La salida electoral
Las
diferencias de opinión respecto del alcance de las futuras elecciones y sobre
el prometido Estatuto de los Partidos Políticos fueron solucionadas después de
una serie de reuniones en las cuales las autoridades militares transmitieron la
posición de cada fuerza. La decisión fue anunciada por el ministro del
Interior Martínez el 19 de noviembre de 1962, y consistía en la realización
de elecciones generales para todos los cargos legislativos y ejecutivos, tanto
en el ámbito nacional como provincial. El Estatuto, dado a conocer también en
la misma fecha, si bien era más tolerante que el anterior, seguía manteniendo
artículos fuertemente proscriptivos para el partido Peronista que continuaba
fuera de la ley. Sin embargo, quedaba abierta la posibilidad de que los
peronistas que decidieran aceptar las condiciones del Estatuto pudieran formar
un nuevo partido y fueran reconocidos, decisión que estaría a cargo de los
tribunales electorales. El 14 de enero de 1963 era promulgada la esperada
convocatoria a elecciones, estableciendo la fecha del 23 de junio para
elecciones nacionales y provinciales. (1)
Consciente
de que los opositores irreductibles tratarían de utilizar el tema de la
participación peronista como el fundamento para una campaña psicológica con
el propósito de quitar apoyo militar a las elecciones, el secretario de Defensa
Benjamín Rattenbach desarrolló una contracampaña propia. A través de charlas
con generales clave y boletines confidenciales enviados a los comandantes de
unidades, trató de explicar las decisiones políticas tomadas por el gobierno.
Al día siguiente en que se diera a conocer el decreto de convocatoria, el
secretario señaló a un grupo de generales que, a pesar de los pronósticos
alarmistas realizados sobre un triunfo electoral peronista, el ejército debía
mantenerse firme en su compromiso de restaurar el orden constitucional. El ejército
debía prepararse para el impacto psicológico derivado de la presencia de
legisladores de tendencia justicialista en el Congreso, las legislaturas
provinciales e incluso en los colegios electorales. (2)
Al
mismo tiempo, el ministro del Interior Martínez comenzó a promover la formación
de un frente político en que tuvieran participación la UCRI, los peronistas y
otros partidos, pero el respaldo al proyecto del secretario Rattenbach provocó
inquietud entre algunos oficiales Azules, para los cuales dicha acción podía
interpretarse como que el ejército veía con buenos ojos la digitación de
frentes con el peronismo. Entre estos oficiales se veía con mejores ojos que la
UCRP fuera el núcleo de una coalición electoral. Esto, no obstante, presentaría
dificultades debido al sector fuertemente antiperonista que existía dentro del
partido. (3)
En
marzo, la UCRP eligió su fórmula presidencial. Probablemente debido a que el
ministro Martínez continuaba promoviendo la coalición electoral que se
asemejaba a la que había triunfado en las elecciones de 1958, con lo cual las
posibilidades de la UCRP no parecían muchas, Ricardo Balbín no aceptó ser el
candidato del partido. La fórmula se integró entonces con Arturo Illia y
Carlos Perette. Al mismo tiempo, Oscar Alende se perfilaba como el candidato
para encabezar la fórmula de la UCRI. Asimismo las negociaciones para la
constitución del frente continuaron pero con pocas posibilidades de éxito,
debido a las diferencias de política económica y el nivel de conflicto que
existían entre la UCRP y la UCRI. El ministro Martínez debía resolver también
la legalización de la Unión Popular como una agrupación política peronista
que pudiera ser aceptada, y luego integrarla en una coalición electoral de una
forma que no produjera alarma en las fuerzas armadas.
La idea del ministro era que, tal vez, Onganía se decidiera a pedir su
retiro de la actividad y pudiera encabezar la coalición. Sin embargo, el
dictamen judicial conocido el 8 de marzo, determinando que la Unión Popular había
cumplido con las condiciones para adquirir su status legal, provocó malestar en
la marina y en la fuerza aérea. El secretario de la Marina, por presión de sus
oficiales, pidió que la decisión de reconocer a la agrupación peronista fuera
apelada a un tribunal superior. Pero ante la oposición del ministro y de los
secretarios de las otras armas, la decisión quedó firme. El secretario de la
Marina señaló a Guido que esto haría que su fuerza no se sintiera
comprometida con el proceso. (4)
Por
cierto, una sucesión de hechos llevaron a la renuncia del ministro Martínez.
En primer lugar el dirigente radical Miguel A. Zavala Ortiz -quien había
renunciado recientemente a su partido, la UCRP- entregó a la prensa una carta
dirigida al ministro en la que hacía público que éste le había ofrecido un
lugar en una fórmula de unión nacional que sería encabezada por un general.
Además, Zavala Ortiz calificaba el proyecto de Martínez como antidemocrático
y no viable. Por otra parte, la oposición al ministro había ido en aumento en
algunos sectores políticos y por distintos motivos. Además de los golpistas,
que temían las elecciones cualquiera fuera su tipo, otros políticos no veían
bien la intención de Martínez de manipular el proceso político. Cooperaron
también los partidarios de Aramburu, que aspiraban a reemplazar al ministro por
otro que rescatara la idea de una elección exclusivamente presidencial. El
golpe final lo produjo, sin embargo, un colega de Martínez, el ministro de
Defensa, quien el 27 de marzo anunció a la prensa que desvinculaba al
“gabinete militar” del “gabinete político”. Esto hizo que Martínez
presentara su renuncia al presidente Guido. (5)
Por
cierto, en marzo el embajador McClintock comunicaba a Rusk el nuevo temor de que
los líderes Colorados del ejército, ayudados por oficiales de la marina y los
diarios La Prensa y La Nación, pudieran estar en posición de
asegurar la remoción de Guido y establecer una junta militar, no a través de
la acción militar, sino de una campaña psicológica diseñada para hacer creer
que los peronistas estaban por retornar. Guido advirtió que la “crisis
necesitaba inteligencia, no sangre”, y que, si los partidos políticos mantenían
su odio partidario, “el infierno no sería para otro, sería para nosotros”.
Voceros del grupo golpista, como Marcelo Aranda -ex subsecretario de
Defensa, abogado e influyente civil en dicho grupo-, argüían que el grupo
Colorado no quería otra cosa que el golpe, y que las elecciones eran imposible.
Debido a su organización y dinero, los peronistas podían ganar o influir la
elección, y los demás partidos políticos estaban demasiado fragmentados para
poder triunfar sobre los peronistas. De esta
manera, el golpe aparecía como la única salida. McClintock señaló que
el golpe no era una solución, porque llevaría a otros golpes, cualquiera de
los cuales podría degenerar en demagogia de izquierda. Por cierto, también
alienaría a la opinión pública norteamericana, especialmente porque la
Argentina tenía la oportunidad de ser un ejemplo estabilizador para toda América
latina y volver al gobierno constitucional. El embajador sugirió que los
no-peronistas, incluyendo los militares, eligieran un candidato a presidente que
pudiera hacer frente a los peronistas después de la elección, aun si fuera
elegido con apoyo peronista. También se sugirió que el gobierno norteamericano
prometiera a los militares algún equipo moderno a cambio de mantener las
elecciones. (6)
El
2 de abril estalló la nueva conspiración del grupo Colorado. Fue una rebelión
de largo alcance que tuvo el apoyo mayoritario de la marina, cuyas bases navales
y aeronavales más importantes se plegaron a la misma, aunque no lo hizo el
comandante de la flota de mar. En el ejército el respaldo también fue amplio;
mientras que en la fuerza aérea la actitud rebelde quedó limitada a tres de
sus instalaciones. Los organizadores de la revuelta se habían fijado como
objetivo el establecimiento de un gobierno revolucionario constituido por una
junta militar y un presidente, cargo que recaería en el general Benjamín Menéndez.
Dicho gobierno declararía la ley marcial, arrestaría a los funcionarios
corruptos y dejaría fuera de la ley a todos los grupos totalitarios. Los
partidos políticos, la CGT y las asociaciones empresarias serían declaradas en
estado de asamblea, y las universidades intervenidas. No obstante, la revuelta
fue vencida por el sector leal del ejército bajo las órdenes del general Onganía,
y el día 5 se firmaban las condiciones de la rendición de las fuerzas
rebeldes. (7)
Aparentemente,
las consecuencias de la revuelta parecieron fortalecer el compromiso de la cúpula
del ejército y de la fuerza aérea de llevar a cabo las elecciones como estaban
anunciadas. Un último comunicado, luego de la rendición de la marina,
destacaba la oposición del ejército al regreso de un régimen peronista, pero
prometía respetar el libre juego de los partidos políticos en tanto se
adscribieran a las normas legales. No obstante, el nombramiento del nuevo
ministro del Interior, que recayó en el general Enrique Rauch, provocó nuevos
problemas al gobierno. Su cruzada para “limpiar el país” antes de las
elecciones, ordenando el arresto de numerosas personas por delitos económicos y
por pertenecer al grupo de Frigerio, entre ellos muchos judíos, dio un tono
hitleriano a la acción de Rauch. Cuando el ministro distribuyó panfletos en
las unidades militares, en contra de sus propios colegas del gabinete, su
situación se hizo insostenible y debió renunciar, pero el hecho provocó una
completa crisis de gabinete. (8)
Lograda
la reorganización del gabinete, el nuevo ministro del Interior, Osiris
Villegas, puso toda su preocupación en llegar a las anunciadas elecciones. En
el interregno de Rauch, habían sido dictadas dos medidas que afectaban el
proceso electoral. La primera, exigida por la cúpula militar desde tiempo atrás,
consistía en la especificación de las actividades prohibidas bajo la
reglamentación antiperonista vigente. De especial relevancia eran las
disposiciones que prohibían discutir cuestiones políticas o sindicales directa
o indirectamente con Perón y que ponían a quienes las violaran bajo el riesgo
de perder sus derechos políticos. La segunda medida, debido a los
acontecimientos políticos del mes anterior, postergaba la realización de las
elecciones en dos semanas, hasta el 7 de julio, y extendía hasta el 20 de mayo
el plazo para la presentación de candidatos por los partidos políticos. (9)
Pero
el desafío más importante que enfrentaba el gobierno y las autoridades
militares era encontrar la fórmula para que hubiera una participación lo
suficientemente amplia en las elecciones como para que el nuevo gobierno tuviera
legitimidad, sin permitir a la vez que el peronismo controlara dicho gobierno.
El ex ministro Martínez había buscado un acuerdo informal con los líderes de
la Unión Popular para que limitaran su participación política a posiciones
legislativas y a unas pocas gobernaciones. Pero ahora, la cúpula del ejército
exigía garantías legales de que la Unión Popular no se transformara en el
camino para el “retorno de la dictadura peronista”. De esta manera, Villegas
obtuvo la firma del presidente Guido para la emisión de un decreto, el 17 de
mayo, que restringía la participación de la Unión Popular a cargos
legislativos. La medida provocó grandes protestas entre los grupos peronistas.
Mientras
tanto, se había podido conformar el Frente Nacional y Popular, con la
participación de grupos peronistas y frondizistas. Cuando se estaban llevando a
cabo las tratativas para ver quien sería el candidato presidencial del mismo,
las cuales no descartaban la posibilidad de que fuera el propio general Onganía,
llegó la decisión de Perón en favor de la fórmula Vicente Solano
Lima-Silvestre Begnis. Esto provocó la fragmentación de la agrupación,
porque, si bien Frondizi pidió a la UCRI que apoyara la fórmula, Oscar Alende
-que había sido nominado como candidato por su partido aunque sujeto a la
aceptación del Frente- no quiso abandonar su candidatura. La consecuencia fue
una escisión de la UCRI en “frentistas” y “alendistas”. Finalmente una
disposición legal de último momento permitió que la fórmula encabezada por
Alende representara a la UCRI en las elecciones. Asimismo, varios sectores del
peronismo no quedaron conformes con la fórmula del Frente. De esta manera,
grupos de la línea dura comenzaron una campaña en favor de boicotear las
elecciones, proponiendo una “abstención revolucionaria”. Por último, el
propio Perón también recomendó la abstención, y tanto las 62 Organizaciones
como el Consejo Coordinador del Movimiento Justicialista calificaron las
elecciones como fraudulentas y ordenaron el voto en blanco. Las elecciones
tuvieron lugar y sin contratiempos. La mayor cantidad de votos fue para Arturo
Illia, candidato de la UCRP, que recibió 2.441.000 votos, o sea 25,1% del
total. Los votos en blanco fueron la segunda cifra con 1.884.000 votos, menos de
20% de los votantes. Siguió el candidato de la UCRI, Oscar Alende, con
1.593.000 votos o 16,4%, y el cuarto lugar lo ocupó UDELPA, una agrupación
encabezada por el general Aramburu, que obtuvo 1.340.000 votos. El apoyo de
partidos menores a la candidatura de Illia dio a éste el triunfo en el Colegio
Electoral. (10)
De
esta manera, Guido pudo cumplir el objetivo que se había propuesto al asumir la
presidencia. No obstante las enormes dificultades que le plantearon las
facciones militares en pugna, y las concesiones que debió hacer, el saldo podía
ser considerado positivo dado que se había restablecido el orden constitucional
y el futuro gobierno quedaba en manos de civiles. Aparecían
planteados sin embargo algunos interrogantes acerca de la gobernabilidad
que tendrían las nuevas autoridades, teniendo en cuenta que los líderes
peronistas denunciaban las elecciones como ilegítimas. La incorporación del
peronismo al proceso electoral era obviamente todavía muy imperfecta. Era
asimismo una incógnita si los militares aceptarían jugar un rol subordinado al
gobierno civil, teniendo en cuenta el protagonismo en las decisiones de gobierno
que habían adquirido en los últimos años.
NOTAS
La Prensa, 20 de noviembre de 1962; el decreto-ley 12.530 del 19 de noviembre de 1962 contenía el texto del Estatuto, cit. en R.A. Potash, op. cit., pp. 120-121.
Ibid., pp. 122-123.
Ibid., pp. 124-126.
Ibid., pp. 129-133.
Ibid., pp. 134-136.
Embajada en Buenos Aires al secretario de Estado, secreto, 26 de marzo de 1963, NARA, 59, Central Foreign Policy Files 1964-66, Box 1890, File Pol.-Political Affairs and Relations ARG 1/1/64; McClintock al secretario de Estado, 28 de marzo de 1963, NARA, 59, Central Foreign Policy Files 1964-66, Box 1893, File Political 15-1 ARG 1966; memorándum de conversación entre Marcelo Aranda (ex secretario de Defensa, abogado e influyente civil en el grupo Colorado) y Hoyt el 21 de marzo de 1963, Embajada en Buenos Aires al Departamento de Estado, 30 de marzo de 1963, NARA, 59, Central Foreign Policy Files 1964-66, Box 1890, File Pol. 1 ARG; y Embajada en Buenos Aires al secretario de Estado, secreto, 26 de marzo de 1963, NARA, Central Foreign Policy Files 1964-66, Box 1890, File Pol.-Political Affairs and Relations ARG 1/1/64.
Véase R.A. Potash, op. cit., pp. 138-151.
Ibid., pp. 155-161. Los rumores de que la mayoría del gabinete debía renunciar, incluido el equipo económico llevó al embajador norteamericano McClintock a considerar que esta situación sería una victoria pírrica que dejaría a la Argentina prácticamente privada de otro gobierno que no fueran los tres secretarios militares presididos por Guido. La posibilidad de encontrar reemplazantes para los miembros del gabinete poco tiempo antes de la elección era juzgada difícil por el embajador. Durante este tiempo McClintock se ocupó de proteger las relaciones bilaterales y recibió innumerables pedidos de apoyo. En todos los casos el embajador respondió que su gobierno no se involucraba en política interna. Embajada en Buenos Aires al secretario de Estado, 12 de mayo de 1963, NARA, 59, Central Foreign Policy Files 1964-66, Box 1890, File Pol.-Political Affairs and Relations ARG 1/1/64; memorándum de conversación entre Alende (titular de la UCRI) y McClintock, Embajada en Buenos Aires al secretario de Estado, secreto, 16 de enero de 1963, NARA, 59, Central Decimal Files, 1960-63, Box 1595, File 735.00/1-463.
R.A. Potash, op. cit., p. 163.
Ibid., pp. 165-176.
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