispuestos a refinanciar una parte (15 millones de pesos) de la cuota de 60 millones que debía pagarse en 1963. (21)  
    En febrero de 1963, el gobierno argentino le solicitó a los países acreedores el aumento del porcentaje de deuda refinanciada, la propuesta era incrementar el porcentaje de 50 a 80%. Algunos países acreedores estarían dispuestos a otorgar un refinanciamiento del 100% de la deuda que se debería cancelar en 1963. Los países pertenecientes al Club de París autorizaron el refinanciamiento sólo del 50% de la deuda argentina. El Fondo Monetario Internacional había solicitado el incremento del porcentaje a 80%, debido a que el déficit fiscal argentino era muy grande y el gobierno argentino necesitaría apoyo presupuestario. El Club de París decidió no aumentar el porcentaje, pero otorgó libertad a los países miembros para negociar bilateralmente con la Argentina la consolidación de deudas. Las razones por las cuales la propuesta de aumento del porcentaje había sido rechazada eran que los gobiernos europeos no querían sentar un precedente de ayuda presupuestaria a países de América latina. El argumento argentino no era convincente ya que, de acuerdo a estimaciones de los europeos, el gobierno argentino tenía reservas suficientes para afrontar los pagos. El argumento político de que una medida de este tipo colaboraría en estabilizar la situación política argentina no era considerado convincente por los representantes europeos. En particular, el Reino Unido expresaba que, a través del déficit comercial de su balanza con la Argentina, se le otorgaba un subsidio para financiar su balanza de pagos. (22)  
    Finalmente, el acuerdo bilateral firmado sostenía que el Reino Unido le otorgaba un crédito a la Argentina por 10 millones de libras para asistir al gobierno argentino con el pago de las deudas vencidas entre el 1º de enero de 1963 y el 31 de diciembre de 1964. El acuerdo sólo consideraba las deudas comerciales de mediano plazo. (23) 
    Por otra parte, a comienzos de 1963, una misión viajó a Washington para discutir la situación argentina. El canciller Carlos Muñiz, el embajador argentino Roberto Alemann y un asesor económico se reunieron en la tercera semana de enero con el secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos, Edwin M. Martin, otro funcionario de apellido Moscoso (CAP) y el embajador McClintock. El asunto principal era convencer al gobierno norteamericano de la situación de emergencia que atravesaba la Argentina. Las medidas que eran positivas para el país habían sido negativas para la gente y ésta demandaba un cambio. Era cada vez más difícil resistir la presión popular, señaló el ministro Muñiz, de manera que, si no se producía una mejoría, Guido tendría que cambiar al equipo económico y adoptar una economía dirigida. Moscoso insistió en la tesis norteamericana de que la Argentina debería autoayudarse haciendo un ajuste, por medio de la reducción de los subsidios al transporte y a YPF, el control de los inventarios de SOMISA, y el cobro los impuestos no pagados, unos 29.000 pesos. Martin y sus colegas se mostraron asombrados ante la insistencia argentina de que no había dinero para pagar los impuestos, cuando las exportaciones de 1962 habían aumentado 25% respecto de las de 1961, había habido una fuerte alza en la bolsa en las semanas previas, y Estados Unidos tenía información de que la Argentina no estaba presionando suficientemente. (24) 
    Todos los miembros del gobierno argentino estaban ahora a favor de la solución electoral, pero si la gente tenía que enfrentar nuevas demandas económicas, el apoyo a dicha solución se vería disminuido. La demanda del FMI de 15.000 pesos de aumento en los impuestos era imposible, porque, a pesar de que la Argentina estaba cobrando entre 8 y 10.000 pesos por mes en impuestos, esto no era ni siquiera suficiente para pagar los créditos consolidados sobre una base mensual. Respecto de impuestos atrasados, el gobierno los estaba cobrando gradualmente, pero los incentivos para la inversión extranjera también disminuían los ingresos del gobierno. (25) Tampoco era posible una reducción de 15.000 pesos en los gastos del presupuesto, principalmente por los ferrocarriles e YPF. Incluso el cobro de impuestos atrasados, que Estados Unidos no consideraba un gravamen para la gente, era difícil a la luz de las malas condiciones para los negocios en el país. Siempre presente en la mente de la gente -recordó Muñiz- estaba el “ilusorio” buen pasar de la época de la época peronista, un contraste fuerte con los gobiernos subsiguientes. A pesar de que Moscoso insistió en que la Argentina estableciera un plan económico para hacer frente a los problemas básicos y no sólo a los síntomas, el canciller Muñiz presentó al secretario Rusk un memorándum donde se explicitaba claramente que la Argentina necesitaba ayuda de emergencia. El plan del gobierno argentino incluía un rápido arreglo con el FMI; la refinanciación de 75 millones de dólares, la mitad por los europeos y la otra mitad por bancos privados norteamericanos y un crédito de emergencia para los problemas causados por una severa sequía. Un acuerdo de garantía de inversión que esperaba ser firmado traería 120 millones de dólares en capital americano. Aunque esta cifra era buena económica y psicológicamente, no alcanzaba para hacer frente a las necesidades de inversión extranjera de la Argentina. De acuerdo con Alemann, se necesitaban entre 250 y 300 millones de dólares.
    Muñiz y Alemann tuvieron también una entrevista con el presidente Kennedy, a la que asistieron también Martin, McClintock y otro funcionario Dungan. Las negociaciones eran difíciles para los argentinos, porque éstos debían transmitir a Kennedy el sentido del peligro militar sin alienarlo, un asunto crucial en las relaciones bilaterales de los ’60. Muñiz, para enfatizar la situación de emergencia y refutar la percepción norteamericana de que todo lo que debía hacerse era decir a los militares que el equipo económico necesitaba más tiempo, reveló la existencia de un ultimátum militar. Los generales Onganía y Rattenbach habían dicho al ministro que la economía debería mejorar para fines de enero o tendría que renunciar. Considerando que la Argentina estaba bajo un gobierno civil, Kennedy y Martin se sorprendieron por el poder que tenían los militares. (26)
 
    Muñiz se dio cuenta de que había cometido un error en la imagen que transmitió de los militares, y trató de repararlo en su encuentro con el secretario de Estado Rusk. Habló extensamente sobre los militares, señalando que pocos años atrás sus ultimátums eran abruptos y egoístas, pero ahora eran expresados en términos más suaves. Los militares eran más semejantes a hombres de estado y tenían una mente civil. Muñiz describió el mensaje de los militares al gobierno como un aviso de que la inestable situación debía ser remediada, y aseguró que los militares estaban interesados en proporcionar una solución constitucional a la crisis política. Muñiz sostuvo que había sido siempre antimilitar, pero que en el presente los militares estaban tratando de evitar una situación que pudiera volverse incontrolable, si la situación económica empeoraba. Muñiz aseguró que los militares no habían escrito un ultimátum, aunque admitió que eso pudo haber sugerido en su encuentro con Kennedy. (27) 
    De todos modos, la percepción sobre la Argentina transmitida por el ministro Muñiz a Kennedy no era demasiado diferente a la que la embajada norteamericana en Buenos Aires describía a su gobierno. Por un lado, se ponía el acento en que los militares apoyaban un pacífico retorno al gobierno constitucional y se había establecido la fecha de las elecciones. No obstante, por otro lado existía una crisis: los trabajadores habían soportado bajo salarios y falta de pago durante ocho años, y sería poco menos que un milagro que se mantuvieran en calma. Había una presión creciente sobre el gobierno de Guido para que modificara la economía de libre empresa -con su insistencia en las finanzas ortodoxas-, reemplazándola por una economía dirigida con control de cambios y demás indicadores propios de una economía de este tipo. Objetivamente, la Argentina tenía la última responsabilidad, pero si no recibía pronto algún tipo de ayuda, el equipo económico sería obligado a renunciar, especialmente cuando el público comenzaba a sentirse atraído hacia un estilo brasileño de economía dirigida. (28)  
    La tensión estuvo presente en estas conversaciones, sobre todo en virtud de lo que se esperaba de una administración que promovía la Alianza para el Progreso y necesitaba socios contra el comunismo. Kennedy mencionó con franqueza las razones por las cuales necesitaba a la Argentina. Dijo además que apreciaba la pronta participación de la Argentina en la cuarentena cubana, que impidió que Estados Unidos fuera percibido como complotado contra una pequeña nación latinoamericana. La ayuda argentina había permitido que el hemisferio occidental se mostrara unido contra el comunismo. Kennedy preguntó abiertamente qué era lo que la Argentina quería, pero previno que Estados Unidos no podía rescatar a todos los países en América latina o en el mundo. Aun si Estados Unidos pudiera encontrar fondos para ayudar a la Argentina, el dinero podría ser consumido por la inflación o fugarse en pagos a los europeos u otros acreedores. Por cierto, Estados Unidos no podría ayudar, a menos que la Argentina pudiera hacer arreglos con sus acreedores europeos, con los bancos norteamericanos, y tomar medidas para precaverse de la inflación. 
   
Muñiz respondió a Kennedy que no necesitaba mucho, pero lo necesitaba urgente. La sugerencia de renovar el crédito de 75 millones de dólares de varios bancos, pagado recientemente, y el acuerdo de Garantía de Inversión con Estados Unidos eran valiosos, pero no podían ayudar con el ultimátum. El gobierno norteamericano se encontró -según el informe del funcionario presente en la entrevista- en la posición de ser “asaltado” por los militares argentinos. Si el gobierno norteamericano no ayudaba a conseguir la renovación del crédito standby del FMI, que permitiera una postergación de los vencimientos europeos, proporcionara asistencia para las áreas afectadas por la sequía, y ayudara a llenar la Tesorería pública con 50 o 70 millones de dólares, no se dispondría de más tiempo. Guido, en una carta a Kennedy, asemejaba la situación de la Argentina a la hora once de la crisis que Estados Unidos sufriera en octubre anterior, cuando debió tomar medidas inmediatas respecto de Cuba. (29)  
    Muñiz salió de las conversaciones en Washington con la sensación de que la diplomacia personal había tenido éxito, y que Rusk se mostraba como un buen amigo y sinceramente interesado en la Argentina. El secretario había asegurado a Muñiz que no existía ningún asunto político que obstaculizara la ayuda a la Argentina, pero que la asistencia práctica necesaria en ese momento era un problema, porque el gobierno norteamericano consideraba que las emergencias se estaban volviendo permanentes. Rusk señaló que la estabilidad era necesaria para el comercio internacional y la Alianza. Muñiz enfatizó el carácter limitado de los pedidos argentinos, afirmando que la emergencia terminaría en seis meses. Defendió al equipo económico argentino, pero dijo que había estado usando analgésicos para una enfermedad mayor. (30)  
    Febrero pasó sin que el ultimátum de los militares sobre el gobierno de Guido se llevara a cabo. Estados Unidos respondió con alguna ayuda de emergencia, y por cierto no pudo haber causado mal efecto que el jefe del Estado Mayor del ejército norteamericano condecorara a Onganía. En una visita a las instalaciones de dicho ejército, Onganía había dejado la impresión en sus anfitriones como “reservado, no pretencioso, confiado en sí mismo, y muy afectado por el reconocimiento de la Legión al Mérito”. El ejército norteamericano tuvo a Onganía en alta estima como no ambicioso políticamente y partidario de la modernización de los militares argentinos con el propósito de mantenerse fuera de la política. Respecto de la política hemisférica, Onganía apoyaba la creación de una brigada móvil, como contribución de la Argentina a una alianza militar interamericana siguiendo las líneas de la OTAN. (31) 
    Sin embargo, en la Argentina la condecoración de Onganía fue percibida como intervención en los asuntos del país. No se trataba de la condecoración en sí, sino de la justificación para la misma que resultó chocante. El honor fue sustentado en “los servicios excepcionales prestados por Onganía entre septiembre de 1962 y enero de 1963, cuando el general se colocó a sí mismo a la cabeza del ejército y asistió a un gobierno civil establecido en elecciones libres de acuerdo con la constitución del país”. Esto significaba esencialmente una evaluación de una política interna argentina por un gobierno extranjero, apoyando al jefe de una facción militar victoriosa y pronunciándose sobre la constitucionalidad del gobierno de Guido. Más aún, Onganía era citado por su apoyo a “la decisión del gobierno argentino de sostener la posición de la OEA en contra de la agresión comunista en el hemisferio occidental” y por su contribución “en gran medida a alcanzar los objetivos nacionales argentinos”. Por respaldar la posición de Onganía, que no era apoyada por los peronistas, algunos sectores de los radicales intransigentes, los socialistas de izquierda, los ultragorilas y otros, el gobierno norteamericano era percibido como estableciendo objetivos nacionales para la Argentina. Cuando el partido Republicano gobernaba Estados Unidos, los argentinos sintieron que había habido “menos sofistería y menos intervención”. (32)

  1. McClintock al secretario de Estado, comentario sobre un editorial del New York Times, 5 de mayo de 1962, 1:34 a.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/5-162; Memorándum de conversación entre Guido y McClintock, McClintock al secretario de Estado, 8 de junio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/6-162; y McClintock al secretario de Estado, 1º de junio de 1962, ibid.

  2. McClintock al secretario de Estado, 8 de junio de 1962, 6:58 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/6-162; NARA, 19 de junio de 1962; y Departamento de Estado a Embajada en Buenos Aires, 19 de junio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/5-362; McClintock al secretario de Estado, 22 de junio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1593, File 735.00/6-162; y Democracia, Embajada en Buenos Aires al Departamento de Estado, 25 de junio de 1962, ibid., Box 1221, File 611.35/5-362; McClintock al secretario de Estado, NARA, 23 de junio de 1962.

  3. McClintock a Martin, carta adjunta a declaración de política de mayo de 1962, secreto, 31 de mayo de 1962; enviado como memorándum a Dugan, Casa Blanca, a través de McGeorge Bundy, de William H. Brubeck (secretario ejecutivo), 6 de junio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960.63, Box 1593, File 735.00/6-162.

  4. McClintock al secretario de Estado, comentario de Alsogaray a McClintock, secreto, 2 de julio de 1962, sección uno de dos, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/7-262; ibid., sección dos de dos.

  5. McClintock al secretario de Estado, 3 de julio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/7-262; NARA, 7 de agosto de 1962; memorándum de conversación con el general Carlos J. Rosas el 18 de julio de 1962, Embajada en Buenos Aires al Departamento de Estado, 19 de julio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/7-262; memorándum de conversación entre Manuel Reimundes y Brogan (funcionario de la embajada), McClintock al Departamento de Estado, 6 de julio de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/7-262.

  6. Memorándum de conversación entre Adalbert Krieger Vasena, Pedro Eugenio Aramburu, Francisco Guillermo Manrique y McClintock; McClintock al secretario de Estado, secreto, 16 de julio de 1962; McClintock al secretario de Estado, secreto, 24 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162.

  7. McClintock al Departamento de Estado, 20 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; McClintock al secretario de Estado, 11 de agosto de 1962, 2 a.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; McClintock al secretario de Estado, 14 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; McClintock al secretario de Estado, 14 de agosto de 1962, 6 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162. McClintock describía al almirante Rojas como un “iluminado” en el sentido latinoamericano del término, lo cual significaba que “su muy aguda inteligencia bordeaba de cerca la insanía”. Ibid., File 735.00/8-162.

  8. Attaché de ejército al secretario de Estado, secreto, 14 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; Ball a Embajada en Buenos Aires, secreto, 16 de agosto de 1962, ibid.; y McClintock al secretario de Estado, secreto, 22 de agosto de 1962, ibid.; memorándum de conversación entre Alemann (embajador argentino), Martin (secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos), Herbert May (delegado del secretario asistente anterior), Bruce M. Lancaster (funcionario a cargo de los Asuntos de la Argentina); Departamento de Estado a Embajada en Buenos Aires, 31 de agosto de 1962, ibid.; Mc Clintock al secretario de Estado, secreto, 14 de septiembre de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162. Cuando McClintock transmitió la advertencia sobre la posible pérdida de prestigio en el caso de un golpe, Rojas contestó que tal vez le haría bien a la Argentina seguir a solas. “Nuestra gente necesita una sacudida”, dijo, “de manera de alcanzar un sentido de conciencia cívica”. McClintock respondió que esperaba que tuviera razón, porque algo debía terminar con el “estado de cinismo-cum-apatía que hacía de la Argentina presa de cualquier aventurero”. McClintock al secretario de Estado, 14 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162.

  9. McClintock al secretario de Estado, secreto, 17 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; McClintock al secretario de Estado, 14 de agosto de 1962, ibid.; NARA, secreto, 17 de agosto de 1962; McClintock al secretario de Estado, 22 de agosto de 1962, 4 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-1963, Box 1594, File 735.00/8-162; Ball a Embajada en Buenos Aires y Embajadas europeas, 24 de agosto de 1962, ibid.

  10. Embajada norteamericana en París al secretario de Estado, 27 de agosto de 1962, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162; y Embajada norteamericana en París al secretario de Estado, 30 de agosto de 1962, ibid.; McClintock al secretario de Estado, 20 de agosto de 1962, 8 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1594, File 735.00/8-162.

  11. Véase F. Luna, op. cit., pp. 153-156.

  12. Véase Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973. De la caída de Frondizi a la restauración peronista, primera parte, 1962-1966, Buenos Aires, Sudamericana, 1994, pp. 80-99. 

  13. Jorge A. Aja Espil, “El antagonismo ideológico en América, 1962-1963", CARI, op. cit., pp. 180-181.

  14. Ibid., pp. 181-183 y 188, n. 11; Juan Archibaldo Lanús, De Chapultepec al Beagle, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, I, pp. 88-89.

  15. J.A. Lanús, op. cit., I, p. 90.

  16. Véase ibid., pp. 90-96. Las pautas redactadas por el canciller Muñiz para orientar la actitud argentina fueron las siguientes:

    a) La convicción de que en el supuesto caso de una nueva guerra -que parecía inminente- todos los países se verían involucrados y ninguno podría invocar el principio de neutralidad como había ocurrido en lo conflictos mundiales anteriores.

    b) La amenaza directa que la actitud soviética importaba para todo el continente americano y, por supuesto, para nuestro país.

    c) La necesidad incuestionable de adoptar una posición firme y decidida en un conflicto que amenazaba la existencia de la vida democrática.

    d) La necesidad de evitar que se alterara el equilibrio estratégico entre las grandes potencias, que constituía el mayor sostén para la paz precaria que vivía la humanidad.

    e) El razonamiento elemental de que respondíamos a nuestros auténticos intereses nacionales, al adoptar, al comienzo mismo de la amenaza de agresión, una actitud clara y definida. 

    J.A. Aja Espil, op. cit., p. 188, n. 12.

  17. La Resolución adoptada por el Consejo de la OEA disponía lo siguiente:

    1) Instar a que se desmantelen inmediatamente y se retiren de Cuba todos los proyectiles y cualesquiera otras armas con capacidad ofensiva.

    2) Recomendar a los Estados Miembros, de conformidad con los artículos 6 y 8 del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, que adopten todas las medidas individuales y colectivas, incluso el empleo de la fuerza armada, que consideren necesarias para asegurar que el gobierno de Cuba no pueda continuar recibiendo de las potencias chino-soviéticas pertrechos y suministros militares que amenacen la paz y la seguridad del continente, y para impedir que los proyectiles en Cuba con capacidad ofensiva se conviertan en cualquier momento en una amenaza activa contra la paz y la seguridad del continente;

    3) Informar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre esta Resolución, de conformidad con el artículo 54 de la Carta de las Naciones Unidas y expresar la esperanza de que el Consejo de Seguridad, de acuerdo con el proyecto de resolución presentado por los Estados Unidos, envíe a Cuba observadores de las Naciones Unidas a la mayor brevedad posible;

    4) Continuar actuando provisionalmente como Organo de Consulta e instar a los Estados Miembros a que mantengan debidamente informado al Organo de Consulta sobre las medidas que adopten de acuerdo con el párrafo segundo de la presente Resolución.

     Parte resolutiva de la Resolución adoptada por el Consejo de la OEA, actuando como órgano de consulta, 23 de octubre de 1962, Washington, cit. en J.A. Lanús, op. cit., I, p. 93.

  18. Ibid., I, pp. 95 y 124, n. 40; R.A. Potash, op. cit., p. 111.

  19. FO, 371/162100, 16-10-1962.

  20. FO, 371/162101, 1-8-1962.

  21. FO, 371/162101, 13-9-1962; FO, 371/162103, 1-11-1962.  

  22. FO, 371/167868, 21-2-1963; FO, 371/167869, 8-3-1963.

  23. FO, 371/167871, 11-6-1963.

  24. Memorándum de conversación entre la Argentina y Estados Unidos, embajador Alemann, 21 de enero de 1963, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463.

  25. Ibid.

  26. Memorándum de conversación entre Carlos Manuel Muñiz y Edwin M. Martin (secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos), 23 de enero de 1963, 11:30 a.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463.

  27. Memorándum de conversación entre Rusk y Muñiz, 23 de enero de 1962, 2:30 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463.

  28. Embajada en Buenos Aires al secretario de Estado, 22 de enero de 1963, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.3543/6-862.

  29. Memorándum de conversación entre Muñiz y Kennedy, 22 de enero de 1963, William Brubeck (secretario ejecutivo) a McGeorge Bundy, secreto, 24 de enero de 1963, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463.

  30. Muñiz a Rusk, 31 de enero de 1963, NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463; Muñiz a Kennedy, 30 de enero de 1963, Kennedy, National Security Files 1963, Box 7, File 2/63-3/63; memorándum de conversación entre Rusk y Muñiz, 23 de enero de 1963, 2:30 p.m., NARA, 59, Central Decimal Files 1960-63, Box 1221, File 611.35/1-463.

  31. Wheeler, jefe de Estado Mayor, al secretario de Estado -exclusivo para McC.

  32. Embajada norteamericana en Río al secretario de Estado, 8 de marzo de 1963, citando editorial del Jornal do Brasil del 3 de marzo de 1963 y editorial del Diario de Noticias del 6 de marzo de 1963, Kennedy, National Security Files 1963, Box 7, File 2/63-3/63.

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